Ritmo, nº460. 1976 
CIEN AÑOS DEL FESTIVAL DE BAYREUTH (1876-1976) 
II. Una aproximación a «El Anillo del Nibelungo» 
Por Ángel-F. Mayo  

 

MITOLOGIAS, HISTORIAS PARA NIÑOS

    Tenía yo dieciséis años y cursaba «Preuniversitario». Casi anteayer. No hace al caso el nombre del honrado colegio. Tampoco el del exhibicionista que vino a abrumarnos aquella mañana con su erudición literaria. El hombre se ofreció paternalmente a despejar nuestras dudas: ¿don Benito Pérez Galdós? Anticlerical, mucho cuidado al leerlo. ¿Valle Inclán? Extravagante, confuso; las Sonatas, muy peligrosas. ¿Unamuno? Pernicioso, caído en el error. Las preguntas revoloteaban sin rumbo, inconexas, estériles. Las respuestas repetían los tópicos y consignas de una cultura esclerosada. Ni rastro de Joyce, de Proust, de Camus, de Cela, de Brecht, de Mann, de Kafka, de Lewis Carroll. Algunos muchachos, más sinceros, balbuceaban los nombres de William Somerset Maugham, Agatha Christie, Julio Verne o Zane Grey, para merecer desaprobadores sarcasmos. Los más «integrados», utilizaban infalible munición: ¿Los Evangelios? ¿Santo Tomás de Aquino? ¿San Pablo? En mi turno, inquirí de aquel pozo de ciencia: .«¿Y Wagner? ¿Qué piensa usted de Wagner?» Ligera vacilación y, en seguida, la sentencia magistral: «Bueno, eso son mitologías, más bien historias para niños. Puede leerlas... sin peligro»

    Quizá la referencia de aquel «profesor» era un librito de la colección «Araluce» de divulgación infantil que circulaba por aquellos años y se titulaba Historias de Wagner. Siento no conservarlo. Pero sospecho que la reducción a escala pueril de la compleja obra wagneriana respondía a coordenadas ideológicas posiblemente próximas a aquellas que aún hoy convocan a misas funerales por el alma de Adolf Hitler, «caído en defensa de la cultura cristiana y occidental». Hay en nuestros días un rebrote, en la rama casi seca del wagnerismo pangermano, que quiere hacer del humanismo pesimista de Richard Wagner el imposible baluarte precisamente de esa «cultura» sepultada entre las ruinas de un «bunker» de Berlín. Al otro extremo de la intolerancia, también parece haber interés en mantener a Wagner cristalizado bajo tan desacreditada catadura. En España, si vemos retozar incluso en letra impresa al retoño de un wagnerismo simple y primario, tampoco nos falta el empecinado en una condena histórica sin remisión. En medio, y no me estoy refiriendo a un «centro», un vacio abismal de tópicos, de entusiasmos trompeteriles o de ese cerrilismo sin fronteras que «desprecia cuanto ignora». Por estos lares, rota hace ya mucho tiempo la ola espontánea del wagnerismo burgués de Barcelona o la más artificial de Madrid, Wagner es empeño personal de solitarios o reducto nostálgico de tribu. Musicalmente, la eficaz aduana impresionista y la carencia de ópera y sinfonismo castizos secaron pronto el cauce de una influencia históricamente necesaria. Falla y Adolfo Salazar sellaron con su prestigio el destino contra-Wagner, antítesis sin previa tesis, de la música española. Desde un más amplio espectro de cultura global, ayer José Ortega y Gasset:«....sus óperas se (han) convertido, bajo la usura del tiempo, en unos tristes, pedagógicos paisajes de tratado de geología...»;  tres lustros atrás Ramón Barce: «...la simbólica de una gran parte de la obra de Wagner —y especialmente de Parsifal— ha perdido en gran parte su vigencia y validez...»; hoy mismo Joan Fuster: «Lo de Wagner comienza a nivel de mitologías autóctonas, con griales, valquirias y nibelungos, y estalla en un aparatoso sistema de fanfarrias, escenografías y apoteosis, que apabulló a la clientela», apenas han ido con sus afirmaciones un paso más allá que el erudito de mis recuerdos. La total desconexión en España entre ópera y vida real, e incluyo conscientemente a Barcelona en el todo, impide la más mínima posibilidad de reencuentro. Brahms, primero, después Mahler y Bruckner han tenido al fin en España, mal que bien, su oportunidad de incorporación a nuestra vida cotidiana, a nuestros afectos. Wagner, no. ¿Qué importancia puede tener que desde 1951 doscientos españoles hayamos presenciado algunas, o muchas, representaciones en Bayreuth? ¿Qué trascendencia comunitaria puede deducirse de la venta de dos o tres mil ejemplares de la Tetralogía de Karajan y de otros tantos de la grabada con Böhm?

    El centenario del Festspielhaus y de El anillo del nibelungo ya ha provocado un torrente mundial de comentarios, artículos, conferencias, libros y, sobre todo, de representaciones de la gigantesca obra: Londres, París, Berlín, Nueva York, Estocolmo, Milán, Ginebra, Munich, Frankfurt, Leipzig e incluso Moscú son algunas de las afortunadas ciudades. Máxima expectación precede a la conmemoración que Bayreuth ha confiado a Boulez. La dirección del Festspielhaus ha programado cuatro ciclos. Para cada uno de ellos, la solicitud de localidades triplica el aforo del teatro centenario. Por contraste, Barcelona no ha montado una sola jornada de la Tetralogía en la temporada que acaba de concluir. Quizá reserve e! esfuerzo para el próximo otoño, mas permítaseme el privilegio de la duda. Madrid se atreve a incluir en su corta serie El oro del Rin y La Walkyria, en un propósito donde no se sabe si la excelente intención bastará para coronar con decoro la improvisada aventura. Por el momento, «el resto es silencio». Nunca fue más desolador el panorama español de la vitalidad wagneriana.

    Desde la tristeza de la soledad, el conjunto de trabajos en torno a «Cien años del Festival de Bayreuth» busca acortar un poco, a través de una apresurada dialéctica de confrontación con nuestro tiempo y de información lo más exacta posible, la absurda distancia que hace de Wagner para la mayoría de nosotros el débil eco de un incomprensible arcano o la imagen marchita de un viejo daguerrotipo. Aproximémonos hoy con atención y sin recelo El anillo del nibelungo, la obra que preocupó a su autor durante treinta años. Seguramente, todavía tiene algo que decirnos. Mas dos advertencias necesarias. La exposición que sigue es por fuerza un intento inicial de acercamiento a la obra. Wagner no es ta rea de un día ni su contenido está ya totalmente desvelado. Les 
aseguro también que actúo aquí únicamente como sistematizador si bien fervoroso, por supuesto. La glosa será la imprescindible. Todo lo que viene a continuación es una parte de lo que está en los textos y en las partituras que escribió Richard Wagner. 
 

EL ESTADO NATURAL

    «Erda», protomadre, protosabiduria, la tierra entendida como Naturaleza, alienta desde el principio en sapiente sueño. Indiferente, Gélida. Eterna, Inmutable. Principio femenino, conservador, depositario de la vida. En «Erda», la Naturaleza en su estado más primario, no hay bien ni mal, sólo hay existencia. Al existir, es. Al ser, piensa. Cuando «Wotan» la demanda al borde de la desesperación, al comienzo del tercer acto de Sigfrido, responde solemne la «Wala»: 

 

Mi dormir es soñar. 
Mi soñar es pensar. 
Mi pensar es la sabiduría.

