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El desvío nietzscheano de Wagner

F. Nietzsche. IV de C. P. Janz. Madrid, 1985. Versión española de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. Der Bund, 20/21-XI-1888
El desvío nietzscheano de Wagner
Por Joseph Victor Widmann
Motto.

«Harás bien, gatito, en preferir durante toda tu vida un hombre de perseverancia simple y de una sola pieza, puesto que respetara siempre tus derechos y te hará justicia, por no tener el don de pretender en lugares de otros. Estos contertulios de lengua infinita que con tanta habilidad se ganan a fuerza de versos el favor de las mujeres, saben salirse también siempre por la tangente con gran sutileza».

Rey Enrique V, acto 5, escena 2.

Desde hace un tiempo ya respetable, pero sobre todo en este último año, se viene pecando tanto en Alemania con la pluma, que uno, cuando se decide a recurrir a ella para enfrentarse a un ingenio sutil, no puede menos de experimentar una especie de repulsión ante el pequeño, pero irrenunciable, instrumento, prefiriendo casi blandir una espada de calmuco y cabalgando un hirsuto caballo de las estepas abatir al enemigo en una lucha honradamente brutal.

En el caso especial en el que nos encontramos ahora este deseo se ve casi agudizado por nuestra consciencia de tener que habérnoslas con un héroe de la pluma al que ni de lejos podemos compararnos en agilidad espiritual. Frente a un Friedrich Nietzsche no podemos menos de encontranos sumamente vulnerables y sólo la confianza en la buena causa por la que hemos optado nos da el valor necesario para toma posición contra el panfleto de Friedrich Nietzsche.

Lo que en tono laudatorio había que decir sobre este escrito -que lleva por título: El caso Wagner. Un problema para amantes de la música- lo ha dicho ya, hace pocos días, un colaborador siempre bienvenido de nuestra publicación, Carl Spitteler. En su gustoso e incluso exaltado acuerdo con las originales ideas con las que Nietzsche celebra su desvío de Wagner ha anticipado cuanto por nuestra parte podríamos decir también a favor de las ocurrencias tantas veces brillantes y de los muchos juicios certeros ahí vertidos por Nietzsche. Pero se ha olvidado de analizar con algo más de detenimiento el reverso de la original medalla conmemorativa que con ocasión de su conversión ha acuñado Nietzsche. Vamos a compensar este olvido.

