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El arte del futuro. En torno al principio del comunismo

Escritos y confesiones. Barcelona, 1975. Trad. de Ramón Ibero.
El arte del futuro. En torno al principio del comunismo (1849)
Por Richard Wagner

 

¿Qué fin último, positivo persiguen, pues, todos los empeños que se manifiestan a través de la leyenda y la historia, la religión y la constitución política, al buscar legitimaciones divinas y, en cierto modo, primigenias a la posesión arbitraria y a la propiedad? ¿Vemos a algún conquistador, a algún usurpador, pueblo o individuo, que no trate de fundamentar su arbitraria apropiación en justificaciones religiosas, míticas o revalidadas por algún contrato? ¿De dónde proceden todas estas sorprendentes invenciones, exégesis, etcétera, únicas a las que debemos la formación de religiones y constituciones estatales? No cabe la menor duda de dónde, pues el hombre reflexivo no podía atribuirse un derecho natural auténtico a ésta o a aquella posesión y, en consecuencia, para satisfacer una necesidad de legitimación sentida y angustiosa, tuvo que recurrir a la inventiva de la fantasía, la cual ha depositado, asimismo, sus engendros en nuestras instituciones estatales de hoy, por severas que nos parezcan, para ira de la sana razón.

¿Creéis que con el hundimiento de nuestras condiciones actuales y con el inicio de un nuevo orden mundial comunista terminaría la historia, la vida histórica del hombre? Todo lo contrario, pues una auténtica, clara vida histórica empezará precisamente entonces, cuando termine la llamada consecuencia histórica, la cual, en realidad y de acuerdo con su esencia, se basa en la leyenda, la tradición,  el mito y la religión, en orígenes e instituciones, legitimaciones y supuestos que, en sus puntos más visibles, no descansan absolutamente en una realidad histórica, sino en una invención (en la mayoría de casos, arbitraria) mística, fantástica, como, por ejemplo, la monarquía y la propiedad hereditaria, etcétera.

El empeño de encontrar una legitimación ideal de una propiedad legal aparece siempre primeramente allí donde se ha borrado por así decir de la sangre del hombre el inmediato derecho sexual o personal. Al principio, el hombre derivaba por sí mismo, de sus necesidades y de su capacidad para el disfrute, todo derecho al goce o a la posesión: su fuerza constituía su derecho, y en tanto que dicha fuerza se transmitía a su descendencia, persistía, lógicamente, asimismo el derecho en su estirpe; la estirpe era antes que la persona; pero en la constitución de la estirpe era siempre el hombre el que aparecía en primer plano y el asunto quedaba supeditado a él: la antítesis se produce, por fin, cuando el derecho es transmitido de la cosa al ser humano: en consecuencia, el hombre no tiene de por sí derecho alguno, ni siquiera el de existir, sino que lo obtiene únicamente a través de la posesión, a través de la cosa; ahora, para procurar un fundamento a estas irracionales condiciones, se echa mano de motivos legitimadores ideales, los cuales pretenden ser inherentes a la condición misma de la cosa.

Únicamente la medida total muestra la condición real de una cosa, lo mismo que de un concepto; sólo cuando ya no cabe pensar en comparativo alguno, es puro y real el concepto: los griegos no conocían el superlativo libre; sólo a través del superlativo de la contraposición, de la deshumanización alcanzamos ahora el conocimiento total, porque así llegamos a la necesidad absoluta de libertad. La naturaleza nos proporciona simplemente el positivo: es la historia la que nos proporciona el superlativo. El heleno nos muestra lo hermoso que el ser humano puede ser, pero también nos muestra lo depravado que puede ser: toda vez que el 
ser humano es única y totalmente lo que debe ser, tiene que poner este «debe» en superlativo.