 

    «Erda» nada tiene que decir o revelar. Al conocimiento de su sabiduría se llega mediante la atenta escucha de las «Voces de Naturaleza». Las primeras que vemos y oímos son las «Hijas del Rin». Velan el reposo del oro que yace en el lecho de la robusta corriente. Cantan el gozo onomatopéyico y espontáneo que causa en la Naturaleza el destello arrancado por el sol al inerte mineral. Mas también conocen la siniestra función que puede asignársele. Su grito de júbilo, en modo mayor, expresará a lo largo de toda obra el poder totalitario del anillo y la servidumbre que su posesión genera, mediante el paso al modo menor. Otra voz deliciosa es el «Pajarillo del Bosque». Comentador diurno de la verdad objetiva, testimonio de la identidad real del mundo trastrocada por la accióndel yelmo de «Alberich», de él obtendrá «Sigfrido» importantes revelaciones. Algunos otros animales del bosque: el oso, el pinzón, la corza de hermosos ojos, los peces de plata en el arroyo, de que nos habla «Sigfrido», no tienen individualidad; pero como «Mur mullos de la Selva» dan forma a la «Voz» sensitiva que despierta en el corazón del solitario muchacho insondables anhelos de especie. También pertenecen a las «Voces» el soberbio corcel «Grane» y los temidos «Cuervos de "Wotan"». Aquél, compañero fiel 
de «Brunilda», cabalgadura de «Sigfrido» por las sendas del mundo, llevará a la walkyria al encuentro de la pira expiatoria. Estos comunicarán a su pasivo señor el inexorable cumplimiento de la profecía de «Erda»: 
 

Todo lo que es tiene un fin. 
Un día espantoso 
amanecerá para los dioses.

 

Circunstancialmente, «Alberich» travestido en reptil y sapo, y «Fafner» trasmutado en el pesado dragón que guarda inactivo el tesoro ganado en fratricidio, se incorporan torpemente, por la capacidad deformadora del yelmo, a las auténticas «Voces de la Naturaleza». Sin embargo, las más importantes de todas, nombradas por «Erda» en sus dos apariciones, sólo llegarán a adquirir presencia escénica en el revelador prólogo deEl ocaso de los dioses. Son las «Nornas» o Parcas. Oráculo profundo de la noche. Tejedoras del hilo que enlaza pasado, presente y futuro. Susurros del subconsciente colectivo.

    La potencialidad dinámica de la Naturaleza en reposo se concentra en dos grandes principios vitales. El primero de ellos es el agua. Manada gota a gota por entre las raíces del «Fresno del Mundo», forma la majestuosa corriente del Rin. El sosegado pero constante fluir del río es el latido del cósmico movimiento casi acrónico de la Naturaleza. Al agua, al río, a este testigo fluyente del devenir está confiado el eterno reposo del oro en su original estado. El otro principio es el fuego. Calienta y abrasa. Vivifica y destruye. Inaprehensible. Ingobernable. Mágico. Misterioso. Es la energía. Es la libertad errátil y sin riendas. Por esta razón, el personaje escénico en el que se concreta, el inteligente dios «Loge», llega a ser el más fascinante y sutil de toda la Tetralogía. Los dos principios protagonizarán la venganza final de la Naturaleza sobre el orden que no supo respetarlos.

    Finalmente, el mundo que alienta en el sueño de «Erda» está formado por tres estratos, reflejados en un espejo esperpéntico. En la base, los angostos subterráneos sin luz y sin belleza, donde la tierra es sólo geología. Los nibelungos habitan el paraje. Enanos. Negros. Polvorientos. Escurridizos. Semejantes a acorazados insectos. Su raza, antigua y aislada, ha trabajado con placer los minerales para producir adornos sin mercado ni valor añadido. La superficie del mundo es el bosque milenario, atravesado por el Rin. En el centro de la floresta, arrogante, llenándolo con sus ramas, principio masculino de la ensoñecida Naturaleza, se yergue imponente el «Fresno del Mundo». Las nocturnas «Nornas» anudan a sus ramas la cuerda del destino. Brota entonces la suprema armonía entre «Erda», la gran madre, y el fálico árbol vigoroso. Habitan el bosque los últimos vástagos de ruda estirpe. «Fasolt» y «Fafner», gigantes de ciclópea fuerza, pero de escasa inteligencia, arrastran por la superficie de la tierra su inerme soledad. Ultimos individuos de su progenie, sin hembra, sin amor, están condenados a la extinción. Trabajan la dura roca para otros, para los hermosos dioses que habitan las resplandecientes alturas. Agiles, luminosos, jóvenes, los privilegiados dioses atesoran bienes y virtudes. «Wotan», el primero de ellos, posee valor, arrogancia y voluntad. «Fricka», su esposa, ejerce el matriarcado hogareño. «Freia», adorable y frágil cultivadora de las manzanas de oro, perfuma de juventud y placer la atmósfera vital de sus hermanos. «Donner» blande el martillo que produce el rayo y el trueno, «Froh» hace nacer el arco iris tras la tormenta y modela la forma ideal de belleza que llamamos Arte. Carecen, sin embargo, de la inteligencia o del poder necesarios para producir imperio sobre los otros estratos del mundo El poder se obtiene sólo a cambio de un renunciamiento. Mas nos falta aún el espejo. El oro del Rindesarrollará íntegramente su acción en la esfera de los estratos del mito. La Walkyria y Sigfrido producen acciones paralelas o de ósmosis. El ocaso de los dioses, por consciente paradoja con su título, nos muestra el lado de acá del espejo. La naturaleza humana de «Sigmundo», de «Siglinda», de «Sigfrido» y de «Brunilda» despojada de su divinidad exige la extrapolación del mito en el mundo inmediato de los hombres. El mundo neurasténico de «Hunding», de «Gutruna» y de «Gunter». 
 

EL ATENTADO ORIGINAL

«Erda» reposa en sabio sueño. Mana a la sombra del «Fresno» la fuente, como sucedió desde el principio. Hay una irrupción extraña. «Wotan» ha llegado hasta el centro del bosque. Sus sedientos labios aplacan el ardor en la fresca linfa. Su mano, en osado gesto, arranca del árbol una de las ramas. Ha aceptado perder en el empeño uno de sus ojos. No conseguirá así la sabiduría, que su impetuosa juventud no anhela, sino la identidad en el poder. Cambia su hermosa integridad física, armoniosa, por la posesión de la masculina rama del «Fresno». Va a trocarla en soberbia asta de pujante lanza. Una de las «Nornas» nos relata cómo esta acción interrumpió la armonía del estado natural: 
 

Durante mucho tiempo ha venido  
consumiendo al bosque la herida.  
Marchitas cayeron las hojas,  
perdió el árbol su lozanía y vigor.  
Entristecida, secóse la fresca fuente.  
Y confuso vino a ser mi canto.

