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Impresiones de mi visita a Wagner

Impresiones de mi visita a Wagner
Por Joaquín Marsillach

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marsillachJoaquín Marsillach Lleonart nació en Barcelona en 1859 y murió en 1883. Fue precisamente la enfermedad que le llevó a la muerte la que le abrió los ojos al wagnerismo. A los 18 años su padre le llevó a las saludables regiones de Suiza y fue en el "Parque Inglés" de Ginebra donde Marsillach escuchó por primera vez una obra de Wagner. El deseo de saborear este arte nuevo en toda su intensidad y de conocerlo en toda su grandeza le hizo asistir a importantes audiciones en las ciudades más filarmónicas que recorría, estudiar las partituras de Wagner y leer las obras de sus comentaristas.

En 1878 apareció su libro "Ricardo Wagner"[Cap. IV] inspirado en  "El drama musical" de Schuré. 
En 1882 asistió al estreno de "Parsifal", y a raíz de esto se hizo muy amigo de Wagner, a quien ya había conocido en 1881. Referente a sus visitas a Wagner se conserva el siguiente manuscrito, inédito, conservado por la familia del arquitecto César Martinell. 
[Copiado y traducido de: "L' obra de Richard Wagner a Barcelona" de Alfonsina Janés. Barcelona, 1983] 

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Antes de llegar a Baireuth diviso en lontananza el teatro de Wagner allá en la cima de una colinita hacia la parte norte de la ciudad. Llego y me alojo en el "Hôtel Sonne": luego diré por qué cito este detalle. Inmeditamante mando recado al Maestro Wagner, quien me contesta por tarjeta que me aguarda para las nueve de la noche.

Con ansia esperaba el momento supremo de ver de cerca a ese hombre extraordinario, a quien yo admiraba y quería sin conocerle.

Sonó por fin la anhelada hora, y me lancé a la calle con el afán del que va a recoger un tesoro temiendo que se le escape.

Hacía una noche soberanamente triste; caía una lluvia menuda y fría que calaba los vestidos; las calles estaban desiertas y yo impaciente y como temeroso de que se me escapara la dicha de celebrar la concedida entrevista, no siempre fácil de obtener. Al llegar temblaba como un niño. He de confesar esa debilidad, efecto de un estado nervioso debido a un conjunto de circunstancias fáciles de adivinar.

Al anunciarme fui introducido inmediatamente en un suntuosisímo salón de estilo oriental, con un riquísimo artesonado. En él se hallaban el maestro y su mujer, y un hijo de entrambos que estaba durmiendo. Después de cambiados los saludos de ordenanza me trataron con sencillez y afabilidad. Con la misma sencillez voy a trasladar aquí mis impresiones de esta mi primera visita, a relatar los puntos que tocamos en nuestra conversación.

Wagner es bajo de estatura, de facciones prolongadas, nariz aguileña, ojos vivos y penetrantes. Lleva la barba completamente afeitada, y tiene el cabello blanco, pero de un blanco de plata precioso. Vestía una bata de raso negro con cuello y bocamangas de pieles. Cosima, su mujer, de más elevada estatura, tiene el mismísimo tipo de su padre, el abate Liszt: facciones muy prolongadas, nariz afilada, y larga cabellera blanca y sedosa. Estaba arrebujada en una holgada bata de raso blanco guarnecida de pieles finísimas. Rese pierde nunca; la hermosura radiante de la inteligencia, y es al presenta unos cincuenta años, pero conserva una hermosura que no propio tiempo muy expresiva. Hízome escribir en un papel el nombre de Peña y Goñi, y me rogó le pronunciara, como también el mío.

Cosima habla correctamente el francés, y aunque no habla el español, lo comprende perfectamente; su esposo no lo entiende, pero muestra una predilección especial por la literatura clásica española, y ostenta en su librería las obras de Cervantes, Lope y Calderón, que posee y guarda con la esperanza de aprender nuestro idioma para saborear las dulzuras y bellezas que encierran. Habla el francés con dificultad, pero con viveza, y a veces parece que refunfuña entre dientes.

