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Mi labor al frente de los Festivales

En exclusiva para Monsalvat
Mi labor al frente de los Festivales
Por Winifred Wagner

Al morir Siegfried Wagner el 4 de agosto de 1930, en plena época de los Festivales, había ya conseguido, en el breve tiempo transcurrido desde la reanudación de los Festivales en el año 1924, tras la pausa de diez años que representó la primera guerra mundial, llevar al mismo al nivel artístico deseado y renovar su prestigio internacional. Incluso sus bases económicas quedaron aseguradas aun sin subvención estatal alguna. El problema consistía en la continuidad. Pero también de esto se había ocupado el cuidado previsor de Siegfried Wagner, que designó, en su testamento a su esposa como su sucesora.

El asumir esta tarea representó para mí una pesada carga y una enorme responsabilidad. Pero si mi esposo me había considerado capaz de llevarla adelante, yo debía y quería demostrar que sus últimas disposiciones no significaban una elección equivocada. 

 

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A lo largo de los años él me había ido iniciando a conciencia en cada uno de los aspectos del Festival y en los aspectos organizativos y prácticos no creía yo encontrar grandes dificultades en ocupar el lugar de mi marido, pero nunca había tenido ocasión de medir mis propias fuerzas en las cuestiones artísticas y muy concretamente en las tareas de la dirección de escena. Por ello debía llamar en mi ayuda a colaboradores expertos en ese terreno y el destino propició en este sentido una elección afortunada por mi parte. Decisiva a este respecto fue la recomendación que me hizo el Generalintendant de Berlín, Heinz Tietjen, uno de los mejores músicos y directores de escena que han existido, de Emil Preetorius como escenografo y de Wilhelm Furtwängler, el gran director de orquesta. Y así, en completa armonía con esta tríada estelar me fue posible continuar los Festivales con toda dignidad. La elección de los artistas invitados y toda otra elección de importancia artística, como por ejemplo la elección de los títulos a reperesentar y de las nuevas escenificaciones, eran tomadas de acuerdo conmigo. En todos los demás departamentos de la sociedad pude conservar a la gran mayoría de sus experimentados componentes y por lo que respecta a las nuevas designaciones tuve también motivos para sentirme afortunada en la designación de las personas adecuadas.

El Festival del año 1930, que Siegfried Wagner había preparado incansablemente hasta el fin de los ensayos, ya no pudo serle por desgracia conocido en sus resultados. En efecto, durante el ensayo general de "El Ocaso de los Dioses" sufrió un ataque al corazón, del que habría de acabar falleciendo el día 4 de agosto. Gracias a la entrega de todos nuestros colaboradores y a sus esfuerzos, la concepción artística de Siegfried Wagner se mantuvo firme y fue llevada con éxito hasta el final. Esta producción volvió a repetirse en 1931 con idéntico reparto. La nueva producción que se dio de "Tannhäuser" a él debida en estos años, marcó sin duda el punto más alto pero también desgraciadamente el último de su inmenso arte escénico.

En el otoño de 1930 inicié las negociaciones con Tietjen. El asistió como simple espectador a los Festivales de 1931 y me comunicó su opinión de que el año 1932 podría ser la pausa necesaria para preparar adecuadamente los Festivales de 1933 y 1934. Salvo el "Tannhäuser", Tietjen montó ininterrumpidamente hasta el año 1944 todas las obras de Richard Wagner en el escenario de Bayreuth en nuevas producciones y con los mejores repartos. Las catastróficas consecuencias de la segunda guerra mundial significaron el fin de toda esta época en los Festivales de Bayreuth. Como sea que los años del nacionalsocialismo en Alemania abarcan precisamente la época en que llevé la dirección de los Festivales de Bayreuth, estimo imprescindible referirme a las relaciones de Hitler con "Bayreuth".

Se me ha formulado el reproche de que yo utilicé los Festivales con fines de propaganda política, y se ha dicho así mismo que con sus visitas a los Festivales, Hitler no se proponía otra cosa que fomentar la propaganda del nacionalsocialismo y de sus objetivos. Estas opiniones tuvieron como resultado mi acusación ante los tribunales de "beneficiaria del régimen" y la prohibición por parte de las autoridades de toda ulterior colaboración con los Festivales por "políticamente indeseable".

