La España Moderna. Madrid, sin fecha.
Recuerdos de mi vida
Por Ricardo Wagner

 

I Recuerdos de mi vida (1813-1842) | II La prohibición de amar | III Traslación de las cenizas de Weber a Dresde | IV Mis recuerdos sobre Spontini | V Carta sobre el Tannhäuser. París, 27 de marzo de 1861 | VI Mis recuerdos sobre Luis Schnorr de Karolsfeld, muerto en 1865 | VII Un recuerdo de Rossini | VIII Historia de una sinfonía (carta al editor Fritzsch) Venecia, 31-12-82 | IX Carta a M.G. Monod. Sorrento, 25 de octubre de 1876X Carta al Duque de Bagnera. Villa de Angri, 22 de abril de 1882 ]

 

II

LA «PROHIBICIÓN DE AMAR»

De la segunda ópera que terminé completamente, Prohibición de amar, no doy á luz más que un resumen del argumento y una reseña de la tentativa de su representación con las circunstancias que á ella se asociaron. Si me abstengo de una comunicación semejante por lo que se refiere á mi primera ópera, Las Hadas, atendiendo á que no llegó á la publicidad, no creo posible pasar en silencio esta segunda obra de mi juventud, puesto que pudo obtener una publicidad verdadera, como va á verse, y abrogó entonces la atención sobre sí.

Bosquejé el poema de esta ópera en el estío de 1834, durante una temporada de vacaciones en Toeplitz, de la cual conservé recuerdos precisos consignados en las siguientes páginas.

Durante algunas hermosas mañanas huí de la gente para ir á almorzar solo á la Schlatenburg y trazar en mi cuaderno de apuntes el plan de un nuevo libro de ópera. Me apoderé al efecto del asunto de Shakespeare,Medida por medida, y, conforme á mis disposiciones de entonces, lo transformé libérrimamente en un libreto para mi uso, á que puse por título Prohibición de amar. Las ideas de la Joven Europa, (fue obsediaban entonces los cerebros, y la lectura de Ardinghello, exasperadas una y otra por las disposiciones personales de que yo estaba animado contra la música alemana, me sugirieron la nota fundamental de mi concepción, dirigida especialmente contra el puritanismo hipócrita, y destinada en consecuencia á la glorificación atrevida de la «libre sensualidad.» No me tomé el menor trabajo para entender de otra manera el austero pensamiento de Shakespeare; no vi más que el gobernador sombrío y rigorista inflamado de una pasión formidable por la bella novicia, y la bella novicia que, al implorar la gracia de su hermano condenado por un delito de amor, encendía en el puritano rígido la llama más funesta, merced á la irradiación de sus calorosos sentimientos. Que Shakespeare no desenvolviese con tal riqueza esos poderosos motivos dramáticos sino para que pesasen al fin con mayor fuerza en la balanza de la justicia, cosa era de que yo me preocupaba muy poco; á mí no me importaba sino desvelar lo que había de culpable en la hipocresía y de antinatural en el papel cruel de censor. Separándome, pues, completamente de Medida por medida, sólo me cuidé del castigo del hipócrita por el amor vengador. Transporté el asunto de la Viena fabulosa á la capital de la ardiente Sicilia: aquí un gobernador alemán, indignado de la libertad de costumbres del país, incomprensible para él, intenta un ensayo de reforma puritana, y sucumbe en la demanda de la manera más lamentable. Es verosímil que entrase por algo en esa composición la Muda de Pórtici, y aunque cooperasen también algunas reminiscencias de las Vísperas Sicilianas: cuando considero que hasta el dulce siciliano de Bellini tiene algo que ver con la tal obra, no puedo menos de sonreirme del extraño quid pro quo á que conspiraron entonces los descarríos más singulares.

No terminé la partitura de esa ópera hasta el invierno de l835 á 1836. La cosa se hizo en medio del gran desorden de impresiones originado por mi entrada en el teatrito municipal de Magdeburgo, donde había dirigido la ópera durante dos temporadas de invierno. De mi contacto inmediato con el personal de la ópera alemana resultó una extraña depravación, visible entonces en todo el plan y en el desarrollo de esa obra, y visible hasta el punto de que nadie hubiese podido reconocer en el autor de semejante partitura al joven entusiasta de Beethoven y Weber.

