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Recuerdos

PRÓLOGO

Este librito, “Recuerdos”, lo escribió Siegfried Wagner por encargo del doctor Spemann en el año 1923. Después de 20 años, aparece esta nueva edición no modificada y yo creo que ninguna biografía tan accesible puede acercar al lector al hombre que, entre tanto, murió; él murió en medio de un trabajo lleno de sacrificio por la conservación de la herencia artística de su padre, durante los Festivales de Bayreuth del año 1930, en su sencilla grandeza y austeridad, en su humor inabatible y su gran aplicación, con su juicio insobornable, en su fidelidad hacia los amigos y personas que le ayudaron en los Festivales de Bayreuth, su respeto hacia todo lo grande en el arte y la cultura, así como su apasionado amor hacia la naturaleza, su pueblo y su patria. Siegfried Wagner ha sabido transformar la maldición de Fausto: “pobre de ti que seas un nieto”, en una bendición al cumplir ejemplarmente de su exigencia “lo que has heredado de tus padres herédalo para poseerlo”, y por encima de su vida brillan las palabras del poeta:  “Loado aquel que guarda la memoria de su padre”.

Winifred Wagner, 1943


 

I

     Suerte de aquel que ha disfrutado de una juventud feliz (1). Ni el frío, ni las tormentas en el curso de la vida pueden desplazar el calor que los rayos del sol de una niñez alegre señalan el alma humana.

    Una juventud así hemos disfrutado mis hermanas y yo, y por eso estamos eternamente agradecidos a nuestros padres. Su principio era educarnos como unas personas alegres y abiertas. No debíamos demostrar nunca rostros enfadados. Cuando mis hermanas se ocupaban de sus deberes y fuera hacía un sol radiante, pronto me mandaban a mis padres: “Papa —decía yo—, estoy solo y no tengo nadie para jugar, ¿pueden mis hermanas venir a jugar conmigo?” Enseguida saltábamos los cinco por el jardín. Mi madre, que se educó conforme a las costumbres del “ancien régime”, vio sus principios educativos muchas veces cruzados por mi padre, pero su genial naturaleza se acoplaba también al cambio de sus planes. Hasta las escapadas a la pastelería —el máximo disfrute eran las que yo hacía en Venecia al famoso pastelero Lavena—, dejaba pasar cuando notaba que mi padre se alegraba de que nos atiborrásemos de dulces. Con los estudios pasaba igual y no fuimos molestados nunca.

    Nuestro bonito jardín de Wahnfried era nuestra verdadera escuela, nuestros camaradas...: perros, gallinas, pájaros, y también salamandras y ranas, que escondíamos en los roperos facilitándoles un cierto “bienestar”, a pesar de que ellos en su húmedo ambiente originario seguramente hubiesen estado más a gusto.

    Del primer acontecimiento de mi juventud —la colocación de la primera piedra para el edificio de los Festivales en el año 1872— tengo solamente unos recuerdos muy vagos. Mi familia me contaba que me había portado extraordinariamente correcto. Y cuando me preguntaban lo que había entendido del discurso, contesté: “Hombres alemanes, mis buenos hombres”.

    Muy pronto aprendí idiomas, la institutriz inglesa nos procuraba el conocimiento de su lengua; mi madre tuvo mucho trabajo para que nos hiciésemos amigos del francés, pues lo artificial de este idioma tenía para nosotros, como niños, algo desagradable. El más fácil resultó ser el italiano, pues con los repetidos viajes a Italia se nos pegó mejor al oído. Con mis profesores particulares no tuve mucha suerte. Una excepción fue Heinrich von Stein, quien más tarde, fuera de Alemania, se hiciera famoso y que era gran amigo de la familia. Desgraciadamente murió demasiado pronto.

    Recomendado por Malwida von Meysenbug, llegó él a nuestra casa después de terminar sus estudios universitarios, y vino con nosotros a Villa d ‘Angri, en Nápoles, para hacerse cargo de mi educación. Mi padre deseaba que aprendiera pronto el griego antes de ocuparme del latín. Y así llegué a conocer este hermoso idioma de Homero; en el curso de los años profundicé tanto en este idioma, que lo llegué a apreciar como a una lengua viva. Con el idioma llegó el entusiasmo por el arte y la poesía de Grecia, un entusiasmo que perdura hasta hoy. “Hellas“ era para mí como un paraíso perdido. Pero al querer visitarlo personalmente, temía que la Grecia actual pudiese destrozar la imagen ideal que aún vivía en mi fantasía.

    Heinrich von Stein no se podía quedar mucho tiempo con nosotros. Su habilitación en la Universidad de Berlín le obligó a dejar Wahnfried y más tarde únicamente solía visitarnos durante sus vacaciones.

    Una decisiva influencia en mi desarrollo tenían los repetidos viajes a Italia. Harto del cielo siempre gris en Alemania, me acuerdo que un día mi padre levantó los puños cerrados y exclamo: “Diese verdammten Kartoffelsäcke!” (2), se trasladó con toda la familia —ayudado generosamente por el Rey Luis II—,  cruzando los Alpes, para olvidar sus preocupaciones y esfuerzos temporalmente; así como para disfrutar del sol, del arte y de la vida popular alegre. Fuera de la ayuda del Rey, cobró también unos honorarios importantes por la “Marcha Festiva”, lo que hacía posible estos viajes. Después del Festival de 1876, artísticamente brillante, pero económicamente ruinoso, visitamos en un viaje Verona, Venecia, Bolonia, Roma y Nápoles. Entonces se despertó en mí la pasión por la arquitectura. Como un poseído, iba de iglesia en iglesia, de palacio en palacio, y los primeros ensayos de redacción con el lápiz sobre el papel, de estas impresiones, fueron al principio bastante torpes; pero poco a poco, sin embargo, se volvieron más aceptables y mis padres constataban con una risita, pero también con alegría, este sorprendente talento que observaban en mi desarrollo.

    Mi padre estuvo durante este viaje de excelente humor, únicamente en Roma cambió un poco. Le molestaba bastante gente con falta de tacto, y también le irritaba la presencia de innumerables sacerdotes; además, llegó en esos días la mala noticia del déficit del Festival de Bayreuth. Un rayo de luz significó el primer encuentro con el Conde Gobineau. Nosotros los niños, naturalmente, no nos enterábamos de los cambios en el ambiente. Nos alegrábamos cuando la querida Condesa Isa Voss nos invitaba a tomar chocolate, y nos alegrábamos menos cuando teníamos que visitar a la princesa Carola Wittgenstein. Solamente el aire en su habitación (probablemente nunca era aireada), un olor fuerte y penetrante debido a las flores y a las velas encendidas, así como el aspecto raro de ella, nos causaba una horrenda impresión en nuestra fantasía infantil. Después de enseñarnos diversas fotografías antiguas, al despedirnos teníamos cada uno que arrodillarnos delante de ella para recibir una bendición, que incluía rituales y gestos, lo que a nosotros —que nunca habíamos conocido tal cosa—, nos daba miedo, pero también ganas de reír. Temo que alguna vez ella oyó nuestras risitas en voz baja, ya que nunca más fuimos invitados. Las tardes del chocolate con la Condesa Voss, con su bendición de pasteles, nos gustaba evidentemente mucho más que la bendición polaco-eclesiástica.

    En Sorrento mis padres se encontraron con Malwida von Meysenbug y con Nietzsche. Malwida había probado, unos años antes establecerse en Bayreuth, pero como el clima no era el deseado para su salud, se trasladó al sur. Esta separación no influía en las amistosas relaciones con mis padres. Durante nuestra larga estancia en Nápoles en 1880-1881 estuvo ella algún tiempo de huésped con nosotros en la Villa d’Angri. Una alegría exhuberante reavivaba nuevamente esta amistad de tantos años y era el lazo que nos unía. Me acuerdo que, en muchas cuestiones, existían enormes controversias, que llegaban a serias y hasta violentas discusiones, como por ejemplo el tema del cristianismo y la vivisección —de la que era partidaria Malwida—; en política se había quedado parada en el punto de vista de 1848, mientras mi padre ya había pasado de aquellas deliberaciones. No tenía ningún interés por Cavour, mientras apreciaba de corazón a los hombres de la tendencia de Mazzini. Una vez, después de una violenta discusión, Malwida, evidentemente irritada y ofendida, se retiró a su habitación, y entonces mi padre me mandó con unas flores y una divertida nota para ella, para hacer las paces. Aún me parece oír su risa estruendosa al leer la nota de mi padre y, al contrario de muchos amigos que malentendiendo la manera a veces brusca de mi padre que después de estas descargas de su temperamento se quedaban por ofendidos, ella bajó conmigo al salón donde su reaparición espantó las nubes del malestar.

    En mis posteriores estancias en Roma, tuve la gran alegría de frecuentar mucho a esta mujer tan ricamente dotada de corazón y espíritu. Yo vivía cerca de ella y del Coliseum, y casi todos los días aprovechaba para hacerle una visita. Una lectura común animaba la conversación: leyendo Tucídides, Platón y otros autores griegos; otras veces tocaba algo de mis recién terminadas óperas: Barenhäuter y Herzog Wildfang. Su sentido del humor, enormemente desarrollado, encontró en ambas obras satisfacción. Al escuchar los versos de Herzog Wildfang, exclamó: “Mi Fidi (3) —éste era mi nombre infantil—, no necesitas escribir solfeo para eso, lo debías presentar como obra de teatro”. Dos años más tarde, aún he podido leerle algo de mi ópera Der Kobold, y estoy orgulloso de haber recibido de labios de aquella mujer una tan sincera aprobación. La alegre disposición de Malwida era muy bien apreciada por los habitantes de Wahnfried. Otros querían hacer de ella Egeria o Makaria. Cuando se discutía en esos tonos, yo casi siempre me retiraba, al igual que cuando se hablaba de política. En Malwida estaba profundamente arraigado el entusiasmo por las obras de mi padre; sus memorias son tan conocidas que no hace falta mencionarlas. Aún en sus últimos años de vida, organizó ella, ayudada por su amiga la princesa Maria von Bülow, un gran concierto de Wagner en Roma, cuya dirección estuvo a mi cargo.

    El arriba mencionado encuentro de Malwida y Nietzsche con mis padres en Sorrento no resultó muy acertado —en tanto un niño de siete  años tenga capacidad de juzgarlo—, y la culpa fue de Nietzsche. Mi padre parecía disgustado, tal vez por la presencia de dos amigos —un tanto antipáticos— del filósofo. A mi parecer este fue el último encuentro entre Nietzsche y mi padre.

    Una vez vuelto a Alemania no encontraron mis padres más que disgustos y preocupaciones para solucionar el déficit del Festival de 1876; no encontaron a nadie en toda Alemania que pudiese ayudarles. Mi padre tuvo que arrimar el hombro —padeciendo, y cansado como estaba—, dirigiendo conciertos personalmente. No será necesario hablar de toda esta época, pues todo se encuentra detallado en la monumental biografía de Glasenapp. La falta de interés y la cicatería de Alemania está reflejada en esta obra muy bien. Seis años deberían permanecer cerrados los Festivales de Bayreuth. Una repetición de la Tetralogía era impensable. Así no era extraño que mi padre entre estos disgustos añorase el Sur. Cuántas veces consultábamos en los días grises y lluviosos el diccionario de rutas de Gsell Fels y Bädeker para planear viajes. Italia, Grecia y Egipto eran las metas. A los dos últimos nunca fuimos, pero a Italia aún pudimos realizar tres viajes más.

    Gracias a la generosidad de Luis II mi padre pudo alquilar la ya nombrada Villa d ‘Angri, en el río Posilippo de Nápoles. Nunca olvidaré la jubilosa alegría que nos embargaba cuando —una vez dejado atrás el gris cielo nórdico—, y en el primer día radiante de sol, podíamos salir por las mañanas a la terraza y disfrutar de la incomparable vista sobre el golfo de Nápoles. Como si todas las pesadillas fuesen condenadas al retiro, aquí triunfaba la belleza, la alegría de la vida y la falta de preocupaciones. Durante toda esta estancia —hasta agosto— permanecía mi padre con buen humor. Para nosotros los niños, esta temporada era el verdadero paraíso. Con increíble energía organizaba mi madre —y en las circunstancias típicas napolitanas— una casa bien ordenada. Quien conozca Nápoles ya sabe lo que cuesta eso. Habíamos traído criados y doncellas, pero no significaban una gran ayuda. Esto era debido a que ellos no entendían el idioma. El otro personal lo tuvimos que buscar en Nápoles. El Dr. Scrön, médico alemán, nos ayudó amablemente. También fue contratada una profesora italiana para enseñar a mis hermanas y a mí la lengua y la literatura italiana. Ella lo hacía con buena voluntad, pero pronto nos dimos cuenta de que ella sabía más o menos de Dante lo mismo que nosotros los niños. Pero ella bordaba magníficamente y este talento lo supo aprovechar mi madre, sobre todo con vistas al 22 de mayo.

    En esta primavera de 1881 conocimos al pintor ruso Paul von Joukowsky, que con su elevada cultura y noble comportamiento, y sus ideas espontáneas y geniales se ganó pronto el corazón de mis padres. Junto con Heinrich von Stein y Malwida, era el huésped más invitado; él empezó a pintar un retrato de mi madre que, después de unas 40 sesiones, salió perfecto, y está ahora colgado en el salón de Wahnfried. Su criado, Pepino, un auténtico napolitano, nos cantaba por las noches en la terraza, con su mandolina, canciones populares, sobre todo las antiguas canciones amorosas, que cada vez se escuchan menos. Son muchas veces desplazadas por las melodías de opereta; así hasta los sanos sentimientos, que conviven en el pueblo italiano, están amenazados con esta infección. Mi padre tenía verdadero cariño por estas canciones populares; allí, en la parte sur de Italia vive aún un resto del espíritu griego, donde no han llamado la atención las canciones populares de la vendimia o de la recogida de la oliva, como algo especial, casi hechicero.

    De los otros amigos de Wahnfried quiero mencionar también al príncipe Rudolf Liechtenstein, y a Arnold Böcklin, cuyo arte con brillantes colores impresionaban fuertemente a mi padre. El desgraciado Joseph Rubinstein, ocupado en confeccionar la partitura de Parsifal, pertenecía en grado menor al círculo atrayente de los amigos. Rubinstein demostró a mi madre y a nosotros los niños, claramente, que su presencia se debía solamente a nuestro padre, y que la familia significaba para él un anexo molesto. Mi madre le aguantaba porque creía haber observado en él algo bueno e importante, pero para nosotros era tan antipático, que necesitábamos de las sabias advertencias de mi madre para frenar nuestras manifestaciones de disgusto. Yo le llamaba “desgraciado”, y lo era de verdad. El confesó una vez a mi madre que sufría por causa de su raza (4) —una especie de Kundry—, y que anhelaba su redención. Creía heberla encontrado en mi padre y su arte. Una vez hubo perdido, después deI 13-2-83 a su protector, y desesperado consigo mismo, se quitó la vida.

    El sentimiento de aversión que nosotros los niños sentíamos contra él se transformó entonces en compasión cuando más tarde fuimos capaces de ver algo más claro su alma destrozada. Muchas veces lo cómico se asocia con lo trágico: él, un tipo tan seco, esquivo y siempre a la defensiva, había conquistado el corazón de un ser femenino, nuestra institutriz inglesa, que se enamoró de él. Cuando una noche su abrigo estaba colgado en la entrada ella lo abrazaba y nosotros, como impertinente cuadrilla, nos burlábamos de ella. Pero la institutriz no se mermaba, y muy al contrario, reforzaba aún más sus sentimientos; llamó a mi hermana esa noche y he dijo: “¡Oh, Eva, tell him, that I love him” (5). Pero mi hermana no tuvo bastante ánimo como mensajera de amor, y así culminó este amor en los abrazos del abrigo.

    Lo más importante de nuestra estancia en Nápoles fue el 22 de mayo. Hacía meses que mi madre iba preparando el cumpleaños del maestro, para organizarlo con animación y alegría. Para esta ocasión preparó ella un festival, en que los cinco niños debíamos hacer de presentadores. Ella nos consideraba según nuestra edad y nuestro talento. A mí me correspondía normalmente una parte pequeña, insignificante, pues tenía yo dificultades para aprender de memoria cualquier cosa; también más tarde tuve estos problemas en el Gymnasium. Sólamente la música aprendía rápidamente. Ponía también música para estas piezas de homenaje mi madre, y uno de los músicos presentes se encargó de la ejecución. También preparó obras teatrales: un acto de Hans Sachs, y Lope de Vega pertenecían a nuestro repertorio (6). El final del día festivo consistía en una excursión en barca a lo largo del Posilippo.

    Hasta agosto nos quedamos en Villa d ‘Angri e hicimos excursiones a Pompeya, Capri, Sorrento, Pozzuoli y al Vesubio, lo que aportaba variaciones en el desarrollo de nuestros tranquilos días. Mi padre trabajaba con el Parsifal, y algunos fragmentos los presentó a un pequeño auditorio; mis hermanas ensayaban el coro desde lo alto: “Der Glaube lebt — die Taube schwebt”, y se ganaban el aplauso del maestro. De Nápoles nos marchamos a Siena. También allí mi madre había alquilado e instalado una casa muy a nuestro gusto. Se llamaba Torre Villa Fiorentina y la tenía bien preparada encontrándonos todos muy cómodos. Siguió a esto semanas de felicidad y paz. ¡Qué contraste —después del grandioso efecto e impresión del golfo de Nápoles, de la agitada vida en las calles de Nápoles—, ahora esta tranquilidad y estos colores suaves, nada que pudiese turbar la fantasía!. Un verdadero idilio después de un drama. Como comparar un cuadro de Hans Thoma después de ver uno de Böcklin. Nos alegró mucho, en este ambiente placentero, una larga visita de mi abuelo Liszt que, después de retornar a Roma, dijo que había pasado las semanas más felices de su vida con los Wagner. Nunca había visto al maestro tan animado.

    Los niños adorábamos apasionadamente a nuestro abuelo. Su generosa bondad, su genial hincapié con las singularidades de cada uno de sus nietos, tenía una especial atracción. Su llegada, además, nos proporcionaba siempre un día libre, que en nuestras cabezas infantiles despertaba sus positivos efectos. Esta vez había llegado solo; el acostumbrado enjambre de discípulos había quedado distanciado. Así no existía ninguna molestia mundana que pudiese inferir en el ameno ambiente familiar. ¡Hasta la princesa de Wittgenstein dejó a mi madre en paz con sus acostumbradas misivas, que a todos los que tenían a Listz como huésped mandaba, indicando lo que podía comer y lo que no, a quién se debía invitar y a quién no, sobre lo que se debía hablar y sobre lo que no! Cuando una voz le advertía que no bebiese coñac, él contestaba: “... se dice que el vino es la leche de la edad, bueno, entonces el coñac es la nata de la edad”.

    Quiero añadir un rasgo típico de Liszt que, creo, no es conocido públicamente: invitado una vez por una rica baronesa de las finanzas de París, y al servirle el café después de la comida, cogió el azucar con los dedos. La dama de la casa le observó y como vio que no había hecho uso de las tenazas para coger los terrones, llamó al criado para que rellenase la azucarera. Liszt hizo corno si no viese nada; se bebió el café, se acercó a la ventana abierta y tiró la valiosa taza fuera. La baronesa se quejó por el objeto tan valioso y Liszt le contestó: “Si usted no puede tomar azucar de la azucarera porque yo la he tocado con mis manos, menos podrá usted beber de en una taza que yo haya tocado con mis labios”. Claramente demostró su buen corazón en otra ocasión: una pianista organizaba un concierto en Jena y para atraer más público, hizo publicar que ella era discípula de Liszt. El destino quiso que el mismo día del concierto, Liszt llegase desde Weimar a Jena. Apresuradamente corrió la pianista a verle y le confesó su mentira. “Venga usted, señorita” le dijo Liszt, “siéntese al piano y tóqueme el programa del concierto de hoy”. Ella cumplió sus órdenes. Dos horas enteras le estuvo corrigiendo lo que he preció mejorable y al final le dijo: “... bueno, chiquilla, ahora puede usted decir que es discípula de Liszt”.

     Mi madre publicó hace años un artículo sobre su padre, que, mejor aún que otras anteriores publicaciones, refleja el carácter de esta impresionante personalidad. Tres naturalezas contrapuestas se reunían en él, aunque reunir no es la palabra exacta, ya que confluía una personalidad dentro de la otra: Una naturaleza de San Francisco, una de Dionysios y otra de Wotan, que se reflejan más claro en sus tres composiciones; elsalmo número 13, el vals de Mephisto y la primera parte de la sinfonía de Fausto. Estos contrastes no podían comprensiblemente ser entendidos por los fariseos y filisteos. De ahí esa hucha furiosa contra el arte de Liszt, que hoy todavía no ha terminado. Por eso me alegro de poder constatar en mis conciertos un entusiasmo creciente por las composiciones sinfónicas, también en ciudades como Berlín y Viena, donde más fuerte actuaban los antes mencionados elementos. La fuerza temática de estas obras no se puede suprimir. Y esta fuerza creativa es en primera línea lo que importa. Con contrapunto y artes instrumentales sólo, no se pueden crear obras de valor persistentes.

    Pero también hay que saber dirigir a Liszt. Hay que saber sentirlo poéticamente. Debe siempre causar el efecto de una genial improvisación. Las puras indicaciones musicales sobre las pausas no deben ser tomadas al pie de la letra, sino contempladas como indicaciones para que la batuta se mueva libremente (7). Tempo rubato en el buen sentido. ¡Cuán fácilmente puede ser desgarrada la primera parte del Tasso y con ello aparecer aburrida, si el director no obra aquí algo libremente y se comporta con talento frente a las pausas! Precisamente esta composición tuve ocasión de escuchársela, siendo muchacho, al piano. Además de, Mazeppa y la Sinfonía de Dante. En ningún momento se sentían vacíos o “agujeros”.

    Me acuerdo entonces, en Siena, haber escuchado algo de Beethoven y Chopin. En Venecia, en su último encuentro con mi padre, tocó la sinfonía en La mayor de Beethoven. Unos intermezzos que ejercían una indescriptible jovialidad sobre nosotros los niños, todo ello lo recuerdo aún. Mientras Liszt tocaba, rodeado de mi madre, la princesa Hatzfeld y algunos amigos, en el salón, nosotros le escuchábamos desde el cuarto contiguo. Repentinamente, en el Scherzo, vimos entrar a nuestro padre y pasando desapercibido a Liszt y a sus oyentes, comenzó a bailar muy animadamente. Se podría haber creído tener delante a un jovenzuelo de veinte años ante nosotros. Tuvimos que esforzarnos para no poner de manifiesto, con nuestras risas, el baile de mi padre. Una cosa es cierta: Beethoven no podía imaginarse su Scherzo tan bien bailado, en forma tan bella, e Isadora Duncan puede reclamar con justicia a mi padre, cuando se le achaca que baila a Beethoven.

    La veneración de Liszt hacia mi padre era tan profunda, su comprensión para el ser tan a menudo desconocido, era tan grande, que aún bromas como ésta no se las tomaba con susceptibilidad. Recuerdo también que una vez, después de una composición litúrgica que interpretó mi abuelo, —si era algo del Christos no puedo afirmarlo—, gritó mi padre: ¡Tu amado Dios hace desde luego mucho espectáculo!”

    Listz amaba entrañablemente a sus nietos. Sigius —así me llamaba— siempre podía acompañarle a su cuarto. Entonces yo aprovechaba para husmear con satisfacción en su papelera, y las hojas de notas y los escasos sellos, constituían mi botín. Con motivo de unas grandes festividades en loor de María, me llevó consigo —en Venecia— a la iglesia. Estábamos sentados en los hermosos y viejos bancos del coro de la “Frari”. La misa mayor comenzó, procedentes del órgano se escucharon las más vulgares polkas y “galops”, tal y como era costumbre entonces en Italia. En el momento de la Consagración, se escuchó la hermosa canción “Ich möchte deine schwarzen Augen küssen” (8). En suma, que en la defectuosa caja del órgano, todo sonaba auténticamente eclesiástico. Yo notaba cómo mi abuelo se ponía intranquilo, me dio un libro de oraciones y me aconsejó que leyera con él. Apenas finalizó la celebración, me tomó fuertemente de ha mano y se apresuró fuera conmigo. Justo antes del pórtico se apresuró hacia él el ingenuo organista, y le preguntó a mi abuelo qué le había parecido su música. Listz contestó: “Pour vous dire la venté: c’était une saleté, une cochonnerie” (9). Apresuradamente se alejó el visiblemente sorprendido intérprete de polkas por el puente más próximo. Durante nuestro regreso, en góndola, mi abuelo iba repitiendo, una docena de veces: “Saleté, cochonnerie”. Era para él muy chocante el que yo hubiese podido recibir una impresión tan vulgar de una celebración litúrgica.

    Muchas veces yo le daba motivo para reír. Durante un paseo por los jardines de Bayreuth, le chocó que yo, entonces un niño de seis años, diera signos claros de mal humor. A su pregunta, de qué me pasaba, contestó mi madre: “Se enfada por ir vestido elegantemente. Le gusta aparecer siempre como los niños de ha calle”. Y en Venecia, me sorprendieron, él y mis padres, sentado al piano interpretando un acompañamiento al aria del sueño ligero de La Muda de Portici con silbidos; también el sexteto de la 
Lucia de Donizetti, que había escuchado con agrado, repetidamente, en la plaza del mercado, fue repetido por mí en esta forma “silbable”. El premio, quizás también el bochorno por ello, fue que después se sentó Liszt al piano e interpretó lo recién escuchado a su manera, con un acompañamiento tan fecundo, como ni yo, ni Auber ni Donizetti hubiéramos concebido jamás.

    De todos los pianistas que he escuchado posteriormente, con excepción de Sophie Menter, sólo Mottl ha ejercido sobre mí una impresión similar, y no por la técnica —Mottl de hecho no deseaba ser pianista— sino por lo magnético, mágico, demoníaco que se transmitia de la punta de sus dedos a las teclas del piano. El efecto arrebatador sobre el público, sólo puede explicarse por una tal magia. La técnica por si misma sólo interesa ciertamente al burgués, pero no al oyente inocente que aspira a impresiones más profundas.

