En la revista ‘Wagneriana Acta’ de la Asociación Wagneriana de Lyon, del año 2006, aparece un texto sobre un tema abonado a las locuras: “Dimensión alquimista en la obra de Richard Wagner”, por Bernard Reydellet


Resulta que la casa donde nació Wagner se llamaba ‘El León Rojo y Blanco’, y la Piedra Filosofal en su transformación pasa por los colores Rojo y Blanco… señal ‘inequívoca’ de que los gatos tienen 6 patas, perdón, de que Wagner nace con un destino alquimista.
El ’Encantador de Bayreuth’, como llama a Wagner, es pues un continuador de Raymond Llull, Paracelo, Flamel o Fulcanelli…. siguiendo esa Alquimia que nace en Egipto de la obra de Hermes Trismegiste (que significa ‘tres veces grande’).
Tras ello pasa a buscar las 6 patas del gato wagneriano y la cosa entra en lo jocoso.
La ‘prueba’ principal del alquimismo wagneriano está, según el autor, en la escena de la forja de Nothung en ‘Siegfried’, allí hay una forja, fuego, … y un Siegfried tratando de convertir el acero de una espada en acero para otra espada, no en Oro ni en elementos sutiles ….
Tras esta prueba ‘esencial’ se pasa a considerar el Barco Fantasma como un ‘Vaso de vidrio’ donde realizar las mezclas alquímicas (quizás porque en francés barco y vaso se escriben igual), y es que cuando se quiere probar algo por parte de la locura, todo vale.
La conclusión final es definitiva: Wagner con su obra trata de ‘transfigurar’ al hombre, cambiarlo, mejorarlo… alquimia.
En cambio no dudo en que el autor hubiera podido encontrar una prueba perfecta del carácter alquímico de las obras de Wagner: en manos de los alquimistas-escenógrafos modernos como Bieito o Kupffer las obras de Wagner se convierten en algo irreconocible tras sus manejos, seguramente de origen diabólico.


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