Hé aquí ahora cuál fué su destino.

A pesar de un apoyo regio, y á pesar de una ingerencia de la Junta del teatro en la administración, nuestro digno director andaba enredado en una quiebra continua, y no había que esperar de ningún modo en la continuación de su empresa. Así era menester que la representación de mi ópera por el excelente personal de canto, que se hallaba completamente á mis órdenes, sirviese de punto de partida á un cambio radical en mi crítica situación. Desde el último estío tenía derecho á un beneficio como indemnización de ciertos gastos de viaje; y, naturalmente, pensé consagrar ese beneficio al estreno de mi obra, procurando hacer lo menos costoso posible para la dirección ese favor que me debía. A este fin, y como quiera que corriesen á su cargo algunos desembolsos que exigía la nueva ópera, convine en dejarle los ingresos del estreno, percibiendo yo en cambio los de la segunda representación. No me pareció enteramente desfavorable que se aplazase el estudio de la obra hasta fines de la temporada, porque daba por supuesto que el público prestaría singular atención á las últimas representaciones de un personal acogido frecuentemente por un favor poco común. Por desdicha no llegamos á ese excelente fin de la temporada, señalado para los últimos días de Abril; porque ya el mes antes, á consecuencia de inexactitud en el pago, se despidieron las partes favoritas de la compañía, resueltas á buscar mejor colocación en otra parte, sin que la empresa, dada su insolvencia, tuviese medios de impedirlo. Entonces concebí verdaderos temores, pareciéndome más que dudoso que pudiese verificarse el estreno de mi Prohibición de amar. Gracias á la gran popularidad de que gozaba cerca de toda la compañía, logré decidir á los cantantes, no sólo á prolongar su estancia hasta fines de Marzo, sino á emprender el estudio de mi ópera, estudio fatigosísimo, dada la premura del tiempo. Tan medido era ese tiempo, que, en el supuesto de celebrar dos representaciones, teníamos diez días solamente para todos los ensayos. Como no se trataba de una opereta fácil, sino, á pesar del carácter ligero de la música, de una gran ópera, con muchos trozos importantes de conjunto, el empeño bien podía considerarse como una locura temeraria. Yo fiaba, sin embargo, en el extraordinario esfuerzo que hacían los cantantes por darme gusto, estudiando sin reposo noche y día; y, aunque fuese imposible que los infelices llegasen á sentirse algo seguros de sí, todavía esperaba un milagro final de la pericia que había yo adquirido como director de orquesta. El poder que poseía de mantener á los cantantes, á despecho de la falta más absoluta de seguridad, dentro de cierta corriente á propósito para sostener la ilusión, manifestóse realmente en aquellos pocos ensayos generales: apuntándoles de continuo las palabras, cantando con ellos, y dirigiéndoles enérgicas llamadas de atención ápropósito de la acción, encaucé el conjunto tan á maravilla, que al parecer debía producir un efecto muy tolerable. Desgraciadamente no habíamos reflexionado que, al llegar la ejecución, en presencia del público, todos esos enérgicos recursos para poner en movimiento la máquina dramático-musical deberían limitarse á las indicaciones de la batuta y al juego de la fisonomía. En realidad los cantantes, sobre todo los del personal masculino, andaban tan sumamente inseguros, que la acción se veía entorpecida y paralizada desde el principio hasta el fin. El primer tenor, que era el de menos memoria, trataba de suplir con el mejor deseo del mundo el carácter vivo y provocativo de su papel (el tarambana Lucio) con la rutina que había adquirido enFra Diavolo y Zampa, y sobre todo con un penacho multicolor, desmesuradamente grande y ondulante. A pesar de eso no había que extrañar que el público no viese claros los pormenores de una acción simplemente cantada, sobre todo cuando la dirección no había conseguido llegar á imprimir el libreto por separado. A excepción de algunos pasajes de las cantantes, acogidos con éxito, el conjunto, que yo soñaba, de una acción atrevida y un diálogo movido y enérgico se redujo á un juego musical de sombras chinescas, á que prestó generoso concurso la orquesta con sus confusas expansiones y con un estruendo frecuentemente exagerado. Como detalle característico de mi modo de tratar el color instrumental, citaré este hecho: el músico mayor de una banda militar prusiana, á quien le gustó mucho la obra, creyó préciso darme benévolas instrucciones para mis composiciones futuras en punto al empleo del bombo.

