Por Teresa Arranz


La ópera de Wagner “Rienzi” se basa en última instancia en los sucesos acaecidos en la ciudad de Roma entre los años 1347 y 1354, cuando Cola de Rienzi, un plebeyo instruido y gran admirador de la grandeza de Roma durante la época clásica, conocido como el último tribuno del pueblo, consiguió, a través de una conjura popular, derrocar a las familias patricias (en torno a los Colonna y los Orsini) que hasta entonces se disputaban el poder, y hacerse con el gobiemo de la ciudad, para establecer durante un breve período de tiempo una nueva constitución, basada en la República clásica, llamada “il buono stato”. Su inspiración inmediata la encontramos sin embargo en la novela homónima de E. Bulwer Lytton, escrita en 1835, que relata, desde la óptica romántica con que en el siglo XIX se contemplaban los temas medievales, la ascensión y caída de este singular personaje. 


El personaje de Irene, no documentado históricamente, procede enteramente del personaje creado por el autor de la novela. Se trata de una de las heroínas menos elaboradas de la obra de Richard Wagner. Apenas algunas frases puede pronunciar en una ópera que, dada su escasa extensión (que hubo de ser reducida por exigencias escénicas) y sus características, más acordes todavía con la tradición italiana que con las futuras innovaciones del compositor, no permite un excesivo tratamiento de la personalidad de sus protagonistas, limitándose a ser éstos figuras prototípicas y sin matizaciones. (1)

Para contemplar la figura de Irene debemos acudir primero a la novela originaria, no exenta de tópicos en cuanto a la descripción de los personajes, y extraer de ella todos los datos que puedan ayudarnos a caracterizar a este personaje, que no por excesivamente simplificado deja de ser interesante. En ella, la hermana de Rienzi queda en un plano un tanto secundario, como un personaje “cuya presencia se siente más que se percibe”, en palabras de su autor,(2) frente al protagonismo de los demás personajes. En efecto, en un mundo de ambición y ansias de poder, de luchas y de enfrentamientos encarnizados y despiadados, de orgullo y de sed de venganza, Irene aparece como la única persona cuyas acciones no son motivadas por la ambición ni por el odio, y a su vez, como víctima involuntaria de las rivalidades entre los seres que la rodean y la quieren. Desinteresada de los asuntos de política, destinada a su pesar a convertirse en juguete de las maquinaciones, traiciones y venganzas que no entiende, y guiada solamente por un amor cuya imposibilidad no puede comprender ni aceptar, su vida será un continuo sufrimiento y un continuo enfrentamiento consigo misma y con los sentimientos contradictorios que la invaden, hasta llegar a su trágico final, suavizado en la novela de Bulwer Lytton (que salva al final a la muchacha, haciéndola huir de la sublevación popular que lleva al asesinato de Rienzi), y plenamente contemplado por Wagner (que la hace perecer junto a su hermano en la caída de éste).

Irene, al empezar la historia, es una chica aún joven, de 16 años, que confiesa haber estado enamorada desde los 10 años de Adriano Colonna, miembro de una de las dos familias nobles tradicionalmente enfrentadas por el control de los destinos de Roma, un joven al que no conoce más que de vista y que ha idealizando hasta el punto de no querer conocerlo, por miedo a que no responda a las virtudes que en su imaginación le atribuye, con lo que su admira-ción quedaría decepcionada. Pero un día la casualidad les lleva a encontrarse: miembros del clan rival, los Orsini, intentan raptarla y Adriano, sin saber de quién se trata, acude en su ayuda. Adriano responde a todas las expectativas de la joven y, no sólo eso sino que también él queda gratamente impresionado de ella, por lo que a partir de ahí su amor se hará realidad, un amor que el autor compara a la pasión de Julieta y que sólo es posible en un espíritu latino (3). Irene vive su amor de una forma novelesca, absoluta, totalmente ajena a la realidad. Vive el presente, despreocupada e inconsciente de la situación que se está desarrollando a su alrededor, de las complejas relaciones y maquinaciones que absorben a las personas que la rodean. Sólo Adriano le importa y sólo Adriano es capaz, a su vez, de abstraerse de las rivalidades y ambiciones que preocupan a los demás miembros de su familia.

Sin embargo, en una situación de violencia latente, de enfrentamientos y de odios imperdonables, en que imperan el orgullo, la lealtad al linaje y el recurso a la venganza privada, el amor de Irene está condenado al fracaso y a la imposibilidad y no tarda en llegar el momento en que ella misma se da cuenta de su destino: Irene es una plebeya; Adriano, un patricio. Y desde el momento en que Rienzi, el hermano de Irene, lleva a término su conjura contra el Senado romano, enfrentándose a los Colonna, su destino queda sellado. Como ella misma comprende, ninguna solución es ya posible. Si Rienzi vence, los Colonna serán aniquilados, incluyendo al mismo Adriano. Si Rienzi es vencido, será ejecutado por los Colonna y ella no podrá casarse con una persona por cuyas venas corre sangre de los verdugos de su hermano.