    Dada la extensión con la cual me ocupo, en estos breves recuerdos, sobre mi abuelo, los lectores sin duda notarán con qué amor estuve yo ligado a esta personalidad. Con ocasión del recuerdo de aquella visita a Siena, deseaba de buen grado agrupar todos aquellos recuerdos que han quedado en mi memoria. Sólo queda por recordar la última estancia de Liszt en Bayreuth, en el año 1886. Fue con motivo de la boda de mi hermana Daniela con Henry Thode, por lo que acudió Liszt; viajó después a visitar a conocidos suyos, donde tomó el germen de su última enfermedad, y llegó, ya con graves dolencias, a los Festivales, para vivir la primera y personal gran obra artística de su hija, la representación del Tristán. Ninguna advertencia de los que le rodeaban pudo lograr que desistiera de acudir a los Festivales. La afirmación de algunos biógrafos de que mi madre le habría forzado a ello, es falsa. Profundamente conmovedores fueron aquellos últimos días de Liszt, para los que estaban con él. Padre e hija, tras has múltiples separaciones de una vida tan repleta de luchas internas y externas, ahora tan próximos el uno al otro. ¡Ningún aguafiestas de por medio! Todo fue mantenido alejado. Ciertamente llegaron telegrama tras telegrama de Roma, en los cuales la princesa Wittgenstein daba instrucciones muy nerviosas a mi madre, para que nada se omitiera, en aras de preservar el alma de Liszt de las garras del demonio. Ella debía tener un miedo categórico de que nuestro abuelo pudiera caer en el infierno.

    Mi madre conocía mejor a su padre, sabía por ello que el compositor del Salmo trece y de la Santa Elisabeth no tenía que temer ni al infierno ni al purgatorio. Sin ser tenidos en cuenta los telegramas, se depositaban estos donde les correspondía, en la papelera. Aún en has últimas horas que le quedaban, deseaba levantarse para ser llevado a la sala de los Festivales. Lo último que se hizo leer, fue la obra de Thode acerca del Santo Franz von Assisi. Característico era que, precisamente esta soberbia personalidad, con la cual él tenía cierto parentesco, le atrayera en forma tan irresistible.

    Su lugar de descanso lo encontró en el cementerio de Bayreuth. La sencilla capilla románica fue ideada por Gabriel Seidl (y no por mí, como erróneamente se ha difundido). Aunque bien es cierto que yo tenía finalizado un boceto para un mausoleo, una capilla al estilo del renacimiento primerizo italiano, que recordaba a la pequeña María dei Miracoli en Venecia, bien enriquecida con ornamentación de mármol. Se dio preferencia, y con razón, al boceto más sencillo y apacible de Seidl.

    Pero volvamos de nuevo al orden cronológico de los acontecimientos.

    A las armónicas semanas de Siena, siguió una estancia en Venecia. Antes del regreso a Bayreuth se nos reservó, a nosotros los niños, el placer de escuchar en Munich obras de nuestro padre, en el Hoftheater; sí, de hecho hasta una audición privada para el rey cuenta entre nuestras vivencias de entonces. Nosotros estábamos con nuestra madre debajo del palco real, y de vez en cuando mirábamos con mirada furtiva y con gran curiosidad, al rey y a mi padre. Se representaba Lohengrin. Nosotros estábamos entusiasmados y lo encontrábamos todo maravilloso. Nuestra sorpresa no fue menor cuando, al final de la representación, encontramos a nuestro padre profundamente malhumorado. El encuentro con el director de orquesta fue lamentable. Sólo la habilidad de mi madre pudo apaciguar la amenazante tormenta.

    En las estancias que realizábamos en Munich, cada vez que íbamos o veníamos de Italia, tomábamos parte en los encuentros de nuestros padres con sus amistades, sobre todo con Lenbach, Gedon, von Bürkl y otros.

    Singular era la relación de mi padre con Hermann Levi. La naturaleza de Kundry estaba fuertemente desarrollada en él, como en Joseph Rubinstein. Era uno de los judíos más importantes e interesantes con los que me he encontrado nunca. Chamberlain ha plasmado de forma sugestiva el ser, o mejor dicho, el conflicto en la naturaleza de Levi; me remito a él, pues no creo que sea yo capaz de dar una imagen mejor de Levi, que la que él da.

    Crecido en un ambiente antiwagneniano, tuvo Levi tardíamente acceso al arte de mi padre, en aquellos círculos era considerado como un disidente. Por otro lado, los wagnerianos no le tenían confianza, hasta el punto de que mi propio abuelo Liszt, le hizo en una ocasión la amarga observación de que Heinrich Porges ya era wagneriano en una época en ha cual aún no había ningún negocio que hacer con ello (10). Unas palabras demasiado severas que, creo yo, no estaban justificadas.

    Levi se había convertido en un partidario, pero por otro camino diferente; no por un sentimiento espontáneo, sino por el intelecto. Las obras juveniles, hasta el Lohengrin, habían pasado ante él sin dejar huella. Sólo al trabar conocimiento con la partitura del Tristán y de Los Maestros Cantores, se produjo la conversión. Por tanto, en primer lugar, está la impresión que en él despertó la técnica. Para hombres que ya en la primera gran melodía de la oración de la Obertura de Rienzi, se habían apercibido del genio que en aquella obra se regalaba a la Humanidad; para estos hombres, es naturalmente muy difícil de comprender una conversión tan tardía como ésta.

    Sólo cuando se dio el éxito público, sintió Levi aquello que quizás ya percibía desde hacía tiempo, pero para reconocerlo le faltaba el ánimo necesario; y sólo entonces se puso con toda su personalidad al servicio de la causa. Pero le faltaba algo, y por ello sufría, como reconoció repetidamente a mi madre: la fe. Cuando en los difíciles años tras ha muerte de mi padre, mi madre tomó a su cargo la dirección de los Festivales, y al hacerlo se encontró con grandes oposiciones, hasta el punto de verse seriamente amenazada con la idea del cierre de los mismos, Levi volvió a fallar; él no creía en el futuro de Bayreuth y bajo los odios de la prensa que iban dirigidos primcipalmente contra las representaciones del Tannhäuser, surgió en él ha idea de levantar en Munich una casa para los Festivales (11), una idea que de inmediato aceptó Possart. Más tarde cuando mi madre salió victoriosa de la hucha, cuando el círculo de los verdaderamente pertenecientes a Bayreuth crecía de día en día, cuando en la prensa francesa, inglesa y americana, aparecían entusiasmados artículos sobre el genio organizador de mi madre (entre ellos estaban de nuevo, y en primera línea, los trabajos llenos de espíritu, de Chamberlain) fue entonces, cuando vio Levi la injusticia por él cometida.

    Desde ese momento se presentó fervientemente en favor del quehacer de mi madre. Donde podía ayudar, ayudaba, siendo uno de los hombres más dispuestos. Una similar manifestación de inseguridad pudimos observar en él, con relación a Hans Thoma. Cuando Henry Thode, por aquel entonces en el inicio de su carrera como historiador del arte, se puso apasionadamente en favor del artista, sólo reconocido entonces por un pequeño núcleo de auténticos conocedores del arte, y totalmente ignorado o ridiculizado por los demás; siendo calificado por una poseedora de viñedos en Frankfurt como “el pintamonas del color verde espinaca”, Thode entró decididamente en favor del maestro de la Selva Negra, a lo que Levi le dijo, verdaderamente preocupado por el futuro de Thode: “¿Por qué entra usted tan decididamente en favor de Thoma? Se perjudica en su carrera; espérese a que se haya muerto”.

    Tampoco allí tenía Levi fe, y eso que se compraba cuadros de Thoma, y estaba cautivado por este sencillo y puro arte alemán.

    Mientras fuimos niños no tuvimos ninguna simpatía por Levi. Sólo cuando fuimos más maduros supimos valorar sus escasas propiedades. Lo que más me gustaba eran los apacibles almuerzos, allá arriba en la cuarta planta de la Arcostrasse. Su ama de llaves, la Sra. Stamm preparaba su manjar favorito, carnede ternera con salsa de primavera. Todo discurría con jovialidad. La Europa rica en espiritualidad estaba siempre representada en aquella casa, y eran sus huéspedes permanentes. Ningún tema profundo dejaba de ser tratado allá arriba. Allí se reía, se discutía, y se disputaba también.

    Pero las controversias discurrían en un tono de suma jovialidad. Levi tenía un vivo interés por cada uno de nosotros individualmente, él se inmiscuía en cada una de nuestras personalidades: mis bocetos arquitectónicos los enseñaba por los círculos artísticos de München, y nunca olvidaré con qué celo se dedicó a hacer posible la representación en esta misma ciudad de mi Bärenhäuter.

    Levi estaba siempre atento en todos los ensayos, pese a que por su salud estaba incapacitado para dirigir (Franz Fischer se hizo cargo de ello). En un momento del segundo acto, que le gustaba especialmente, me besó en la frente.

    El que fuera elegido por mi padre para ser director del Parsifal, mostraba claramente lo que mi padre esperaba de él. Durante muchos años dirigió él esta obra, que más tarde tomó como su más preciada herencia Karl Muck, quien tenía hacia Parsifal la misma relación que Richter con Los Maestros Cantores, y Mottl con el Tristán.

    Al igual que anteriormente con motivo de la visita de mi abuelo a Siena, ahora al nombrar a Levi me he apartado del hilo de mis recuerdos. Cogiéndolos de nuevo, quiero relatar acerca de los dos últimos viajes que realizamos hacia el sur, en compañía de nuestro padre.

    De 1881 a 1882 fue Sicilia su meta: primeramente Palermo, después Acireale, con breves excursiones a Taormina, Messina y Catania. Por vez primera celebramos la fiesta de la Navidad lejos de Wahnfried. Mi madre, que siempre tuvo el genio de hacer posible lo imposible, había conseguido encontrar allí abajo un abeto y lo había dispuesto como árbol de Navidad.

    La visita de Joukowsky era siempre un agradable enriquecimiento de los días festivos, y la por demás entrañable la nostalgia, que debe embargar a todo alemán, cuando precisamente en estos días íntimos, nórdicos, de fiesta, que no son conocidos en este sentido por el habitante del Sur, se está lejos de la patria.

    Para nuestra familia fue la estancia en Palermo de especial importancia por el enamoramiento de mi hermana Blandine con el conde de Sicilia, Gravina, un hombre que por su distinción, belleza y bondad de corazón, nos resultó muy simpático a todos. Su familia se enorgullecía de descender de los Normandos, el nombre Gravina ya era nombrado en el siglo XI.

    Si tengo que contar algo de mí mismo, entonces con doce años, tendría que hacer alusión a mi amor y talento por la arquitectura, que se desarrollaba cada vez más. Gracias a la larga permanencia en las iglesias, ello hizo que el culto católico ejerciera sobre mí una gran impresión tanto en el espíritu como en los sentidos, y siguiendo el instinto de imitación de los niños, en casa deseaba reproducir las ceremonias observadas. Con el dinero que de vez en cuando me daban, y con el que conseguía sacar de Joukowsky y otros amigos, me compré una imagen de yeso de la Virgen, velas, palmatorias e incienso; Joukowsky me regaló un velón y una casulla (Ambos se encuentran aún hoy, como recuerdo, en mi cuarto de trabajo).

    Estos objetos fueron secretamente metidos en el baúl, y tras nuestro regreso me monté en la pequeña casita del jardín una capilla en toda regla, y oficiaba la misa, siendo mis camaradas los que hacían el papel de monaguillos en el altar. Y nosotros hacíamos esto con una seriedad absoluta, por supuesto no en plan de burla. Mi padre puso rápidamente fin a esto, la capilla fue desalojada y obedientemente, pero triste, abandoné esta pasión.

    El último viaje a Italia de 1882 a 1883, fue a Venecia. Torrentes de agua que parecían no acabar nunca habían inundado toda la comarca del Etsch y del Brenta. El puente de Verona, por encima del cual fuimos a la estación, se vino abajo pocas horas después. Llegamos muy precariamente a la ciudad de los canales. Tampoco allí parecía querer llegar el buen tiempo, de tal forma que pese a la maravillosa vivienda en el palacio Vendramin, durante todo este tiempo no se impuso la verdadera alegría del sol italiano.

    Un gran cometa despertó en los ánimos supersticiosos -tampoco yo estoy carente de superstición- temor frente a sucesos amenazantes, en pocas palabras, parecía recaer un lastre sobre esta estancia. Las emociones del año de los Festivales en 1882 habían disminuido fuertemente la salud de mi padre. Era una difícil pregunta la de saber si Parsifal podría volver a ser representado en el año 1883.

    La esperanza de que el pueblo alemán tomara parte activa en la primera representación de esta su última obra, estaba muerta. Sólo las tres primeras noches estuvieron repletas, en el resto se podían apreciar grandes espacios vacíos. ¡Por tanto tampoco esta última desilusión le fue ahorrada a mi padre!

    Pese a todo, también en estos últimos meses de su vida triunfó la jovialidad. Ya he relatado más arriba sobre el baile con motivo de la séptima sinfonía de Beethoven; esto ocurrió un mes antes de su muerte. Era cautivador con las damas distinguidas, por ejemplo con la encantadora princesa Hatzfeld, con su hija, con la leal compañera de lucha la condesa Schleinitz, cuya importancia, entre otros, también ha sido considerada debidamente por Glasenapp, de manera que no necesito repetirlo de nuevo, con la condesa Dönhoff, la actual princesa Bülow y otras.

    El tenía en estas ocasiones algo, yo diría casi caballeresco, francés, muy agraciado en su actitud. Muy cómico se mostró cuando le besó la mano la larguirucha condesa Hildegard Usedom. Ella lo hacía con gusto, pues sabía que como premio recibiría un beso en los labios. La visión de la giganta agachándose profundamente, tenía algo irresistiblemente jovial.

    Lo bondadoso que era mi padre con el pueblo llano era de todos conocido. ¡Los criados le adoraban! Sus arranques de mal genio nunca fueron mal interpretados por ellos, porque él era capaz un minuto después de borrar cualquier ofensa con un chiste. Sólo personas absolutamente incapaces le guardaron rencor. A menudo era yo el que despertaba en él su alegría.

    Ya comenté anteriormente acerca de mi Aria del sueño ligero de Auber, silbada por mí; aparte de los silbidos, le gustaba mi capacidad, que se despertó en Venecia, de componer poesía. Ideé una serie de emocionantes piezas, espectáculos de caballeros; también Catilina debía soportarlo. Al pasar por mi lado, mi padre ojeó una vez en mi libreta y gritó, riéndose, a mis hermanas: "¡Silencio niñas, no molestéis a Fidi, no sea que Pegaso le haga hacer cabriolas!".

    Mi profesor particular fue causa también de jovialidad, aún contra su voluntad, cuando hizo que "mami" le enviara desde el rincón más nórdico de Alemania su cama de plumas. El exquisito placer de saborear el mazapán enviado igualmente por su "mami", sólo conseguía hastiar más a mi padre.

    No podía soportar las blandenguerías. Le gustaba mucho poder darnos una alegría. Las mayores fueron las ya mencionadas y las no muy bien vistas por mi madre, de acudir al gran pastelero Lavena. En el teatro presenciamos el Barbero de Sevilla de Baruffe Chiogiotte y Paesiello, hasta fuimos llevados a las fiestas de carnaval en la plaza de San Marcos. Pero el acontecimiento más bonito fue la interpretación de su sinfonía juvenil para el cumpleaños de mi madre. Era la tercera vez que podía verle como director. Algunos años antes fue con la misma ocasión, la sinfonía en La mayor de Beethoven y fragmentos de la sinfonía de Fa mayor, que dirigió con la Meininger-Orchester en Wahnfried. Su forma de dirigir, la cual se esforzaron por aprender sus alumnos como Hans von Bülow, Klindworth, Richter y después indirectamente Mottl, Muck y Nikisch, se manifestaba por su sencillez plástica y gran claridad. A estos alumnos pertenecía Anton Seidl, que a plena satisfacción de su maestro, dirigió El anillo del Nibelungo durante las representaciones de Angelo Neumann. Sus ricas aptitudes las desarrolló posteriormente en América, donde se forjó el mayor cariño del público. Yo personalmente le estoy muy agradecido, dado que se tomó con celo la difusión de mis composiciones. Mi primer trabajo orquestal, el poema sinfónico Sehnsucht [deseo] (conforme a la obra de Schiller), la representó en América. Arrebatadoramente bella fue su dirección del Parsifal en Bayreuth. Una temprana muerte nos robó, desgraciadamente, a este sincero artista de Bayreuth. Mi padre obraba principalmente a través de los ojos, lo cual él mismo describía como lo primordial a la hora de transmitir voluntades. Su exaltación estaba por tanto más refrenada cara al exterior; se manifestaba para aquellos que le contemplaban de cerca, después de su labor, por la fuerte transpiración. La imagen que reflejaba sobre el espectador era así siempre estética, no había en él nada de las exageradas gesticulaciones, hoy tan queridas, que despiertan la impresión de que el director es el fin último de la música y la otra interpretada algo paralelo[secundario]. El ojo era lo electrizante. En cualquier caso, el director debe poseer unos ojos en los cuales se pueda reflejar un alma. Si esto falta, para engañar hay que recurrir a convulsiones de hombre serpiente. Una parte del público parece tener agrado por estas convulsiones. Hay algo que sé por propia experiencia de muchos años de trabajo: los miembros de la orquestra prefieren una dirección disciplinada y exacta, a los aspavientos de una aparente genialidad. En mis muchos conciertos, que me pusieron en relación con cientos de orquestas, sea en Alemania, Inglaterra, Francia, España, Italia, Rusia, Escandinavia o donde fuera, en todas partes escuché a los músicos de la orquesta, lo agradable que les resultaba mi forma de dirigir: "Por lo menos uno no se pone nervioso con ella." Yo siempre digo, que esto es de la escuela de mi padre.

    La segunda vez no le vi como director. Era durante la última representación del Parsifal, cuando él dirigió la segunda mitad del tercer acto. Luise Reuss-Belce, mi famosa colaboradora en los Festivales de Bayreuth, durante muchos años la famosa Frika, por aquel entonces, en el año 1882 muchacha flor y escudera del Grial nos relataba a menudo y gustosamente la sensación que invadió a todos los artistas de la escena, cuando tras el cambio de decorado, y al volver a aparecer el templo del Grial, en vez de Levi, vieron repentinamente a mi padre en el estrado del director. Sólo uno mostró aparentemente estar nervioso por ello, el hasta entonces inasequible intérprete del Amfortas, Theodor Reichmann, que sólo tenía una falta: que en lo musical le ponía en gran apuro. Él exclamó: "¡Oh Dios, el maestro en persona en el estrado!, ¿me dará correctamente mi entrada?"

    Los ensayos para su sinfonía de juventud sabía mi padre hacérselos muy amenos a la orquesta italiana, recurriendo a pequeños chistes. Para ello ponía en acción toda las exquisiteces de que era capaz en su exposición. Sus pobres conocimientos del italiano le llevaron también a equívocos cómicos.

    Del último día de vida de mi padre me ha quedado en la memoria un claro recuerdo de un suceso con mi madre. Aunque era una maestra en la interpretación al piano, su profesor de música, Seghers, había dicho de ambas hermanas: "Blandine será una excelente musicienne, Cosima una grande artista." [N. del T. en el original]. Yo nunca la había oído interpretar; su actitud al servicio de mi padre era tan amplia que tuvo que dejar el piano totalmente de lado. Era el 13 de febrero, yo estaba sentado en el salón y practicaba el piano. Entonces entró mi madre. Se dirigió al piano de cola y comenzó a tocar. A mi pregunta de que era lo que tocaba, me contestó con una mirada totalmente apartada: El elogio de las lágrimas de Schubert. Unos minutos después trajo la doncella de cámara la noticia de que mi padre se encontraba mal. Nunca olvidaré yo, cómo mi madre se precipitó hacia la puerta. Una fuerza de dolor apasionada se manifestó en su movimiento; se golpeó tan fuertemente con la hoja semiabierta de la puerta, que ésta casi se resquebraja. Cuando ya en años posteriores en los ensayos para los Festivales, le veía interpretar papeles como el de Kundry, Isolda, Sieglinde y Brünnhilde, me acordaba a menudo de aquel instante en Venecia; su representación era de una grandiosidad clásica, como yo sólo la volví a ver una vez en la escena: en la personificación del Otelo por Salviní, cuando éste ya contaba con setenta y siete años.

    El 13 de febrero de 1883 se produjo un gran cambio en nuestra vida, sobre todo exteriormente. Mi padre, si se me permite emplear la expresión popular, había vivido con una mano delante y otra detrás. Del cobro de sus obras su sufragaban el pan diario, los viajes y todo lo demás. Un patrimonio disponible no estaba presente, sólo aquello que mi madre llevó a su matrimonio. En los siguientes años se trató lentamente de ir construyendo un patrimonio. Para ello encontró el más fuerte apoyo en Adolf von Gross, que en adelante no sólo se hizo cargo de todos los aspectos prácticos de los Festivales, sino también de nuestros propios asuntos privados. Sin este hombre no hubiéramos llegado lejos; aún hoy decimos en todos aquellos asuntos en los cuales no tenemos ningún consejo: "Consultemos a Adolf". Entendimiento y corazón están por igual, fuertemente desarrollados en este hombre inigualable. Contrario a todo apariencia, permaneció a menudo en un segundo plano, y fue malentendido, y tomado por indeseable. Esto era y es para él algo indiferente. Él se sentía elegido por el destino, para realizar una gran obra; esto le daba fuerza, para considerar todo la externo como falsas bagatelas y apartarlo de sí.

    Mientras que mi madre encontraba siempre satisfacción y elevación en lo artístico, Adolf von Gross debía ocuparse de lo laborioso, fútil y enojoso. Ciertamente él también se alegraba con los éxitos de la escena, pero cuán a menudo se le fue esta alegría por aspectos agrios de la realidad práctica. Por medio de inumerables procesos con editores y demás, por las hipotecas que recaían sobre Wahnfried, sólo poco a poco le fue posible proporcionarnos una mejor situación financiera. Nosotros vivimos desde los años 1883 hasta 1890 en la forma más sencilla imaginable, un particular contraste con la vida anterior y la brillante apariencia que despertaba la contemplación de la bonita casa con el gran jadín. Mi padre sabía perfectamente que cierto día sus obras reportarían suficientes ingresos a su familia; por ello podía con derecho, vivir de aquella forma los últimos años de su vida, tal como correspondía a sus necesidades y a su fantasía. Sólo los pequeños burgueses podían excitarse ante el aparente gran gasto. Yo no sé también, si se miente y se fantasea tanto acerca de otras familias de artistas. Algo es seguro, hasta ahora ni una sola noticia o rumor que apareció en el periódico o se propagó acerca de nosotros, ha sido verdadero. Siempre había algo falso dentro de ella, cuando no era totalmente inventada. Imperaban los relatos fantasiosos acerca de nuestro patrimonio y aún hoy debemos sufrir bajo estas necias fábulas. El que los artistas sean espléndidos con suma facilidad, es algo conocido. Con nosotros y en base a esta propiedad, se sacaron conclusiones acerca de "las riquezas".

    Tras el regreso de Venecia, mi madre se tomó especialmente a pecho mi futura educación. Fui preparado para el ingreso en el Instituto de Bayreuth, en el cual fui admitido en el otoño de 1883. Con agrado y agradecimiento recuerdo hoy mi época escolar. Mis profesores eran verdaderamente característicos de la época de Jean-Paul, merecedores de ser descritos por un Gottfried Keller o un Dickens. Especialmente el rector Grossmann, una figura delgada, casi ascética, con luenga barba, empapado de un meticuloso instinto por el orden; una propiedad que a nosotros jóvenes de entonces, en parte nos irritaba y en parte nos movía a risa, pero cuyo valor sólo más tarde supimos apreciar adecuadamente. Cuando yo hoy veo un pasador de ventana inclinado, pienso en mi buen rector y le doy la razón. Nosotros los alumnos, poseíamos aparte de nuestro mérito de ser alumnos de la escuela superior, [NT: Gymnasium es el bachiller superior] aún otro oficio paralelo, según las cualidades o el sitio que ocupásemos en la clase. Yo tuve la desgracia de estar sentado inmediatamente al lado de la escupidera; la cual debía mantener limpia. Algunos de mis compañeros, cuando se daban cuenta de que poco antes de empezar la clase aún estaba frenéticamente atareado con algo, escupían a escondidas en la escupidera justo antes de que entrara el rector Grossmann. El rector entraba, y su primera mirada recaía sobre el objeto sucio. Utilizando el pie para tapar con el serrín los lugares antiestéticos, se dirigía hacia mí y decía deprimido: "Cuando será el día, Wagner!". Su "Non decet, imo dedecet." aún era más efectivo. Muy seria era la situación cuando gritaba: "Quo usque tandem!". Mientras tanto se frotaba enérgicamente ambos ojos. Un odioso rasgo de la juventud es aprovecharse de las debilidades de los mayores. Grossmann era duro de oído y yo hoy me avergüenzo aún, de no haberme comportado en forma diferente a mis compañeros, y de haberme aprovechado de ello. Durante las clases, el aula se parecía al zumbido de un enjambre de abejas, que ascendía hasta un tal crescendo, que Grossmann finalmente lo percibía. Un rasgo de dolor en su rostro era claramente apreciable, por una parte por su sufrimiento, por otra por nuestra fescura, de aprovecharnos de ese sufrimiento para dañar el respeto que se merecía. Sí, ¡respeto! Desde joven llevé en mi corazón esta importante virtud del hombre, y el capítulo en los Años de juventud de Goethe, en el cual se habla del triple respeto, debía ser leído como advertencia en todas las escuelas donde se forma a la juventud. Cuando por ejemplo se ve hoy en día que las muchachas van a divertirse al baile, y cuando se les pregunta si no saben de qué dia se trata y contestan: "Es un domingo como otro cualquiera", cuando se escuchan cosas así -y aseguro que he oído de peores-, entonces se aprecia adónde se llega si se le da la espalda al respeto.

