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Carta a M.G. Monod. Sorrento, 25 de octubre de 1876

La España Moderna. Madrid, sin fecha.
Recuerdos de mi vida
Por Ricardo Wagner

 

I Recuerdos de mi vida (1813-1842) | II La prohibición de amar | III Traslación de las cenizas de Weber a Dresde | IV Mis recuerdos sobre Spontini | V Carta sobre el Tannhäuser. París, 27 de marzo de 1861 | VI Mis recuerdos sobre Luis Schnorr de Karolsfeld, muerto en 1865 | VII Un recuerdo de Rossini | VIII Historia de una sinfonía (carta al editor Fritzsch) Venecia, 31-12-82 | IX Carta a M.G. Monod. Sorrento, 25 de octubre de 1876 | X Carta al Duque de Bagnera. Villa de Angri, 22 de abril de 1882 ]

 

IX

CARTA Á M. G. MONOD (1)

Sorrento, 25 de Octubre de 1876.

 

Mi muy estimado amigo: Hubiese debido responder antes á V.; pero no quería hacerlo deprisa, y esperaba tener un poco de tranquilidad. Esa tranquilidad hubiera debido encontrarla aquí, en Sorrento; mas no puedo disfrutar de ella sino á condición de olvidar las fatigas del último estío, y, para manifestarle la verdadera impresión que me ha causado su carta, hubiese tenido que pensar en la obra y en los acontecimientos que le movieron á escribir esa epístola.

Sin embargo, quizá el mejor modo de olvidar la representación del Nibelungo sea hablar á V. de una cuestión presentada bajo los más falsos colores en lós artículos escritos sobre mi obra. Tengo tanto más interés en rectificar esos errores, cuanto que han alterado frecuentemente mis relaciones amistosas con diversos representantes de la nación francesa, algunos de ellos muy queridos para mí.

Veo que mis amigos franceses se consideran obligados de continuo á dar toda clase de explicaciones y excusas por las invectivas que se me atribuyen contra la nación francesa. Si fuese cierto que en cualquier época y bajo la impresión de sucesos desagradables, hubiese llegado á insultar al pueblo francés, sufriría las consecuencias sin preocuparme, toda vez que no tengo intención de hacer ninguna cosa en Francia. Pero sucede lo contrario. Los que quieran conocer mi pensamiento sobre el público parisiense que contribuyó al fracaso del Tannhauser en la Gran Opera, no tienen sino leer la reseña que hice poco después de ese episodio, y que se ha reproducido en el séptimo volumen de mis obras completas. Los que lean las páginas 189 y 190 dé ese volumen (2) se convencerán de que, si he atacado á los franceses, no ha sido por mal humor contra el público de París. Pero ¿ qué quiere V.? Todo el mundo cree las falsas interpretaciones con que extravían la opinión pública periodistas de mala fe; muy pocos van á la fuente para rectificar sus juicios.

Note V. que todo lo que he escrito sobre el espíritu francés lo he escrito en alemán, exclusivamente para los alemanes: es, pues, manifiesto que no he tenido intención de ofender ni provocar á los franceses, sino sólo de apartar á mis compatriotas de la imitación de Francia, de invitarlos á permanecer fieles á su propio genio, si quieren hacer alguna cosa buena. -

Una vez sola, en el prólogo de la traducción de mis cuatro óperas principales, me he explicado en francés sobre las relaciones de las naciones latinas con los alemanes, y sobre la diversa misión que en mi sentir corresponde á aquéllas y á éstos. Asignaba á los alemanes la misión de crear un arte ideal, á la vez que profundamente humano, bajo una nueva forma; pero no tenía la más mínima intención de rebajar por eso el genio de las naciones latinas, entre las cuales sólo Francia ha conservado hasta hoy la fuerza creadora. ¿ No hay, pues, nadie que sepa leer atentamente? Más aún: ¿ no hay en la prensa actual quien tenga bastante inteligencia y penetración para reconocer que en el escrito que más se ha censurado, compuesto en el peor momento de la guerra, en una disposición de espíritu de amarga ironía, mi principal objeto era ridiculizar el estado del teatro alemán? Recuerde V. la conclusión de aquela farsa. Los directores de los teatros alemanes se precipitan sobre París sitiado á fin de llevarse á sus teatros respectivos todas las novedades en punto á música y baile.

