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Recuerdos de Richard Wagner

Wagneriana, nº35. 1999. Traducido por Rosa María Safont. "Fünfzehn Briefe Richard Wagners : mit Erinnerungen und Erläuterungen / von Eliza Wille geb. Sloman". R. Oldenbourg Editor. Múnich, Berlín y Zúrich, 1935. 3ª edición. 1ª edición, 1894. También conocido como "Erinnerungen an Richard Wagner". Reeditado por Atlantis, Zúrich, 1982
Recuerdos de Richard Wagner, fragmento
Por Eliza Wille (1809-1893)
 

INTRODUCCIÓN

Hace ya algunos años unos admirado­res y amigos de Richard Wagner me comen­taron que ellos creían que las cartas del Maestro, cuyas obras recorrían triunfalmen­te el mundo, no eran una pertenencia exclusivamente mía, sino que debían ser protegi­das de los numerosos peligros que posiblemente las amenazarían, por ejemplo el de extraviarse o ser mal vendidas y que debían ponerse bajo la custodia de la na­ción, en un lugar seguro.

El Museo Wagner de Bayreuth parecía el lugar más idóneo para la conservación del tesoro. Pero dar el trato de reliquias a estos objetos, convertirlos en osamentas cubiertas de polvo, archivar los manuscritos que han tocado las manos de hombres famosos, me parece un pobre recurso. En estos papeles permanece vivo el espíritu de aquellos crea­dores de un arte que ha superado la destruc­ción y la muerte. Las obras que honran su memoria pertenecen al mundo.

Dejé el consejo guardado en mi cabe­za, pero ahora al llegar a una edad avanzada he decidido ordenar mis papeles. Los he releído, he quemado los que sólo me afecta­ban a mí, y al pensar que se está acercando la muerte he hecho copiar las cartas de Wag­ner en las cuales se comentan hechos cono­cidos, para poder conservar los originales para mi familia y hacer posible que otros puedan participar de todo lo bueno que hay en ellas, de todo lo que guardo en mi cora­zón.

En total son quince las cartas que no tengo inconveniente en hacer públicas. On­ce de ellas son de los años 1864y 1865. Son cálidos comunicados de un tiempo en el cual Wagner, viejo amigo, pasaba temporadas en Marienfeld, junto al lago de Zurich. Proble­mas sumamente desagradables afectaban su vida, y así el carácter de hierro que mostraba en su trabajo, la voluntad y el poder creador de su enérgico y audaz espíritu, amenaza­ban, aunque solo fuese temporalmente, pa­ralizarse.

Estas dolorosas circunstancias termi­naron al aparecer, como salido del país de las hadas, un sol luminoso que iluminó con sus rayos la sombría frente del “Maestro de la música”. Un joven Rey, extraño a las rea­lidades de la vida, nuevo en las preocupacio­nes del gobierno, en sus responsabilidades y deberes sintió la llamada de un bello ideal que abriría el camino que llevaría a la meta a tan elevado espíritu.

El amor del joven Rey por el arte no fue solo una bendición para Wagner, sino que lo fue también para el mundo, que así pudo conocer y admirar al Maestro a través de sus obras. En la dedicatoria de “La Walkiria”, Wagner lo llama «bondadoso protec­tor de mi vida». El enviado del Rey de Ba­viera acudió a Marienfeld para visitar a Wag­ner.

Las tres últimas cartas las de los años 1869 y 1870 nos muestran una vida feliz y tranquila que Wagner compartía con una mujer, su igual en nobleza, la genial hija de Liszt. Cerca de Lucerna, uno de los parajes más bellos del mundo, transcurría, con cora­zón tranquilo, espíritu liberado, al abrigo del mundo, uno de los momentos culminan­tes de su vida.

¿Qué es Marienfeld en el lago de Zu­rich? No es posible encontrar el nombre de la finca en ningún mapa. ¿Quienes eran las gentes con la cuales el creador del drama musical mantenía tan buena amistad, los que frecuentaba en una época que no cuenta precisamente entre las mejores de su vida? Pues no pertenecen a las celebridades que todo el mundo conoce.