Antes de dar á conocer la suerte ulterior de esta obra singular de mi juventud, haré una breve reseha de su carácter, sobre todo en lo que afecta al poema.

La obra de Shakespeare muy austera en el fondo, se modificó en mis manos al tenor siguiente:

Un rey anónimo de Sicilia abandona su reino para hacer un viaje á Nápoles, y transmite al gobernador que deja de regente (llamado Friedrich á secas á fin de darle carácter alemán), plenos poderes para que reformé las costumbres de la capital siciliana, de las cuales está escandalizado el rígido consejero.

Al comienzo de la obra se vé en funciones á los agentes de la fuerza pública, cerrando unos los establecimientos prohibidos de un barrio de Palermo, arrasándolos otros y Ilevándose presos á sus concurrentes y dueños. El pueblo se opone á esa medida: gran escaramuza. En lo más recio del tumulto el jefe de los esbirros, Brighella (bajo caricato), después de un redoble de tambor que restablece la calma, lee el bando del gobernador, según el cual, se ha procedido en bien de la mejora de las costumbres. Una carcajada general y un coro irónico interrumpen la lectura; Lucio (tenor), mancebo hidalgo y libertino jovial, parece querer erigirse en jefe del pueblo, y encuentra á poco la ocasión de interesarse más á fondo en la causa de los oprimidos: tropezándose en el camino con su amigo Claudio (otro tenor) á quien llevan preso, oye de su boca que, en virtud de una añeja ley exhumada por Friedrich, debe sufrir la pena de muerte por un delito de amor. Ha hecho madre á su amada, cuya mano le habían negado hasta entonces padres hostiles. Al odio de la familia se asocia el celo rigorista de Friedrich; Claudio teme que el asunto acabe del peor modo, y no espera ya su salvación más que de la clemencia, si la intercesión de su hermana Isabel logra ablandar el corazón inflexible del regente. Lucio promete á su amigo ir en busca de su hermana al convento de las Hijas de Santa Isabel, en donde acaba de entrar como novicia.

Allí, en el tranquilo retiro del claustro, conocemos mejor á esa joven por un diálogo íntimo con su amiga Mariana, que ha entrado también como novicia. Esta última descubre á la amiga de quien ha estado separada mucho tiempo, la triste suerte que la ha conducido á aquel sitio. Fiando en la promesa de una eterna fidelidad, se decidió á unirse secretamente con un hombre de alta jerarquía; pero se ha visto abandonada y hasta perseguida por él, porque el traidor se ha revelado finalmente como el hombre más poderoso del Estado: es, ni más ni menos, que el consejero actual del rey. Isabel desahoga su indignación en acentos inflamados, y no se calma sino después de resolverse á abandonar un mundo donde ha podido cometerse impunemente tan monstruosa hazaña.

Pero cuando Lucio le participa la suerte de su propio hermano, la aversión que siente por la falta de este último se trueca al momento en una cólera violenta contra la infamia del hipócrita regente. ¿Es él el que pretende castigar con crueldad tamaña aquella falta infinitamente menor que la suya, aquella falta de un hombre que al menos no se ha manchado con una traición? Su viva efervescencia le comunica irresistibles seducciones á los ojos de Lucio, que, inflamado de repente por un violento amor, la insta á abandonar para siempre el convento y aceptar su mano. Isabel, llena de dignidad, sabe tenerlo á distancia, pero acepta sin vacilaciones que la acompañe á presencia del regente.