    Grossmann era capaz del mayor apasionamiento; capaz de derramar lágrimas con las odas de Klopstock, y esto ya dice mucho. Cuando en un atardecer bochornoso notó que el calor no permitía el normal funcionamiento del cerebro de sus alumnos, nos hizo dejar a un lado la tarea de latín y nos leyó el Rubio Eckert de Tieck.

    Además de Grossmann, sentía una especial veneración hacia Nägelsbach, nuestro bondadoso profesor de religión. Yo sospecho que le causaba a aquel pobre hombre algún movimiento de cabeza, pues en su rostro se apreciaba claramente el espanto ante aquello del Antiguo Testamento que yo desconocía. En cuanto a la enseñanza religiosa, de niño, no fui poco o nada familiarizado. Sólo el tema del Paraíso terrenal nos era conocido. El Antiguo testamento fue mantenido alejado de nosotros. En la clase de religión de antaño (ignoro si hoy es aún así), se ponía sin embargo mucho interés en ello; yo estaba por la labor, y bastante solo en mi desconocimiento, y ello era motivo de burla por parte de mis compañeros.

    En el año 1889 superé mi examen de grado. Una vivencia de aquella época aún quiero recordar aquí, pues por aquel entonces no dejó de impresionarme, a mis 17 años. Era una mañana de diciembre, temprano, entre las 6 y las 7 horas, cuando nuestro criado se acercó a mi cama y me comunicó que había una dama en el salón que deseaba hablarme (mi familia estaba de viaje). Yo, muy asombrado, de quién pudiera buscarme a esa extraña hora, me vestí con gran rapidez, y bajé corriendo, para acallar mi curiosidad. Frente a mí estaba una dama alta, bonita y distinguida, que me era conocida de los Festivales, vestida con un elegante traje de gala, cubierta con un abrigo de noche. Ella se acercó con los brazos abiertos hacia mí, gritando: "Querido Siegfried, ¡he venido para darle un beso fraternal, para liberar al mundo!". Yo estaba tan asombrado que ella debió notarlo. Nos sentamos y de la conversación que se desarrolló, pude ir descubriendo la incógnita. La pobre buena mujer había caído en manos de un hipnotizador que le había sugerido que representara en un determinado día aquello que hoy hacía frente a mí. Ella había estado la noche anterior en el Dresdner Theater, y mientras escuchaba tranquilamente el Tristán, estaba intranquila, se levantó de súbito y se apresuró a coger el tren, y ahora se encontraba aquí, en la misma forma en que se encontraba ayer noche en el teatro. A la una la llevé de nuevo al tren.

    Unas semanas después recibí una carta de su hermana en la cual me pedía que le explicara qué era lo que había sucedido. A su hermana la habían encerrado en un manicomio. A causa de mi carta, la pobre mujer fue sacada de allí, y liberada de las manos de un estafador. Ella siempre me quedó agradecida por mi intervención, y una sincera amistad nos unió hasta su muerte.

    Antes de comenzar mis estudios de arquitectura, fui un año alumno de Engelbert Humperdinck. Mi madre había percibido seriamente que junto a mi vocación por la arquitectura, se apreciaba una fuerte tendencia musical. Para probar si esta capacidad musical era verdadera y para no permitir que nada se desperdiciara, se decidió por este año de prueba. Ella pensó por su gran sabiduría y por su bondadoso ser, en el maestro de contrapunto Humperdinck, que le era conocido desde 1880, y al cual nosotros los niños queríamos mucho. Él, que ahora nos ha sido arrebatado por la muerte, siempre fue uno de los más simpáticos y entrañables amigos para nosotros. ¡Qué agradable era mirar en sus inolvidables ojos azules!; ¡cuán alegres nos parecían sus jocosos juegos de palabras!, y qué decir de su continuo distraimiento y estar en las nubes.

    El llegar tarde siempre fue una constante en él. Hasta al mismo Papa le hizo nuestro amigo esperar, cerca de media hora en los mismos jardines del Vaticano, esto es, el Príncipe de la Iglesia no esperó al solicitante de la audiencia, por lo que nuestro amigo se llevó la peor parte.

    El era el típico alemán, de la misma forma que aparece en los cuentos populares. Cuando en una ocasión me preguntó si no sabría de un buen texto de ópera para él, le dije que debía componérselo él mismo, de esta forma obtendría el mejor cuento. Con su alumno Siegfried estaba satisfecho, tan satisfecho, que escribió a mi madre diciéndole que estaba seguro de que la música llegaría a desplazar a la arquitectura. En esta peculiar situación indecisa entre dos profesiones, asistí durante dos semestres, al año siguiente, al Politécnico de Charlottenburg y al de Karlsruhe.

    Lo que me llevó a Karlsruhe y pronto originó el cambio, ya no era la arquitectura, sino Felix Mottl. Ya durante una estancia en Berlín había recibido impresiones musicales por los conciertos de Hans von Bülow, y me considero agraciado por haber podido escuchar sus interpretaciones de las sinfonías de Beethoven y de las diferentes obras de mi padre. Las audiciones de Karlsruhe avivaban cada vez más fuertemente mi atracción por el oficio musical. Mottl dirigía las obras de mi padre con un impulso tan arrebatador como el de Mozart o Weber. Con su magia magnética, incluso obras frías como las de Berlioz, se convertían en obras cálidas. Inolvidable permanece para mí la representación escénica de la Santa Isabel, en la cual mi madre era regidora y Mottl director.

    Tras el viaje de seis meses a la India y China, después de mi estancia en Karlsruhe, -fue como muy bien recuerdo, después de una tormentosa mañana de pascua-, tomé la decisión de dejar la arquitectura y dedicarme por entero a la música. La inclinación por la arquitectura debió, de ahora en adelante, permanecer muy en segundo plano, aunque no se fue nunca del todo.

    Sí, este arte me sirvió posteriormente cuando hice bocetos para los decorados, y quizás también se trasluciera en las diferentes oberturas de mis óperas y poemas sinfónicos, donde se puede ver cierto sentido arquitectónico. Mi decisión levantó gran alegría en Wahnfried. Mi madre podía ahora esperar que yo un día tomara la dirección de los Festivales de Bayreuth, y que se verificasen las palabras de mi padre a Pusinelli: "Siegfried Richard heredará el nombre de su padre y mantendrá sus obras para el mundo".

    Deseo nombrar especialmente el hecho de que mi madre jamás manifestó el deseo de que yo fuera músico. Ella contemplaba tranquilamente, sin ninguna influencia, mi desarrollo. La afirmación por tanto de que yo fui forzado a la profesión de músico, sólo pudo ser hecha por alguien que no la conocía.

    Aquel viaje lo empecé yo entonces por invitación de un joven inglés, gran amigo, Clement Harris, que había estudiado música conmigo en Frankfurt. "Wakefield" se llamaba el barco que nos llevó de Londres, vía Gibraltar (con un corto viaje a Granada) y Port Said, directamente a Singapur, desde allí hacia Saigón y Hong Kong, Cantón, Macao, las islas Filipinas y de vuelta a través de Ceilán y el Nepal; impresiones inolvidables, que intenté reproducir en un diario.

    Dado que durante la totalidad del viaje sólo entré en contacto con ingleses, tuve ocasión de aprender a conocer a este pueblo, y convencerme de lo agradables, llenos de humor y de tacto que son, mientras se muestran como personas y no como políticos. Pienso en lo que sigue, dar algunos retazos del citado diario, pues muestran claramente el efecto de este viaje a lo largo del mundo, el efecto causado sobre mí, entonces con veintitrés años.

 

II. Anotaciones del Diario

España

Martes, 16 de febrero de 1892. 
    Temprano a las 4:45 h. nos despierta el auxiliar: "Gibraltar, sir". Ambos estamos muy perezosos pero nos tenemos que levantar. Llueve agua caliente. En el crepúsculo vemos la impresionante roca y debajo las luces de la ciudad. Desayunamos con otros que han llegado con nosotros y nos despedimos del resto, y damos las propinas correspondientes. ¡Es sorprendente cómo una tonta moneda puede alegrar tan pronto unos semblantes!. Nos recoge un pequeño bote para llevarnos a la ciudad.

    Durante el trayecto empeora el tiempo y llueve más, de manera que empezamos a pensar por primera vez en marearnos; pero la costa está demasiado cercana. Todo está en inglés; y el contraste entre el sur y el norte es increíble. En la aduana no tuvimos dificultad. Las fortalezas son colosales; pero de esto ya hablaré más tarde; seguidamente fuimos en coche al hotel Royal, primero atravesamos palmeras y rosales, y luego a través de la estrecha calle mayor con una vida muy italiana. El hotel es un poco un timo. Pero enseguida nos pusimos en marcha, primero al telégrafo; después a comer fruta, unas naranjas sabrosísimas, plátanos, almendras, turrón, etc...

    Buscamos a Mr. Smith, agente de la London Coal Company, quien se presentó muy amistosamente, y nos consiguió una entrada para ver las galerías; también le comentamos el plan de visitar Granada. Desde aquí salimos por la Verja a las instalaciones que unen el norte con la punta sur de la Península.

    La primera vista a la izquierda de la verja fue un viejo cementerio de soldados ingleses de los años 90 del siglo anterior, lo más bonito fue el ambiente triste y sosegado de la naturaleza: heliotropos, pinos, cipreses, palmeras y el verde frescor; entre medio, rosas amarillas, del tono más claro -como la luz del sol-, al más oscuro, como sombras lejanas. Muy felices, como hombres nuevos, en constante griterío, casi aullando, mirando aquí y allá, seguimos por las instalaciones indescriptiblemente voluptuosas; toda la magia casi increíble de los sentidos de la naturaleza sureña se abre aquí a los ojos en un espacio enorme. Por doquier emocionantes flores olorosas, naranjas con un color de fuego, desgraciadamente tambíen había aloes que ya habían perdido la flor, etc..., ¡muchas palmeras!

    Cuánto me hacía recordar a la Italia del sur, que precisamente hace diez años vi por última vez. El sol quema constantemente; la vista de la bahía es magnífica; lejos, al norte, montañas con perfiles agrestes; en el lado africano, líneas más suaves y solemnes.

    A las dos empezamos una larga marcha con nuestros nuevos sombreros de paja ingleses, bajo los cuales nos hacíamos sombra en todo momento. Por caminos empinados andábamos montaña arriba, como en Nápoles, pero que gracias a los ingleses, están impecables, y llevan los nombres más increíbles: Queenstreet, Engineer Road, etc... Había un sol magnífico y resplandeciente, y anduvimos hasta donde nos fue permitido; ya que arriba está todo fortificado e inaccesible. Dimos la vuelta y fuimos a las Galerías, pasillos excavados en la roca, con muchas millas de longitud, con aberturas en la lejanía de diez a veinte metros en las cuales están los cañones; no me podía dar a conocer como alemán pues sólo tenían acceso allí los ingleses.

    Realmente no me interesan para nada estas cosas brutales, y los millones que el gobierno inglés gasta podían ser utilizados mejor; Gladstone es de la opinión de la supresión de toda la colonia; en el año 1788 y 1798 estas galerías fueron voladas por los presidiarios.

    La vista hacia el norte , sobre la estrecha lengua de tierra, es muy bonita. Donde después de las bonitas montañas lejanas, una línea ancha desértica delimita la frontera de la colonia; abajo a la izquierda, en la costa hay un pueblo español con una gran plaza de toros, y a la derecha justo debajo, están los cementerios de los ingleses, italianos(?), y judíos -de ellos hay siempre muchos , y muy desagradables-: por el contrario, los moros, con sus trajes pintorescos dan una buena impresión.

    Desde allí volvimos a la ciudad, a un café, después pasamos delante de dos "churches" inglesas, en la punta sur del peñón; había una vista maravillosa del mediterráneo y de Africa. El regreso fue divino, a través de un pinar majestuoso; el toque de retreta en el Peñón anuncia el Ocaso, y este sonido se mantiene en el aire por todo el peñón.

    ¡Qué felices nos sentimos, qué satisfechos pese a nuestro agotamiento!. Nada más llegar al hotel recibimos la noticia de que tenemos tiempo para viajar a Granada; después de comer, embalar y pagar, nos fuimos a coger el barco de vapor francés "La ville de Barcelone", de la Compagnie Transatlantique; a pesar de que el barco no es tan bonito ni tan limpio como el inglés, me alegré mucho de volver a oír el querido idioma francés; suena mucho más bonito que el inglés. Todos los idiomas se entremezclan incluso un par de alemanes que hablan en una jerga desagradable, nos impiden dormir, lo cual nos molesta mucho; ya que estamos increíblemente cansados y nos acostamos enseguida, cada uno en su cabina. ¡Qué maravillosamente bien dormimos!.

Miércoles, 17 de febrero. 
    "Málaga, Señor", se oye a las 6:30 h.; levantarse, vestirse y desayunar (el viaje cuesta 18 Fr. por persona). -Ahora nos encontramos en la verdadera España; una banda anónima de barqueros a bordo, para llevarnos al muelle. Una vez en tierra, nuestras maletas fueron examinadas bien a fondo, hasta incluso meten la mano en los bolsillos, vaya montón de gandules; les hubiésemos dado un escudo a los sinvergüenzas y nos hubieran dejado pasar libremente, pero quién va a pensar en tal estado de corrupción en la autoridad.

    Málaga se presenta muy bonita, circundada por montañas un poco peladas, muy moderna, recuerda a Nápoles, con un montón de pedigueños y pilluelos descarados, que nos persiguen. Vamos al Hotel Roma, desayunamos, leemos el Figaro y el Frankfurter Zeitung, para confortarnos con la fuente del espíritu francés y germano, vamos a continuación a la catedral, que es aparentemente tosca y fría, pero que igualmente me interesaba por los rasgos característicos españoles: por ejemplo, el interior es una iglesia con tres naves de la misma altura imponente (s. XVII o XVIII), con girola, antiguos capiteles (corintios) y el coro en el centro de la iglesia (como en las abadías). - Aparte de esto, no hay más que ver en la ciudad.

    A la una vamos en tren a Granada. - El viaje hasta allí (27 Fr.) es maravilloso y único en su estilo.- Después de alejarnos una media hora del mar, empieza a recuperarse el encanto de la vegetación: protegido de lejanas montañas puntiagudas, florecen en todo su esplendor almendros, naranjos, eucaliptus, por todas partes se entrometen los descarados cactus, y delgadísimos sobrepasan a todas las palmeras. ¡Parece que me estoy volviendo poético! ¡No quisiera; es demasiado fácil parecer ridículo, cuando uno mismo se relee! La fuerza del color es inaudita; el cielo parece un verdadero cuadro de Boecklin. Todo es atrevido alrededor,hasta que las montañas se acercan con horrorosa dureza y desnuda calvicie; ausencia total de fastuosidad; sólo pequeños e hirsutos acebos quedan atrás; el camino asciende enérgico; la escena se vuelve terrible, sobrecogedora y magnífica. Es la Sierra Nevada, que aquí comienza; y seguimos subiendo, notando ya el descenso de la temperatura...

    Ahora marchamos bordeando un acantilado, el cual por un lado se asemeja su perfil a mamá y a Weber, y por el otro completamente a Goethe cuando era un anciano. Oscurece, el cielo está lluvioso. Saboreamos un pollo juntos, naranjas y manzanas, contamos chistes tontos y dormimos profundamente. ¡De repente me despierto bruscamente... algo me rondaba en la cabeza! El cumpleaños de Eva.¡Soy un cabeza de chorlito!...

    Me vuelvo a dormir, pero la llamada de Granada nos despierta de súbito. ¡Llueve! ¡Qué lástima!. Atravesamos en coche la ciudad para llegar a nuestro hotel, el cual está a dos minutos de la Alhambra; comemos y a la cama. El hotel "Roma" es muy simpático, muy italiano, y sólo cuesta 12 francos por persona.

Jueves, 18 de febrero. 
    Llueve suavemente, pero cesa poco después; desgraciadamente no hay cielo azul; estamos casi solos en el hotel; tomamos un guía que habla algo de inglés y nos vamos y entramos en la Maravilla pétrea más grande del Mundo. No puedo comparar con ningún sentimiento que antes haya yo experimentado, artísticamente hablando, lo que me sobrevino cuando entré en las salas de la Alhambra; me parecía como si una mano invisible me condujese a través del espacio y el tiempo a través de un edificio de ensueño, en el cual yo no podía hablar, ni respirar, ni pasar por él, sólo un único sonido hizo explosionar el escenario allí existente, y de repente me desperté en una turbia habitación nórdica. ¿Es esto sublime? ¿Es esto adorable? ¿Es esto magnífico? ¿O acaso misterioso? ¡Ninguna palabra de éstas puede definirlo! Pero tampoco nos es extraña la idea del estilo, las leyes, la simetría, la euritmia, todo aquello aunque aparezca lejano, aún así aquí es pura Ley y Armonía. ¡Voluptuosidad, riqueza lujuriosa, y sin embargo sencillez, pequeñez y grandeza, todo tan fantástico y aún así casi aritmético!.

    ¡Hay una variedad infinita de colores que cambian, y todo en el mismo tono! La arquitectura rompe con todo, pasa por encima de cualquier regla. Es un milagro, que nos rodea, y no puedo casi propiamente ni hablar ni escribir sobre ello, es como algo intangible; la impresión tan grande y extraña que puede producir la imagen del Arte siempre será algo inexplicable.

    Ni tan siquiera los frisos del Partenón o el templo en Pästum, ni la iglesia de San Marcos o cualquier otro edificio pueden alcanzar esta imagen que intento explicar: con una alfombra mágica nos traslada de golpe a un tiempo olvidado de una cultura gigantesca, y nos envuelve el corazón con su fragancia, las jambas de seda por doquier, mujeres adorables aquí y allá, como si el milagro de Las mil y una noches hubiese surtido efecto.

    Dos espantosos americanos y alemanes nos matan rápidamente este mundo de ensueño; pedimos al guía que se vaya y nos deje allí, para poder recuperar la magia perdida por esos desgraciados. ¡Cómo se puede llegar a odiar a veces ciertas voces abruptas cuando se están experimentando algunas impresiones concretas!, ¿nos hubiera molestado del mismo modo el ladrido de unos perros o el gruñir de unos cerdos? Seguramente, no.

    Permanecimos toda la mañana allí, como en otra esfera, cautivados y asombrados. Irrespetuosamente hizo construir Carlos V, al lado de la Alhambra, un gran (nunca concluido) palacio en un tosco estilo renacentista, y está tan cerca, que se inclina torpemente por encima del Patio de los Arrajanes y el patio de los Leones. Un mérito, sin embargo, del mismo Emperador, fue el haber restaurado en fino blanco lo que el tiempo había ido destruyendo poco a poco. El guía naturalmente remarcó como lo más interesante de todo el edificio, las habitaciones donde estuvo viviendo Washington Irving.

Singapur

Sábado, 26 de marzo. 
    Hoy hemos llegado al nuevo puerto de Singapur, a cinco millas inglesas de la propia ciudad. Un aroma húmedo impregna el aire, el cual, es casi como lluvia, todos los árboles parecen llenos de expectación y yacen inmóviles en silencio, como aguardando una señal de la llegada de las lluvias tropicales. El puerto está ensamblado con la naturaleza, rodeado por espesas colinas de formas esbeltas, con una entrada muy estrecha. Una lancha pequeña e insignificante zumba a nuestro alrededor; nos asombra que algo tan escandaloso no moleste la placidez de los resbaladizos juncos chinos con sus velas a trozos y su armonía. El Wakefield está anclado cerca de la entrada en el muelle, donde una masa de chinos y malayos están de pie mirando, mientras algunos ingleses pasean como bobos con sus sombreros y sus caras graves y serias. Me gustaría saber por qué siempre estos aspavientos son obligatorios a la llegada de un puerto. Y aunque todo está listo, todo el mundo empieza a regañar y a cambiarlo todo. Desayunamos rápido y nos vestimos con nuestras ropas de lino blanco; mientras tanto llegan sastres chinos, portadores de corales, gente con fruta, y un largo etcétera, al barco, para vender todo ello.

    Me gustan los chinos; son tan calmados, tan armónicos en sus movimientos; nunca empujan cuando caminan por la calle, incluso cuando hay gran gentío, ríen cordialmente, y cuando uno se acerca a sus pequeñas tiendecitas, te tratan con verdadero ardor, y hacen el trabajo de tal manera, que parecen hormigas. Hay pocos chinos que sean guapos. Mucho más bellos son los malayos y los hindúes, con sus formas esbeltas y delgadas, ojos maravillosos y narices finas, tez oscura, casi reluciendo de azules y rojos, cuando transpiran, con una túnica blanca sobre su cabeza y sobre el cuerpo, o si no, simplemente desnudos. Los habitantes de las islas como Java y Sumatra son sin embargo más feos y esqueléticos.

    Nos preparamos y vamos con el capitán a tierra, los tres vestidos de blanco como tres terrones de azúcar, y tomamos el tranvía a la ciudad. ¡Qué increíble impresión! ¡Era mucho para una sola vez! La tierra caliente es del todo roja; y maravillosamente se elevan las esbeltas y delgadas palmeras, los bananos y cualquier cantidad inimaginable de vegetación frondosa, que por doquier resalta y todo lo "envuelve furiosamente". ¡Cómo pensé entonces en el segundo acto del Parsifal !, donde la vegetación aparece y fascina a Kundry, y cómo resaltan los increíbles pétalos amarillos con sus largas campanillas; me pareció oír el canto lisonjero de una muchacha-flor. Y además los barrios chinos y malayos, tan sencillamente construidos con sus empalizadas, la mayoría sobre los pantanos, que han sido rescatados del mar con presas; todo de madera y con el techo hecho con hojas de palma. Una pequeña y estrecha escalera lleva hacia arriba a una minúscula y abierta plataforma, donde están las existencias para vender; y todos esos comestibles como el arroz, tapioca, bananas, piña, joss (incienso), pescado, y demás, y detrás en la trastienda se sientan los hombres en el suelo, normalmente vagueando, fumando, comiendo arroz, bebiendo té, con la cabeza medio rapada, la coleta trenzada, limpiándose sus orejas con un pequeño pincel; esto último es una acción importante, y tuercen el gesto de una manera increíble.

    Seguimos el camino con la boca, nariz, ojos y orejas bien abiertos hacia todo aquello tan fantástico que nos envuelve y nos asombra, ante la belleza y cordialidad de este nuevo Mundo. Llegamos a la ciudad, y nos dirigimos al barrio europeo, y de allí a la agencia Paterson. Después al telégrafo, donde el capitán conoce a un malayo. He observado una costumbre notable; un viejo hombre, posiblemente un sacerdote, entró dentro, le dio la mano al que había en la casa, pero no como nosotros; luego sobre cada uno de las suyas, y él por su parte la besó y de nuevo se fue. Comimos en Emerson, un gran restaurante alemán con sala de lectura y billares en el primer piso; los Punkas (para refrescar) soplan en medio de la habitación aquí y allá suspendidos por doquier, y respiramos aire fresco; una ensalada especial buenísima, granizado de limón; la comida, incluso preparada a la manera europea tiene sabor chino, y las porciones están servidas siempre graciosamente en unas tacitas y ollitas pequeñas y delicadas; todo ello servido por las chinas, con faldas blancas, descalzas, y en rapidez y silencio; ¡un servicio impecable y con la virtud de que camareros van y vienen con platos sin que casi se les escuche!

    Después del mediodía paseamos por las divertidas calles y llegamos a un templo chino que nos interesa mucho. Fue muy interesante comparar la planta del edificio del templo de Buda, el cual nos lleva a la reconstrucción de la antigua planta de la basílica cristiana. Vamos a otro restaurante, allí leemos viejos diarios y pronto volvemos al barco en una embarcación pequeña por el Jinrickscha, llevados por jóvenes y fuertes chinos más rápidos que si fuésemos tirados por caballos; al principio estábamos un poco temerosos, cuando nos sentamos detrás, pero luego todo marchó bien, o al menos eso conjeturamos, y finalmente el joven nos llevó sin problemas por esas cinco millas de distancia. Cerca del barco nos encontramos al capitán y tomamos mate, con otros que fueron llegando también a última hora de visitar la ciudad.

    Las calles aparecían fantásticas: los chinos hormigueando, callejeando, otros en cuclillas, o bebiendo, fumando, comiendo... por doquier masas de gente, a derecha e izquierda pequeños puestecillos con asados, y cochinillos cocidos de una manera extraña; detrás en las habitaciones abiertas de las casas, donde está colocado en la pared trasera el altar casero con los stickers de incienso y las lamparillas de aceite, se sientan contra las paredes, unos chinos delgados, casi desnudos, charlando. En el otro lado, rodeado por un montón de chinos que escuchan, yace un viejo chino con gafas, leyendo en voz alta, al lado de una lámpara de aceite, y nadie se mueve; los bellos malayos e hindúes se detienen silenciosos en sus callejas oscuras. Las mujeres no son vistas nunca por las calles, especialmente durante el día; por el contrario se las ve al anochecer en sus viviendas separadas, con su varanda ante la puerta principal, y algunas calles especiales donde sólo se aventuran los imprudentes, donde abundan los gritos y los tirones, y donde los europeos son especialmente atraídos; también están las hábiles japonesitas, donde tienen su barrio aparte... Sobre las doce de la noche volvemos al barco, y nos vamos a dormir, pasamos una noche semihorrible por culpa de los malditos mosquitos.

Domingo, 27 de marzo. 
    Calor estruendoso; comemos muy a menudo bananas y piñas y nos sabe a gloria. Antes del mediodía nos vamos los dos en sentido opuesto a la ciudad, hacia un escenario paisajístico donde domina el rojo y donde la vegetación es impresionante, con avenidas de palmeras enhiestas, y deseamos tan sólo ver algunas serpientes para sentirnos realmente en la selva tropical; hay algunas que se alejan, tan sólo con olfatear los humanos.

    Seguimos caminando y nos cruzamos con muchos chinos y malayos, llegando finalmente a una gran plantación de palmeras de cocos, propiedad de unos chinos ricos, que llegaron del otro lado del mar; allí tienen sus viviendas, de las cuales surge una horrible música de tam-tam; todo está muy limpio, también el pequeño pueblo bajo las palmeras, donde viven los subordinados. Lamentablemente, los chinos, al menos aquí, han desfigurado sus viviendas originales con artículos europeos horribles; estas buenas gentes cuelgan de sus paredes anuncios de cerveza o de máquinas de coser como adornos. Pedimos agua a los que están allí y volvemos al barco, donde comemos.