 

No estamos en presencia de un pecado original. No asistimos a la evolución de una cosmogonía de oriental espiritualismo, donde el hombre cae de un estado de gracia en otro de miseria y nostálgico llanto. El necesario sacrificio que hace «Wotan» de su perfección corporal es el cruento pacto que su voluntad impone a la Naturaleza, un «do ut des» que le confiere el derecho a erigirse en ordenador del mundo alterado por su agresión. Roto el equilibrio natural, inerme «Erda», la voluntad de poder de «Wotan» lo eleva a activo señor del mundo. Todos los estratos del mito reconocerán la potencia remodeladora del dios. «Wotan» será también el dios fuerte del mundo humano. El estático «Fresno» ha cedido su viril naturaleza a la lanza erecta. Sostenida por el puño de «Wotan», la lanza, el primero en el tiempo de los cinco objetos-símbolo que articulan la Tetralogía, anuda lazos de acatamiento universal mediante runas grabadas en su asta. El lenguaje escrito expresa la Ley. Nibelungos, gigantes y dioses se someten a la autoridad del fuerte. Incluso «Loge» deja de ser formalmente libre y errante para murmurar al oído de «Wotan» astutos consejos. La sabia comunicación entre el mundo y la Naturaleza ha sido cercenada. Las «Nornas» han de atar su cuerda a uno de los abetos del bosque, y se interrogan entre sí. Desde su gloria de conquistador, el primero entre los dioses, guiado por la inteligencia de «Loge», otorga una constitución pactada que todos aceptan como orden de derecho. Eternamente jóvenes los dioses gracias al alimento suministrado por las manzanas doradas de «Freia», el nuevo equilibrio ha nacido con voluntad de permanencia. Es un orden sólido mientras no se esclerose e incurre en contradicciones. Pero acusa debilidades de base. Su justicia no es natural, sino impuesta —aunque acatada— desde una posición de fuerza. Falta en él la capacidad para evolucionar hacia posiciones de equilibrio en la igualdad. Es una construcción voluntariosa y sentimental, sensible a las perplejidades del dios que la ha levantado. Y este dios dice a «Fricka»: 
 

Invariablemente sólo quieres 
entender lo habitual, 
mientras que mi ser 
me inclina hacia lo nuevo.

 

El orden de «Wotan» despierta también en las criaturas a él obedientes conciencia de su frustración. Siempre ha sido el de la ley un equilibrio muy delicado. 
 

LA ACTUACION PARALELA Y ENFRENTADA DE «WOTAN» Y «ALBERICH»

    «Alberich» es el primero entre los nibelungos. Contrafigura de «Wotan», Señor de las tinieblas como el dios es el señor de la luz. Vive angustiado en la neurosis de sus imposibilidades. Anhela la claridad. Desea el placer. En su búsqueda se desliza por entre las grietas de su medio subterráneo hasta las profundidades subacuáticas del Rin. Desde ellas implora de las ondinas un afecto ajeno al orden natural de las cosas. Las «Voces de la Naturaleza» sólo pueden romper en un tumulto de burlas y risas al escuchar la pretensión del nibelungo. No sería razonable esperar del enano que la evidencia de su miseria despierte en él una autodisciplina de la resignación. Por el contrario, brota espontáneamente en su pecho feroz e indiscriminado sentimiento de venganza. Este es el instante de la revelación inocente del oro. Los rayos solares le arrancan iridiscentes fulgores. Las profundidades del río resplandecen en esta fiesta de la luz. Las ondinas invitan a «Alberich» a gozar del prodigio natural. Pero el nibelungo se reconoce entonces más repulsivo y desgraciado. Pregunta cegado por el incomprensible brillo. La Naturaleza contesta por medio de «Wellgunda»:

El dominio del mundo alcanzaría para sí 
quien se forjara 
con el oro del Rin al anillo 
que confiere un poder inmenso.

 

«Woglinda», la segunda de las tres ondinas, añade:

 

Tan sólo quien rechace el poder del amor; 
tan sólo quien reniegue de sus delicias: 
solamente él obrará el prodigio 
de obligar al oro a trocarse en anillo.

 

    La suerte está echada. «Alberich» decide un nuevo y doble atentado. Contra la Naturaleza, mediante el despojo del oro, y contra «Wotan», al pretender el establecimiento de un tercer orden mediante el poder del anillo. No hay rastro en el nibelungo de un sentimiento noble de reivindicación, de retorno a la justicia natural o de conquista de la luz negada a su pueblo. Para él el oro es el único instrumento posible de poder. Al igual que el dios cedió uno de sus ojos, el enano adquiere el tenebroso derecho a forjar el anillo previa definitiva renuncia al amor. Nace así entre las garras de «Alberich» el segundo de los objetos-símbolo de laTetralogía, el esperpento de la lanza, la sortija que da nombre al ciclco. Si la lanza retomaba activamente la potencialidad viril del «Fresno», el anillo del nibelungo resume en su circunferencia sin principio ni fin la esterilidad de la Naturaleza castrada. El círculo áureo es en el puño de «Alberich» el símbolo del terror. Totalitarismo, Dictadura. No es, por tanto, el anillo la exacta contrapartida de la lanza. Ni siquiera expresa la degradación de sus aceptables virtudes. El tema musical que caracteriza al anillo, variado al modo mayor, es el mismo que describe la solemne altivez del Walhalla, la fortaleza de los dioses, excrecencia de un poder «justo» que deviene en abuso. El anillo coincide con el Walhalla en cuanto la fortaleza de los dioses es una injusta manifestación de extemporáneo poder. La lanza era una medida de sufragio universal ma nipulado. El anillo es un «diktat» totalmente impuesto. «Alberich» ni otorga constitución ni somete su imperio al control de la ley.

    Sin amor, sin belleza, sin sabiduría, sin inteligencia, hinchado de triunfalismo y de desprecio, enemigo visceral del dios, renegado de toda vinculación al orden natural, el nibelungo comienza por aherrojar a su pueblo e imponerle un brutal sistema de producción industrial generador de una plusvalía que él va a utilizar para tratar de derrocar al dios burgués que habita en las alturas. No existe en la historia de la narrativa descripción más perfecta de los efectos iniciales del paso de una era artesanal a otra industrial, de la transformación de una economía familiar en otra de fábrica. En ningún otro lugar puede hallarse grito más desesperado de la explotación de un pueblo devenido en proletariado que en las sombra donde resuena la rítmica forja sin remisión de los nibelungos. El terror del mundo subterráneo es absoluto porque «Alberich» ha hecho forjar el tercero de los objetos-símbolo de la Tetralogía. El Tarnhelm o yelmo mágico trabajado por «Mime», desdichado hermano de «Alberich», es la negación de la identidad real de las cosas. Simboliza el engaño, la mentira, la hipocresía, la propaganda; Cubierta la cabeza con el yelmo, «Alberich» viene a ser falso dragón o sapo, impune mano que golpea, control policíaco, espía de la libertad. El yelmo servirá para que «Fafner» se desfigure en 
inmunda bestia. Servirá también en desdichada jornada para que «Sigfrido», travestido en «Gunter», arrebate violentamente a «Brunilda» el anillo que había ceñido a su dedo en prueba de eterno amor. La potencialidad deformadora del yelmo nutre el brebaje que hará degenerar a «Sigfrido» en tonto útil. Su ambigüedad logrará que el héroe olvide a «Brunilda», la hembra, por «Gutruna», el objeto.