Lo primero que se nos plantea es la pregunta de si realmente un hombre como Nietzsche, que durante largos años ha sido, como él mismo reconoce, uno de los más «corruptos» enfermos de wagnenianismo, hubiera debido celebrar su «curación» y su abandono de una comunidad de este tipo de un modo tan teatralmente llamativo como el escogido: un ataque público de estas características. Porque también en las cosas del espíritu hay y debe haber cierto recato, y según el gusto vigente, en las Asambleas de las asociaciones de abstemios y del ejército de salvación no ctúan, al menos, gentes de esas que no dudan en dinigirse a los demás como oradores con el recurso de decirles, a la vez que hacen un gesto indicativo hacia su nariz enrojecida, y a efectos de aleccionamiento: «Yo fui un bebedor terrible». Si uno no se resguarda en aras de sí mismo, tal vez haya de resguardarse en aras de otros en cuyas almas arraigó un día y en las que tras un viraje tan radical apenas sí continúa ya vivo y operante. ¿Qué podrán, en efecto, pensar de Nietzsche cuantos, en número nada desdeñable, poseen el libro El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, publicado por Nietzsche en 1872, en el que adora al mismo ídolo germano-wagneriano al que hoy, en este reciente folleto, arroja sin contemplaciones al polvo, qué digo, al cubo de los excrementos? Aquel libro venía acompañado de un prólogo, que entonces cabía asumir como cosa seria, dedicado «a Richard Wagner», en el que éste era caractenizado por Nietzsche como su «sublime precursor» en las más altas tareas y deberes del arte. El arte wagneriano era situado en ese contexto en el centro mismo de las esperanzas alemanas como «vértice y punto de viraje»; no dejaba en él de hablarse asimismo de la «sublimidad» de la guerra alemana, etc., en tanto que en este último folleto no sólo se ataca y ridiculiza el arte wagneriano como enfermedad y mueca, sino que también se hace una referencia a la recomposición del Imperio Alemán y de lo germánico con el único objetivo de hacer de ellos materia de chiste y de desprecio. En modo alguno se nos ocurre, por supuesto, afirmar que hace 16 años Nietzsche tenía toda la razón y hoy carece en absoluto de ella. Pero, ¿era preciso que un desvío de este tipo fuera consumado con semejante escándalo? ¿Qué confianza puede depositar el pueblo en un hombre que se precia de ser su principal maestro en cuestiones de estética y dice de sí mismo -¡con cuánta modestia!-: «He dado a los alemanes los libros más profundos que en absoluto poseen», y que a la vez mira el contenido de libros tan profundos con frívolos folletos? Puestas así las cosas resulta incluso de lo más sensato que Alemania espere, en lo tocante al general reconocimiento positivo de los escritos de Nietzsche, hasta que el autor esté muerto y no pueda retractarse de lo que ha dicho. Porque no es, en efecto, agradable jurar sobre la palabra de un maestro que más tarde abjura del propio maestro. No por ello ignoramos, desde luego, que se nos podría objetar que a ningún hombre y, en consecuencia, tampoco a un filósofo, es lícito condenarle a convertir una tontería que cometió en otra época en pauta y criterio de todos sus pensamientos y acciones posteriores, siendo, por el contrario, la capacidad de llegar, ya entrado en años, a otros puntos de vista un síntoma excelente de vida mental no petrificada ni anquilosada. Quien así opta por actuar es, en fin, alguien que siempre está en camino, que aspira más a convertirse en algo que a serlo, exactamente lo que debe proponerse un espíritu superior. Y si este espíritu en devenir llega a nuevos puntos de vista, la rectificación de los errores pasados cuenta incluso entre sus obligaciones centrales.

Aceptemos esta objeción, aunque puntualizando simplemente que un espíritu instalado siempre en una corriente de lava tan escasamente calculable en sus sucesivos movimientos haría bien en recoger con gran cuidado sus frutos espirituales. Pero, en cualquier caso, exigimos que el acto mediante el que el sabio o filósofo se retraiga de errores pasados sea un acto serio. Porque en la raíz está el hecho, vergonzoso en última instancia para nuestra naturaleza humana, «de que así no podemos saber nada». La cosa es, en su esencia, trágica, y por mucho que el filósofo no tenga por qué hacer penitencia pública en la iglesia, con pardo sayal y velas encendidas, sí que debería manifestarse al menos con toda seriedad en el reconocimiento de sus errores pasados.

Pero Nietzsche combina la agilidad simiesca del espíritu con una desvergüenza simiesca de tal calibre, que ha convertido su retractación en una posse grotesca. Es probable que las chanzas adolescentes, del tipo de las que Heine, p. ej., en la p. 36 de este folleto suyo). ¡Ay! ¡Quién pondría en duda que la ciencia genuina (como todo arte digno de ese nombre) viene unida a la alegría del alma! Toda ciencia veraz, con las satisfacciones del descubrimiento que procura, y toda sabiduría plena, participan, en su esencia más profunda, de la noble alegría de un cielo puro, abierto. Pero el desesperado regocijo, propio más bien de un payaso de circo, que arrastra su monstruosidad por los escritos de Nietzsche, nada tiene en común con la gaya scienza. El propio Nietzsche parece, por lo demás, haber tenido un vislumbre de lo improcedente de su regocijo frívolo, dado que en el prefacio de su folleto escribe: «Yo ofrezco entre muchas bromas, una cosa acerca de la que no se debe bromear.»