Su entusiasmo  por nuestro país es grande y verdadero; díjome que después de la representación de "Parsifal" quería venir a España; y lo decía con convicción, pues a esto puedo añadir que cuando estuve en Baireuth la segunda vez con motivo del estreno del "Parsifal", me hizo el encargo de buscarle un cómodo alojamiento en Sevilla, donde quería pasar una larga temporada en el otoño del año actual. No es extraño: Wagner es muy sensible al frío, truena contra el inconstante y riguroso cielo de Baireuth y desea probar el templado y suave clima de España, cuya nación, dijo, estuvo en gran decadencia, mas ahora va despertando de su letargo. Añadió que tenía malas noticias de las fondas de España, y refiriéndose a Sevilla, quiero ir a Sevilla, dijo, de donde conozco un "Barbero" tan bueno! Muestra poco aprecio a Madrid y díjome que si viene a España, su primera visita será a Barcelona, y después a Valencia, Almería y las provincias del Mediodía, sobre todo para ver los recuerdos de los árabes.

Hablando del teatro español contemporáneo, la consorte de Wagner me pidió el "Drama nuevo" de Estevánez [!] (Tamayo y Baus) y el folleto "Rienzi" de Peña y Goñi, que le mandé a mi regreso a nuestro país. De Echegaray mostró pena de que haya tomado el rumbo que ella ha notado en sus dramas, de los cuales conoce varias escenas.

Hablando de la ópera italiana, les dije que en España estaba perdida, y que el repertorio lo llenan Meyerbeer y Gounoud, a lo que repuso Cosima: "Verdad es que no han ganado mucho con el cambio". Del "Parsifal" me dijo Wagner que fue escrito primeramente en árabe y después traducido en Córdoba por un judío.

Hablamos también de Lessing, Schiller y Goethe y de las traducciones de sus obras en España.

Wagner estuvo desde 1849 hasta 1853 sin ocuparse nada de música. Entonces empezó su "Rheingold".

En París no ha estado desde 1867. No pueder ver aquella capital, "aquel frío excesivo, aquel suelo húmedo y resbaladizo". Son sus palabras.

Díjome que los españoles nos parecemos más a los alemanes que a los franceses; que en Francia todo lo absorbe París y para ser francés hay que ser parisiense, mientras que en España cada provincia tiene vida propia.

Durante nuestra conversación, que se iba alargando con gran contento mío, mucho más de lo que yo podía esperar, Wagner me hizo tomar primera un té, y después una cerveza y más tarde otra. El me acompañó en estas libaciones, pero no su esposa, que no acostumbra.

Tarde era cuando me dispuse a retirarme de aquella casa y despedirme de sus amables dueños. Al ofrecerles mi alojamiento y decirles: en Alemania nunca sale el sol, y sin embargo yo he ido a alojarme en el "Hotel Sonne", replicó la señora Wagner con tanta gracia como naturalidad: "Es lo mejor que podía usted hacer; pero es una preocupación inútil".

La mañana siguiente la dediqué en parte a recorrer la población, que a pesar de su corto vecindario (12.000 habitantes), coge una extensión considerable sobre un terreno casi llano que forma un valle rodeado de montañas.

Las casas son bajas, las calles muy anchas, y tiene dos teatros, fuentes, columnas, estatuas y otros monumentos públicos; el palacio antiguo, el moderno, bonitos tempplos, etc. Luego me fui a ver los dos teatros, empezando por el de Wagner. Poco diré de ellos aquí por haberme ocupado ya del primero en uno de mis trabajos anteriores, y por ser éste el único que podía interesarme. Consignaré sin embargo que en él vi los trajes de los "Nibelungos"; unos pájaros que vuelan con sólo tocar un poco sus alas; el aparato para nadar las ondinas; unos dragones muy bien hechos; un aparato para figurar un incendio, etc. Por fuera el teatro tiene basamento de piedra; lo demás es de agramillado. En la fachada estaban construyendo un pabellón de entrada para el Rey.

El otro teatro es de una construcción en extremo original, lo que no es de extrañar considerando que es del siglo pasado. Es una singular coincidencia que en Baireuth haya el teatro de ópera más antiguo y el más moderno de la misma clase entre todos los de Baviera.

No lejos del teatro de Wagner se levanta un manicomio que dicen es de los buenos entre los establecimientos de su clase. Lo cito porque ha servido de pretexto para uno de los más punzantes y soeces alfilerazos que se han dirigido al Maestro alemán.

Después de mi excursión callejera fuíme a hacer una visita a Mr. Wolzogen, amigo íntimo de la familia Wagner, con quien nos conocíamos por correspondencia desde muchos años antes, y otra a Mr. Lucouski [!], pintor notabilísimo, hijo de un escritor ruso de fama europea. Este último me hizo ver los bocetos de las decoraciones y trajes de "Parsifal". Las primeras se estaban pintando en Francfort y los últimos se confeccionaban en Coburgo. La parte escénica relativa al cambio de decoraciones me pareció bien dispuesta y el conjunto prometía ser muy artístico y sencillo a la vez.

