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Prefacio. Bayreuther Blätter, primer artículo

Bayreuther Blätter, nº1. 1878. Wagneriana, nº3. 1982
PREFACIO.Bayreuther Blätter, primer artículo.
Por Richard Wagner

 

    Yo me he presentado, en diferentes reposiciones, a mis amigos como un literato, pero no todavía como director de revista. Si es la fuerza de las circunstancias la que me ha dictado mis artículos de antaño, es más bien el azar que unas consideraciones serias lo que me ha hecho tomar esta resolución reciente; su puesta en ejecución debe, previamente, conservar y fortificar intelectualmente, y con una estructura tan útil como sea posible, el vinculo que une los amigos de mi arte con el objetivo que exigen las tendencias prácticas de éste.

    Puedo guardar en silencio el motivo que me ha decidido a publicar estas “Hojas de Bayreuth”, ya que las sociedades interesadas lo conocen; sin embargo, debo recordar mi comunicación del 15 de septiembre del año pasado, y constatar, por el momento, que del conjunto del plan que tracé entonces detenidamente, la publicación de estas “Hojas” ha parecido sólo realizable.

    Las maravillas de nuestro tiempo se producen en un otro dominio que el del arte alemán y de su coraje por el poder. Pero esto hubiera sido una maravilla de las más inauditas que se haya comprendido inmediatamente, sino por todas partes, por lo menos en buena parte, o que se haya incluso ayudado liberalmente en la ejecución de mi proyecto de formar un conjunto de artistas líricos y dramáticos, perfecto y completo, destinado a mantener y conservar un estilo artístico alemán que nos sea absolutamente propio. Los que saben gracias a qué sacrificios penosos he obtenido en antaño unos resultados, no ignoran que yo estoy habituado a arreglármelas por mi mismo sin los milagros de cultura del Estado alemán. Al contrario, he aprendido a contentarme y consolarme en la ardiente simpatía de amigos que por lo menos me comprenden, aunque ello sea impotente, y yo dejo bien de buena gana un ministerio imperial de la instrucción pública crear en las capitales de provincia de la principal monarquía de la Alemania del Norte, unas escuelas sucursales de la singular Escuela Superior de música de Berlin; siendo ésta, se me dice, el único resultado tangible de la publicación de mi proyecto.

    En revancha, puedo estar satisfecho de que, sobre todo en las pequeñas ciudades, el número de los partidarios de mis tendencias haya aumentado, y que esos amigos, aunque disponiendo de débiles recursos personales, hayan formado una asociación ramificada en un gran número (de localidades) a la cual sólo de hoy en adelante yo tengo la intención de hacer parte de mis hechos y gestos.

    Aunque la meta primitiva de esas hojas haya sido el dar más informaciónes de la Escuela a los miembros honorarios de la Asociación, ellas debieran de tener de hoy en adelante, un objetivo más abstracto. Haremos así la misma experiencia que he hecho yo siempre: en tanto que no se ha tratado para mí más que de producciones artísticas absolutamente concretas, me ha sido necesario durante largo tiempo explicar mis intenciones teóricamente, tomando la pluma del escritor. También me estaba yo bien guardado de dar al objeto de mi proyecto el nombre de Escuela, lo que, por abreviación y para ser comprendido por todos, yo no he hecho más que en las comunicaciones de nuestro consejo de administración. Al contrario, yo no había hablado con gran detenimiento, más que de “ejercicios y ejecuciones bajo mi dirección” Yo había reconocido que los que, actualmente en Alemania, hablan de “Escuelas” de arte lírico-dramático no saben lo que dicen, y que los que fundan y organizan, que dirigen e invitan a instruirse, no saben lo que hacen.

