Prólogo y traducción de Carlos Bosch. Buenos Aires, 1947 
Epistolario a Matilde Wesendonk 
Por Ricardo Wagner
 

COMENTARIO EN TORNO A RICARDO WAGNER SUGERIDO 
POR SU CORRESPONDENCIA PASIONAL A MATILDE WESENDONK

 

La falta de consecuencias en la obra total de un autor determinado es, muchas veses, lo que significa su mayor potencialidad y su total singularidad. Si el artista recoge y se acaudala de antecedentes directamente tradicionales, con los cuales se lanza con intrepidez de despreocupada originalidad hacia el encuentro de sí mismo, viene a crear una cosa excepcional que marca una transformación dentro de los cánones permitidos, aunque signifique sorpresa de inaudito coraje para los filisteos, que ni siquiera comprenden que aquello no deja, en su genialidad inventiva, de originarse con acusados rasgos de filisteísmo.

Tales inventores tienen, a pesar de sus detractores, numerosos adeptos y discípulos fidelísimos, pero no eficaces continuadores si, como es el caso de Ricardo Wagner, son llamados a cerrar un ciclo y una época; artistas eminentemente históricos que definen un total resumen.

Nada más vacío y de ruido menos sonoro que esos compositores influidos por Wagner, de los que aquí mismo hemos padecido. 
La consecuencia más relevante la tuvo en Ricardo Strauss quien significa la antítesis del idealismo wagneriano. Los poemas de Ricardo Strauss se marifiestan con magistrales recursos de materialismo acústico, de imitaciones de naturalismo sonoro y con un lirismo vulgar en lo melódico, sólo atento a indagaciones armónicas e instrumentales.

La eficacia de futuro que cupo a Wagner fué sencillamente la de arrojar la llave de una época murada para que naciera otra revolucionaria y renovadora que había de culminar en Debussy. Fué, por consiguiente, una reacción de necesidad que, un tanto arriesgadamente, pudiera diagnosticarse de fisiológica, esta consecuencia inconsecuente que derivó de la extensión por demás intensiva de los sublimes poemas genialmente musicales merced al genio portentoso de Wagner.

Tal figura había de producirse fatalmente en el arte: es de imperioso sino histórico. Por ello fué su vida empujando a la masa de sus contemporáneos y recibiendo golpes en su avance.

Si procedía de Beethoven, en cuanto atañe a una cierta humanización en lo sinfónico que se apresta a la audacia en romper moldes formales establecidos -considerando los desarrollos de los poemas dramáticos wagnerianos en su forma trabada por los motivos temáticos y su conjunto en la integración-, más directo sucesor era, por autor teatral, de Weber, quien señaló los fundamentos de 
la ópera alemana con su lirismo inconfundible y el misterio selvático y legendario pintado de panteísmo. Pero ahí estaba la dificultad y la lucha inevitable. La ópera italiana estaba todavía en su apogeo y el público adoraba los pugilatos de los divos, que hacían su delicia en los escenarios donde actuaban, daban ocasiones a las más selectas galas de la sociedad elegante y temas para entretenidas discusiones y apasionadas disputas en favor de unos u otros.

Aun con una evidencia manifiesta, le hubiera costado bastante esfuerzo a Wagner el imponer su radical reforma, pero he aquí que aun actuaba Rossini, entre otros grandes valores, y, verdaderamente, el autor de “El barbero de Sevilla” nos seduce sin reserva alguna. Es decir, que quedamos plenamente satisfechos y en gozo de conciencia al haber cedido a su seducción. ¡Qué bello éxtasis de melancolía es el ceder también a los encantos de los cantos y de la dulcísima y constantemente original melodía, montada al aire en su brillo inmaculado, de Bellini!

El ambiente no estaba preparado para la necesaria renovación wagneriana.

Las creaciones que se producen a destiempo suelen ser las que definen luego su tiempo; las que, egregiamente, forman época.

¡Qué triste soledad ha de sentir el hombre abocado a un futuro glorioso que le será póstumo! No tanto, sin embargo, porque el hombre siempre encuentra al hombre si esencialmente es hombre (no lo reduzco a la vulgarizada confusi6n de hombre por varón).

Siempre hallaremos la réplica que nos convenga. Wagner fué el más incomprendido y el más perfectamente comprendido por selectas minorías fanáticas, términos que parecen no avenirse bien.

Liszt fué su profeta, y, en realidad, predecesor suyo en la concepción musical, en el abarque, y, en ocasiones, disposición de sus armonías y en la amplitud y libre expansión y originalidad de sus melodías.

Uno de sus más sensitivos receptivos fué Charles Baudelaire; éste se embriagaba del halo esencialmente poemático que, aun fuera de lo literario, trasciende de la música del gran reformador. De esa melodía infinita por intención supracadencial, ya que lo inherente a la música wagneriana es la radical insatisfacción; no el superhumanismo de Federico Nietzche, tan su amigo antes, cuanto después su contradictor apasionado, sino el ultrahumanismo, la renuncia para la posesión que, lejos de ser integral, resulta transfigurada, resolviéndose musicalmente todo ese vago ensueño extraño a toda filosofía y, con una inconsciencia absoluta, del todo opuesto a su más admirado filósofo Schopenhauer.

No obstante, sólo tal pretensión unida a su individualismo, a su unión con Luis II de Baviera, a sus intimidades individuales y a su predilección por Venecia, donde fué destinado a morir en un final evanescente según cumplía su vida, mostraban bien a las claras que Ricardo Wagner, inspirado en leyendas que no tienen su origen alemán, contemplativo creador de fabulosas invenciones renanas, no tenía nada del personaje simbólico con que trató el imperialismo germánico de interpretarlo para sumarlo a su causa como glorioso resumen.

El poético misticismo de «Lohengrin», sublimado al final de su vida por «Parsifal», el costumbrismo de lírica artesanía que aspira exclusivamente a la liberación de mezquinas trabas en el arte de los «Maestros Cantores»; el amor que ha de resolverse en la torre castellana que abre hacia la inmensidad del mar, donde lo finito se anega en la superación infinita de un horizonte inconmensurable que recoge uno de los más sublimes acentos del amor, en «Tristán e Iseo», «Las Walkyrias», «Sigfredo» y «El ocaso de los dioses»; la obra total de Wagner y su vida toda, si bien y definitivamente alemanas, son de un puro artista y pertenecen al patrimonio universal.

Por aspiración impaciente se rebeló, siendo expulsado como revolucionario, revolucionarismo del cual curó pronto repitiendo en muchas ocasiones que él sólo se cuidaba de su arte; lo cual era ya bastante. Su vida pasó por pruebas de ásperas materialidades, poco avenidas a su ser de grandes exigencias. El lujo lo consideraba, lo sentía necesidad primordial para su vida y logró vivir siempre espléndidamente en medio de su situación precaria. Parecido en eso a Grabiel D’Annunzío, siempre pedía socorros para sus necesidades monetarias desde bellos refugios campestres con el máximo confort de su tiempo, o desde palacios venecianos, o de las márgenes del Rhin. Únicamente hubo de vivir más estrechamente en Paris cuando no era huésped de honor en la superelegante embajada de Viena, cuya embajadora, apasionada wagneriana, era la princesa Paulina de Metternich, nacida princesa Sandor.

Sentíase muy extraño a la vida y al espíritu de París, pero pronto se dejó seducir, aunque no lo confesó. Allí tuvo su grupo íntimo y una de sus amigas más dilectas fué la hija de Teófilo Gautier, Judith, confidente apasionada, en plena juventud, y de chic peculiar.

Las nostalgias del pasado dan mayor encanto a los goces y atractivos encuentros del presente. Tal el caso de Wagner en París. 
Retrocedamos un tanto con el desorden de un conversar, que es lo que pretenden estas líneas preliminares.

Pensemos con delectación en aquellos días serenos de la «Colina verde» y las plácticas subyugadoras en la terraza de la Villa Wesendonk, a voz queda, mientras fulguraban los rayos del poniente como absorbiendo las ideas de la novación wagneriana que habría de cerrar dentro de su sentido renovador el ciclo de toda una época. Allí germinaba todo el fondo pasional de «Tristán», la espiritual Matilde se nimbaba de la propia figuración de Iseo. Representaba el amor prohibido, positivo amor, amor practicado y gozosamente sufrido por la renuncia misma.

Matilde Wesendonk vino a ser un sublime ensayo de la pasión de Tristán hacia Iseo; el ensayo se convierte en vida; la realidad nunca es el hecho en sí, no el suceso sino la reacción del hombre, realidad de todo.

Una misma cosa, jamás es la misma para dos hombres diferentes, sólo el modo de sentir y reaccionar forman la realidad.

Wagner fusionó su invención apasionada con la pasión a Matilde «la maravillosa criatura». La gestación de su magna obra requería la confidencia íntimamente sentimental con un ser digno y capaz de ser amado.

Amigo dilecto y favorecido por el acaudalado Otto Wesendonk; huésped en el «Asilo», pabellón confortable cercano a la villa de la «Colina verde», Matilde y Ricardo complicaron su amistad exaltada por las melodías del Tristán y por el poema que seducía sus sentimientos y -¡quién sabe!- también quizá su ambición de héroes poemáticos.

Gracias a tales circunstancias huyó Wagner al tranquilo apartamiento de Venecia, desde donde alternó sus trabajos del gran poema musical con las numerosas cartas a la amada ausente, correspondencia muy mezclada, donde lo más perentoriamente vulgar se engarza a imágenes de original pensamiento poético. Cartas verdaderamente vivenciales, desesperanzadas y de una firme y segura soberbia que hace fe de su genio.

Hay en ellas un esfuerzo constante para transformar la pasión en sublime amistad perdurable. Pero Wagner no fué nunca hombre apto a la amistad; su extremada fuerza temperamental no le perrnitía ese disfrute, que es el mejor y más seguro de la vida. «L’amitié passe avant tout», decía su incondicional admiradora María Kalergis. A él le estaba vedado este supremo bienestar. Sus cartas a Liszt, igual que las dirigidas a Luis II de Baviera, tienen un tono exaltado, que agudiza morbosamente la unión fusionada en afinidad amistosa. Prueba concluyente es aquélla que parecía tan consistente y formada en fidelidad de discípulo predilecto y prosélito a todo riesgo, la que bien a pesar de todo se quebró, cediendo a la pasión, sacrificándole en lo que constituía lo mejor de su vida y hería su mismo honor.

Tampoco supo amar sino basta el momento en que el tumulto pasional obraba. El amor de amistad no pudo gozarlo, aunque lo intentó, precisamente, con Matilde Wesendonk, pero bien claro está que en cuanto el tiempo y la distancia serenaron el arrebato pasional, sus cartas se vuelven misivas de mero cumplido formulario.

Debido a eso, he procurado transcribir solamente las que imaginaban en Matilde, la Isolda del Tristán, ya que ellas nos dan lo más auténtico y valioso de Wagner. Su signo demoníaco, tan opuesto al sublime reposo ideal de Goethe como lo fuera Liszt con respecto a Schiller, y este paralelismo viene aquí por haber tratado ambos de ser figuras sucedáneas y eficientes en la vida artística de Weimar.

Este fatalismo pasional de Wagner hizo la tragedia de su vida siendo primero causa de su prematuro matrimonio con Mina Planer, y sus altercados y desaveniencias inevitables de constante desasosiego e insatisfacción incluso material, porque su exceso pasional no hemos de confundirlo con la corriente sensualidad. Wagner era lo que, en ello, suele decirse un cerebral. Su naturaleza requería una pasión del rango de sus héroes y aun de los mismos morbosos filtros. La única pasión más normalizada y conclusa tuvo origen de remordimiento y fué tardía, contando él dos años menos que el padre de su mujer, su glorioso - y a lo primero disconforme suegro - Liszt. Sólo por el talento excepcional de la espiritual Cosima, su propia mujer, supo algo de lo que significa la tranquila unión que dialoga con caridad en centrada confianza huida de extremos hipertensivos. Nunca lo pudo con Liszt, ni con otro alguno, que no fuera corresponsal de mera fórmula, ya lo he indicado.

Quiénes como Judith Gautier y Baudelaire, Catulle Mendes y otros hicieron figura de amigos, pero eran únicamente admiradores.

Sin confundir en nada el arte con un sentido místico, religioso, ni siquiera idolátrico, me arriesgo al supuesto de que, quien sintió la intensidad poemática de Tristán y Parsifal y acertó a expresarla con tanta maravillosa sublimidad, habría de ser un hombre superior incluso en su conciencia.

Por eso Wagner representa en el fondo, algo de la fatalidad del sino, aunque ello no pretenda ni mucho menos, eludir la libertad individual; únicamente la predisposición a un ímpetu terrible que le torturó hasta sus últimos años.

El arte fué su verdadera vida y él le redimió. Nos queda un tanto en interrogante la figura y, sobre todo, el caso de Matilde Wesendonk. Desde luego, la dulce y espiritual burguesa no alcanzaba las cimas pasionales de Isolda, cuyo era su papel histórico.

Mujer mimada por su acaudalado esposo de cometido histórico tan noble como aparentemente desairado, le guardaba una fidelidad exterior y cumplía la debida sumisión matrimonial que demandaba Otto, muy dado también al arte wagneriano, merced al que le corresponde un personaje simbólico, majestático por derecho de corona y de amor por amor en la figura del Rey Marco en Tristán e Isolda. Otto Wesendonk no vivió ni sufrió, sin embargo, el cometido asignado. El desenlace humano se anticipó al del arte, devaneciéndose en melancolía de pasado que dejó un nimbo de perenne gloria en sustitución al trágico desenlace y al fatal efecto del filtro en la obra de arte imperecedera.

Las cartas de Venecia con algunas otras, nos sirven de guía para el camino florido y espinoso, no sólo de la inspiración de Wagner, sino de su posición y oposición al mundo circundante.

Su misticismo poético tomó forma viva en ese amor sublimado en derredor del cual giraban sus ideas, pensamientos y emociones. Algunas de tales cartas resuenan como soliloquios que no demandan siquiera reciprocidad buscan un eco universal, la explicación de la obra de arte que va germinando. Estaban impregnadas de la melancolía infinita; quizá excesiva para las sensibilidades de hoy, para la exigida concreción de un ayer muy reciente.

La ley motivo que él nos trajo, se contiene en su vida misma, vida muy definida; esculpida en suavidades de mármol tras las heridas de un cincel especialísimo, pero esa su definición nos lega un grupo de cuanto ha constituído su fogosidad redimida, fijada en aquella perpetuidad con que el arte transforma la conmoción en forma inconmovible.

Si la Iseo de carne palpitante para la pasión de Ricardo Wagner pasó rápidamente, antes de que la obra emergiera al mundo, nunca cesó para él ese anhelo de sentido cromático y ascendente que le es inherente. Únicamente descansó, según he indicado, en la clarividente Cosima, descansó no del todo sosegado para su conciencia, porque hay algo que excede al mismo derecho del genio, frase y concepto de los que se ha abusado mucho sin pararse, en cambio, en los deberes que impone una superioridad excepcional. El primero, tal vez, el ser fiel a su voluntad de arte. Aquel, pues, que se inspiró con tal personalidad en el sublime poema de amor que significa «Tristán e Iseo», ha de ahondar todo cuanto significa la felicidad amorosa y nunca liberarse y menos desentenderse de su credo poematizado.

Goethe se liberó casi medicalmente del morbo wertheriano, más, a fin de cuentas, no le dió una solución superhumana. Wagner se la dió para el símbolo de la eternidad del amor. El poema arrastraba en cierto modo la traición del genial inventor. No aludo aquí -es el caso opuesto- al amor materializado, pero es que, al parecer, la misma amistad con la amada quedó aminorada como hemos visto.

El arte tropieza con esa falsedad de eternizar pasiones. No creo que ninguna pasión pueda ser perdurable, ni la de los intereses siquiera. El amor puede ser apreciado, y sólo se sabe cuando el tóxico pasional ha sido completamente eliminado.

Posible fuera que Matilde Wesendonk haya amado y seguido fiel a Ricardo Wagner, porque aparte de algún arrebato circunstancial, no tuvo ninguna pasión hacia él, sino al artista, su amigo y confidente. Cosima le amó porque fué subyugada por su arte y su atractivo espiritual. Le amó luego enlazada en sus proyectos, y le amó durante una viudez de casi medio siglo.

Pienso que la lectura de estas cartas marcan un momento crítico e inmarcesible, por muy lejano que nuestro mundo de ahora se encuentre de aquellos ideales nunca pasados, aunque se expresen de manera diferente.

Un paisaje nórdico sin parecerse, contraponiéndose, incluso a otro meridional, se nos revelan en paisaje; es decir, dentro de una concepción idéntica.

La selva primitiva, fantasmagórica, legendaria y nimbada de panteísmo del Freischütz de Weber y del «Sigfredo» de Wagner, están a tal distancia, que nos causan invencible nostalgia de esos jardines andaluces que espiritualizan sus sentidos en los nocturnos de Manuel de Falla, por sensación de paisaje evidentemente.

El que una época sea pasada no supone nada contra la estimación de sus valores. Valor y actualidad no tienen relación ni indican supremacía alguna. Lo que sí supone inferioridad es el actuar con forma caducada, porque el hombre, necesariamente, es de su tiempo; distinguiendo tiempo y generación. Hay quienes presos en su generación no pueden avanzar, y los que, voluntariamente, se niegan a todo avance. Son incambiables. Desde luego, quienes lo sean no comprenden tampoco su tiempo, porque fué igualmente modernidad. Los que protestan contra todo cambio, resultan infieles al que dicen su tiempo, que no fué sino evolución. Así pues un anquilosado en el wagnerianismo, es un infiel al arte y a la significación musical de Wagner. Obsérvese con qué audacia y energía combatió Roberto Schumann por el avance musical y el desdén con que hablaba de los “filisteos”. Aprovecharé la ocasión para decir que las apariencias no equivalen a la realidad y que más cerca se halla Schumann de la estética actual que Wagner con su gran reforma.

Mas todo esto me llevaría muy lejos y resultaría inoportuno para los lectores que aguardan llegar a las cartas de Ricardo Wagner, no sin penitencia si han cumplido la cortesía de leer este comentario antecedente.

Penetremos en el Tristán herido que aguarda a su bienamada y contemplemos a Wagner en Venecia, embebiendo su soledad en el tercer acto de Tristán antes de escribir a Matilde, su elegida modelo para la Isolda, por lo cual pasó a la historia entre las escogidas figuras del arte.

Carlos Bosch.

***



  
  
 

Zurich, 17 de marzo de 1853.


Honorable señora: Dios le guardará, en adelante, de mis malas maneras. Sin duda comprende usted ahora que, no aceptando sus amables invitaciones sino con inquietud, no obedecía a un capricho fútil, y que mi mal humor podía importunar a mis mejores amigos tanto como a mí mismo. Si en adelante mis renunciamientos son más frecuentes -¿y cómo no habrían de serlo tras la experiencia de ayer? -, esté usted cierta que es ante todo por obtener su perdón, por una mejor manera de obrar.

Espero saber mañana, por su marido, en Basilea, que no ha quedado usted más perturbada en su quietud, tan preciosa para nosotros, por mis malignas palabras. 
Deseándolo cordialmente, me recomiendo a su indulgencia.

Ricardo Wagner.

***

Zurich, 29 de mayo de 1853.

Aquí de la dulce templanza por el hielo de ayer (1).

Ricardo Wagner.

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(1) Esta carta está acompasada de una página musical con compases de polka. (N. del T.)

*

Zurich, 1 de junio de 1853.

Honorable señora: Usted me ha perniitido que le pregunte hoy si podría venir a pasar un rato en nuestra casa esta noche. 
Si es así, yo le propondría que tuviera a bien pasar algunas horas tranquilas en ella  hasta las diez; no invitaré a nadie más con el fin de no estropear esta santa velada. 
Espero recibir un sí amistoso. Suyo

Ricardo Wagner.

*

Zurich, 20 de junio de 1853.


Sus arreglos, querido amigo (1), son perfectos; le doy las gracias de todo corazón. Con el fin de debutar dignamente en mi nueva situación de deudor y de inspirarle confianza, acabo de solventar hoy una deuda ya antigua: remita usted, se lo ruego, a su mujer, la sonata incluída, mi primera composición después de la terminación de Lohengrin: ¡Hace seis años! 
Pronto tendrá usted noticias mías, pero antes dígame cómo va usted. Suyo 
__ 
(1) Esta carta está dirigida a Otto Wesendonk.

R.W.

*

16 de marzo de 1854.

Homero se ha escapado subrepticiamente de mi biblioteca. 
Yo le he preguntado: «A dónde vas?» 
Respuesta: «A felicitar a Wesendonk, por su cumpleaños». 
Entonces le he contestado: «Hazlo conmigo».

R.W.

*

Londres, 30 de abril de 1855.


¿Qué hacer para levantar un poco la moral, pobre enferma? He remitido a Eschenbure los programas con las traducciones. ¿Pero, en qué puede seros eso de alguna utilidad? Otto debe daros inmediatamente las leyendas indias adaptadas por Adolfo Holtzmann-Stuttgart. Las he traído conmigo a Londres, su lectura ha sido mi único placer aquí. Todas son bellas; pero aquella de Savitri es particularmente espléndida y si usted quiere llegar a conocer mi religión, lea Usinar. Toda nuestra cultura es bien miserable en comparación de estas puras revelaciones de la humanidad, la más noble del antiguo Oriente.

Ahora cada mañana, antes de ponerme al trabajo, leo un canto de Dante: estoy aún profundamente enfrascado en la lectura del Infierno; sus horrores me acompañan en la ejecución del segundo acto de las «Walkyrias». Fricka ha salido hace un instante y Woton va a dar libre curso a su terrible dolor.

Aquí no puedo hacer más que este segundo acto; mi trabajo no avanza sino lentamente y cada día me es preciso luchar contra una nueva contrariedad.

Mis experiencias de Londres me han decidido a retirarme por algunos años de la vida musical pública, quiero acabar con estas direcciones de concierto. Estos señores de Zurich no deben de ninguna manera hacer gastos por mi causa. En este momento tengo necesidad de todo mi equilibrio interior para acabar mi gran obra, que podría fácilmente, lo temo, quedar en una grotesca quimera, a consecuencia de este eterno e insultante contacto con lo insuficiente e incompleto.

Para que se dé usted cuenta, reflexione un poco sobre la cuestión de saber cuántas fugas deberán intervenir en mi oratorio londinense, si Lord Jesús llevará guantes negros o blancos, o si la Magdalena tendrá en la mano un bouquet o un abanico. Si usted está de acuerdo consigo misma sobre ello, lo pensaremos todavía.

Hoy tengo el cuarto concierto: la sinfonía en «La Mayor», la cual, en todo caso, no marchará tan bien como en Zurich y luego aun muchas bellas cosas que yo creía no haber dado jamás en mi vida. Pero lo que me da ánimo es la certeza de que será por última vez. Mis cumplimientos a Otto, al que agradezco cordialmente su última agradable carta. Si eso puede servirle de placer, le volveré a escribir. ¿Es que María no irá pronto a vuestra casa?

Mañana, después del concierto escribiré a mi mujer; ella no tendrá nada nuevo que decirme.

Salude igualmente a Myrrha (1). Hasta la vista y guarden su serenidad.

R.W.

__ 
(1) Hija de Matilde Wesendonk

*

Zurich, 8 de julio de 1855.

Tengo bastante miedo de ver morir hoy a mi bueno, viejo fiel amigo - Mi Peps (1) -. Me es imposible abandonar al pobre animal moribundo. ¿Se molestaría usted si le suplicásemos que comiesen sin nosotros? En todo caso, quedamos hasta el miércoles; no es más que cita aplazada.

Sin duda no se burlará usted de mi llanto. Suyo

Ricardo Wagner.

___ 
(1) El perro de Wagner.

*

Mornex, 11 de agosto de 1856.


Mi muy querida amiga: mi mujer me participa una feliz idea que me decide a solicitar de usted un gran favor.

Se trata de procurar todavía obtener en arriendo la propiedad Bodmer, en Seefeld, cerca de Zurich, por todo el resto de mi vida. Si se logra, quedaré libre de las inquietudes de una propiedad personal y sólo mediante el pago del alquiler llegaré al goce que busco.

Esta propiedad está actualmente alquilada por una familia Trümpler para el verano. Se trataría de persuadir a Bodmer de que rescindieran amigablemente el contrato, y de cederme la propiedad por todo el resto de mi vida o, pudiera ser, por un término de diez años.

Por lo que yo sé, los Trümpler ocupan la propiedad de Bodnier, más bien por tradición que por obligación; si los Bodmer quisieran cedérnosla voluntariamente, no dudo que les sería fácil obtener la renuncia de los Trümpler. Se trata pues, solamente de interesar a los Bodmer en mi favor, y mi mujer, a la que he encargado de entenderse con la señora Bodmer, desearía la ayuda de una tercera persona la cual haría a la señora Bodmer todas las recomendaciones a nuestro favor que no podríamos hacer por nosotros mismos. Esta tercera persona sería, según piensa mi mujer, usted, querida amiga. Por consiguiente yo le suplico insistentemente que tenga la bondad de escribir a la señora Bodmer y obtener su beneplácito. Mi mujer cree que para llegar a ello sería útil hacerles ver mi decaimiento y la necesidad que tengo de un lugar tranquilo en pleno campo. También sería igualmente hábil a su entender, conquistarla por la vanidad y llamar su atención sobre este punto: que sería un honor para ellos, ciertamente, el procurar un asilo conveniente en su propiedad a mis futuras creaciones de arte.

¿Qué piensa usted? ¿Quisiera usted encargarse de ello?

En vista de mi inminente vuelta a Zurich, quisiera que este asunto que me llega tanto al alma, llegase a tal punto que pueda tomar, sin tardar demasiado, la decisión necesaria.

¿Quisiera usted creer el placer que tendría en darle los buenos días a usted también en Berna? 
Mis saludos cordiales de vuestro

Ricardo Wagner.