    Paralelamente, «Wotan», instado por «Fricka» y los dioses y varones, a excepción de «Loge», decide construir, para su mayor gloria, el soberbio Walhalla, cuarto de los objetos-símbolo de la Tetralogía. Ha pactado con los gigantes: el castillo a cambio de «Freia». Los gigantes han sido sinceros en el pacto. Necesitan imperiosamente una hembra para poder perpetuarse. Mas «Wotan» pacta con el pensamiento puesto en interesar en otra contraprestación a tan rudos necios. Ha enviado a «Loge» a recorrer el mundo en busca de sustitutivo. El conflicto se plantea cuando los gigantes reclaman el cumplimiento de lo pactado, obligación inexcusable del dios. «Loge», lúcido, clarividente, tras relatar los sucesos que han llevado a la forja del anillo, pide al altivo jerarca que despoje al enano de la sortija y la restituya al Rin. Pero el anuncio de potencialidad dominadora del anillo ha trastornado el equilibrio del dios. «Fafner» sueña con la revancha de su raza, y convence al más sentimental hermano: sólo el oro puede valer lo que significa «Freia». «Fricka» considera que las joyas del tesoro la harán más atractiva a «Wotan». También ve excitado el dios su apetito poder. Los gigantes llevan a «Freia» a sus dominios. La lejanía la diosa enturbia las hasta ahora claras coordenadas del mundo de las alturas. Rápidamente, se marchitan las cualidades de dioses. Estos descubren atónitos cuán necesaria les era la florida juventud de «Freia». 
 

DILEMA INSUPERABLE Y SITUACION LIMITE

    «Wotan» desciende a las cavernas de los nibelungos, guiado por «Loge». La lanza y la inteligencia van a triunfar sobre el torpe tirano. Envuelto en las argucias del dios del fuego, el nibelungo trueca primero en gigantesco y espantable reptil y después en sapo. En este instante es apresado, porque al convertirse en una de las «Voces» de esa Naturaleza que hubo de doblegarse a la volunad de poder del dios, queda sometido a su imperio. Arrastrado prisionero a la superficie que anhelaba como dictador, ha de entregar tesoro y yelmo, que piensa reponer, pero se resiste fieramente la privación del anillo. «Wotan» se lo arrebata por la fuerza. El nibelungo es devuelto a la obscuridad de su reino. Sin belleza, sin amor, sin poder, impotente para la venganza inmediata, sucumbe a un odio feroz e implacable. Maldice al anillo y a sus poseeaores Con exactas palabras:

 

Puesto que me exigió una maldición, 
¡maldito sea este anillo! 
Enferme la inquietud 
a quien lo guarde; 
corroa la envidia 
a quien no lo tenga. 
¡Ate el miedo al cobarde 
a la amenaza de la muerte! 
Así, mientras viva, 
irá muriendo: 
porque el anillo del señor 
es ahora el anillo del esclavo.

 

    No es así la maldición de «Alberich» elemento mágico, irracional, injustificado. El nibelungo se limita a proclamar la potencialidad destructiva de la sortija. Quien la posea, vivirá la dura soledad del poderoso. Quien la anhele, tendrá que matar para arrebatarla. Terror. Miedo. Esclavitud. Envidia. Asesinato. Pronto va a producirse la primera y sangrienta pugna por el dominio de la joya. Tras vergonzosa confrontación de «Freia» con el tesoro del nibelungo, que sustituye pieza por pieza a las manos, los cabellos y los ojos del amor, «Wotan» se aferra al anillo aun a costa de la definitiva pérdida de la dulce diosa. Las estructuras de su orden vacilan sobre sus cimientos. Está a punto de saltar en añicos el pacto. El dios va a dar el paso totalitario inherente a las situaciones límite del orden burgués. Surge entonces desde su sueño «Erda». La Naturaleza había soportado la violencia original del dios, porque, si bien la alteraba, no la destruía. Había tolerado, aunque con evidente conmoción, el nuevo atentado del nibelungo. Pero no puede presenciar impasible la catástrofe moral de «Wotan», que va a arrasar todo para implantar el mismo estado de terror pretendido por «Alberich». El nibelungo es el único dueño del anillo, porque el precio de su forja fue la renuncia al amor, como el acceso de «Wotan» a la lanza le costó uno de sus ojos. Mas la lanza, utilizada como fuente de derecho, podía alcanzar justificación, a diferencia del anillo. La lanza obliga a «Wotan» a devolver a las «Hijas del Rin» la sortija para que, fundida de nueva en su original condición de inocente mineral, repose eternamente en el lecho del río. Mas es también obligación de «Wotan» pagar el Walhalla a los gigantes con «Freia» o con el oro. En el dilema insuperable, lejana aún la hora de las «Nornas», enmudecidas todas las «Voces de la Naturaleza», latente por doquier el odio de «Alberich», arrebatado de nuevo «Wotan» por la tentación de la voluntad de poder, ha de surgir «Erda» para advertir el peligro y murmurar su consejo:

 

¡Cede, Wotan, cede! 
¡Escapa a la maldición del anillo! 
Su posesión 
te empujará sin remedio 
a la total ruina.

 

    Cuando la «Wala» se esfuma, el dios se desprende del anillo y recupera a «Freia». Con este gesto parece haber logrado la serenidad de sus propias reglas y el brillante manifiesto del Walhalla. Mas angustia y temor han abierto honda sima en la arrogancia monolítica que lo caracterizaba. Ve estallar ante él la lucha fratricida. «Fafner» abate a «Fasolt». El anillo del nibelungo se cobra el primer tributo. En el atardecer, la resplandeciente fortaleza adquiere sombríos tonos de ocaso. Sólida, firme, inigualable, inspira a su dueño la ilusión de la seguridad perdida. A su vista, la inquietud de «Wotan» genera en este instante violenta decisión de lucha. Vibrante como un afilado cuchillo, surge el motivo de la espada, quinto y último de los objetos-símbolo de la Tetralogía. Ya no es la ley, sino la violencia, la norma que va a regir los destinos del mundo. «Wotan» piensa sólo en evitar por todos los medios que «Alberich» recupere su sortija. Concibe un plan de ataque de vastas proporciones. Cuando se encamina al Walhalla por el arco iris de «Froh», en compañía de los exultantes dioses, no sabe que va a penetrar en la que será su última trinchera. En trágico-cómica escena, es «Loge» el encargado de hacer llegar  a las ondinas, que reclaman la devolución del oro, la altiva respuesta de «Wotan»:

 

Oíd lo que Wotan tiene que deciros. 
¡Nunca más os iluminará el oro, muchachas! 
¡En adelante recibiréis la luz 
de la divina claridad de los dioses!

 

Pero la situación real habla sido precisada pocos momentos antes por este mismo escéptico portavoz:

 

Hacia su fin corren 
los que se creen tan fuertes en su existir.
Casi me avergüenzo 
de colaborar con ellos. 
Esperaré mejor ocasión 
para trocarme de nuevo 
en ondulante llama. 

 

Las «Voces de la Naturaleza», las burladas «Hijas del Rin», proclaman la condición moral del triunfalismo. Por encima de la pompa obtusa de los dioses, al pie del lujoso arco iris del arte injusto. «Erda» expresa su sabiduría y su queja por voz de las ondinas:

 

Amor y fidelidad 
alientan ya sólo en las simas. 
¡Falso y podrido es 
quien allí arriba se alegra!

 


 

¿COMO SE PUEDE DETENER UNA RUEDA OUE RUEDA?

