Beethoven. La fuerza de lo absoluto. Philippe A. Autexier. Ed. Aguilar Universal Música, 1992.
Beethoven (fragmento, 1870)
Por Richard Wagner

 

A medida que iba perdiendo contacto con el mundo exterior, miraba con mayor lucidez hacia su mundo interior. A medida que va sabiendo cómo organizar su reino interior, impone con mayor seguridad sus exigencias al mundo exterior: pide a sus protectores que dejen de remunerar sus trabajos y que velen a cambio por que no tenga que preocuparse de nada y de este modo pueda trabajar únicamente para sí mismo. Y ocurrió -sin duda por vez primera en la vida de un músico- que ciertos insignes personajes se comprometieron generosamente a asegurarle esa independencia que reclamaba. Mozart anheló asimismo librarse de toda atadura mas, prematuramente consumido, fracasó en el intento. Sin duda no le fue dado disfrutar plenamente de ese inmenso favor, ni hacerlo de forma ininterrumpida: sin embargo, de ahí deriva la especial armonía que empezó a manifestarse desde ese momento en la vida del maestro, a pesar de lo excepcional del caso. Se sentía poderoso y sabía que no podría enfrentarse con el mundo más que siendo un hombre libre. Ese mundo tendría que aceptarlo tal cual era. Trataba a sus protectores de la nobleza con claro despotismo y no se podía sacar nada de él más que si así lo deseaba y cuando lo deseaba.

Mas nunca le agradó nada, excepto la pasión que le dominaba: jugar con las formas de su mundo interior con la habilidad de un mago. Y es que el mundo exterior se borró por completo para él, no porque la ceguera lo sustrajera a su mirada, sinó porque la sordera lo apartó en realidad de su oído. Era ése el único sentido por el que el mundo exterior ejercía aún algún poder sobre él. Pues para sus ojos ese mundo había muerto desde hacía largo tiempo. ¿Qué podía ver el soñador extasiado cuando recorría las bulliciosas calles de Viena, mirando fijamente hacia delante, con los ojos muy abiertos, guiado por el único mundo que aún permanecía vivo en él, el de la armonía?.

La aparición de la sordera, y su posterior agravamiento, es para él causa de un terrible tormento, que engendra una profunda melancolía. Sin embargo, una vez que el mal resulta irreversible, hasta llegar a impedirle seguir una ejecución musical, no se deshace en desgarradores lamentos. Tan sólo su relación con el mundo se verá afectada. Pero el mundo jamás había tenido el menor atractivo para él, y desde ese momento le dará la espalda con mayor firmeza.

 ¡Un músico sordo! -¿Es posible imaginar un pintor ciego? Mas sabemos quién es ese vidente que de pronto ha quedado ciego -se trata de Tiresias, para quien se ha velado el mundo de las apariencias y que, a cambio, percibe ahora con su mirada interior el fundamento de toda apariencia-. A él se parece ahora el músico que ha quedado sordo: ajeno ya a los fastidiosos ruidos de la vida, no oye sino sus armonías interiores, y desde lo más profundo de su alma aún se dirige a ese mundo, que para él permanece sumido en el silencio. De este modo el genio, liberado del no yo, se concentra -y se limita a su yo-. Y para quien mirase a Beethoven con los ojos de Tiresias, ¡qué milagro!, ¡que revelación! ¡Un mundo, viviendo entre los hombres! ¡El mundo en sí dentro de un hombre que vive!.

 Desde ese momento, la visión del músico quedó iluminada por su alma. Proyectaba su mirada sobre las apariencias que, bañadas con su luz interior, se reflejaban, como por un prodigio, en su ser interior. Ahora únicamente contempla la esencia de las cosas, que las engalana con el resplandor sereno de la belleza. Ahora sabe lo que es el bosque, el riachuelo, la pradera, el cielo azul, la muchedumbre alegre, la pareja de enamorados, el canto de las aves, el discurrir de las nubes, el estallido de la tormenta, la dulce voluptuosidad de la quietud que renace. Entonces todo lo que ve el artista, todo lo que crea, está impregnado de esa maravillosa serenidad que se convierte, gracias a él, en el elemento propio de la música. Incluso el lamento, origen de todos los sonidos, se exhala con una sonrisa: el mundo ha recobrado su inocencia infantil..."Hoy estarás conmigo en el paraíso": -¿quién, al escuchar la Sinfonía Pastoral no se ha sentido muy cerca de esa llamada del redentor? [...]

 El gozo de ejercer tal fuerza provoca, en el artista la ironía. Cualquier sufrimiento humano se desvanece ante la satisfacción infinita que le produce manejar a su antojo la existencia. Brahma, el creador del mundo se ríe de sí mismo, consciente de su propia ilusión. La inocencia recobrada juega maliciosamente con el aguijón de los pecados expiados: la conciencia liberada se burla del tormento que la obsesionó.

 Jamás ha habido arte en el mundo capaz de producir creaciones equiparables en serenidad a las Sinfonías en la mayor y en fa mayor o a las obras, semejantes a aquellas por su inspiración, del periodo glorioso de su sordera total. Lo primero que experimenta el oyente es una sensación de liberación de todos los pecados; después, se da cuenta de que ha perdido el Paraíso y, de este modo regresa al mundo de las apariencias. Esas admirables obras nos invitan al arrepentimiento y a la expiación, en el sentido más profundo de la revelación divina.


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