Aquí se prepara la escena del juicio á que puse por introducción un interrogatorio burlesco de diversos delincuentes contra las costumbres, por el jefe de los esbirros Brighella. La seriedad de la situación resalta así más, cuando aparece el sombrío Friedrich reclamando silencio, en medio del tumulto del populacho, y cuando el mismo regente comienza el interrogatorio de Claudio en términos severos. Ya va á pronunciar la sentencia el juez inexorable, cuando llega Isabel solicitando hablarle antes á solas. Durante esa conferencia, la joven se domina con noble reserva ante aquel hombre á quien teme y desprecia, sin embargo, no dirigiéndose más que á su indulgencia y misericordia. Las objeciones que él opone aumentan el calor de sus sentimientos; presenta con colores conmovedores la falta de su hermano, é implora el perdón de un desliz tan humano y disculpable á la postre. Notando el efecto producido por sus expresiones calorosas, continúa con ardimiento creciente, apela á aquel corazón de juez que ahora se cierra con tanta dureza, á aquel corazón que no puede haber permanecido cerrado siempre á los mismos sentimientos que arrastraron á su hermano, á aquel corazón cuya propia experiencia invoca, llena de angustia, para ayudarla ensu empresa Se ha roto el hielo:Friedrich, impresionado profundamente por la belleza de Isabel, no es ya dueño de sí mismo, y promete concederle lo que pide al precio de su amor. Apenas se da ella cuenta de haber producido ese efecto inesperado, corre á la ventana y á la puerta en un acceso de indignación contra infamia tan inconcebible, llamando al pueblo para desenmascarar al hipócrita á los ojos de todo el mundo. Ya la muchedumbre amotinada se precipita en la sala del Tribunal, cuando Friedrich, gracias á los esfuerzos de una energía desesperada, consigue demostrar á Isabel, mediante algunas indicaciones significativas, la imposibilidad de conseguir su objeto: él negaría atrevidamente su acusación, explicaría la proposición que hizo por su parte como un medio de prueba, y se prestaría crédito á sus palabras. Isabel, turbada y confusa, reconoce lo aventurado de su intento, y se abandona á la rabia muda de la desesperación. Pero cuando Friedrich anuncia al pueblo el supremo rigor y al acusado su sentencia, Isabel, movida por la dolorosa suerte de Mariana, concibe con la rapidez del relámpago el proyecto salvador de obtener por la astucia lo que parece imposible conseguir por la violencia abierta. Pasa entonces, por una transición brusca, de la más profunda aflicción á la más franca jovialidad: se dirige á su consternado hermano, á su afligido amigo, á la multitud perpleja, anunciándoles que les prepara á todos una sorpresa de las más agradables, porque los regocijos del carnaval, que el gobernador acaba de prohibir severamente, deben celebrarse aquel año con la mayor extravagancia:en efecto, aquel hombre temido no se muestra tan cruel sino en apariencia, á fin de sorprender más gratamente al pueblo con su alegre participación en todo lo que prohibe. Todos creen que se ha vuelto loca; Friedrich, con especialidad, le reconviene en los términos más duros su inconcebible demencia; pero algunas palabras de Isabel bastan para trastornar al mismo gobernador porque murmura á su oido, en una confidencia furtiva, la promesa de colmar todos sus deseos y dirigirle á la noche siguiente una invitación anunciándole su ventura.

Así termina el primer acto en medio de la más viva agitación. ¿Cuál es el plan tan rápidamente concebido por la heroina? Lo sabemos al empezar el acto segundo. Isabel va á la prisión de su hermano para saber ante todo si es digno aún de la absolución. Le descubre las proposiciones ultrajantes de Friedrich, y le pregunta si desea salvar su vida delincuente al precio del deshonor de su hermana. A las primeras explosiones de cólera de Claudio, á su abnegación para el sacrificio, sucede una disposición muelle que hace pasar al infeliz de la tristeza á la debilidad, cuando se despide por siempre de su hermana, encargándole un adiós conmovedor para la amada á quien abandona. Isabel, pronta á comunicarle su salvación, se detiene con desaliento, al verle caer del más noble entusiasmo hasta la débil confesión de su amor á la vida, hasta esta tímida pregunta: ¿le parece, pues, exorbitante el precio de su salvación? Isabel se levanta horrorizada, rechaza lejos de sí á aquel hermano indigno, y le anuncia que ya no le resta sino unir á una muerte ignominiosa todo su menosprecio. Después de restituirlo al carcelero, su actitud vuelve á revestir, por un cambio instantáneo, la expresión serena y altiva de un alma resuelta: es verdad, se decide á castigar las vacilaciones de su hermano, prolongando la incertidumbre en que se halla sobre su suerte; pero persiste también en su designio de librar al mundo del más afrentoso hipócrita que ha pretendido nunca dictarle la ley. Conviene con Mariana en que ésta última acuda en su lugar á la cita concertada con Friedrich para la noche próxima, y envía á Friedrich la invitación á ese encuentro, que, para envolver mejor al enemigo en su perdición, debe verificarse bajo disfraz en una de las casas prohibidas por el mismo regente. Habiendo formado el designio de castigar también al calavera de Lucio por la audaz declaración de amor hecha á la novicia, le da parte de los deseos de Friedrich y de la supuesta necesidad en que se halla de ceder; explica el caso con un desenfado tan inconcebible, que el joven aturdido de antes experimenta la mayor estupefacción y desesperación, y jura que, si conviene á la noble doncella sufrir ese inaudito ultraje, él intentará impedirlo con todo su poder: antes ahogaría en fuego y sangre á todo Palermo.