    Más tarde pintamos hasta las cinco, y luego con el superpráctico capitán nos dirigimos al cercano jardín botánico. Verdaderamente, y especialmente en países como éste, no me gusta este tipo de jardines; pero éste era tan bello y rico, que disfrutamos muchísimo con él. Interesante son las plantas carnivoras de insectos, con sus increíbles bolsas violetas en las cuales almacenan los esqueletos de sus víctimas; y cuando estas bolsas están llenas hasta arriba, entonces muere la planta, pero no se pierde nada, pues esta bolsa servirá como abono para las otras plantas. De lejos escucho música militar inglesa, tocando atrozmente un vals. El capitán nos apremia para ir hacia allí, pero fue demasiado tarde, y entonces sonó el God save the Queen, y cuando la reina llegó, se acabó todo.

    Comemos los tres en el hotel de la Paix, donde continuamos yendo los días sucesivos, deambulamos por la ciudad y de nuevo al barco. ¡Otra vez una horrible noche por culpa de los miserables mosquitos!.

Lunes, 28 de marzo. 
    Muy caluroso y amenazando tormenta. Los europeos beben cerveza a destajo, lo que para mí es inconcebible, yo soy feliz con té y limonada, odio todo este tipo de bebidas tipo whiskies y coñacs.

Martes, 29 de marzo. 
    Paseamos por las calles. Las mañanas son quizás más divertidas que las tardes: de los pueblos llegan las verduras frescas, los plátanos, las piñas, las mangostas, limones en sartas, etc... que luego distribuyen por las tiendas. En el mar pasan y gritan los pescadores que llevan las mercancías a los buhoneros, los cuales cortan y separan las cabezas malolientes. Las calles están realmente casi limpias, y sólo en medio, cuando llegan los de los puestos ambulantes, uno se ha de tapar a veces la nariz. Llegamos a la parte sudoeste de la ciudad, al templo hindú, que ayer vimos de lejos y que esta vez afortunadamente podemos visitar. Y de hecho es un mal ejemplar, puesto que tiene la misma construcción que los grandes templos en la India: como entrada una pagoda (de tres pisos), luego una abertura, un vestíbulo análogo al del barco, justo en el templo, que a derecha e izquierda llevan al Patio, y por último el Templo propiamente.

    El interior es de tres naves, con el claustro alto en bóveda india; en el patio, a la derecha al fondo hay una pequeña capilla con preciosas cúpulas coloridas, las cuales pueden verse también desde el fondo del Templo; en la capilla hay un increíble ídolo de Buda, en la parte izquierda, así como la vivienda del sacerdote.

    En el interior del Templo, sólo se puede andar descalzo, así como tampoco se puede ver el altar propiamente. Desayunamos en el hotel, en abundancia, un té con un olor maravilloso, como nunca antes lo había bebido. ¡Y los chinos lo sirven tan bien! Tan calmados y armónicos. ¡ Los alemanes en el hotel son espantosos, ruidosos y simiescos! Me gustaría de nuevo discutir la teoría de Darwin, cuando se ven cosas como éstas, pues algunos de estos tipos se verían muy bien escalando árboles.

    Nos paseamos cerca de la horrorosa iglesia inglesa en la parte sudeste de la ciudad, primero a lo largo del puerto por una bella y ancha calle, donde se realiza el Kommiskorso y donde hay algunos hoteles deplorables, luego vamos hacia la parte china de la ciudad. En una calle lateral hay un templo budista, horroroso, muy moderno; del cual surge una música festiva, y dónde podemos contemplar cómo los hindúes y los malayos besan el suelo, hacen reverencias o permanecen de pie como si prosiguieran órdenes ocultas, y entremedio se escuchan los tres toques de música. Miramos todo por la puerta, donde están colocados todos los zapatos.

    Después de la comida vamos a la ciudad y nos dejamos perder por las variopintas calles. Un gran bullicio como de pelea nos atrae a lo lejos; era un teatro callejero chino; el escenario en una pequeña caseta, apenas elevado y espantoso, estrecho y vulgar. Lamparillas, pintadas de diversas maneras, iluminaban los ridículos gestos de los actores. A la derecha en la esquina, hay una miserable orquesta ruidosa que no cesa de hacer un ruido ensordecedor y de falsa armonía, compuesta por un tam-tam, platillos, una especie de bombos hechos con vasijas, y que suena com una vieja olla, algo parecido a un corno inglés y algo como unas mandolinas también se ven por ahí.

    La acción se desarrollaba a través de muecas, gestos y movimientos del cuerpo, y lo más grotesco llega en la figura de un hombre que cae al suelo, cuyo nombre -como Pulcinello el célebre actor- me es totalmente desconocido. Aparece tan anónimamente horrible con su barba blanca, máscara repugnante, con unas cucharas en forma de remos a la derecha y algo que le cuelga de la cabeza a la izquierda; ¡y sus pasos de baile son aún más terroríficos! Hace sus rondós, de un lado a otro, entonces llegan dos o tres muchachas y ejecutan una danza, más con el movimiento de las manos que con otra cosa, se arrodillan entonces e inclinan la cabeza hacia la tierra - la música se detiene un momento-, una de ellas dice o grita algo más de dos palabras incomprensibles, y la música vuelve a sonar, y de nuevo sigue un pequeño cambio con banderas rojas desde el estrecho escenario.

    Delante de las mujeres se coloca uno con una larga barba blanca como máscara. Después del cambio vuelve de nuevo el horrible ser, y empieza todo otra vez y no acaba nunca, salvo cuando los pobres, los hambrientos, los durmientes y los sedientos se fatigan y se van. La calle estaba llena a rebosar de chinos, y el aire era casi irrespirable, por lo que tuvimos que salir de allí ya que no podíamos resistirlo más.

Viernes, 1º de abril. 
    Al acabar la comida tomamos un coche tirado por alegres ponies y un inteligente cochero malayo, y vamos al jardín de Whampoa. Allí me acontece la impresión más fuerte que hasta ahora la Naturzaleza me había ofrecido. La magia y la placidez que emanaban los arbustos y las flores de allí, era algo tan seductor, y de un aroma tan intenso, que casi nos mareamos con aquella fragancia.

    Lo más imponente eran los lotos los cuales algunos ya habían florecido y, como seres elevados, como acertijos por descubrir y no revelados, almas de ensueño, como en un inmenso prado, preparaban el camino a Krischna, esperado ansiosamente por los indios; sobre el agua abren sus hojas como lágrimas, y con pasión cálida se transforman en grandes perlas sonrientes deseadas por el cielo.

    El color de la flor es rosa claro, y no causan extrañeza en el que los observa, ya sean agrestes o salvajes, como pasa con la mayoría de las otras flores que aparecen por aquí. La hoja resplandece con un gris azulado, y por debajo, un color como violeta. La gente que tiene flores como éstas en su jardín, ¡seguro que sólo pueden tener buenos y bellos pensamientos!

    Creo que los ingleses encontraron estos jardines en un estado horrible; y luego han sido mejor cuidados, aunque con una colocación no demasiado apropiada; de una sencillez cuadriculada, con jardines de forma rectangular, que pertenecieron a diversos chinos, los cuales han construido cada cual su casita en ellos, comunicados a su vez por pequeños caminitos, separados cada uno de ellos por un estrecho canal o una valla con flores; y a pesar del aspecto poco cuidado de estos jardines, típicamente chinos, por sobre los trajeados y bellos campos se siente la excitante sensación de las flores que perfuman con un aroma aún más dulce, y sus colores brillan todavía más relucientes y poderosos, porque ellos no han conocido aún la aburrida y convencional tijera.

    Un pasillo muy especial nos alegra grandemente, una avenida angosta pero sólida, aunque algo estrecha, con esbeltas palmeras con sus flecos originales en la cima; al final había una cabaña de labriegos, flanqueada a derecha e izquierda por macetas con flores azules y verdes, de un esplendor fascinante, y siempre, por medio, donde había agua, los lotos soñadores, y nosotros nos hemos vuelto a parar ante ellos, para oír sus cantos oníricos.

    Paseamos largo rato por allí y no podemos retener tanto aroma y color como del que allí se transpira. El retorno a casa es de nuevo indescriptible; tomamos otro camino diferente que a la ida, y vamos a través del mar, donde están la totalidad de las aldeas malayas, construidas con palos; ¡y tan fantásticamente unas al lado de las otras! Desde un pequeño templo chino, y desde un montón de embarcaciones a vela malayas y chinas, hasta conseguir la construcción de un verdadero puerto propiamente como tal, donde nosotros más tarde construiremos una horrosa iglesia inglesa en estilo puritano.

    Después de la cena vamos a la ciudad, y vamos a la parte donde están las arrogantes pequeñas viviendas chinas; pasamos de nuevo ante otro teatro callejero. Rápidamente se nos han pasado las ganas de volver a escuchar ese espectáculo impertinente. Sin embargo, un poco después, hacia otra calle, sí encontramos un verdadero teatro, montado en un gran y espacioso cobertizo. Cada entrada costaba 10 centavos. Alrededor de una galería circular estaban sentadas unas mujeres, y debajo, los chinos.

    Esta vez la pieza teatral, creo, era algo mejor, pese a que había más diálogo; y pese a que el alboroto del gong fuera más estruendoso. El escenario, elevado, ancho, pero corto, tenía dos puertas  hacia detrás, de donde surgía la tragedia. Entre estas puertas, se encontraba la terrible orquesta, en medio de la cual, un hombre tocaba un increible gong, enorme, el cual lo sujetaba con una mano hacia arriba, y con la otra lo bajaba hacia el suelo, sucesivamente mientras lo tocaba. En el sitio principal había una especie de oboe, que en los intermedios toca una música bastante aceptable, con sus tonos musicales algo confusos y el acompañamiento de mandolinas de dos cuerdas.

    Delante del hombre del gong hay situada una silla o trono, donde se halla sentado el viejo pánfilo con su inacabable barba blanca y con su largo sermón rutinario, mientras a derecha e izquierda están las tres personas, dos de ellas con una barba del mismo tipo, y en cada grupo una mujer disfrazada, haciendo reverencias sin parar aquí y allá. Detrás de ellos hay también un hombre con esa especie de remos en las orejas, el cual tiene aquí, en esta elevada tragedia, un papel muy secundario.

    Cuando el viejo ha sido aniquilado, se retira toda la compañía, y sigue un diálogo entre dos mujeres (hombres), que hablan con voz en falsete, y de nuevo irremediablemente vuelven a caerse, mientras el gong no para de sonar incesantemente. Manifiesto mi desprecio, y ahora entiendo que a los indios y persas no les gusten los chinos.

    Es realmente espantoso este espectáculo, aunque es interesante observar detenidamente al público, que escucha con las bocas abiertas, tiesos e impávidos, estando atentos al más mínimo detale. Si tenemos en cuenta lo que Gobineau dice sobre el interés de los persas por el teatro, cómo lloran y se lamentan, cuando narran la historia triste del perecemiento y sucesión de Mahoma, ¡cuán diferente a esto!

    Dado que allí el aire y el ruido no es muy agradable, y como Clement no se siente bien con el espectáculo, volvemos de nuevo al hotel. En una casa, de camino, canta una mujer acompañada de una mandolina, apoyada en la pared y sentada en el suelo, mientras a su lado varias otras mujeres en silencio, la observan, y otras parecen adormecerse. Su canto no es del todo malo, muy melancólico y tristón; pero demasiado largo, siempre repitiendo lo mismo y con el mismo tono de voz.

Sábado, 2 de abril. 
    Un tiempo divino, tan bello como aún no habíamos tenido desde nuestra llegada aquí, ya que cada día nos había llovido un poco. Acordamos hacer una expedición para ver serpientes a la isla Batam, y aunque de todos modos no viéramos ninguna, creemos que vale la pena la excursión a dicha isla, por lo que decidimos emprender la marcha. Envío un telegrama para reservar la expedición, y Clement tiene pronto una respuesta del marino malayo para llevarnos a la isla Batam a 19 millas de allí, o sea, bastante lejos.

    Aunque debemos tan sólo contentarnos con visitar tan sólo una parte de la isla, hacia el este, lo que nos hace estar un poco de mal humor, pero pese a todo, ello no nos impide el disfrutar del bello día. Como habíamos acordado (3 dólares por día), nos vamos en un barco de vela, con cinco hombres, de los cuales cuatro son de allí, y uno negro (de Sumatra, creo).

    Nosotros dos vamos sentados bajo un toldo hecho con hojas de bambú, y sobre una estera preciosa, también de bambú, una como ésta quiero llevarme a Bayreuth. Al prinicipio estamos algo incómodos, todo estaba, sin embargo, sobre el terreno, bien preparado para la partida, aunque lo que alegremente comienza, acaba siempre con un horrible humor y cansancio.

    Observamos a nuestros remeros, especialmente al negro, cuyos pies realmente son muy parecidos a los de los monos; con los que se puede, debido a la forma primitiva de los dedos del pie y del talón, subir escalar fácilmente a los árboles. La piel bajo los pies, en la planta, está fruncida, y con una forma parecida a una rana, aunque el color es blanco como la nuestra.

    Atravesamos todo el puerto a través de barcos europeos y juncos chinos, con sus atractivas velas y techos, sus pequeñas covachas de bambú y sus preciosas telas pardas, llegando finalmente delante de los grandes bosques de cocoteros, una verdadera maravilla, que cubre toda la costa, y en medio de los cuales se cobijan los poblados de pescadores malayos.

    Las palmeras más opulentas y altas con sus frutas abultadas y redondas se meten hasta dentro del mar, y muchas se precipitan en las orillas, porque el mar expolia las raíces de la tierra, y yacen allí con sus troncos grises que gradualmente se entieran cada vez más profundamente en la arena.

    La visión de un bosque de este tipo es celestial, especialmente cuando el sol juega con las ramas y una suave brisa las mece. Nos dirigimos primeramente aún a lo largo de la costa, y después desembarcamos un momento a tierra. Teníamos sed, y para ello requerimos a un malayo para beber leche de coco. Por cinco céntimos lo conseguimos, el tipo llevaba una especie de caña de bambú larguísima, con una hoja de hierro en la punta, y sin vacilar y con un suave balanceo y en tres golpes hace caer el coco del árbol. Con un pesado cuchillo lo parte por la mitad para poder beber el dulce contenido. La bebida nos refresca mucho, y volvemosa través del poblado de nuevo a la playa.

    Se nos ocurrió la gloriosa idea de quitarnos los zapatos y calcetines, cosa que hicimos de inmediato, y nos arremangamos los pantalones, hasta las rodillas. ¡Qué delicia el pisar la delicada y caliente arena y después mojarnos en el agua cálida! Lanzamos los zapatos a la barca, y de esta guisa anduvimos todo el día.

    ¿Hay alguna otra tarea más inocente que la de recoger conchas en la playa? Pese a ser algo que a mí particularmente no me interesa, de vez en cuando me agacho a coger alguna, pensando en mi sobrino (Manfred Gravina), al que le gustan mucho. Por todo el camino se deslizan rápidamente pequeños cangrejos grises, cuyas viviendas yacen en forma de profundos agujeros redondos en la arena.

    Clement me explicó acerca de los cangrejos ladrones que suben a los cocoteros desde el mar y roen la fruta hasta que cae al agua y entones los cangrejos bajan, rascan la fruta y se beben la leche... Seguimos abriéndonos paso a través del agua como dos Peter Schlemihl; ya que realmente no teníamos sombra, aunque no íbamos a través de fuerzas demoníacas, si no, simplemente porque era mediodía y estábamos casi en el Ecuador. ¡Dios, cuán celestial era todo!.

    Fuimos de nuevo bajo las palmeras, atravesando un pueblo donde compramos plátanos y una botella de "ginger ale" a un chino, ya que estos tienen el comercio y todos los negocios; así también vimos un horno de cal de conchas, de donde salía un humo azulado hacia las palmeras el cual parecía borrar su contorno.

    Como nos dolían un poco los pies de las conchas y las hierbas, nos dirigimos de nuevo a la costa; allí nos instalamos y comimos nuestros sandwiches de salchicha que habíamos traído, y los plátanos que se llaman "pisang". Para poder disfrutar de una siesta, nos pusimos en el bote, pero como las olas iban en crescendo, tuvimos un descanso algo movido, y mi pobre Clement se mareó un poco. Yo, curiosamente, no lo pasé mal.

    Después de más o menos una hora volvimos de nuevo a las palmeras, mientras que nuestro bote había descrito, debido al viento, un triángulo. Llegamos a tierra, deambulamos y buscamos un sitio idóneo ¡para bañarnos! Este lo encontramos pronto, detrás de una gran piedra-mojón de los ingleses; nos desvestimos, dejamos nuestras cosas debajo de un matorral y como dos Adanes nos tiramos a la ciente agua y nadamos. Tan sólo permanecí con el sombrero puesto por el tema de las insolaciones.

    Ya que no disponíamos de ninguna toalla, debíamos dejarnos secar por el sol y con la arena. De todos modos, mi pequeño chaleco de Bayreuth debía ser utilizado, por las prisas de la tienda como toalla y se sintió muy honrado cuando lo llevaba  debajo de mi brazo por la ciudad hacia casa. La arena se infiltraba por nuestros poros, ¡y parecíamos cangrajos de lo rojos que estábamos!. ¿No era divertido? Silbamos y cantamos y las palmeras deben haber oído por primera vez la canción "Es gibt ein Glück, das ohne Reu".

    Sobre un puente muy inglés volvimos a subir al bote y regresamos a casa poniéndonos los calcetines y los zapatos y desdoblando los pantalones, que picaban por la arena que llevaban pegada.

    Llegamos a tierra, pagamos y los avaros necios querían más dinero, pero como ingleses de sangre fría dijimos "no" y seguimos nuestro camino. En el hotel bebimos limonada y descansamos algunos minutos; enseguida tuvimos que volver a salir ya que una puesta de sol increíble nos atrajo. Al este brillaban dos nubes llenas de lluvia de color carne estremecedoras; estaban unidas por un puente de nubes amarillentas y detrás aparecía otra nube esquinada de color azul metálico.

    Hacia el oeste todo era delicia e incandescencia, y el sol enviaba tres rayos largos rosados y bien delimitados hacia el este. Era increíbe y nos maravillamos y unos militares que allí jugaban al cricket se maravillaban de que nosotros mirásemos el cielo de esa manera. ¡Vaya día que hemos tenido hoy!.

Domingo, 3 de abril. 
    Cuando por la tarde un pequeño paseo, oímos de repente en medio del barullo de los vendedores que gritaban, de los coches que circulaban, de los barcos que silbaban, desde un gran edificio oficial, ¡un coro cantando la Pasión de San Juan !. Me recorrió como hielo por las extremidades, estábamos como encadenados y no podíamos creer lo que oíamos; pero era cierto, ya que cuando nos acercamos nos dimos cuenta que allí arriba se llevaba a cabo un ensayo para la Pascua, o mejor dicho, para el Viernes Santo.

    Era una de las corales que había escuchado de Kniese pero no me acordaba de su nombre. Nos produjo una impresión tan fuerte escuchar los cánticos antiguos religiosos que la fe de Bach fuerte como una roca y bien conocida entraba irremediablemente, nos llenaba el alma y hacía desaparecer todo lo demás. Y de este modo llagábamos a confesar que nunca antes habíamos tenido una impresión tan fuerte de este genio. ¡Así celebramos la Semana Santa!.

    En medio del movimiento colorido del trópico, entraron en nosotros esos sonidos maravillosos. ¿Nos podía acontecer algo más maravilloso? Y probablemente no era ninguna coincidencia el que pasáramos por allí delante. Quizás lo cantaban en el mismo momento en Bayreuth y mamá lo estaba escuchando también. Nos llegó tan profundamente que no nos dirigimos la palabra en todo el camino de vuelta a casa.

Hong Kong

Sábado, 16 de abril. 
    En medio de la noche el mar se embraveció mucho y nuestras cabinas se movían; y además como las camas eran tan duras no pude pegar ojo en toda la noche, hasta que por la mañana se me apareció Armbruster (director de escena de los Festivales de Bayreuth) y me acusó de haber regresado demasiado tarde para los ensayos. Al levantarme no me encontraba bien pero se me pasó después del desayuno. Hace mucho viento, bastante fresco y está muy nublado; así es casi siempre en Hong Kong. Las olas salpicaban a menudo en cubierta y daban a los chinos cada vez nuevas fuerzas para reírse.

    Entablé amistad con alguno de ellos, en la medida de lo posible, a través de signos, y cuando finalmente ninguno sabía lo que el otro quería, explotaba una risa general. Un joven de entre ellos, guapo y delgado, con ojos inteligentes y de manos finas, vestido con un bonito traje azul claro, me pidió mis prismáticos; así empezó la amistad; miró a través de ellos, les dio vueltas por todos lados, mietras que los demás le hacían comentarios entre sonrisas; luego los otros también me lo pidieron, y mi amigo azul les dio largas instrucciones, de cómo debía usarse el instrumento, y así aquellos buenos tipos disfrazados de indeterminado color gris, nos seguían mirando con terribles sonrisas que daban a entender que no veían nada, y estuvieran mirando un junco fantasma. Más tarde fui a buscar cigarros para ellos, y se los llevaron muy contentos; y así mi amigo azul quiso como señal de agradecimiento, regalarme una cornamenta de ciervo o alce muy bonita, la cual naturalmente rechacé, así él podía hacer negocios con ella en alguna tienda de Hong Kong.

    Durante esos pequeños intermedios nos íbamos aproximando cada vez más hacia Hong Kong. Surgiendo lentamente de la niebla se podían reconocer las altas montañas y los centenares de juncos chinos navegando alrededor nuestro; tenían un aspecto encantador y nos recordaron los barcos griegos con su popa ancha y alzada. Finalmente vimos el Pico Victoria -llamado así por los ingleses con una imaginacion máxima de su capacidad de fantasía-, la cumbre de la isla de Hong Kong; los ingleses tambien llaman Victoria a la propia ciudad de Hong Kong.

    Atravesamos una vía acuática muy estrecha, contemplando luego la ciudad de Hong Kong que se sitúa en la pendiente norte del Pico Victoria. La forma del puerto es muy bella y recuerda a Gibraltar, mientras que la ciudad, especialmente la vía en el puerto con las flores, peces, y callejuelas estrechas y empinadas, me recordaron a Nápoles. En el desembarque era divertido ver la lucha que se produjo entre los marineros chinos para acoger a los pasajeros, y admiramos una y otra vez su gran habilidad para agarrarse, por medio de palos de bambú provistos de un gancho, al vapor, para trepar al mismo, cual monos, y lanzarse como una auténtica tormenta sobre el equipaje, y bajarlo. Entre los pasajeros había también una mujer china a la que dedicamos nuestra compasión al ver como ella tambien tenía que saltar hasta la canoa que se balanceaba de un lado a otro y que llenaría de felicidad dentro de pocos días el imperio de medio día con un pequeño chino.

    Un pequeño sampán nos llevó al capitán y a nosotros a tierra, donde tomamos unos rickshaws yendo a lo largo del divertido puerto hasta la agencia Jeep Livingstone. Los edificios son altos e impresionantes, hechos generalmente de granito del que consta toda la isla, si bien el carácter de la ciudad es en su mayor parte europeo, lo que tampoco molesta demasiado; y ahí donde viven los chinos, en casas poco originales, hay la misma impresión de color y locura. Varios edificios del alto renacimiento en forma colosal (naturalmente modernos) no tienen mal aspecto y dan a la ciudad una impresion de riqueza muy diferente de Singapur. Las pequeñas travesías transversales con sus escaleras, están llenas con colgaduras de trapos de color , chaquetas, camisas, banderas de papel y anuncios de color que, por desgracia, no se pueden entender; se supone que anuncian cosas muy curiosas, pero esto más adelante cuando llegamos a Cantón, sería aún más sorprendente.

    Desde ahí nos fuimos al hotel, me compré una guía y luego paseamos por las calles, pasando al lado de un templo chino con dos leones grotescos comiendo muchas mandarinas dulces y bastante exentas de pepitas, para volver luego al hotel, afeitarnos y tomar el té. El hotel es muy grande pero muy caro. Hay muchos alemanes., volvimos a salir otra vez dirigiéndonos al este, para salir de la ciudad, a lo largo de la casa del gobernador y el gran club que se sitúan en una plaza que parece una decoración de una de las óperas de Glück, y luego avanzamos por un sinfín de cuarteles desde donde unos soldados ingleses con sus chaquetas rojas, nos contemplaban. Allí empezó la naturaleza libre, es decir, una larga avenida que mostraba, unas veces subiendo y otras bajando, otras a derecha e izquierda, una abundante vegetacion, pero muy distinta a la de Singapur, y nos recordó un paisaje de la Italia meridional.

    Hay pinos y mirra, y volvimos a ver todos los árboles conocidos y amigos de Italia. Las palmeras son muy raras y no se dan bien aquí. Si se piensa que casi en el mismo meridiano de Hong Kong existe la abundancia tropical del país del Ganges, es difícil de creer que uno se encuentra en la vegetación del meridiano 40. Todo florece y los pájaros más bellos cantan cromáticas canciones tristes, parecidas a las canciones de Chopin. Hemos vivido una primavera auténtica que casi habíamos olvidado y el aire suave, algo montañoso, y saturado de aromas, nos hace tan bien, que nos vuelve a refrescar después del bochorno, angustioso y opresivo de Saigón. Seguimos caminando y tuve que recordar muchas veces la Villa d’ Angri y los lugares del lago de Como, hasta llegar a la plaza de las carreras que está situada magníficamente como la orquesta de un teatro griego limitada a medias, por elevadas montañas rocosas, en forma escalonada.