    Yo pido a todos los directores de las llamadas “Escuelas Superiores” es decir de esas escuelas donde se pretende no enseñar exclusivamente la técnica instrumental, o la armonía y el contrapunto que les han sido enseñadas a ellos y a los profesores de esas cosas superiores, que ellos han inducido, ¿quién les autoriza a dar ese gran nombre a su institución? ¿Dónde está la Escuela que les ha instruido? ¿Estaría quizás en nuestros teatros y conciertos, en estos establecimientos que tienen el privilegio de maltratar y de corromper  a nuestros cantantes y, sobre todo,  a nuestros músicos? ¿Dónde han aprendido estos señores, por ejemplo, el exacto movimiento de una pieza de música clásica que ellos ejecutan? ¿Quién se lo enseña? ¿La tradición puede ser, a pesar de que no hay ninguna tradición, entre nosotros, para tales obras? ¿Quién les ha enseñado a interpretar Mozart y Beethoven, cuyas obras fueron creadas en un estado inculto y, en todo caso, sin (haber recibido) los cuidados de sus creadores? Yo no he visto, dieciocho años después de la muerte de Weber en la ciudad misma donde él había dirigido personalmente sus obras durante largos años, los movimientos de sus óperas ya tan alterados hasta tal punto que la viuda del maestro, que vivía aún en esta época, ¡no pudo corregir mi sentimiento a este respecto más que gracias al recuerdo fiel que ella había conservado!. Nunca más he estado en una Escuela de esta especie, pues ya he adquirido una instrucción puramente negativa en lo que concierne a la exactitud de la ejecución de nuestras grandes obras musicales, dándome cuenta del gran dolor que he sentido cada vez más vivamente, con la audición de nuestra gran música en conciertos de Escuelas Superiores o de músicas militares. Ahora bien, esta experiencia no me ha dado nulamente la idea de crear una “Escuela”, pero sí organizar unos “Ejercicios y ejecuciones” mediante los cuales yo querría llegar, con mis jóvenes amigos, a entendernos sobre el movimiento exacto y la buena ejecución de nuestra gran música, y en obtener una conciencia neta.

    Mis amigos ven que yo buscaba así unos beneficios prácticos para gente que quisiese sacar su provecho de esta práctica. Desde este punto de vista, es verdad que estas “Hojas”, a las cuales debemos tener presentes por el momento, no podrán procurarnos esta enseñanza. No nos queda pues más que instruirnos mutuamente de las causas de esta institución y de los esfuerzos que será necesario hacer para dominar, en el terreno que nosotros hemos escogido, los obstáculos que se oponen al noble desarrollo del arte alemán. Yo he mostrado también con la ejecución de mis “Bühnenfestspiele” de Bayreuth que me esforzaba en enriquecer este arte con el ejemplo vivo. Es necesario que me contente, por el momento, de haber provocado así la atención seria de muchas personas. Tengamos pues cuidado, todos en común, en afirmar las y las impresiones recibidas entonces -y las esperanzas que ellas han hecho nacer, y de llevarlas con una inteligencia y una voluntad firmes.

    Es por esto por lo que estas “Hojas” no deben servir más que de intermediario entre los miembros de la Asociación. Mis amigos que colaborarán en estas hojas, no se encaminarán jamás a unos representantes de la opinión pública artística extrañas a la Asociación, y evitarán incluso el fingir dirigirse a ellos. Nosotros sabemos lo que aquellos defienden; si ellos pronuncian de vez en cuando una palabra sincera, nosotros podemos estar seguros que ella descansa sobre un error. Si nosotros les prestamos alguna atención, no lo haremos jamás para instruirlos, pero sí para instruirnos, y, desde este punto de vista, ellos podrán sernos a menudo de un gran provecho.

    También, nuestra pequeña revista parecerá muy despreciable a los ojos de las gentes de la gran prensa; yo espero que ellos no tendrán en cuenta, y si ellos la tratan de hojas de rincón esto será, es verdad, desde su punto de vista, una calificación inexacta, ya que nuestra pequeña revista está diseminada por toda Alemania; en todo caso, aceptaremos de buena gana, ver como un buen presagio que me.anuncia esta expresión desdeñosa que ya me esperaba.