La realidad sin embargo, fue la siguiente: Es de todos conocido el hecho de que Hitler se familiarizó en su juventud con la obra de Wagner a través de las representaciones dadas en la Opera de Linz y de que se desarrolló en él un apasionado amor por aquella música, amor que no hizo sino incrementarse en sus años de Viena, en la que raramente se perdía una representación wagneriana en la Staatsoper. Ese entusiasmo fue el que atrajo a Hitler a nuestra Casa por primera vez en el otoño de 1923 y el que constituyó la raíz de nuestra amistad de tantos años. En 1925, Edwin Bechstein y su esposa le invitaron a los Festivales. Su presencia excitó los ánimos en aquella ocasión, y al despedirse, Hitler me prometió que sólo volvería a los Festivales cuando su presencia fuese útil y no perjudicial. Fue fiel a esa decisión, y desde el año 1933 se convirtió en visitante regular de los Festivales, pagando él mismo sus localidades y las de sus acompañantes. Había prohibido los aplausos a él dirigidos en el interior del Teatro, y sus instrucciones en este sentido fueron estrictamente seguidas. En una sola ocasión expresó Hitler su deseo de que se contratara a un intérprete determinado. Con motivo de discutirse una nueva producción del "Parsifal", propuso como escenógrafo al renombrado artista Alfred Roller de la Opera de Viena. Por desgracia Roller se hallaba aquejado ya por aquel entonces de la dolencia que habría de llevarle a la tumba y su trabajo no nos satisfizo, por lo que no tardamos en prescindir de los decorados de Roller y mi hijo Wieland se encargó de los nuevos diseños. Nuestra decisión fue comunicada a Hitler sin ceremonia alguna.

Cuando Goebbels quiso incorporar los Festivales a la organización de Teatros del Reich y yo buscaba la manera de oponerme del modo más diplomático posible, acudí a Hitler, quién no solo comprendió mi punto de vista sino que hizo desistir a Goebbels de su propósito.

Al estallar la segunda guerra mundial, consideré forzoso el cierre del teatro. Pero Hitler opinaba de modo distinto y me argumentó las consecuencias negativas que para los Festivales había tenido la inactividad durante la Primera Guerra Mundial. Me citó a guisa de ejemplo la interrupción de la tradición artística en el caso de los solistas, de la orquesta y del coro; los desperfectos que la inactividad causaría en las instalaciones técnicas del escenario y en el estado general de todo el edificio. Mis objeciones en el sentido de que no podrían encontrarse ni artistas ni público para la celebración del Festival fueron rebatidas por él mediante la orden de que todos los participantes en el Festival de Bayreuth de 1939 -fuese cual fuese el destino que se les hubiera asignado con la movilización- habían de ser licenciados todos los años a partir del 1º de Mayo para permitirles participar en los ensayos y representaciones del Festival. En cuanto al público, escogió al constituido por los heridos, por los soldados y oficiales distinguidos en campaña y procedentes de todas las Armas, y por trabajadores y trabajadoras de las fábricas de municiones, así como personal de la Cruz Roja y demás organizaciones sanitarias, todos los cuales eran invitados al Festival por el mismo Hitler. La elección se efectuaba principalmente entre aquellos que poseían una auténtica predisposición hacia la música y como es lógico la asistencia era voluntaria. De este modo fueron posibles los llamados "Festivales de Guerra", que popular y afectuosamente fueron conocidos como Festivales "A la Fuerza por la Alegría" (KdF). Esta organización, en realidad, únicamente estaba encargada de los transportes, la acomodación y el cuidado de los asistentes.

Por lo demás, ni Tietjen, ni Preetorius, ni Furtwängler eran miembros del partido y pude emplear sin restricción alguna artistas judíos o con familia judía hasta el momento de su emigración.

Pero por lo visto las "sombras pardas" proyectadas por mí pesan aún hoy sobre Bayreuth y por desgracia mi hijo Wolfgang tiene aún hoy que seguir devolviendo la sopa que yo le dí a cucharaditas.

Bayreuth, marzo de 1976. 
Fdo. Winifred Wagner