Hechas estas dos visitas me dirigí a la casa del maestro para despedirme.

La casa de Wagner es de lo que podría llamarse, si fuera lícita la frase, un idilio arquitectónico. Está situada en una de las calles principales de Baireuth, en el centro de un delicioso vergel, desde el cual se descubre el río Mein, tributario del Danubio. Una elegante pero sencilla verja la separa de la calle, y por la parte posterior es vecina y hasta tiene comunicación con los jardines del palacio residencia del Rey, que como es sabido, ha sido y continúa siendo el entusiasta admirador y protector de Wagner.

En los confines posteriores del jardín y en medio de un frondoso bosquecillo, se encuentra triste y solitario un sencillo monumento, destinado a sepultura del insigne Maestro.

La casa tiene por el lado opuesto a la calle una escalinata que conduce al vestíbulo, el cual da ingreso a la sala de espera, que ostenta entre sus muebles un bonito órgano; de ésta se pasa al salón central, atestado de muebles preciosos y armas orientales, quitasoles japoneses, objetos delicados de marfil, tapices riquísimos y variados retratos de los dueños de aquella elegante y casi regia morada. De la Sra. Wagner había tres, uno de Luconski [!] y dos de Lenbach, muy buenos. En la antesala, que tiene un friso riquísimo en ornamentación y una galería alta, están los bustos de Wagner, Cosima, Holandes, Tann, Lohen, Walther, Tristán y Siegfried en mármoles preciosos.

Tras un corto rato de espera me hicieron pasar a un gabinete de confianza a la izquierda del salón, atestado de muebles y regalos. Un castillo feudal de plata sobredorada admirablemente labrado, un piano de cola; una mesa de despacho, un almohadón primorosamente bordado, otomanas, butacas, cuadros, juegos de café, estatuas, batutas, coronas, dos retratos de Wagner; todo esto y mucho más colocado en artístico desorden, sirven de agradable pasatiempo al dichoso mortal que puede alcanzar la envidiable honra de ser recibido en aquella suntuosa mansión.

A mi llegada supe que Wagner estaba trabajando, como de costumbre en aquella hora. Se acuesta antes de medianoche y se levanta a las seis y media o las siete; a las ocho almuerza con su mujer y después ya no se ven hasta las dos, hora de comer. De ninguna manera quise permitir que se le distrajera de sus ocupaciones; pero fui recibido por su señora que salió en trje de bata y estuvo muy amable y deferente conmigo.

En esta breve entrevista supe por la señora Wagner que si éste hubiese conocido el clima de Baireuth no se hubiera establecido allí, sino que habría construido el teatro y su casa en una población más al Mediodía, escogiendo a Baireuth como residencia de verano. Per, añadió, había el pie forzada [!] de haber de radicar el teatro en Baviera precisamente, y en una población pequeña y que no tuviera grandes teatros ni mucho bullicio; debía estar lo más al norte posible, para que Wagner estuviera cerca de sus numerosos amigos de Berlín, y además debía escoger una ciudad protestante, porque mis hijos son protestantes y así podía darles mejor educación. Por otra parte el burgomaestre de aquí estuvo muy amable con nosotros y nos regaló el terreno donde levantar el teatro.

Recayó de nuevo la conversación sobre España, a donde mostró grandes deseos de ir, y me preguntó si el centenario de Calderón fue verdaderamente una fiesta nacional, a lo que contesté afirmativamente; "porque en España lo que se quieren son fiestas, pero con Calderón ha pasado en España como con Shakespeare en Inglaterra; que no se representan sus obras, prefiriéndose a ellas las vulgares creaciones modernas".

No puedo prescindir de citar una frase feliz de la Sra. Wagner que es digno complemento de otra que vertió en la entrevista anterior y que ya cité. Habiéndole yo manifestado que me iba contento de Baireuth entre otros motivos por haber logrado ver el sol que por algunos instantes envió sus pálidos fulgores, respondiédome: "C' est par erreur qu'il est sorti".

Al despedirme, me dijo que tenía su hijo mayor en Roma con Liszt, y me encargó que al pasar por aquella capital a mi regreso de Oriente fuera a hacerles una visita.

Nos cambiamos las frases de costumbre en semejantes casos y yo dejé con tristeza aquella casa para continuar mi viaje.