Tras esta protesta más o menos general contra la forma indigna de la retractación nitzscheana, vamos a permitirnos entrar en algunos pensamientos particulares del folleto.

Ya en la página segunda del prefacio llama la atención la pregunta que el propio Nietzsche se dirige: «¿Qué exige un filosofo en primer y último lugar de sí mismo?», y la respuesta por la que opta: «Superar su época en sí, convertirse en “intemporal”». Hubiéramos preferido como respuesta que el filósofo se exigiera seriamente verdad sobre todo cuanto le incumbe y que antes de proceder a la superación de su «época en sí» superara, haciendo sin duda algo mucho más positivo, la propia subjetividad, tal vez enfermiza.

Por lo menos para Nietzsche esto último hubiera representado la verdadera cura radical. Parece creer que el elemento morboso que percibe dentro de sí le ha sido allegado solo desde fuera, especialmente por parte de Wagner, y de ahí ha pasado a convertirse en materia interior suya. Pero se equivoca. La mayoría de las enfermedades presuponen también una disposición previa, favorable a ellas, en los lugares en los que anidarán. Hasta qué punto lleva Nietzsche dentro de sí esta disposición incluso en el momento mismo en que reacciona contra la infección wagneriana, es cosa que puede probarse del modo más fácil con sólo reparar en lo que dice sobre la temperamental ópera Carmen al comienzo de su folleto. Suscribimos con placer cuanto escribe sobre la sensibilidad sureña, morena, requemada, de esta ópera. Son cosas dichas con belleza y del modo más comprensible. Pero acto seguido, y súbitamente, cae sobre él en bloque la sofocante mística de la escuela wagneriana, ese gusto por la cavilación que convierte lo que sólo es un movimiento de la pasión humana en un problema filosófico profundo, y procede a afirmar que ha encontrado la única concepción del amor digna del filósofo en las palabras finales de Don José, que mata a la infiel prostituta Carmen.

Esto es precisamente lo que a las naturalezas algo más calmadas nos ha hecho sufrir tanto de Richard Wagner, al lado de nuestra profunda devoción por la enérgica creatividad del maestro: esa constante interpretación místico-filosófica paralela de sus obras poemáticas y de su música, tal como la ha cultivado el propio Wagner y sus seguidores han consumado hasta la naúsea. Ahí radica fundamentalmente la enfermedad wagneriana. Su raíz tiene, de todos modos, que buscarse en la inmerecida indiferencia mostrada por el público alemán ante las primeras obras de Wagner. El ambicioso y nervioso maestro se convirtió en escritor para luchar con la pluma por los frutos de su fantasía artística. Esa fue la desgracia. Si se hubiera procurado Wagner a tiempo el puesto de director de la orquesta teatral de un escenario realmente importante en el que poder ir representando, paso a paso, sus obras sucesivas de acuerdo en todo con sus intenciones reales, tal vez se hubiera podido ver brillar una estrella fija allí donde la rara y aventurera estrella fugaz ha tenido que seguir un camino llameante. Aunque a decir verdad, argumentar ahora en orden a condiciones que no se cumplieron contra la realidad que efectivamente ha venido a consumarse, es cosa que no tiene el menor sentido. En cualquier caso, si hemos traído a colación esta idea es simplemente para indicar que no consideramos como un mal la reforma práctica del teatro llevada a cabo por Wagner con sus óperas nuevas y mas o menos valiosas, sino sólo esa hinchada masa de escritos del maestro y de sus discípulos que paralelamente a aquéllas circula de mano en mano.

