Es bien conocido el carácter decadente de Tomas Mann, sus libros que reflejan una sociedad en decadencia, burguesa y sin fuerza, son novelas de gran éxito. Pero lo que pocos saben es que también tuvo un buena parte de obra dedicada a Wagner, tema que le conmocionó y le llevó a escribir dos ensayos anti wagnerianos: “Penalidades y grandezas de Richard Wagner” y “R. Wagner y El Anillo del Nibelungo”.

Dijo que en 1902 le había causado ‘una impresión tremenda al escuchar Parsifal’, y dado su carácter enfermizo y sexualmente, digamos, inestable, le llevó a escribir barbaridades sobre Wagner.

Pero primero vamos a tratar de las locuras, no se sus críticas anti-wagnerianas, que se reflejan en su obra ‘Penalidades y Grandezas de R. Wagner’ de abril 1933, donde pierde la cordura y refleja sus problemas sexuales, que quiere atribuir a la obra de Wagner.

“El reparto de Parsifal, ¡que galería de personajes, qué colección de excéntricos escandalosos! Un mago castrado por su propia mano; una desesperada que se desdobla en corruptora y Magdalena penitente, con catalepsias entre uno y otro estado; un sumo sacerdote enfermo de amor que se empeña en ser redimido por un joven casto; el joven e inocente redentor propiamente dicho, de tan distinta índole, que despierta a Brunilda y es despertado a su vez. Otro caso de extrema extravagancia, la colección de monstruos apiñados en la célebre carroza de Achim von Arnim: la inquietante bruja gitana, el haragán muerto, el Golem con figura de mujer y el mariscal de campo Cornelius Nepos que es una raíz de mandrágora criada bajo un patíbulo, la comparación parece irreverente y, sin embargo, los solemnes personajes del Parsifal proceden de la misma esfera de la exaltación romántica que los chocarreros personajes de Arnim”.
(…)
“Por lo demás, el complejo erótico materno se encuentra también en Parsifal, en la escena de la seducción del segundo acto y en la figura de Kundry tenemos al personaje más fuerte y atrevido que creara Wagner: el mismo advirtió la extraordinaria influencia que ella tenía en la trama”.

Como vemos todo el ‘Parsifal’ queda reducido al tema del sexo, complejos de Edipo, freudanismo barato, excentricidades sexistas, una locura decadente incapaz de analizar algo sublime como es ‘Parsifal’, lo quiere reducir a ‘su entorno’, al nivel donde vive la persona de Tomas Mann, sexo decadente.

Luego se inicia con la Tetralogía…
“Por las ideas ascéticas y cristianas de su vejez, esa filosofía eucarística de la santificación por la abstinencia de la carne – en todos los sentidos- por estas ideas y opiniones ‘expresadas’ en Parsifal, y por el propio Parsifal, queda inequívocamente desmentido, anulado y rebatido el revolucionarismo sensual de la juventud de Wagner que construye la atmósfera, la carga ideológica de Sigfrido”.
(…)
“¡Qué penetración en las oscuras profundidades del sentimiento! Esto es análisis, y esta impresión se acentúa, en un sentido aún más moderno y resuelto, cuando contemplamos la vida amorosa del joven Sigfrido, primaveral y retoñante, tal como Wagner la pinta con su letra y matiza con su música. Hay un complejo de vínculo materno subconsciente, deseo sexual y angustia —me refiero al miedo legendario que Sigfrido ansia conocer— es decir, un complejo que nos muestra al psicólogo Wagner en curiosa convergencia con otro hijo típico del siglo XIX, al psicoanalista Sigmund Freud. Como cuando, en el sueño de Sigfrido debajo del tilo el recuerdo de la madre desemboca en lo erótico, la escena en que Mime trata de enseñar a su discípulo lo que es el miedo, y el tema de Brunilda que duerme en la hoguera se desliza solapadamente en la orquesta: esto es Freud, esto es psicoanálisis y nada más”.

Otra vez reduce toda una obra a Freud, a complejos sexuales, al ‘revolucionarismo sensual’ de Wagner.
Es inaudito hasta qué punto las locuras reducen grandes obras a meros problemas sexistas o psicoanalistas.
Y por fin la frase final, la reducción de las grandes mujeres de las obras de Wagner a meras neuróticas:
 “Todas las heroínas de Wagner se distinguen por un sublime histerismo, un algo sonambulesco, mágico y nigromántico que pone en su calidad de heroínas románticas un ingrediente de turbulenta modernidad”.
Se lanza también contra el ‘Tristán’, en su carta a Paul Steegemann, 1920:
“El Tristán de Wagner es una obra absolutamente obscena. Nietszche, en Ecce homo, la califica de «lujuria del infierno» y añade que, en este caso, la utilización de una fórmula mística no sólo está permitida, sino que se impone, Es de observar que ciertos pasajes del libreto de Tristán proceden de una obra de mala fama, la Lucinda de Schlegel, Otros temas están inspirados en el Himno a la noche de Novalis o de este mismo ámbito del romanticismo, igualmente libidinoso, pese a que mucho burgués pedante no lo haya advertido”.
Asombrosa locura la de Mann, el ‘Tristán’, salido del amor con Mathilde Wessendonck, convertido en una obra pornográfica, e inspirada en una miserable obra de chabacanos libidinosos.
Incluso Mann se atreve a sexualizar la filosofía de Schopenhauer, inspirador filosófico de Wagner, en su texto “De Schopenhauer”, 1938:
“Lo que más impresionaba a Wagner de Schopenhauer, y en lo que él se reconocía, era la explicación del mundo por la “voluntad”, el impulso, el concepto erótico del mundo (el sexo como “núcleo de la voluntad”) que determina la música del Tristán y su cosmogonía del deseo”.
Ya vemos, la obra magna schopenhaueriana ‘El Mundo como Voluntad y Representación’ la leyó Mann como si fuera ‘El mundo como Sexo y Representación’, lo que muestra el grado de neurosis que el sexo decadente de Mann le impuso en su mente, a la que destruyó la capacidad de entender algo elevado.