    A través de un bosque de bambú llegamos hacia el mar y ahí contemplamos un magnífico panorama sobre la ciudad y el golfo. A lo largo de la orilla había cientos de juncos en los que viven muchas veces, durante cuatro o cinco generaciones, una familia pasando su existencia total, ya que las mujeres y niños casi nunca pisan tierra, mientras que los hombres buscan una ocupación en tierra firme. El sol se puso, pero detrás de las nieblas, sin ningún brillo y nos volvimos a la ciudad. Durante el camino nos tropezamos con bastantes judíos portugueses (probablemente de Macao, colonia portuguesa), que bajo sus gorros, de color violeta y en forma por las gafas que llevaban, sus risas, y pequeñas barbas grises. Salían de la sinagoga, pues era el Sabbath.

    Luego volvimos a salir nosotros dos a lo largo del puerto, al igual que en el canal de Suez. Tendría que ofrecer aquí ahora «mes hommages les plus respectueux» a los inventores de las lámparas eléctricas de arco. No solamente porque esta luz no molesta, quitando a las calles chinas su encanto, sino que mas bien la aumenta, ya que este efecto totalmente nuevo, irradia hacia las casas poligonales, e iluminadas, de lámparas rojas y amarillas, produciendo sombras grotescas y proyectando a través de esos contrastes toda una vida de sombra sobre las paredes y el suelo. Nos dio alegría cada vez que veíamos una lámpara en lo alto y también los chinos disfrutan con ello. En nuestros paseos que nos llevaban de un lado a otro, hacia arriba o abajo, llegamos también a calles llenas de damitas chinas ligeras de cascos. No son guapas, esto no se podría afirmar de ninguna manera, y se maquillan de tal modo que parecen máscaras sin vida. Su figura es pequeña y subdesarrollada, están sentadas en sus habitaciones con una entrada muy amplia en grupos de diez o más, mirando de una forma estúpida y mortecina, y ni siquiera seductoras, lo que hace tan agradables a las encantadoras japonesas. En cada una de esas casas hay una dueña cuya fealdad aumenta todavía lo desfavorable de esa impresión.

    Siguiendo más allá nos esperaba aún una sorpresa encantadora: era una casa de té china de carácter público. Audazmente, y sin saber lo que podría pasar allí, entramos primero a través de una tienda china, de esas que están siempre abiertas hacia la calle, subiendo luego una escalera de madera al primer piso, pero ahí solo había un almacén de grandes botijos. Subiendo más aún llegamos al segundo piso y al tercero, que constituían el restaurante. Lo primero que vimos era una gran cantidad de pequeñas chinas maquilladas del tipo antes descrito pero más guapas y elegantes, y chinos distribuidos en diversos grupos en las diferentes habitaciones, que parecían divertirse mucho. Las diversas habitaciones separadas por biombos contenían mesas ya servidas donde había un sinfín de pequeñas bandejitas con almendras tostadas, habas, té negro, etc.

    La impresión de esta vivencia totalmente nueva era tan encantadora que nuestras miradas y nuestra sorpresa producía la hilaridad de los camareros chinos. Finalmente nos sentamos en el balcón delante de la ventana, algo separados de los grupos divertidos, pidiendo a un camarero horriblemente amable, el té. Nos sacó una pequeña mesa de bambú y poco a poco una larga hilera de bandejas bellamente pintadas primero con té verde y las hojas en la bandeja que tenía un sabor maravilloso y fue lo primero que nos pudimos acercar correctamente a la boca, pues no había asa en la bandeja, y la porcelana quemaba; luego unas almendras muy bien tostadas y habas, y pastelitos pequeños y aromáticos, cuyo sabor suave y blando, decorado con refranes en rojo huberan sido dignos de una pastelería parisina, y finalmente una pipa de opio a la que dedicamos dos chupadas, pero sin encontrarle el menor gusto y un excelente puro que nos trajo este hombre tan simpático sin pedírselo.

    En la casa de enfrente había otra casa de té y nos sentimos felices de no haber entrado en la misma, ya que de ella salía una música infernal, aunque nuestra felicidad resultó demasiado corta, pues de repente empezó la misma música por detrás de nosotros, primero suavemente, luego con numerosos gongs y nos produjo tales accesos de hilaridad, que nos saltaban las lágrimas y temíamos ofender a los chinos. Para ellos este jaleo iba en serio, y en el balcón de enfrente había dos chicas muy maquilladas que disfrutaban con el concierto. El ruido era tan espantoso que no hubiéramos podido aguantar mucho tiempo. Pagamos, tocando a cada uno 25 cts., o sea, 70 pfgs. El camarero era tan amable y sonrió tan encantadoramente, las lámparas en los balcones se movían tan suavemente, que abandonamos esta casa de té muy satisfechos y fortalecidos por el buen té. Las muchas almendras y mandarinas de este día, revolvieron un poco nuestros estómagos acostumbrados al barco, y es comprensible que mi boca se disculpara ante el estómago, de tal sobrecarga. A las 10 nos acostamos, dormí estupendamente y tuve sueños muy orientales.

Domingo de Pascua, 17 de abril. 
    A las 6:30 h. llamó un chino a mi puerta trayendo té y tostadas. Me gusta esta costumbre oriental. De este modo uno queda despierto, vivo y de buen humor. Mientras comía y bebía, pensaba en Wahnfried, y mi decisión que había tomado ayer después de mucho pensar, me parecía tan oriental, que yo también me sentí como resucitado. Hacia las 8:30 h. desayunamos una cantidad espantosa, pues tenemos un apetito horrible y la comida es excelente. Es injusto que cuando uno tiene una buena sensación, otros se burlen de él. Pues no puedo llamarlo de otro modo que una burla de nosotros dos, y para en la catedral protestante inglesa no hubiéramos entrado de todos modos ya que sólo el tintineo de sus absurdas campanas, así como las miserables puntillas góticas, nos irritaron al máximo; de modo que sólo nos quedó la iglesia católica, donde esperábamos al menos encontrar cierta idea de comunidad. Pero cuál sería nuestra indignación al escuchar música de ópera muy ordinaria la cual, encima, se cantó de una manera espantosamente mala y además una iglesia gótica pintada de blanco con muchos chinos y japoneses convertidos por los jesuitas, muchos criollos, empleados europeos, y Dios sabe qué más. Nos dimos prisa por salir de allí, para desahogar nuestra furia.

    Tal idolatría hipócrita pagana y sin corazón, de una religión degenerada, pretende ser llamada para difundir el pensamiento cristiano entre personas que ansían ser felices y alegres entre la música de gong de sus templos sin aspirar a alturas religiosas que de todos modos no pueden alcanzar. Es triste que eternamente tenga que servir el signo del máximo conocimiento religioso -la cruz del Salvador- para que miserables especuladores obtengan poder y beneficio. Me ha llenado de indignación sobre todo por ser una iglesia, protestante o católica. Ojalá hubiese un infierno de Dante para que esta banda de ladrones fuera estrangulada por serpientes y ahogada en la inmundicia, pues estos ofensores de Cristo no merecerían algo mejor.

    La magnífica naturaleza que se eleva en los parques , calma con sus aromas nuestras mentes. Un oscuro parque de pinos, con palmeras y mirra, y un sinfin de flores, y arbolitos, nos acogió. El aire era caliente y suave. El panorama sobre la ciudad era hermoso, y el golfo estaba precioso, cuyos montes circundantes se unían con las nubes en un velo de color poco claro; era tan bonito y agradable que respirábamos contentos, y en las bóvedas de los pinos celebramos la Resurrección.

    Al seguir caminando, encontró Clemens, con enorme júbilo, las pequeñas plantas insectívoras que son ciertamente un fenómeno increíble de la naturaleza. Las distintas hojas tienen pelos pegajosos, donde queda presa una mosca que llega casualmente allí, de modo que no puede escapar mientras que la hoja se cierra poco a poco empezando desde fuera chupando la sangre y dejando el esqueleto. Apenas tienen raíces, ya que no necesitan ningún alimento de la tierra. Por bellos jardines que nos recuerdan totalmente a Italia, llegamos a la estación del funicular que va al Pico Victoria y decidimos cogerlo, lo que nos alegró mucho. El funicular tiene una subida muy inclinada y me acordé de nuestra encantadora excursion a Riggi en Suiza. Desde la estación hasta la punta máxima quedaba un camino de una media hora. El panorama desde la cima, de unos 1800 pies, era muy bello, pero algo cubierto por la niebla, quedando muchas pequeñas islas en la lejanía y el movimiento de nubes delgadas por debajo de nosotros.

    Un eremita chino nos pidió que tomáramos el café en su celda; aún cuando el brebaje resultaba ciertamente escaso, y los pastelitos tenían una edad pre-confuciana, nos sentimos encantados en el pequeño cubículo donde dos lirios florecieron en floreros y ardía el incienso mientras el buen hombre tenía decoradas las paredes con ilustraciones del Daily Graphic. Le dimos 40 centavos y sonrió satisfecho, naturalmente nos encontramos alli con muchos alemanes, en verano debe haber aquí mucha vida, pues se ven muchos hoteles colosales.

Cantón

Lunes, 18 de abril. 
    A las 5:30 h. me levanté, lavándome y saliendo a visitar lugares; surgieron varias altas torres de pagodas al pasar delante de Whampoa, incluyendo un monasterio y varios templos pequeños. El suelo estaba decorado con muchos mandarinos, siendo el lado izquierdo plano mientras a la derecha se levantaba a cierta distancia unas graciosas colinas. En el bote había cada vez más vida, y esperábamos con ansia ver Cantón, que se adivinaba a lo lejos, dentro de una cubierta nebulosa, hasta que finalmente lo avistamos. Los juncos y los sampanes llenaron todo el río y se nos acercó un griterío y un ruido que superaba en mucho a Nápoles. Hacia el barco se acercó toda clase de gente, entre ellos guías de los que escogimos uno muy agradable, cosa indispensable en una ciudad tan grande donde hay pocas personas sabiendo inglés. Le seguimos al salir del barco atravesando una jauría de chinos, y nos llevó transportados con las célebres sillas de Sedán, cuyas imágenes se han visto tantas veces y que ahora teníamos que utilizar de verdad. Uno se siente allí como un mandarín, al ser transportado por tres hombres.

    La impresión de la ciudad desde el río no es muy bonita a nuestro criterio, pues es un guirigay espantoso de casas bajas, pueblos construidos dentro del río sobre palos. Hay sampanes a millares a lo largo del río y entre ellos, pequeños templos; destacando sobre todos, las casas de empeño, edificios en forma de torres donde también guardan sus cosas los chinos ricos durante el invierno para volver a recogerlas en primavera.

    La auténtica impresión de Cantón nos llegó únicamente al entrar en la misma ciudad y ello fue, desde luego, una imagen única que no se puede comparar con nada. A pesar de haber ya visto algo de la vida china con sus tipos de construcción, etc,... aquí todo nos resultó nuevo en su originalidad completa, sin estar contaminado por Europa, y modificado apenas por otras influencias decisivas; esta ciudad quedaba así como hace 1000 o hasta 3000 años e incluso, si algunos barrios se habían quemado por completo, se habían vuelto a reconstruir.

    Una vez que nos llevaron hacia el acogedor hotel Shameen que está situado sobre el Shameen, la isla europea, donde desayunamos, nos dejamos llevar por nuestro guía en los sedanes, a través de la ciudad occidental. Sobre un puente del canal llegamos a este barrio y allí empezó nuestro asombro abriendo bocas y ojos: la vista de todo aquello que nos tocaba ver era tan encantador y fantástico y armónico en sus disparatadas desarmonías; tan coloreado y sin embargo nada hiriente para los ojos, que se tenía decididamente la sensación de encontrar algo totalmente acabado e incomparable. Las calles son muy estrechas, como los callejones más estrechos de Venecia, y el sedán tiene dificultad en atravesarlas especialmente en las esquinas donde las dos barras de tiro topaban mayoritariamente delante o detrás aunque esta gente era muy hábil.

    Las casas son de una sola planta, o sea planta baja, a lo largo de todas las callejas hay una alegre tienda abierta detrás de otra, el cielo casi no se puede ver ya que las calles están cubiertas por una cantidad inconmensurable de anuncios alargados y coloridos, banderas e intermitentemente por arquitrabes de madera en forma de concha calados, que dan la impresión de estar en un local cerrado. Tienda con tienda muestran cosas de lo más magnífico, raras y con poco gusto, todo tan original, que hasta los más absurdo le tiene que gustar a uno.

    Los chinos son de una raza muy diferente a los singapurenses, y especialmente el sexo femenino se presenta mucho más bonito y atractivo que incluso en el cercano Hong Kong. Al ser transportados así por primera vez por estas callejuelas alargadas, noté que todas terminan con un portal, naturalmente sin puertas, donde hay siempre la oportunidad de colocar conjuntos de figuras de estuco, en los cuales algún dios da una fiesta con incontables dioses menores o se representa sentado en las nubes sobre los árboles; estos elevados relieves están encuadrados por una sencilla y horizontal balaustrada, en cuyo centro se representa normalmente una flor de estilo arabesco, en los lados y dirigiéndose hacia la flor, dos serpientes retorciéndose y al final una decoración de descargo normalmente en forma de meandro. Los fríos muros de ladrillos grises están tapados por una cantidad ingente de tiendas amarillas y rojas, que contienen buenos consejos contra enfermedades y cosas del estilo. En cada barrio sobresale de las casas una alta torre de estructura de madera con una pequeña tienda en lo alto, desde la cual se da el aviso con toques de gong si hubiera algún incendio.

    Entretanto nos cruzamos con mandarines en finos sedanes ataviados con bellos trajes, su espada doble en vaina plateada, el pequeño puñal, sobre el cual se encuentran los palillos de marfil, y el negro sombrero detrás del cual hay cosido un corto penacho de plumas de pavo. Por aquí hay mucha elegancia, la ciudad es conocida por su aristocracia, rico gobierno, en el cual no faltan tampoco los barones financieros. Nuestro guía que habla un increíble inglés y por lo tanto no para de utilizar su boca, nos enseñó primero una tienda donde se pinta sobre papel de arroz, llevan a cabo finas pinturas, con la técnica y falta de perspectiva que recuerda a los antiguos italianos y representa la mayoría de las veces la vida de un chino en doce escenas, desde el nacimiento a la muerte, también se encuentran distintas representaciones de buda y otros dioses en sus diferentes propiedades, como gobernador del sol, sanador de enfermedades, favorecedor de nacimientos, como deidad de los truenos y las estrellas, etc.

    Clement y yo compramos cada uno una de estas dos especialidades artísticas. A la salida nos vimos rodeados de pedigüeños y curiosones, de los cuales, sobre todo los niños pedigüeños, le persiguen a uno como moscas pesadas. Las mujeres más pobres llevan a sus hijos a la espalda atados con un pañuelo en cruz donde los gusanitos parecen estar en una posición altamente incómoda, tengo que maravillarme de su silencio sobre todo en una situación como la que vi ayer de una madre remando y llevando el timón con el pie.

    Después de recorrer un poco más, paramos delante de una tienda donde se elaboran pequeñas joyas de plata decoradas con pequeños y blandos trocitos de plumas de garza cenicienta, tan finamente, que se podría pensar que es mosaico o esmalte. Sólo pueden utilizar las plumas especialmente bellas de este pájaro y la mayor parte de ellas, de un reluciente blanco, las dejan desaprovechadas. Por ser una especialidad china, compramos un pequeño broche, yo un pavo real, que adjudiqué a Marieta (mi sobrina María Gravina). De aquí pasamos por delante de un sinfín de tiendas de telas y zapatos hasta llegar a un señor que nos abrió un alto candado, donde había una silla sedán de pompa, de arriba a abajo recargada con figuras y arabescos, azules y dorados, naturalmente tuvimos que admirar la locura al máximo, y sobre todo el trabajo sin firma que hay en él. Después vimos sillas talladas en ébano, de las cuales había algunas que nos gustaron mucho, y que nos recuerdan a las góticas del siglo XIV.

    Tras varios cruces por donde fuimos llevados y en los cuales se nos ofrecía casi en cada tienda algo nuevo, excitante y atrayente, llegamos a una plaza, donde se encuentra el templo de los quinientos sabios. Wa Lam Tsy, así se llama este templo en chino, fue fundado en el año 503 y restaurado en 1855. Es un proyecto importante y por muchos motivos de gran interés. La fachada, que además es igual en todos los templos, se ha construido en los siglos V o XVIII, está decorada con seis delgadas columnas sin capiteles, que están en directa relación con la bóveda de madera. De las dos esquinas salen diametralmente tres acabados de madera, descargando en forma de escalón, que soportan los cantos del tejado fuertemente arqueados. El color de las tejas que forman un tipo de decoración de friso en el borde del tejado, al estar bellamente tostadas, es al través gris verdoso, lo cual transmite en su conjunto sosiego, que de otra manera se perdería en divertimentos. En el vértice volvemos a encontrar la misma decoración como en los portales. La totalidad de una fachada semejante da una impresión excitante, y nos alegramos cada vez que doblamos una esquina y vemos un juego de formas de tal manera grácil.

    A la entrada de la primera salita preliminar encontramos de pie a derecha e izquierda estatuas colosales, los cuidadores del templo, con caras pintadas de un rosa horrendo. Un patio anterior bastante grande y descuidado lleva a la segunda sala preliminar, donde se hallan cuatro colosales estatuas doradas detrás de rejas, que representan los cuatro vientos, el dios del norte, que en general toma una posición especial en la vieja mitología, tiene una gran mandolina en la mano que toca con expresión amable, mientras que los otros tres tienen expresión apática o enfadada.

    Después de haber atravesado el primer patio de columnas, entramos en el primer pabellón, también estos pabellones son casi en todas partes iguales. Cuatro o seis columnas de madera que descansan sobre zócalos de granito, soportan el techo de dos vertientes y están enlazadas por vigas. Las tallas en las puntas de las vigas son ricas y fantasiosas; ya su tonalidad marrón oscura resalta del caluroso rojo de las columnas de madera, y en este templo reina en general una secreta y sombría armonía, que soslaya las cosas grotescas y absurdas; me refiero a feos jarrones huecos de alambre para flores, horrorosas imágenes entre otras, mientras que en cambio por otro lado hay sobre el altar los más bonitos bronces, lámparas, recipientes de incienso, linternas y vasijas en su mayor esplendor.

    En este primer pabellón encontramos detrás del altar tres estatuas colosales de Budha, todas doradas y con bonitas caras infantiles, mientras que en los dos cortos muros de los lados hay ocho dioses a cada lado, los cuales, según lo que yo entendí, también representan a Budha. El olor de los palitos de incienso, que se queman sobre el altar en una vasija de bronce, es fascinante, y es lo único que hace recordar que uno se encuentra en la casa de Dios; ya que la manera en que los chinos charlan en sus templos, fuman, ríen de las imágenes, es increíble e hiriente.

    En el segundo pabellón se encuentra en el centro una pagoda de mármol, regalo del emperador Kien-Lung (s. XVIII). Desde el tercer patio girando a la izquierda se llega al cuarto patio que linda con el auténtico templo de las quinientas divinidades. Las quinientas pinturas doradas son de la altura de una persona y ofrecen un panorama interesante aunque sin belleza. Son todos muy diferentes en la postura, expresión, rasgos de la cara y dibujo. A uno se le han añadido largas y chatas cejas, otro tiene una corona de rosas en la mano, otro se ríe, otro parece pensativo, otro se enfada, y otro mira dulcemente en la lejanía; dos de ellos son invocados por las mujeres que desean tener niños. Sólo uno de ellos tiene sombrero; debería ser Marco Polo, para otros Francisco Javier. En el centro de la pared posterior se encuentra una gran estatua del emperador Kien-Lung, delante los dos altares, como en todos los templos, donde arde la madera de sándalo bendita y entre otras cosas las dos piedras, por un lado ovaladas y por el otro pulidas y planas, que se tiran al suelo para saber si el dios da una buena o una mala contestación: cuando una piedra cae sobre la parte redonda, la respuesta es buena; cuando ambas caen sobre la parte lisa, la respuesta es mala; cuando ambas caen sobre la parte redonda, será medio buena. Nosotros también las tiramos, Clement obtuvo una buena respuesta y yo una mala. Al lado de este templo se encuentran las habitaciones de los monjes y el comedor.

    Desde aquí fuimos al templo de al lado, el Cho-Sing, más pequeño, dedicado al dios de la medicina, sin especial interés, aparte de múltiples pedestales de alambre, que además ya habíamos visto en el anterior, para lanzar fuegos artificiales; que es solamente un tiroteo asesino. En nuestro siguiente paseo compramos otras cosas bonitas, yo entre otras una piel de tigre que conseguí bastante barata; estuvimos viendo en una tienda cómo limpiaban el arroz, peculiar escena; un chino que corre arriba y abajo sobre una especie de balancín, donde en una de las puntas está atado un pesado martillo que cae sobre un tonel de arroz y a través de la vibración lo limpia de las cáscaras. El movimiento se desarrolla con un riguroso ritmo, para el que los chinos tienen un buen sentido, menos en la música que en el trabajo manual.

    Nuestra siguiente parada fue en una tejeduría de seda donde en ese momento tejían una tela lila de estampado colorido. En cada asiento de tejedora donde se hacían telas más ricas estaban empleados dos señores, en las telas lisas sólo había uno. Me gustaría plasmar la labor, pero aún con las veinte páginas del tema en los «Años de viaje», no conozco bien los términos, así que lo dejo correr. En una tienda donde compré magníficas telas de seda y crepé de China para mis hermanas, un viejo chino original me preguntó mi edad; tras mi respuesta, estaba muy maravillado que una persona de mi edad tuviera ya un tamaño bigote. Me sentí tan adulado y contento, que al menos en China era considerado algo, que al comprar no regateé especialmente los precios.

    Después de atravesar las murallas llegamos al nuevo barrio de Cantón, que tiene el mismo aspecto que el viejo. Nuestro guía nos enseñó un restaurante público, donde entramos para ver la disposición. También aquí nos miraban maravillados, y teníamos habitualmente un séquito de curiosos, que no dejaban de hacer comentarios graciosos acerca de nosotros. De allí fuimos al hotel a comer. Los dolores de estómago de Clement no cesaron, y por la tarde se tumbó en su cama para que pasaran en tranquilidad. Hacia las tres y media tuve que proseguir solo, para recorrer la ciudad.

    El señor me llevó primero a una pequeña cocina popular, donde me hizo probar el plato tradicional chino, carne de gato y perro. Primero me asusté cuando me informó de lo que había cortado en pequeños cuadraditos en la cazuelita, pero la curiosidad venció al susto, me senté atrás en la tienda en una mesita, y me puse a intentar todo lo bien que pude, bajo la alegre mirada de los paseantes, a coger con los palitos los pequeños trocitos de gato y perro y con balanceos y equilibrios echarlos a la boca. La carne de gato no estaba nada mal, suave, un poco blanda, como la de cabra, mientras que la de perro era demasiado fuerte para mí y así comí con avidez otro trocito de gato para quitarme el gusto de su enemigo. Pero desgraciadamente venció el perro en este caso, y acompañó con peculiar ladrido al desgraciado dueño hasta el templo de Honam.

    Un trayecto más largo nos llevó a una plaza, donde a la izquierda se encuentra el pabellón Swatow, y a la derecha había un teatro barraca en plena actividad: volvía a ser lo mismo como en Singapur, nos paramos y el guía se puso a explicarme la pieza, pero en un inglés tan raro, que no entendí nada. Fui observado por el público como un animal salvaje, así que pronto entramos en el edificio que era una especie de club, con múltiples patios, pabellones, dos escenarios, pequeños patios con árboles y los propios portales en círculo, bonitas columnas de granito con dragones alrededor. En estas salas se reúnen ricos comerciantes y llevan las ofrendas a la reina de los cielos Tin-han. De aquí cogimos un barco y pasamos a la otra orilla, al arrabal de Honam. Primero vimos un gran teatro, que según el guía es muy bueno; después me llevó a las propiedades de la familia Howqua, que por sus riquezas tienen una alta posición social; el hijo debe haber decaído, lo veo porque los jardines están en parte muy descuidados. En su totalidad es un enorme complejo de edificios: pabellones, pequeñas capillas, patios, paseos entre muros grises, pequeños jardines, un gran lago con lotos, rodeado de múltiples pabellones de verano, etc. Estos habitáculos no son en realidad confortables, excepto los pabellones de verano; la tonalidad grisácea que fluye sobre todas las paredes, le da un aspecto frío y yermo, y cuando el sol pica, debe de ser bastante asfixiante. Me encontré con un miembro de la familia Howqua; me estrechó la mano y sonrió amablemente, pero siguió su camino, ya que probablemente sabía pocas palabras en inglés. Estaba vestido tan sencillo que nunca lo hubiera juzgado por una persona ilustre.

    Volvimos al punto de partida, desde allí giramos hacia el sur, para ir al cercano templo Honam, que es uno de los más grandes templos budistas de toda China; fundado en el año 1600 y ampliado alrededor del 1700. Una maravillosa avenida de bananos muy viejos con sus apasionadas raíces y ramas nos lleva al segundo portal de entrada, donde vuelven a estar los cuatro monstruos; la distribución es casi la misma que la del templo de los quinientos sabios, sólo que más grande. Giramos a la izquierda, atravesamos las viviendas de los sacerdotes, la cocina, comedor, etc., y llegamos finalmente a los jardines que se extendían detrás del templo; bastante descuidado, sólo una pequeña parte está decorada con arbolitos recortados en figuras. Al seguir vi el sitio donde se incineran los féretros de los sacerdotes, y el mausoleo donde se conservan las cenizas en jarrones y ante el cual brilla, en verde y azul, un pequeño laguito con pobres lotos. Volvimos al primer pabellón, donde volvían a estar los tres colosales budas. Era la hora de la misa y sentía curiosidad; mi guía y yo nos sentamos en una oscura esquina a la izquierda, desde donde quise hacer un dibujo.