*

Muy fiel protectora de las Artes.

Mi hermana tiene que guardar cama. Si Ud. no se encuentra en la misma necesidad le ruego que disponga del cubierto que queda libre en la mesa, a menos que no quiera Ud. economizarlo, - lo que merece consideración, teniendo en cuenta la miseria de los tiempos y el mal asunto de la seda-; en el primer caso yo propongo - sin ningún derecho de prerrogativa, bien entendido - Boohm (1).

Suyo,

R.W.

P. D. Tengo toda clase de contrariedades penosas en mi casa porque ayer habló usted de manera poco respetuosa sobre Rienzi. 
___ 
(1) Baunigartnen, compositor muerto en 1867. (N. del T.)

*

En Zurich (de estas cartas no se pueden precisar las fechas).

El señor y la señora Wesendonk son amigablemente invitados a venir a nuestra casa el próximo domingo, al mediodía.

R.E.L.P. 

Familia Wagner.

*

Puesto que el señor y la señora Wesendonk han tenido a bien enfriar sus relaciones con nosotros hasta el punto de no visitarnos por la noche sin ser invitados, nos es forzoso preguntarles en términos oficiales si el señor y la señora Wesendonk se decidirán a sorprendernos hoy o bien, en el caso en que ciertos profesores tuvieran que mostrar su ciencia al señor y a la señora esta noche precisamente ¿podríamos esperar la sorpresa de su visita mañana?

R.W.

Mi mujer, ocupada en la cocina le aconseja que tome el coche del que se piensa usted servir incluso en el buen tiempo. Además hace mucho calor en nuestra casa. 
Esto es para significarle que de ninguna manera pensamos en renunciar a ustedes.

R.W.

*

Para memoria: 
Miércoles: Otello. 
Ira Aldridge. (1)

Guardar las localidades con el tiempo necesario. 
Muy buenos días.

R.W.

___ 
(1) Actor de color que desde 1852 dió en Europa numerosas representaciones de “Otello”.

*

Si la familia Wesendonk está dispuesta a sufragar los gastos de Enrique en el Hotel Baur, puede llevar también a mi mujer desde el teatro; si no tendrá que contentarse conmigo sólo. 
Además, yo sé también el inglés.

R.W.

*

A la honorable familia Wesendonk. 
Mirrha, Guido, Carlos, etc. 
No quiero abandonar al azar vuestra visita de esta noche, por lo que prefiero asegurarme esta encantadora dicha invitándoles. Semper y Herwegh serán de los nuestros. Por consiguiente hasta la hora en punto.

R. W. Lázaro.

*

Viernes por la mañana.

Los Herwegh se han anunciado en casa para esta noche. 
Si Ud. cree poder reponerse así del cansancio de las últimas invitaciones, nos será muy agradable verla  decidida a participar de nuestra charla. 
Muy buenos días.

R.W.

*

Infinitas gracias por la amable invitación, la cual no podré aprovechar ¡qué lástima! 
Adiós.

R.W.

*

¿Quiere usted ponerse en camino con este viento del Oeste y estos anuncios de mal tiempo? 
Sencilla pregunta. 
Suyo,

R.W.

*

No tengo necesidad de decirle que mi pregunta de ayer a propósito de la excursión no necesita respuesta.

R.W.

Mi soberana: 
La señora Heim no podrá cantar antes del martes. Por consiguiente mañana - si usted quiere tener ese bullicio en su casa - sencilla soireé. 
Pronto la veré. 
Suyo,

R.W.

*

Todo está en regla. ¿Vendrá usted un rato para el tercer acto de la Walkyria? 
La espero,

R.W.

*

A toda la familia Wesendonk: 
Hijos míos, ¿es que no os veré hoy un rato? 
Estoy mejor dispuesto que ayer.

R.W.

*

Porque en su casa no estén ya en la situación de deber contar más bellos trazos legendarios, yo deposito en la casa Wesendonk el ejemplar incluído; porque, en negro sobre blanco es indiscutiblemente bello. 
Ya verá usted que no queda tan pronto libre de mí. He tomado de tal manera pie en su casa que incluso si Ud. la diera al fuego, una voz bien conocida le diría en medio del salvamento: 
«¡Ya era tiempo de salir!»

R.W.

*

Muy buenos días. 
¿Quiere usted ojear un poco este libro? Está escrito sin espíritu y se ve uno obligado a pasar por alto todos los puntos en que el autor cree deber dar su propia opinión; pero los hechos, sobre todo el período parisién de Gluck son de lo más interesante; y además este Gluck, apasionado y sin embargo tan imbuido de sí mismo, calmoso hasta en la vanidad, con su gran fortuna adquirida y su traje de corte bordado, en su edad avanzada, tiene algo de divertido y cómico. 
Solamente, pase Ud. mucho del principio.

R.W.

*

¿ Quisiera usted tal vez para divertirse ver lo que mi consejero del Gobierno de Weimar ha comentado sobre mi poema? 
Algunas indicaciones que yo le había dado son reproducidas con una extraña fidelidad en medio de su galimatías peculiar, lo que hace la cosa casi divertida. 
Le deseo mucho placer. 
Suyo muy poco satisfecho,

R.W.

*

Envío al encuadernador. Quisiera hacer encuadernar también «La estrella de Sevilla» de Lope de Vega. ¿Tiene usted necesidad de él por el momento?

R.W.

*

He aquí el diario musical y una carta de la princesa Wittgenstein. - Quisiera volverlo a leer cuando Ud. lo haya leído -. 
Los mej ores saludos de parte de mi mujer.

R.W.

*

Así hará Ud. conocimiento con un hombre muy amable. 
Buenos días.

Ricardo Wagner.

*

Señora Wesendonk; mis más expresivas gracias. Aún estoy un poco febril y me siento cansado. Pienso sin embargo gozar un poco del buen aire de hoy. 
Muy suyo,

R.W.

*

Después de una excelente noche - aproximademente diez horas de sueño a lo Goethe - le deseo muy buenos días y le envío a Schack (1), prometiéndole una buena lectura para esta noche, si Otto lo consiente.

R.W.

___ 
(1) El conde de Schack. Historia de la Literatura Dramática Española.

*

He aquí el anochecer, que toma bellos matices rosados, ahora cae la nieve en el exterior. 
He pasado una noche muy reconfortante. ¿Y cómo han dormido en Wahlheim? 
Mis mejores saludos.

R.W.

*

Con todo mi corazón, buenos días. 
Vamos regularmente. Agradecidísimo por todas sus bondades. Pienso ir despreocupadamente a pie al ensayo. Si es necesario, sin embargo, tomaré el coche a la 1,45, Ud. me seguirá entonces lo antes posible. 
Ayer quise enviarle lo que acompaña a estas líneas. 
Hasta luego.

R.W.

*

No he dormido muy bien esta noche. 
Me preguntaba hace un momento si a pesar del hielo y de Vischer, iré. Ahora pienso pasar una horita en casa de Ud. Tengo el corazón oprimido, y sólo se trata siempre del único bien, sin el cual no poseeré, pobre como soy, ningún refugio en este mundo. ¡Esta cosa única! 
Mil saludos.

R.W.

*

Gracias, he dormido bien. Hace falta que haya eso, ¡la cosa única! 
Mis mejores saludos.

R.W.

*

¡Ah, el bello primo! Pero demasiado tierno. Por cansada y deprimida que esté con frecuencia mi cabeza no osaré jamás apoyarla ni siquiera si estuviera enfermo, todo lo más a mi muerte. Entonces quisiera reclinar mi cabeza encima tan cómodamente como si tuviera derecho, Ud. misma lo dispondría por mí. He ahí mi testamento.

Ricardo Wagner.

*

¿Y mi querida musa se encuentra siempre lejos de mí? En silencio he aguardado su visita; no quería perturbarla con mi súplica. Porque la musa, Corno el amor, no acerca la felicidad más que cuando quiere. Maldición al insensato, maldición al hombre sin amor que quiere obtener por violencia lo que ella no da espontáneamente. No se consigue nada por la fuerza. ¿No es verdad? ¿Cómo podría el amor ser todavía musa si sucumbiera por la violencia? ¿Y mi querida musa se encuentra siempre lejos de mí?

Ricardo Wagner.

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En Zurich. «Desde fin de abril de 1857 a agosto de 1858».

Feliz golondrina si quieres 
Te construyes tu propio nido 
Yo para germinar con toda tranquilidad 
No puedo edificarme el silencioso refugio 
El Silencioso refugio de madera  y de piedra 
¡Ah! ¡Quién querrá ser mi golondrina!.

R.W.

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Mayo, 1857.


Señora Matilde Wesendonk: 
Muchas gracias por las bellas flores, el viejo pensamiento bien cuidado ha conservado toda su belleza, por lo cual lo guardaré. 
Una buena cosa, ayer he acabado el acto y lo he enviado (1). 
Hoy no hubiera podido trabajar, el catarro ha empeorado y la fiebre no me abandona nunca del todo. Por lo demás, todo va bien, todo marcha fácilmente. ¿Cómo va en la casa de enfrente?

R.W.

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(1) “Sigfredo”, cuya partitura fué terminada en mayo del año 1857.

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21 de Mayo de 1857.


No tengo nada que decir al padre de mi país; si se atreve a venir a visitarme en mi nido de golondrina le pondré en la puerta. Sus colores son blanco y verde: eso para Baur. 
La musa comienza a serme favorable. ¿Significa esto un presagio feliz de la certidumbre de vuestra visita? He encontrado en primer lugar una melodía, que me fué imposible de adaptar entonces; pero descubrí las palabras en la última escena del Sigfredo. ¡Buena señal! Ayer se me reveló el comienzo del acto segundo y especialmente el sueño de Fafner, en el cual he encontrado hasta una nota humorística. Ud. conocerá todo ello, cuando mañana venga la golondrina a visitar su nido.

Ricardo Wagner.

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1º de Julio de 1857.


Creo que nos hemos olvidado de invitaros según las formas establecidas para el domingo por la noche; permítame reparar la cosa por la presente. Ya sabe que se trata de una pequeña fiesta en honor de Sulzer. También debo informarle de que se servirá el té a las siete. 
Espero que le veremos a la hora en punto con el señor Kutter, al que suplico que invite de nuestra parte con toda insistencia. 
Para su satisfacción personal le advierto que no he podido trabajar esta noche, pero Calderón sin embargo lo he quitado de en medio. Devrient me encarga que les complimente. Por lo demás, el mundo existe siempre. Fafner está con vida, todas las cosas tal como han sido.

R.W.

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Septiembre de 1857.


No me encuentro bien y debería celebrar el cumpleaños de mi mujer, en casa. Muy cordiales gracias por su bondad.

R.W.

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1º de Octubre de 1857.


He aquí, querido amigo (1), mi primer plazo de alquiler. Con el tiempo, espero pagarle todo lo debido, es posible que eso no tarde mucho, entonces exclamará Ud., ¡vaya el señor Tristant cómo puede pagar el tributo! 
Y con eso, como siempre, mis más expresivas gracias por toda la bondad, por toda la amistad que Ud. me ha prodigado. 
Suyo,

Ricardo Wagner.

___ 
(1) Otto Wesendonk K.

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Octubre de 1857.


«La herida causada por Horold, la sano con el fin de que vuelva a la vida», etc., etc. 
He conseguido muy bien el pasaje hoy. Será necesario que se lo ejecute.

R.W.

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Diciembre de 1857.


La escena de explosión entre Tristán e Isolda la he logrado a la perfección, estoy en el colmo de la felicidad.

R.W.

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El 30 de Noviembre de 1857, Ricardo Wagner compuso la música del lied: «En los primeros días de mi infancia». 
El 14 de Diciembre, el primer esquema del lied: «Di, qué sueños maravillosos». 
El 15 de Diciembre la segunda versión de «Ensueños». 
El 17 de Diciembre el lied titulado: .«Sufrimientos», con una segunda conclusión un poco más larga, a la que siguió pronto otra tercera conclusión conl estas líneas: «¡Será preciso que eso sea cada vez más bello!»

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Diciembre de 1857.

Después de una descansada noche reconfortante, mi primer pensamiento llegó a esta conclusión, corregida; veremos si eso le gusta a la señora Calderón cuando se lo ejecute hoy.

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22 de Febrero de 1857.

«¡Bordoneante rueda del tiempo!»

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1º de Mayo de 1858.

«En el invernadero.» 
Los cinco heder aparecieron más tarde en la casa Schott hijo, en Maguncia, por expreso deseo del mismo maestro. Antes de su publicación, había ya titulado los dos lieder «Ensueños» y «En el invernadero». Estudios para Tristán e Isolda.

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Diciembre 1857.

He aquí todavía una flor de invierno para el árbol de Navidad, plena de miel, pura y dulce, sin el menor veneno.

R.W.

Dichoso, 
Arrancado al dolor, 
Libre y puro, 
Siempre para ti, 
Las lamentaciones 
Y los remordimientos, 
De Tristán e Isolda 
En el casto lenguaje de oro de los sonidos, 
Sus lágrimas, sus besos, 
Yo deposito todo eso a tus pies 
A fin de que celebren al ángel 
Que me ha elevado tan alto.

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San Silvestre 1857 (1)

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(1) Acompaflada del esquema del primer acto del “Tristán”.

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Febrero de 1858.


Ya tengo el libro de Soden sin encuadernar, pero pronto disponible. 
Ya tenía la lista completa por Schulthess. Es posible que el volumen sobre «El Emperador Otón en Florencia», etc., valiera la pena de ser leído. 
Las traducciones de Ricardo (1) también me parecen dignas de interés en lo que se refiere al asunto tratado. 
Pensemos todavía en las novelas de Cervantes; yo las he tenido ya por algún tiempo. 
Por lo demás, ya tengo bastante provisión; leo poco. 
Muchas gracias por Ifigenia. 
Aquí incluyo alguna cosa de Strasburgo, pero ningún pastel de foie-gras. 
Un saludo en nombre de nuestro Dios. 
¿Nos veremos esta noche?

R.W.

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(1) C. Ricardo. Poemas románticos de Lope de Vega, 1824-28.

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Primavera de 1858.

Muy buenos días de todo corazón. 
Mi pobre mujer ha caído gravemente enferma; por consiguiente la invitación de mañana la acepto para mí sólo. 
Probablemente no estarán ustedes en su casa hoy, si no hubiera ido por la noche. 
En mi casa todo es triste y gris, a pesar del aspecto exterior tan alegre de las habitaciones. 
Espero que todo irá bien. Celebren las Pascuas alegremente. 
Muchos saludos.

R.W.

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Primavera 1858.

Voy regular. ¿Cómo se porta la animosa discípula de de Sanctis? (1). 
Gracias por el Cervantes prestado. Quiero prepararme poco a poco al trabajo. El segundo acto me espera. 
¿Nos vemos hoy?

R.W.

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(1) Francisco de Sanctis, filósofo italiano -1818-1883-, profesor por aquel entonces de la escuela politécnica de Zurich. 
 

Acabo de leer «Fernando el Santo», ¿he debido encontrarlo bello y emocionante? ¿Será quizá mi estado de espíritu la causa? Si me hubieran predicho la muerte con toda certeza para este año, lo saborearía como el acontecimiento más solemne y feliz de mi existencia. Únicamente la incertidumbre sobre el tiempo que hemos de vivir todavía nos sumerge en la duda y en el pecado; pero la certeza sobre el tiempo que me quede parece dejarme libre de todo roce. ¿Cómo lograr lo que deseo con tanto ardor?

R.W.

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Junio de 1858.

A Matilde Wesendonk. 
He aquí al pequeño kobold, mi músico; que reciba buena acogida.

R.W.

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Julio de 1858.


¡Qué maravilloso nacimiento de la criatura rica en el dolor! ¿Nos será necesario vivir así? ¿A quién se le podría pedir jamás abandonar a sus criaturas? 
¡Que Dios nos asista!, pobres de nosotros. ¡O es que somos muy ricos! 
¿Nos es necesario ayudarnos nosotros mismos solos?

R.W.

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Verano de 1858.


La carta. - ¡Cómo me ha entristecido! - El demonio abandona uno de nuestros dos corazones para entrar en el otro. ¿Cómo vencerlo? ¡Oh, somos dignos de lástima! Ya no nos pertenecemos. ¡Demonio, hazte Dios! ... La carta me ha entristecido. 
Ayer he escrito a nuestra amiga (1). Sin duda va a regresar pronto. 
¡Demonio! ¡Demonio, hazte Dios! 
(Notas musicales). 
¡Querido hijo extraviado! 
¡Ve, quería precisamente escribirte eso, cuando encontré tus bellos, tus nobles versos!

R.W.

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(1) Se refiere a la seflora Wille, gran amiga de Wagner.

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Verano de 1858. Martes por la mañana.


Sin duda no esperas que deje tu maravillosa, tu espléndida carta sin contestación. ¿O sería mejor que renunciase, ante la suprema nobleza de tu palabra, al hermoso derecho de contestarte? ¿Pero cómo podría yo contestarte, si no es de una manera digna de ti? 
Las luchas formidables que hemos sostenido, ¿cómo podrían acabar de otra manera más que por la victoria conseguida sobre todas nuestras aspiraciones, sobre todos nuestros deseos? ¿No sabíamos nosotros, incluso en los minutos más ardientes en los que estábamos el uno junto al otro, que tal era nuestro fin? 
¡Ciertamente! Era precisamente por lo inaudito de la dificultad por lo que no podíamos llegar más que a costa de las luchas más penosas. ¿Pero es que no habíamos conocido ya todas las luchas? ¿Qué otras luchas podrían esperarnos todavía? Verdaderamente que yo siento en lo más profundo de mí mismo que hemos visto al fin. 
Cuando hace un mes, le expresaba a tu marido mi decisión de romper toda relación personal con vosotros dos, había ... renunciado a ti. Sin embargo, aún no me sentía completamente puro; me daba cuenta de que sólo una separación completa, o bien una unión absoluta, podría salvar nuestro amor de esas terribles proximidades, en las cuales lo habíamos visto expuesto durante estos últimos tiempos. Así pues en vista del sentimiento de que nuestra separación era necesaria, se encontraba la posibilidad de una unión si no querida, al menos concebida. De ahí una tensión nerviosa que ni uno ni otro podríamos soportar. Yo me confesé a ti y descubrimos con evidencia que toda otra posibilidad hubiera constituído un crimen, cuyo pensamiento mismo era intolerable. Pero la necesidad de renunciar el uno al otro adquiere naturalmente otro carácter; a la tensión nerviosa sucedió una solución sedante. 
El último egoísmo desapareció de mi corazón, y mi decisión de frecuentar de nuevo su casa fué entonces la victoria de la humanidad más pura sobre el último sobresalto del deseo personal. 
Yo no quería sino reconciliar, aplacar, consolar, serenar, y así procurarme la única dicha a que aún podía aspirar. 
Jamás en toda mi vida hube sentido emociones tan intensas y tan terribles que en estos últimos meses. Todas mis impresiones precedentes, resultaban vacías en comparación de éstas. Tales sacudidas como las que sufrí por esta catástrofe, deberían imprimir en mí profundas señales y si alguna cosa pudiera agravar todavía mi estado de espíritu, sería la salud de mi mujer. 
Durante dos meses, esperaba de un día a otro el anuncio de su muerte repentina, el doctor creyó deber prepararme para tal suceso. En rededor de mí todo era sensación de muerte, mi mirada hacia el porvenir o al pasado se llenaba siempre de imágenes fúnebres y la vida real perdía para mí su último atractivo. Debiendo observar junto a la desgraciada mujer los más extremados cuidados, no era menor mi deber de resolverme a destruir nuestro hogar y, para su mayor consternación, comunicarle esta decisión. 
Figúrate mi estado de espíritu, cuando contemplaba en este magnífico verano el bello «Asilo», tan perfectamente, tan únicamente conforme a mis deseos, a mis aspiraciones de antes, cuando me paseaba por la mañana por el bonito jardincillo, admirando los tesoros de flores cada vez más ricos, escuchando a los pájaros posados en los rosales. Imagina lo que me había costado arrancarme del pensamiento tan bella convicción. ¡Imagínatelo, tú que me conoces a fondo, mejor que nadie! 
¿Crees tú que habiendo huido ya lejos del mundo un día podría volver ahora? ¿Ahora que todo en mí ha llegado a ser extraordinariamente tierno, sensible, por la falta de costumbre cada vez más prolongada de todo contacto con él? Mi última en-trevista con el Gran Duque Weimar, me probó también más claramente que nunca, que la inde-pendencia absoluta es la condición esencial para mi vida y mi trabajo, de tal suerte que me es preciso renunciar, en lo más profundo de mí mismo, a toda obligación, incluso con este Príncipe real-mente digno de ser amado. 
No puedo tampoco, menos que nunca, entregarme al mundo; me es imposible establecerme en una gran ciudad por algún tiempo, y ¿podría soñar toda-vía en la fundación de un nuevo «Asilo», de un nuevo hogar cuando he tenido que destruir el otro en el que apenas he gozado, ese que me había creado la amistad y el más noble amor, en ese delicioso paraíso? ¡Oh, no! ... ¡Para mí, irme de aquí significa... morir! 
Con tal herida en el corazón no puedo intentar fundar un nuevo hogar. 
Hija mía, no me es ya posible imaginar más que una única salvación, y no me puede venir más que de lo más profundo de mi corazón, ya no de tal o cual causa exterior. Tiene nombre: ¡La paz! En el apaciguamiento absoluto impuesto al deseo. ¡Noble y digna victoria! Vivir para otros, para otros... Será nuestro propio consuelo. 
Tú conoces ahora la grave crisis decisiva de mi alma: ella responde a mi concepción de la vida, al porvenir íntegro, a todo lo que me es próximo - por consiguiente también a ti -, el ser que me es más querido. Déj ame que sobre las ruinas de este mundo de deseo te lleve aún la salvación. 
Sabes que nunca en mi vida me he mostrado inoportuno, más bien siempre de una sensibilidad casi extremada. Por primera vez quiero parecerte ahora inoportuno y rogarte que quedes con respecto a mí, tranquila en el fondo de tu alma. No iré a veros a menudo porque no debéis encontrarme en lo sucesivo más que cuando esté seguro de poder mostrar una fisonomía serena y tranquila. Antes iba a tu casa con el sufrimiento y el deseo en el corazón; y allí donde buscaba el consuelo, no llegaba más que la tranquilidad y la pena. Esto no debe ser más. Si por consiguiente no me ves más que de tarde en tarde... ruega por mí en secreto. Porque entonces, has de saber que sufro. Pero si voy, puedes estar segura que llevaré a tu casa lo mejor de mí mismo, un don que sólo yo puedo ofrecer sin duda, yo que he sufrido tanto involuntariamente. 
Según todas las probabilidades, seguramente pronto, según creo a principios de invierno, llegará el momento en que dejaré Zurich por bastante tiempo; de un día a otro puede llegar la amnistía esperada que me permitirá entrar en Alemania, a donde iré periódicamente con el objeto de encontrar el equivalente de la única cosa que no he podido poseer aquí. Entonces estaré largo tiempo sin veros. Pero el regreso después de eso, «al Asilo» que me ha llegado a ser tan querido, con el fin de reposar mis preocupaciones, de las inevitables exasperaciones, para respirar el aire puro y recobrar el gusto para la obra a la cual el destino me ha llevado una vez para siempre, eso será, para mí, el dulce rayo de luz que allá lejos sostendrá mis fuerzas, al apetecido consuelo que me llamará hacia aquí. 
¿Y no eres tú la que me ha conferido el mayor bien de la existencia? ¿No es a ti a quien debo la única cosa, que aún puede parecerme digna de gratitud y de interés en este momento. ¿Y no he de procurar yo recompensarte por lo que me has conquistado al precio de tales sacrificios, y al precio de tales sufrimientos? 
Hij a mía, estos últimos meses me han blanqueado sensiblemente los cabellos por las sienes; una voz llama a mí con insistencia al reposo, este reposo que yo deseaba, hace muchos años, a mi holandés del «Buque Fantasma». Es la intensa aspiración hacia una patria, hacia un hogar, y no hacia el goce exuberante de la vida pasional. Una mujer fiel y entregada plenamente podría únicamente procurar esta patria a mi héroe. ¡Entreguémosnos a esta bella muerte que envuelve y aplaca todas estas aspiraciones, todos estos deseos! Muramos dichosos, con una mirada luminosa y tranquila con la divina sonrisa de la victoria bellamente lograda! Cuando somos vencedores. 
Adiós, ángel bienamado.

Ricardo Wagner.

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Agosto de 1858.

¡It must be so! (1)

R.W.

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(1) ¡ Así debe ser! - En inglés en el original. (N. del T.)

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Agosto 1858.

¡Adiós! ¡Adiós, mi bien amada! 
Me voy tranquilo. Dondequiera que esté seré eternamente tuyo. Haz de manera que me puedas conservar «el Asilo». ¡Hasta la vista, hasta la vista, amada alma de mi alma! Adiós... y hasta la vista.

El telegrama siguiente hace mención al concierto de Beethoven en la Villa Wesendonk.

Otto Wesendonk. - Zurich.

Lucerna 8 h. 55. Zurich 31 marzo -58 - 9. h. 10.

Texto: El fiel maestro director se encuentra desgraciadamente imposibilitado para dirigir el concierto de hoy, por haber tenido que pagar el tributo al San Gotardo en la forma de un catarro muy acentuado. El concierto se llevará a cabo pues sin director de orquesta; los músicos no tienen más que ponerse de acuerdo. 
Vuestro,

Ricardo Wagner.

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Venecia - Lucerna, 17 de agosto de 1858 a 4 de abril de 1859.

Después de mi huída del «Asilo». 
Diario. 
17 de agosto de 1858. 
Ginebra 21 de agosto.