La tormenta desencadenada por la re­volución del 1848 hizo que se reuniesen per­sonas que en otras circunstancias nunca se hubiesen encontrado. Este fue el caso de nuestra amistad con Wagner.

En el año 1851, tras el fracaso del intento de liberalización que en el año 1848 conmocionó los pueblos, lugares y corazo­nes del país alemán, el Dr. François Wille de Hamburgo partió con los suyos hacia Suiza, la patria de sus antepasados.

Marienfeld se encuentra a una milla de Zúrich, en un entorno rico, activo y labo­rioso; allí la pobreza es difícil de encontrar. Situada sobre una pequeña colina, rodeada de prados y viñedos, en el centro de un jardín, se halla el sobrio edificio, su estilo de gran dignidad revela su origen patricio. En el patio, ante la puerta a la que conduce una escalinata, se encuentran dos viejos nogales y un alto y orgulloso plátano. Una fuente protegida por dos sauces vierte hoy todavía sus aguas cristalinas. Desde la casa y el jardín puede verse el lago y la urbanizada orilla del lado contrario donde los pueblos se suceden uno junto al otro. A lo lejos se extiende la majestuosa cordillera de los Alpes.

Cuando por primera vez vi estas cumbres nevadas, luminosas, en la rosada luz del atardecer, y escuché las festivas voces de las campanas del domingo cruzando el lago, con mis hijos jugando en el jardín, sentí como me invadía una suave atracción hacia mi nueva patria. Durante toda mi vida había intentado evitar el caos que reina en las grandes ciudades y la excesiva actividad pro­vocada por una inquieta vida social.

Entonces la comunicación con la ciu­dad más próxima no era tan fácil y cómoda como ahora; Marienfeld era silencioso y so­litario, aquí podía uno encontrarse a sí mis­mo.

A partir de este momento no hablaré más sobre mí y sobre Marienfeld. De ahora en adelante solo hablaré de Wagner y de nuestra relación con él.

 

WAGNER Y MARIENFELD. 1852-1855

 

«¡Honorable Señora!

En estos momentos me estoy trasla­dando al campo, a un lugar cercano a la ciudad, para recuperarme con el buen tiem­po y el aire libre de mis últimas fatigas. No habría sido necesaria su amable invitación para saber que entre las cosas precisas para mi recuperación cuentan en gran manera las visitas, que si usted me permite, realizaré a Marienfeld. El próximo domingo no podré todavía abandonar el “Asilo”, al que acabo de llegar, por lo cual, tanto mi mujer, que agradece su saludo, como yo esperamos que po­drá recibimos el siguiente domingo.

Rogando transmita mi más afectuo­sos saludos al Sr. Wille, permanezco,

su mas agradecido servidor,

Richard Wagner»

Zúrich, 18 de marzo de 1852

 

Esta fue la primera carta que Richard Wagner mandó a Marienfeld. Yo lo había conocido ya en 1843, en Dresde, durante una reunión nocturna en casa del Mayor Serre, el que más tarde creó la Fundación Schiller. Fue un encuentro fugaz. Aquel in­vierno, todavía soltera, había acudido a Dresde para ayudar a mi hermana, que se había instalado en la ciudad para que su esposo enfermo siguiese tratamiento con un famoso médico que trabajaba allí. Las dos estábamos poco dispuestas a las diversiones, por lo que regresamos pronto a casa, pero la imagen de Wagner quedó grabada en mi memoria. Recordé durante mucho tiempo su vivacidad, su rostro, con la despejada frente, los ojos de mirada penetrante, los rasgos enérgicos entorno una boca pequeña y firmemente cerrada. Un pintor, que se sentó a mi lado, hizo que me fijara en la prominente mandíbula que parecía tallada en piedra y que daba un especial carácter al rostro. Su esposa de aspecto agradable, ri­sueña y habladora parecía encontrarse a gusto entre la gente, parecía segura de si misma, era amable y espontánea.