    Paulatinamente fue entrando un sacerdote después de otro, charlaban y reían, hablaban con mi guía, miraron mi acuarela, examinaron mi sombrero de paja y mi bastón, bromearon acerca de las imágenes, en pocas palabras, se comportaban lo menos sacerdotal posible. Llevan el pelo rapado; su vestimenta es gris y amarillo pálida, es decir, sobre el vestido gris, llevan el abrigo de seda cruda alrededor de los hombros, para que forme bellas arrugas y tenga un aspecto maravilloso y delicado. No recuerdo haber visto nunca una combinación de colores tan delicada; ¡comparado con los clerizontes con sus formales y recargadas túnicas! Una campana de fuera daba el aviso de que llegaba el sacerdote principal; entró, un viejo señor de ochenta años, tan saludable y delicado; enseguida empezó la misa, los sacerdotes se repartieron en diferentes partes del templo en grupos de tres a cuatro, y uno al lado nuestro dio la señal del comienzo en un enorme tambor situado en un alto pedestal, que consistía en arrodillarse tres veces y tocar el suelo con la cabeza; a lo cual siguen rezos dichos entremezcladamente, acompañados por una pequeña campana o por un tambor parecido a una olla. El ritmo cambia a menudo, primero sencillos dieciseisavos, luego un perfecto ritmo de gavota, pasando inmediatamente a melodía de nana, etc. Después de estos rezos que el sacerdote principal ha cantado mirando al altar, se gira, se acerca a la entrada y se tira al suelo para rezar al sol; los otros sacerdotes también se han girado, pero se quedan de pie en el mismo sitio.

    Me produjo una impresión sublime, cómo este viejo sacerdote con bellos y grandes movimientos al arrodillarse, dejarse caer y volverse a levantar miraba fijamente hacia arriba y rezaba al sol; aunque se pueda también suponer después de las raras escenas precedentes, que todo sucede sin profundo sentimiento religioso, basta sólo la belleza de los movimientos y pensamientos, para quitar toda duda a los asistentes y transportalos a un sentimiento extático; el sacerdote se convierte en representante dramático, y la sensación convertida en artística se transforma en religiosa. Después de este acto se sucedieron tres vueltas de todos los sacerdotes por el templo, lo cual fue muy bonito. Después se volvieron a colocar en sus sitios; siguieron plegarias como antes, que suenan bastante chistosas, como croar de ranas; después de arrodillarse tres veces se acaba la ceremonia y los sacerdotes se retiran a sus aposentos.

Martes, 19 de abril. 
    Lo que al pasar me llamó la atención especialmente, fue el mercado de pájaros cantores cerca del viejo «Pórtico de la Virtud» de dos pisos, donde millares de pequeños y grandes pájaros cantores, la mayoría en estrechas jaulas, cantan melancólicos una canción a la lejana y cercana primavera; pero aquí los tratan bien, y no he notado ni rastro de maltrato de animales como en España o Italia. Las jaulas las tienen bonitas y limpias, los animalitos tienen su bañerita y su platito de colores. Wong Jew, nuestro chino, me hizo pasar por delante de los carniceros que picaban la carne muy rítmicamente, aquí todos en Cantón hacen todo su trabajo en la calle, para llevarme a la cárcel, cosa no muy apropiada para animarme; sí, puedo afirmar, que la impresión de lo que vi y sentí allí me ha perseguido por mucho tiempo, y nunca olvidaré la imagen de la mujer de la que ahora voy a explicar.

    Las instalaciones de la cárcel son colosales, se entra a través de un pórtico al gran patio anterior, en cuya punta se encuentra la sala del juzgado, de poca importancia arquitectónica; del mismo estilo que el templo y el Yamun. Mientras que en las habitaciones a la derecha del patio se encuentran los acusados, a la izquierda se encuentra la verdadera cárcel dividida en tres complejos: las habitaciones de una planta están separadas por un verdadero laberinto de pasillos y puertas. Las paredes de los pasillos no están pintadas, son de color piedra como la mayoría de los edificios, grises.

    Fui llevado primero a los encarcelados con penas leves; y después, mi guía me llevó a los asesinos, que deben llevar un cuello de madera; nos miraron con curiosidad, sacaban la mano para pedir dinero, y no parecían especialmente tristes de su castigo. A los asesinos un poco peores les colocan un cuello de madera tan pesado que caen inmediatamente al suelo y mueren al poco tiempo. Vi estos cuellos en el patio y no los pude levantar. Los asesinos peores de todos, que se encuentran en la parte más alejada del edificio, no me permitieron verlos; a cambio me enseñaron las mujeres acusadas de asesinato.

    Después de largos y vacíos pasillos, llegamos primero a un agujero redondo en la pared, a través del cual las presas son introducidas por un canal; a la vez que introducen cuchillos afilados desde arriba que les corta la carne sanguinariamente. «Guarda e passa!» Era como si me dijera mi guía; pero con la barbarie de la brutalidad se dispuso a plasmar la atrocidad del martirio, y me turbé al oírlo tranquilo y con curiosidad. ¡Para qué tomarse el permiso a expresar sentimientos abiertamente! Pensé que sería debilidad pedirle que dejara de explicar.

    Lo peor del asunto es que estas torturas todavía se dan hoy en día, sí, justamente esta misma tarde iba a tener lugar una tan espantosa carnicería, y el guía me invitaba a presenciarla. Entonces entramos en la habitación de las mujeres, y nunca olvidaré esta experiencia: En una pequeña habitación con dos entradas abiertas hacia el patio posterior, sin ninguna otra decoración, en un bajo taburete contra la pared estaba sentada una pálida, bella y joven mujer, sí, bella como no había visto antes aquí en China; me recordaba a las viejas Vírgenes de Fra Angelico, de Giotto, sentada así a la mesa, rodeada de otras seis mujeres, que me enteré que eran asesinas de niños.

    Tenía en sus finas y estrechas manos las piezas de dominó, para repartirlas al juego. Su mirada estaba baja, al entrar nosotros, pero lo levantó, y descansó tímida e interrogadora sobre mí, como si quisiera saber, si yo podía leer su culpa en ella. Después apartó su vista y con una forzada sonrisa siguió las arrogantes pedigüeñerías de las otras horribles mujeres, que parecían brujas y nos pedían dinero atronadoramente, mientras observábamos las otras habitaciones. Al volver a la habitación, estaba todavía sentada en el mismo sitio; no nos miró siquiera, hablaba con las otras mujeres, y observé en su boca un rasgo que me espantó: demostraba frialdad y falta de corazón, de lo que me convencieron que era culpable, que ni siquiera la arrebatara un momento de ira apasionada al matar a su esposo, sino que la razón de tal acción era un motivo perverso. Y todo y así no me parecía cierto, y yo tenía que observar maravillado de nuevo esos finos rasgos, los labios tiernamente en punta, los gandes ojos de corzo, el bello color del cutis que en su pálidez aumentaban en fineza todas las partes. Mi guía me decía, que ella no tenía ni idea de lo que le iba a suceder. Su culpa debía ser tan pesada, que no iba a ser castigada con una sencilla muerte: le espera lo más horroroso en el próximo mes, iba a ser cortada en treinta pedazos. Después del séptimo corte mueren generalmente las infelices víctimas.

Miércoles, 20 de abril. 
    Volvíamos a encontrarnos en el centro de la ciudad, exactamente delante del famoso reloj de agua, que determina la hora para Cantón y alrededores. Una escalera sin barandillas lleva a lo alto de la torre, donde se encuentran tres vasijas de agua inclinadas una encima de otra que gotean agua una a otra y así se determina la hora. También queman un palo de incienso, lo cual se ve de lejos e indica que ha pasado una hora al carbonizarse. La vista hacia la maraña de casitas desde la torres es muy bonita; me doy cuenta también que encima de cada casa hay vasijas de barro cocido verdes, para almacenar el agua de la lluvia, para poderla utilizar contra incendios. Desde aquí fuimos hacia el este de la ciudad, pasando por encima de los bonitos puentes, desde donde podíamos observar los pequeños canales con macizos y delgados sampans, con magníficas verduras, pescados secos, etc. Pasaban con dificultad delante de las bonitas tiendas, inombrablemente atractivas, que casi sería mejor tener los ojos tapados lateralmente como los caballos, para no hacer bancarrota total. La vista de las calles y de todo lo que pasa sobre ellas, es cada vez nuevamente tan fantástico y entretenido, que la vista no tiene un momento de descanso. Llegamos al lugar donde cada tres años son examinados los jóvenes. Las instalaciones son colosales, hay construidas mas de once mil celdas a derecha e izquierda de la avenida que llevan al pabellón principal, allí se sientan lo chicos a hacer su examen separados unos de otros. Es realmente sorprendente como está extendida la educación en los círculos más pobres: ¡todos los chinos saben leer y escribir! ¿Se podría también decir de todos los italianos o españoles? En la plaza delante del edificio se paseaban varios cerdos; aquí en China son muy chistosos, se ríen constantemente con la colita enroscada, espero que no sea sarcasmo. Los pequeños pedigüeños con sus insistentes chillidos Tchin-chin me ponían nervioso; yo les regañaba en alemán, a lo cual me contestaban con fuertes risas burlonas.

    Nos encontrábamos ahora prácticamente en la frontera de los arrabales. Las calles tienen otro carácter, por no haber casi tiendas, y se puede observar el cielo libremente. Después de circular por callejones con muros grises llegamos al Kwong Nga Shü Kuk, un club literario con salas de divertimientos. Fue lo más emocionante que vi en edificios profanos, con un gusto muy refinado, un sentido del espacio, comodidad, elegancia, combinación de colores, como uno no puede imaginar mejor para vivir y trabajar. ¡Un bello salón después del otro, siempre separados por pequeños jardines, estanques de loto, patios de columnas, invernaderos; de tal manera que siempre brillaba el verde y los colores de las flores; y todo tan sobrio y ligero, y siempre lleno de fantasía! ¡Nosotros pobres con nuestro eterno renacimiento tardío y sus pesados y desgastados motivos! ¿Es todo los que no proviene directamente del bendito Vitruvio, inmediatamente reprochable y herético? Qué bien sienta esta simplicidad aquí: no siempre una cariátide, donde una sencilla y oscura columna de madera, hace la misma función. Y aún en grandes espacios, sigue siendo acogedor. Uno siente el espacio en la habitación, y la delimitación es muy agradable. De este edificio se puede aprender mucho. ¡De todas maneras, es China!

    En las cercanías de este club, estaba la plaza de las ejecuciones; fui y vi las vasijas con hendiduras en sus bordes, donde la pobre víctima debe meter su cabeza para recibir el golpe de espada. El verdugo que nos guiaba, sacó de una de las viejas vasijas una cabeza y me enseñó la espada que en un año, a menudo, hace su duro trabajo más de trescientas veces. Toda la pequeña plaza estaba llena de estas vasijas, que habían sido recién formadas in situ por trabajadores. El tipo exigió diez centavos por lo que me había enseñado. Les gusta un poco demasiado el dinero a estos queridos chinos, y sienten el mayor placer al hacer ruido sobre la mesa con los dólares, para comprobar si son de verdad.

Jueves, 21 de abril. 
    Nuestro recorrido en coche nos condujo al este, el punto más alejado de la ciudad, un poco más al norte que ayer, fuera de la puertas, pasamos delante de la plaza de armas con bonitos pastos y prados hasta el cementerio de los ricos. Primero pasamos delante de un gran estanque rodeado de bellos árboles, donde anidaban incontables cigüeñas y se entremezclaban meciéndose y revoloteando. Donde acaba el agua se encuentra el confortable hospicio para ancianos; desde una puerta a la derecha se llega a la entrada del cementerio, donde hay tres seculares bananos casi sin hojas. Un joven y amable monje budista nos recibió y nos enseñó las tumbas. Me causó una sensación apacible sin nada de espantoso, como en nuestros cementerios; se compone de estrechas y bien pavimientadas calles, donde se encuentras las diversas capillas; todo es pequeño; ¡aquí sólo hay aproximadamente setenta sarcófagos!

    Miré varias de las capillas, especialmente la de un mandarino muerto hace seis meses. Se entra primero en una pequeña antesala, que está separado del camino sólo por una reja de madera abierta; aquí está el altar con incienso, velas, estatuitas, una taza llena de té y una hilera de platitos con bombones como sacrificio al muerto. En las otras dos paredes cuelgan largas tiras de lienzo con frases y lamentos escritos encima, que concluyen mayoritariamente con: «Pronto te volveremos a ver en la otra vida.» Del techo cuelgan alegres y coloridas lámparas con mariposas y flores artificiales. Detrás de esta salita, separado nuevamente por una reja de madera, se abren dos entradas a la sala donde se encuentra el sarcófago, justo detrás del altar; al lado de la derecha hay un lecho con mantas, como si el muerto las acabara de utilizar durante la noche, mientras que a la izquierda hay otro lecho donde el hijo del mandarín cada noche le vela hace seis meses.

    Los sarcófagos se guardan en estas y sus experiencias especialmente honorables, como por ejemplo si ha tenido una conversación con el emperador. Sus familiares le rezan de espaldas a la entrada de la capilla mirando al sol.

Sábado, 23 de abril. 
    Wong Jew se marchó, para arreglarse para la noche, ya que nos iba a dar una cena en un restaurante chino, donde nosotros pagamos nuestra comida. A las seis volvió, vestido con un bonito crêpé de la Chine, y con pantalones de seda, con un abanico y bonitas pantuflas. Le seguimos a un restaurante en un canal cercano, donde íbamos a pasar una de las mas extrañas noches. Atravesando estrechos pasillos y escaleras llegamos al segundo piso, donde en una habitación de tres partes con balcón hacia el canal, se encontraban dos amigos de Wong Jew y dos pequeñas damiselas. Estas se habían vestido de gala, con kimonos gris-azulados con bordes anchos y dobles de seda negra, finas pantuflas, el peinado de un acabado artístico sin nombre, peinado totalmente plano desde la estrecha y puntiaguda frente, de tal manera que hacían un abombamiento en las orejas, y acababa atrás en un moño, recubierto con toda forma de joyas; en las orejas finos pendientes, mayoritariamente de plata con las plumas de garza cenicienta. La cara estaba altamente bien arreglada, los pequeños pelos están todos depilados, las cejas pintadas con una raya de carbón en alto arco, las mejillas especialmente maquilladas, y parecían más bién máscaras que personas; seguramente habrá algunas guapas, pero por lo general no son nada atractivas, especialmente por su glacial falta de vitalidad. Son exactamente lo contrario de las japonesas, que son tan confiadas, risueñas, graciosas y vivaces.

    Aparecían una tras otra y finalmente se reunieron unas diez chicas de este tipo, para entretenernos. Lo cual consistía en que estaban sentadas en una mesa redonda, se arreglaban mutuamente si algo se había estropeado de la construcción artificial; se miraban en un pequeño espejo de bolsillo y encendían cigarrillos. Los hombres no se ocupaban nada de ellas, y ellas tampoco de ellos; nosotros dos fuimos observados detenidamente. Les dimos la mano e intentamos sacarles una sonrisa. Pero no lo conseguimos. Nos sentamos resueltos a la mesa y seguimos intentando despertar estos seres. Gracias a Dios conseguimos que una de ellas abriera un bombardeo de judías tostadas, de esas que les gusta tanto comer a los chinos, a lo cual contratacamos rápidamente para no volver a dejar apagar el costosamente conseguido destello. que ta Cruz. Muy paulatinamente se movió otra, a casa de la cual el guía me había llevado a tomar té algunos días atrás. Empezó a inspeccionar nuestro vestidos; admiró especialmente mi pañuelo de seda azul de Londres, y como me lo pidió y pensé animar su vivacidad se lo regalé; lo cogió ávidamente, lo olió, a lo cual su cara demostró desaprobación y lo guardó. Que desilusión; ella permaneció como estaba y mi pañuelo ya no estaba.

    «¡Música!» gritó Wong Jew. Nuestro susto fue mayúsculo; ya era demasiado tarde: el alboroto comenzó. Una chica tras otra cantaba o gritaba su canción, para lo cual daba fortísimos golpes sobre un trozo de madera hueca; además tocaban mandolinas y un oboe chillón. El ruido era tal que enseguida tuvimos una tremenda jaqueca; no retiramos a la segunda parte de la habitación, donde sobre tejidos lechos se fumaba opio. Wong Jew nos invitó a fumar también, y cada uno de nosotros dio unas caladas a la pipa, sin poder notar el sabor. Los labios queman un poco, y uno se vé envuelto por el humo, cuyo olor se me parece ahora muy desagradable.

    La música alborotada duraba eternamente, casi enloquecimos pero no podíamos pararla, ya que los demás la encontraban bonita. ¡Qué tipo de oído deben de tener esta gente! Queríamos que llegara la hora de comer y finalmente llegó, después de que hubiera acabado el alboroto; por la música de gatos tuvimos que pagar a estas estúpidas cosas un dólar. Llegó la comida, nosotros los cinco hombres nos sentamos en un mesa redonda sobre sillas de bambú en la parte trasera de la habitación. La chicas no comieron; se sentaron detrás nuestro y nos miraban. Su única participación consistía en que a cada minuto bebían vino de pera a nuestra salud, con vasitos minúsculos, que a lo largo de la cena se vaciaban unas veinte o treinta veces. La bebida es muy buena; al beber había que poner cara de alegría y decir «chin-chin».

    Empezó la cena; sobre la mesa había en pequeños cuencos huevos verdes (por conservarlos herméticamente cerrados, habían tomado tal color) de ganso, una especialidad china, rabo de buey y gajos de naranja.Tuvimos que comer con palitos, la cual cosa al principio no parecía tener éxito, hasta que poco a poco lo conseguimos hasta un virtuosismo razonable. En el primer momento cuando se dieron cuenta de nuestra poca práctica, estas estúpidas cosas se pusieron a reír. Como segundo plato, siguieron aletas de tiburón, con otras cosas empastadas juntas; estaba muy bueno, y mi vecino de la derecha, un joven amable y un poco flaco, me volvió a rellenar varias veces mi cuenco, mientras Clement debía de tener cuidado de no sobrecargar su estómago enfermo. Las aletas están cortadas en largas y finas tiras.

    En cada pausa se hacían notar las sedientas damas y bebían la ronda. Wong Jew hacía de amable, confiado y orgulloso anfitrión, explicando con el máximo detalle de la comida y su preparación. El tercer chino intentaba construir una conversación en inglés, pero como no entendíamos ni una sola palabra, nos ayudábamos con una constante sonrisa en la boca. Llegó el tercer plato, la mayor delikatesse china: «Nidos de pájaro». Nos decepcionó un poco, no tenía sabor a nada; de todas maneras compré algunos para llevar a Wahnfried por ser tan famosos. Siguieron las famosas ranas, muy bien presentadas; sabían casi como pollo. Luego llegó el pato y las palomas, cerebro de pescado, chocha con castañas, un maravilloso pescado; por último, los dulces, que aquí son muy buenos, casi siempre rellenos de mermelada, nueces o compota de coco; tienen también un aspecto muy cuidado y limpio, como todo lo que hace este pueblo. Nos levantamos y nos sentamos al lado para fumar; Wong Jew fumó opio, nosotros dos nos sentamos cerca de él y poco a poco nos circundaron las chicas, que inspeccionaban todo lo que llevábamos; una de ellas que era muy atrevida empezó a examinar mis calcetines y tobillos, la castigué estirándole de las orejas. A Clement le examinó el pelo, todo ocurría con tan poca gracia, que no nos atrevíamos siquiera a reír.

    Para no dejar acabar la noche así, tomé una gran decisión, bailar ballet. Anuncié bailes europeos; todos se sentaron en sillas, Clement y yo tuvimos ataques de risa espasmódicos, y yo comencé con mi acostumbrado pase. Causó gran sensación y la mayoría de caras me miraban con seriedad, mientras que sólo algunos reían para sí.

    Nos volvimos a sentar en la mesa y recibimos agua de arroz tibia; lo encontramos horroroso aunque lo elogiamos altamente. Esto fue la conclusión de la noche; nos lavamos las manos y nos marchamos, sin que estas pequeñas ocas ni siquiera nos saludaran; salieron una a una para hacer chispeante compañía a otros huéspedes del restaurante.

Filipinas

Martes, 10 de mayo. 
    A las cuatro y media nos despertaron alegremente; todavía estaba medio oscuro, y los sueños se arrastraban pesadamente, de tal manera que necesitamos energía para levantarnos enseguida; la única ayuda era el inaudito canto de gallos afuera, que hacía parecer que todo el aire vibrara. Nunca había escuchado algo parecido. Recogimos rápidamente nuestro par de cosas y nos marchamos enseguida con el coche al sitio de donde partía el vapor de río; éste nos iba a llevar a Calamba en el gran lago continental o laguna, como es llamado por aquí. La mañana era sencillamente espléndida; el aire aquí es más bonito que en ningún otro lado que hubiéramos estado antes. El paisaje tenía un aspecto enternecedor: a derecha e izquierda del estrecho río se levantaban las tiernas arboledas de bambú, interrumpidas por palmeras de plátanos y pueblos, donde había mujeres con vestidos rojos y niños desnudos, y entre medio, iglesias feas de por sí, pero que con sus líneas rectas quedaban bien en medio de tal amable confusión.

    El trayecto era cada vez más emocionante. Apareció un interminable bosque de bambú, delante del cual había un bosquecillo de queridos gordos Carabaas, y en la lejanía aparecían majestuosas montañas azules, una de las cuales nos llamó especialmente la atención por su forma; más tarde nos enteramos que era el extinto volcán Banahao, que veríamos mañana muy de cerca. Después de atravesar el bosque de bambúes, vimos la laguna delante nuestro, rodeada de montañas desde el norte al sureste. Al principio, el agua de feo aspecto marrón es muy poco profunda y se ve a los pescadores en el agua tirando sus redes. Dos hileras de postes muestran al barco durante un gran trecho el camino. Cuanto más nos acercábamos a las montañas, sus líneas volvíanse más poderosas y bonitas. Desde el norte penetra muy adentro una península que divide el lago en dos mitades.

    Poco después de la comida llegamos a Calamba, que todavía se encuentra en el llano pero cerca de las montañas boscosas. Nos metieron a presión en un bote fueraborda con muchos filipinos y algunos Tchung-Kwoks, remando con dificultad y después de algunos minutos llegamos a la arenosa playa. Allí esperaban, medio en el agua, los carromatos de dos ruedas, atados a dos poneys; nosotros dos subimos a uno, Antonio con nuestras maletas de mano al otro. Después partimos quién sabe cómo, ya que después de tres pasos el primer poney que estaba mal atado se soltó. Cuando fue felizmente reatado, empezó la marcha: ¡la cual nos convirtió a los dos en auténticos Mazeppas! A campo traviesa, sobre rocas, precipicios, montaña arriba en furioso galope tendido, bajamos zumbando casi volando, de manera que nuestras cabezas se golpeaban unas con otras; el flautín lloraba, las violas «col legno» nos golpeaban, los trombones de barras corrían salvajemente haciendo polvo sobre el suelo, el platillo latigaba y destrozaba nuestros miembros, ¡y así nos agitaban!

    Pero a nosotros también nos pareció bonita la melodía en si bemol: una vegetación en las pendientes de las montañas como no habíamos visto nunca antes; el pájaro del sol revoloteaba, blancos pájaros parecidos a los flamencos volaban en grandes bandadas desde los prados, todo era vida alrededor nuestro, miles de pájaros piaban y cantaban sus cromáticas tonadillas, un enmarañamiento de plantas trepadoras rodeaba los poderosos árboles, los desordenados arbustos, multitud de aromas flotaban en el aire, a la lejanía brillaba iluminado por el sol el lago; en pocas palabras, era precioso y cada vez más; pero nuestros animales seguían corriendo, nuestro cochero nos miraba asombrado, cuando volábamos así por el aire, después de haber bajado todo un precipicio.

    Después de una hora y media de cacería desenfrenada, llegamos a Los Baños; al bajar lamentablemente no podíamos representar «et se relève roi», sino que nos arrastrábamos como dos Beckmesser y estuvimos contentos al dejarnos caer sobre una silla en el hotel. Poco a poco fuimos recobrando nuestros sentidos, especialmente cuando estos hijos del diablo de cocheros nos quisieron timar. El hotel se encuentra en un bonito emplazamiento a orillas del lago cerca del pequeño pueblo de Los Baños, del cual podíamos admirar su destruida iglesia desde nuestra habitación. Junto al hotel se encuentran las fuentes de aguas termales, que de enero a abril, están muy concurridas por los españoles de Manila.

    Cogimos un carromato y recorrimos el camino por el que habíamos venido durante cinco minutos en sentido inverso; luego giramos a la izquierda. Delante nuestro se encontraba la bella montaña muy próxima; dos protuberancias a los dos lados del camino, serpenteaban hasta la montaña principal convirtiéndose en un alto precipicio en principio ancho y luego cada vez más estrecho. Presentíamos algo prodigioso, y nos sobrecogió una sensación, medio curiosidad, medio temor de lo que nos iba a suceder. En la oscuridad del precipicio, reinaba un silencio misterioso, muy levemente se oía el murmullo del riachuelo, que nace allí y se dirige a la laguna. Nos acercamos, bajamos del coche y caminamos por el camino pedregoso, primero empinado y luego de repente en bajada; al llegar a la bajada tuvimos la primera visión del riachuelo y del acantilado que se levantaba sobre la izquierda, sobre el cual había una generosa vegetación desde el agua hasta arriba. Ya esta primera sensación fue tan poderosa y tan sorprendentemente nueva que al seguir andando cada vez era más rara, al encontrarnos en medio de la jungla tropical, como sólo debe de haber en Brasil, al ver estas nunca imaginadas maravillas que inundaban sobremanera y este bello prodigio natural, casi no nos quedaba más que contener las lágrimas con dificultad, ¡lágrimas de gratitud a la sobrehumana delicia ofrecida!

    No nos atrevíamos siquiera a hablar; nuestro estado de ánimo era como cuando escuchamos una de las obras o como cuando en su día vi los restos del Panteón en Londres, todo parecía derretirse con nosotros; todo callaba dentro de nosotros, excepto el sentimiento, que ya nos convertía como en plantas trepadoras, creciendo con añoranza hacia las antiguas raíces sagradas.