La última noche pasada en el «Asilo» me acosté después de las once, a las cinco de la mañana siguiente tenía que marchar. Antes de cerrar los ojos fui vivamente impresionado por el recuerdo del tiempo en que me decía que algún día moriría allí mismo, y vendrías junto a mí por última vez rodeando con tus brazos mi cabeza en presencia de todo el mundo y recibiendo mi alma en un supremo beso. Esta muerte me la imaginaba con dicha; concordaban los menores detalles con el decorado de mi alcoba; la puerta que da a la escalera estaba cerrada; tú entrabas por la del estudio, me envolvías con tus brazos, entonces yo te miraba al morir. Ahora, esta posibilidad de morir ¿me era también rechazada? Fríamente, como si hubiera sido despedido, abandoné esta casa donde estaba encerrado en compañía de un demonio al que no podía conjurar más que por la fuga. ¡Dónde, dónde morir ahora! ... Así me dormí. 
Un ligero ruido maravilloso, me hizo salir de mi pesadilla despertándome, sentí un beso en mi frente seguido de un suspiro penetrante. Resultaba tan distinto cuando me incorporé y miré en torno a mí. Silencio absoluto. Encendí la luz, era un poco antes de la una, la hora de los aparecidos tocaba a su fin. ¿Habría velado junto a mí, a mi cabecera, un fantasma durante esta hora maldita? ¿Velabas o dormías tú durante ese tiempo? ¿Cómo te encontrabas? Imposible de reconciliar el sueño. Durante largo tiempo me agitaba en la cama, después me levanté, me arreglé completamente, cerré con llave la última maleta, aguardé, lleno de angustia, el día, yendo y viniendo por la habitación y echándome a ratos sobre la cama. Me parecía que el día tardaba más que en mis noches de insomnio del pasado verano. Con un rubor de vergüenza salió el sol de las montañas, miré por última vez largo tiempo a la «Colina verde». ¡Oh, cielo!, ni una lágrima me humedeció los ojos, pero me pareció que los cabellos de mis sienes se blanquearon. Ya había hecho todas mis despedidas. En mí, ahora, era todo frío, seguro; bajé. Mi mujer me esperaba. Me ofreció el té, fué un instante de un dolor desgarrador. Ella me acompañó al jardín. La mañana era radiante. Yo no retrocedí. En el minuto supremo, mi mujer prorrumpió en suspiros. Mis ojos quedaron secos por primera vez. Le dije todavía que se mostrase paciente y digna, que se consolase en cristiana. Pero su antigua violencia vindicativa se encendió nuevamente. «No pudo ser salvada - fui obligado a decirme -. Sin embargo no puedo vengarme de la desgraciada. Ella misma debe ejecutar su propia sentencia». Yo me mantenía profundamente grave; había en mí una amargura y una tristeza espantosas. Pero no podía llorar. Así es como partí. Y entonces - no lo niego -, me envolvió una sensación de calma, respiré libremente... Iba a la soledad: -en ella estoy en mí; allí puedo amarte con todas las fuerzas de mi alma. 
Aquí no he hablado todavía a nadie más que a servidores. Incluso he escrito a Carlos Ritter que no viniera a verme. ¡Me hace tanto bien eso de poder no hablar! ... He leído tu diario antes de acostarme, por primera vez después de mi partida. ¡Tu diario! ¡Esos trazos divinos y profundos de tu ser! ... He dormido bien. 
Al día siguiente, elegí un departamento que he alquilado por semanas. En él me encuentro tranquilo. Al abrigo de importunidades; me recojo y espero el fin de los calores para irme a Italia. No salgo en todo el día. 
Ayer he escrito a mi hermana Clara que tú viste hace dos años. Deseaba una fraternal explicación de mi parte: mi mujer le había escrito y anunciado su llegada. Yo le hice ver todo lo que tú eras para mí desde hace seis años; qué cielo me habías preparado; al precio de qué luchas, y de qué sacrificios me habías protegido; con qué mano ruda y torpe había sido desnaturalizada esta milagrosa intervención de tu alto y noble amor. Yo sé que ella me comprende; es una naturaleza entusiasta en una envoltura desaliñada. Me era necesario pues desarrollar mis explicaciones respecto a tal punto. 
Pero ¡qué temblores en mi corazón, en mi alma, mientras que escribía eso, mientras que me era permitido pintar tu sublime pureza! ... ¡Sí, ciertamente, nosotros olvidaremos, nosotros venceremos todo: no quedará sino un solo sentimiento, la certeza de que un milagro tuvo lugar aquí, tal como la naturaleza no lo realiza más que una sola vez durante siglos, sin llegar siquiera a una tal nobleza de fines. Deja ahí todo el dolor. Somos los más felices de los seres. ¿Con quién querríamos cambiar nuestra suerte?

Ricardo Wagner.

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23 de agosto, cinco de la mañana.


Te he visto en sueños sobre la terraza; llevabas traje de hombre y tenías sobre la cabeza un sombrero de viaje. Tu mirada se fijaba en la dirección por donde yo había partido. Sin embargo, yo llegaba por el otro lado. De esta manera tenías siempre tu mirada desviada de mí y yo buscaba en vano hacerte señas de que estaba allí hasta el instante en que llamé: « ¡Matilde! » Suavemente primero, después más alto, siempre más alto hasta despertarme al fin por el ruido de mi propia voz. Volviéndome a dormir al poco tiempo y recayendo en mis ensueños, leía tus cartas, que me confesaban amores de juventud: el bien amado, había renunciado a él; pero elogiaba sin embargo sus cualidades, no venías hacia mí más que para encontrar consuelo, lo que me enfadaba un poco. No quería seguir ese sueño y me levanté para escribir estas líneas... Durante todo el día había sufrido de una violenta crisis de nostalgia y un cruel desabrimiento de la vida se había apoderado de mí.

R.W.

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24 de agosto.

Ayer me sentía profundamente desgraciado. ¿Por qué vivir aún? ¿Por qué vivir pues? ¿Es cobardía, o bien valor? ¿Por qué esta inmensa dicha para ser infinitamente desgraciado? La noche siguiente dormí con sueño tranquilo. Hoy me encontraba mejor. He encargado aquí una bonita cartera con cierre, en la cual conservaré tus cartas y tus recuerdos: Puede contener mucho y lo que entrará en ella, una vez entrado, no saldrá jamás; no se devuelve nada a los niños malos. Por consiguiente reflexiona bien acerca de lo que me enviarás aún: nada te será devuelto... sino después de mi muerte, a menos que no me permitas encerrar todo ello conmigo en la tumba. Mañana salgo directamente para Venecia. Un deseo loco me atrae hacia allá; espero gozar allí el reposo absoluto. En cuanto al viaje mismo no lo hago sino contrariado. Hoy hace ya una semana que contemplé tu terraza por última vez.

R.W.

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Venecia, 3 de Septiembre. 

 

Ayer te escribí así como nuestra amiga (1).Hasta tal punto estuve absorbido por mi viaje y por mi ini instalación. En adelante llevaré mi diario con regularidad. Hice el trayecto por el Simplón. Las montañas, sobre todo el valle de Wallis, me causaron un sensación de agotamiento. He pasado bellos momentos sobre la terraza de la Isola Bella. Era una mañana admirablemente soleada. Yo conocía el sitio y despedí inmediatamente al jardinero para quedarme solo. Una bella calma, una singular elevación se apoderaron de mí: Era demasiado espléndido para que aquello durase mucho tiempo. Pero lo que me transportaba, lo que estaba cerca de mí y en mí, eso persistía: la dicha de ser amado de ti. 
Pasé la noche en Milán. El 29 de agosto por la tarde, llegué a Venecia. Durante el recorrido del Gran-Canal hasta la Piazzetta, impresión de grave melancolía: grandeza, belleza y decadencia, todo junto lo uno a lo otro. Estaba transportado, sin embargo, con soñar que aquí no había prosperidad moderna, por lo tanto tampoco bulliciosa trivialidad. La Plaza de San Marcos me hizo una impresión magnífica. Un mundo lejano, una época vivida. Esta impresión satisface plenamente el deseo de soledad. Nada produce aquí la sensación de la vida real: toda obra objetivamente, como una obra de arte. Quiero quedarme aquí y esta voluntad se cumplirá. Al día siguiente, después de largas incertidumbres, elegí un departamento sobre el Gran-Canal, en un inmenso palacio, en el que estoy por el momento solo. Piezas vastas y grandiosas en las que puedo pasear bien desahogadamente. Como mi instalación debe servir de marco al mecanismo de mi trabajo, tiene para mí mucha importancia y pongo mucho cuidado en arreglarla a mi gusto. He escrito para que me envíen mi salón del palacio. El gran silencio que constituye la verdadera atmósfera del Canal, me dispone a maravilla. Hacia las cinco de la tarde solamente, salgo para ir a comer; después doy un paseo por el jardín público, con una corta parada en la Plaza de San Marcos. Ésta produce un efecto teatral por su carácter particular, y la muchedumbre de sus paseantes que me es completamente desconocida, me deja incluso indiferente, no hace más que divertir mi imaginación. Hacia las nueve vuelo en góndola; enciendo mi lámpara y leo un poco antes de acostarme. Así se desliza mi vida exterior y es lo que me hace falta. Desgraciadamente mi presencia es ya conocida; pero de una vez por todas he dado la orden de no recibir a nadie. Esta soledad, que no es casi posible sino aquí - ¡y tan deliciosamente posible! - me sonríe y acaricia mis esperanzas. 
¡Sí, tengo la esperanza de sanar por ti! ¡Consérvate para mí, significa aguardarme para mi arte! Vivir con él, para consolarte, he ahí mi fin, he ahí lo que se armoniza con mi naturaleza, mi destino, mi voluntad, mi amor. Así como yo soy para ti, así llegarás tú igualmente a la salud por mí. Aquí se acabará Tristán, a pesar de las tormentas del mundo. Y con él, si yo puedo me volveré, para verte, para consolarte, para hacerte dichosa. Eso se evoca en mí como el más bello, el más sagrado de los deseos. ¡Vamos, valeroso Tristán, vamos, valerosa Isolda! ¡Asistidme, venid al socorro de mi ángel! Aquí cesará de correr vuestra sangre, aquí curarán y se cerrarán las heridas. De aquí sabrá el mundo la alta y noble angustia del más sublime amor, las quejas de las más dolorosas voluptuosidades. Resplandeciendo como un Dios, en salud moral y física, puro, me volverás a ver entonces, a mí, tu humilde amigo.

Ricardo Wagner.

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(1) La señora Wille

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5 de Septiembre


Esta noche no tenía sueño, he estado largo tiempo despierto. Mi dulce criatura no me dice como se encuentra. El Gran-Canal es maravillosamente bello en la noche. Una góndola se desliza delante del palacio. A lo lejos se llaman cantando unos gondoleros. Es una sensación de belleza, de una nobleza extraordinaria.. Las estrofas del Tasso no acompañan el canto como en otro tiempo; pero las melodías son seguramente muy viejas, tan antiguas como Venecia misma y ciertamente más viejas que las estrofas del Tasso, adaptadas probablemente a las melodías. Así se ha conservado en la melodía lo eternamente verdadero, mientras que las estrofas, como un fenómeno pasajero, han sido absorbidas por ellas para desaparecer a lo largo completamente. Estas melodías, profundamente melancólicas, cantadas con una voz sonora y potente que el agua trae de lejos y que van a morir todavía más allá, han producido en mí una impresión solemne. ¡ Sublime!

R.W.

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6 de Septiembre


Ayer he visto a la Ristori en el papel de María Stuardo. Hace algunos días que la había visto por primera vez en el de Medea, en el que me gustó mucho, sí, en el que me hizo verdaderamente gran impresión. Virtuosidad poco corriente; posee una seguridad de escena que aún no había visto nunca llevada a la perfección suya. Sin embargo, he reconocido claramente esta vez lo que falta completamente en su arte, porque eso es absolutamente indispensable en el papel de María Stuardo, (no lo había notado antes porque semejante observación no puede aplicarse al papel de Medea). En el de María Stuardo hace falta la espiritualidad, el entusiasmo, un intenso, un apasionado calor. La insuficiencia de la artista resultaba verdaderamente penosa al señalarla, y yo sentía, con algún orgullo, la elevación y significación del arte alemán, acordándome de haber visto ya varias trágicas alemanas interpretando este papel con un calor comunicativo, incluso irresistible, mientras que la Ristori, al pasar rápidamente de la prosa refinada a efectos de plástica, por decirlo así, animal, probaba que no se daba realmente cuenta de la naturaleza de su papel, que no era capaz de cumplirlo. Era verdaderamente lamentable e irritante. Es realmente esta espiritualidad del arte alemán lo que hace posible mi música y, por ella, mis poemas. ¡Qué alejadas resultan, por el contrario estas revoluciones franco-italianas de todo lo que yo pueda crear! Y sin embargo, el elemento espiritual obra sobre los italianos y los franceses, sin que lo adviertan, cuando les viene de fuera, de suerte que yo no puedo considerarlo como una característica particularmente alemana: De ello he podido darme cuenta por las impresiones que experimentaron ciertas personas después de la representación de mis obras. ¿Dónde radica entonces la diferencia entre el idealismo del que hablo y estos efectos de plástica realista? Acuérdate de la escena de María Stuardo, en el tercer acto, cuando dirige en el jardín una invocación a la libertad: imagínate a la Ristori descuidando casi todo lo que en este odio naciente contra Isabel no le da ocasión para exhibir su virtuosismo de mímica rápida y variada. Estas explicaciones no te muestran la cosa con absoluta claridad. Pero ciertamente comprenderás pronto lo que quiero decir cuando yo te rememore nuestro amor.

Ricardo Wagner

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7 de Septiembre


Hoy he recibido una carta de la señora Wille. Son las primeras noticias tuyas. Según lo que escribe, está resignada, tranquila y resuelta a ir hasta el fin en la vía del renunciamiento. Los padres, los hijos, los deberes. 
¡Qué mal se armonizaba esto con mi estado de alma divinamente sereno y grave a la vez! 
Pensando en ti no me han venido al pensamiento nunca los parientes, los hijos, los deberes; sabía solamente que tú me amabas y que todo lo que es elevado y altivo en este mundo debe sufrir. Desde esta altura, me espanto de haber determinado exactamente las circunstancias que nos hacen desgraciados. Entonces te vislumbro repentinamente en tu magnífica mansión; veo todas las cosas, oigo a todas las personas a las cuales hemos de ser eternamente incomprendidos, los que no se acercan a nosotros más que para separarnos con angustia de lo más próximo. Me da un deseo furioso le decir: ¿Son esos, que no saben nada de ti, que no comprenden nada de ti, pero exigen todo de ti a los que sacrificarás todo? Tal cosa no puedo ni verla ni entenderla, si quiero cumplir dignamente la misión que me ha sido dada en la tierra. Es únicamente en lo más profundo de mí mismo donde encontraré la fuerza necesaria: por fuera todo me empuja a la amargura, todo lo que quiere imponerse a mis decisiones. 
¿Esperas verme este invierno algunas horas en Roma? Temo que me sea imposible verte. Verte y separarme en seguida de ti por la satisfacción de otro ser. ¿Podría serlo aún? Seguramente no. 
Tampoco quieres carta. Yo te he escrito y conservo la esperanza firme de que mi carta no será rechazada; sí, estoy cierto de la respuesta. 
¡Tregua a esta loca imaginación! Espero.

R.W.

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8 de Septiembre.

¡Ciegos ojos! 
¡Oh corazones pusilánimes! (1)

R.W.

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(1) Acto 1º de Tristán. (N. del T.)

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10 de Septiembre.


Ayer me encontraba bastante mal, tenía fiebre. Por la noche, recibí una nueva carta de la señora Wille, en la cual me era devuelta mi breve carta sin abrir. 
Eso no debieras haberlo hecho. ¡No, eso no! 
Hoy no tengo nada para mi diario. Mi pensamiento, nada más que mis pensamientos. Es necesario que se clarifiquen. 
Me es un consuelo saber que tú vuelves a encontrar la calma y la fuerza. Yo tengo otro consuelo todavía, que parece casi una venganza: un día, leerás también esta carta reexpedida y sentirás la injusticia espantosa de haberla rechazado. Y, sin embargo, he sufrido tales repulsas a menudo.

R.W.

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11 de Septiembre.


¡Ah! Alguna cosa de ti, tres palabras directamente, nada más. 
Los intermediarios, incluso los más seguros, los más fieles, no pueden reemplazar nada. ¡Qué difícil es ya el comprenderse absolutamente cuando se es dos, el uno frente al otro! Y todavía es necesario que estos dos estén igualmente en disposiciones favorables, aquellas que sólo la plena conciencia del amor presente puede asegurar. Un tercero es siempre un extraño. ¿Qué ser podría despojarse de su yo y de su ambiente particular tan completamente para que pudiese participar de los otros dos? Yo comprendo que la señora Wille no pueda decidirse a remitirte cartas mías nada más que por consideración hacia ella misma. En tal caso es imposible interesarse en el contenido, ver de qué manera son apaciguadoras, necesarias, tales comunicaciones: una cosa basta, son cartas y ella puede, ella debe tal vez vacilar en remitirlas. De otra manera ¿de qué opinión sería pues la amiga? Ella no puede obrar sino lo que según su situación particular concerniente a todos los interesados le permite, y le permite ciertamente en el sentido mejor, el más noble. Solamente ella obra según tus deseos. ¿Entonces qué? ¡Una religión entre nosotros! 
Bastante por hoy. ¡La paz! ¡La paz!

R.W.

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13 de Septiembre.


Estaba tan triste que ni siquiera he podido confiar la menor línea a mi diario. Hoy recibo tu carta, tu carta a la señora Wille. Que tú me amas, lo sabía bien: eres como siempre, buena, profunda y llena de razón; he debido sonreír y casi alegrarme de mis recientes adversidades puesto que tú me procuras tan alta sensación de felicidad. Yo te comprendo - incluso cuando te quito un poco la razón -, porque en mi interior profundo tengo por injusto todo lo que me precisa considerar como medio de defensa contra una eventual inoportunidad de mi parte. Creía sin embargo, haber probado por mi alej amiento de Zurich, - de tan horrible memoria -, que era capaz de ceder y que desde entonces, tenía derecho de sentir la menor duda sobre mi ternura resignada como una grave e inmediata herida. ¿Pero a qué todo eso ahora? La sublime belleza de mi estado de alma estaba abatida; es necesario ahora levantarme penosamente. Perdóname si aún estoy vacilante. Yo encontraré la serenidad de uno o de otro modo. Dentro de poco escribiré a la señora Wille; Pero también en las cartas que le dirigíré, estoy decidido a poner a prueba mi moderación. ¡Dios mío, todo es igualmente difícil y el fin supremo no puede ser alcanzado más que manteniéndome moderado! ¡Sí! Todo está bien y todo irá bien. Nuestro amor domina todos los obstáculos y cada dificultad nos hace más ricos, más próximos a la espiritualidad, más nobles, más vueltos hacia el fondo, la esencia misma del amor que fortifica nuestra indiferencia por lo que no es esencial. Sí, criatura buena, pura y bella, venceremos; ya estamos en plena victoria.

Ricardo Wagner.

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16 de Septiembre.


Me siento serenado y dispuesto. Tu carta me alegra aún siempre. ¡Qué sensato, bello, encantador, es todo lo que viene de ti! El destino de nuestras personas me es, por decirlo así, indiferente. Es todo tan puro interiormente, se armoniza tan perfectamente con mi ser y la necesidad! Con estos bellos sentimientos quiero volver a empezar mi trabajo y espero el piano de cola. Tristán me costará muchos esfuerzos todavía: Cuando esté acabado, creo que me parecerá que un maravilloso período de mi vida habrá encontrado su conclusión y que elevaré en adelante mi mirada hacia el mundo con calma, claramente, profundamente, como un espíritu renovado y esto que a través del mundo miraré, serás tú. Tal es la razón por la cual experimento un deseo tan vivo de ponerme a trabajar. 
Por el momento, tengo una odiosa e interminable correspondencia, que me lleva mucho tiempo; pero siempre eres tú la que me traes el consuelo, y Venecia también me asiste maravillosamente. Por la primera vez respiro esta atmósfera siempre igual, pura y deliciosa; el aspecto magnífico de la ciudad me tiene en un estado de sueño dulcemente melancólico del que experimento aún y siempre el beneficio. Cuando a la tarde voy en góndola al Lido, hay alrededor de mí como esa vibración tierna y prolongada del violín, que tanto amo y a la cual te he comparado un día: puedes ahora imaginarte lo que yo siento al claro de luna sobre el mar.

R.W.

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18 de Septiembre.

Hoy hace un año que terminaba el poema de Tristán y te llevaba el último acto. Me acompañaste hasta la silla; delante del sofá me abrazaste diciéndome: ¡Ahora no me queda nada que desear! 
En este día, en este preciso momento, nací verdaderamente. Lo que había precedido era sólo el prólogo de mi vida; ahora comenzaba el epílogo. 
Sólo fué en el tránsito de este instante maravilloso cuando he vivido realmente. Tú sabes cómo he gozado. No con agitaciones, con arrebatos, con embriaguez; sino con solemnidad, profundamente, sintiéndome reconfortado, libre, con la mirada fija en la eternidad. Del mundo ya me había desprendido, más y más, dolorosamente. Tú te superabas -a la negación, a la defensa. Mi trabajo de artista había llegado a ser incluso doloroso, porque había en mí el deseo intenso, el inagotable deseo de encontrar para esta negación y esta defensa lo que me confirma, lo que me es propicio, lo que se une a mí. Este momento me lo otorgaba con tan indudable certidumbre que tuve la sensación de un silencio, de una parada solemne. Una mujer afectuosa, tímida y vacilante, se entregaba con un valor sublime en el océano de sufrimientos y de males para procurarme este momento espléndido, para decirme: «¡Yo te amo!» Así te consagraste a la muerte con el fin de darme la vida; asi recibí tu vida, con el fin de abandonar el mundo contigo, sufrir contigo y contigo morir. Entonces fué aniquilado el sortilegio del deseo insatisfecho. (1). Y tú sabes también que jamás estuve nunca después en desacuerdo conmigo mismo. La turbación y la angustia han podido apoderarse de nosotros, incluso tú has podido ser arrastrada por la ilusión de la pasión, pero yo, tú lo sabes, he sido siempre el mismo y mi amor por ti no podía ya desde este momento terrible, perder su perfume, ni siquiera perder un átomo de él. Toda mi amargura desapareció; he podido vagar, ser presa del dolor, pero para siempre sabía claramente que jamás se extinguiría esta luz, que tu amor era mi bien supremo y que sin él mi existencia sería una contradicción. ¡Gracias, ángel bello, pleno de amor!

Ricardo Wagner.

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(1) Frase que mantienen la esencia del poema de “Tristán e Isolda”. (N. del T.)

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23 de Septiembre.


La taza y el servicio han llegado bien. Es el primer signo amistoso desde fuera. ¿Qué digo? «Desde fuera». ¿Cómo aplicar esta palabra a cosas que me vienen de ti? Y sin embargo ello viene de lejos, de esa lejanía que ahora me es tan próxima. ¡Mil gracias, criatura imaginativa y encantadora! Callándonos de esta suerte, claramente nos decimos lo que nos es a tal punto inexpresable.

R.W.

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26 de Septiembre.


Por el momento no puedo siquiera ocuparme de mi diario; es abrumador la de cartas que tengo que escribir cargadas de comisiones y tareas. ¡Qué insensato soy! Esta eterna inquietud de vivir en el fondo, una tal aversión por esta vida que necesariamente he de cordinar artificialmente, a fin de no tenerla delante de los ojos, en todo su repelente horror. ¿Quién sabrá nunca lo que hay entre mí y la posibilidad de la paz, necesaria para mi trabajo? Pero quiero tener conformidad, porque es preciso. Yo no me pertenezco y mis sufrimientos, mi angustias, son los medios para llegar a un fin que los desafíe. ¡Valor, valor! Es preciso.

R.W.

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29 de Septiembre.


En este momento aparece la luna menguante tardíamente. Cuando estaba en toda su plenitud, me procuraba mucho consuelo; me ha iluminado agradables sensaciones de las que tenía necesidad. Después de la puesta del sol, por lo general, bogaba hacia su encuentro en góndola yendo al Lido. La lucha entre el día y la noche resultaba siempre un espectáculo magnífico bajo el cielo puro. A la derecha, en medio del éter de un rosa pálido, brillaba la fiel claridad de la estrella de la noche; la luna en todo su esplendor lanzaba hacia mí la red de sus brillantes rayos en el mar. Yo le volvía la espalda en aparecido. Un poco por encima de las Pléyades (1), grave y clara con su estela de luz creciente, se presentaba a mi mirada errante la cometa en dirección de tu vivienda, desde donde tú contemplabas la luna. Para mí el cometa no tenía nada de temeroso; además nada me inspira ya ningún temor, porque no tengo ninguna esperanza, ningún porvenir. Incluso no podía menos de sonreír de la emoción popular, la escogí como mi estrella con una cierta jactancia orgullosa. ¿Soy yo mismo un tal meteoro? ¿Llevé la desgracia? ¿Era por mi culpa? No podía quitármela de la vista. En la calma y en el silencio, llegué a la Piazzetta, alegremente iluminada, perpetuamente atravesada por una masa regocijada. Después, viene el curso por el Gran-Canal, grave y melancólico: a izquierda y a derecha magníficos palacios; silencio absoluto, nada más que el dulce deslizamiento de las góndolas, en el golpe de los remos. Grandes ondas proyectadas por la luna. Subo al palacio mudo: grandes alas, vastas galerías, habitadas sólo por mí. La lámpara arde; tomo un libro, leo un poco, reflexiono profundamente. Todo es silencioso, allá en el Gran-Canal, música. Una góndola, brillantemente iluminada con cantores y músicos; embarcaciones cada vez más numerosas, siguen cargadas de oyentes. A todo lo largo del canal avanza la escuadrilla, casi sin movimiento, deslizándose suavemente. Bellas voces, instrumentos medianos ejecutan canciones. Todos son oídos. Al fin, de un modo apenas perceptible, dan la vuelta y desaparecen más imperceptiblemente todavía; largo tiempo continúo escuchando la música, ennoblecida y purificada por el silencio nocturno: no puede entusiasmarme como arte, pero aquí se hace naturaleza. En fin, todo se calla; la última nota se funde en el claro de luna que continúa brillando, como el mundo de los sonidos hecho visible. 
La luna ha decrecido ahora. 
Yo no me siento bien desde hace algunos días: me ha sido necesario renunciar a mi paseo de noche. No me queda más que mi soledad y mi existencia sin porvenir. 
Sobre la mesa, delante de mí, hay un retrato pequeño. Es el de mi padre que no te pude enseñar cuando llegó. Tiene una fisonomía noble, dulce, melancólica y doliente que me enterneció infinitamente. Este retrato me ha llegado a ser muy querido. Quien quiera que venga a visitarme, espera ver, según todas las probabilidades, la imagen de una mujer amada. ¡No! No poseo ninguno de ella. Pero llevo su alma en mi corazón. Que mire en ella quién pueda. 
Buenas noches.