Y efectivamente, así sucede. Si bien en un primer momento, Rienzi consigue doblegar a los nobles y éstos se someten al nuevo “buono stato”, con lo que Irene y Adriano pueden abrigar la esperanza de no verse separados por la rivalidad de sus respectivas familias, la concordia dura poco, y pronto el definitivo enfrentamiento entre ambas, saldada con la muerte de varios Colonna, da al traste con toda posibilidad de avenimiento. Adriano, fiel a su familia, ya no podrá casarse con Irene, aunque seguirá amándola a lo largo de los años.

En los años que siguen, el personaje de Irene evoluciona. El autor la describe como “de temperamento dulce y sosegado”, “ajena a la desmesurada ambición y al furor de brillar” de Rienzí, “se ve víctima de los trastornos políticos”, “entre dos partidos rivales sin permitirle desear la destrucción ni el completo triunfo de uno de ellos” (4). Quiere a su hermano, pero no comparte su ambición, y confia plenamente en Adriano, cuyo abandono comprende. Con los años madura y, “de aspecto tranquilo que revela un alma digna”, su expresión adquiere “una expresión de gravedad melancólica” y “una seriedad poco propia de su edad” (5). 
Finalmente, los acontecimientos llevarán a la ruina de Rienzi. El pueblo, azuzado por la nobleza y el Papado, se subleva contra él y, en la revuelta es salvajemente asesinado. Sin embargo, el autor le reserva a la discreta heroína un final menos trágico, y en medio del motín, Adriano conseguirá rescatarla y huir con ella.

Al convertirlo en personaje de su ópera, Wagner se fijó y puso su atención en su carácter de víctima de las rivalidades entre las diversas facciones en lucha, pero a su vez modificó su personalidad para hacerle jugar un papel diferente y más complejo. En la novela, dos personajes contrapuestos, y repetidamente comparados por el autor, acaparan el protagonismo femenino. Por un lado, Irene, la muchacha joven, inocente, desprovista de ambiciones políticas, cuyo único móvil es el amor a un hombre. Por otro lado, Nina Raselli, la altiva descendiente de una familia noble en decadencia, ambiciosa y fuerte, que sabe unir sus aspiraciones a las de Rienzi, con el que comparte sus ideales y su afán por enaltecer la Roma decadente en la que viven, con el que se casa y al que secundará en todas sus actuaciones, hasta morir con él cuando el pueblo se subleve y le asesine. A Irene, las motivaciones de su hermano, no le importan porque tampoco las entiende. Hacia él siente sólamente un cariño fraternal, personal, que está por encima de cualquier programa político o social. Nina, en cambio, comparte sus ideales y ve en él no sólo al ser humano sino al ser destinado a llevar a cabo la liberación de su pueblo. Cuando Wagner leyó el libro, vio en Rienzi la encarnación del ser revolucionario, le atrajo sobre todo la idea de la liberación política y social del pueblo a través del héroe, y para dar un mayor realce a esta idea, su héroe tenía que quedar libre de todo ulterior móvil que no fuera el móvil político, lo cual cuadraba mal con su faceta de amante contemplada en la novela. Tal como Rienzi declara en el último Acto de la ópera, su único amor tenía que ser Roma (6). Sin embargo, el papel de Nina, la mujer que se sacrifica a los ideales de Rienzi, era importante, por lo que esta acción fue recogida por obra de la hermana del tribuno. La Irene wagneriana parece aunar así las dos personalidades femeninas dibujadas en la novela, con lo que su personaje adquiere un carácter mucho más rico y más matizado que el de los dos personajes, más fácilmente encasillables, de Bulwer Lytton.

Así, por un lado, Wagner resaltó sobre todo la contradicción interior de Irene, la imposibilidad de congeniar los sentimientos encontrados que la dividían. Por un lado, el cariño y la fidelidad a su hermano. Por otro, el amor y la entrega a Adriano. Toda su actuación se ve afectada por este debate interior que la atormenta durante toda la ópera. Su desgraciado destino y la imposibilidad de llegar a una solución en la vida terrena se intuye desde el primer acto, cuando, salvada de los ataques de los Orsini por Adriano (en una shakespeariana escena que recuerda al inicio de “Romeo y Julieta”), éste se presenta ante Rienzi. En el diálogo entre los tres personajes y, seguidamente, en el dúo entre Irene y Adriano, queda patente que ninguna conciliación será posible y que el amor de los dos jóvenes está condenado a un trágico final.