El día anterior había asistido a una representación del “Holandés Errante” con la señora Schröder-Devrient que hacía una Senta perfectamente integrada en la Saga con música y poema del Maestro. Ante un cielo nórdico, tormentoso, aparece un per­sonaje inmerso en el desespero, perseguido por oscuros poderes que no le permitirán encontrar reposo hasta que un puro amor se le ofrezca, rompa la maldición y le permita desembarcar en la paz y el descanso. La música, el misticismo de la saga, la poesía, se apoderaron de mi fantasía. Desde el mun­do maravilloso de los sones el poeta había encontrado un lenguaje para los que expulsados del cielo ya no pertenecen a la tierra, para los que sin ser humanos deambulan por el escenario en figura humana.

Hector Berlioz estaba en aquellos mo­mentos en Dresde presentando sus fantásti­cas y grandiosas creaciones.

También presencié una repre­sentación de “Rienzi”, espléndida y suntuo­sa. Tichatschek, con su voz poderosa era el imponente Tribuno de la nueva Roma reci­biendo a los mensajeros de la paz. Todo era opulento, vehemente y excitante. La Sra. Schröder-Devrient, que Wagner todavía en sus últimos años calificaba de única maestra, hacía el papel de un joven y noble caballero que permanece fiel al Tribuno cuando todos lo abandonan. Wagner fue entusiásticamen­te recibido en estas dos creaciones de tan diferentes estilos.

Fue en un domingo de mayo de 1852 cuando Wagner vino por primera vez a nues­tra casa acompañado por Georg Herwegh. Los caballeros entablaron pronto una ani­mada conversación; el pasado y el presente daban suficientes temas para ello. Nos en­contramos ante un espíritu artístico revolu­cionario que aspiraba abrir nuevos derrote­ros a la música; además de compositor también se había hecho famoso como escri­tor con una obra titulada “Ópera y Drama”. Sin haber logrado ver sus obras en escena esperaba poder alcanzar su meta en Zúrich. Nos dijo que en aquellos momentos se en­contraba sumamente interesado en el estu­dio de los cantos de la Edda y se enfocó desde todos los puntos de vista el tema de la aliteración. Habló agradecido de su “Asilo” zuriqués, expresando «la sensación de bie­nestar que le producía sentirse por fin libre de las inquietudes materiales de la vida» que tan desagradables habían sido para él.

A partir de este día vino con frecuen­cia a Marienfeld en compañía de su esposa o de Herwegh, aunque pocas veces para todo el día, era algo excepcional que se que­dase hasta la noche. Un día, cuando las da­mas, sentadas bajo lo nogales, esperábamos a los caballeros para tomar café, la señora Minna nos dijo: «Mi marido no es culpable de nada. Solo contemplé desde lo alto de una torre la afluencia de gentes que desde los pueblos cercanos acudían a la ciudad para pedir ayuda. No estuvo en las barrica­das como se dice, no empuñó nunca un ar­ma, y tuvo que salvarse, huyendo, cuando los prusianos invadieron Dresde». La señora Minna había vivido malas épocas junto a su marido pero el recuerdo de los últimos tiem­pos en Dresde le resultaban mucho peores que las desgracias de días pasados. Ahora podía respirar de nuevo tranquila en su plá­cida residencia de Zúrich, dedicando su tiempo al cuidado de la casa junto a su espo­so. Se encontraba a gusto rodeada de gente, sobre todo entre los campesinos de Sajonia. Los amigos y admiradores de Wagner aco­gían gustosos a su mujer.

En aquella época Herwegh vivía solo en Zurich. Por Wagner supimos que había escrito unos Sonetos amorosos que lo ha­brían podido convertir en un poeta inmortal, pero nunca quiso imprimirios. Los caballeros que gustosos se reunían a menudo en Marienfeld no eran todos de la misma opi­nión. Eran muy diferentes, tanto externa como internamente, pero su libertad de es­piritu y su formación les permitía tener una amplia visión de la vida, sabían respetar dig­namente todas las ideas.

Herwegh no era nada musical, pero a Wagner le gustaba su compañía. Lo mismo le pasaba con Wille.

«¡No tiene idea de la música, dice que no le aporta nada! Pero da igual. ¡Posee vida interior, cuando usted está aquí los con­ceptos son siempre acertados!». Esto es lo que Wagner le decía a Wille.