Ricardo Wagner.

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(1) Las pléyades las habfa escogido Wagner como arma.

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30 de Septiembre.


Hoy he pasado por muchas emociones. He sabido la ansiedad respecto a mí de aquellos que me son queridos; con ellos una bella carta, triste y alegre a la vez, como yo lo estaba verdaderamente. 
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Mi antiguo horror por los casamientos precoces me ha vuelto; salvo el caso de personas absolutamente indiferentes, no he visto ninguno que, a la larga, no termine en un desacuerdo profundo. ¡Qué desdicha entonces! Alma, carácter, talento, todo ha de perecer al menos que no intervengan coyunturas extraordinarias e incluso dolorosas. Así pues, todo es desdicha en torno a mí: lo que significa algo doloroso y abandonado; toda la insuficiencia quiere alegrarse absolutamente de existir. ¿Pero qué le importa eso a la Naturaleza? esta persigue sus fines ciegamente, no se ocupa más que de la especie, es decir, no quiere más que vivir siempre de nuevo, recomenzar largamente, hasta el infinito. El individuo al que carga de todos los sufrimientos de la vida no le supone más que un grano de arena en esta inmensidad de la especie, grano que puede reemplazar miles y millones de veces, si prefiere sobre todo a la especie. ¡Oh! No me gusta oír a nadie recurrir a la Naturaleza: los corazones nobles piensan siempre noblemente, y en sus llamadas son siempre ellos mismos los que hablan, es verdad. La naturaleza, por el contrario, no tiene corazón, está desprovista de sentimiento y cualquier ser egoísta, incluso cruel, puede invocarla con más confianza y certidumbre que el ser dotado de sensibilidad. 
¿Qué significa, pues, ahora una unión de esta suerte que convenimos para toda la vida en plena juventud desbordante, a la primera llamada del instinto propagador? ¿Y qué raramente logran ser discretos los padres por su propia experiencia? Cuando finalmente se han librado de la miseria y han encontrado el bienestar, olvidan todo y sin pensar en más, dejan a sus hijos precipitarse en el mismo camino. Sin embargo, en esto ocurre como en todo en la naturaleza, prepara la miseria al individuo, la desesperación y la muerte; solamente debe dejarle la facultad de elevarse por encima de estas tres pruebas, hasta la conquista de la más alta resignación. Ella no puede recusarse, mira entonces asombrada y dice: ¿ «Estaba bien lo que he querido»? 
Todavía no me siento completamente centrado; espero sin embargo mucho en esta noche, si duermo bien. Ciertamente tú no te alegrarás ¿no es verdad? Buenas noches.

R.W.

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1º de Octubre...


No hace mucho tiempo mi mirada iba de la calle a la tienda de un comerciante de aves, distraidamente examinaba la mercancía dispuesta de una manera limpia y apetitosa, cuando entonces un individuo, en un rincón se ocupaba en desplumar a un pollo, otro individuo introducía la mano en una jaula empuñando a otro pollo vivo al que arrancaba la cabeza. El grito espantoso del animal y sus quejidos de más en más débiles, durante el acto de violencia, hirieron espantosamente mi corazón. Desde entonces he podido sacudir esta impresión tan a menudo ya experimentada. Es desconsolador el pensar sobre qué abismos de crueles miserias está fundada en suma nuestra existencia, más ávida sin embargo de goces. Esto fué siempre para mi observación de una evidente claridad y, en razón de mi sensibilidad creciente, me doy cada vez más cuenta de que la verdadera causa de todos mis sufrimientos, radica únicamente en el hecho de no poder renunciar definitivamente a la vida y a las ambiciones. Las consecuencias deben señalarse por todo en mi humor, de una versatilidad a menudo inexplicable y amarga en relación a los seres más queridos, lo que no se comprende más que por esta oposición. En seguida que apercibo el absoluto bienestar y el esfuerzo intenso para llegar a él, retrocedo con una cierta sensación de horror dentro de mí. Cuando una existencia me parece libre de dolor o únicamente ocupada en apartar todo sufrimiento, soy capaz de perseguirla con indefectible amargura, porque me parece extraña al cumplimiento de la verdadera misión del hombre. Así pues, sin que haya de mi parte la menor envidia, experimento un odio instintivo contra los ricos, admito que, a pesar de lo que poseen, no se les puede estimar como dichosos; solamente hay en ellos el visible esfuerzo de querer serlo, y es lo que hace que yo me aleje. Con un refinamiento de intenciones, apartan todo lo que la miseria pudiera mostrar a su eventual compasión, todo aquello sobre lo que reposa su bienestar deseado; y sólo eso pone un nudo entre ellos y yo. Yo me he observado y he confirmado que me atrae una irresistible simpatía en dirección opuesta y que no estoy seriamente emocionado, más que cuando mi piedad ha despertado mi compasión. Esta compasión parece el rasgo más instintivo de mi yo moral, y, probablemente es ella tambien la fuente de mi arte. 
Lo que caracteriza la compasión, es que no está afectada por ninguno de los aspectos individuales del sujeto que sufre, sino más bien y únicamente por el sufrimiento observado en sí mismo. En amor no es así, en él nos elevamos hasta la comunidad absoluta de la alegría. ¡No podemos tomar parte en la dicha de una persona sino cuando sus cualidades especiales nos son homogéneas y agradables en el más alto grado. Cuando se trata de sujetos ordinarios, esto es más pronto y fácilmente posible, porque el instinto sexual es, por decirlo así, la causa exclusiva. Cuanto más elevada es la naturaleza, más difícil será llegar a la comunidad de la alegría; pero en tal caso tocará a lo sublime. Por el contrario, la compasión puede entregarse al ser más ordinario, más insignificante a quien, aparte de su sufrimiento, no despierta en nosotros simpatía ninguna; al que incluso si consideramos lo que puede hacerle feliz, nos resulta decididamente antipático. La causa de este hecho es inmensamente más profunda y apercibiéndola nos vemos elevados por encima de los límites de la individualidad, porque nuestra compasión se dirige solamente al sufrimiento en sí mismo, haciendo abstracción de la persona. A fin de enervarse contra la fuerza de la compasión se pretende corrientemente que las naturalezas inferiores, según el testimonio de la experiencia, sienten menos el sufrimiento que los organismos superiores; que el sufrimiento gana en realidad siguiendo el grado de sensibilidad que despierta la compasión, partiendo de que la piedad experimentada por naturalezas inferiores, constituye una prodigalidad, una exageración, incluso una degeneración de la sensibilidad. Esta opinión tiene por base, sin embargo, el error fundamental del que se ha originado toda la filosofía realista; y es aquí cuando aparece el idealismo en la plenitud de su significación verdaderamente moral, mostrándonos esta filosofía como estrechamente egoísta. No se trata del sufrimiento ajeno, sino más bien de que yo sufro viendo sufrir a mis semejantes. No conocemos el mundo que nos rodea sino cuanto podemos figurárnoslo, y tal como yo me lo figuro, existe para mí. Si yo lo ennoblezco, es que hay nobleza en mí; si siento profundamente el sufrimiento de aquellos que me rodean, es que mi sensibilidad es capaz de intensa emoción. Aquellos que por el contrario, se imaginan el sufrimiento de los demás en dimensiones reducidas, prueban por eso mismo que no hay grandeza en ellos. Así mi compasión hace del sufrimiento de los demás una verdad, y cuanto más insignificante es el ser al cual se dirige esta compasión, más grande es el campo de mi sensibilidad. He aquí el rango de mi carácter que podrá parecer a otros una debilidad. Yo admito que ello favorece el exclusivismo, pero estoy seguro de obrar conforme a mi naturaleza y, en todo caso, no hacer mal a nadie intencionadamente. Sólo esta consideración puede aún determinar mis actos: causar a los demás el menor mal posible. En esto estoy absolutamente de acuerdo conmigo mismo y de tal manera solamente puedo alimentar la esperanza de procurar la dicha a otros seres también, porque la única alegría verdadera es la comunión en la piedad. No puedo, sin embargo, imponer esta simpatía, es preciso que el ser amigo me la conceda espontáneamente y es por lo que no he podido encontrar más que una vez esta manifestación en toda su plenitud. 
Me explico igualmente por qué puedo tener más compasión por los seres inferiores que por los superiores. Tal como es, la naturaleza superior se ha formado elevándose por sus propios sufrimientos hasta la cima de la resignación, o bien posee las facultades indispensables para elevarse hasta ella, facultades que ha desarrollado. Tal naturaleza es la que se aproxima inmediatamente, la que es mi igual y con ella puede esperar a la comunidad de la alegría. Es por lo que, en el fondo, siento menos piedad hacia los hombres que hacia los animales. Compruebo que a estos le falta la facultad de poder elevarse por cima del sufrimiento, la resignación y su alivio profundo, divino. Si llegan pues a ser atormentados, por ejemplo, en el sufrimiento, veo con angustia el sufrimiento absoluto y sin remisión únicamente, sin el menor objeto elevado, con la muerte como único medio de liberación, y por ende, la confirmación de que más les hubiera valido no haber venido a la vida. Si por consiguiente este sufrimiento puede tener un objeto, sólo despertando la piedad del hombre que recoge la existencia incompleta del animal, viene a ser el liberador del mundo reconociendo el error de toda existencia. (Algún día te será expuesto esto más claro en el tercer acto del Parsifal - mañana del Viernes Santo -). Hacer constar la falta de desarrollo de esta facultad de liberación del mundo por la compasión humana, verla perecer por la falta voluntaria de cultura, me hace al hombre del todo antipático y disminuye mi piedad respecto de él hasta la entera extinción de la sensibilidad en presencia de su angustia. En ésta se encuentra la vía de redención por el hombre que falta al animal; si no la reconoce y quiere más bien tenerla oculta, experimenta la necesidad de abrirle esta puerta de par en par y puedo ir hasta la crueldad para hacerle comprender la angustia del sufrimiento. Nada me es más indiferente que la queja del filisteo a propósito de su bienestar en peligro: toda piedad vendría a ser aquí una complicidad. Lo mismo que resulta de todo mi ser que se emplea en exaltar a aquellos que se encuentran al nivel, ordinario, lo mismo aquí no tengo más que una sola apetencia, la de clavar el aguijón para que lleguen a sentir el gran dolor de vivir. 
Contigo, criatura mía, ha acabado también mi piedad. Tu diario que me has dado aun en el momento supremo, tus últimas cartas te muestran tan alta, tan sincera, tan purificada por el sufrimiento, tan dueña de ti misma y del mundo, que no evocas en mí otro sentimiento que el de la comunidad de la alegría, la veneración, la adoración. Tú no ves ya tu dolor, sino el dolor del mundo; tú no puedes figurarte siquiera el sufrimiento más que bajo esta forma. Tú has llegado a ser poeta, en la excepción más elevada de la palabra. 
Sin embargo, experimenté una terrible piedad hacia ti el día en que me rechazaste cuando eras víctima no ya del sufrimiento, sino de la pasión, cuando te juzgaste traicionada, cuando creíste desconocido lo que hay en ti de más noble. Entonces me apareciste como un ángel abandonado de Dios. Y, lo mismo que tu estado de crisis me libró rápidamente de mi propia turbación, me concedió la inventiva para procurarte el apaciguamiento y la curación. Yo encontré a la amiga que podía llevarte mejor que nadie el consuelo y la ayuda, calmar, conciliar. He ahí la obra de la piedad. Verdaderamente pude olvidar mi propio yo, pude substraerme para siempre de las delicias de tu vista, de tu presencia, con el solo pensamiento de llevarte así la calma, la pureza, de devolverte a ti misma. Así pues no desdeñes mi piedad por los demás, donde veas su influencia, puesto que a ti no puedo ofrecerte sino la comunidad de la alegría. ¡Oh! Ésta sí, es la más alta cima; no puede aparecer sino con la más absoluta simpatía. Del ser inferior, a quien concedía mi piedad, tuve que apartarme rápidamente, tan pronto me pidió la comunidad de la alegría. Esta fué la causa de mis últimas explicaciones con mi mujer. La desgraciada había comprendido a su manera mi decisión de no pasar más el umbral de tu casa y creía que eso significaba una ruptura contigo. Ella se imaginó que a su regreso la paz y la confianza había de renacer entre ella y yo. ¡Qué espantosamente debí desilusionarla! Ahora, ¡la paz, la paz! Otro mundo se va abrir para nosotros. Bendita seas en el bien y bien venida a la eterna comunidad de la alegría.

Ricardo Wagner.

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3 de Octubre.


Llevo una existencia penosa después de todo. Cuando pienso de qué terrible masa de inquietudes, exasperaciones, angustias y penas he de cargarme para procurarme de vez en cuando un poco de alegría, tengo casi vergüenza de imponerme aún de tal suerte a la vida, porque el mundo, si bien se considera, no quiere nada de mí. Esta lucha incesante en persecución de adquirir lo necesario, estos frecuentes y largos períodos durante los cuales no puedo pensar nada más que en los medios de procurarme, por poco tiempo, la tranquilidad y de atender a mis necesidades: abdicando de mi verdadera naturaleza y mostrándome a los ojos de aquellos para quienes quiero subsistir, de distinto modo a como soy, a decir verdad es indignante y por colmo es preciso todavía estar hecho como yo para verlo claramente. Todas las inquietudes se combinan naturalmente con la existencia de aquel que no vive más que para sí mismo, y que en el esfuerzo penoso para procurarme lo necesario encuentro precisamente el condimento para el goce imaginativo del resultado obtenido. Por eso nadie comprende en el fondo por qué razón se rebelan absolutamente los que son como yo, porque es el destino y la necesidad para todo. ¿Quién comprende realmente y con simpatía que un ser pueda considerar la vida no como un camino hacia un objeto personal, sino como un medio indispensable de llegar a una finalidad superior? Es preciso que no tenga que cumplir un destino particular; si no ¿ cómo hubiera podido resistir tanto tiempo ya y como resistiría aun hoy, especialmente? Lo que resulta angustioso es el sentir de más en más que ningún ser, a decir verdad, ningún hombre al menos se interese en mí seriamente desde el fondo de su corazón; y con Schopenhäuer, empiezo a dudar de la posibilidad de toda verdadera amistad, me siento dispuesto a relegar al demonio de la fábula lo que se denomina como tal. No se imagina de ningun manera qué raramente llega un amigo a darse cuenta de la situación - por no hablar del carácter íntimo - del que tiene por amigo. Pero esto se explica por sí mismo; por la naturaleza de las cosas, esta amistad sublime no puede constituir más que un ideal mientras que la naturaleza misma, esta creadora, esta egoísta, cruel desde su origen, no podría incluso con la mejor voluntad cambiar nada de ello. No puede más que considerarse en cada individuo como siendo el mundo entero, y no reconocer otra individualidad más que mientras ésta aduce la errónea concepción del yo. He ahí la verdad. Y a pesar de eso, se la tiene por buena. ¡Dios mío! ¡Qué valor debe tener aquello por lo que se sufre todavía después de tales comprobaciones!

R.W.

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5 de Octubre.


No hace mucho tiempo que la Condesa A... me anunció el próximo envío de una pequeña estatua. No lo entendí y acabé entre tanto la lectura de la «Historia de la Religión de Budha», por Köppen. Un libro de poco provecho. En lugar de los trazos que caracterizan verdaderamente la más antigua de las leyendas, que yo buscaba, nada, por decirlo así, más que la exposición de su desarrollo hecho extensamente, lo cual resulta evidentemente tanto más desagradable cuanto que el germen original es más puro y sublime. Después de haberme indignado por la descripción detallada del culto fijado desde ahora para siempre, con sus reliquias y sus imágenes, sin ningún gusto, de Budha, veo llegar la pequeña estatua, que resulta ser un ejemplar chino de una de sus imágenes veneradas. Grande fué mi horror y no pude ocultárselo a la Condesa, que se creía estar en la verdad. 
Resulta muy penoso el defenderse de semejantes impresiones en este mundo inclinado a desfigurarlo todo. La gente acostumbra a representar de tal manera rebajando lo que hay de más noble a su propio nivel, es decir, caricaturizando cuando no puede elevarlo a su propia altura. He conseguido sin embargo conservar puro el Budha, hijo de Cakya, a pesar de las caricaturas chinas. 
No obstante, en la historia he descubierto un trazo nuevo respecto al cual no había prestado atención hasta ahora, que me resulta precioso y me dará probablemente una solución importante. Hela aquí: Cakya-Mouni era absolutamente opuesto a la admisión de las mujeres en la comunidad de los santos. Emite en diferentes ocasiones, la opinión de que las mujeres están, por su naturaleza, demasiado sometidas a la sexualidad y de ahí al capricho, a la obstinación y a la existencia personal para poder llegar al recogimiento y a la intensa contemplación, indispensables al individuo, si quiere separarse de la tendencia natural y conseguir la redención. Fué Amanda, su discípulo favorito el mismo al cual he dado un papel en mis «vencedores» quien hizo al fin renunciar al maestro a su rigor y abrir a las mujeres las puertas de la comunidad. Esto no tenía para mí una gran importancia. Mi plan ha adquirido fácilmente un vasto desarrollo. Lo más difícil era prestar una forma gramatical, sobre todo musical, a este ser humano liberado de todos los deseos, el Budha mismo. La solución del problema está en que ha de llegar aún a más alto y último grado de purificøción, aceptando una nueva verdad, que le viene, como toda verdad - no por el encadenamiento abstracto de las concepciones, sino por la experiencia visible del sentimiento, por consiguiente, por un choque, un movimiento de su propio yo que le hace ascender así a la última cima hacia la más alta perfección. El instigador de esta ascensión es Amanda, que está más cerca de la vida y directamente bajo la influencia del violento amor de la joven Tchandala. Amanda, profundamente conmovido, no puede responder a este amor más que siguiendo su trayectoria, la más elevada, deseando atraer la bien amada hacia sí para hacerla participar de las delicias de la suprema felicidad. Su maestro se opone a sus designios, no brutalmente, pero deplorando un error, una imposibilidad. Finalmente, cuando Amanda lastimado cree deber abandonar toda esperanza, Cakya, por el poder de su compasión es como atraído por un nuevo y último problema, cuya solución ha retardado su renunciamiento a la vida, se siente dispuesto a probar a la joven. Ésta viene en busca del maestro. Pide con súplicas que la permita desposarse con Amanda. Él enumera las condiciones: renuncia al mundo, desprendimiento de todos los lazos de la Naturaleza. Ella es bastante sincera a este último mandato para desvanecerse abrumada. Llega entonces (¿te acuerdas aún?) la bella escena con los brahmanes, que reprochan a Cakya-Mouni, su conducta respecto de la joven como una prueba del error de su doctrina. Cakya-Mouni rechaza entonces todo orgullo humano y su compasión hacia la muchacha de la que evoca así mismo y de la que revela a sus antagonistas todas las existencias anteriores, adquiere tal fuerza desde que se declara dispuesta a todas las promesas, habiendo sentido la inmensa conexión del sufrimiento del mundo por su propio sufrimiento. Él la acepta en la comunidad de los santos, alcanzando así el último grado de purificación. Considera entonces su existencia liberadora, dedicada a todos los seres como acabada, puesto que ha podido conseguir la salud también a la mujer; directamente. 
¡Dichosa Savitrí! ¡Tú puedes seguir por todas partes al bien amado, tú puedes estar para siempre a su lado! ¡Dichoso Amanda!, ¡ella está cerca de ti ahora, la bien amada; tú la has conquistado para siempre! 
Querida mía, el sublime Budha tenía razón alejando severamente el arte. ¿Qué ser sentirá más que yo el que este desgraciado arte es el que me sumerge eternamente en los dolores de la vida, en todas las contradicciones de la existencia? Si yo no poseyese este don maravilloso, esta fuerza predominante de la fantasía creadora, podría llegar a ser santo, según la claridad de la conciencia, siguiendo el impulso del corazón y, en tal calidad, te diría: «Abandona todo lo que te retiene, rompe los lazos de la naturaleza; a este precio encontrarás la vía libre hacia la salvación». 
Entonces seríamos liberados: Amanda ¡y Savitrí! Pero no es así. Porque, mira, eso mismo, este conocimiento y esta clara penetración hacen de mí un poeta, ellos me conducen hacia el arte. Al momento en que me vienen, me aparecen como imágenes con la más intensa, la más expresiva visibilidad, pero como imágenes que me subrayan. Es preciso que yo examine más de cerca, más atentamente para ver mejor, más profundamente para coger los trazos, llegar a la ejecución, dar vida a esta imagen como si fuese mi propia creación. Por eso mismo tengo necesidad de estar en disposiciones favorables de entusiasmo, de comodidad; me hace falta apartar las necesidades vulgares, las distracciones banales de la vida, y todo eso debe ser conquistado sobre esta vida misma, tan fastidiosa, tan obstinada, tan hostil en todo, a la cual no puedo aproximarme más que de la manera que le conviene, la forma que comprende. Así debo borrar eternamente el remordimiento en el alma, vencer el error que alimento yo mismo, la inquietud, la exasperación, la angustia, nada más que para decir lo que yo veo y no puedo ser. Para no sucumbir tengo mi mirada fija en ti; grito con más fuerza: «ayúdame, quédate a mi lado!», tú te alejas más y una voz me responde: «¡En este mundo en el que te cargas de esta angustia para realizar tus visiones, en este mundo ella no te pertenece!» Pero todos los insultos, todas las torturas, todas las incomprensiones que tú sufres envuelven también esta atmosfera; ella pertenece a eso y eso tiene derecho sobre ella. ¿Por qué encuentra también la dicha en tu arte? Tu arte pertenece al mundo y ella también pertenece al mundo. 
¡Oh, si vosotros, sabios limitados, comprendieseis a Budha, grande y amante, os maravillaríais de la profunda intención que le mostraba el arte como el más invencible obstáculo para llegar a la dicha! ¡Creedme, os lo puedo afirmar! 
¡Dichoso Amanda, dichosa Savitrí!

Ricardo Wagner.

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6 de Octubre.


El piano acaba de llegar, de ser desembalado e instalado. Mientras que lo afinaban, he releído tu diario de primavera. Ahí se encuentra también el Erard. Desde su llegada me siento emocionado. A la adquisición de este instrumento se ve una circunstancia significativa. Ya sabes desde cuanto tiempo deseaba vanamente poseerlo. Cuando, en enero último fuí a París, ¿sabes por qué? me obsesionaba extrañamente hacer diligencia tras diligencia para adquirir semejante instrumento. No tenía intención seria en ninguno de mis proyectos; todo me era indiferente, no me ocupaba de nada con asiduidad. Muy diferente fué mi visita a casa de la señora Erard: me entusiasmé por esta persona mezquina y completamente insignificante, y - lo supe después - yo la atraía a ella misma con pleno entusiasmo. Adquirí el instrumento como por juego. ¡Maravilloso instinto de la naturaleza, que se expresa en cada individuo siguiendo su carácter, siempre como un instinto de conservación! La importancia de esta adquisición había de serme cada vez más clara. El 2 de mayo, poco tiempo antes de la fecha en la cual comenzaste tu viaje de recreo, cuando iba a sentirme de tal modo abandonado, llegó lo que tanto tiempo había esperado. El día en que se instaló el piano en mi casa hacía mal tiempo, frío áspero, tuve que renunciar a verte sobre la terraza. El piano no está aún completamente instalado, de repente te veo salir de la sala de billar hacia el balcón de delante. Coges una silla y miras hacia mi dirección. El piano estaba entonces instalado; abrí la ventana y ataqué los primeros acordes. Tú no sabias de ninguna manera que era el Erard. Durante todo un mes estuve sin verte y durante este tiempo me pareció cada vez más claro y evidente que nosotros debíamos estar separados. ¡Ahora verdaderamente sentiré mi vida acabada! Pero este instrumento de una dulzura misteriosa y melancólica, me atrajo de nuevo completamente hacia la música. Yo le titulé «El Cisne» venido para hacer volver a su patria al pobre Lohengrin. En estas condiciones emprendí la composición del segundo acto de Tristán. La vida se hundía alrededor de mí como una bruma de sueño... Tú volvías. No nos hablamos más: hacia ti «El Cisne», cantaba. 
Ahora estoy completamente separado de ti; entre nosotros dos se alzan los Alpes hacia el cielo. Comprendo con toda claridad lo que debe ser el futuro, lo que será y que mi vida no será ya una vida. 
¡Ah! Sí, el Erard estaba aquí - y lo he pensado frecuentemente -, vendría en mi ayuda, sí, seguramente. Largo tiempo he tenido que esperar. Ya está aquí al fin el magnífico instrumento de la bella voz que yo adquirí en el momento en que sabía que iba a perder tu presencia. Con qué simbólica claridad me habla mi genio, mi demonio aquí. Casi sin conocimiento caí entonces sobre el piano; pero la disimulada voluntad de vivir sabía lo que quería. ¡El piano! Sí, un piano; pero era el ala (1) del ángel de la muerte.