A partir de ahí, Irene oscilará entre los dos seres a los que quiere, sin poder entregarse completamente a la causa de ninguno de ellos sin traicionar al otro. Esta dualidad sirve a su vez para dibujar el personaje del no menos infortunado Adriano, que, arrastrado por su amor hacia ella, se verá así también situado entre dos fuegos, adoptando una actitud vacilante y variable a lo largo de toda la ópera: incapaz de conspirar contra el hermano de su amada, tampoco puede abandonar a su linaje, y su postura será un intento constante, primero, de conseguir la conciliación entre los dos bandos, y después, vista la imposibilidad de la empresa, cuando entre las partes no hay voluntad de acercamiento, de intentar apartar a Irene y a sí mismo de la tragedia que se avecina. 
Así, en el segundo acto, tras la fallida conspiración de los nobles, vemos a Irene invocando ante Rienzi el perdón para Colonna, el padre de Adriano. Pese a conseguirlo en esta ocasión, las conspiraciones de los nobles continúan y poco después, se produce el enfrentamiento y Colonna muere a manos de Rienzi. Adriano, pese a sus intentos de mediación, se ve ahora obligado a vengar la muerte de su padre y a luchar contra Rienzi, aunque ello suponga el sacrificio de Irene. El pueblo se subleva contra Rienzi y cuando el motín llega a su punto álgido, Adriano intenta salvar a Irene y huir con ella del desastre, pero Irene, en este último momento, debe decidir y decide permanecer leal a la causa de su hermano, con lo que los tres sucumben a manos de la multitud.

Es en este momento final en que aparece claramente el segundo aspecto de la personalidad de Irene, que, cuando todo el pueblo abandona a Rienzi, opta por permanecer a su lado y sacrifica su amor y su felicidad por la fidelidad a él. Sin embargo, en esta acción heroica no hay que ver la fidelidad a un amor fraternal (7). Éste sería el motivo que mueve a la Irene de Bulwer Lytton, cuando ante el desastre final intenta quedarse junto a él, pese a los intentos de Rienzi y de Adriano de apartarla de allí, intentos que finalmente darán su fruto y Adriano conseguirá llevársela. La Irene wagneriana es movida por otras causas. Cuando Rienzi intenta convencerla de que le deje solo, Irene le contesta que ella ha sabido comprender sus enseñanzas, y que a ellas será fiel hasta el final: “Tú hiciste de mí una romana” ...“sea yo la última romana” (“Du machtest mich zu einer Römerin”... “Ich sei die letzte Römerin”). Es por tanto una Irene que, a diferencia del personaje de Bulwer Lytton, sabe comprender y hacer suyos los ideales de libertad del protagonista,(8) y se convierte así, al ser la única persona capaz de comprenderlos, hasta el punto de sacrificarse por ellos, en el testimonio de que la revolución de Rienzi no ha sido un absurdo, de que, pese a la incomprensión del pueblo, Rienzi ha triunfado y alguien ha sido capaz de entenderle. El personaje de Irene adquiere así una capital importancia.

En Rienzi, además, aparece por primera vez en la obra de Wagner uno de sus temas básicos, que es la redención del hombre a través de la mujer (9), y tal redención viene dada por Irene. No es desde luego todavía el tema principal de la ópera ni tiene la importancia que adquirirá en óperas posteriores, como “El holandés errante” y “Tannhäuser”, pero al menos podemos verlo ya intuido, aunque sólo sea como un tema secundario, añadido a la idea básica de la liberación política del pueblo romano por la actuación de su protagonista. De esta forma, la importancia de Irene debería verse reforzada, ya no sólo por el papel clave (pese a su reducida extensión) que juega en la historia de Rienzi, sino sobre todo como la precursora de otras heroínas, como Senta y Elizabeth, que han sido objeto de una mayor atención. No debemos olvidar que, si bien éstas, por su mayor protagonismo, se nos hacen más atractivas, en Irene, precisamente por la razón que ha hecho que pasara a un segundo plano, por pertenecer a una obra de juventud, en la que todavía no hallamos las grandes innovaciones de Wagner, encontramos la semilla de las más elaboradas y más complejas heroínas posteriores. 
 

NOTAS: 
(1) La aparente poca elaboración del personaje deriva de que en la versión acortada desapareció una buena parte de su papel. Para este trabajo he acudido a la versión originaria, en la que Irene es objeto de una elaboración mucho mayor, superando los tópicos a que se ve limitada en la novela que sirvió a Wagner de base. 
(2)  BULWER LYTTON: “Rienzi”, ed. Sopena, 1972, p.56. 
(3) BULWER LYTTON: op. cit., p.54. 
(4) BULWER LYTTON: op. cit., p. 234 y ss. 
(5) BULWER LYTTON: op. cit., p.346. 
(6) DINGER, HUGO: “Zu Richard Wagners ‘Rienzi” en , p. 97. 
(7) DINGER, HUGO: op. cit., p.120. 
(8) En palabras de GOLTHER.ROSTOCK, Irene sacrifica su amor al ideal  de la libertad (GOLTHER-ROSTOCK, WOLFGANG: “Rienzi, ein musikalisches Drama”, en , p.1838) 
(9) DINGER, HUGO: op. cit., 121. 
 

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