La España Moderna. Madrid, sin fecha.
Recuerdos de mi vida
Por Ricardo Wagner

 

I Recuerdos de mi vida (1813-1842) | II La prohibición de amar | III Traslación de las cenizas de Weber a Dresde | IV Mis recuerdos sobre Spontini | V Carta sobre el Tannhäuser. París, 27 de marzo de 1861 | VI Mis recuerdos sobre Luis Schnorr de Karolsfeld, muerto en 1865 | VII Un recuerdo de Rossini | VIII Historia de una sinfonía (carta al editor Fritzsch) Venecia, 31-12-82 | IX Carta a M.G. Monod. Sorrento, 25 de octubre de 1876 | X Carta al Duque de Bagnera. Villa de Angri, 22 de abril de 1882 ]

 

III

TRASLACIÓN DE LAS CENIZAS DE WEBER Á DRESDE

Un hermoso y solemne suceso vino á influir sobre la disposición de espíritu en que terminaba la composición de Tannhauser, neutralizando la continua distracción que me ocasionaban diversas relaciones exteriores. Fué la traslación desde Londres á Dresde de los restos mortales de Carlos Maria Weber, felizmente realizada en Diciembre de 1844. Dos años antes se había formado una comisión que venía haciendo propaganda al efecto. Sabíase por un viajero que el modesto sarcófago que guardaba las cenizas de Weber se había depositado en apartado rincón de la iglesia de san Pablo de Londres con tal falta de consideraciones, que se podía temer no volver á descubrirlo en algún tiempo. Mi enérgico amigo, el profesor Loewe, utilizó esa noticia para excitar á la Liedertafel, de que era celosísimo presidente, á tomar á su cargo esa empresa de la traslación. El concierto que dieron los coros de hombres para subvenir á los gastos produjo un fruto relativamente importante: entonces hubo el proyecto de asociar á la misma causa á la intendencia del teatro; pero allí, en los lugares mismos donde dirigió el maestro, se tropezó con una resistencia tenaz. La dirección general participó á la comisión que el Rey experimentaba escrúpulos religiosos á propósito de aquella medida destinada á turbar el reposo de un muerto.