R.W.

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(1) La palabra flügel, significa en alemán al mismo tiempo cola y ala. (N. del T.)

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9 de Octubre.

He comenzado ahora. ¿Con qué? 
No poseía en nuestros lieder más que los rápidos borradores a lápiz, a veces muy sumarios y tan indescifrables que temí olvidarlos absolutamente algún día. Me ví obligado a volverlos a tocar; los he evocado completamente en mi memoria, después los he anotado cuidadosamente. Ahora no me es ya necesario que tú me envíes los tuyos; tengo los míos aquí. 
Fué pues mi primer trabajo. Las hadas han sido ensayadas. Nunca he hecho nada mejor que estos lieder y pocas cosas en mi obra podrán igualarlos.

«¡Y desvela tu enigma, 
naturaleza sagrada... !»

Tenía grandes deseos de modificar la expresión «naturaleza sagrada». El pensamiento es exacto pero no la expresión. La naturaleza no es «sagrada» salvo cuando se eleva hasta la serenidad. Pero por el amor tuyo no he modificado nada.

R.W.

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12 de Octubre.


Mi amigo Schopenhäuer dice en alguna parte «Es mucho más fácil descubrir en la obra de un gran espíritu las faltas y los errores que dar una exposición clara y completa de su valor. Porque las faltas son cosas particulares y determinadas, lo que permite advertirlas en su integridad mientras que, al contrario, la marca distintiva que el genio imprime a su obra es lo que la confiere su excelencia insondable, inagotable». 
Yo aplico esta sentencia con la más profunda convicción a tu última carta. Lo que me parecia erróneo en ella lo apercibía tan fácilmente que hubiera podido hablar de ello inmediatamente después de su lectura; la profundidad, la belleza, el caracter divino de tu carta, sin embargo, llega a ser punto infinito e inagotable que sólo me hace gozar y no hablar contigo de ello. Qué único y eficaz consuelo es para mí el saberte tan alta, tan pura. Me es imposible expresártelo de otra manera que por el esfuerzo que ha de venir, el esfuerzo final de mi vida. No te podría decir cuál será la apariencia exterior, es verdad, porque ésta pertenece al Destino. Pero la esencia interior, de la cual sacaré los contornos exteriores de mi destino, se condensa al fondo de mi ser en una conciencia clara y firme, que voy a explicarte lo más pronto posible. 
Tú conoces mi vida hasta el día en que te encontré, hasta el día de nuestra unión. Del mundo, cuya esencia era cada vez más hostil a mi ser, yo me retiré siempre más consciente y decididamente sin poder romper, sin embargo, todos los lazos que me unían a él, dada mi situación de artista y de hombre falto de recursos. Yo huía a los seres humanos porque su contacto me resultaba doloroso; buscaba la soledad y la vida retirada con una intención perseverante y, por el contrario, alimentaba con una creciente intensidad el deseo de encontrar en un solo corazón, en una individualidad dada el puerto de refugio y de liberación en el que fuese acogido sin reservas. Conforme a la naturaleza del mundo esto no podía darse más que en una mujer amante, incluso sin descubrirla, esto había de ser claro para mi mirada intuitiva de poeta y las más nobles tentativas no habían podido más que demostrarme la imposibilidad de llegar a mi objeto en la amistad de un hombre. Pero jamás creí que encontraría la dicha tan completa, el apaciguamiento tan absoluto como junto a ti. Aún te lo repito una vez más: tú has tenido el valor de precipitarte en todos los sufrimientos posibles del mundo para poder decirme: «¡Te amo!». Esa fué mi liberación; de ahí me vino esta calma sagrada que dió a mi vida una nueva significación. Pero este fin divino no podía ser obtenido más que al precio de todos los sufrimientos, de todas las angustias del amor, ¡hemos vaciado el cáliz hasta la hez! Y ahora que hemos pasado todos los tormentos, que ningún sufrimiento nos ha sido perdonado, ahora debe aparecer claramente la esencia de la vida superior que hemos merecido por los horrores de estas difíciles pruebas. En ti, brilla ya tan pura, con tanta certidumbre que, por tu alegría, no puedo sino mostrarte ahora de qué manera comienza a reflejarse en mí. 
El mundo es vencido: Por nuestro amor, por nuestros sufrimientos, se ha vencido a sí mismo. No me es ya un enemigo delante del que hay que huir, sino más bien un objeto indiferente, sin importancia para mi voluntad, respecto al cual no experimento el menor temor, que no evoca en mí dolor alguno, por tanto ningún disgusto. Siento eso más distintamente cuanto que no experimento ya con tanta intensidad el deseo de la soledad absoluta. Este deseo tomaba antes las proporciones de una verdadera nostalgia, de una persecución apasionada. Ya se me ha apaciguado completamente, lo siento bien. Las últimas decisiones que hemos tomado me han conducido a esta clara intuición: que no tengo nada que desear, nada que buscar. Después de la plenitud con la cual tú te has entregado a mí, no puedo llamar a eso resignación, menos aún desesperación; este estado de alma audaz se oponía a mí antes como el resultado final de mis deseos y de mis intentos, siendo dichoso por ti estoy liberado de su necesidad. Tengo la sensación de una saciedad divina. La pasión ha muerto, porque está completamente apaciguada... Revivido, miro de nuevo este mundo que me parece así bajo un aspecto totalmente distinto. Porque no tengo nada que buscar en él, no tengo ya que encontrar el puerto de seguridad donde pudiera salvarme. Ha llegado a serme un espectáculo totalmente objetivo como la naturaleza, en la que veo salir, llegar y acabar el día, en la que veo nacer y morir gérmenes de vida, sin que mi ser interior parezca depender de estas llegadas y de estas partidas, de estos nacimientos y de estas muertes. Respecto a él representa casi exclusivamento el papel del artista que observa y crea, del hombre sensible que simpatiza sin querer buscar, no obstante, él mismo, lo que sea. Exteriormente, reconozco esta nueva situación en esto, en que no siento más el deseo, bien conocido de ti de una casa retirada y solitaria; y admito que en eso la experiencia, dolorosamente adquirida, ha colaborado conmigo. Porque tengo lo que podía adquirir de superior y más precioso en tal sentido no me satisface, porque nuestra separación y la necesidad de ella había de enseñarme que «El Asilo» ardientemente deseado, no puede, no debe serme concedido. 
¿Pero dónde prepararme un asilo nuevo? 
He llegado a ser totalmente insensible a este deseo desde que he abandonado el último, el desgraciado «Asilo». Por el contrario me siento perfectamente fortificado, y calmado en lo más profundo de mi ser, protegido contra las asechanzas del mundo entero por el asilo inviolable, indestructible y eterno que he encontrado en tu corazón, que de ahí pueda contemplar el mundo con una sonrisa benévola y llena de compasión, este mundo al cual me es imposible pertenecer en adelante sin desabrimiento, porque no le pertenezco ya en sujeto sufrido precisamente, sino solamente en sujeto compasivo. Acepto, pues, exento de todo deseo, la forma de mi destino exterior para deterrninarla en seguida y según me convenga. Yo no deseo nada; lo que se presente a mí por sí mismo y ni sea contrario a mi conciencia clara, lo aceptaré con calma, sin esperanza, pero también sin desesperación, a fin de cumplir mi misión lo mejor posible, tanto como lo permita el mundo, sin ocuparme de una recompensa, sin pedir siquiera la comprensión. Siguiendo esta vía tranquila, (cuyo descubrimiento es el resultado de luchas sin fin contra el mundo y en seguida mi liberación por tu amor), me estableceré algún día probablemente donde disponga de serios recursos de arte para la adquisición de los cuales no tengo necesidad de inquietarme en primer lugar (porque semejante juego no me representa gran cosa) y así podré hacerme ejecutar periódicamente a mi gusto y según mis ocios las obras mías de una manera soportable. Evidentemente no puede ser de ninguna manera cuestión de una plaza o de un empleo. No tengo tampoco la menor predilección por tal o cual sitio: porque en ninguna parte busco ya nada determinado, ni individual, ni siquiera íntimo. Estoy completamente liberado de esta necesidad. Aceptaré más bien lo que me permitan mis relaciones más banales, incluso las más superficiales de mi alrededor y eso me será tanto más fácil cuanto en que la villa en que resida sea más considerable. No pienso de ninguna manera en retirarme hacia alguna intimidad cualquiera que sea (a Weimar, por ejemplo); semejante pensamiento incluso me altera absolutamente. No puedo conseguir un sentimiento de seguridad respecto del mundo más que considerando los hombres de una manera general, sin la menor relación individual. Jamás podré esforzarme en atraerme el uno o el otro hacia mí, como en Zurich. 
Tales son los trazos fundamentales de mi estado de alma. Lo que vendrá en cuanto al punto de vista del exterior no puedo afirmarlo con certidumbre - lo repito -. Además eso me es prof undamente indiferente. No pienso de ninguna manera en nada que sea estable, para mi porvenir: persiguiendo la estabilidad ¡me he habituado totalmente al cambio!, dejo el campo libre por lo mismo que me encuentro enteramente exento de deseos. 
¿Qué forma tomarán nuestras relaciones personales, las relaciones entre tú y yo? Para eso querida mía hará falta fiarnos del Destino. Es la sola cosa que aún me hace sufrir. 
Porque aquí está el punto sensible, el aguijón del dolor, la amargura cerca de otro que hace para nosotros imposible la divina dicha de estar juntos, sin que los otros ganen en eso absolutamente nada. Aquí no somos libres, dependemos de aquellos por los cuales nos sacrificamos y a los que volvemos ahora con el pensamiento del gran sacrificio en el alma, para experimentar sobre ellos inmediatamente el efecto de nuestra compasión. Tú educarás tus hijos; - ¡que te acompañe mi ferviente bendición en tal fin! - ¡que puedas encontrar la alegría y la noble recompensa de tus esfuerzos en ello! Yo no elevaré jamás mi mirada hacia ti sino con el más profundo contento. Nos volveremos a ver también; pero me parece que a lo primero solamente como en sueños, como dos fantasmas que se encuentran en los lugares donde han sufrido para experimentar por una vez aún la alegría de las miradas cruzadas, de las manos enlazadas, que les elevaba del mundo y les ganaba el cielo. Sí, siéndome dada mi paz profunda alcanzaba una bella edad, tal vez me fuese concedida la dicha de volver cerca de ti, cuando todo sufrimiento y todo rencor, hubiesen sido vencidos. Entonces «El Asilo» pudiera aún llegar a ser una verdad. Es posible que yo tuviese incluso necesidad de cuidados. No me faltarán sin duda alguna. Tal vez -llegarás tú aún alguna mañana al gabinete de trabajo tapizado de verde, hasta mi cama, para recibir en tu abrazo mi alma con un último beso de adiós. 
Y mi diario se terminaría así como ha comenzado. ¡Sí, querida mía, que este diario sea cerrado ahí! Te representa mis sufrimientos, mi ascensión, mis luchas, mi juicio sobre el mundo, y, sobre todo, mi eterno amor hacia ti. Acéptalo de buena fe y perdóname si abro de vez en cuando una herida. 
Ahora vuelvo a Tristán a fin de que, por tu intermediario, el arte profundo del silencio sonoro te hable en mi nombre. La soledad y el retiro en los cuales vivo me reaniman; aquí uno mis esfuerzos dolorosamente esparcidos. Ya, desde hace algún tiempo, puedo apreciar mejor que antes el beneficio de un sueño profundo y tranquilo durante la noche, quisiera poder concedérselo a todos. Quiero gozarlo hasta que mi obra prodigiosa esté madura y terminada. Sólo entonces veré qué cara me pone el mundo. El gran Duque de Baden, me ha obtenido por sus gestiones la autorización de poder residir en Alemania durante algún tiempo, con el fin de poder montar personalmente una obra nueva. Tal vez lo use para «Tristán», hasta entonces quedo con él, solo en un mundo de ensueños venido a ser vivo y presente. 
Si me sucede alguna cosa que valga la pena de ser comunicada, la anoto, la añado a mi colección y tú recibirás noticias en cuanto manifiestes el deseo. Nos daremos mutuamente noticias tan frecuentemente como sea posible, ¿no es así? No pueden más que alegrarnos, porque entre nosotros todo es puro y claro; ningún error, ningún mal entendido puede oprimirnos. Adiós, pues, ángel mío, mi liberadora divina, querida y pura mujer. ¡Adiós, sé bendita con toda la devoción profunda de mi alma!

Ricardo Wagner.

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Venecia, 18 de Octubre de 1858.

Hoy hace un año que tuvimos una bella velada en casa de los Wille. Hacía un tiempo maravilloso. Festejábamos el 18 de septiembre. Al regreso del paseo, hacia las alturas, tu marido ofreció el brazo a la señora Wille, yo pude, pues, ofrecerte el mío. Hablamos de Calderón: ¡Qué a propósito venía! Una vez en la casa, me puse al piano: ni yo mismo comprendía lo bien que tocaba. Fué una tarde magnífica, exuberante. ¿La has festejado hoy? ¡Oh!, este hermoso tiempo debía florecer para nosotros una vez; pasó, pero la flor no pereció, su perfume persistirá eternamente en nuestras almas. 
Hoy he recibido también una carta de Liszt que me alegra mucho, de suerte que me encuentro en una disposición de espíritu verdaderamente serena. Y con todo eso hace además buen tiempo. Yo había escrito a Liszt cosas desagradables, hacía falta, porque me es muy querido y le debo la más absoluta sinceridad. Ahora me contesta con una inconmovible ternura. Aprendo por esta bella experiencia que no tengo que lamentar mi convicción de la imposibilidad de una amistad perfecta, según se nos presenta como el ideal. En efecto, esta imposibilidad no me hace de ninguna manera insensible sino, por el contrario, tanto más reconocido y lleno de simpatía por lo que, en la realidad, se aproxima de este ideal. 
Entre la inteligencia de Liszt y la mía, existe una tal diferencia esencial, que a menudo la dificultad e incluso - según he de creer - la imposibilidad de hacerme comprender de él me atormenta y me dispone a una amargura irónica. Pero aquí entra en juego el afecto, con un tal deseo de conciliación y de apaciguamiento que no creo, por decirlo así, en las relaciones de cálida amistad entre hombres, si no existen entre ellos concepciones diferentes. Porque este sentimiento amistoso es el que solamente puede establecer la armonía, las maneras de pensar no concordarán jamás, a menos que se trate de seres insignificantes entre los que las opiniones sean fundadas sobre lugares comunes. Sí, más originales, están por encima de este nivel no puede haber cuestión verdaderamente más que de una concordancia lógica y práctica de inteligencia, como sucede en la esfera científica. La verdadera amistad no comienza más que cuando por una intervención superior se nivelan las divergencias y las hace parecer insignificantes. Esta agradable impresión la he sentido varias veces con Liszt. 
Sin embargo, no puedo negar que sea preferible para los dos no estar mucho tiempo juntos, porque en tal caso tengo que temer una revelación demasiado evidente de la diferencia que existe entre nosotros. Ganamos mucho los dos en estar alejados el uno del otro. En cuanto a nosotros, tú y yo, lejos o cerca, estamos unidos, no hacemos más que uno.

R.W.

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24 de Octubre.

¡Cómo dependo de ti, mi bien amada! Lo he sentido tan profundamente estos últimos días. Por ti solamente había conquistado la bella serenidad de mí alma: te sabía tan alta y purificada que yo debía serlo contigo. Y ahora he aquí la llegada de este duelo, este dolor melancólicamente grave de saberte afligida por la pérdida de tu hijo. ¡Qué cambio repentino! Todo orgullo, todo apaciguamiento desvanecido tan de prisa en una sacudida de tierna angustia. ¡Pena profunda, lágrimas, duelo! El mundo apenas edificado vacila, la mirada no lo ve más que a través del llanto. La fuerza del exterior ha venido a golpear la puerta de nuestras almas para verificar si todo es allí sincero. Fué un período grave. Pero tú tendrás en cuenta de que en estos días sólo con esfuerzo he pensado en mi trabajo. ¿Podría decir que absolutamente nada? Pero no, deduzco sin embargo, que se trata de una falsa vocación mía; estoy persuadido más bien de que este trabajo constituye la expresión de mi ser, el cual dispone aún de otras y de más seguros medios de expresarse. Puedo sufrir contigo, afligirme contigo. ¿Podría hacer alguna cosa más bella, cuando tú sufres, cuando estás afligida? 
Procura que reciba lo más pronto, noticias tuyas, a fin de que pueda verte claramente en esta grave y pesada prueba. Como lo que viene de ti me será, una enseñanza, un ejemplo de belleza para mi. ¡Que yo encuentre en tus palabras el sentimiento que está habituado a abrazar el mundo entero, del que formaba parte también tu hijo, su vida, su dulce fin. Estate cierta de ser siempre comprendida por mi ferviente amistad. 
Querida, pobre criatura.

Ricardo Wagner.

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31 de Octubre, noche.

¿No sabes tú, querida mía, que yo dependo de ti, únicamente de ti? Que la grave serenidad con la que se cerraba el diario que te he expedido no era más que la imagen reflejada de la tuya, del bello estado de tu alma, que me había sido comunicado. ¡Oh!, no me tengas por tan grande como pueda ser más que por mí y para mí, el que soy tal como soy. ¡De qué profunda manera lo siento ahora! Estoy destrozado hasta el corazón por un sufrimiento, y envuelto por una desesperanza inexpresables. He recibido tu envío, tengo ahí tu diario, tu respuesta ¿No sabes pues, aún que sólo vivo para ti? ¿Es que no lo creías cuando recientemente te lo hacía decir? Igualmente elevarme hasta ti; he ahí a lo que se aferra mi vida. No hay que acusarme cuando te afirmo que no formamos sino un ser que yo siento como tú, que comparto tu estado de espíritu, la más escondida de tus penas es la mía también, no sólo porque eso es tu vida, sino porque muy claramente, ciertamente es también la mía. ¿Te acuerdas tú lo que nos escribimos cuando yo estaba en París y estalló simultáneamente el dolor en nosotros tras la comunicación recíproca y entusiasta de nuestros proyectos? Aun es así. Así será siempre, hasta el fin. Todo es quimera. Todo es ilusión. No somos hechos para conformar el mundo a nuestra imagen. ¡Oh querido y puro ángel de verdad! ¡Bendita seas por tu divino amor! ¡Oh, yo sabía todo! ¡Qué penosos días he atravesado! ¡Qué angustia creciente, qué profundos tormentos! El mundo estaba detenido; yo no podía respirar más que sintiendo tu aliento. ¡Oh, mi dulce, dulce criatura! Hoy no puedo consolarte yo, pobre y triste, destrozado como lo estoy! No puedo ofrecerte tampoco el bálsamo para tu herida, no puedo llevarte la curación. ¿Cómo sería ello posible?... Mis lágrimas amargas corren como un torrente tumultuoso: ¿Es eso lo que te podría curar? Yo sé que son lágrimas de un amor como quizás no se haya visto jamás; en estas lágrimas me parece reflejarse toda la amargura del mundo. Y sin embargo, la única felicidad que puedo experimentar hoy, me la dan ellas; me proporcionan una profunda, una absoluta certidumbre, un derecho indiscutible, inatacable. Son las lágrimas de mi eterno amor hacia ti. ¿Podrían ellas curarte? ¡Oh, cielo! Más de una vez estuve a punto de partir sin perder un segundo para ir a buscarte. ¿Renuncié a ello por el temor de mí mismo? No, seguramente no, sino por el cuidado de tus hijos. Por amor de ellos, aún y siempre. ¡Valor! No será más largo. Me parece que podré pronto presentarme ante ti rodeado de más belleza, envuelto en un encanto mayor, en una palabra, más digno de ti. ¡Lo quisiera tanto! ¿Pero qué es el querer? 
¡No, no, mi dulce criatura! Yo sé todo. Comprendo todo; veo claramente la situación. Es para volverse loco. ¡Déjame acabar! No para buscar el reposo, sino para sumirme en la voluptuosidad de mi dolor. 
¡Oh querida mía! ¡No, no! Él no te traicionará jamás!

Ricardo Wagner.

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1º de Noviembre.

Hoy es el día de todos los Santos. 
Me he despertado de un sueño breve pero profundo tras de tormentos prolongados y terribles como nunca los había experimentado. Estaba en el balcón y miraba el Gran-Canal con la corriente de sus ondas negras por debajo de mí. Soplaba un viento de tempestad. No se hubiera oído mi salto ni mi caída. Este salto me había liberado de todos mis sufrimientos Cerré el puño para empinarme por encima de la balaustrada. ¿Era eso posible pensando en ti y en tus hijos? 
El día de todos los Santos ha llegado. ¡Eterno reposo a todas las almas! 
Ahora sé que me será concedido morir en tus brazos. Estoy cierto. Pronto te volveré a ver, en la primavera seguramente; quizá ya en pleno invierno. 
¡Piensa, hija mía! El último aguijón ha sido arrancado de mi alma. 
Ahora estoy en posesión de todas mis fuerzas. Pronto nos volveremos a ver. 
No concedas tanta importancia a mi arte. Lo he sentido claramente; no es para mí ni un consuelo ni una compensación No hace más que acompañar mi profunda armonía contigo, certifica mi deseo de morir en tus brazos. Cuando llegó el Erard, no pudo encantarme verdaderamente más que porque tras la tormenta me apareció con más certidumbre tu amor profundo e inalterable, con más evidencia que nunca. Contigo lo puedo todo; sin ti, ¡nada, nada! No te dejes extraviar por la impresión de un alma serena y tranquila con que concluía mi diario, sólo era el reflejo de tu elevación de alma digna y bella. Todo se desmorona en mí cuando noto el más ligero desacuerdo entre nosotros. Créeme, ¡mi única! Me tienes en tus manos; sólo contigo puedo llegar al fin supremo. 
Después de esta noche terrible, acudo a ti con esta súplica: ten confianza en mí, una confianza absoluta, ilimitada. Y eso quiere decir únicamente: estate persuadido que contigo lo puedo todo, sin ti, nada. 
Así puedes saber que dispones de mí, de mis sufrimientos, de mis actos; eres tú incluso cuando me engaño respecto de ti. Y así estoy seguro de ti. Tú no me abandonarás, no querrás dejar de hallarme; tú me acompañarás fielmente a través de la miseria y la desesperación. No puedes obrar de otra manera. Esta noche he conquistado un nuevo derecho sobre ti: ¡no puedes saberme vencido por la vida y rehusarme el favor necesario! 
¡Ayúdame! Porque yo también quiero venir a tu ayuda fielmente. Ayúdame a soportar la terrible carga que pesa sobre mi corazón: es una carga, pero ... pesa sobre mi corazón. Un médico en el que tengo toda mi confianza me hizo conocer ayer el diagnóstico exacto de la enfermedad de mi mujer. Me parece que no tiene remedio. Su grave enfermedad amenaza un avance rápido que le hará sufrir cruelmente, quizá por largo tiempo, el sufrimiento irá creciendo progresivamente, la única liberación posible es la muerte. Lo que puede dulcificar su suerte, es una completa tranquilidad, el alejamiento de toda preocupación moral. ¡Ayúdame a cuidar a la desgraciada! Yo sólo podré hacerlo desde lejos, porque me es necesario considerar mi alejamiento de ella como necesidad absoluta. Sería incapaz de cerca; además, mi proximidad no sería para ella sino una causa de agitación. Sólo me es posible tranquilizarla desde lejos; porque regulariza así mis comunicaciones según mi tiempo, no dejando perder de vista mi deber para con ella. Pero esto no lo puedo hacer tampoco sin tu asistencia. No puedo soportar el saber que tú te sientes herida, no puedo soportar la miseria de verme incapacitado para curarlas. Eso me destroza y me conduce allí donde esta noche he vuelto otra vez hacia ti. ¿No es así, ángel mío? ¿Me comprendes? Ya sabes que soy tuyo y que tú sola dispones de mis actos, de mi trabajo, de mi arte, y de mis decisiones. No rehuses en desconocerlo porque es la verdad. Ningún «Cisne» me ayudará si tú no me ayudas; nada tiene sentido ni significación importante para mí si no es por ti. ¡Oh!, créelo, créelo, pues! Así cuando yo te digo «Ayúdame en esto o en aquello», quiero decir solamente: «Persuádete de que no puedo nada sin ti, que cualquier cosa sólo me es posible por ti». He ahí todo el misterio, jamás se me ha revelado tan claramente como hoy en su profundidad. Después de la muerte de tu hijo, mi trabajo marchaba lamentablemente. Veía con certeza que mi arte no me consuela, que no es más que la expresión del estado de alma del solitario, cuando se siente unido a ti. ¡Oh!, por eso marcha con tanta dificultad mi trabajo, desde hace tiempo me parece un juego fútil, mi verdadero yo no interviene en ello seriamente para decir verdad; nunca ha intervenido, siempre ha quedado por fuera, por encima, en la atmósfera de mis fervientes aspiraciones, en lo que sólo ahora me hace capaz de vivir y consagrarme a mi arte. ¡Créeme pues! ¡Créeme! Tú sola representas para mí lo serio de la vida. Esta noche, cuando retiraba mis manos de la balaustrada del balcón, no fué el pensamiento de mi arte lo que me retuvo. En este instante terrible se me apareció, con una claridad casi visible el eje verdadero de mi vida, alrededor del cual ha vuelto mi resolución desde la muerte a la vida nueva, ¡eras tú! ¡tú!, me parecía que una sonrisa planeaba sobre mí: ¿no sería más grande felicidad morir en tus brazos? 
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¡No hay que reprocharme, hija mía! «¡Una lágrima se ha deslizado; la tierra me ha reconquistado!» ... (1). Hoy he escrito a Heim, que me procura el paso para mi Erard; quiero servirme de él para introducir el instrumento en Suiza otra vez sin los derechos de la aduana. Desde esta noche, el «Cisne» ha perdido mucho de su significación; ¿es esto bastante para que pueda prometerte aún alegría? ... 
Sí, es duro, bien duro mi criatura amada. Pero somos lo bastante ricos para solventar nuestra deuda de vida y conservar aún para nosotros el más inmenso beneficio. ¿Pero, no es verdad? ¿Me responderás? ¿Y si no puedo procurarte la «curación», al menos desdeñarás mi «bálsamo»? 
  