Fue Herwegh el que trajo a Marien­feld las obras de Schopenhauer. Tanto para mi marido como para Wagner eran comple­tamente nuevas y a ambos les causaron un gran impacto. A Wille le gustaba profundizar en cualquier trabajo sobre el pensamien­to, así decidió conocer personalmente al fi­lósofo que tanto le había impresionado y cada año viajaba a Frankfurt para encontrarse con él. Wagner con una extraordinaria rapidez mental asimiló en poco tiempo la obra de Schopenhauer. En este entorno también adquirí mucha información sobre la antiquísima sabiduría india y sobre la gran pureza del budismo.

Con lo que no estuve nada de acuerdo fue con lo que un día Wagner nos explicó con su proverbial apasionamiento, lo de trasla­dar a escena el amor terrenal que la pecado­ra Magdalena sentía por el “Profeta de Na­zaret”. Lo miré asombrada y abandoné la habitación.

No habría mencionado este incidente si muchos años más tarde no me hubiese encontrado ante la idea de Wagner maravi­llosamente realizada. En el último regalo que su genio nos ha hecho, “Parsifal”, en el caballero-monje y la muchacha liberada del poder del mal, Kundry, aparece lo que en 1852 ya llevaba en mente.

En nuestra casa Wagner no encontró ningún tipo de ciega adoración, su genio musical no era lo que prevalecía entre noso­tros. Lo que sí nos unía era la amistad y la simple hospitalidad.

En el Otoño de 1852 Wagner nos dio la gran alegría de buscar refugio entre noso­tros tras una agotadora etapa. Un día se sentó al piano e interpretó fragmentos de “Lohengrin” y “Tannhäuser”, comentando lo que sucedía en escena y cantando a media voz el texto. Wagner no hablaba nunca sobre las obras en las que trabajaba, pero si de lo agradable que le resultaba holgazanear. A veces bromeaba sobre los adelantos que ha­cía en su trabajo.

Una vez, al terminar el animado debate que los caballeros mantenían sobre ciencias naturales y sobre lingüística, Wagner vino al lugar donde estábamos reunidas las damas y dijo: «Los otros están intentando desente­rrar las raíces, no creo que logren salirse de ello con demasiada rapidez». Sonriendo, abrió el piano. Para mí el recuerdo es inol­vidable; empezó a tocar y a explicar las ca­racterísticas de la “Novena Sinfonía” justifi­cando la necesidad de la inclusión del coro en el “Himno a la Alegría” para lograr la perfección absoluta de la obra. Tras tocar con fuerza unos acordes, se detuvo súbita­mente y me dijo: «Ahora escuche atenta­mente, entran la Musas, con una marcha marcial introducen una bandada de adoles­centes»:

”Alegres como solesvuelan

por elfastuoso piano celeste,

recorred hermanos vuestro camino,

como un héroe en la victoria”

Esto lo recitó a media voz mientras interpretaba la melodía. Desde entonces he escuchado numerosas veces la “Novena Sin­fonía”, pero este Allegro Vivace alla Marcia lo he escuchado una sola vez. Bajo ningún director, bajo ninguna orquesta he sentido en mi interior el firme y seguro paso de las Musas como en la interpretación de Wagner en mi piano; en un pianissimo, como si ca­minasen sobre nubes, pero acercándose cada vez más con paso firme y seguro. Cuando a continuación tocó impetuoso, con majes­tuosa exaltación el coro “Sed abrazados millones”, nuestra querida vecina, una vieja dama de Zurich, siempre muy reposada, quedó aturdida, electrizada. Súbitamente Wagner se interrumpió y dijo: «No sé tocar el piano. No aplaudáis. ¡Bien, he termina­do!».

Fue en la Navidad de 1852 cuando se leyó por primera vez en Marienfeld el gran­dioso poema de la “Trilogía de los Nibelun­gos”. Wagner lo leyó en tres tardes, hasta bien entrada la noche. Mas tarde, volvió a leerlo, con el añadido del Prólogo, “El Oro del Rin”, ante un maravillado círculo de oyentes en el gran salón del Hotel Baur de Zúrich. En la ultima tarde de la primera lectura hice que Wagner se enfadase conmi­go al salir de la habitación mientras leía. Mi hijo pequeño tenía fiebre y me llamaba. A la mañana siguiente Wagner comentó que se­guramente no se trataba de ninguna enfer­medad mortal y que era una mala crítica para el autor cuando se salía de esta manera y a continuación me adjudicó el nombre de “Fricka”. No me molestó en absoluto que me dedicase este nombre.