La consciencia es el fin, la disolución de la inconsciencia: la actividad inconsciente es, empero, la actividad de la naturaleza, de la inexorabilidad interior; sólo cuando el resultado de esta actividad se muestra como fenómeno a los sentidos, aparece -y por cierto con el fenómeno sensorial- la consciencia. Así, pues, os equivocáis en la consciencia la fuerza revolucionaria y, en consecuencia, pretendéis que actúe a través de la inteligencia: vuestra inteligencia es falsa y arbitraria en tanto no responde a la percepción de lo devenido, por maduración, fenómeno sensorial. No vosotros, sino el pueblo, lo inconsciente -por eso actúa por impulso natural-, alumbrará lo nuevo; pero la fuerza del pueblo está paralizada en tanto se deja guiar y frenar por una inteligencia anticuada, por una consciencia inhibidora: sólo cuando hayan sido aniquiladas completamente por él y en él, sólo cuando todos nosotros sepamos y comprendamos que tenemos que entregarnos, no a nuestra inteligencia, sino a la inexorabilidad de la naturaleza, sólo cuando, así pues, lleguemos a ser tan osados como para negar nuestra inteligencia, obtendre-mos toda la fuerza de la inconsciencia natural, de la necesidad de producir lo nuevo, obtendremos el impulso de la naturaleza de alcanzar la consciencia a través de su satisfacción.

La más absoluta satisfacción del egoísmo se alcanza en el comunismo, quiere decirse, a través de la renuncia total, de la eliminación del egoísmo, pues una necesidad sólo es satisfecha cuando ya no existe (el hambre es satisfecha cuando ha sido calmada, esto es, cuando ya no existe). Mi egoísmo físico, quiere decirse, mis necesidades vitales las satisfago, en contra de la naturaleza, mediante la destrucción, la posesión; mi egoísmo moral, quiere decirse, mi necesidad de amor respecto a los hombres, la satisfago dándome, sumergiéndome. El egoísmo moderno incurre en la horrible contradicción de pretender calmar tanto las necesidades morales como físicas única y exclusivamente destruyendo, cogiendo, en la contradicción de situar a la misma especie humana en la categoría de la naturaleza no humana.

Lo devenido certeza representada sensorialmente a través de la inexorabilidad de la naturaleza no se convierte en objeto hasta que no interviene la consciencia; yo conozco únicamente lo terminado, sólo estoy seguro de aquello que se ofrece a mis sentidos: de ello, lo único que aprecio es la esencia, puedo captarla, aprehenderla y representarla para mí como obra artística. La obra de arte es, de este modo, el cierre, el fin, la más perfecta comprensión de la esencia devenida conocimiento consciente. Pero erróneamente, la obra de arte ha sido fijada en la vida en constante devenir y en perpetua creación, y precisamente como estado. El fenómeno del estado aparece precisamente cuando y donde se ha esfumado la obra de arte: pero la vida cotidiana misma no puede ser el objeto de una forma vinculadora, pensada en orden a una larga persistencia: la vida en su conjunto es precisamente el hacer inconsciente de la naturaleza misma, su ley es la inexorabilidad: pretender erigir esta inexorabilidad, bajo formas políticas, en fuerza vinculadora a la hora de la representación artística constituye un error lamentable, precisamente porque no se puede anteponer la consciencia para, por así decir, regular el inconsciente; lo inconsciente es justamente lo involuntario, inexorable y creador; únicamente cuando una necesidad general se ha satisfecho con esta rígida inexorabilidad, aparece la consciencia, y lo satisfecho, lo pasado puede convertirse en objeto del tratamiento consciente a través de la representación; esto se consigue en el arte, y no en el estado: el estado es el dique de la vida inexorable, el arte es la expresión consciente de lo acabado, superado a través de la vida; en tanto siento hambre, no presto atención alguna a la naturaleza del hambre: el hambre me domina, no yo a él; yo sufro y no vuelvo a ser libre hasta que no me he liberado de él; y sólo cuando estoy harto, puede convertirse, para mí, el hambre en objeto del proceso mental, de la consciencia. El estado pretende, empero, determinar la vida, las mismas necesidades: pretende retener el conocimiento acerca de la satisfacción de pasadas necesidades y erigirlo en norma en orden a la satisfacción de todas las necesidades futuras; ésta es su esencia antinatural. Frente a esto, el arte se limita a ser la expresión inmediata de la consciencia de una necesidad satisfecha, pero esta necesidad es la vida misma, a la que el estado puede poner trabas pero nunca dominar.