No solo atacó a la obra de Wagner, por ejemplo en una carta a Ernst Bertram 1911 dice: “Pensé amargamente que solo una nación bárbara y espiritualmente miope podía levantar templos a semejante producto” (Refiriéndose a ‘El Crepúsculo de los dioses’). No sólo llamó ‘anti-civilizatorios y reaccionarios’ y ‘bazofia’ a las Bayreuther Blätter, sino que arremetió contra la persona Wagner del que dijo que tenía un “talento deslumbrante y un carácter mezquino”.
En una pequeña obra suya, “Reflexiones de un apolítico” 1918, dice “Por lo que respecta a Wagner, existe en su personalidad humana y artística un aire no ya burgués, sino francamente burgués y advenedizo, el gusto por la ostentación, por el satén, por el lujo, la riqueza y el fasto burgués; un rasgo de la vida privada, sí, pero que alcanza a lo intelectual y artístico. No estoy seguro de si es mía la observación de que el arte wagneriano y el ramillete de flores secas, con plumas de pavo real, pertenecen a una misma escuela”.
Por supuesto apoyó la crítica a Wagner de Nietszche,… pero no analiza el pensamiento de Nietszche, que no le gustaba nada, dado que no es precisamente democrático, pacifico y favorable a las decadencias.
Si analizamos las razones de este odio de Mann por todo lo que es Wagner y su obra encontramos primero sus desviaciones sexuales, su obsesión decadente en el sexo, que le lleva a estas locuras de interpretación de la obra. Pero para comprender el odio a Wagner como persona debemos entender que Mann identificaba a Wagner con el nacionalsocialismo.
Así en su carta a Emil Preetorius, 1949, dice:
“Y, por otra parle, ¿soporta usted el ingenio teatral de Hans Sachs, el ganso, Evchen se casa, el “judío en el espino”, Beckmesser? No obstante, la pantomima, hasta la canción, es, sencillamente, brillante; el preludio del acto, soberbio, y el quinteto, una pieza maravillosa. Desde luego, una prueba de capacidad, de talento, de expresividad. Pero, también, un amaneramiento, una pretensión, una autoalabanza y auto-escenificación demenciales [...] inenarrable e insufrible. ¿Y por qué precisamente esta obra que, además de ser una síntesis personalísima, tiene todo lo necesario para ser formativa del pueblo y redentora del mundo? Los dioses sabrán. Hay en la fanfarronada de Wagner, en su eterno perorar, en su afán por monopolizar la atención, por gritar más que nadie, una tremenda inmodestia que prefigura a Hitler. SI, hay mucho “Hitler” en Wagner, y eso usted no lo dice, desde luego no podía decirlo.
Ahora me parece que el segundo acto de Tristán, con sus embelesos metafóricos, es más para jóvenes que andan desconcertados con su sexualidad”.
Vemos en el texto mezclados los dos temas… el político y el trauma sexual al asignar al ‘Tristán’ un público ‘desconcertado por su sexualidad’…
El 21-4-1933 Mann efectuó una charla insultando totalmente a Wagner y su obra, de forma tan soez que se publicó una respuesta conjunta contundente de compositores de la categoría de Richard Strauss, Hans Pfitzner o Max von Schilling, además de otras muchas personalidades de otros campos artísticos.
En lo político Mann era un burgués que aborrecía toda ‘reforma’ ética o actuación moral. Podemos ver así como Wagner lo asimila a un reformador moral en su texto ‘Penalidades y Grandezas de R. Wagner’:
“Wagner veía en el arte un arcano sagrado, una panacea para los males de la sociedad, mientras que Tolstoi, hacia el final de si vida, lo rechazaba como un lujo frívolo. Pero es que Wagner también lo rechazaba como un lujo. Porque veía en él purificación y santificación, eran una purificación y una santificación para una sociedad corrompida. Él era un hombre catártico, limpiador que, por medio de la consagración estética, pretendía liberar a la sociedad del lujo, del dominio del dinero y de la falta de amor. O sea que, en su conducta social estaba muy próximo al ético ruso”.
O sea la intención redentora de la obra de Wagner le repugna porque Mann no quiere reformar la persona, le asusta esa posibilidad, él vive con decadentes. No quiere héroes, como dice en “Reflexiones de un apolítico”:
 “Léase la entusiasta descripción que hace Baudelaire de la marcha del Tannhäuser: ‘¿Quién podría al oír estos magníficos y fastuosos acordes, este ritmo majestuoso, esta elegante cadencia, esas soberbias trompetas, imaginar algo que no fuera un fasto fabuloso, un desfile de héroes ricamente ataviados, apuestos, aguerridos y sinceros en su fe, tan magníficos en sus goces como terribles en  sus querellas?’. Y ¿quién podría pasar por alto –añadimos nosotros- que en el terreno de la moral política este arte suscita ideas sumamente alarmantes?”.
Le asusta que haya fe y sinceridad, eso acabaría con la decadencia donde Mann sobrevive. Sus amigos en música son gente como Schoenberg, Con ellos se reúne para criticar a Wagner. Lo relata en su obra ‘Los orígenes del Dr Faustus’, de 1949:
“Es para morirse de risa. Recuerdo la noche en que, a instancias mías, con Schoenberg estuvieron registrando al piano la armonía de Parsifal en busca de disonancias sin resolver. Encontraron justo una: en el pasaje de “Amfortas” del último acto, [...]”
Quizás así podemos entender las locuras de Mann sobre Wagner y su obra.


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