Sería bueno pensar que la música, que en el fondo es armonía, y que predica tanta paz, felicidad y amor, también pudiera llevar armonía a las personas; desgraciadamente encontramos entre los músicos justamente las más grandes contrariedades. En ningún otro campo del arte, existe tanta envidia, celos, y discordias, como precisamente entre los que representan la música. Esta noche hemos escuchado piezas de Beethoven y Mozart, de Beethoven cuya música respira la más pura paz, de Mozart que nos conmueve a través de su felicidad.

 

¿Por qué no nos contagian estas obras, que desprenden el alma del amor, también a nosotros en armonía? En Roma, he tenido mucho que hacer entre pintores y escultores, pero en ninguno de esos campos me ha parecido que existiese tan poca unidad, como entre los músicos. Quizás sea el efecto de excitación de nervios que crea la música, la cual llega desde la diversidad de opiniones, hasta las ganas de lucha más ardientes. Con opiniones más benevolentes también se lograría bajo los músicos una bonita unidad. Hay que cuidar toda individualidad en el arte, si el referente es leal al arte, cuando sólo tenemos o tratamos con artistas reales y serios. Aún si el mundo creativo de un artista es muy contrario y extraño a nosotros, debemos intentar acercarnos a su anhelo y actuaciones, debemos tener cuidado y deseo de que todo vaya a buen puerto. Como ejemplo, les quiero poner dos personajes: mi abuelo Franz Liszt y Spohr, que aparecen como maestros resplandecientes de tipos sentimentales.



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