El arte se ocupa únicamente de lo acabado; el estado también, pero con la pretensión de recogerlo y erigirlo en norma de cara al futuro, un futuro que no le pertenece a él, sino a la vida, al acontecer. El arte es, pues, verdadero y sincero, el estado se enreda en mentiras y contradicciones; el arte no pretende ser más de lo que puede ser, esto es, expresión de la verdad, en tanto que el estado quiere ser más de lo que puede ser; por ello el arte es eterno, porque representa lo infinito siempre con fidelidad y rectitud; por ello el estado es finito, porque pretende erigir el momento en eternidad y, en consecuencia, está ya muerto antes de que salga a la vida.

El auténtico inventor fue, de siempre, sólo el pueblo, los distintos individuos llamados inventores no hicieron sino aplicar la esencia del invento ya conseguido a otros objetos similares; los inventores no son, pues, sino deductores. El individuo no puede inventar sino únicamente apoderarse del invento.

Nosotros sólo tenemos derecho a saber lo que no  queremos; de este modo obtenemos, de acuerdo con la rígida (in)exorabilidad de la naturaleza, aquello que queremos, lo cual no se nos muestra en total y consciente diafanidad hasta que no lo hemos alcanzado; y ello porque el estado en el que hemos esquivado aquello que no queremos, es precisamente aquel al que queríamos llegar. Así actúa el pueblo, y por ello, es el único que actúa correctamente. Pero vosotros le tenéis por incapaz porque no sabéis lo que él quiere: ¿qué sabéis entonces? ¿Podéis acaso pensar en algo o comprenderlo, que no sea lo ya existente en realidad, esto es lo ya alcanzado? Podéis imaginarlo, fantasear arbitrariamente, pero no saber. Únicamente lo que el pueblo ha llevado a cabo podéis llegar a conocer; mientras tanto, os baste con reconocer con toda claridad lo que no queréis, con repudiar lo repudiable, con destruir lo que merece ser destruido.

¿Quién es, pues, el pueblo? Todos aquellos que sienten una necesidad y conciben la propia necesidad como la necesidad colectiva, o se sienten implicados en ella.

El pueblo está constituido, pues, por aquellos que actúan de forma instintiva y de acuerdo con la necesidad; enemigos suyos son los que se apartan de esta necesidad y actúan de acuerdo con un arbitrario egoísmo.

El egoísta moderno no puede entender la necesidad interior, él la entiende únicamente como exterior, como necesidad que viene de fuera; por ejemplo: el artista no haría arte si la necesidad, la necesidad de tener dinero, no le impulsara a ello. Y por eso es asimismo conveniente que a los artistas les vaya mal, pues, de lo contrario, no trabajarían.

Sólo lo sensorial tiene sentido; lo asensorial es asimismo insensato. Lo sensato es la perfección de lo sensorial; lo insensato es la auténtica forma de lo asensorial.

La actividad consciente del poeta consiste en descubrir en la materia elegida para la modelación artística la inexorabilidad de su contextura y elaborarla de acuerdo con su naturaleza; elija la materia que la casualidad quiera, el artista sólo estará en condiciones de ofrecer una obra de arte en su tratamiento en la medida en que descubra en su interior la rigidez, esto es, la inexorabilidad y la ofrezca en contemplación. En consecuencia, lo que el pueblo, lo que la naturaleza produce por sí misma sólo se podrá convertir en materia para el poeta, pero a través de él lo inconsciente en el producto popular alcanza la consciencia, y él es el que comunica al pueblo esta consciencia. Así, pues, en el arte la vida inconsciente del pueblo alcanza la consciencia y, por cierto, de forma más precisa y definida que en la ciencia.

Así, pues, el poeta no puede crear, sólo el pueblo; o el poeta, pero sólo en tanto que capta la creación del pueblo, la manifiesta y da forma.