    Esta es la pregunta que a «Erda» hace «Wotan» en la alborada del fin de su orden. Es el tercero y último de sus encuentros. Del segundo habían nacido las nueve walkyrias. El dios buscó a «Erda» para recabar de su sabiduría mayor información sobre el destino de su estirpe. La gran madre y el dios viril de la lanza procrearon a «Brunilda» y a sus hermanas. La walkyria sumaba a las virtudes dinámicas de su padre —vigor, intrepidez, voluntad— sabio discernimiento heredado de la Naturaleza. Era «Brunilda» la conciencia íntima del dios, su amor, la portadora de su coraza. Pero «Wotan» utilizó a las walkyrias para la defensa violenta de su orden y de su castillo. Las vírgenes se aparecían a los héroes destinados a morir en combate. Después, los conducían al Walhalla, defendido así por experto y aguerrido ejército.

    «Wotan» procreó también en una mujer la valerosa descendencia que, a impulso de su propia decisión, llevada de su libre albedrío, conseguiría lo que los pactos vedan al dios: arrebatar la sortija a «Fafner». Nacieron así los gemelos «Siglinda y .Sigmundo», los hijos de «Wotan» bajo la apariencia de «Wälse». Cayó un día la madre, asesinada. Raptada, «Siglinda» fue desposada pon «Hunding», guerrero rudo y brutal, de hechos y aspecto cercanos a los gigantes. «Sigmundo» vagó por los bosques, proscrito, acosado:

 

Lo que yo juzgaba justo, 
los otros lo encontraban malo; 
lo que me parecía perverso, 
los otros lo encontraban saludable. 
Anhelaba la felicidad, 
y sólo despertaba a mi paso penas y dolores.

 

    El reencuentro de los gemelos signifIcó el nacimiento del amor en una pareja humana, un amor absoluto, espontáneo. «Hunding» clamó por el adulterio cometido en su propio hogar. «Fricka», inmisericorde, acosó a «Wotan» para que hiciese cumplir la Ley contra los criminales incestuosos y adulterinos. Abrasaba en el puño del dios la lanza. En vano invocó «Wotan» la ley natural que él mismo había alterado al atentar contra el «Fresno del Mundo»:

 

Les fascinó 
el prodigio del goce amoroso. 
¿Ouién podría escapar al poder del deseo? 
No considero sagrado 
un vínculo 
que ata a los que no se aman.

 

El dios había preparado los acontecimientos para que su hijo encontrase la espada que forjó su voluntad ofensiva. Pero esclavo de su orden, guardián de la ley escrita, protector de los vínculos, «Wotan» ha de oponer la lanza a la espada que va a caer sobre «Hunding». Yacieron ante él, rotos, el arma y el cuerpo del joven. Inmediatamente se lanzó en persecución de «Brunilda».

    La walkyria se había hecho presente a «Sigmundo», para anunciarle su destino. Quedó trastornada ante la visión del desdichado amor de la pareja. Sintió en su corazón la suprema afirmación de aquel sentimiento imposible en el mundo yerto de la violencia ordenada. Contempló la rebeldía de «Sigmundo», dispuesto a combatir hasta el final por su dignidad y la de «Siglinda». Nació en la hija de «Erda» un sentimiento natural de compasión que ya nunca habría de abandonarla. Amor, rebeldía y compasión abrían un nuevo camino al mundo lejos del orden indiferente e interrumpido de la Naturaleza y del orden violento de «Wotan». Vana esperanza. Al pretender cambiar el sino del combate en favor de «Sigmundo», «Brunilda» incumplió las órdenes del dios y provocó su castigo. La trágica jornada culminó con la frustración de los designios del dios. Duerme «Brunilda» desde entonces un mágico sueño. Despojada de su divinidad, aguarda la llegada del hombre que ha de despertarla. La roca donde yace ha quedado protegida por «Loge», conjurado por la lanza. El dios está irremediable y definitivamente solo. Su puño ase todavía la lanza con fuerza acrecentada por la voluntad llevada al límite. Hace tiempo que se apartó de «Fricka» y de la estirpe de sus semejantes. No prueba las manzanas de «Freia». Recorre el mundo como espectador, como «Viandante». Carece para siempre del consejo de «Loge». Protege su rostro del viento que sopla con creciente hostilidad un sombrero de anchas alas. Centellea en la noche su único ojo. Aguarda el momento de medirse con «Sigfrido». Pero antes, su imperio ha elevado a la superficie, desde los abismos del sueño, a la protosabiduría. Viejo, aislado, marcado por atroz pesimismo, interroga por última vez a la «Wala». La patética pregunta resume todas las contradicciones del orden del dios: «¿Cómo se puede detener una rueda que rueda?» «Erda» no tiene respuesta. La Naturaleza se limita a ser. Para «Wotan» es ahora «protomadre del temor», «protoangustia». Declara ante ella su voluntad de ceder a «Brunilda» y a «Sigfrido» la herencia del mundo, y la deja retornar a su lecho de escarcha. La respuesta viene con el muchacho que llega guiado por el «Pajarillo del Bosque». La confrontación entre el anciano y el joven degenera pronto en violencia. Esperaba «Wotan» del muchacho algún afecto, un comportamiento mesurado. Mas la naturaleza de «Sigfrido» es vehemente. Las preguntas del dios lo impacientan. Provoca la cólera del «Viandante». La rueda sólo se detiene cuando se rompe. Se quiebra la lanza contra la espada. Huye el dios. Regresa a su fortaleza. Da orden de talar el seco «Fresno del Mundo». Hace amontonar los pedazos del árbol en círculo que cierra la sala del Walhalla. Convoca al consejo de dioses. Ocupa su elevado sitial. Lo rodean los héroes de su ejército. Dice «Waltrauta»:

 

Así está sentado, 
sin decir palabra, 
mudo y sombrío, 
en su noble trono, 
y su puño ase fuertemente 
las astillas de la lanza.

 


  
 

HEREDEROS DEL MUNDO

    Había crecido «Sigfrido» en apartado rincón del bosque. Recien nacido, lo recogió «Mime» de entre los brazos aún tibios de la expirada «Siglinda». Lo cuidó. Lo alimentó. Lo instruyó. Le hizo un cuerno sonoro. Trató de adiestrarlo en el oficio de herrero y en las tretas de la hipocresía. Pero lo odió siempre en el fondo de su corazon. Lo mantuvo ignorante de su identidad con la vana pretensión de hacerle creer que era hijo suyo. «Mime» sabía que sólo la fortaleza de «Sigfrido» puede abatir a «Fafner». Tampoco ignoraba que únicamente «Notung»1, la rota espada de «Sigmundo» servirá para la empresa. Mas desconocía quién seria capaz de soldar de nuevo sus pedazos. El enano forja espada tras espada movido por el mismo demencial esfuerzo que acumulaba el tesoro los nibelungos. Forja estéril. Invariablemente, el muchacho las par te de un solo golpe. La vida de «Mime» está hecha del pavor de la opresión. Pavor de «Alberich», de «Wotan», de «Fafner». Pavor ante lo que no comprende: el sentido de la roca que guarda el llameante ejército de «Loge». Anhela el anillo para, al imponer una nueva tiranía, liberarse de su miedo visceral a la libertad que contempla en «Sigfrido». Con espanto ha escuchado la revelación que le ha hecho en memorable «torneo del saber» el «Viandante»: sólo quien desconozca el miedo podrá forjar la espada. Terrible angustia atenaza ahora a «Mime» en presencia de «Sigfrido», porque sabe que el muchacho nunca ha experimentado el miedo. Trata de inculcárselo con una histérica descripción de sus ancestrales temores, resumidos en el terror al fuego y a «Brunilda», sin otro éxito que divertir al jovenzuelo.