    En Alemania, no hay, en efecto, más que el “rincón” (la pequeña localidad), y no la capital, la que ha producido jamás alguna cosa. ¿Qué nos habrían aportado los grandes bulevares, lugares de feria y paseos, sino un reflujo del flujo anterior de la productividad nacional, corrompida por el “hedor y la actividad”? Un buen ángel ha velado sobre nuestros grandes poetas y pensadores, hasta que los mantuvo a un lado de esas grandes ciudades alemanas. Allí donde la brutalidad y el servilismo se desarraigan el uno al otro de la boca, y pican el cebo de la diversión, no se puede más que rumiar y no producir. ¡Y cómo nuestras grandes ciudades” alemanas” revelan nuestra vergüenza nacional, para nuestro disgusto y nuestro espanto! ¿Qué debe probar un francés, un inglés, un turco mismo, en pasearse por una de esas capitales alemanas en asamblea, donde se vuelve a encontrar a sí mismo por todos lados, y esto en la paz de las imitaciones, sin descubrir un solo rasgo de originalidad “alemana”? Y después de esta indignación que ostenta una multitud “muy creciente” que temen los ministros, y hasta la cancillería imperial, y que vuelve a todos los vientos, en provecho de los portadores de los fondos del Estado, como para volver a buscar si lo “Alemán” vale realmente, como Moltke lo ha enseñado, --¡la cuerda para colgarlo!-- En efecto, el que, en esas capitales, no busca otra cosa que el “rincón’ donde el pueda, ignorado y sin tener en cuenta nada, reflexionar tranquilamente en la solución de este enigma: “¿Qué es lo Alemán?” aquél nos parece digno de ser nombrado consejero en el ministerio de la instrucción pública y de ser delegado por el señor ministro en la organización de los Estados musicales de la capital.

    Oh, nosotros, habitantes de las pequeñas ciudades, no sabemos nada. Es verdad que es necesario que nosotros prescindamos de teatros de ópera, grandes y pequeños: no tenemos ni orquesta bien dirigida , ni orquesta mal dirigida, a lo más una musica militar, que, en sus conciertos, nos interpreta parte de lo que piensa el jefe de orquesta de la corte de la residencia sobre los movimientos y otras cosas análogas, y somos representados entre nosotros por un “diario” que aparecía casi demasiado a menudo. Pero, en nuestro rincón, no nos sentimos incómodos, y carecemos de pensamientos originales. Como no tenemos el gusto del arte publico, no tenemos el gusto corrompido. Como no tenemos gran importancia, aislados en la gran patria, cultivamos la buena vieja costumbre alemana de las “reuniones” periódicas y, cuando nos reunimos, de todos los “rincones” tiradores, gimnastas o cantantes, de repente “lo alemán” autentico aparecía, tal como es, y tal que, con él, se ha hecho, con el tiempo, muchas bellas y excelentes cosas.

    Es de esos “rincones” de la patria alemana de donde he recogido los más ardientes y los más fuertes estímulos para mi obra; en las grandes ciudades, por el contrario, capitales políticas o ciudades comerciantes, se burla uno la mayor parte del tiempo. Y esto me parece un hermoso testimonio de la bondad de mi causa que, yo me doy cuenta cada vez más netamente no podré triunfar más que sobre un suelo absolutamente alejado de nuestro gran comercio internacional y de las potencias públicas que lo representan. Esto, que ninguna de estas potencias no quiera ni pueda encolerizarse, podrá bien volver a ser posible gracias a la reunión de las fuerzas que, aisladamente son impotentes y que, reunidas, pueden llamar a la vida la obra, del valor y de la nobleza de la cual poca gente todavía tiene una idea.

    A esos otros, yo no pido otra cosa que no hacerles ni caso. Ninguna otra cosa. Si ellos no están satisfechos de las representaciones de mis obras en sus grandes ciudades, ellos pueden estar seguros además, que no están echas para regocijarme

    Es por lo que yo me contentaría, por el momento, con estas modestas “Hojas“. Yo les prometo el no volver a colaborar jamás. Mis amigos comprendán bien que, después de haberles hablado, en nueve volúmenes impresos, yo no tengo muchas más cosas nuevas que decirles; que me sea agradable por otra parte, que esos amigos se aclaren y se enteren de aquí en adelante sobre lo que es necesario creer de todo esto y cómo se podrán sacar nuevas explicaciones. Me será necesario citar a menudo en tercera persona, lo que supondrá que en algún momento tener que presentarme a menudo en primera.

    Puede pues esta indulgencia procurarme el tiempo apacible de la ejecución musical completa de mi “Parsifal”, del cual, bajo los auspicios tan agradables, yo prometo de preparar para el verano de 1880 la primera representación sobre nuestro escenario de Bayreuth. Puede entonces esta representación producirse en las mismas condiciones que (la de) “El Anillo del Nibelungo”,-pero, esta vez, infaliblemente del todo,-

‘‘¡entre nosotros!”.