En fin, toma sus medidas para que todos sus amigos y conocidos se reunan aquella tarde á la salida del Corso so pretexto de inaugurar la gran mascarada prohibida. Allí, á la caída de la noche, en el momento en que empieza á manifestarse ya la alegría y la turbulencia, se presenta Lucio entonando una canción extravagante de circunstancias, que tiene por estribillo:

Al que no coree esta canción

Atravesarle el corazón.

Logra provocar á la multitud á la rebelión abierta. En el momento en que se acerca una partida de esbirros para dispersar á la muchedumbre, debe empezar á realizarse el plan sedicioso; pero Lucio reclama antes una última concesión: la de dispersarse en las cercanías, porque allí está el sitio de la pretendida cita con el gobernador, el sitio cuyo secreto le ha entregado Isabel. Lucio espía á Friedrich; lo reconoce bajo el disfraz, y lo detiene; el otro, desprendiéndose con energía, lo persigue, gritando, con la espada desenvainada; pero es detenido á su vez y extraviado merced á instrucciones de Isabel oculta en un bosque próximo. La joven sale entonces de su escondite, regocijándose á la idea de que en aquel mismo punto es restituido el esposo infiel á aquella Mariana á quien había hecho traición; en seguida, creyendo tener en su mano el indulto prometido, está á punto de renunciar á toda ulterior venganza, cuando, abriendo el escrito para leerlo á la luz de una antorcha, descubre con espanto la orden de ejecución agravada, orden que, gracias á la corrupción del carcelero, llegó á su poder en el instante mismo en que desistía de transmitir á su hermano la noticia de su perdón. Friedrich, después de rudos combates contra la pasión que lo devoraba, reconociendo su impotencia contra aquel enemigo de su reposo, había resuelto perecer, ya que criminal, como hombre de honor al menos. Una hora en los brazos de Isabel, y después su propia muerte... Sufriendo el rigor de la misma ley que condenaba á Claudio de una manera irrevocable. Isabel, no viendo en esa manera de obrar más que una nueva acumulación de ignominias, se abandona al furor de la desesperación. Al oir sus excitaciones á la rebelión inmediata contra el más infame de los tiranos, el pueblo entero se precipita en masa confusa; Lucio, que sobreviene también, aconseja á la multitud con expresiones amargas á no prestar oídos á los arrebatos de aquella mujer que la engañaría como lo ha engañado á él mismo. Nueva confusión y desesperación de Isabel; de pronto se oyen por dentro gritos burlescos de Brighella, pidiendo auxilio: envuelto en aquella intriga de los celos, acaba de apoderarse, por equivocación, del gobernador disfrazado, y contribuye así á descubrirlo. Friedrich se ve desenmascarado. Se reconoce á Mariana trémula junto á él; se propagan sucesivamente la sorpresa, la cólera y la alegría; se cambian con rapidez las explicaciones necesarias; Friedrich demanda con semblante sombrío el juicio del rey que vuelve, por haber incurrido en la pena capital. Claudio, sacado de la prisión por la multitud delirante, le dice que en aquel tiempo la ley no castiga con la muerte las faltas de amor.

Nuevos mensajeros anuncian la entrada inesperada del rey en el puerto; se decide formar una gran mascarada, y dirigirse así, á guisa de alegre homenaje, al encuentro del príncipe bien amado, que, en medio de su alegría, comprenderá seguramente el mal efecto que debe producir el sombrío puritanismo alemán en aquella ardiente tierra de Sicilia. A. él se atribuye esta frase: « Yo me complazco más en la animación de las fiestas que en vuestras sombrías leyes.» Friedrich, con su esposa Mariana, unida nuevamente á él, debe abrir la marcha ahora; detrás forman una segunda pareja Lucio y la novicia, perdida por siempre para el claustro...