Sólo la ciencia que se desmerece a sí misma total y absolutamente, y atribuye a la naturaleza universal validez, o sea, reconoce únicamente la inexorabilidad natural, pero se destruye, elimina con ello a sí misma como reguladora y ordenadora, sólo esta ciencia es verdadera: la verdad de la ciencia empieza, pues, allí donde ésta acaba de acuerdo con su esencia y sólo queda como consciencia de la inexorabilidad natural. Pero quien expone esta inexorabilidad es el arte.

Así, pues, la ciencia sólo tiene poder e interés en tanto en cuanto en ella se yerra: tan pronto como se descubre en ella lo verdadero, se termina; en consecuencia, la ciencia es el instrumento que conserva su importancia en tanto la materia que se pretende modelar oponga resistencia a dicho instrumento; tan pronto como queda al descubierto la esencia de la materia, el instrumento pierde para mí todo valor; esto es lo que ocurre con la filosofía.

La ciencia es la suprema fuerza del espíritu humano, pero el disfrute de esta fuerza es arte.

El error (cristianismo) es necesario, pero no la necesidad en sí misma; la necesidad es la verdad que aparece por doquier como fuerza impulsora, impulsora incluso del error, donde el error alcanza su meta, se destruye a sí mismo y termina. Por eso, el error es perecedero, la verdad eterna: por eso, la ciencia es perecedera, el arte eterno, pues allí donde la ciencia encuentra su fin, en el descubrimiento de la inexorabilidad, de lo verdadero, aparece el arte como proyección activa de la verdad, toda vez que el arte es la imagen de lo verdadero, de la vida.

Yo puedo quererlo todo, pero realizar sólo puedo aquello que es verdadero y necesario; el que obra en dependencia de la comunidad pretende, por lo tanto, sólo lo necesario, el que se aparta de la comunidad -el egoísta-, lo arbitrario. Por ello, la arbitrariedad no consigue producir nada.

La ciencia se apartó del error: el error de los filósofos griegos no fue, empero, bastante efectivo para la autodestrucción; ha sido el enorme error popular del cristianismo el primero que ha tenido la monstruosa violencia suficiente para destruirse a sí mismo. También aquí, el pueblo es, pues, la fuerza decisiva.

Todo emerge de la vida. Cuando el politeísmo fue destruido de hecho por la vida y los filósofos ayudaron a destruirlo científicamente, la nueva creación emergió por sí misma en el cristianismo. El cristianismo fue el nacimiento del pueblo; mientras fue pura expresión popular, en él todo fue robusto, verdadero y sincero; un error necesario: inconscientemente, este fenómeno popular obligó a que lo reconocieran toda inteligencia y toda formación del mundo greco-romano, y cuando, a su vez, éste se convirtió en objeto de la inteligencia, de la ciencia, se mostró en él el error fraudulento, hipócrita, como teología; cuando la teología no pudo más, apareció la filosofía, y ésta se levanta, finalmente, por si misma al condenar en sí misma -como ciencia- el error y deja el honor únicamente a la naturaleza y a la inexorabilidad: y ved aquí cómo, cuando la ciencia llega a un determinado punto, emerge por sí misma la expresión popular de su resultado en el comunismo, el cual, a su vez procede del pueblo.

El error del pueblo es, empero, únicamente la confirmación efectiva, la confesión de la posibilidad general; por ello cambia también y se disuelve, porque la humanidad ya no es hoy la misma de hace, por ejemplo, cien años. Este error es, pues, honesto por involuntario.

El hombre, tal como aparece frente a la naturaleza, es arbitrario y, por ello, carece de libertad: de su enfrentamiento a la naturaleza, de su escisión arbitraria respecto a ella han surgido todos sus errores (en religión e historia); el hombre no será libre hasta que no cornprenda la inexorabilidad en los fenómenos naturales y en su indisoluble relación con ella y cobre consciencia de ella, se someta a sus leyes. Y otro tanto puede decirse del artista respecto a la vida; en tanto él elija, proceda arbitrariamente, será un ser desprovisto de libertad; sólo cuando sorprenda la inexorabilidad de la vida, podrá asimismo representarla: entonces, él ya no tiene otra alternativa y, por consiguiente, es libre y auténtico (1).