Aunque fuese licito no prestar gran crédito al motivo alegado, no por eso era menos evidente que no había que contar con nada; entonces fué cuando aprovechando mi nueva posición decapellmeister, lleno de esperanzas, me hicieron tomar parte en el plan. Me presté á ello con mucho entusiasruo; me dejé nombrar presidente, y se me asoció una autoridad en materia de arte, el consejero áulico Sr. Schulz, director del gabinete de antigüedades, y además banquero. Dióse nuevo impulso á la propaganda, se publicaron invitaciones por todas partes, se trazaron planes precisos, y se celebraron innumerables sesiones. Volvía, pues, á encontrarme en antagonismo con mi jefe Sr. de Lüttichau; á ser posible, no hubiera él dejado de oponerme una prohibición absoluta en nombre de la autoridad real, ya pretextada; pero sabía por experiencia los inconvenientes de chocar conmigo en semejantes asuntos. Por otra parte, ni esa voluntad del Rey se había pronunciado tan abiertamente contra la empresa, ni hubiera podido oponerse al proyecto desde el punto de vista de la iniciativa privada; al contrario, no hubiese hecho más que suscitar algún rencor contra la corte, si el teatro Real, á que había pertenecido Weber, llegaba á encerrarse en una abstención hostil. Así el Sr. de Lüttichau apeló más bien á razones de sentimiento para ver de apartarme del asunto suponiendo que sin mi concurso no prosperaría. Me manifestó espetlúmente lo difícil que le era admitir que se tributasen honores tan exagerados á la memoria de Weber, cuando nadie pensaba en ir á buscar á Italia las cenizas de Morlacchi, cuyos servicios en la capilla real habían durado mucho más tiempo. «Supóngase V. -me decía- que llega á morir Reissiger en una estación balnearia; su mujer podría pedir con el mismo derecho que la viuda de Weber, que se trajese el cuerpo de su marido con cruz y pendón.» Yo procuré tranquilizarlo sobre ese punto; si no conseguí hacerle comprender claramente la diferencia de los casos que confundía, por lo menos logré convencerlo de que ahora el asunto iba por buen camino, tanto más, cuanto que el teatro Real de Berlín acababa de anunciar una función á beneficio de nuestra obra. Efectivamente: á instigación de Meyerbeer, á quien se dirigió la comisión, llevóse á efecto ese beneficio con Euriante, y dió un ingreso líquido de 2.000 thalers. Siguieron el ejemplo algunos teatros de orden inferior, de lo que el teatro Real de Dresde no podía ya permanecer más tiempo á la zaga, y desde entonces pudimos presentar á nuestro banquero un capital suficiente para subvenir á los gastos de la traslación y encargar una tumba conveniente con monumento apropiado; pudimos también reservar un fondo para erigir en adelante una estatua á Weber. Uno de los dos hijos que habían sobrevivido al maestro marchó á Londres para traer las cenizas de su padre. El regreso se verificó por el Elba, y los despojos mortales llegaron al fin al desembarcadero de Dresde, donde por primera vez debían ser transportados en tierra alemana. La conducción debía efectuarse de noche, á la luz de las antorchas, con el desfile de un cortejo solernne;yo me encargué de la música fúnebre. La compuse con dos motivos de Euriante: utilicé el pasaje de la overtura que caracteriza la aparición del fantasma como introducción á la cavatina Aquí junto al manantial, que transporté al sí bemol mayor, sin cambio ninguno, y enlacé después, para concluir, con la repetición del primer motivo transfigurado, como en el final de la ópera. Esa pieza sinfónica se adaptaba, pues, perfectamente á las circunstancias. La orquesté para ochenta instrumentos de viento escogidos, y tuve ocasión de estudiar á fondo, entre otras cosas, el empleo de sus registros más suaves; sustituí el trémolo de las violas, que acompaña la parte tomada de la overtura, con veinte tambores enfundados que tocaban pianíssimo; obtuve así, aun en los ensayos del teatro, una impresión de conjunto tan arrebatadora y sobre todo en tan íntima armonía con nuestros recuerdos de Weber, que la señora Schroeder-Devrient, que había sido amiga del maestro y estaba presente en el ensayo, se sintió transportada á los últimos límites de la emoción, y yo pude felicitarme de no haber hecho jamás nada que respondiese tan perfectamente á su objeto. No fué menos feliz el efecto que produjo esa música ejecutada al aire libre durante el cortejo solemne. Como debían resultar dificultades especiales de la excesiva lentitud de la medida, que ninguna indicación rítmica caracterizaba claramente, hice que se evacuase la escena durante el ensayo general; asi gané el espacio preciso para que los músicos marchasen alrededor de mí tocando la pieza después de haberla estudiado convenientemente espectadores que vieron llegar y pasar el cortejo desde las ventanas me aseguraron que la impresión de solemnidad babia sido de una grandeza inexpresable.

Depositamos el féretro provisionalmente en la capillita funeraria del cementerio católico de Friedrichstadt, donde lo esperaba la señora Devrient con una corona, discreto y modesto homenaje de bienvenida; á la siguiente mañana tuvo efecto la solemne sepultura en el panteón preparado por nosotros. Al par que el otro presidente, recibí el honroso encargo de pronunciar una oración fúnebre. Me dió el asunto para componerla una circunstancia muy reciente y conmovedora: la muerte de Alejandro de Weber, el hijo menor del maestro difunto, acaecida poco tiempo antes de esa traslación. El fallecimiento inesperado de ese joven en la flor de la edad causó á su madre tan espantosa sacudida que, á no estar ya tan adelantada nuestra empresa, hubíésemos tenido que abandonarla al ver que la Viuda parecía descubrir en esa nueva y terrible pérdida un castigo del cielo por la vanidad de querer trasladar los despojos del sér que había perdido. Notando que el público con su sentimentalismo especial, se entregaba también á preocupaiiones de esa índole, me creí en el deber de presentar nuestra empresa bajo su verdadero punto de vista, y salí tan bien de mi empeño que según el testimonio de todo el mundo, no hubo la objección más míninia contra mi justificación. Entonces pude hacer sobre mí mismo una experiencia particular, porque era la primera vez de mi vida que me encargaba de pronunciar en público un discurso solemne Después cuando he tenido que hacer discursos, no he hablado nunca más que ex tempore; pero en aquel estreno, y á fin de dar á mi oración fúnebre la concisión necesaria, la escribí y aprendí de memoria. Completamente poseído de mi asunto y de las reflexiones que me había inspirado, me creía tan seguro, que no tomé ninguna medida para recibir auxilio; con eso causé á mi hermano Alberto, que estaba no lejos de mí durante la ceremonia, un instante de viva inquietud, hasta el punto de que llegó á maldecirme, según me confesó, por no haberle entregado el manuscrito para que me apuntase. Es el caso que, habiendo empezado mi discurso con voz clara y llena, me afectó tan profundamente durante un momento la impresión casi espantosa que produjeron sobre mí mi propia palabra, su acento y su sonoridad, que á la vez que me oía, creía verme enfrente de aquella multitud que contenía la respiración para escucharme; y, miestras me objetivaba de esa suerte fuera de mí mismo, caí en un estado de concentración absoluta, durante el cual esperaba el desarrollo de la acción subyugadora que iba á realizarse delante de mí, exactamente como si yo no hubiese sido la misma persona que ocupaba aquel puesto y tenía que llevar la palabra. Por mi parte no experimenté la menor ansiedad, ni siquiera la menor turbación; todo se redujo á que, después de una pausa natural, hubo una interrupción tan desmedidamente larga, que los que me vieron inmovil, absorto, con la mirada concentrada, no sabían qué pensar de mí. Por último, mi propio silencio y la muda inmovilidad de la multitud que me rodeaba me recordaron que estaba allí para hablar, no para escuchar; volví sobre mí en el acto, y pronuncié mi discurso hasta la conclusión con tal desenvoltura, que el célebre Emilio Devrient me aseguró luego que se había sentido impresionado asombrosamente, no sólo como espectador interesado en los funerales, sino ante todo en su calidad de actor dramático. La ceremonia terminó con la ejecución de una poesía escrita y puesta en música por mí para voces de hombres -obra muy difícil, que fué perfectamente interpretada bajo la dirección de los mejores cantantes de nuestro teatro.- El mismo Sr. de Lüttichau, presente en la ceremonia, me declaró que salía convencido de la legitimidad de la empresa y ganado á nuestra causa.