  

¡Pronto nos veremos! 
¡Hasta la vista! ... 
¡Día de todas las almas! 
¡Hasta la vista! 
¡Y guárdame tu cariño!

R.W.

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(1) Citación del “Fausto”, de Goethe.

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24 de Noviembre. 

Venecia.

Carlos me ha dejado por algún tiempo con el fin de ir a felicitar por su cumpleaños a su madre que está enferma. Volverá dentro de poco tiempo. Su marcha me ha emocionado mucho. El extraño sentía pena de abandonarme. Pienso que cualquiera que me haya podido ver en estos últimos meses, guardará una buena impresión de mí. Jamás he sido tan claro en todo como ahora, y la amargura, por decirlo así, ha desaparecido absolutamente. El que sabe bien que no tiene nada que buscar sino solamente dar, ese se reconcilia con el mundo entero, porque su alejamiento consistía en que buscaba alguna cosa donde nada podía dársele. ¿Cómo se ha llegado a esta fuerza maravillosa de la entrega? únicamente porque no se quiere nada para sí mismo. El que comprende que la única dicha intensa a la cual pertenece un corazón profundo, no puede ser dada por el mundo, siente también al fin, cuanto es su derecho de rehusar a lo que no posee. ¿Pero qué entendemos «por el mundo»? A nuestro sentido, todos los humanos que pueden darse verdaderamente, según lo que quieren para su felicidad: honores, gloria, bienestar, matrimonio ventajoso, sociedad agradable, alegría de la posesión bajo todas sus formas. Aquel que no alcanza semejante objeto destesta por eso el mundo. ¡Pero qué poco nos convendría a nosotros guardarle rencor! No deseamos nada de lo que pueda retirar o dar grado de su capricho. De manera que entonces se vuelve mi mirada con compasión hacia la humanidad y me alegro de poder dar lo que lleva el consejo a lo que la ilusión se ha creado de los sufrimientos. Aquel que se encuentra tan maravillosamente por encima del mundo, no debe, no puede, bajo ningún pretexto, exigir nada de él ni aceptar lo que sea, salvo el caso en que llevara o hiciese dichoso al donante por la aceptación. Si nosotros quisiéramos de él, por el contrario, un sacrificio real que él entendiera como tal y al cual no se resolviese más que a la fuerza, ello debiera demostrarnos inmediatamente, que habíamos descendido desde nuestra altura y que estábamos en camino de faltar a nuestra dignidad. Tal era igualmente el sentido de la mendicidad budhista: el religioso, que había renunciado a toda posesión aparecía tranquilo y sereno en las calles y junto a las casas para hacer dichosos a quienes le daban limosna, por la aceptación de ésta. ¿Qué hubiera pensado el hombre santo, que había renunciado a todo, si hubiera debido forzar la limosna a un donante poco dispuesto, para mitigar el hambre, por ejemplo, él para quien el ayuno constituía una práctica devota? Eso me ha procurado una satisfacción, la de haberme definido sobre esta tendencia de dar y recibir, habiendo tenido que responder a un amigo hace algún tiempo, en el lago de Zurich. ¡Vergonzoso, sí, incluso criminal sería el querer obtener alguna cosa en este mal sentido de verdadero espíritu del mundo, este espíritu que se imaginaría hacerme una concesión, mientras que yo creería elevarlo hasta mi altura, por la más noble de las intenciones! ¡Qué altivo me sentía ahí; pero de ninguna manera amargado! El mendigo budhista se había equivocado de casa y el ayuno vino a serle una devoción. Donde yo creía llevar la dicha, se creía deber sacrificarse por mí. El reconocer este amor ¿no era suficiente? Y cuando yo tenga que entregar hasta mi último aliento, todo lo que vive en mí quedará puro y divino, si algún sacrificio del mundo no lo impide. Esta convición, esta voluntad es precisamente lo que nos hace tan grandes, lo que nos da la fuerza inmensa de no sentir siquiera el dolor y de hacer del ayuno una devocion. 
Me había propuesto viajar este invierno. He renunciado a ello. Pero ahora contemplo el mundo con una mirada cada vez más clara; a cada devoción adquiere mi espíritu una fuerza milagrosa. Actualmente debo poseer un gran poder sobre los hombres. He podido experimentar este efecto sobre Carlos, cuando me dijo adiós por algún tiempo. No me encuentro siempre bien, en lo físico. Pero mi alma sigue ordinariamente serena. También me es preciso sonreír cuando el pequeño Kobold viene a rondar la casa: ayer oí de nuevo su bullicio.

R.W.

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1º de Diciembre.

Pobre desdichado, ya van ocho días que estoy encerrado en mi habitación y esta vez incluso sin levantarme de mi butaca desde la que me llevan por la noche a la cama. No se trata, sin embargo, más que de un sufrimiento exterior, creo, incluso, que es de los más decisivos para mi salud general, pues mi estado me da más esperanzas para poder consagrarme en adelante en cuerpo y alma a mi trabajo, mientras que las interrupciones de éste hacen mis crisis de enfermedad del todo intolerables. Durante estos períodos, mi inteligencia está siempre despierta: planes y apuntes ocupan vivamente mi imaginación. Por el momento los problemas filosóficos son los que me obsesionan. En estos últimos tiempos he releído detenidamente la obra maestra de mi amigo Schopenhäuer y esta vez me ha conducido más aún que de ordinario a la extensión de ciertos puntos, a la corrección de su sistema. El objeto presenta una gran importancia y tal vez debía estar reservado a mi naturaleza especial, señaladamente en el presente período de mi vida para descubrirme horizontes que habían de quedar cerrados para otros. Se trata de indicar claramente la vía hacia el apaciguamiento absoluto de la voluntad por el amor y no por una filantropía abstracta; por el verdadero amor, por el amor que tiene su origen en la atracción sexual, es decir, en la inclinación del hombre hacia la mujer y recíprocamente, vía que no ha sido reconocida por ningún filósofo, tampoco incluso Schopenhäuer. Todo depende de mi decisión de poner en provecho mío el arsenal de las concepciones que me proporciona Sdhopenhäuer mismo (esto en cuanto al punto de vista de la filosofía actual porque, en calidad de artista, yo tengo mis propios recursos). La explicación va lejos y profundamente; ella implica una definición exacta del estado en el cual llegamos a ser capaces de reconocer las ideas, como por ejemplo, la genialidad en sí misma, que yo no considero como el estado de separación del intelecto y la voluntad, sino más bien como una elevación del intelecto individual de tal modo que viene a ser el órgano esencial de la especie, por consiguiente el de la voluntad en sí misma, igualmente. Esta es la sola explicación de la alegría, del éxtasis misterioso y entusiasta en los momentos más intensos de genial intuición que apenas parece conocer Schopenhäuer, porque no puede encontrarlos más que en la paz y el silencio de la individual voluntad afectiva. Por una concepción completamente análoga a ésta, yo llego, sin embargo, a demostrar con la más grande precisión la posibilidad de elevarse en el amor por encima del instinto de esta voluntad individual. Tras el completo dominio de éste llega la voluntad a la plena conciencia, lo que, a tal altura, equivale necesariamente a un completo apaciguamiento. Todo esto podrá llegar a resultar claro, incluso a los que no están iniciados, si lo logro en mi exposición. El resultado será entonces de los de mayor importancia y llenará de una manera completa y satisfactoria las lagunas del sistema de Schopenhäuer. Veremos si algún día tengo el gusto de hacerlo.

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8 de Diciembre.

Hoy por primera vez he respirado el aire puro; esto no marcha aún muy bien. Esta última enfermedad, en el curso de la cual he tenido realmente necesidad del cuidado de alguien, porque me era imposible moverme, me ha aclarado de una manera suficiente por las observaciones que he podido hacer. Carlos ha partido ya hace casi tres semanas, no tenía, por decirlo así, nadie con quien hablar fuera de mi médico y los criados. Cosa extraña, no sentía el menor deseo de sociedad. Por el contrario, fuera de la visita que me hizo un principe ruso, que unía una gran inteligencia a un sentido musical muy desarrollado y un corazón verdaderamente bondadoso, sentí, sin embargo, un verdadero sentimiento de liberación cuando se marchó. Me parece que es siempre un esfuerzo inútil y sin ningún resultado el entretenerse con alguien. Por el contrario tengo un gran placer en conversar con los servidores. En ellos encuentro el hombre espontáneo, con sus defectos y sus cualidades. También me han cuidado con verdadera solicitud. Les estoy muy reconocido. Kurwenal me es más predilecto que Melot. Con eso ningún ruido de afuera llega hasta mí: el cartero se me había hecho casi invisible. Hoy, cuando llegué en góndola a la Piazza, encontré a una brillante multitud yendo y viniendo. He escogido para mis comidas en el restaurant una hora en la cual estoy seguro de encontrarme completamente solo. Así me deslizo como un extranjero perdido entre la multitud hasta mi góndola, para volverme por el silencioso Gran-Canal hasta mi austero palacio. Arde la lámpara. Todo a mi alrededor es tranquilo y grave. Y en mí se afianza la certidumbre absoluta, indudable que todo esto es mi mundo del que no podré separarme sin dolor. Me siento feliz. Los criados me encuentran a menudo con una alegre disposición de espíritu, entonces bromeo con ellos. 
La elección de mis lecturas es también muy limitada; pocos libros me seducen. Siempre vuelvo a mi Schopenhäuer que me ha conducido, como te decía hace poco, al más maravilloso encadenamiento de ideas, para corregir muchas de sus imperfecciones. El tema resulta de día en día más interesante, porque aquí se trata de esclarecimientos que nadie, excepto yo, puedo lograr. No ha habido ningún hombre que haya sido a la vez poeta y músico en el sentido mío y por eso puedo dar una idea de los desarrollos interiores, que no se pueden esperar de ningún otro. 
Quería leer también las cartas de Humboldt a una amiga; pero no tengo más que el pequeño volumen de Elisa Mayer sobre Humboldt con extracto suyo. Lo he abandonado sin quedar satisfecho; lo mejor era evidentemente lo que mi amiga había elegido para mí. Cualquiera que conozca completamente a Humboldt, verá en el sabio e investigador científico, una figura interesante sin duda alguna. También el hombre debe haber sido de un trato agradable y muy simpático. Comprendo que Schiller haya gustado de su trato; para mí también resultaría precioso el de un tal hombre. Los espíritus creadores tienen necesidad de íntimas relaciones con tales naturalezas esencialmente receptivas, aunque no sea más que por necesidad de expansión. Uno se consuela fácilmente después al comprender en el momento de valorar el resultado que la certeza de sentirse absolutamente comprendido no era más que ilusión. Humboldt ha penetrado poco, efectivamente, la verdadera naturaleza de las cosas, en este punto de vista resulta en suma superficial, no sobrepasa el nivel medio y sus chocheces dignas de un cura de aldea, sobre Dios y la Providencia, deben parecer bastantes extrañas en el amigo íntimo de Schiller, y discípulo de Kant. He comprobado bien pronto que Humboldt era de aquellos de quienes dijo Jesús: Antes pasará un buey por el ojo de una aguja que entren ellos en el reino de los Cielos». Sus afirmaciones de independencia de todas las necesidades, que hace a cada instante, son verdaderamente cómicas: a dos dominios señoriales adquiridos por sucesión, se añaden otros dos adquiridos por contratos de matrimonio y todavía el Estado le da otro que hace el quinto. Vigoroso y de buena educación se desposa, joven aún, con una mujer que puede amar tiernamente hasta la muerte; a eso une un espíritu constantemente abierto, la época de Schiller y de Goethe, verdaderamente que la providencia no podía arreglar mejor las cosas; y no fué por falta de ésta - nos complacemos en creerlo - si llegó a ser hombre político y diplomático. 
Pero tanto más conmovedores son en su caso su amor y su dulce muerte. Sobre todo yo le debo una calma profunda e inalterable gracias a una corta sentencia, poco importante en suma, que mi amiga me comunicó con un acento tan maravillosamente lleno de inocente sinceridad que sus breves líneas me causaron gran impresión. Me indicaban efectivamente el único camino hacia la esperanza. Es el pasaje de «La Confianza« y de las «Confidencias». 
Desde ayer he vuelto a trabajar en el Tristán. Sigo en el segundo acto. Pero ¡qué música resulta! Toda mi vida podría consagrarse a esta sola obra. ¡Oh! Será profundo y bello; y las maravillas más sublimes se unen con completa facilidad a la idea. Jamás hasta ahora hizo nadie cosa semejante; pero vivo también completamente en esta música; no quiero saber de ninguna manera cuando estará terminada. Vivo actualmente en ella. Y contigo.

Ricardo Wagner.

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22 de Diciembre.

¡Qué bella mañana hace, querida mía! 
Desde hace tres días tengo en el alma este pasaje: «Este a quien tú has abrazado, este a quien has sonreído» y «entregado en tus brazos» etc. (1). Quedé largo tiempo sin poder continuar, recordando exactamente la ejecución. Eso me contrariaba grandemente. Imposible ir más allá. El pequeño Kobold llamó al cuarto: fué la aparición de una musa bienhechora. En un segundo recordé el pasaje. Me senté al piano y lo anoté tan rápidamente como si lo hubiera sabido de memoria desde mucho tiempo. Un juez severo descubrirá en él algunas reminiscencias de «Los Sueños», ellos vuelven. Tú me perdonarás sin embargo, querida. ¡No! No tengas jamás remordimientos de tu amor hacia mí. Es divino.

R.W.

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(1) Escena segunda del segundo acto de “Tristán e Isolda”. (N. del T.)

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1º de Enero.

No lamentes nunca estos testimonios de amor que fueron el ornato de mi pobre vida. Yo no conocía estas flores de delicias brotadas sobre el suelo virgen de un amor noble entre todos. Lo que yo había soñado como poeta, iba a convertirse en una realidad milagrosa algún día; sobre la banalidad de mi existencia terrestre había de caer este rocío de delicias vivificantes y transformadoras. Nunca lo había esperado y ahora me parece que había presentido este futuro. Heme pues embellecido: he recibido la investidura de la más alta dignidad. Tu corazón, tus ojos, tus labios me han arrebatado del mundo. Cada parcela de mi yo, es ahora noble y libre. Como sobrecogido de un temblor sagrado ante mi gloria tengo el recuerdo de haber sido amado por ti con una tan dulce ternura que siempre fué, sin embargo, perfectamente púdica. ¡Ah! Aún respiro el perfume embrujado de estas flores que me trajiste de tu corazón: no eran gérmenes de vida; así embalsaman las flores sobrenaturales de la muerte divina, de la vida eterna. Estas flores cubrían antiguamente el cuerpo del héroe a fin de que fuese convertido por las llamas en cenizas divinas; en esta tumba de llamas y de olores se precipitó el amante, para unir sus cenizas a las del amado. Fueron entonces un solo elemento. No ya dos seres vivos, una sustancia divina y primordial de la eternidad. ¡No! No lo lamentes nunca. Esas llamas arden luminosas y puras, no son un brasero tenebroso de acres olores ni condensados vapores, es la llama clara y púdica, que para cualquier ser anterior a ti y a mí había lucido con tal esplendor y que ningún ser puede imaginarse. Estos testimonios de amor forman la corona de mi vida, estas rosas de delicia que han florecido sobre la corona de espinas hasta la coronación de mi frente. Ahora soy orgulloso y feliz. Ya no siento ningún deseo. No hago ningún voto. Felicidad absoluta, conciencia suprema, poder alcanzar todos los fines de lucha contra todas las tormentas de la vida. ¡No, no! No lo lamentes, no lo lamentes jamás.

R.W.

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Lucerna, 4 de abril.

El sueño de verte se ha realizado. Al fin nos hemos vuelto a ver. ¿Era verdaderamente algo más que un sueño? Lo que he experimentado en tu casa durante esas horas no se diferencia de este otro sueño delicioso, que me ilusionaba con mi retorno. Este sueño melancólico y grave me es, por decirlo así, más real que el otro y mi memoria apenas quiere evocarlo. Me parece que no te he visto con entera claridad; nos separaban espesas brumas a través de las cuales apenas oímos nuestras voces. Así como me parece que tú tampoco me has visto, sino como si un fantasma hubiera entrado en tu casa en lugar de mí. ¿Me has reconocido? 
¡Oh, cielo! Me doy cuenta de que este es el camino hacia la santidad. La vida, la realidad asume cada vez más, la forma del sueño; los sentidos son enervados; la vista se nubla; el oído que quisiera oír la voz del presente no puede percibirla. Donde estamos no nos vemos, solamente en donde no estamos se fija nuestra mirada. Así pues el presente no existe; el futuro es la nada. ¿Es que mi obra merece verdaderamente que me sacrifique por ella? ¿Pero tú? ¿Tus hijos? ¡Vivamos! 
Y después notando en tu rostro las señales de tan grandes sufrimientos, llevando a mis labios tu mano sentí la sacudida de un profundo temblor, una voz me gritaba que tenía que cumplir un hermoso deber. La maravillosa fuerza de nuestro amor ha bastado hasta el presente, permitiéndome la posibilidad de este retorno. Me ha enseñado a olvidar el presente como en un sueño, a acercarme a ti; ha extinguido en mí el fuego de los sufrimientos y las amarguras. Y en adelante podré besar el umbral que me ha permitido volver hasta ti. Tengo pues confianza en esta fuerza que me hará verte aún más claramente, a conocerme a mí mismo con mayor evidencia a través del velo de expiación que hemos echado sobre nosotros. 
¡Oh santa bendita! Ten confianza en mí. 
Yo tendré la confianza necesaria.

R.W.

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Venecia, 30 de Septiembre de 1858.

A la amiga señora Elisa Wille. 
Créalo, querida amiga, que he de aunar todos mis esfuerzos, sólo para mantener mi equilibrio. A cada instante he de exclamar: ¡valor, valor! Si no, todo se hunde. Lo que únicamente me queda todavía es el aislamiento, la más completa soledad. Es mi único consuelo, mi única salvación. Y sin embargo, me resulta esto tan fuera de la natural a mí que necesito tanto expansionarme sin reserva alguna. Pero, es verdad, se puede decir que en mí todo es antinatural. Ignoro lo que es la familia, lo que son los padres, los hijos; mi matrimonio no fué más que un experimento de paciencia y de piedad. No he conocido ningún amigo al cual pudiera confiarme absolutamente sin sentir inmediatamente arrepentimiento; de día en día, siento cada vez más lo mal comprendido que soy perpetuamente, finamente y groseramente. Una voz interior, la expresión más verdadera de mi ser, me dice que sería mejor destruir sin piedad toda ilusión en este respecto, tanto para mí como para mis amigos. 
El mundo entero no conoce más que «lo práctico»; en mí, sin embargo, adquiere el ideal una tal realidad que no tengo otra y no puedo soportar que se le ataque. Así pues, en mis cuarenta y seis años de existencia me es preciso constatar que mi único consuelo no puede ser más que la soledad, que debo estar solo. Eso es ciertamente, no debo ocultarme que no sea esa la consideración que me lleve a punto de rechazar mi ternura; pero si debiese obrar en sentido contrario a esta verdad, estaría seguro de perderme enteramente: la amargura y la indignación harían que se hundiese todo. Hay que tener paciencia, callarme. 
Si mi fantasía obra finalmente, todo va bien y los trabajos de la inteligencia sustituyen el resto, tanto tiempo como puedan seguirse tranquilamente. Pero, después de todo, la inteligencia no tiene más alimento que el corazón y ¡qué triste y árido es todo en derredor mío! 
Todo me es extraño, todo me resulta frío. Ningún calmante, ninguna mirada, ninguna voz que me encante. He hecho juramento de no proporcionarme siquiera un perro y así será. No tendré cerca de mí nada que pudiera ser querido. Ella, pero ella tiene sus hijos. 
¡Ah! Esto no es un reproche, sino únicamente una queja; y yo pienso que me tome voluntariamente como yo soy y entienda mis quejas. Siempre tengo mi arte. Verdaderamente no consigue hacerme alegre, sólo él me envuelve cuando aparto mis miradas de mi trabajo hacia el mundo al que es preciso pertenecer y que sólo con una mutilación espantosa puede uno adaptarse a él. 
Pero no me atrevo a pensar en eso, como tampoco en otras cosas: lo sé. Estoy decidido a no pensar en ello y en todo momento me repito: ¡Valor, valor! Es preciso. Esto debe marchar y marchará. Y además, me ayuda tan gentilmente. Qué divina carta me ha enviado ella hoy. La bella y amada criatura. ¡Que pueda consolarme! Su amigo le es fiel; no vive más que por ella. 
¡Sí, es preciso que esto marche y marchará! Me imagino que Venecia me ayudará y pienso que la elección de esta ciudad es excelente. En verdad, quería escribir a Wille diciéndole cómo me encuentro aquí; pero usted debe aceptar también esta vez la presente para usted sola. Él ha hecho el inaudito hecho de eácribirme una carta, en la cual me daba a entender que era un verdadero sacrificio. Resultaba cómico, verdaderamente divertido, pero yo no quiero ocasionarle esta pena, valdrá más que hablemos juntos de Venecia, sobre el canapé, en su salón rojo. Remítale mil saludos de mi parte. 
Hablando propiamente, no tengo todavía aquí verdadera vida; no la tendré hasta que haya comenzado mi trabajo, siempre espero el piano. Conténtese usted, pues, de la descripción de este rincón de la tierra en donde he tenido que decidirme a vivir. ¿No me escribió usted diciéndome que lo conocía? Mi palacio está situado en medio del camino que va de la Piazzetta y del Rialto, cerca del recodo que forma en este lugar el gran canal y que está marcado señaladamente por el palacio Foscari, casi enfrente del palacio Gracci, que el señor Sina está restaurando en la actualidad. Mi huesped es austríaco; me acogió con entusiasmo, sin duda por mi celebridad, y se muestra extraordinariamente cumplido en toda circunstancia, (ha sido igualmente la causa de que mi llegada aquí haya sido divulgada inmediatamente por los periódicos). Usted habrá leído, sin duda, que mi presencia en Venecia se consideraba como cosa política, con vista a introducirme prudentemente en Alemania por los países austríacos. Incluso el amigo Liszt lo había creído; él me puso en guardia, me aconsejó que no me preocupase de los éxitos eventuales con mis óperas en Italia, éxitos que, según él, yo entreveía. Mi verdadero terreno no era ese, y él se asombraba de que no quisiera comprenderlo. La contestación a su carta me resultó verdaderamente de las más penosas. 
Se trataba de una cuestión que ya tenía en Viena; también usted lo sabría probablemente, pero sin embargo no podía creerlo. 
Hasta el presente soy el único inquilino de mi palacio y ocupo en él habitaciones cuyo aspecto me asustó al principio. Pero no encontraba otras habitaciones más económicas y absolutamente ninguna más confortable, por lo cual me instalé en mi gran salón, que es exactamente dos veces más grande que el de los Wesendonk, con medianos frescos en el techo y en el suelo de soberbios mosaicos, de una acústica verdaderamente excelente para mi Erard. Inmediatamente me ocupé en corregir la inhospitalidad y el frío de la habitación. Las puertas que unían una alcoba grande con un pequeño gabinete, fueron quitadas y reemplazadas por cortinas no de telas tan bonitas como las últimas que tuve en el «Asilo»; por el momento, es el algodón lo que debe servirme para mis decoraciones teatrales. El color debía ser ahora rojo, porque el resto estaba ya amueblado; únicamente la alcoba era verde. Un inmenso pasillo me proporcionaba el espacio suficiente para mi paseo matutino; por un lado da al Gran-Canal un balcón, por otro, al patio donde hay un pequeño jardín bien pavimentado. Allí es donde paso mi tiempo hasta las cinco de la tarde; yo mismo me preparo el té por la mañana: tengo dos tazas, de las cuales he comprado una aquí, y en la que le doy de beber a Ritter cuando lo traigo por la noche; en la otra, muy bonita y grande, bebo yo. Tengo también un servicio para beber agua, que me he procurado aquí, es blanco con estrellas de oro; aún no he contado las estrellas, probablemente habrá más de siete. A las cinco hago llamar al Gondolero, pues cualquiera que desee venir a verme debe pasar por las aguas, (lo que me procura también una agradable soledad). Por las estrechas callejuelas, a derecha y a izquierda, pero «sempre diritto» voy al restaurant de la Plaza de San Marcos, donde encuentro generalmente a Ritter. De allí «sempre diritto», en góndola hacia el Lido o al «Giardino público», donde de costumbre doy un paseíto; después vuelvo en góndola a la Piazzetta para flanear un poco, tomar allí mi helado de café de la Rotonda, y marcharme en seguida al «traghetto» que me conduce por la melancolía nocturna del Gran-Canal, a mi palacio, donde me espera mi lámpara encendida a las ocho de la noche. 
El maravilloso contraste entre la silenciosa y melancólica gravedad de mi estancia y de su situación, y el bullicio eternamente alegre de la plaza y de sus alrededores, la multitud que me deja tan alegremente indiferente, los gondoleros siempre dispuestos a querellarse y a vociferar, y al fin, la silenciosa travesía en el crepúsculo vespertino al comienzo de la noche, no deja de procurarme una impresión de bienestar y de paz. Y es a lo que me he limitado hasta aquí; aún no he sentido la necesidad de ir a ver los tesoros de arte, eso me lo reservo para el invierno, actualmente me siento feliz al poder saborear con igual satisfacción el agradable curso de mis días. No hablo con nadie, si no es con Ritter, que es lo suficientemente taciturno para no importunarme. Cada noche me deja en el «traghetto» y recibo sus visitas muy de tarde en tarde. Es imposible encontrar ningún sitio más adecuado a mis necesidades actuales. Si me hubiera encontrado solo en una ciudad insignificante y pequeña que no presentase ningún interés, creo que hubiera sentido al fin una necesidad casi animal de sociedad que me hubiera forzado a aprovechar una u otra ocasión para romper mi soledad. Las relaciones creadas por tal necesidad que se consolidan poco a poco, constituyen precisamente lo que a la larga es un suplicio para mí. Por el contrario, no podría hacer en ninguna parte una vida más retirada que aquí, porque el espectáculo interesante, teatralmente cautivador, que se renueva cada día y mantiene intacto el contraste, no da lugar a ningún deseo de representar un papel individual en esta escena; siento que perdería inmediatamente el encanto de cuanto se me presenta ahora ante mis ojos como un espectáculo puramente objetivo. Hasta ahora, por decirlo así, mi vida en Venecia refleja verdaderamente una imagen fiel de mis relaciones con el mundo, al menos, tal como deben ser abandonadas según mi modo de ver. ¡Qué pesar siento cada vez que me aparto de ello! 
Cuando por la noche toca en la plaza de San Marcos una banda militar algunos fragmentos de «Tannhäuser» y de «Lohengrin», indignándome incluso de como llevan la medida, no experimento en suma, emoción alguna. Además, ya me conocen por todas partes. Especialmente los oficiales austríacos que me lo testimonian a menudo con atenciones de una sorprendente afabilidad, sin embargo, se sabe que quiero llevar una existencia muy retirada y después de haber visto como declinaba sucesivamente algunas visitas, me dejan tranquilo. Estoy en los mejores términos con la policía. Es verdad, que en poco tiempo me fué pedido dos veces mi pasaporte, por lo cual pensé ya en un comienzo de medidas policíacas, pero no tardó mucho en que me lo devolviesen muy ceremoniosamente dándome la seguridad de que nada se oponía a mi estancia aquí. Por consiguiente, Austria me concede decididamente la hospitalidad, lo que es siempre digno de estima. 
Lo que da aún a mi vida íntima un carácter especial, casi de sueño, es que se presenta sin ningún porvenir. Experimento el mismo sentimiento de Humboldt y su amiga. Cuando por las noches navego sobre las aguas mirando el mar en calma y claro como un espejo, hasta confundirse el horizonte con el cielo, cuando el rojo del firmamento se identifica con el reflejo en el agua, se me presenta delante de mí el cuadro de mi vida actual: pasado, presente y futuro se distinguen tan poco como allí la confusión del mar y del cielo. 
Sin embargo, aparecen estrías; son islas que se perfilan aquí y allá; el mástil de un navío lejano se alza en el horizonte; la estrella polar brilla, la claridad de los astros refulge allá en el cielo, aquí en el mar, ¿qué son, pues, pasado y futuro? Yo no veo más que estrellas y una pura claridad rosada entre las cuales se desliza mi góndola, sin ruido, con los dulces chapoteos del remo. Eso podría bien ser el presente. 
Salude mil veces de mi parte a mi ángel querido; que ella no desdeñe la tierna lágrima que se desliza a lo largo de mis mejillas. Saboree esto también por la fuerza de su noble amistad. 
¡Qué dichosos somos, sin embargo! 
Adiós, vuestro,

Ricardo Wagner.