    Si quisiera plasmar todo lo que vimos, qué pobre miseria parecería: cómo la verdadera majestuosidad de los árboles, la adulación voluptuosa de las plantas trepadoras, el gracioso juego del millar de coloridas y nuevas mariposas, cómo todo esto fructificado por el arrollo murmurante y por las gruesas gotas de lluvia se entretejía en una única unidad: cuán a menudo el arrollo desaparece, porque los jóvenes árboles y las palmeras de abanico constituyen un bajo techo por encima; cómo nuevamente los arbustos de bambú cuelgan sobre el agua, en parte doblados, son bañados; cómo desde la corona de los árboles crecen nuevas ramas hacia abajo, a menudo sin llegar al suelo, ya que encuentran antes otra rama para cogerse; cómo los sinvergüenzas de parásitos y orquídeas roban el jugo de las ramas más venerables! De todas partes penetraba esta grandiosidad sobre nosotros, de tal manera que más de una vez estábamos en completa oscuridad. Hay que agradecerlo al descuido de los españoles, que lo han dejado al natural; los pasos encima del agua son de caña de bambú, sobre los que hay que pasar haciendo equilibrismo.

    Cuanto más nos adentrábamos, tanto más claro oíamos el murmullos de la cascada; al doblar el ángulo que formaba el valle, apareció ante nuestra mirada. El de por sí escaso arrollo se precipitaba desde un alto y liso acantilado todo verde cubierto de plantas trepadoras y abajo formaba un laguito, claro como el vidrio. Los árboles formaban un completo medio anfiteatro a su alrededor; sus raíces se habían fijado a las piedras, que dejaban pasar el agua con dificultad. Arriba se elevaba con timidez el cielo, que también había tomado su buena parte en esta maravilla. ¡Nos hubiera gustado gritar! ¡Tan bello, tan incomprensiblemente bello era todo lo que veíamos! Pero, aquí tampoco faltaba lo cómico: arriba, al lado del laguito, vimos a cinco curas, que justamente se estaban desvistiendo para bañarse o se estaban secando. Primero nos molestó y después nos hizo gracia, ya que la vista de estos monseñores mirando con curiosidad hacia nosotros y a la vez escondiéndose era muy cómica.

    Nuestro cochero que nos había seguido a pie, saltó también enseguida al agua y nos invitó a hacerlo también; pero estábamos demasiado acalorados, principalmente por nuestro entusiasmo, así que nuestra sensatez adquirida con dificultad prevaleció. Nos hubiéramos quedado con gusto en este lugar, pero reír y charlar en estas salas templarias nos dolía; dimos media vuelta, volviendo la vista atrás constantemente, porque no nos podíamos llegar a creer que fuera cierto y que no íbamos a verlo más. Realmente, no teníamos la sensación que fuera real; no nos acabábamos de creer que nos encontrábamos en el lejano este en un país ecuatorial, en las islas volcánicas; que se trataba de cosas reales y correctas, y que sólo a nosotros, pobres soñadores de manzanas, nos parecía inverosímil.

    Poco a poco regresamos; sentándonos de vez en cuando sobre una piedra y embelesándonos poéticamente, cogiendo agua con las manos, examinando las hierbas, admirando las mariposas, en pocas palabras sintiéndonos felices. ¡Ay, vida, madre y mis señoras y hermanas! ¿Porqué no podéis verlo? ¡De qué manera más diferente lo hubiéramos disfrutado con vosotras! ¡No siempre todo es posible! ¡Sólo de una cosa podéis estar seguras, que mi corazón se ha abierto tan grandemente, para apreciar las maravillas dignamente, que casi es tan grande, como el de todas vosotras juntas! Cuán difícil nos resultaba marcharnos; nos demoramos escuchando a los pájaros, por fin volvimos al coche y decidimos volver a venir. Al salir del desfiladero a la luz del día, quedamos cegados por el lago, los pájaros del sol brillaban, todo estaba sumido en el oro más luminoso.

Miércoles, 11 de mayo. 
    Por la calle principal de Santa Cruz, paramos delante de la casa del comandante, hacia el cual tenía una recomendación de parte de Zobel; después de pasar delante de los carabineros llegamos al salón de Don Carlos Villalba, grande, aireado y decorado con algunas reminiscencias mauritanas. Este comandante que ahora nos salía al encuentro, fue el primer español que conocimos, que nos gustó singularmente; era andaluz, un hombre guapo, joven, de mediana altura, con bigote oscuro y pelo ondulado. Era increíblemente amable, también concienzudo y serio; le repitió unas seis veces a nuestro Antonio lo que debía hacer, nos previno especialmente de los timos, ya que aquí todos son unos ladrones. Nos invitó a cerveza, mientras él escribía una nota, que dio a Antonio; dirigido a Feliça de Pagsanyan, donde íbamos a pasar la noche. Ya que no conocía a nadie más que a ella allí, nos dirigía a ella; de todas maneras nos previno igualmente de ella, ya que también era una ladrona. Después de que nos instruyera así de todo hasta el más pequeño detalle, nos despedimos de Don Carlos que nos dejó su coche para ir a Pagsanyan y nos invitó cuando quisiéramos de quedarnos en su casa en Santa Cruz. Esta amable experiencia con el comandante nos había puesto del mejor humor; ¡al fin un hombre de honor entre esta chusma!: animados nos enfrentamos al cuchitril de Feliça.

    Como en el coche sólo había tres sitios, tomó las riendas Clement; sea porque no conocía el caballo, o porque estaba de mal humor: primero iba en zigzag, y sobre todo no se decidía si ir al trote o al galope, cuya consecuencia eran las síncopas más espeluznantes, hasta que finalmente se reanimó y fue más decentemente, de tal manera que pudimos admirar el paisaje. La carretera atravesaba casi sin interrupción los bosques de palmeras de coco más exhuberantes; a derecha e izquierda había a menudo cabañas ante las cuales andaban jugando niños, gallinas y cerdos. En la carretera misma había bastante circulación, vimos pasar muchos poneys cargados en larga caravana: dirigíanse a Santa Cruz para poder descargar sus mercancías. Entre los cuales de vez en cuando había algún chino, mujeres con faldas rojas, etc. Después de media hora de trayecto bastante movido, nos encontrábamos ante la puerta de Pagsanyan, que atravesamos. Seguía la ancha calle mayor del pueblo y acababa ante una iglesia bastante grande con cúpula y torre. Las casas tenían un aspecto cuidado y limpio y las ventanas de perla madre le daban un aspecto ligero y casi elegante. En la fachada les gusta colgar una hilera de lámparas de cristal, que parece que no se utilicen casi nunca.

    En la plaza de la iglesia giramos a la izquierda y nos encontramos después de un minuto ante una pequeña tienda de telas: el coche paró, bajamos, era la casa de Feliça. Entramos en la tienda y nos dijeron que Feliça acababa de salir, así que aprovechamos hasta su regreso para huronear un poco por la tienda. Una señora más mayor, cuya edad disimulaba, que se enorgullecía de fumar constantemente puros de los más fuertes, ya que en esta isla las mujeres fuman normalmente puros aunque no en tan exagerada medida, nos miraba asombrada, y al intentar nosotros decir algo en español, se rió profundamente.

    Miramos las telas y todo lo demás que había expuesto, después nos condujeron arriba.

    Para subir había una ancha escalera de mano, de bambu que crujía y se doblaba al subir; conducía a una gran antesala, donde había una cama con baldaquino; al lado estaba el verdadero salón con las acostumbradas ocho grandes sillas frente a la ventana, donde nos tuvimos que sentar enseguida. De las paredes colgaban feos óleos españoles, cuadros bordados no demasiado decentes, y demás tonterías; la pieza principal y honra de toda la casa, era un arpa que se encontraba en el centro de la habitación; además había un viejo pianucho-harmonio colocado en una pared. Al lado de este salón que daba al callejón estaba la habitación de Feliça; la señora del puro nos lo enseñó y nos indicó que esa noche íbamos a dormir allí. Una bonita cama baldaquino se encontraba en una esquina, al lado un pequeño tocador; seguido de una cómoda en la otra pared, sobre la cual había varias vírgenes y santos, en cuyo honor ardía una pequeña lámpara de aceite.

    Después de expresar nuestra admiración por el cuarto de Feliça, nos volvimos a sentar y esperamos a la señora. Después de unos minutos apareció: de pequeña estatura, vestida con una blusa de pinea amarilla a cuadros y con una larga falda roja; su cabeza que colgaba un poco hacia adelante, tenía dos características especiales: pequeños ojos negros punzantes, y una horrible boca, cuyo labio inferior debido a su grosor casi no tocaba al superior, lo cual se agudizaba por la continua charla y risa. Lo mejor de ella eran los cabellos, de lo cual era muy consciente por su ilimitada coquetería; ya que los llevaba sueltos, jugaba con ellos con los dedos y se los metía también en la boca cuando se reía no sé de que exactamente sobre Dios. Todavía era bastante jóven y seguiría obteniéndola a la fuerza para los años venideros; rara vez he topado con mujer tan presumida. Tenía seguridad en su belleza en el más alto grado; seguramente se creía guapa, también la veían así en todo el pueblo; sí, parecía ser una celebridad.

    Después de que Antonio le explicara el propósito de nuestra visita, se giró hacia nosotros, nos dio la mano y dio órdenes al sirviente para nuestra comida. Ella misma desapareció en su habitación, se cambió de ropa y atravesó el salón en negligé para dirigirse al baño que se encontraba en el piso de abajo, como nos comunicó felizmente. Lo que significara este feliz anuncio no es tan fácil de explicar y escribir; de todas maneras nos quedó claro que se creía nacida de la espuma (o Venus Anadiómena). Al volver llevaba un vestido de cola de rallas lilas y blancas, los cabellos todavía mojados caían salvajemente sobre sus hombros. Nos miró como queriendo decir: «¿Qué os parece?» y le dijimos «Buena, boa» etc, lo que le provocó una sonora risotada. Pronto reapareció y se sentó a mi lado, Clement enfrente. Entonces empezó una conversación que no encontrará parangón fácilmente. La señora del puro también estaba allí cerca, y tan pronto como decíamos una palabra en español, empezaban a reír endiabladamente; Feliça gritaba directamente y sus chillidos se debían de oír por todo el pueblo. Nosotros hacíamos nuestras observaciones en alemán entremedio y también reíamos de estas locas mujeres y acerca de lo cómico de nuestra situación; así duró la conversación con continuos estallidos más de tres cuartos de hora.

    Entremedio Feliça se puso un momento seria, llamó a Antonio, para hacernos traducir las siguientes preguntas; ella tenía la intención de hacer un viaje a Europa, naturalmente sola. Primero quería ir a España, después Inglaterra y Alemania; quería saber cuánto costaba el billete de ida, cuánto costaba un día en Londres, etc. Después de haberla informado no parecía sorprendida; adivinamos inmediatamente que nos quería engañar y que sabía tan poco de Europa como nosotros antes de las Filipinas. Después de la frase andante, prosiguió el allegro de risas hasta que debido al frío nos trasladamos a otra habitación de abajo, donde había una especie de tienda de vinos.

    Mientras preparaban la comida arriba; toda la casa olía a mango; cuyo olor no es muy agradable. Además se oían los últimos gritos de los pobres pollos y se adivinaba olor a cebolla y aceite. Finalmente la mujer con el puro anunció la comida, y subimos a la gran antesala donde estaba puesta la mesa para nosotros dos. La comida era bastante buena, aunque de vez en cuando la carne olía un poco rara. El primer plato era una buena tortilla de cebolla y el último era pescado, como es costumbre en este país. Bebimos vino de mesa español, llamado tinto. Lo último eran los mangos, que son un poco raros: a veces le gustan a uno mucho; y más tarde desagrada el dulzor blando. La señora del puro nos servía y nos demostró una nueva característica importante: que repartía bofetadas por doquier; si no le daba ocasión la grande, delgada y melancólica doga, se la daba a uno de los chicos que había hecho algo malo, el cual era agarrado con convencimiento: y recibía un par de buenas bofetadas y cuando se marchaba llorando, empezaba a regañar increíblemente examinando su culpa y calificando las bofetadas como castigo demasiado leve.

    Así acabamos nuevamente nuestra comida con risas, descansamos un momento, fumamos y decidimos prepararnos para ir a ver las cataratas de Pagsanyan, para cuya visita habíamos hecho todo el tour. Primero tuvimos que comprar unas ligeras zapatillas de mimbre ya que íbamos a andar sobre piedras puntiagudas; además Feliça nos puso a cada un un gran sombrero de paja para protegernos del sol. Le dio a Antonio una lata con galletas y un vaso. Así partimos con gran alegría de toda la casa de Feliça; ella misma estaba arriba y enseñaba sonriendo su dentadura; la mujer del puro estaba abajo y reía profundamente.

    Eran la una y media de la tarde: el sol brillaba verticalmente; pero estábamos bien protegidos y teníamos que andar poco, para llegar a la orilla del río que todavía no se veía. De nuevo estábamos maravillados del paisaje: a ambos lados del río, que no era más ancho que el Main en Würzburg, había unas leves pendientes cubiertas en la parte baja por una franja de los más bonitos arbustos de bambú, cuyas cañas se doblaban largamente hacia delante, a menudo estaban rotas y eran mojadas en un salvaje desorden. Detrás se veían las coronas de los bosques de palmeras de coco, cuyo verde muy diferente estaba bañado por un matiz plateado del sol. Cada uno de nosotros tuvimos que subir a una pequeña barca alargada, hecha de una sola pieza de madera, que igual que los kajaks se vuelcan muy fácilmente; en cada uno había dos nativos que con dos cortos remos redondos hacían adelantar la embarcación muy rápidamente. Nos sentamos con mucho cuidado y no nos atrevíamos a mirar siquiera al otro; como dos budas, inmóviles, con las piernas cruzadas, nos gritábamos emocionados lo bonito que era y nos llamábamos cuando aparecían bonitos pájaros. El deslizarse sobre el agua era maravilloso, a menudo bajo las ramas de bambú, sobre las cuales se balanceaban las garzas cenicientas en su esplendor azulado.

    Pronto cambió el paisaje, de relajado y placentero se convirtió en majestuosamente elevado; llegaron los primeros rápidos; tuvimos que apearnos y andar por piedras puntiagudas hasta que el agua volvió a su cauce tranquilo y hasta allí los nativos cargaron con las barcas sobre sus hombros. Aquí estaba el gran cambio de paisaje, ante nosotros había unos acantilados que caían verticalmente, sobre los cuales se aferraba increíblemente una maravillosa vegetación. Las raíces de los bananos crecían en todas direcciones para poderse agarrar a cualquier parte; en pequeños salientes de roca se habían asentado palmeras entre otras; trepadoras húmedas cubrían las paredes de arriba a abajo, allí crecían las orquídeas más raras, en pocas palabras, donde había una pequeña posibilidad, allí mismo empezaba la magia.

    El río se desviaba fuertemente, primero hacia la izquierda en un tramo corto, luego nuevamente recto, obligado a cambiar su curso por la pared de roca que se encontraba enfrente y que volvía a topar. Ahora habíamos llegado al estrecho en el que nos rodeaba una agradable sombra. Se veía a la lejanía, y la vista era maravillosa; a menudo no se veía el cielo, encima de las colosales rocas colgaban los árboles y los muros parecían a veces inclinados. El paso del agua era más estrecho que en Pagsanyan, pero mucho más hondo. Llegamos a los segundos rápidos. Esta vez no fue necesario apearnos; nuestros marinos se metieron en el agua que les llegaba lo más al abdomen y nos estiraron a través del tramo vadeable pero de fuerte y estrepitosa corriente: había que tener paciencia, nos hubiera gustado saltar al agua y circular libremente. Pero por esta vez no nos mojamos. En las paredes vimos varias iguanas trepando, y lo que nos interesó especialmente, fueron dos grandes agujeros de serpiente en la roca.

    ¡Hubiéramos dado cualquier cosa por ver salir a una en ese momento! Hice preguntar al barquero por Antonio si no se podía hacer salir a alguna tirando piedras o con un bastón; el hombre contestó que no la haría ni por 50 dólares, porque eran unos animales inmensos, probablemente, como me enteré más tarde, boas constrictor, de las cuales hay todavía bastantes en esta isla. La vista de estos agujeros tenía algo increíblemente atractivo, y no podía quitarles la vista. Siguieron varias cataratas en las cuales teníamos que apearnos o eramos estirados por los hombres. Al llegar a la sexta, dijeron que ya no podrían seguir: por haber caído arbustos de bambú y no sé que diablos más al río; ya que era una mentira y habíamos sido advertidos por el comandante de Santa Cruz, me empeñé en que siguiéramos, apoyándome en Don Carlos lo cual daba crédito a mi palabra; trajeron las barcas y subimos para seguir disfrutando de esta exhuberante y paradisíaca naturaleza.

    Atravesamos dos rápidos más, eran el séptimo y octavo, al observar arriba una pequeña cascada cristalina que caía. Estábamos encantados, paramos, me desvestí ante la mirada de todos los buenos nativos, que me miraban con atención y salté en la maravillosa y profunda agua; después de un ratito Clement me siguió y entonamos la canción de las hijas del Rhin. Nos dejamos puestas las zapatillas porque topábamos de vez en cuando con alguna piedra en el agua; cada uno perdimos una; la de Clement la volvimos a encontrar, la mía desapareció. Nadé hasta la cascada y tomé una ducha fría. Después nos sentamos en una piedra que salía del agua y nos sentimos como Thomaschen Proteus. Caían del cielo gordas gotas de agua y tronó y relampagueó varias veces, lo que tenía un aspecto maravilloso desde aquí; en Santa Cruz, nos enteramos más tarde, que este mismo temporal había sido terrible. Casi no lo notamos y no nos impidió seguir bañándonos; mientras Clement se secaba, me coloqué en el medio de un rápido; el agua me estiraba fuertemente pero la vencí, al encontrar un asiento natural, donde me apoyé y dejaba pasar la maravillosa agua sobre mis hombros. Al secarme lo hize como en Singapur; utilizé mi camiseta, que esta vez me iba a hacer un servicio mucho mayor: la utilizé de zapato ya que había perdido uno. Con maravilla y sorpresa de los nativos envolví fuertemente un par de veces mi pie con el producto del Sr. Schiebel y de esta manera pude atravesar las piedras puntiagudas de maravilla.

    Después de haber comido el bizcocho de Feliça y de que hubiera parado de llover, emprendimos el regreso; entonces sí que varias veces estuvimos a punto de caernos de las barcas, y a Clement le pasó una vez y se mojó todo un lado; bajábamos corriente abajo a toda velocidad, como los carromatos y al llegar al final sin aliento, se preguntaba unos si había caído al agua. Cerca de los agujeros de las serpientes hicimos una parada ya que unos de los barqueros quería escalar una roca para coger unos parásitos raros. Lo hizo con mucha facilidad, la roca era vertical y tenía que cogerse de las ramas de los árboles salientes. Esperamos mientras en un sitio estrecho donde nos habíamos apeado para beber de la pequeña fuente que había allí. Después seguimos. Habíamos atravesado el alto desfiladero y delante nuestro estaba nuevamente el precioso bosque, que ahora con la luz del atardecer, especialmente la franja de arbustos de bambú, me recordaba al colorido de los cuadros de Corot.

    Volvimos a parar cerca de Pagsanyan; nuestros barqueros nos querían enseñar su baño: una pequeña casita sobre una fuente caliente; entraron todos vestidos como si no hubieran chapoteado bastante durante todo el día. Desde aquí fuimos conducidos al pueblo y nos apeamos. Feliça y los demás nos recibieron nuevamente con risas y gritos: subimos a cambiarnos ya que estábamos bastante mojados y sucios. Después bebimos una botella de cerveza y esperamos en el salón hasta la cena, en cuya preparación parecía estar ocupada toda la casa; especialmente Feliça que había desaparecido, lo cual era muy agradable a nuestros nervios. Llegó la cena, nuevamente en la antesala que estaba iluminada con una tenue lámpara. La buena y delgada doga recibió un par de buenos bocados de nosotros, por los cual recibió después un par de golpes de la mujer de puro; la misma suerte corrió uno de los chicos, por traer el pan demasiado tarde. Le pegó y reprendió, y al reírnos, también empezó a reír, pero sólo un momento; después prosiguió con la bronca fumando.

    La cena duró bastante y Feliça había preparado demasiadas cosas. Feliça no estaba presente durante la cena, pero la otra mujer nos informó que a la noche iba a ir al baile y que fuéramos con ella. Estábamos cansados y a la mañana siguiente nos teníamos que levantar a las seis, además no teníamos muy claro cuáles eran sus intenciones; ya que al no ir nosotros ella tampoco fue. Decidimos pasear un poco por el pueblo que estaba bastante oscuro, sólo había luz y animación donde tenían los chinos sus tiendas.

    Cruzamos un increíblemente estrecho puente de bambú a la otra orilla del cauce lateral del río por el cual habíamos navegado aquella tarde. Después al regresar por la calle mayor escuchamos aporrear estridentemente en un piano la obertura de Guillermo Tell. Desde allí volvimos a la casa; encontramos a Feliça en su tienda, arreglada muy elegante hablando con un jóven chino, que parecía prendado de ella. Ella misma es mestiza, medio china, medio española. Ya que volvió a empezar a reírse tan fuertemente y estábamos un poco cansados, subimos al dormitorio de Feliça, que nos acababa de preparar la mujer del puro, poniendo otra cama en el suelo. Mientras mirábamos fumando por el gran ventanal para abajo, vimos como Feliça iba arriba y abajo atareada, mirando entre medio para arriba y riendo fuertemente, lo que se convirtió en un griterío, al gritarle algo en español o italiano, todos los chinos que miraban desde las tiendas hacían observaciones y se reían también.

    ¡Nunca he vivido tanta risa como en Pagsanyan! Enseguida nos cansamos y nos queríamos acostar; yo me puse primero en el suelo, y Clement prometió dormir en una silla, y no bajó del burro hasta que yo no me puse en la cama; éramos como Orestes y Pylades en el tercer acto de La esfinge de Gluck. ¡Ya que de repente sonó el arpa en la habitación contigua! Era Feliça; este era su último arte de embaucarnos; primero afinó y luego comenzó muy decidida un vals, una polca y una marcha, uno después del otro. ¡Aplaudimos desde nuestras camas! Pero parecía decepcionada. Había cantado y hecho de todo, nosotros permanecíamos inmóviles como verdaderos «príncipes imperturbables». ¡El arpa se calló, Feliça desapareció y nosotros nos dormimos!

Jueves, 12 de mayo. 
    A las seis fuimos despertados por Antonio; nos preparamos y esperamos a Feliça en el salón, para pagar la cuenta. Ella tenía un aspecto totalmente diferente; su boca estaba cerrada, ya no reía: la increíble seriedad del pago había llegado. Ya que no se decidía a decirnos el precio, le dimos según la costumbre de los hoteles entre los dos cuatro dólares. Estaba sentada en una de las sillas y con una expresión fría esperaba, de los cual entendimos que no estaba deacuerdo; quería diez dolares, en realidad, añadió doce. Era tan grande el descaro, que tuvimos que reírnos en su cara. Para evitar más problemas, le ofrecimos seis. Pero no quiso aceptar; entonces le dijimos que íbamos a exponerle el problema a don Carlos, antes de pagar nada más; estuvo de acuerdo, se sentó a la ventana de su habitación y escribió una carta al comandante, que dio a Antonio. Sin que nos saludara bajamos la escalera de bambú y subimos al carromato que ya estaba listo. ¡Así se convirtieron las risotadas, el concierto de arpa, los cabellos sueltos y las miradas coquetas en pura codicia! ¡Ya nos lo habíamos temido antes! y don Carlos nos había prevenido con anterioridad. La mujer del puro no apareció; toda la casa permanecía en silencio; sólo la punzante mirada de Feliça centelleaba. 
 

 

III

    Después de mi regreso a casa en Bayreuth encontré la colina de los Festivales en pleno movimiento. Las pruebas del Tannhäuser estaban en plena marcha, y yo pude por primera vez prestar mis servicios como ayudante de director de escena. Quisiera relatar un poco el desarrollo de los Festivales en los años anteriores, donde mi madre tomó el mando sola. Fueron los años cruciales en los que estaba en juego el existir o no de toda la organización de los Festivales. Los preocupantes comentarios de la marcha de los Festivales de 1883, de los cuales mi madre debido al luto se había quedado alejada, más aún las insistentes peticiones de todos los amigos cercanos a Wahnfried, ante todo de Adolf von Gross y de nuestro fiel caballero del Grial Hans von Wolzogen, habían hecho tomar la decisión a mi madre de ponerse a la cabeza del rebaño sin pastor.

    Empezando inteligentemente con retracción, supo ganarse a todos los artistas. A los nuevos cantantes les enseñaba ella misma el papel. Hasta los más obstinados y los mas orgullosos de sus prestaciones no se libraban de tener la impresión que ante ellos se encontraba una representante, de cuyo saber anteriormente nadie tenía idea y de la que podían aprender mucho. Algunos de nuestros cantantes que se hicieron famosos como van Dyck, Mildenburg, Nordica, Fritz Friedrichs, Alfred von Bary, Soomer, Sra. Reuss y otros, han dado a conocer la misma opinión en público. Rosa Sucher dijo: «La maestra ha despertado el demonio en mí.», y Mottl escribió: «La Sra. Wagner me elevó de músico a artista.» Otros en cambio preferían que el público pensara que era todo inspiración propia. De todas maneras para mi madre era bonito y conmovedor la vivencia de que los artistas levantaran la vista hacia ella año tras año con ferviente confianza, para recibir la herencia artística del maestro de Bayreuth. Esta confianza y la verdadera y real admiración eran para ella una gran sustitución por todo lo malo y hostil que le llegaba de otras partes.

    Desgraciadamente no eran solamente los enemigos conocidos los que le ponían trabas en el difícil camino, no, también lo hacían algunos llamados amigos. Se puso de moda entonces un tipo de hiperwagnerianos que era casi peor que los enemigos: gente que repetía de la noche a la mañana citas de las obras de mi padre. Así conocimos a una mujer que al sonarse la nariz su marido decía: «¿Fue esto su trompa?». Para esta gente mi madre no era suficientemente teutónica. ¡Ellos sabían que por parte materna tenía sangre francesa, y había sido educada en Francia! ¡¡¡Buscaban cualquier resquicio, para dudar de su pensamiento alemán!!! En una desgraciada ocasión en que mi madre en presencia de la anteriormente mencionada dama, al oír un trueno comentó bromeando: «Vé Vd., Zeus entra en cólera», replicó ésta corrigiéndola y reprochándola: «Vd. cree que es Zeus, yo en cambio pienso en Wotan.» ¡Qué original era ella y que poco auténtica era mi pobre madre! La desconfianza tomó tal magnitud, que en estos círculos se sospechaba que el fondo de los Festivales se derrochaba en champán para Wahnfried, y se decía de Adolf Gross que quería convertir el teatro en una hilandería. Aumentaron todavía más las continuas instigaciones, al anunciar mi madre la representación deTannhäuser.