El hombre es a la naturaleza lo que la obra de arte al hombre: todas las condiciones necesarias para la existencia del hombre produjeron el hombre; el hombre es el producto del alumbramiento inconsciente, rígido de la naturaleza; pero en él mismo, en su existencia y en su vida -en tanto se diferencia, a su vez, de la naturaleza- aparece la consciencia. De la misma forma que las condiciones, bajo los cuales se puede dar la obra de arte, de la vida rígida, inexorablemente modeladora del hombre, así también, la obra de arte emana por sí misma, como producto consciente de esta vida; la obra de arte surge tan pronto como puede surgir, pero, entonces, también con inexorabilidad.

La vida es la inexorabilidad inconsciente, el arte es la inexorabilidad actualizada, reconocida y representada por la consciencia: la vida es inmediata, el arte mediato.

Sólo allí donde es satisfecha una necesidad vital en la única forma posible -esto es, sensorialmente- y, en consecuencia, su esencia se manifiesta sensorialmente, puede haber arte, pues sólo en la sensualidad hay consciencia total; el cristianismo fue, por el contrario, ajeno al arte, y los únicos artistas cristianos son en realidad los padres de la iglesia que reprodujeron con pureza y fidelidad la fe ingenua, popular, nucleica del pueblo.

La esencia de la razón es totalmente arbitraria porque la razón, de inmediato, refiere sólo a ella los fenómenos; sólo cuando la razón se disuelve en el entendimiento colectivo, quiere decirse, cuando descubre la inexorabilidad general de las cosas, es libre.

Arte literario moderno (2). Literatura. La obra de arte natural se elevó de la danza y de la música, gracias a la palabra, al drama: el propósito poético surgió tan pronto como fueron satisfechas de antemano todas las condiciones de la realización. (El arte poético no es el principio, sino el fin, quiere decirse, lo supremo: es la comprensión consciente de todas las artes en cabal comunicado a la generalidad) (3); después de la separación y egoísta ulterior desarrollo de las artes, llegamos, por fin, al resultado, de que, por ejemplo, un literato escriba una obra de teatro y utiliza al actor exclusivamente como una herramienta, como el escultor el barro y la piedra; el actor que, eliminado a priori de toda proyección, perfectamente justificada, sobre la obra, había sido reducido a la ominosa condición de instrumento, se venga en su indiferencia de la in-tención poética tratando de satisfacer su maltrecha vanidad personal. (¡Muy importante!) Cada uno quiere todo lo bueno para él.

I. El arte humano: Danza. Música. Poesía. Su indisolubilidad. Cada una de ellas crece de las otras; no obstante, contemporaneidad, idéntica racionalidad de todas. En la lírica es donde se funden por vez primera; en el drama donde aparecen fundidas en su forma más comprensible. (Camaradería natural, patriarcal camaradería de estado político, consciente). Recursos del drama, arquitectura (decoración). Escultura, pintura: recuerdos, conceptos, esto es, reproducciones de la obra de arte humana. Separación de los elementos artísticos, desarrollo egoísta de los mismos. 
II. Danza. 
III. Música. 
IV. Poesía. 
V. Escultura y Plástica. (Cuando estas dos florecen, como ahora, en el Renacimiento y en la época greco-romana, no florece el drama; pero donde éste florece, aquéllas tienen que palidecer.)

VI. Reconciliación. (Egoísmo-Comunismo.) Dar es más afortunado que tomar.

Acerca de VI. Esta reconciliación sólo puede llevarse a cabo, dada toda la situación de nuestra actual estructura social, en el individuo, gracias a una rara capacidad escondida en él: en consecuencia, nosotros vivimos en el tiempo del genio individual, de la rica, reparadora individualidad de unos pocos. En el futuro, esta reconciliación tendrá lugar a través de la camaradería, en forma realmente comunista; el genio no estará ya aislado, sino que todos participarán en el trabajo del genio, el genio será un genio colectivo. ¿Será esto una pérdida, una desgracia? Únicamente al egoísta le puede parecer esto. (Muy importante.)