Fué un resultado hermoso que me complació, satisfaciendo mis sentimientos más íntimos y profundos; si hubiese faltado aún alguna cosa, la viuda de Weber, á quien visité á la salida del cementerio, hubiera contribuido á disipar toda nube á mis ojos con la extrema cordialidad de sus efusiones. Para mí encerraba aquel hecho un sentido profundo: atraído á la música con una pasión tan exaltada en los primeros años de mi adolescencia por la aparición exuberante de la vida de Weber, y afectado tan dolorosamente después por la noticia de su pérdida, ahora, en la edad madura, acababa de entrar, por decirlo así, en contacto personal é inmediato con él, merced á esa segunda y última inhumación. Después de mis antiguas relaciones con los maestros supervivientes, y después de la experiencia que les debía, puede colegirse en qué fuente tendrían que fortificarse mis aspiraciones hacia un comercio íntimo con los genios del arte musical. No era consolador dirigir la mirada desde la tumba de Weber á sus sucesores vivos; pero la poca esperanza que dejaba esa perspectiva no debía manifestarse claramente en mí sino con el tiempo.

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA ÚLTIMA MORADA DE WEBER

Descansa al fin aquí. ¡ Sea éste el lugar sin fausto que nos guarde tus queridos despojos! Que aun cuando allá, á lo lejos, hubiesen ocupado régias tumbas en la más orgullosa catedral de una orgullosa nación, creemos, no obstante, que tú hubieses preferido para lugar supremo de reposo una tumba modesta en tierra alemana.... No pertenecías tú ciertamente á ese linaje de fríos ambiciosos que no tienen patria, que prefieren aquel país del mundo donde su avidez de honores encuentra suelo más rico para prósperar... Si fatales necesidades te arrastraron allí donde hasta el genio se subasta, tuviste tiempo al menos para volver tus ojos amorosos hacia el hogar nativo, hacia la mansión modesta y campestre, donde, al lado de tu querida mujer, brotaban de tu corazón las melodías. «¡Ah, si estuviese todavía junto á vosotros, amados míos!» ¡ Tal fué el último suspiro con que nos despediste en extranjera tierra!... Si tú fuiste un alma tan calorosa, ¿quién nos censuraría a nosotros por corresponderte con el mismo ardor, por compartir contigo ese vivo entusiasmo, por haber cedido á la aspiración silenciosa de poseerte á nuestro lado en la patria querida? ¡ Oh! ¡Ese entusiasmo te ha hecho, con una simpática violencia, el bien amado de tu pueblo! ¡Jamás hubo en el mundo un músico más alemán que tú! En cualquier región, en cualquier reino lejano y etéreo de la fantasía adonde el genio te arrebatara, permanecías encadenado siempre por mil delicadas fibras á este corazón del pueblo alemán con el cual lloraste y sonreiste, como alma crédula de niño cuando escucha atentamente las leyendas y los cuentos de su país. Sí: esa ingenuidad de niño fué la que guió, como angel bueno, tu espíritu viril, conservándolo eternamente casto y puró; y en esa castidad de alma residía tu originalidad: guardando sin mancha siempre esa magnífica virtud, no necesitabas reflexionar y meditar; no tenías más que sentir: habías descubierto de ese modo el manantial más profundo de belleza. Has conservado hasta la muerte esa suprema virtud: jamás pudiste sacrificarla; jamás pudiste desprenderte de esa hermosa herencia de tu origen alemán; jamás hubieses podido hacernos traición... Vé: ahora Inglaterra te hace justicia, Francia te admira; pero sólo Alemania puede amarte: eres cosa suya, eres un bello día de su existencia, una cálida gota de su sangre, una partícula de su corazón... ¿ Quién nos censuraría, pues, por haber querido que tus cenizas formen también una partícula del suelo de la cara patria alemana?