Esa acción viva, esas escenas cuya concepción puede calificarse de atrevida en ciertos respectos, estaban redactadas en un estilo que no carecía de propiedad y en versos esmerados. La policía puso inconvenientes al título de la obra; de no sustituirlo, hubiese sido causa de la ruina completa de mis planes. Estábamos en Semana Santa, época en que se prohibían en el teatro las obras ligeras ó simplemente frívolas.

Felizmente, el magistrado con quien tuve que entenderme no se cuidó de entrar en pormenores sobre el libreto; y como yo asegurase que estaba compuesto con arreglo á una obra muy seria de Shakespeare, se contentó con la modificación del título, reemplazándose el que veía con malos ojos por el de La novicia de Palermo, en que no encontraba ya ninguna cosa escabrosa, y sobre cuya impropiedad no se formuló ningún escrúpulo.

No tuve la misma suerte en Leipzig donde poco tiempo después traté de hacer pasar mi nueva obra en sustitución de mis Hadas sacrificadas.

Esperaba lisonjear y ganar á mi proyecto al director del teatro, adjudicando el papel de Mariana á su propia hija, que se estrenaba en la ópera; pero encontró en la tendencia del asunto un pretexto muy plausible para rechazar la obra, diciendo que, si el magistrado de Leipzig permitía su representación, lo cual dudaba mucho en autoridad tan competente, él, como padre de conciencia, no autorizaría á su hija á tomar parte.

Esa tendencia de mi libreto -cosa curiosa- no me perjudicó nada en la representación de Magdeburgo, porque, como ya he dicho, el público se quedó pura y simplemente sin enterarse del asunto á consecuencia del absoluto embrollo de la ejecución. La circunstancia, pues, de que no se había manifestado ninguna hostilidad contra la tendencia hacia posible una segunda representación; nadie suscitó reclamación ninguna, porque nadie se preocupaba de tal cosa. Yo veía bien que mi ópera no había producido efecto, y que el público no sabía á qué atenerse sobre lo que podría querer decir todo aquello: me prometía, sin embargo, una recaudación considerable, en el supuesto de que era la última función de la compañía, lo cual no fué óbice para que reclamase lo que se llamaba la tarifa alta de los precios. ¿Había algunas personas en el teatro antes de empezar laovertura? Cuestión sobre la cual me es difícil pronunciarme seguramente; como un cuarto de hora antes del momento en cuestión sólo vi á mi casera y á su marido, y, cosa sorprendente, á un judío polaco, de toda gala, en los sillones de orquesta. Aún esperaba yo, á pesar de todo, mayor afluencia, cuando de repente sobrevinieron entre bastidores sucesos inauditos.

El marido de mi primera cantante -que hacia el papel de Isabel- pegaba al segundo tenor -que representaba el de Claudio;- este último era un jovencillo agraciado, que hacía tiempo excitaba los celos del susodicho esposo. Parece que el tal marido, después de notar, como yo, la ausencia del público, juzgó llegada al fin la anhelada hora de dejar caer su venganza sobre el amante de su mujer, sin causar perjuicios á la empresa. El infeliz Claudio, maltratado violentamente, tuvo que escurrirse al vestuario con la cara ensangrentada. Isabel, enterada del suceso, se precipitó desesperada al encuentro del marido furioso, y recibió tan tremendos cachetes que cayó presa de convulsiones. La confusión que se armó en un instante no tuvo límites; cada cual tomaba partido en pro ó en contra, y en poco estuvo que no se llegase á una contienda general; porque aquella malhadada noche les pareció á todos, por lo visto la más oportuna para el ajuste final de cuentas de sus supuestas ofensas recíprocas. Era evidente que la pareja estropeada por la prohibición de amar del marido de Isabel no podía presentarse en escena aquel día; en consecuencia, anuncióse á la escogidísima concurrencia de la sala que «por causas imprevistas» no podía verificarse la representación de la ópera...

Jamás hice ninguna otra tentativa por rehabilitar la obra de mi juventud.


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