¿Podía explicarme contra todo antagonismo artístico entre Alemania y Francia de una manera más precisa y expresiva que en el alegre banquete á que mis amigos franceses me han invitado en Bayreuth? He reconocido á los franceses un arte admirable para dar á la vida y al pensamiento, formas precisas y elegantes; he dicho, al contrario, que los alemanes me parecen torpes é impotentes cuando buscan esa perfección do la forma. Yo quisiera que cuando los francesés tratan de entrar en relaciones con las naciones extranjeras para renovar sus concepciones intelectuales, y huir del agotamiento y la esterilidad, y sobre todo cuando recurren á Alemania, quisiera, digo, que los alemanes pudiesen ofrecerles, no una caricatura de la civilización francesa, sino el tipo puro de una civilización verdaderamente original y alemana. Combatir desde este punto de vista la influencia del espíritu francés sobre los alemanes no es combatir el espíritu francés, sino poner de relieve lo que encierra de contradictorio con las cualidades propias del espíritu alemán, y cuya imitación sería funesta para esas cualidades nacionales.

¿Cuál es el defecto que más vivamente censuran á los compatriotas de V. los franceses más cultos y de un espíritu más libre? Es la ignorancia de lo extranjero y el menosprecio consiguiente por todo lo que no es francés. De ahí esa vanidad y esa arrogancia aparentes de la nación que debían ser castigadas en un momento dado. Pues yo añado que hay que disculpar ese defecto de los franceses, toda vez que en sus vecinos más próximos, los alemanes, no encuentran nada que pueda invitarlos á estudiar una civilización distinta de la suya. Todo lo que es exteriormente visible en la cultura alemana, lleva el sello de una tosquedad bárbara ó de una servil imitación de Francia. ¡Y qué desdichada es esa imitación! ¡ Qué ridícula debe parecer á los franceses esa caricatura de todas las cosas francesas! Nosotros nos servimos de palabras francesas que ningún francés comprende, mientras que hay en la lengua alemana voces que no conoce ningún escritor á la moda del día; porque, así como en aquellos galicismos tergiversan el idioma francés, así también desnaturalizan el propio, merced á esa costumbre de emplear términos que no entienden. Y lo que ocurre con la lengua, acaece asimismo con todas las demás manifestaciones de la vida intelectual y social. El que ve palmariamente ese deplorable estado de cosas, el que ha sufrido largo tiempo sus consecuencias y ha adquirido cada día una conciencia más clara de él, como yo, ése llega á desesperar al cabo de ver nacer nunca una forma de espíritu verdaderamente alemana y original; hoy en ninguna parte la descubre, y está tentado á creer que lo que ha anhelado tanto tiempo no es más que una ficción de su fantasía.

Pero lo importante para mí en mi experiencia reciente, es que la esperanza de que pudiese realizarse esa ficción me la han inspirado los extranjeros. Los ingleses y los franceses han juzgado mis representaciones de Bayreuth, para volver á ellas al fin con más inteligencia que la mayor parte de la prensa alemana. Creo que esa grata sorpresa es debida á que los ingleses y los franceses cultos, están preparados por su propio desarrollo para comprender lo que hay de original y de individual en una obra que les era extraña hasta aquí. Usted mismo me lo prueba del modo más concluyente. Usted buscaba y esperaba algo distinto del espíritu francés, algo original, individual; lo ha comparado con lo que poseía en sí propio, y se ha enriquecido asimilándoselo. ¡Cuán recompensado me creeré con la convicción de que V. ha comprendido á fondo mi obra y mis esfuerzos! ¿ Qué hubiera podido ofrecer á V., al contrario, si allá en París me hubiese doblegado en otro tiempo á las exigencias de la ópera francesa, asegurándome un puesto y quizá un éxito semejantes á los de algún otro músico alemán? Estoy seguro de que no hubiese podido escribir una sola ópera enteramente conforme al modelo parisiense. Así es que me considero dichoso por haber podido saludarle en mi modesto Bayreuth. Aquí he conseguido darle á conocer algo nuevo, que no hubiese podido ofrecerle en París.

Tan gratos resultados, por raros que sean, constituyen y constituirán mi recompensa única; un éxito mayor, un movimiento más grande en la misma Alemania, no lo espero ya. He permanecido más lejos de la esfera en que se encierra el movimiento intelectual de la Alemania contemporánea, que de las regiones donde me encuentro con los espíritus serios del extranjero, tan diferentes de esta llamada cultura alemana. Esa es quizá una prueba del carácter profundamente humano de mi arte, en que extranjeros y alemanes de poca penetración han pretendido no ver más que una tendencia extrechamente nacional.

Suyo afectísimo,

Ricardo Wagner.

NOTAS

(1) En respuesta á otra de M. Monod, director de la Revista histórica, participándole su admiración por los Nibelunqos y su sentimiento de que el público francés no pudiese juzgar desapasionadamente sus obras, por figurar entre ellas La Capitulación, alusiva al sitio de París.—(N. DEL T.)

(2) véase la Carta sobre el Tannhauser, páginas 197 á 233.—(N. DEL T.)