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Venecia, 19 de Enero del 59.

Muchas gracias, por el hermoso cuento de «hadas», amiga. Sería fácil explicar como en todo cuanto viene de usted a mí encuentro un sentido simbólico. Todavía ayer, en el momento preciso, sus novelas me llegan como una suerte de necesidad evocada por la magia. Yo estaba al piano; la vieja pluma de oro urdía su última trama sobre el segundo acto de Tristán, y dibujando justamente, con insistente lentitud, las fugaces alegrías del primer encuentro de mis dos amantes. Cuando, como sucede en esto al instrumentar, me abandono con un apaciguamiento final al goce de mi propia creación, me abismo al mismo tiempo frecuentemente en una infinidad de pensamientos que me descubren involuntariamente la naturaleza original, eternamente incomprendida del mundo, del poeta, del artista. Entonces reconozco las maravillosas y determinadas oposiciones a las concepciones ordinarias de la vida con toda claridad, mientras que las primeras se guían y se constituyen siempre por la experiencia exclusivamente, la concepción del poeta alcanza antes de toda experiencia lo que da el sentido de la significación por el poder que le es propio. Si usted fuese un filósofo bien ejercitado yo le haría observar que tocamos aquí, en una importante medida, el fenómeno que es el que únicamente concede toda conciencia posible por la razón siguiente: la completa relación del espacio, el tiempo y la casualidad en la que se presenta a nosotros el mundo, está constituída de antemano en nuestro cerebro formando sus más características funciones de suerte que, estas propiedades esenciales de todas las cosas, a saber: el espacio, el tiempo y la casualidad, están ya contenidas en nuestro pensamiento antes de concebir las cosas, puesto que sin eso no podríamos reconocerlas. 
Lo que ahora está por cima del espacio, del tiempo, de la casualidad y que no tiene necesidad de estos medios de reconocimiento, ese algo pues independiente de estas condiciones de límites, de lo que Schiller ha dicho tan magníficamente, que es únicamente verdad porque no ha sido nunca; este algo, que es absolutamente incomprensible para la concepción ordinaria de la vida, sólo es reconocido por el poeta por medio de esta misma predisposición que radica en él y constituye la esencia de su cualidad, de tal manera, que es capaz de representársela con una seguridad infalible, esta cosa, que es más determinada y más cierta que cualquier otro objeto de conciencia, aunque él no posea ningún atributo del mundo que nos es conocido por la experiencia. 
El mayor milagro sería ahora que esta cosa, entrase finalmente en el dominio de la experiencia del poeta. Entonces tendría su idea una gran parte en esta realización; más pura y más elevada sería, más desligada del mundo vulgar y más incomparable la idea de la creación. Pacificaría su voluntad; su interés estético se haría moral y se uniría a la más alta idea poética la más elevada conciencia ética. La misión del poeta será entonces comprobar esta cosa en el mundo moral; será conducido por la misma presciencia, que convertida en conciencia de la idea estética, la ha determinado a la representación de esta idea en la obra de arte, haciéndola apta a la experiencia. 
El mundo ordinario que está exclusivamente bajo la experiencia impuesta desde fuera, y eso llega a alcanzar más que lo que le es dado de modo palpable y sensible, no podrá comprender jamás esta situación del poeta frente a su mundo experimental. Nunca podrá explicarse la notable seguridad de sus creaciones, más que creyendo que éstas deben quedar bajo su experiencia, tan directamente como cuanto él mismo ha conservado esta experiencia en su memoria. 
Esta manifestación llega a la percepción de la manera más asombrosa en mí mismo. Mis concepciones poéticas sobrepasan siempre las experiencias conscientes que se derivan de ellas, a tal punto, que ni yo mismo puedo, por decirlo así, atribuir su naturaleza a un desarrollo moral, así como la dirección que ha seguido a estas mismas concepciones. El “Buque Fantasma”, “Tannhauser”, “Lohengrin”, “Los Nibelungos”, estaban todos presentes en mi espíritu, antes de determinarse en mi conciencia. ¡En qué maravillosas relaciones estoy ahora con Tristán, usted lo comprenderá fácilmente! Lo digo con toda franqueza, porque es una manifestación que si no pertenece al mundo, pertenece, sin embargo, al espíritu consagrado; jamás he tenido la idea de una conciencia más determinada. Resulta sutil en extremo apreciar la medida de cual de las dos se han predeterminado; es cosa muy sutil, tan maravillosa, que una corriente manera de ver no podrá imaginárselo sino muy pobremente, de manera inexacta. Ahora que Savitrí-Parsifal ocupa mi atención y se esfuerza en llegar al estado de idea poética, ahora, mientras que me inclino con la calma reflexiva del creador sobre mi Tristán, es cuando mi obra de arte está en vía de ser reformada. Ahora ¿quién puede adivinar en qué milagrosa atmósfera me siento envuelto, arrancado a este mundo hasta el punto que ya puedo figurármelo completamente vencido? Usted lo siente, usted lo sabe. ¡Sí, y nadie más que usted quizás! 
Si algún otro lo sintiese también, lo supiese, nadie nos lo reprocharía y toda experiencia dolorosa que penetrase desde fuera en su corazón la ofrecería en sacrificio, el alma elevada, el alma ennoblecida, de intenciones superiores del genio del universo, que de sí mismo crea las expreriencias a fin de sufrir por ellas y elevarse hasta sí mismo igualmente por el amor de su participacion. Pero, ¿quén comprende eso? Es que habría tan inexpresables sufrimientos en el mundo si nuestra conciencia fuese igual a nuestra voluntad de ser dichosos, la cual es la misma en todo. Únicamente en ésto reside la miseria de los hombres; si reconociésemos todos igualmente y de modo análogo la idea del mundo y de la vida, las miserias humanas serían imposibles. De dónde viene, pues, la confusión de las religiones, de los dogmas, de las opiniones que se combaten eternamente? De que todos quieren lo mismo sin reconocerlo. Que el vidente se aparta y no combate. Que sufre en silencio la locura que le acecha de todas partes con ironía, de la locura, que se insinúa hacia él bajo todas las formas, de cualquier manera, unas veces imperiosas, otras ciegas, combatientes cuando él las desdeña. En esto no hay más que un recurso: callarse y ser paciente. Eso le parecerá sin duda como una especie de cuento de hadas también. Pero completamente distinto aunque es posible que convenga la clave del suyo. El gorrión gris alaba su creador y cuanto mejor lo comprende mejor lo canta. 
Ya ve usted que soy feliz al poder trabajar. Es verdaderamente una dicha en vista de la cual una enfermedad determinada, seria, no constituye una gran desgracia, porque también ella libera el espíritu y pone en acción las fuerzas morales. El estado más fastidioso es aquel en que, no sufriendo, a decir verdad, enfermedad alguna, nos sentimos dependientes, inquietos, en el que experimentamos un profundo encogimiento en nuestras relaciones con el mundo exterior, donde predominan las exigencias y los deseos, donde la necesidad instintiva de la actividad no encuentra ningún firme punto de apoyo, en donde todo está prohibido, paralizado, donde nada está autorizado, donde nada se armoniza o donde nace el vacío, la desesperación, el deseo, la nostalgia, la voluntad. A ningún mortal le está concebido el vivir su verdadero ser superior; toda su existencia reposa en realidad sobre una continua lucha con las condiciones inferiores de la posibilidad de esta misma existencia, si, su naturaleza superior no puede salir a luz más que por la victoria final, en esta lucha no es sino esta misma victoria; así pues la fuerza que conduce a tal victoria no radica, en el fondo, más que en una perpetua negación, a saber: una negación de la potencia de estas condiciones inferiores. Esto aparece ya de modo muy ostensible en la sola conformación física de nuestro cuerpo donde, eternamente, todas sus partes, incluso los elementos primordiales del todo aspiran a la disolución, a la separación, lo que se logra finalmente en la muerte física, cuando la vida gastada por la continuidad de la lucha, ha perdido al fin su fuerza. Tenemos pues que luchar siempre para ser solamente lo que somos y, cuanto más inferiores sean los elementos de nuestra existencia a los que hemos de imponer la sumisión, menos dignos nos presentamos, en nuestro ser más elevado en el momento de lucha con estos elementos. Así tengo yo que luchar cotidianamente, y casi siempre contra las condiciones fundamentales puramente físicas de mi existencia. No estoy enfermo, pero extraordinariamente sensitivo, de manera que experimento dolorosamente todo lo que no entraría siquiera en el dominio de mi conciencia si tuviera menos sensibilidad. Evidentemente debo decirme que esta causa de mi estado de malestar desaparecería en su mayor parte si mi sensibilidad excesiva a tal punto fuese agradablemente distraída y absorbida en el círculo en que vivo por un elemento que me pertenece en completa justicia y que me falta absolutamente. No me falta un medio efectivo y simpático para traer mi sensibilidad, cautivarla como una sentimentalidad que pudiera conquistar dulcemente. ¡Amiga mía! Sea esto dicho con la mayor calma, sonriendo, ¡qué miserable existencia llevo! Ciertamente no me hace falta leer la biografía de Humboldt, si quiero reconciliarme con mi destino. 
Bien lo sabe usted. No lo digo tampoco para excitar a compasión, pero lo repito, precisamente porque usted lo sabe. 
No puedo llegar a verdadera alegría más que alcanzando la última cima de mi ascensión. Pero ésto es, justamente, difícil de alcanzar, tanto más difícil cuando el objeto es más elevado. Figúrese usted exactamente la corta duración de mi bienestar en comparación con la larga duración de mis penas. Pero todo esto ya se lo ha figurado usted y lo sabe. ¿Por qué lo digo? Nada más que porque usted lo sabe. Tengo necesidad de muchos buenos deseos y se lo digo a usted porque sé que sus buenos votos me acompañan siempre. 
Ahora quiero continuar quejándome. Mi estancia es espaciosa, pero terriblemente fría. Ahora sé que en Italia es donde he conocido el frío, no en la villa Wesendonk, menos aún en el «Asilo». Nunca en la vida he tenido tanta relación personal con la estufa como aquí en la bella Venecia. El tiempo es frecuentemente claro, el cielo sin nubes; con ello soy dichoso. 
Pero aquí hace frío, aunque la temperatura sea probablemente más baja en su casa de usted y en Alemania. La góndola no me sirve más que como medio de transporte ordinario y no para recreo porque se hiela uno a causa del viento del Norte que es lo que hace que el tiempo sea más claro. Lo más penoso para mí es el no poder dar mis paseos por montes y valles, no me resta más que el flanear entre la gente por la Piazzetta, a lo largo del muelle, en dirección al jardín público, trayecto de una media hora a través de una multitud terriblemente compacta; Venecia es una maravilla; pero solamente una maravilla. 
A menudo la nostalgia lleva mi pensamiento hacia mi querida Sihlthal, hacia las alturas de Kirchberg, donde paraba mi coche. Cuando haga un poco más de calor y pueda permitirme una corta pausa en mi trabajo (porque es mi único recurso) me propongo ir de excursión a Verona y sus alrededores. Desde allí están próximos los Alpes. Experimento una impresión extraordinariamente melancólica apercibiendo, en los días claros desde el jardín público la cadena de los Alpes tiroleses a lo lejos. Entonces me invade a menudo un ardiente deseo de mi juventud que me atrae hacia las cimas sobre las cuales los cuentos de hadas edifican el resplandeciente lugar real donde habita la bella princesa. En la roca sobre la cual Sigfredo descubre a Brumhilde dormida. La gran explanada que me rodea aquí sólo me evoca la resignacion. 
Mis relaciones con el mundo moral no son más brillantes. Todo es pesado, duro y pobre como debe ser. Como se presenta mi situación personal ¡sólo Dios lo sabe! De Dresde me imponen la extraña exigencia de ir allí con un salvoconducto con el fin de que me presente al tribunal para que se instnuya mi proceso. Puedo estar seguro de la merced real, incluso en caso de condenación. Sería muy bonito para cualquiera que encontrase su dicha en esta sumisión a los indignantes chismes de las audiencias, etc., etc.; pero ¿qué ganaría yo, bondad divina? Al lado de la problemática ayuda de algunas presentaciones eventuales de mis obras, las exasperaciones, las faenas, el agotamiento muy ciertos y tanto más inevitables a consecuencia de mi existencia tan retirada durante diez años, he llegado a ser muy sensible al menor contacto con este odioso remedio del arte con que, sin embargo, tendría que transigir como único medio. No he dado pues ninguna cabida a esta llamada de Dresde. Seguramente quedaré así en suspenso con mis trabajos. Me sería imposible dejar representar mis nuevas obras sin intervenir personalmente. El príncipe que está enérgicamente al lado de mi causa parece ser el gran Duque de Baden. Me ha mandado decir que puedo estar seguro de una presentación de Tristán en Carlsruhe bajo mi dirección. Quisiera que fuese el seis de Septiembre, cumpleaños del Gran Duque. 
No tengo nada que objetar a ello, y la simpatía constante de este joven príncipe amable, me dispone cordialmente en su favor. Veamos pues si persistirá en tales disposiciones y si todo está en condiciones. Aún tengo un grande e importante trabajo ante mí, espero poder llegar al fin sin interrupción. Sin embargo, no podré, en todo caso, terminarlo antes de junio, después de lo cual, si todas las cosas van bien, pienso abandonar Venecia e ir al encuentro de mis montañas de Suiza. Entonces iré, querida amiga, a preguntarle si me conoce todavía y si seré el bienvenido en su casa cuando vaya a ella. 
El primero de año, volvió Carlos Ritter y ha reanudado sus visitas diarias todas las noches a las ocho. Dice que ha encontrado a mi mujer de mejor aspecto. Según las apariencias se encuentra bastante bien y yo procuro que no le falte nada a su confort. Las terribles palpitaciones del corazón parecen haberse apaciguado pero sufre todavía de insomnios y desde que tiene relativa calma, se queja de opresiones crecientes en el pecho con prolongados accesos de tos, lo que no me proporciona desgraciadamente, gran esperanza en su curación. El médico que es un amigo probado, desea aplazar su diagnóstico final sobre el desarrollo de la enfermedad hasta después de una cura prolongada en el campo el próximo verano. Después de estas sacudidas tan violentas y sobre todo a consecuencia de los continuos insomnios y falta de nutrición, es preciso esperar lo que la naturaleza decida de esta pobre criatura angustiada, que se encuentra ahora tan extraña al mundo. No dudará usted un instante, amiga mía, que mi actitud respecto a la pobre no esté llena de cuidado, Consideración y bondad. 
De esta suerte se acumulan en mí las inquietudes; hacia donde tienda mis miradas me presenta el mundo la vida difícil. Es pues bien explicable que le ocasione a usted igualmente inquietudes. ¡Ah! Me ayuda usted siempre con tanta bondad; y en lo que usted no me ayuda busco yo mismo mi consuelo en usted. 
¡Sabe usted cómo! Suspiro profundamente hasta el instante en que me viene una sonrisa, después un libro noble o mi trabajo. Entonces todo cede, porque usted está cerca de mí y yo al lado de usted y, si usted tiene a bien enviarme de vez en cuando un libro que usted haya leído lo acepto de corazón. En verdad que leo bastante poco; pero entonces leo con fruto y le daré la prueba inmediatamente. Yo le recomiendo igualmente una lectura, lea pues «La vida y las obras de Schiller» por Palleske. Hasta ahora sólo se ha publicado un volumen. Semejante altura, la historia íntima del desarrollo y de la vida de un gran poeta, es lo que debe despertar más simpatía en el mundo. Para mí ha constituido un gran atractivo. Es preciso olvidar de vez en cuando a Palleske y ocuparme exclusivamente de los informes directos de los amigos y amigas de Schiller. Resulta extraordinariamente cautivador; sí, en ciertos pasajes quedará usted completamente asombrada. Schiller cuando estaba consagrado al teatro de Mannheim, en su juventud se encontró con un escollo del que fué salvado por un ser magnífico el cual, para suerte, le apareció muy pronto en la vida. Es preciso que me escriba detenidamente de todo esto. Y yo le escribiré también de nuevo más a menudo si me es posible. Entonces se enterará usted de todo lo que desea saber respecto a mí; el extraño exilado que soy. Se enterará absolutamente de todo; no le ocultaré nada. Podrá usted comprobarlo desde ahora. 
Con toda seguridad escribiré otra vez a Myrrha. Cómo le va a extrañar. Prepárela usted a mi carta. Y si Wesendonk quiere saber algo de mí, le escribiré también. Ya se lo he dicho. Salúdele usted de mi parte. 
Me separo de usted con las palmas de la paz en la mano. Allí donde reposa mi corona de espinas, aroman inmortalmente mis rosas. Los laureles no me tientan, es por lo cual, Si quiero adornarme a los ojos del mundo, elijo las palmas. 
¡La paz! ¡La paz sea con nosotros! 
Mil saludos. 
Vuestro,

Ricardo Wagner.

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Venecia, 22 de Febrero de 1859.

Conforme a la ley de Budha, la Suprema-Perfección, aquel que esté cargado de faltas debe hacer su confesión en voz alta ante la comunidad y sólo por eso queda liberado. Usted sabe de qué manera he llegado a ser involuntariamente budhista. Igualmente tengo afinidades, aun sin darme cuenta, con la máxima budhista de la mendicidad. Y es una máxima muy altiva. El religioso va por las ciudades y las calles de los hombres, mostrándose desnudo y no poseyendo nada, así procura a los creyentes la ocasión preciosa de cumplir, por su aparición, la más noble y meritoria de las obras dándole, haciéndole limosnas: su aceptación constituye la más visible desgracia públicamente mostrada, sí, en esta gracia se encuentra la bendición, la elevación que él procura a quienes le dan la limosna. No tenía necesidad de tales dones porque de su propia voluntad había renunciado a todo, únicamente lo hacía para preparar las almas al aceptar las limosnas. 
Yo quiero llegar a ser el co-iniciado de mi destino hasta el menor detalle; no para conducirle contra la corriente del mundo, sino para ponerme ante él, sin ilusión. Para mi porvenir no tengo necesidades. Usted sabe que me ha sido preciso renunciar a lo más noble de mi vida; ¿cómo podría en tal caso querer ilusionarme sobre una cualquiera disposición de mi destino? Sólo para los demás tengo deseos, si tales deseos son imposibles de realizar habré de renunciar a ellos igualmente. Porque, después de todo, la felicidad de cada uno debe tener su fuente en sí mismo, los remedios son ilusiones. 
¿No suena eso con gravedad y melancólicamente? Sin embargo yo se la doy a título de consuelo. Sé que usted tiene necesidad de este consuelo porque necesita ser tranquilizada en cuanto respecta a mí. Ahora queremos medirnos en esta dulce práctica: el consuelo por el consuelo. 
Renuncio a Alemania de todo corazón con calma y frialdad; sé también que hace falta que sea así. En cuanto a mi porvenir no he decidido nada todavía, excepto en terminar el Tristán. 
El Archiduque Max, cediendo a mi súplica ha revocado las medidas de destierro tomadas contra mí. Quiero procurar el terminar el esquema del tercer acto. Después, en Suiza, me ocuparé de la instrumentación, probablemente cerca de usted, en Lucerna, donde lo he pasado bien el último invierno. El próximo lo pasaré probablemente en París, según todas las probabilidades al menos, si no mis deseos; debo, por el contrario, hacer un considerable esfuerzo sobre mí mismo. 
Doy gracias a Wesendonk por su proposición. No hagan ustedes mucho caso, ni usted ni él, a mi correspondencia con Moscú. Es mi destino el deber hacer estos arreglos, además la asistencia insuficiente me hace sufrir menos que el modo de llegar a ello, la cual, sin embargo, nadie me la puede ahorrar. Es verdad que la posteridad quedará asombrada algún día de que yo precisamente haya sido obligado a tratar mis obras como una mercancía: cuando el mundo llega a este papel de posteridad, vuelve siempre en cierto modo a la inteligencia y entonces olvida, por una pueril ilusión, que siempre es el mundo contemporáneo, en cuya condición queda, y que está constantemente insensible y estúpido. Pero así está bien, es imposible cambiar nada en ello. Además usted me dice lo mismo hablando de los hombres. Y en mí mismo hay poco también que cambiar, conservo mis debilidades, me gusta instalarme confortablemente, tengo predilección por los tapices y los bellos muebles, me visto a menudo de seda y de terciopelo en casa para trabajar, y por eso tengo necesidad también de llevar mi correspondencia. 
¿Pero qué importa siempre que Tristán llegue a buen fin?, y llegará como ninguna obra hasta ahora. 
¿Es juicioso el pequeño Kobold? ¿La amiga está consolada? 
No olvide usted Viena, es posible que la ciudad le procure alguna distracción; también quisierá ir allí alguna vez; ahora lo debe usted hacer por mí. Tengo noticias reconfortantes con respecto a la representación de Lohengrin allí y estoy inclinado a creer que de todas las representaciones de mis óperas, será esa la mejor. Espero de Viena una información cierta indicándome la duración de la temporada y si usted podrá todavía verlo. En cuanto la tenga se lo escribiré. 
Por ahora mis mejores saludos y mi viva gratitud a Wesendonk. El pequeño Kobold ha sido muy juicioso y a la amiga la saludo desde lo más profundo de mi corazón. Adiós.

R.W.

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Venecia, 2 de Marzo del 59.

