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En Triebschen (una visita a Wagner)

Por Catulle Mendès

 

Será interesante dar algunos detalles sobre la muy curiosa y bastante poco conocida personalidad del hombre genial que acaba de dejarnos. Fue sobre todo en Lucerna donde tuve la oportunidad de frecuentarle íntimamente. Ya en Paris -con ocasión de la “Revue fantaisiste”-, tuve la ocasión de verle en su casa, en la calle Aumale, si recuerdo bien. Pero había sido muy poco antes de la primera representación de “Tannhäuser” en la Ópera; irritado por mil futilidades, por “miserabilidades”, como él decía, habla llegado al último grado de la exasperación nerviosa, como un gato colérico, con el pelo erizado y las uñas a punto de arañar. No era el momento adecuado para trabar conocimiento con él y, por otra parte, mi extremada juventud habría sido un obstáculo para una familiaridad un poco más íntima. Pero, algunos años más tarde Richard Wagner, menos irritado, si no tranquilo -¡pues nunca estaba tranquilo!-, vivía cerca de Lucerna, en Triebschen, con la que iba a convertirse en su esposa, en una apacible soledad, proclive a los desahogos. Cuando el tren se detuvo en la estación, mi corazón latía fuertemente, y creo poder decir que Villiers de l’Isle-Adam, mi compañero de viaje, no estaba menos emocionado. No obstante, no éramos unos desconocidos para Wagner, y como él no ignoraba que combatíamos con ardor por el triunfo de sus ideas y de sus obras, teníamos la esperanza de una recepción cordial e incluso de una cierta simpatía.

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