Distinguiendo así nítidamente entre los efectivos logros artísticos de Wagner y sus escritos de crítica artística, dejamos también parcialmente indicado ya el escaso valor del escrito de Nietische, dado que no mantiene claramente diferenciadas ambas esferas, la de las genuinas creaciones artísticas de Wagner y la de toda esa charlatanería literaria que intenta vincularse a ellas y las funde, por el contrario, en un magma que arroja en una misma cazuela que luego no duda en volcar. Comete aquí Nietzsche también el error de suponer que todo el mundo es wagneriano y está, por lo tanto, enfermo. Pero un par de directores de orquesta chiflados, una docena de jóvenes literatos del tipo que no sin cierta razón caracteriza Nietzsche como afectado de «imbecilidad», un par de miles de féminas insatisfechas: eso no es ni con mucho el mundo entero, ni siquiera toda Alemania. ¡Dios mío! La gente va al teatro y encuentra interesante hoy La Walquiria, mañana El trompeta de Sackingen de Nessler y entremedio también la por Nitzsche (y por nosotros) tan estimada Carmen. Después se meten en la cama, tararean hoy la afirmación de que el amor viene del gitano, mañana «Las tormentas de viento ceden al mes de mayo», si todavía se acuerdan, y otra vez: «Dios te proteja, fue demasiado hermoso». Por lo demás, se ocupan de sus negocios y de sus amigos, y la sociedad wagneriana, a la que Nietzsche quisiera administrar la quinina de su folleto, apenas cuenta, numéricamente hablando, en comparación con la masa, que para nada se interesa por tales sutilezas estéticas.

Tampoco podemos, por otra parte, estar de acuerdo con la jeremiada nitzscheana sobre una decadencia general del presente. Incluso el más «intemporal» de los filósofos debería ser lo suficientemente modesto como para no erigirse en juez de una era histórica a la que él mismo pertenece y respecto de la que ningún contemporáneo puede aspirar a encaramarse en una atalaya lo suficientemente elevada como para percibirla de manera absolutamente objetiva en todas sus dimensiones. Podredumbre y signos de decadencia han portado en sí todos los siglos que nos son conocidos, pero siempre surgieron generaciones nuevas que fueron capaces de entregarse a las tareas vitales con fuerza renovada. El siglo XVIII, con sus clases superiores económicamente depauperadas y el terror de la guillotina, puede ser considerado asimismo como una época de decadencia, al igual que el XVII, con la terrible Guerra de los 30 Años y sus consecuencias, o el XVI, con las tormentas de la Reforma y los sufrimientos desencadenados por la revuelta de los campesinos. Cada época tiene su fiebre, y cómo éstas vienen a ser superadas es cosa que sólo a las generaciones posteriores les es dado juzgar. En todo caso, en el presente se ofrecen a nuestra vista ciertos fenómenos que a un filósofo dispuesto a no descifrar en el mismo otra cosa que enfermedad, deberían llevar a emitir juicios condenatorios de este tipo con mayor precaución y reserva. Tengamos simplemente en cuenta el fenómeno de la mejora de las condiciones de salud de la humanidad moderna y, de forma muy especial, el incalculable valor que en orden a este aspecto de la vida de la humanidad europea va correspondiéndole, de modo creciente, a un mal tan lamentado desde otros puntos de vista: la constante preparación para la guerra de todas las naciones. No tendría, en efecto, que ser explicado precisamente a un alemán lo que para el pueblo alemán significa la disciplina vital del ejército de cara al fortalecimiento físico de la nación. Nietzsche se burla de las dos características centrales del germano: «obediencia y piernas largas». El adiestramiento cuartelario y la mentalidad de los oficiales tampoco representan para nosotros, desde luego, un ideal absoluto de formación del carácter; pero no somos tan injustos como para no reconocer, junto con algunos de los males del militarismo, las grandes ventajas que pueden derivarse, incluso ya sólo al nivel del fortalecimiento físico de las nuevas generaciones, de una instrucción tan vigorosa de la juventud masculina de todo un país. Como es bien sabido, en Suiza hemos convertido, como, por lo demás, en la mayor parte de los países de Europa, el tipo prusiano de soldado, que para nada contradice tampoco el espíritu del viejo soldado suizo, en modelo, dentro de lo posible, de nuestro ejército popular, e incluso independientemente de los objetivos militares, es evidente que nos va tan bien de cara a la formación física y espiritual de nuestro pueblo, que no podemos menos de cifrar en nuestro militarismo uno de los factores culturales más importantes para nuestro país. Como no podemos menos de reconocer también que la hipotética abolición de la institución militar a efectos de una repentina paz perpetua tendría consecuencias muy negativas para la educación de nuestra juventud.