    Repugnancia fue el sentimiento que despertó siempre en «Sigfrido» el enano. El joven había observado que las criaturas del bosque se apareaban. Comprendió así que él había tenido también una madre. Vio reflejada su imagen en el arroyo. Dedujo que él no podía proceder de «Mime». Violentamente hubo de conseguir del aterrado enano nuevas de su origen. «Mime» le ocultó el nombre del padre, pero le habló de «Siglinda» y le mostró los pedazos de «Notung» en prueba de la veracidad de sus palabras. Vigoroso, exultante, espontáneo, intuitivo, forjó entonces el nieto de «Wotan» una espada que yacía inútil y es ahora su propia arma, la templada hoja que ya ni siquiera el dios confundido y angustiado hubiera logra devolver a la dinámica de la «rueda que rueda». Nada va a detener la torrencial espontaneidad de «Sigfrido». Guiado por «Mime» hasta la «Cueva de la envidia», la gruta de «Fafner», surge el tremendo combate. El dragón, que salía de su caverna para beber y «encuentra también comida», ataca con todo el peso de su corpachón. «Sigfrido» se defiende con intuición y agilidad. «Notung» queda clavada en el turbio corazón del último de los gigantes. Al retirar la espada, la mano de «Sigfrido» arde al contacto con la sangre espesa del reptil. Instintivamente, lleva los dedos a su boca y succiona el líquido. El bosque cobra de improviso nueva vida. Los dulces murmullos de la Naturaleza se concretan en la «Voz» de un pajarillo que canta en la rama de un tilo. Al matar a la falsa «Voz de la N turaleza» que era «Fafner», «Sigfrido», el más espontáneo de los hombres, ha logrado la virtud de entender a las verdaderas «Voces». Se deja llevar por su consejo. Retira de la «Cueva de la envidia» el yelmo y el anillo. Advertido por la avecilla de los propósitos «Mime», quien se le acerca para ofrecerle un narcótico so pretexto de refrescarle del cansancio del combate, «Sigfrido» escucha de labios del enano el pensamiento que en vano tratan de ocultar sus aduladoras palabras: cómo siempre le odió y cómo pretende su muerte. La patética tragicomedia del desdichado nibelungo, víctima neurótica del miedo a la libertad, concluye con un golpe de «Notung». Ahora el «Pajanillo» revela al muchacho la existencia de «Brunilda». Hacia ella parte «Sigfrido». guiado por el vuelo del pájaro. En su camino se encuentra con otro viejo impertinente y tuerto. Impaciente, el muchacho amenaza con hacerle saltar el ojo que aún conserva. Advierte el arrogante anciano:

 

Tú sabes defenderte fácilmente, 
pero yo veo por ti, hilo mío. 
allí donde tú nada sabes. 
Con el ojo 
que me falta 
tú puedes descubrir 
el que a mí me queda para ver.

 

Estella la cólera del dios. Conjura al fuego. Acude torrencial la llamarada. «Sigfrido» insiste en atravesar la barrera ígnea. Postrer y fiero ademán del «Viandante»: «Todavía sostiene mi mano el nudo de todas las cosas». Extiende la lanza. El muchacho ve ante él, al mismo tiempo, al celoso guardián de «Brunilda» y al enemigo de su padre. Cae destrozado el símbolo de un orden caducado. Nada puede «Loge», porque rota la lanza a la que obedecía, es ahora «Sigfrido» el nuevo señor del mundo, el señor de la espada. Resuena el cuerno en el desfiladero. Se apagan las llamas. Es la soledad bella de las montañas el escenario de la gran ceremonia de la luz. 
Al depositar delicadamente «Wotan» sobre los ojos de «Brunilda» el beso amargo de la definitiva despedida, perdió la walkyria todos los atributos de la divinidad paterna. Quedó reducida a la condición de mujer. Al igual que las «Nornas» retornan a la madre roto el hilo del destino, «Brunilda» volvió al seno de «Erda». Duerme la mujer el sueño de la naturaleza. Le protegen aún el casco, el escudo y le coraza de las walkyrias. En pie, asombrado, contempla «Sigfrido» al durmiente guerrero. Retira el casco. Se desparrama en sedoso río la hermosa cabellera de «Brunilda». Aparte el escudo. Corta con «Notung» la coraza. «Sigfrido» descubre que allí «no hay un hombre». Siente, por fin, una extraña debilidad, que reconoce como aquel miedo que en vano intentó enseñarle «Mime». Había narrado al herrero que se le reveló el amor al ver que las madres jamás se separaban de las crías. Invoca ahora en su miedo a la madre que no conoció y besa apasionada e instintivamente los labios de la mujer durmiente. Se inicia el reconocimiento de la pareja. Estalla el júbilo. Mas «Brunilda» recuerda su anterior existencia. También nace en ella el miedo al varón. Por un momento se enturbia la armonía apolínea de la escena. ¿Pero qué existe fuera de ella? La lanza de «Wotan» enmudece partida entre las manos de su dueño. El Walhalla ha devenido en potencial catafalco. «Loge» protege la roca contra la envidia y el odio de «Alberich». Este ardoroso joven que la abraza es el «tesoro del mundo». Señor de la espada, va a dejarla a un lado, en reposo, pare amar a la antigua walkyria. Señor del anillo, va a entregárselo en prenda de eterno amor. Señor del yelmo, ha devuelto al mundo su identidad verdadera. Señor de las «Voces de la Naturaleza» ha seguido sin vacilar su consejo. Al fin nace la pareja humana en plenitud. Brota el amor sin barreras. «Sigfrido» adquiere el estado adulto en «Brunilda». La mujer sólo encuentra justificación en el hombre. Crece el himno desbordado. El hombre se realiza en la posesión amorosa de la Naturaleza. Es éste el momento del encuentro cósmico del sentido final del mundo. Su herencia consiste en despreciarla. Adiós al orden de «Wotan». Adiós a la potencia totalitaria del anillo. Adiós a la violencia de la espada. La «voluntad de amar» es ahora la sabiduría de la existencia, revelada en la pareja devenida en unidad. «¡Gloria al día que nos ilumina!» «¡Gloria al sol que nos vivifica!»:

 

Ella (él) es mía (mío) para siempre; 
mía (mío) por toda la eternidad 
herencia y propiedad; 
uno y todo: 
¡Resplandeciente amor 
y sonriente muerte!

 


 

EL MUNDO IRREDENTO DEL ESPEJO

    Partió «Sigfrido» de la roca de «Brunilda». Su cabalgadura era «Grane», el potro de la walkyria. Portaba la espada y el yelmo; también las armas ya inútiles a la mujer. Deseaba realizar las hazañas que le demandaba su victoriosa juventud. Consintió «Brunilda» la marcha y lo bendijo, porque el amor justificaba el sacrificio de la separación. Recorrió «Sigfrido» el Rin y oyó nuevas del poder y de la nobleza de la estirpe de «Gibich». La halló a orillas del soberbio río. Pidió combate o amistad. Inusitados honores y un agradable refrigerio fueron la respuesta. En ese instante perdió «Sigfrido» su identidad madurada en el amor de «Brunilda».