En 1853 Wagner vivía en Zúrich, en Zeltwege, y Liszt vino a visitar a su amigo. Se abrazaron con alegría y el día fue feliz en un ambiente emotivo. Mi marido estuvo presente ya que hacía tiempo que conocía a Liszt. Sobre este encuentro mi marido me contó que había sugerido a Liszt que con su influencia en Weimar podría quizás abogar por el regreso de Wagner a Alemania. Liszt repuso que no conocía en Alemania ningún lugar, ninguna escena que reuniera las con­diciones necesarias para cumplir con las exigencias de Wagner que necesitaban un esce­nario, unos cantantes, una orquesta especiales, que se adaptasen a lo que reque­ría su idea. Wille contestó: «Claro, esto probablemente costaría un millón». A lo cual Liszt repuso rápido y en francés, como era su costumbre en casos de especial efu­sión: «Il l’aura! Le millon se trouvera!».

A partir de 1855 Wagner vino poco a nuestra casa, y nosotros nos trasladamos más a menudo a Zúrich.

Wagner pasó allí una década, fue una época de plenitud. En aquella tranquila vida apareció la idea de la obra de arte del futuro. Pero cuando su hogar se deshizo ya no volvió a pasar largas temporadas en Zúrich. Du­rante estos años sólo visitó nuestra casa una vez, nuestra relación se mantuvo a través de la correspondencia.

En 1864 Wagner escribió una carta a mi marido en la cual recurriendo a nuestra buena amistad nos pedía poder venir a Ma­rienfeld por una corta temporada para po­der decidir desde allí los planes y el camino que quería seguir. Sin esperar respuesta, confiando en nuestra vieja amistad, apareció un día sin darme apenas tiempo a preparar la habitación de invitados que por el frío invernal y el poco uso estaba bastante aban­donada. La visita del amigo lo trastornó to­do. Mi marido no estaba en casa y temí que se encontrara muy solo, pero lo que él quería era trabajar sin que se le molestase. No quiso ir a Zúrich y daba largos paseos solitarios. Todavía le veo paseando arriba y abajo por nuestra terraza con su bata de terciopelo marrón y con una boina negra en la cabeza, parecía un patricio sacado de algún cuadro de Albrecht Dürer. Entendí que un carácter como el suyo requería cierta calma y evité todo lo que pudiera molestarlo. Hasta el hombre más importante necesita a veces el consuelo de una madre, cuantas horas pasé con un Wagner, que a pesar de su carácter enérgico, se dejaba ir contándome sucesos de su vida pasada. Siempre tuvo confianza en mí y en los días en que le parecía que el sol volvía a brillar acudía a mi saloncito para descansar. Quien lo ha conocido a fondo sabe lo cordial y gentil que podía ser. Era un magnífico narrador y tenía sentido del hu­mor. Le gustaba Viena, decía que Viena era la única ciudad musical de Alemania. Pero pronto pasó este buen estado de ánimo. Lle­garon cartas que lo desanimaron. Se recluyó en la soledad de su habitación y cuando nos encontrábamos, si estábamos solos, en un torrente de palabras ponía ante mis ojos un futuro no demasiado alegre.

Un día, viendo al hombre terrible­mente triste, provoqué sus confesiones, me habló sobre el fracaso de su matrimonio, dijo: «Habría podido ir todo bien entre mi mujer y yo, pero la mimé demasiado, cedí en todo ante ella. No supo ver que un hombre como yo no podía vivir con las alas cortadas. Que sabía ella de los divinos derechos de la pasión que yo proclamaba con la muerte en el fuego de la Walkiria, excluida de la pro­tección divina. ¡Tras la entrega de la vida por amor aparece el ocaso de los dioses!».