Acerca de V. En la pintura, concretamente en su nivel actual, se manifiesta el proceso especulativo contrario: la idea abunda más que la representación: en el drama la idea surge como reconocimiento de la vida ultimada, que deviene consciente de sí misma, por así decir de la materia, del hombre sensorial; en la escultura y pintura impera el proceso opuesto; la idea va por delante y busca su materialización. Esto último es, pues, arbitrariedad; lo primero, inexorabilidad. (Inexorabilidad, quiere decir arte humano. Arbitrariedad quiere decir el llamado arte plástico. Inexorabilidad quiere decir libertad. Arbitrariedad quiere decir falta de libertad. Elección y determinismo) (3). El hombre hecho, artista, se apoderó de la materia situada fuera de él para una finalidad que servía a su obra de arte humana: de este modo elevó el tratamiento y la aplicación de la materia a la categoría de arte, con lo que convirtió la apetencia de arte humano, en este tratamiento y aplicación, en necesidad y, en consecuencia, transmitió la necesidad de la obra de arte humana; por lo tanto, en la medida en que la escultura y pintura fueron arrastradas a los dominios de la obra de arte humana y empleadas en su consecución, participaron asimismo estas artes de la necesidad, pero en la medida en que se apartaron de la obra de arte y marcharon cada una por su lado, cayeron en la arbitrariedad y en la arbitraria dependencia.

Acerca de III. La música en la línea divisoria entre la danza y la palabra, sensación y pensamiento. Ambas se conjugan en la lírica antigua, en la que el canto, la palabra cantada, era celebrado con el mismo calor que la danza e imponía el compás. Danza y canto; ritmo y melodía: la melodía está, como elemento vinculador y al mismo tiempo dependiente, entre las facultades exteriores del hombre, de la percepción sensorial y el pensamiento abstracto. El mar separa y une; lo mismo ocurre con la música.

La tragedia griega es un acto religioso, religión hermosa, humana, pero, también, aprisionamiento: el hombre se veía a sí mismo como a través de un mítico velo. En el mito griego aún no se había roto el vínculo con que el hombre estaba atado a (dentro de) la naturaleza. Mito y misterio: de aquí, el apego a la lírica, a las máscaras, bocinas, etcétera. Con el desarrollo de la ilustración, quiere decirse, al saltar por los aires el núcleo vinculador a la naturaleza, bajó también el drama religioso, y el hombre completamente desnudo, al descubierto, se convirtió en objeto de la plástica, de la escultura. Es cierto que este hombre desvinculado de toda religión descendió de su coturno, se despojó de la máscara encubridora, pero, al mismo tiempo, perdió su vinculación comunista con la universalidad de vinculación religiosa; el hombre se desarrolló, desnudo y libre de toda máscara, pero como egoísta, al igual que en el estado basado en el egoísmo del individuo; y fue a partir de este hombre egoísta, pero también sincero e ilustrado que se desarrolló el arte de la escultura; para éste, el hombre era la materia prima; para la obra artística del futuro lo serán los hombres. (Muy importante.)

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Notas:

Impreso por primera vez en 1885, dentro del volumen, editado por Hans von Wolzogen, Entwürfe, Gedanken, Fragmente  (Bocetos, Pensamientos, Framentos). El título posterior reza: Notas fugaces de ideas sueltas para un trabajo mayor: El arte del futuro. La versión impresa fue cotejada, en un gesto de amabilidad, por la señora Gertrud Strobel con el manuscrito existente en el Archivo Richard Wagner.

(1) De acuerdo con el manuscrito, este apartado aparece aquí, y no, como en la versión impresa, antes de La esencia de la razón. 
(2) Impresiones posteriores presentan aquí el subtítulo Sobre la separación y nueva unión de las artes. 
(3) algunas impresiones posteriores presentan estos pasajes como observaciones; de acuerdo con el manuscrito son añadidos.