    Ella sabía que esta obra era especialmente querida por mi padre, una predilección que ella y yo también conservábamos. El brillante éxito del Tristán de 1886 bajo la dirección de Mottl y de Los Maestros Cantores de 1888 bajo la dirección de Richter, había conllevado una tregua temporal de las hostilidades. El Tannhäuser de 1891 las desató nuevamente. Primero se indignaron porque en Bayreuth había planes de hacer una grabación de la obra; una obra de juventud, todavía medianamente jóven, y (horribile dictu) con una escena (esta palabra ya hace estremecerse) ¡ampliada para París! ¡Cómo se dieron la mano enemigos y «amigos», para desacreditar a mi madre especialmente en público! ¡Y al representarse la obra, empezaron las reuniones de brujas! Pero, como pasa a menudo: cuando triunfa demasiado la maldad, provoca efectos opuestos de lo que se pretendía. El año de Tannhäuser fue la lucha decisiva.

    Mi madre venció. La multitud de los realmente pertenecientes a Bayreuth, que había aumentado de año en año, se mantuvo firme y leal a ella, y al presentar en 1894 el Lohengrin a nuestra comunidad de Bayreuth, la oposición enmudeció. La perfectamente acabada representación hizo resurgir la obra de una manera tan inesperada, que la unánime opinión del público era que la obra era irreconocible.

    De todos modos encontraron otras cosas para criticar: la atracción de artistas extranjeros (van Dyck, Lillian Nordica, Blauwaert, Sra. Grandjean, etc.), la reacción fue que los extranjeros estaban más anchos que panchos entre el público, y fueron festejados en Wahnfried. Aprovechando la ocasión quiero expresar mi agradecimiento a los amigos extranjeros que peregrinaban a Bayreuth, en un tiempo en que el público alemán brillaba más por su ausencia que por su presencia. No eran ni son «snobs» del arte, ya que Bayreuth no estaba de moda entonces; eran personas que con hondo convencimiento del significado cultural de la empresa de Bayreuth y por entusiasmo hacia las obras de mi padre, llevaban a cabo el no demasiado agradable viaje a nuestra pequeña ciudad franca. Personas que plasmaban sus impresiones en entusiastas informes y así animaban a la participación en los Festivales.

    En París se fundó la Revue Wagnerienne, editada por Dujardin, para la cual Chamberlain escribió sus famosas composiciones, la asociación wagneriana de Londres se ocupaba de la propagación de los recopilados escritos de mi padre, lo mismo sucedía en Bolonia, Barcelona, Nueva York. Llegó el muy aclamado estreno del Lohengrin en París, ganado a pulso por Lamoureux; más tarde siguieron las demás obras. El enorme entusiasmo en la ciudad del Sena, tuvo también su efecto en Alemania, que finalmente volvió a reconsiderar las obras de mi padre. En los últimos años antes de la guerra, un 90% del público eran alemanes. ¡Un orgullo para Alemania, pero que podría haber sido ya así 20 años atrás! Pero no sólo en el extranjero, sino también en las filas de los seguidores alemanes, elevaron su voz defensores espiritualmente importantes en defensa de mi madre: aparte de Wolzogen y Glasenapp, fueron Thode, Dr. Fiedler, Wolfgang Golther entre otros, los que se alzaron contra la salvaje cacería.

    Después de las representaciones, en las fondas, se llegaba a palpables división de opiniones, especialmente con un crítico berlinés ya fallecido, del cual una vez Hans von Bülow dijo: «El Sr. X ha llegado al límite de la incorruptibilidad: se le puede comprar por cinco marcos.»

    En el mismo año del Lohengrin, fundó mi madre la escuela de formación de estilo en Bayreuth. Nuestro inquieto y trabajador Julius Kniese, el cual fue mi maestro, se ocupó de la dirección musical. La representación la dirigía ella misma. Al final del primer curso los alumnos representaron una parte del Freischütz en la vieja casa de la ópera del margrave. En la cual debuté como director. Hubo un gracioso acontecimiento en ese día que más tarde recordamos a menudo, fue un discurso no mantenido. En una cena después de la representación, mi madre le pidió a Humperdinck que pronunciara algunas palabras. Enseguida se levantó, miró a su alrededor sonriente, se frotó las manos, aclaró su voz y se volvió a sentar, sin haber dicho ni una palabra. Reinhard Kekulé, un famoso arqueólogo, gritó: «Este es el mejor discurso que jamás he oído.».

    Cuando en el año 1896 se volvió a representar El Anillo, después de 20 años, participaron dos jóvenes alumnos de la escuela de Bayreuth: Burgstaller y Breuer de Siegfried y Mime. En los estudios de preparación se ponía el punto de mira en primer lugar en la representación con sentido y la clara pronunciación. De lo último se hizo mucha burla; el «esputo consonántico» de Bayreuth se convirtió en palabra burlona muy utilizada. Tampoco esta crítica no le quitó el convencimiento a mi madre, que en las escenas dramáticas lo más importante era la claridad. En momentos sólo líricos por lo contrario dejaba que se tomaran las consonantes suavemente y se escondieran detrás de las vocales.

    En las clases de representación lo más difícil para los jóvenes artistas y también para los que ya se habían acostumbrado a lo contrario, era hacer el gesto antes de prounciar el hecho. Esto es lo espontáneo, la inmediata expresión de la voluntad, el hecho debe pasar primero por el camino del entendimiento. Sólo el sonido inarticulado es espontáneo, como el ademán. Era habitual, que los cantantes no se fijaran en las notas de mi padre junto al acompañamiento musical inmediatamente anterior (dependiendo de lo que había que expresar, un fuerte acento o una tierna expresión) y sólo hacían el ademán después de haberlo expresado. A menudo se puede observar en estos juegos previos una anhelante mirada al director, por si éste realmente dará la entrada con claridad. De que mi padre quisiera tener el ademán antes, se puede comprobar en múltiples sitios; esta intención es especialmente fuerte en la escena de Klingsor.

    En las pruebas de representación siempre estaba presente y hacía toda la mímica de la pareja que fuera necesaria; así tuve la mejor oportunidad de hacer mis estudios de dirección. En el mismo año dirigí por primera vez en los Festivales, al lado de Richter y Mottl, en un ciclo de El Anillo. ¡No fue cosa fácil! Al adelantarme al púlpito en los místicos bajos, debajo de mí la gigantesca orquestra, ante mí la oscuridad de las profundidades del oro del Rhin, me sentí medio mareado. Gracias a Dios me sabía la partitura prácticamente de memoria, así que mi vista momentáneamente obcecada no dependía de las notas. Pronto me abandonó la excitación, notaba una mano protectora sobre mí, que me protegía en estas horas cruciales.

Tuve un fiel protector en nuestro maestro de orquestra Hans Richter. Conocido por nosotros desde la más tierna infancia y muy querido compañero de juegos, mantuvo con los niños de Wahnfried hasta el final una clara e íntima amistad. Cuando se anunciaba su venida, brillaban diez ojos de alegría. En la técnica de dirección le debo muchos buenos consejos. Al verme dirigir por primera vez en Londres, me dijo:»Me alegra que tengas la partitura en la cabeza y no la cabeza en la partitura.» A continuación expongo algunas frases suyas caracterizadoras. Al probar una vez una composición hipermoderna, dijo: «Ahora tenemos que tener cuidado de tocar las correctas notas falsas.»

    Más que nada le importaba la orquesta, a los cantantes sólo los soportaba si eran musicales. Si llegaba uno de los más amusicales, decía desde su púlpito: «Al levantarse el telón, se desvanece mi ilusión.» Le tenía más cariño a su actividad concertista de Londres que a la de dirección de ópera en Viena. Para conseguir largos períodos de vacaciones para irse a Inglaterra, dirigía todo lo posible sin pausa en Viena, para que luego su colega Fuchs hiciera lo mismo. Le ocurría que dirigía óperas que no conocía para nada. En una representación de La Traviata, ocurrió un gran fallo del coro. El director artístico se dirigió enfadado a Richter: «¡Pero Sr. director de orquestra, algo así no puede ocurrir en la ópera de palacio!» - Richter contestó muy tranquilo: «¿No he dicho siempre? ¡que el coro debe ser abolido!» Siempre avisaba al comienzo del Tristán a los violoncelistas: «¡Sres. olvídense de que están casados!»

    En Bayreuth se enfadó una vez mucho de una cantante amusical. Cuando para disculparla le dije que era una gran actriz, me contestó: «¿Para qué? ¡Yo abucheo la actuación!» Su opinión de mi partitura delBärenhäuter fue: «Sabes que al ver una nueva partitura, lo primer que miro es la voz del fagot. Si siempre va junta con la del violoncello, entonces ya no vale nada. La tuya es buena.» La instrumentación de Brahms le era insoportable: «En su música no brilla nunca el sol.» Mi madre le pidió múltiples veces de dirigir el Parsifal; no quiso aceptar, pero contestó: «Dos cosas me guardo para el final: la National Gallery en Londres y elParsifal.» Acerca de los escritos teóricos de mi padre, decía: «¡Es magnífico lo que está escrito, pero hubiera preferido otra partitura.!» De todas las obras de mi padre a la que más cariño le tenía era a Los Maestros, por esto la dirigía con predilección. Era comprensible porque estaba como predestinado.

    En los asuntos pecuniarios tenía una discreción y elegancia conmovedoras. Nunca en la vida hubiera aceptado que le costearan los gastos de estancia en Bayreuth. «Sería bonito», dijo, «al maestro le debo todo, y para ello debo cobrar.» Cuando hubo ganado bastante para comer él y su familia, gracias al trabajo en Londres (de su miserable sueldo Vienés no hubiera sido posible), se retiró a Bayreuth, poco amigo de todo lo externo, para acabar sus días aquí. Una última gran alegría brilló sobre su rostro, al enterarse poco antes de su muerte, que en breve se esperaba un nieto del maestro. El nacimiento de mi hijo mayor Wieland-Gottfried desgraciadamente ya no lo vivió.

    Con Hans Richter ha desaparecido un tipo de músicos alemanes, que parecen estar casi extinguidos: el director de orquesta nacido de la orquesta. No era un director como Bülow. Siempre fue un músico. Grandioso era su enérgico y plástico arte de dirigir; sumado a sus ojos azul brillantes y su tupida barba rubia-dorada que le sentaba tan bien.

    Ahora quiero relatar brevemente de los siguientes años en los Festivales. El año 1897 volvió a traer El Anillo, junto con Parsifal, 1899 se añadió Los Maestros nuevamente después de una larga pausa. En 1901 y 1902 se pudo osar atrevidamente a la obra de juventud, El Holandés y además de una manera que nunca se había llevado a cabo: sin interrupión La intención de mi padre de representarla así, se expresa claramente en las conclusiones e introducciones de los tres actos. Debido a la dificultad técnica, él mismo renunció; los medios escenográficos eran en tiempos de la composición de la obra tan modestos, que pensó tener que renunciar al cumplimiento de sus deseos. Ahora ya no había rumores en contra como anteriormente con el Tannhäuser. Mi madre me dejaba cada vez más cosas en mis manos.

    En 1896 me lancé de lleno a las pruebas de iluminación y decoración, así pude demostrar a partir de 1901 si tenía talento para la dirección. En 1904 dejó en mis manos la escenificación del Tannhäuser. Ella misma trabajaba principalmente con los solistas. El exceso de trabajo que se adjudicaba junto con muchas excitaciones anímicas, le trajeron después de la última maravillosa representación del Tristán en 1906 un fuerte quebranto de su salud. Según prescripción de sus médicos Ernst Schweninger, conocido cuidador de Bismarck, y de nuestro acreditado Heinrich Landgraf, que aún perteneciendo a corrientes principalmente opuestas, ayudaron juntos comprensiblemente, para conservarnos a la paciente el mayor tiempo posible, fue de abandonar toda actividad en la colina de los Festivales. Llena de confianza, esta gran mujer sin parangón, dejó en mis manos su cargo. También en este momento, como antes en el púlpito de dirección de los Festivales, noté claramente la acción de un poder superior, y me di cuenta, qué bendición del cielo es haber nacido con un claro destino. «Siegfried» fui llamado por mis padres. Aunque no haya roto ningún yunque, no haya matado ningún dragón, ni haya atravesado mares de fuego. Y aún así espero no ser del todo indigno de este nombre, ya que el miedo no es al menos mi mal.

    Así me puse resuelto y satisfecho manos a la obra. Para la mayoría de los artistas ya no era un desconocido. Con especial sentimiento de agradecimiento recuerdo a los que me salieron al encuentro con cariñosa confianza en 1908 cuando llevé a escena además de Parsifal y El Anillo, también el Lohengrin, no sólo entre los directores y solistas, sino también de los de la orquesta, de nuestro coro y del personal técnico.

    Nuestro público estable bayreuthiano también demostró claramente que estaban de acuerdo con la decisión de mi madre, de ponerme como sucesor. Aunque echaban en falta muy mucho todos los secuaces la mirada de su gran figura, cuando en los intermedios charlaba animadamente con sus amigos, encontrando para cada uno una buena y cariñosa palabra. Su estado de salud no le permitía ninguna excitación. Así que prefirió abandonar su actividad completamente a quedarse sólo como oyente. Para eso era de naturaleza demasiado activa. Hubiera vuelto a tomar las riendas involuntariamente; entonces hubiera tenido que aguantar el dolor, de que su cuerpo ya no lo podía soportar. ¡Nunca hacía algo a medias! O lo hacía o no lo hacía para nada.

    En 1909 se repitieron los Festivales con las mismas obras. En 1911 y 1912 llevamos a escena Los Maestros en lugar del Lohengrin, ¡última actuación de Hans Richter! en 1914 además de El Anillo y Parsifal se volvió a representar  El Holandés. Un repentino final se estaba acercando con la inminente guerra mundial. De las veinte representaciones programadas pudieron llevarse a cabo solamente ocho y con dificultad. Ya durante las representaciones de El Anillo, se oían inquietantes comentarios hasta en la colina de los Festivales, donde siempre, como en la isla de los dichosos, se había evitado de hablar de política. Después de la representación del Sigfrido, se marchó todo el público húngaro, pronto les siguieron los austríacos. Las filas entre el público empezaban a esclarecerse, o eran ocupadas por los lugareños en lugar de los bayreuthianos extranjeros, los cuales les habían comprado las entradas. Todavía no creyendo en la guerra, intentamos seguir con las representaciones, hasta que realmente la explosión de la guerra trajo el fin.

    La despedida de todos los amigos fue conmovedora. Esto fue en el 1914, y ahora estamos en 1922, y todavía no se han podido volver a abrir las puertas de los Festivales. Fervientes amigos se esfuerzan, de poner a disposición medios, para que en 1924 podamos volver a empezar, según nuestro deseo. ¡Entonces brillará nuevamente el Grial! Su prosperidad hará bién a nuestra pobre patria.

    A muchos fieles amigos, de nuestra causa, no los volveremos a ver en la colina de los Festivales, caras queridas, sin las cuales uno no se puede imaginar los Festivales: el conde y la condesa Wolkenstein, Glasenapp, Hans Richter, Klindworth, Mottl, Mrs. Schirmer, la esposa del editor americano, Mary Balling, Cheramy, Lascaux, Dowdeswell, Höfler, Marie Gross, Küchler, Kekulé, Humperdinck, Mathilde von Wolzogen y muchos otros, que nos han sido arrancados por la muerte. Pero siguen viviendo, gracias a Dios, muchos de la vieja guardia, como se denominan ellos mismos, y otros nuevos se sumarán. Que no cambie la fisionomía del público de Bayreuth, debe ser nuestra principal preocupación. Por eso a través de donaciones de mecenas debemos estar en situación, de no obligarnos a poner precios de entradas, que mantengan alejados a los elementos intelectuales.

    ¿A qué visitante no le chocó la especial composición de nuestro público? Una más bella abolición de las diferencias de clase no se puede imaginar, como se llevó felizmente a cabo aquí por el genio bajo la proscripción del corazón y del alma. La monarquía, que volvían fielmente casi cada año, se sentía feliz, libres de la etiqueta ahogadora, poder ser personas que hablando con otras personas. Se encontraba la élite de las monarquías (los más numerosos eran los representantes de Hungría).

    De las ciencias eran en primer lugar médicos los que más había, como tuve la oportunidad de constatar en todos mis viajes como artista, que casi siempre los médicos, demuestran más que nadie la necesidad de elevación artística, con predilección hacia la música. No hay ninguno de nuestros famosos médicos que no haya estado en Bayreuth. Esta necesidad de música es de índole natural. En ninguna otra profesión se ve un confrontado diariamente con cosas tan duras, tristes y repugnantes. Sufrimiento y más sufrimiento. No caería la psique de una persona así en un pesimismo total, si no encontrara medio para contrarrestarlo; este es el arte más liberador de todos: ¡la música! Parecido, aunque de una manera más débil se ha desarrollado esta necesidad en los juristas, que entran en contacto involuntario con el instinto malvado de las personas; ellos también buscan en el arte una liberación de las repugnantes sensaciones que conlleva su profesión. ¡Así podemos darles la bienvenida a muchos de ellos como fieles bayreuthianos!

    En los tempranos Festivales, los profesores universitarios eran todavía urracas blancas. Uno de ellos valía por diez: el único de la universidad berlinesa que había reconocido la grandeza de mi padre, y que peregrinaba cada año con los suyos a Bayreuth, era Helmholtz. (El único que se atrevía a dar conferencias de mi padre en las universidades en los años 80, era según mi conocimiento, Henry Thode.) A los antedichos se unían industriales, economistas y artistas de todos las artes. Que los dignos sin recursos obtuvieran entrada y desplazamiento gratis, se encargaba antes la institución de becas administrada con tan ferviente empeño por Friedrich von Schoen. La misma ideal finalidad era perseguida por la Asociación Richard Wagner de las mujeres alemanas; con la propia energía y empeño infatigable del sexo femenino, se han conseguido bellos resultados. Las asociaciones wagnerianas, cuya actividad principal antes era difundir los recogidos escritos de mi padre, se han inclinado actualmente cada vez más a las mismas aspiraciones que la asociación de mujeres.

    Así podemos esperar, a pesar de las condiciones mucho más difíciles, que en el futuro también los sin recursos puedan tener sus derechos. Para este propósito, los años anteriores a la guerra, dejé libre acceso a las pruebas generales.

    El pequeño marco de estos recuerdos desgraciadamente no me permiten mencionar a todos los hombres y mujeres ganados a nuestra causa. A un generoso protector no quiero dejar de mencionar: el Zaar Ferdinand de Bulgaria. Incluso durante la guerra y después, no perdió ocasión de manifestarnos su simpatía a nosotros y a la ciudad de Bayreuth. Incluso a las empresas de conciertos bajo el nombre de «Asociación de los amigos de la música» bajo la dirección del maestro de capilla Kittel, las apoya con donativos y las honra con sus visitas. Una representación de mi Sonnenflammen en Coburg fue posible gracias a su rica dedicación de medios económicos para unos decorados bonitos. En Bayreuth es un personaje conocido, y a pesar del republicanismo el pueblo le aclama con júbilo en sus llegadas y despedidas tanto ahora como antes.

    Como él apoya el arte aquí y en Coburg de cualquier manera, también lo hacen muchos de nuestros soberanos, sin preocuparse de que hayan sido arrinconados. Seguramente la mayoría del pequeño Hoftheater se hubieran ido a pique, sin no hubieran recibido soporte financiero de los fundadores. ¡Cuán orgullosas estaban las residencias de su Hoftheater! Y con razón, ya que allí se podía trabajar tranquilamente, sin pensar en los resultados financieros, por eso sin prisas y preparación demasiada escasa, sin recargar a los artistas. ¡Qué significado tan elevado para la cultura alemana, tienen estas ciudades! ¡Quién no recuerda agradecido de corazón las impresiones que recibió a través de la eficiencia del duque Georg von Meiningen! El nombre de Karlsruhe era conocido en el mundo entero. Como también Schwerin, Dessau, Weimar, Gera y Darmstadt.

    Expreso mi especial agradecimiento a los soberanos que actuaron tan desinteresadamente por el arte alemán. El mencionar aquí todas las importantes dedicaciones de nuestros artistas, sería muy tentador, pero me llevaría demasiado lejos, ya que a todos no los podría mencionar, y daría pie a los no mencionados a mortificaciones. El que no los ha oído, no puede llegar a imaginárselo con una explicación, y el que los ha escuchado, no necesita explicación.

    El tiempo de guerra, que trajo a mi país sólo desventura, llevó a mi vida a un giro importante: encontré la largamente anhelada felicidad, una esposa y a través de ella cuatro queridos y risueños niños, dos niños y dos niñas. Winifred Williams, una inglesa, huérfana de corta edad, fue adoptada por Karl Klindworth, debido al parentesco de su esposa con ella, y fue educada totalmente alemana y en el espíritu bayreuthiano por este noble y gran artista. En 1914 vino a los Festivales. En broma me denominaba logrero de guerra, ya que la guerra me había traído una ganancia, un millar de veces más valiosa que qualquier tesoro, que muchos otros en estos tiempos arrebañaron: un corazón querido.

    Con un informe de mi propio trabajo no quiero aburrir al lector. El que esté interesado, le remito a los escritos de Paul Pretzsch, Glasenapp. Los argumentos de mis poesías los saqué casi siempre de las sagas populares alemanas; allí se encuentran todavía muchos tesoros escondidos. La búsqueda, el vislumbramiento y el encadenamiento no es tan sencillo. Nuestros insólitos investigadores, sobre todo Jakob Grimm, han conseguido una gran ganancia para lo alemán, coleccionando todas estas antiguas historias hechas añicos, desmigajadas y a menudo transformadas hasta lo irreconocible, de las sagas de los dioses y de los héroes. Es una feliz tendencia de nuestro tiempo, que se despierte cada vez más la necesidad, de acercarse al alma del pueblo, el único medio real en contra de la contaminación de la gran ciudad, que amenaza contagiar hasta a nuestra población del campo. Que no soy un holgazán, dan fe la realidad de que estoy acabando mi 13ª ópera y que he esbozado otros borradores poéticos. Si tuviera que ir al infierno por cualquier otro pecado, le pediría al menos el favor al diablo, que no me pusiera en la sección de los holgazanes ni en la de los mentirosos.

    Hay personas que les gustaría hacer una figura trágica de mí. Me miran con una sonrisa compadeciente, y lo que piensan, podría ser lo siguiente: «¡Pobrecito, cómo te debe oprimir el peso de la gloria de tu grandioso padre! Cómo te compadecemos. ¡Y además tienes la osadía de componer óperas y eres tan ingenuo de pensar que van a prevalecer! ¡Pobre hombre que despierta compasión!» Yo contesto: «¿Tengo el aspecto de tan oprimido y chafado, querido lector? Me sabría muy mal dar esa impresión, ya que me encuentro muy bien y sano. De todas maneras debo admitir, que las cosas no me han sido del todo fáciles.»

    Se necesita paciencia, para apartar por lo menos una pequeña parte de los prejuicios, que existen hacia el hijo de un gran hombre. No sé como es en otros países; en Alemania prevalece un dogma, que un hijo así debe ser al menos medio burro, sino un idiota completo. Si aparece uno que no concuerda con este dogma, reina la confusión. Gracias a Dios me he ganado a lo largo de los años, el reconocimiento y la confianza, a los que les importa un artista serio, que no rinde homenaje a la moda del día, sino que sigue fielmente a una voz interior. Ser fiel a sí mismo: en eso estriba todo, y ese era todo mi empeño, hacer lo mismo que hombres como Hans von Wolzogen, que prefieren sufrir y dejarse insultar, a renunciar a su convicción.

    Así les digo en voz alta a los que me miran con sonrisa compadeciente para que se tranquilicen: «No me siento para nada como figura trágica, me alegro cada día, de tener la suerte, de tener un padre así, y estoy orgulloso de mi madre y de mi abuelo. Me alegro de mis hermanas, que sólo me traen amor y bien; soy feliz con mi bella, vivaz e inteligente esposa, soy feliz con los cuatro niñitos, soy feliz de tener como patria chica una tan bonita y agradable ciudad como Bayreuth, cuyos habitantes me han demostrado en todas las ocasiones su sincera simpatía, estoy orgulloso de la confianza que me otorgan el público de los Festivales y nuestros artistas. Y ME ALEGRO, por último y no por fin, de que no soy del todo inactivo y que he recibido de mis padres una buena cantidad de buen humor. Querido lector, ¿piensa que alguien con tantas cosas sobre las que alegrarse, sea una figura trágica y merecedora de lástima? ¡Yo creo que no!».

FIN

 

Notas: 
1    Siegfried Wagner (1869-1930) escribió este diario en 1923, cuando contaba 54 años. 
2    Se trata de una expresión típica alemana, intraducible literalmente, pero se refiere a la pesadez de los cielos grises. 
3    Así como Fidi era el nombre familiar de Síegfried, había también el de Evchen para Eva; Loldi para Isolda; Lusch para Daniela y Boni para Blandine. 
4    Joseph Rubinstein era de raza judía. 
5    “¡Oh, Eva, dile que le amo!”. 
6    Para más información ver el libro: R. Wagner y el teatro clásico español, de Jordi Mota y María Infiesta. 
7    Siegfried Wagner fue también un gran director de orquesta. 
8    Trad.: “Yo quiero besar tus negros ojos”. 
9    “Para decirle la verdad, ha sido una porquería, una cochinada”. 
10    Cósima Wagner cita en sus Diarios (7-3-1870) que Porges, gran seguidor de Wagner, era judío. 
11    Antiguo proyecto de Wagner y Luis II, antes de forjarse Bayreuth. Recordemos de paso que Levi estrenó "Parsifal".