EMIL LUGWIG Y WAGNER
Hay escritores que tienen fama de ser serios, fama lógicamente lograda por la propaganda, pero al fin y al cabo no son escritores de la locura puesto que pretenden aparecer como serios y exactos. Sin embargo cuando tratan a Wagner no pueden evitar ese relámpago de locura. Un ejemplo es la obra “Biografía de Wagner” por Emil Lugwig. Escritor muy famoso por sus biografías, que tiene la constante característica de unir las alabanzas con una crítica personal feroz e insidiosa, de forma que los genios queden como malvados pero geniales.
Este libro se escribió en 1913, justo antes de la I Guerra Mundial, por Emil Ludwig, un escritor sin conocimientos de música. Judío destacado, que acabó suicidándose durante la II Guerra Mundial, se declara desde el principio contrario a Wagner, pero no a su obra. Reconoce su genio y sus aportaciones y, como ya hemos dicho, solo pretende demonizar e insultar a Wagner como persona… “Este libro está inspirado por el deseo de contrariar la divinización de su genio, no de negarlo”.
Forma parte de esas biografías inteligentes que no niegan el genio evidente pero que tratan de socavar su persona con críticas continuas, pero introducidas de forma menos evidente, más sofisticadamente ocultas. Es un libro claramente anti wagneriano pero no un ‘libro de locuras’ como otros. No obstante su texto se inicia con una serie de solemnes locuras típica de otros muchos escritores tarados por su obsesión sexualista. Leyendo estos primeros párrafos uno comprende que E. Luwig no ha entendido nada de Wagner y se cree un Freud, cae en la locura, aunque luego logra disimular esa manía en una exposición mucho más insidiosa de su anti wagnerianismo.

Vayamos a la ‘locura’ conceptual. El libro empieza con este párrafo:
“1- La sensualidad reprimida
El aspecto más personal expresado por la música y la poesía de Wagner, lo más profundo de su obra –desde Las Hadas a Parsifal- entraña es lo sexual, y ello está claramente prefigurado en él mismo, tanto en las formas de su fantasía como en sus vivencias personales. El examen de esta modalidad específica de su sensualismo ayuda a iniciar y a revisar una noción conjunta de su personalidad y de su obra.
En la crisis de que él mismo hablaba reside el origen del desorden, la hipertensión y la irregularidad de sus fuerzas vitales. A los 46 años describía tal crisis diciendo: ‘Ya no experimento satisfacción alguna, como si me encontrase realzado hasta las máximas alturas’”.

Esa manía de los tarados sexuales en asignar toda la obra y personalidad de Wagner a lo sexual, cosa absurda hasta lo infinito, es una forma de volcar las propias neurosis en los demás, algo que Freud puso de moda totalmente.
Decir que ‘lo más profundo de su obra –desde Las Hadas a Parsifal- es lo sexual’ es una de las más clásicas locuras de esta manía actual, extendida por degenerados sexuales, de extender a los demás sus propios traumas.
Sigue poco después asignando “la sensualidad de Wagner fue siempre voluptuosidad y nunca pasión. Jamás conoció el amor específicamente viril ni el amor específicamente artístico”…. Y tras ello indica que Wagner “trató de ocultar esa sexualidad desmedida y desbordada” … y que precisamente el tratar de ocultarla ‘causó a su música el máximo de perjuicio’.
Uno se queda asombrado de semejante tontería, que es como siempre indemostrable… dado que lo ocultó… su obra refleja amor, y amor artístico, pero ‘como lo ocultó’ pues nada, detrás había solo sexo.

Para continuar con las locuras iniciales de este libro leemos otra conclusión sorprendente:
“”Por falta de amor este hombre sensual en grado sumo forja un amor más sublime, y, como su sensualidad no encuentra reposo en parte alguna, concibe una doctrina de liberación que contradice a su vida natural y a los mejores elementos de su música”.
“Incluso en sus escritos en prosa introduce alegorías sexuales que contrastan con lo platónico del tema”
Así nos encontramos con un Wagner cabalgando el sexo desaforadamente, y su música solo es buena cuando habla de sexo, por eso considera el tal Emil Ludwig que el Venusberg es lo mejor de la obra wagneriana y Parsifal lo peor.
Curiosamente, y de forma absolutamente contradictoria, Ludwig reconoce más adelante en su texto que Wagner no quiso pasar al terreno físico con Mathilde Wesendonk, siendo su renuncia voluntaria el alma de la inspiración en Tristán.