    Comienza le extrapolación del mito. «Gunter» y «Gutruna», los hijos de «Gibich», mal llevan el hastío de su inútil ociosidad. Poseen en alguna medida valor, juventud, belleza, una tropa de aguerridos vasallos, buen nombre y rica aunque inconfesable herencia. Adoran a los ídolos de «Wotan», de «Fricka» y de «Froh». Reproducen a escala contemporánea los aspectos negativos del orden del dios. Repiten incluso el esquema de la vanidosa soberbia que llevó a la edificación del Walhalla. Tienen un extraño hermanastro. Pálido Helado. Viscoso. Sombrío. Enormemente taciturno. Pero fuerte y astuto. Si «Loge» era el consejero de «Wotan», «Hagen» es escuchado atentamente por «Gunter». «Hagen» no nació del amor, sino de la «programación». A cambio de oro, «Alberich» consiguió procrearlo en «Crimilda», la esposa de «Gibich». Nacido para reconquistar el anillo para el enano, acumula la frustración y el odio de «Alberich» a los suyos propios. Para «Hagen», el fin justifica todos los medios. Impotente híbrido, va a manipular en beneficio propio la insatisfacción de sus hermanastros. Despierta en ellos una voluntad de poder artificioso, hipócrita, inmoral, porque se pretende sin contrapartida. Enmaraña las pasiones de poder y deseo que neurotizan a los hermanos y las hace confluir sobre «Brunilda» y «Sigfrido». Acrecienta la frustración de la vanidad de «Gunter» al revelarle que sólo puede atravesar el fuego que defiende a la walkyria un héroe que desconozca el miedo. Inmediatamente le sugiere obnubilar a «Sigfrido» mediante un filtro que le hará olvidar a «Brunilda» y desear a «Gutruna». Cuando llega el joven por el Rin a presencia de esta sociedad alienada, actúa «Hagen» como jefe del siniestro protocolo: «¡Salve, «Sigfrido», héroe magnífico!» Mas la orquesta vomita sobre el mundo con violencia hasta entonces inaudita la maldición de «Alberich». Van a cumplirse con precisión las etapas del plan de «Hagen». Degenerado «Sigfrido» en pelele moral, desea a «Gutruna». Para poseerla, se ofrece a travestirse en «Gunter» mediante el yelmo y llegar así ante «Brunilda», a quien ha olvidado completamente, para arrebatarla a la protección de «Loge». Un pacto de sangre sella el vil acuerdo. Es el esperpento de los convenios que garantizaba la rota lanza de «Wotan».

    Partieron juntos «Gunter» y «Sigfrido». Quedó a la expectativa «Hagen». Presenciamos la dramática escena entre «Brunilda» y «Waltrauta», una de las walkyrías, quien ha venido en feroz carrera desde el Walhalla para traer a su hermana las palabras de la claudicación que el dios ha pronunciado como en sueños:

Si fuera devuelto 
el anillo a las Hijas del Rin, 
el dios y el mundo serían liberados 
del peso de la maldición.

 

En vano implora «Waltrauta». Retorna a la fortaleza condenada. Para «Brunilda» el anillo es el testimonio del amor de «Sigfrido». Ahora se aviva el fuego, pero como si acariciase a su señor, que regresa. Se deja oír, aproximándose, el cuerno del héroe. Corre la ardiente enamorada: «¡A los brazos de mí dios!», y se ve en presencia de un extraño. Trata de defenderse con la fuerza del anillo. Un poder superior al suyo la despoja de la sortija. Desde este instante la gozosa walkyria será el dolor inconsolable de la protomadre, será el lamento cósmico de la Naturaleza alterada manipulada, explotada sin control, despreciada, engañada, sin sentido.

    Convoca «Hagen» a los gibichungos para las pomposas nupcias de las dos parejas. «Brunilda», al ver a «Sigfrido» en su verdadera apariencia y con el anillo de nuevo en su dedo, descubre el engaño e increpa duramente a «Gunter». Declara ante todos que «Sigfrido» ha sido su amante. El atónito héroe, que había respetado a «Brunilda» en el tiempo transcurrido desde el despojo de la sortija hasta la sustitución de él por el verdadero «Gunter», reclama un arma sobre la que jurar su inocencia. Allí está «Hagen» con su amenazadora lanza:

 

¡Brillante lanza! 
¡Arma sagrada! 
¡Prueba la verdad de lo que juro! 
¡Atraviésame tú 
si un arma debe atravesarme; 
encuéntrame tú 
allí donde haya de encontrarme la muerte, 
si la mujer reclama en derecho 
y yo he sido infiel a mi hermano!

 

«Brunilda» ase a continuación le punta de la lanza con salvaje violencia:

 ¡Conjuro a tu vigor para que le atravieses; 
bendigo a tu filo 
para que le hieras, 
pues ha roto sus juramentos 
y ese hombre es ahora un perjuro!

 

    Quedan solos «Hagen», «Gunter» y «Brunilda». Van a confabularse para asesinar a «Sigfrido». El abochornado «Gunter» aún vacila: «¿Me ha traicionado en efecto?» Teme también causar irreparable dolor a «Gutnuna». «Brunilda» y «Hagen» lo acosan. Por fin, la walkyria y el gibichungo unen sus voces para reclamar venganza al dios de los pactos. «Hagen» invoca a «Alberich»: «Padre-negro príncipe de los vencidos!» La gran ceremonia de la confusión decide la suerte del último de los welsungos. Caerá oficialmente bajo los colmillos de un jabalí. La muerte del hombre que llegó a ser por la espontaneidad de sus actos «tesoro del mundo» significará el definitivo fraude de un orden y de una sociedad totalmente descompuestos.

    Hemos retornado al Rin. En un remanso, las ondinas cantan la luz que perdieron con el oro. Llega «Sigfrido» tras el rastro de un oso. El señor de las «Voces» escucha complacido a las criaturas acuáticas, pero se muestra ahora totalmente sordo a los sabios consejos de la Naturaleza. La inocente espontaneidad del muchacho se ha convertido en necia temeridad. Concluyen las «Hijas del 
Rin»:

Una altiva mujer 
te heredará hoy mismo, desdichado: 
ella nos atenderá mejor que tú. 

 

Alcanzan a «Sigfrido» los cazadores. El héroe, instado por «Hagen», relata los hechos de su vida. Pasan por su memoria «Mime», la forja de la espada, el combate con «Fafner», los consejos del «Pajarillo del Bosque»... «Hagen» ofrece a «Sigfrido» una bebida que contiene un antídoto. Se desvelan las nieblas que cubrían el recuerdo de la plenitud de su existencia. Florece en sus labios el nombre sagrado de «Brunilda». Dos cuervos emprenden el vuelo desde un matorral. «Sigfrido» vuelve la espalda. Aunque «Gunter» 
—que descubre asombrado la verdadera naturaleza de la relación entre el héroe y la walkyria—trata de impedirlo. «Hagen» hunde la lanza en la carne joven del muchacho: «¡He vengado el perjurio!» Inicia la orquesta la música del despertar de «Brunilda». «Sigfrido», moribundo, canta a la «novia divina»:

 

¡Despierta! ¡Abre tus ojos! 
¿Quién te ha sumido 
de nuevo en sueños? 
¿Quién te ató de nuevo al reposo? 
Ha venido quien ha de despertarte.

 

Desfallece. Se extingue. Su cuerpo roto es puesto sobre el escudo. Regresa el cortejo fúnebre al ilusorio Walhalla de los gibichungos, al hogar de «Gunter». Lo precede exultante de sombrío gozo «Hagen». Exuda de él agrio sarcasmo:

¡En pie, Gutruna! 
¡Saluda a Sigfrido! 
¡Regresa al hogar 
el fuerte héroe!