Una vez más: no nos dirijáis reconvenciones, vosotros los que desconocéis el genio profundo del corazón alemán, de este corazón que se exalta tan fácilmente, cuando ama. Si era exaltación lo que nos hacia suspirar por los queridos despojos de nuestro bien amado Weber, era esa exaltación que tan estrechamente nos asemeja á él, esa exaltación por cuya virtud brotaron todas las ricas floraciones de su espíritu, por la cual lo admira el mundo, por la cual lo amamos nosotros... Así, querido Weber, al sustraerte á los ojos de los que te admiran para restituirte á los brazos de los que te aman, realizamos un acto de amor hacia ti, que jamás buscaste la admiración, sino el amor tan sólo. Lejos del mundo que alumbran tus destellos, acompañamos tu vuelta al país natal, al seno de la familia. Preguntad al héroe que marcha á la victoria qué le causa mayor placer después de los días gloriosos pasados en el campo del honor. Seguramente el regreso á la patria donde lo esperan su mujér y sus hijos. Y ved, no hay que emplear aquí expresiones figuradas : tu mujer y tus hijos te esperan realmente. No tardarás en oír sobre tu lecho de reposo las pisadas de la esposa fiel que tanto y tanto tiempo aguardó tu vuelta, y que ahora, acompañada de un hijo querido, derrama las más ardientes lágrimas de ternura por el bien amado devuelto. Tú eres ya un espíritu bienaventurado... ella pertenece al mundo de los vivos y no puede posar sus ojos en los tuyos para darte la bienvenida... así Dios ha enviado un mensajero para acoger tu vuelta, para darte esa bienvenida, para atestiguarte el amor imperecedero de tus fieles. Tu hijo más joven ha sido elegido para esa misión á fin de estrechar los lazos entre los vivos y los muertos; ángel de luz, ciérnese ahora sobre vosotros, y os trae el anuncio de vuestro mutuo afecto... ¿ Dónde está, pues, la muerte? ¿Dónde la vida? ¡ Allí donde ambas se unen en alianza tan maravillosamente hermosa, allí reside el germen de la vida eterna!... ¡ Déjanos, pues, querido difunto, entrar contigo en esa bella alianza! No conoceremos ya muerte, ni corrupción, sino expansión y crecimiento. La piedra que encierra tus despojos será para nosotros la roca del desierto, de donde el gran profeta hizo brotar en otro tiempo la fuente viva: de ella manará hasta lo más lejano de las edades un magnifico torrente de vida incesantemente renovada, incesantemente creadora... ¡ Tú, manantial de todo lo que existe, haz que nunca olvidemos esta alianza, que seamos siempre dignos de esta unión!

POESÍA CANTADA DESPUES DE LA INHUMACIÓN

Elévense vuestros cantos ¡oh testigos de esta hora que tan grave y solemnemente nos conmueve! ¡ Confiad al Verbo en este instante, confiad á la Música el anuncio del sublime sentimiento que agita nuestros corazones! La materna tierra alemana no está ya de duelo por el hijo arrebatado tan lejos de su amor; no vuelve ya los ojos en actitud apasionada al través de los mares hacia la lejana Albión... ha vuelto á recoger en su regazo, al que un día envió noble, grande y cariñoso.

» Aquí, donde corrieron las lágrimas mudas de la aflicción, donde el amor llora aún su más caro objeto, hemos formado una noble alianza que nos une en torno de él, del Maestro radiante: acudid aquí, fieles compañeros de la alianza; saludáos como una piadosa procesión de peregrinos; traed á este noble lugar la ofrenda de las más bellas flores nacidas de este consorcio:

descanse, pues, aquí, admirado y amado, aquél á quien debe nuestra alianza la ventura de su consagración. »


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