Wagneriana, nº36. 2000
Comentarios sobre los principales personajes de "Lohengrin"
Por Richard Wagner

 

LOHENGRIN

Lohengrin busca una mujer que crea en él, una que jamás pregunte quién es ni de donde viene, que lo ame por sí mismo, tal como lo ha visto en sueños. Busca la mujer ante la cual no sea necesario dar explicaciones ni justificarse, la mujer que lo ame sin condiciones. O sea, debe ocultar su origen, ya que precisamente no revelando su alta -o mejor elevada- identidad tendrá la seguridad de ser amado sólo por su persona, logrando con este anonimato un amor fiel y duradero. No quiere ser admirado ni adorado, lo único que desea es liberarse de su desolada soledad, busca el amor y la comprensión. A pesar de su inteligencia y de su sabiduría, lo que él quiere es ser únicamente un hombre íntegro, cálido, sensible y prudente, es decir sencillamente un hombre, no un dios. Así es como ama a la mujer... y en ella el corazón humano.

Cuando desde la lejanía le llega la llamada de auxilio del corazón de esta mujer y desciende de su dorada pero vacía soledad, permanece en él, delatándolo, la indeleble aureola de su elevada estirpe. Así no le queda otra opción, su llegada es milagrosa; el recelo que ésto provoca en los malvados, el veneno que destila su envidia, arroja su sombra sobre el corazón de la mujer amada y sus dudas y sus celos le hacen creer que no será comprendido, que sólo será adorado y ésto le arranca la confesión de su divinidad, tras lo cual, anonadado, regresa a su soledad. 
“Colección de Escritos y Poemas” Ed. Popular, pág. 295/296.

ELSA

Desde el principio vi en Elsa lo que siempre había soñado. Ella es la antítesis de Lohengrin -naturalmente no la antítesis total de este ser tan lejano, sino mas bien la otra faz de su misma naturaleza- es el necesario y deseado complemento de su parte masculina. Elsa es lo inconsciente, lo espontáneo, en lo cual, el consciente e inflexible Lohengrin, desea fundirse y este deseo hace que la parte espontánea e instintiva de Lohengrin se sienta unida al ser de Elsa. Esta capacidad de poseer una “conciencia inconsciente” ha hecho que yo, igual que Lohengrin, haya captado la naturaleza femenina -dándome el impulso necesario para plasmarla lo más auténticamente posible- con una comprensión cada vez más profunda. 
“Colección de Escritos y Poemas” Ed. Popular, pág.301. 
 

ORTRUDA

Ortruda es una mujer que no conoce el amor. Con esto está dicho todo, ésto basta para demostramos que se trata de un personaje terrible. Sólo vive para la politica. Un hombre politíco es desagradable, pero una mujer política es odiosa, y es a este odio al que debo dar vida. El único amor que existe en esta mujer es el que siente por el pasado, por las generaciones ya desaparecidas, un amor repulsivo, insensato, basado en un orgullo ancestral que se manifiesta a través del odio hacia todo lo que la rodea, hacia todo lo que existe. En un hombre este tipo de amor es grotesco, pero en una mujer es temible ya que -por su poderosa e instintiva necesidad de amar- el orgullo de raza, la pasión por el pasado se convierte en un fanatismo maligno. La historia nos muestra que las acciones más crueles son las de las mujeres politicas. No son pues los celos hacia Elsa -quizás provocados por Federico- lo que Ortruda descubre al estallar su furia contenida en la escena del segundo acto, cuando sentada en los escalones de la catedral -tras desaparecer Elsa de la terraza- invoca los antiguos dioses ya olvidados. Es una reaccionaria que sueña sólo con el pasado, enemiga de todo lo nuevo desea exterminar el mundo que la rodea para devolver la vida a los dioses corrompidos, y en Ortruda ésto no es una fantasía enfermiza, posee toda la violencia -primitiva, inhumana, irracional- de la pasión que provoca esta necesidad de amar tan femenina que puede convertirse el algo espantoso.

Por esto el más pequeño detalle en su interpretación es importante; nunca debe parecer mezquina, maliciosa o herida en su amor propio. Todas las manifestaciones de su desdén y de su maldad deben traslucir la violencia de su delirio que sólo puede quedar satisfecho aniquilando a los otros... y al final a si misma. 
Comentario dirigido a Franz Liszt. Zurich, 30 de Enero de 1852. 
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Artículo aparecido en la “Guía de los Festivales de Bayreuth” del año 1936. 
Traducido por Rosa María Safont. 
 


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