Con su irremediable pesimismo Nietzsche se nos aparece como un paciente al que por estar enfermo del estómago le resulta imposible comprender que otro hombre se sienta, ya al ir por la noche a acostarse, ilusionado ante la perspectiva del desayuno del día siguiente, de los cigarros que se fumará y tal vez incluso de la comida del mediodía. Con ello guarda, sin embargo, relación su absoluta incapacidad para valorar la sana fuerza natural del mayor maestro viviente, Johannes Brahms. Que precisamente Brahms es «de la raza potente de un Handel», es cosa que ni siquiera barrunta. Le interpreta tan falsamente, que no duda en atribuirle «la melancolía de la impotencia». Y siendo, como es, un compositor que crea sin urgencia febril, aunque sí desde una plenitud sana y rebosante, le achaca padecer de sed de plenitud». Lo genuino de Brahms es, en su opinión, la nostalgia, razón por la que se ha convertido en el músico «de los nostálgicos, de los descontentos de toda clase», incluso en «el músico de una especie de mujeres insatisfechas». La verdad es que nunca tuvimos la ocasión de encontrarnos ante un retrato espiritual tan ridículamente dibujado como éste. Brahms, que desborda de fuerza tanto física como psíquica, que es, en la raíz de su personalidad y de su singularidad creadora, el hombre más viril que imaginarse pueda, y que precisamente por eso causa una impresión tan infinitamente conmovedora (de la que ni siquiera el propio Nietzsche logra zafarse) en los pasajes delicados de sus composiciones, pasajes cuya delicadeza ha crecido sobre el suelo de la fuerza, incluso de una virilidad que en ocasiones puede resultar hasta áspera, este Brahms, ¡¿tiene que ser, como Wagner o Liszt, el músico de los insatisfechos y, sobre todo, de las mujeres insatisfechas?! Con nada como con esta afirmación extemporánea se ha puesto en ridículo Nietzsche de un modo tan imperecedero; imperecedero, sí, porque estos juicios tan errados sobre contemporáneos -y sobre Mozart y Beethoven se hicieron multitud de ellos- acostumbran a ser citados, en el siglo siguiente, como prueba de la estrechez y limitación de sus contemporáneos que a menudo tiene que superar un maestro inmortal. Tendemos, de todos modos, a pensar, para descargarle un tanto, que Nietzsche, que habita sobre todo en tierras del Sur, aún no ha tenido cumplida ocasión de oír alguna de las sinfonías de Brahms. Pero como conoce la notación musical, es de suponer que podría entender una partirura o un arreglo para piano. Si no nos equivocamos, dedicó su Himno a la vida al mismo maestro al que en su folleto se atreve a tratar ahora despreciativamente con un: «¿Qué importa aún Brahms?» De todos modos, lo que ahí viene otra vez a expresarse no es más que la manía de grandezas que ha hecho posible la frase que citábamos arriba -«He dado a los alemanes los libros más profundos que en absoluto poseen»- y que le lleva también a referirse, como no podemos menos de suponer, a sí mismo en los siguientes términos: «Sólo conozco un músico que esté hoy en condiciones de componer una obertura de una sola pieza, y nadie le conoce» (con excepción del espejo ante el que Nietzsche se arregla cada mañana)...