Por último este trozo inicial se desparrama del todo en otra afirmación increíble:
“La vinculación de Wagner con la Naturaleza empieza y termina con el animal (con los perros). Lo que no es capaz de emocionar a éste, tampoco parece haber podido conmover a este emotivo músico. Salía, cierto a pasear por el campo, pero solo por razones de higiene y en ellos solo se complacía en disputar con los amigos. Este neurasténico incapaz de prescindir de mil pequeñeces, de pinturas, de tapices, de mantas y ropas, observaba una actitud rotunda ante la Naturaleza”.
Caray, Wagner paseaba cada día solo y efectuó grandes excursiones y marchas de montaña, siempre manifestó un amor absoluto por la Naturaleza… pero para Ludwig era insensible a la Naturaleza fuera de sus perros… y lo curioso es que el mismo Ludwig recuerda la frase de Wagner “Siempre que me he echado en brazos de la Naturaleza, a menudo con lágrimas en los ojos y con amargas lamentaciones, me ha consolado y realzado”… pero lo que diga Wagner es solo ‘ocultación’ de sus intenciones internas … así todo puede demostrarse.
Desde luego Ludwig no entendió nada de la obra de Wagner, puesto que para él solo la música es genial, lo demás sobra. Así llama ‘intrascendente’ a su poesía, al texto de los dramas, cuando no va acompañada por la música tipo ‘balada’… así considera sus preludios y los intermedios orquestales lo mejor de su obra, junto a lo que llama ‘baladas’, o arias musicales.

Para dar algo positivo, curiosamente, al libro, diremos que no cae en el típico tratamiento de Wagner como antisemita rabioso… trata este tema de forma muy corta y solo en un cuarto de página… y lo hace ni más ni menos que refiriéndose a un texto de Chamberlain:
“Wagner no se negó nunca al trato y la amistad de los judíos. Si se llega al fondo de la cuestión, se descubre que la animadversión contra Wagner solo contó con el apoyo del sector más bajo de la judería propiamente dicha, y no constituyó en realidad otra cosa que una conspiración contra el genio por parte de los estúpidos y de los vulgares entre los miembros de aquella confesión judía” Y tras ello Ludwig solo indica una línea más al decir “Conviene añadir, además, que los enemigos más encarnizados de Wagner fueron cristianos (Hanslick, Lübcke, etc)”.
Nada más dice de este tema que suele en otros autores judíos ser un centro de ataques constantes a Wagner.

ROGER ALIER Y LA MISMA HISTORIA

De todas formas es bastante normal esta posición de criticar todo y en todo a Wagner pero no atreverse a criticar su obra musical, de forma que se acepta lo ‘genial’ de su música (solo la música) y se critica todo lo demás.
Otro ejemplo, tras lo de Emil Ludwig, es el crítico y empresario musical Roger Alier, en su ‘Cinc cèntims d’Òpera’, donde tras llamar ‘detestable’ a Wagner, y decir ‘los personajes que crea son odiosos, Siegfried es un cretino, Brunilda una histérica, Wotan un pobre diablo…” reconoce que tiene “una música extraordinaria”, mostrando no entender nada de la obra wagneriana como drama global.
Pero la locura llega cuando una vez más se une a las voces de los freudianos y otras malas hierbas para definir ‘claramente’ que Tristan es un homosexual, que jamás sintió amor por Isolda… solo el filtro hace que aparente amor, en realidad su amante es Kurwenal… . Lo cual muestra como las neurosis anti wagnerianas llevan a ignorar toda la esencia del drama y convertirlo en otra cosa, en una lúgubre historia de homosexualismo.


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