 

Estella el tumulto de las acusaciones «Hagen» reclama el anillo «Gunter» exige la herencia a que tiene derecho «Gutruna». Combaten. Muere el gibichungo. Mas cuando el hijo de «Alberich» se precipite para arrebatar el anillo al cadáver de «Sigfrido», la mano de éste se levanta. «Sigfrido» tiene heredera legítima. Ahora comparece para la ceremonia de la expiación. «Brunilda» avanza majestuosa. Aparta a «Gutruna». Contempla el rostro yerto del hombre que ha sido la rezón de su existencia. Están presentes, con presencia física o potencial, los sujetos y los símbolos del gigantesco drama. «Brunilda» y «Sigfrido». El fuego y el agua. «Wotan», en el Walhalla con la partida lanza entre las manos. «Erda». «Alberich-Hagen». Las «Hijas del Rin». El anillo. El yelmo. La espada. Testigos, los «Cuervos» del dios hierático.

    Fuerte pira es levantada a orillas del Rin por orden de «Brunilda». Avanza la acusación de la Naturaleza. Nadie fue más noble ni más fiel ni más honesto que «Sigfrido». Nadie amó más que «Brunilda». ¿Cómo pudo llegar la mujer a desear la muerte del hombre? La walkyria reconoce en el dios de la lanza al culpable único de la catástrofe. Y le dice: «¡Descansa! ¡Descansa, tú, dios!. Extrae del dedo rígido del cadáver el anillo terrible. Lo coloca en el suyo. Lo ofrece a las «Hijas del Rin», para que lo recuperen de entre las cenizas de su cuerpo. Quiere extinguirse llevando la alianza de sus bodas en la muerte con «Sigfrido». Envía ahora a los «Cuervos» en vuelo de mortal retorno al Walhalla. Les ordena que pasen junto a su roca y tomen con ellos a «Loge». Ella misma prende fuego a la pira. A grupas de «Grane» salta en medio de la hoguera. Arde el mundo en todos sus estratos míticos. Se desborda el Rin y apaga la pira. Se han fundido el yelmo y la espada. El anillo ha retomado su primera forma de inocente mineral. Entre las ondas, surgen las «Hijas del Rin». Al verlas, «Hagen» se precipita enloquecido entre las aguas. «Woglinda» y «Wellgunda» lo arrastran a las profundidades de la vengativa corriente. «Flosshilda» sostiene el oro, de nuevo resplandeciente, entre sus manos. El río, sosegado, torna a su cauce. Pero el fuego vuelve a manifestarse. «Loge», definitivamente liberado de todo imperio, ha hecho presa en las astillas de la lanza. Crepitan los secos pedazos del «Fresno del Mundo». Todo el Walhalla es una gigantesca antorcha. La enorme disposición por acumulación de motivos conductores, en la orquesta, se resuelve en el conocido como la «redención por el amor», que cantó pon primera vez «Siglinda» al conocer que llevaba en su seno la semilla de «Sigmundo». ¿Redención? ¿Para quién? No vuelve la música al acorde de Mi bemol mayor que abrió el preludio de El oro del Rin, acorde perfecto del que nació el motivo de «Erda». Tampoco concluye la partitura con el motivo del «sueño mágico» que significó el regreso de «Brunilda» y de las «Nornas» al sueño de la madre. No se resuelve la Tetralogía en el retorno al estado natural. No existe ya el «Fresno del Mundo» No existen ya los estratos del mito. El mundo alienado del espejo se ha devorado a sí mismo sin redención posible. «Erda» duerme para siempre. «Loge» recorre los espacios a su errante antojo. Fluye el río por los siglos de los siglos, y en su fondo las «Voces de la Naturaleza» juegan en torno a un mineral que ya no tiene significado. La voluntad de poder dio lugar al orden que llegó a aniquilarla. La voluntad de amar alcanzó la plenitud de la pareja humana, sin proyección posible en un orden que no es concebible sin la injusta frialdad de la ley impuesta. La Naturaleza, alterada, aún es. Mas no existe ya el principio humano capaz de orientarla. ¿Fue «Wotan» un error? ¿Fue el amor de «Sigfrido» y «Brunilda» una pasión inútil? Richard Wagner, como «Erda», no tiene ya respuesta. Cien años lleva su obra provocando los más encontrados comentarios. Pienso que cada uno de los que nos aproximamos a ella hemos de buscar en nosotros mismos la resonancia de su mensaje. Inmerso, a pesar de tantas contradicciones y según creo, en la cultura que tan admirablemente sintetizó el mago de Bayreuth pienso hoy que «Wotan» y su estirpe son una pasión irrepetible necesaria cuya meta siempre ignoraremos. 
 

EPILOGO QUE EN REALIDAD VA A SER UN PROLOGO

    Hasta aquí, en síntesis apretada, a pesar de su extensión, el contenido moral o ideológico de la obra que escribió Richard Wagner, desvelado a través de su trama. La fuente utilizada ha sido ante todo, la obra. Después he acudido a mi experiencia como expectador de su representación en Bayreuth desde 1962 a 1974. Por último, he tenido presentes diversos estudios de Wieland Wagner, Hans Mayer, Ernst Bloch, Alfred Lorenz y Teodor W. Adorno. Ha sido importante confrontar las conclusiones previas con la incompleta, pero en todo ceso excelente guía temática grabada en tres discos por Decca con ocasión de concluir el ciclo confiado a Solti. Esta guía, que recomiendo a quien desee llegar a un mejor conocimiento de la Tetralogía, desgraciadamente no ha sido editada en España. Existe edición inglesa, francesa y alemana. Su autor es Deryck Cooke, el hombre que, seguramente desde coordenadas ideológicas extrañas a las del torpe wagnerismo totalitario, considera a El anillo del nibelungo la obra-sintesis por excelencia, el supremo logro de la cultura occidental —entendiendo en este caso por «occidental» la anglosajona, claro—, punto de llegada y de par tida, confluencia de todos los caminos. Han quedado apenas esbozados en mi trabajo las complejas estructuras de la obra, el juego matizadísimo de las interacciones y de las interdependencias. El análisis musical de este gigantesco tratado de la Variación que es la partitura de El anillo reclama por sí solo un libro extenso. En línea de mi propósito y de mis posibilidades, en el próximo tra bajo que publicará RITMO voy a tratar de destacar algunos de esos matices apenas apuntados, mediante el estudio histórico de varias escenografías comparadas. La historia viva de estos cien años dc Bayneuth y de El anillo del nibelungo es la historia de la manipulación, de la deformación, del envilecimiento incluso; también la de grandes amores, la de hermosos ennoblecimientos. A las puertas de este epílogo que quiere ser un prólogo cae en mis manos el nú mero de 1 de marzo en curso de Der Spiegel (2), cuyo editorial viene dedicado al centenario del Festival. El panfleto, coherente con la contradicciones insalvables del neocapitalismo consumista a que sirven tantas y tantas publicaciones disfrazadas de izquierdismo «ma non tanto», concluye así: «Considerados artísticamente, cien años de Bayreuth ya han sido bastantes»... El editorial de El Espejo —título que curiosamente coincide con la denominación que he utilizado al referirme al mundo inmediato de los hombres tal y como lo analizó Richard Wagner— pide un puesto por derecho propio en la historia de la deformación de Bayreuth. Lo ocupará, por tanto, en el próximo trabajo que he anunciado. 
  
 

Notas 
1.    «Notung»: Lit. «Necesaria». 
2.    «Der Speigel»: «El espejo». 
  
 


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