¡No! Ni siquiera con la mejor voluntad pueden aceptarse estas cosas; no podemos seguir ocupándonos de este panfleto nietzscheano, que reluce con todos los colores del camaleón excitado; nos repugna. «Gruesas palabras ha hecho llegar Schiller a los oídos de los alemanes», dice Nietzsche. Pero ¿quién ha hecho llegar palabras más huecas «a los oídos» de éstos que el propio Nietzsche en pasos tan declamatorios de su libro El nacimiento de la tragedia, etc. como el siguiente, dedicado a comentar Tristán e Isolda de Wagner: «A esos músicos genuinos es a quienes yo dirijo la pregunta de si pueden imaginarse un hombre que sea capaz de escuchar el tercer acto de Tristán e Isolda sin ninguna ayuda de palabra e imagen, puramente como un enorme movimiento sinfónico, y que no expire, desplegando espasmódicamente todas las alas del alma. Un hombre que, por así decirlo, haya aplicado, como aquí ocurre, el oído al ventrículo cardíaco de la voluntad universal, que siente cómo el furioso deseo de existir se funde a partir de aquí, en todas las venas del mundo, cual una corriente estruendosa o cual un delicadísimo arroyo pulverizado, ¿no quedará acaso destrozado bruscamente?». Irritado por lo pomposo de estas frases, nuestro difunto amigo, el noble compositor Hermann Götz, borró de un trazo, hace ya muchos años, algunas de sus letras finales en nuestro ejemplar. A esta pompa monstruosa corresponde, sin embargo, por entero la fea exageración con la que Nietzsche se separa ahora de Wagner. El, el «intemporal», es fiel, en realidad, con todo esto, a una costumbre alemana bastante común, consistente en no descansar, cuando un artista alemán ha hecho una vez algo importante, como fundar, por ejemplo, un teatro nacional, hasta desvelar y exponer a los ojos de todo el mundo, y con la mayor implacabilidad, todas las flaquezas del maestro, en lugar de limitarse a lo bueno, a lo positivo de esas realizaciones. Esas son las cumplidas hazañas de los teóricos alemanes de la estética, a lo que en este caso se une el fanatismo del renegado.

Nietzsche, a quien en otro tiempo nos creíamos obligados a escuchar y admirar, está hoy muerto para nosotros. Para otros parece haberlo estado hace ya mucho tiempo. Por lo menos, en un tratado (sobre Eugen Dühring) del Dr. H. Druskowitz, recientemente aparecido, leemos la siguiente caracterización de Nietzsche, con la que queremos despedirnos aquí de él: «Nos tememos que bajo la categoría de los fisiológicamente malogrados tenga que ser incluido sobre todo el propio Nietzsche. Porque le falta cada vez más el sentido para las sensaciones humanas sencillas y para el pensamiento natural, porque se abandona a paradojas cada vez más inconsistentes y peligrosas y se complace en una unción repulsiva, al tiempo que la manía de grandezas y el esoterismo alcanzan en él dimensiones cada vez más preocupantes. Recordamos a los lectores de sus últimos escritos con qué desprecio tan indescriptible habla, y lo hace innumerables veces, de aquéllos que tienen la desgracia de ser «plebeyos» y con qué adoración se ocupa de los «aristócratas». Finalmente viene, sin embargo, a revelarse que su concepción de la aristrocracia es de lo más errada, ya que caracteriza a Napoleón I como «el problema hecho carne del ideal aristocrático en sí». Uno de los más brillantes estilistas y de los espíritus más ingeniosos de nuestra época, se equivoca él mismo y equivoca al mundo sobre la efectiva insuficiencia de su naturaleza y la carencia de ideas autónomas, salvo que sean aceptadas como tales aquellas a las que falta toda consistencia y justificación. Así ha llegado al cabo de un zigzagueante ir y venir que le ha ocupado decenios a resultados que fácilmente pueden ser reducidos ad absurdum y que casi deben ser caracterizados, en el sentido más preciso, como monstruosos. No otro sería el caso, por ejemplo, de la afirmación de que la «moralización» progresiva de la humanidad equivales a la decadencia del tipo humano superior, un punto de vista que hunde sus raíces, ciertamente, en una concepción del ideal de humanidad radicalmente falsa».