¡Profundo agradecimiento a la encantadora dama de los cuentos de hadas! ¡Los cuenta tan bien y no tienen, sin embargo, las arrugas de la experiencia como tenía Grimm! Mi humor va bien a causa de la perfecta realización del segundo acto. La otra tarde me indujeron Ritter y Winterberger a que les tocase un poco los motivos principales. Comprendí bien que había hecho una cosa bella. Todas mis obras anteriores han quedado de lado, las pobres, en comparación con este solo acto. Así pues he obrado contra mí mismo y matado todos mis hijos a excepción de uno sólo. 
¡Bondad divina! ¡Tú sabes lo que yo quiero! Es límpido, claro, transparente como la pureza de tu cristal más bello. De mi verdadera interioridad no asoma la menor nube que pudiera velar para cualquier ser la vista de mi claridad. Son los hombres que evocan de sí mismos y desparraman sobre mí estas nubes; ¿durante cuánto tiempo tendré todavía que ahuyentarlos para mostrarles que, después de todo, soy un hombre bueno y puro? Y no es por mí por lo que ahuyento estas nubes, porque yo quedaría como quien soy, pero los hombres se esconden a mi vista tras ellas y no puedo contestarles. 
Amiga mía, qué de dificultades, dificultades hasta no acabar. Pero mi buen ángel, sin embargo, me hace señas también; siempre me consuela y me procura el reposo cuando tengo más necesidad de él. «En consecuencia quiero agradecérselo y decirme: eso debería ser así para poder ser así». Sólo el que lleva la corona de espinas conoce la palma que reposa tan dulce, tan ligera en la mano, se ciñe alrededor de la cabeza como el ala del ángel más sutil para enviarnos frescura y reconfortación. 
Nuestras cartas se han cruzado: la suya llegó cuando yo acababa de echar la mía en el correo, precisamente. 
Desde hace mucho tiempo estoy completamente solo. Carlos Ritter me ha dejado para ir a felicitar a su madre enferma. Cuando me dejó me reponía yo de una enfermedad que había interrumpido ini trabajo apenas comenzado. Le prometí terminar otro fragmento importante de Tristán para el día de su regreso. Pero, de nuevo me he visto obligado a no salir de mi cuarto. A causa de una herida externa en la pierna, estuve condenado a no moverme de mi silla desde la que habían de transportarme a la cama. Esto ha durado casi hasta el presente; hace pocos días que he podido salir do nuevo en góndola. Le escribo todo esto con el fin de unir a este comentario doloroso la siguiente observación: que ni por un instante, me ha faltado paciencia, mi espíritu ha permanecido libre y alegre a pesar de que me fué preciso abandonar de nuevo el trabajo. Durante todo este tiempo no vi a nadie, excepto a mi médico; Luisa, mi sirvienta «madonna di servente» que me cuidaba y me vendaba muy bien y Pedro, que había de ocuparse de la calefacción, iba a buscar mis comidas y a la mañana como a la noche me llevaba de mi cama a mi silla y de mi silla a mi cama, con la ayuda de un gondolero. A éso llamaba yo el «traghetto» y por tal operación usaba el grito de «poppe» bien conocido en Venecia. Luisa y Pedro se asombraban siempre y se mostraban contentos al encontrarme de buen humor; lo que les divertía sobre todo, era cuando les hacía comprender por qué conversaba tan difícilmente con ellos, que hablaban en dialecto veneciano mientras que yo sólo me expresaba y comprendía en puro toscano. Uno de estos últimos días he recibido la visita de un hombre noble, muy inteligente y cultivado, el Príncipe Dolgoroucki. Aseguro que el verle entrar me dió cierta alegría, pero su marcha me alegró todavía más, de tal manera me encuentro satisfecho cuando nadie viene a entretenerme ni a distraerme. Tampoco leo mucho, en semejantes circunstancias, siempre leo poco. Sin embargo, he encargado la correspondencia de W. Humboldt; no me ha satisfecho mucho, sí, incluso me costó bastante leer algunos párrafos largos. Ya conocía los fragmentos mejores por los trozos escogidos publicados, ciertas cuatro lineas me resultaban mejores que todo el resto, redactado con exención y falta de claridad. ¿Adivina usted estas cuatro líneas? 
Me interesa más Schiller, experimento ahora un placer grandísimo al releerle. Goethe se mantenía con dificultad al lado de esta naturaleza eminentemente simpática. ¡Cómo respira en él constantemente el deseo de la verdad! Se creería que este ser no ha existido jamás, que no ha dirigido su mirada hacia afuera, sino hacia la luz y el fuego del espíritu. A su salud enfermiza no le perturbaba aparentemente eso. En la época de la madurez parece haber estado exento también de todo sufrimiento moral. Todo parece haber sido soportable a su alrededor. Y además, ¡había tantas cosas que aprender de él! Tantas que, en la época en que Kant había dejado muchos temas importantes en la incertidumbre, resultaban difíciles de dominar, singularmente por el poeta, que quiere la claridad incluso en lo abstracto. A todos los hombres de este tiempo les falta una sola cosa: la música. Pero sentían su necesidad y preveían su nacimiento. Eso se revela a menudo con evidencia singularmente donde se substituye acertadamente el contraste de la poesía épica y lírica al de la poesía plástica y musical. Pero la música ha adquirido el máximo predominio en comparación de la cual los poetas de este período de desarrollos tan apasionados de refinamiento y de celo, no son más que dibujantes de esquemas, a pesar de todos sus trabajos. A causa de esto justamente me son tan predilectos y constituyen mi verdadera herencia. Pero ellos eran dichosos, más dichosos sin la música. La idea abstracta no trae el sufrimiento; mientras que en la música toda abstracción llega al sentimiento. Esto consume, quema, hasta que la llama clara resplandece, hasta que la nueva luz maravillosa puede aparecer. 
También hago mucha filosofía y he llegado a resultados importantes que completan y corrigen a mi amigo Schopenhäuer. Pero prefiero rumiar eso en mi cerebro mejor que escribirlo. Entre otras cosas se presentan en masa proyectos poéticos. «Parsifal» me ha ocupado enormemente, cada vez se me aparece más vivamente y con mágica simpatía, como una criatura extraña, una mujer maravillosa, uno de los demonios del Universo; (la mensajera del Graal). Si alguna vez llevo a término este poema, habré realizado algo verdaderamente original. Solamente me inquieta el no poder tener idea del tiempo que viviré, si he de realizar aún todos estos proyectos. Si fuese realmente adherido a la vida, podría creerme destinado a una larga existencia en relación al número de aquello. Pero eso no ha de cumplirse necesariamente. Humboldt cuenta que Kant tenía aún muchas ideas por desarrollar cuando la muerte se lo impidió a una edad muy avanzada. 
Contra el término de Tristán, noto ahora una resistencia del destino absolutamente fatalista lo que no me excitará, sin embargo, a proseguir mi trabajo con más prisa. Al contrario, obro como si toda mi vida no hubiera de ocuparme de otra cosa. Pero Tristán viene a ser cada vez más bello que todo cuanto he hecho hasta aquí; la más pequeña frase tiene para mi importancia de todo un acto, de tal manera cuido de ello. Y, puesto que hablo de Tristán, he de decirle que me siento dichoso por haber recibido a tiempo un primer ejemplar del poema recientemente imprimido, para enviárselo a usted como obsequio. 
Qué molesto me encontraba constantemente sin estar enfermo propiamente dicho, he sentido la necesidad de hacer una excursión por el país. Quena ir a Vicenzio; el tren que tomé me llevó por otra dirección y por lo tanto descendí en Trieste. Tras una noche lamentable, al salir el sol me dispuse a dar un buen paseo a pie de tres leguas alemanas aproximadamente. Pasé la puerta de la Villa y fui derecho hacia los Alpes que, altivos y bellos alargaban su cadena ante mí. Reflexioné mucho. Regresé de noche a la ciudad de las lagunas fatigado y rememoré la principal impresión de esta excursión. Estaba bastante melancólico al guardar únicamente el recuerdo del polvo y de los caballos miserables que había encontrado de nuevo. Miré tristemente mi gran canal mudo. «Polvo y miserables caballos martirizados, ¡bien! aquí no los ves, pero se encuentran por todas partes del mundo». Apagué mi lámpara, invoqué la bendición de mi ángel bueno y entonces se extinguió para mí también la luz, el polvo y la tristeza se desvanecieron. 
Al día siguiente, me puse de nuevo al trabajo y después tuve que escribir cartas. Pero ya he encontrado eso. Mañana quiero trabajar también. Sin embargo, esta carta debe ser escrita antes. Por ella me deslizo en la noche, donde se extingue la luz, donde se desvanecen el polvo y la tristeza. 
Gracias, hija mía, por haberme acompañado así. ¿Es que habría alguien que no me felicitase por ello? 
Y mil saludos. Miles de buenos y bellos saludos.

Ricardo Wagner.

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Venecia, 10 de Marzo de 1859.

Mi querida Myrrha (1). 
Era verdaderamente una bonita carta íntimamente escrita a mano la que me has enviado. Cualquiera que se obstine en no creerlo, venga pues a verlo. Hija mía, yo no puedo escribir tan bien a mis años. Si hay pues en mi respuesta alguna cosa que tú no comprendas, pide la explicación a mamá. Ella que te ha enseñado a escribir podrá igualmente ayudarte en la lectura. Sé, sin embargo, que podrías leerla sin intervención de mamá; no lo dudo un instante. Pero leer una carta mía será tanto más difícil cuanto que nunca he enseñado a escribir a una Myrrha. Así pues, me he acostumbrado a escribir a mi modo, el cual te parecerá algo difícil de descifrar. Pero mamá te ayudará. 
Ahora te agradezco mucho, mi querida Myrrha, y es muy acertado por tu parte el no haber dudado de que he llorado contigo a causa de la muerte del querido Guido. Cuando vayas a llevarle nuevas flores, salúdale también por mí. Me he alegrado mucho de saber que Carlos crece tanto. El que no tenga la misma figura que el querido Guido no debe impedirte de considerarle como si fuera él mismo. Créeme, es el mismo Guido; solamente con distinta fisonomía. Puesto que tiene otro rostro, mirará algún día las cosas del mundo de distinto modo que Guido las ha mirado. Esa es la única diferencia, y en el fondo eso no importa tanto como se cree de ordinario aunque dé lugar a veces a cierta confusión. Proviene lo más frecuentemente de que los hombres se ven todos con distinta fisonomía, creen entonces que todos son algo diferentes y cada cual aparte se toma por el único verdadero. Por lo demás, eso pasa, y cuando se trata de la cosa principal, de reír o de llorar, entonces se ríe o se llora con su propia figura, tanto como la otra, y cuando hayamos muerto algún día, lo que puede llegar finalmente, seremos todos muy dichosos de tener cada uno de nosotros una fisonomía como la que papá me escribió que tenía el querido Guido. Por consiguiente, considera siempre fielmente y firmemente a Carlos por Guido; éste quiso únicamente dar a su pequeña figura el bello reposo que la mayoría de los hombres no pueden obtener sino después de haber reído y llorado mucho, después de haber hecho muchos gestos. Pero algún día, cada uno debe tener el reposo, si es verdaderamente bueno y amable. Carlos quiere primero reír y llorar mucho; quiere hacerlo en lugar y en sustitución de Guido y por eso mismo es su figura todavía diferente. Yo quisiera de todo corazón que pueda reír mucho, porque las lágrimas llegan de sí mismas, y reír bien puede ayudar a sobrellevar muchas cosas, ¡créemelo! 
Ahora, reflexiona sobre todo esto, mi querida Myrrha, y como me invitas tan amablemente a visitarte, llegaré pronto para hablar contigo de todo esto. Saluda a papá y a mamá. A mamá, que siempre es tan buena para escribirme lo que sucede en vuestra carta, entrégale la carta adjunta y suplícale que esté serena y contenta, a cambio de lo que podrás prometerla que has de aplicarte en la lectura con el fin de llegar pronto a descifrar sin ayuda mis cartas. Entonces tendremos juntos una verdadera correspondencia. 
Y ahora adiós, querida Myrrha. Gracias otra vez y saluda de nuevo a Carlos de parte de tu amigo y tío.

Ricardo Wagner.

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(1) Hija de Matilde Wesendonk.

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Venecia, 10 de Marzo del 59.

A mamá: 
Al fin he terminado ayer mi segundo acto, este gran problema musical cuya solución parecía tan dudosa para todos; y yo sé que lo he resuelto como todavía no ha sido resuelto ningún problema. Es el apogeo de mi arte hasta el presente. Todavía tengo que trabajar durante una semana en el manuscrito; después me es preciso despachar una terrible correspondencia. Tras de lo cual me propongo visitar Verona y Milán, durante algunos días, y atravesar seguidamente mi viejo Gotardo por Como y Lugano. Pero antes envíeme noticias suyas. 
Le agradezco mucho la detallada exposición sobre «mis asuntos». Dios sabe lo que resultará de todas estas tonterías, cuando tengo conciencia de lo que quiero, tengo bastante tranquilidad frente a los ataques del mundo. ¡Esperemos! Por lo demás, siento vértigos al pensar en los esfuerzos que he de hacer aún por existir. En lo que conviene a mi arte cada vez siento menos necesidad del mundo; tanto tiempo como me lo permita mi salud continuaré trabajando, incluso si no viera nunca nada de mi obra en una escena. 
Ayer Winterberger que va a Roma, se despidió de mí; lloró y sollozó abundantemente. Carlos también estaba inexpresablemente afectado al alejarse en el mes de noviembre. Me quieren mucho todos ellos y, lo creo finalmente, que debo tener en mí alguna cosa que les inspire respeto. Dejo aún aquí a Carlos, no está en muy buena situación. Teme mucho mi marcha. 
Ya he comprendido en su «cuento de hadas» bien que, a menudo me falta la comprensión. (Usted ha debido percibirlo más de una vez). Los hilos con los cuales hila usted su cuento ha ido a buscarlos tan profundamente, tan juiciosamente en la naturaleza que se debe haber concentrado muy atentamente apoyando los codos sobre su terraza para saber de donde forma usted este mundo quimérico en donde se encuentra toda la vida de tan bella forma. 
Adiós. Mis mejores saludos a Wesendonk y muchas gracias por su práctica previsión. 
Suyo,

R.W.

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Milán, 25 de Marzo de 1859.

En vuestro nombre, amiga mía he despedido a mi ensoñadora Venecia. Como un nuevo mundo me rodean los ruidos de la calle, el polvo y la sequedad y Venecia me parece pertenecer ya a un reino quimérico. 
Usted escuchará algún día un sueño que, allá lejos, he tenido en música. Pocas noches antes de mi partida, tuve todavía un sueño maravillosamente bello, tan bello que tengo necesidad de comunicárselo, aunque sea verdaderamente demasiado maravilloso para ser contado. Lo que soporta la descripción es aproximadamente esto: una escena que veía en su jardín (presenta un aspecto ligeramente diferente). Dos pichones descendían de las altas montañas; los había enviado yo para anunciarle mi llegada. Dos pichones. ¿Por qué dos? Lo ignoro. Volaban como una pareja unidos el uno al otro. Tan pronto como usted los vió, los elevó en el aire a su encuentro, agitando una gran corona de laureles; con ella se apoderó de los pichones y los atrajo hacia usted, meciendo con un aire provocador, la corona y los prisioneros. De repente, como el sol que aparece tras la tempestad, se reflejó sobre usted una luz brillante; ella me despertó. Usted puede decir lo que quiera. Le aseguro que tal fué mi sueño, aún más bello de como he podido expresarlo. Mi pobre cabeza no hubiera podido inventar eso intencionadamente. 
Por lo demás, estoy cansado y (a causa de la primavera probablemente) muy agitado, con violentas palpitaciones de corazón y fuertes subidas de sangre. 
Como yo cogiese su violeta de usted para expresar un deseo, la pobre flor temblaba entre mis dedos ardientes. En suma, yo expresé el deseo: «sangre tranquila, corazón en paz». Y ahora me confío a la violeta; ella ha oído mi voto. Hoy he ido a la Brera y he saludado a San Antonio en vuestro nombre. Es una estatua magnífica. No lejos de ella he visto la de San Esteban de Crespi: el bello mártir entre los dos hombres que le lapidan; realismo e idealismo aproximados el uno al otro. ¡Qué profunda alegoría! No comprendo cómo estas temas tan maravillosamente tratados, no han sido siempre considerados por todos como el más sublime apogeo del arte, mientras muchas personas, incluso Goethe, los consideran como contrarios a la esencia de la pintura. Es sin duda la mayor gloria del arte nuevo la de haber podido dar con una verdad tan positiva, tan conmovedora, y al mismo tiempo tan bella, lo que la filosofía puede sólo concebir negativamente bajo la forma del renunciamiento al mundo. Yo encuentro todas las figuras complacidas de vivir, todas las Venus, pobres y detestables en comparación de este divino éxtasis de los mártires expirantes, tal como Van Dyck, Crespi, Rafael y otros lo representan. No conozco nada más elevado, nada que satisfaga más profundamente y que sea más sublime. 
He recorrido la catedral de mármol; he subido a lo alto. Es grandiosa hasta el aburrimiento. 
Y ahora no recibiré más cartas en Venecia. El tiempo me es favorable y la nieve del Gothardo me hará revivir. Pronto estaré cerca de usted. Me prometo mucho de Lucerna y cuento recrearme con excursiones semanales al Righi, al Pilatus, al Seelisberg, etc. Me voy a instalar magníficamente y será preciso ir a visitarme con toda la familia. 
Cuando usted tenga pronto, en recuerdo de nuestros «conciertos íntimos», una numerosa sociedad en su casa, le ruego que piense un poco en mí, también. 
Que San Antonio, San Esteban y todos los Santos le bendigan a usted. Muchos saludos a Wesendonk y a mi pequeña corresponsal. No puedo verdaderamente decir adiós, puesto que estoy a punto de aproximarme a usted. Encuentro que conviene mejor decir: ¡Salud! 
Mañana los Alpes. Adiós, amiga mía. 
Vuestro,

Ricardo Wagner.

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Lucerna, Lista de Correos. 

Lucerna, 7 de Abril de 1859.

Aquí de lo antiguo y de lo nuevo para mi querida, ¡santa Matilde! 
Me es imposible escribir una carta hoy. Pero lo haré pronto. 
El piano está aquí en buen estado, ha pasado el Gotardo perfectamente afinado. 
El tiempo es divino. La soledad me hace mucho bien. He encontrado hermosos paseos que ya me encantaban antes. Los pájaros cantan alegremente, como no les he oído cantar desde hace largo tiempo; me impresionan vivamente las voces confiadas eternamente en la Naturaleza. 
Adiós, hasta pronto con noticias nuevas. Mañana continuaré en el trabajo del Tristán.

R.W.

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12 de Abril del 59.

Hija mía, este Tristán viene a resultar algo terrible. ¡Qué último acto! 
Temo que esta ópera sea prohibida, a menos que la mala representación no haga de ella una parodia: sólo las representaciones mediocres podrán salvarme. Las que sean completamente buenas volverán loco al auditorio, no puedo pensar de otra manera. Es a eso a lo que había de llegar una vez más. ¡Qué desgraciado soy! 
Adiós.

R.W.

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26 de Abril del 59.

He aquí al fin un día que promete, veremos si la jornada resulta efectivamente buena. Su breve carta y el buen tiempo forman un feliz comienzo. Gracias. En total me siento algo tardo de espíritu y cansado. Llevo ya demasiado tiempo en este trabajo y siento que mi fuerza creadora no se nutre más que de gérmenes y florecimientos, que han hecho hacer en mí una especie de tempestad fertilizadora. Hablando con propiedad, no he creado; cuanto más dure ésto he de sentirme más feliz, para que pueda despertarse el fuego interior y estos estados de alma no se dejen forzar por la reflexión como muchos otros sentimientos en presencia del mundo. Trabajo bien poco cada día, pero esto no dura mucho tiempo, como ocurre en los relámpagos de la inspiración; preferiría a veces no hacer nada, si el error de una jornada vacía no fuera bastante para impresionarme. 
¡Qué extrañas criaturas somos! No llevamos una existencia natural; para retroceder a medio camino solamente de la Naturaleza, debería ésta ser mucho más artificial todavía, como mis obras de arte mismas, que no se encuentran tampoco en la Naturaleza y la experiencia, pero reciben sin embargo una vida nueva y superior por la más completa aplicación del arte. 
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De una manera natural y por sí mismo, nada se hace, ni siquiera mi creación artística. Me parece incluso que no encuentro ya placer en el Tristán; debería haberlo terminado al menos antes del último año. Pero los dioses no lo han querido. Ahora no trabajo sino con el sentimiento de acabarlo, únicamente porque sin ello todo acabaría de una vez, inmediatamente. Hay dentro de ello mucha violencia. 
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Ahora vayan mis felicitaciones y para los “otros”.

R.W.

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9 de Mayo de 1859.

¡Hija mía, hija mía! Los bizcochos han producido su efecto; gracias a ellos he franqueado cierta zona en la que estaba detenido desde hace ocho días. Ayer probé a trabajar y esta tentativa tuvo un resultado lamentable. Estaba de un humor terrible y encontré un derivativo en una larga carta a Liszt anunciándole que estaba acabada mi carrera de compositor y que en Carlsruhe habrían de pensar en otra cosa. El sol no me trajo ningún alivio, tuve que creer que su luz del viernes pasado por la mañana sólo era una galantería de mi parte; era únicamente la luz que yo le había concedido para alumbrar el regreso a su casa. Hoy, pues, contemplaba yo el cielo gris con una desesperación completa y me preguntaba quién serviría de emisario a mi mal humor. No habiendo podido avanzar en mi trabajo musical desde hace ocho días (especialmente para encontrar la transición del verso «no morir de deseo» en el viaje por el mar de Tristán herido), lo abandoné y comencé el desarrollo del principio que le hice conocer a usted. Me es imposible continuar, incluso eso al presente; porque me parece que lo había hecho mucho mejor antes y no podía recordarlo ahora. 
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El viernes por la noche me hizo reír mucho Schiller; posee este humor especial que no encuentro en Goethe con esa benevolencia. 
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Nada nuevo. Mientras que usted se ha dejado llevar de nuevo hacia los Willes, yo me he contentado con estar asomado al balcón, contemplando mi público de Lucerna, el cual explota la ventaja que tiene sobre usted, especialmente el poder admirar a diario mi nueva bata, con un verdadero fanatismo. ¡Debe ser verdaderamente bonita! 
Deme usted pronto noticias suyas y no sólo de comer. Salude de mi parte muy cordialmente al agitado y déle las gracias en mi nombre por el champagne con que me ha obsequiado. Pero no eran aquellos bizcochos. ¡ Dios mío el «Zwizback»!, ¡qué bizcocho! 
El que puede conformarse con un domingo sin sol espera tener una feliz semana con un poco de la luz de este astro. 
Adiós.

R.W.

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Julio 1859.

Querida mía: 
Las cosas no han podido resultar peores en Solferino para mi trabajo en este momento; mientras que allí cesa la matanza, yo continúo; corrijo sin cesar. Hoy mato a Melot y Kurwenal. Llegue pronto si quiere ver todavía el campo de batalla antes de que los muertos sean enterrados. Mis cariñosos saludos. Vuestro,

R.W.

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Viena, 28 de Septiembre de 1861. 

Hotel de la Emperatriz Isabel.

¡Oh, noble criatura sublime! Hoy quisiera no escribir casi nada más fuera de esta exclamación. Todo lo que puedo añadir es nulo. La música hace de mí, en suma, un hombre puramente exclamativo; el punto de exclamación es en el fondo la única puntuación para mí en cuanto abandono la música. También constituye el antiguo entusiasmo sin el cual apenas puede subsistir. El sufrimiento, la pena, el desabrimiento mismo, el mal humor toman en mí este carácter entusiasta; y he aquí el porqué doy a los demás tantas penas, seguramente. 
¡Qué no podrá hacerse en Zurich! Viena, París, Londres. Se excavaría en todo vanamente para descubrir alguna fotografía que valga lo que la obra de Keller. ¡Oh criatura, qué bella sois! ¡Es imposible decirlo completamente. ¡Sí, Dios mío! 
¡ En tal corazón es preciso que todo se haga real, el más miserable mendigo que habite ahí debe sentirse pronto como elevado a las nubes. Los más nobles dolores están escritos en esas mejillas que antes expresaban una sonrisa tan infantil. Sí, ahora habita Dios en esta criatura. Inclinese profundamente. 
Usted dirá que llego demasiado tarde con la expresión de mi gratitud. En realidad hasta hoy no he llegado a nada definitivo. Apenas emerjo por cima de toda suerte de calamidades de las que esta altiva criatura debe saber lo menos posible. Me he mudado otra vez. Un conocido que viajaba con su familia puso su casa a mi disposición pero ahora regresa y como decididamente tengo desgracia en esto, (aunque deba exceptuar al amable ministro de Prusia en París) no me quedaba otro recurso que el de alojarme de nuevo en un hotel. Me instalé en él por algunos meses y aquí he desembalado mi pequeño equipaje de «Holandés errante». Allí apareció de nuevo la gran cartera verde. La había tenido cerrada desde Lucerna. Tomé la llave para inspeccionar el tesoro. ¡Cielos! ¿Qué es lo que vi? Dos fotografías: el lugar de nacimiento de Tristán, «La colina verde» con «El Asilo» y el palacio veneciano. Después las páginas originales con los primeros apuntes, borradores extraños, también los versos de la dedicatoria, con los cuales enviaré un día el esquema del primer acto a la «maravillosa criatura», trazado a lápiz, terminado; ¡qué placer me causaron estos versos! ¡Son tan puros y leales! He encontrado también escrito a lápiz, el lied de donde ha surgido la escena nocturna. ¡Dios lo sabe! ¡Este liad me gustó de modo bien diferente que la soberbia escena! ¡Bondad divina! ¡Es más bello que todo cuanto he hecho. Tan bello hasta el extremo de mis nervios cuando lo oigo. ¡Y llevar en el corazón la plena presencia de un tal recuerdo sin ser dichoso! ¿Cómo será posible ésto? Cerré la cartera, pero abrí la última carta con el retrato y surgió el grito. ¡Perdón, perdón!, no lo volveré a repetir. 
Todavía, menos cuanto que le dirijo estas líneas a Düsseldorf, donde ha acudido para asistir a una madre gravemente enferma. Profundamente me entristece el no poder prestarle ningún socorro. Le debo un reconocimiento verdaderamente inexpresable y, sin embargo, ¡mi nombre no debe ser pronunciado en su cabecera! Lo temo con toda modestia, me lo puede usted creer, pero dígale cuando la vuelva a ver por primera vez después de esta carta, dígale, que hoy le deseo doblemente paciencia y curación. 
Ahora veo venir el 20 de octubre. ¿No es así? Pienso en todas las cosas que quiero prepararle a usted aquí: pronto oirá el «Buque Fantasma» y «Lohengrin». Para Tristán hay esperanza. Mi tenor ha recobrado su voz; están llenos de entusiasmo. Van pues a comenzarse los estudios seriamente. 
Ahora benditos seáis, mis queridos amigos. 
Todo lo que hay de noble y de eterno, a la Reina.

RICARDO WAGNER.


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