Cada día era más evidente que algo excepcional tenía que suceder, que la felici­dad debía descender del cielo. Ahora es fácil decir esto, pero en aquellos momentos era difícil imaginarlo. Cogí libros de la bibliote­ca de mi marido y los puse en la habitación de Wagner para intentar distraerlo, pero to­do fue en vano. Todavía puedo verlo sentado en un sillón ante la ventana. Le hablé del éxito que le esperaba en el futuro. «¡Que habla usted de futuro cuando mis manuscri­tos permanecen encerrados en un cajón! ¿Quién querrá poner en escena la obra de arte que yo, sólo yo, con la inspiración de mi genio puedo realizar para que todo el mun­do sepa: así ha de ser, así es como el maestro ha visto y ha querido que sea su obra?». Excitado paseó por la habitación. De pronto se detuvo ante mí y dijo: «¡Yo soy diferente, mis nervios son muy sensibles, necesito be­lleza, esplendor, luminosidad! ¡El mundo me debe lo que necesito! ¡No puedo vivir de un miserable puesto de organista como vos, Maestro Bach! ¿Es tan inaudita la preten­sión de querer obtener el pequeño confort que tanto ansío? ¡Yo que ofrezco al mundo, a miles de seres, tanto deleite!». No todo fue alegre en la estancia de Wagner en Marien­feld.

Una mañana, particularmente her­mosa y clara, Wagner, que parece había dor­mido bien, emprendió lo que Wille denomi­naba una marcha saludable. Al regreso me encontró trabajando en la casa, me preguntó que es lo que estaba haciendo. «El trabajo de primavera, la casa debe limpiarse de arri­ba a abajo». Me contestó: «¿Trabajo de pri­mavera?, creo que esto es tan inútil como coger violetas». Repuse: «Yo ya soy dema­siado vieja para coger violetas, pero creo que este es un trabajo útil y que también tiene su valor». Wagner siguió creyendo que mi trabajo de primavera no tenía ninguna gracia y volvió a llamarme “Fricka”.

Desde que Wagner estaba con noso­tros no me había atrevido a tocar el piano aunque tenía ganas de hacerlo ya que mu­chas veces la música es un gran consuelo, pero al pensar que el maestro podría oírme me paralizaba. Para mí la música tiene un poder maravilloso e inexplicable. Le conté a Wagner que una vez que pasaba por una etapa de intenso dolor, cuando todo era ne­grura en mi entorno, me sentí muy aliviada al escuchar la “Pasión según San Mateo” de Bach. Wagner dijo: «Pobre mujer, ¿por qué durante todo este tiempo no le ha dedicado más tiempo a la música? hoy mismo tendrá lo que la consuela». Así, interpretó al piano la escena de “Tristán e Isolda” donde se habla de la noche y de la muerte en un extraordinario anhelo amoroso.

Durante las últimas semanas de estan­cia de Wagner en casa mi marido ya había regresado. Wagner había hecho amigos en Zúrich así que pronto la casa se llenó de alegres contertulios, apareció nueva vida tras el desierto invernal. Esto hizo que nues­tro querido huésped recuperase su alegría. Al regresar de un paseo Wagner recibió un paquete de cartas. Inmediatamente anunció que al día siguiente se marcharía: «Volveré, y quizás les preguntaré si les gustaría tener­me como vecino». Tenía intención de alqui­lar una casa cercana. Dijo: «El próximo ve­rano les traeré a Bülow y a su esposa, entonces si que oirán música, daremos gusto a la querida señora». Wille se mostró sor­prendido, no contestó ni sí ni no. Vimos como se alejaba el barco de vapor que de­volvía el hombre a su mundo. La misma tarde nos escribió desde Basilea. Decía que volvería, que le conservásemos la casa y la amistad.

Dos días más tarde apareció en Ma­rienfeld el Secretario Privado del Rey de Baviera, el Sr. von Pfistermeister. Pensaba encontrar al Maestro aquí ya que no lo había encontrado en Viena. La misma tarde el enviado partió hacia Stuttgart, con la correc­ta dirección que le dimos. Lo que sucedió a continuación es bien sabido.

Pasaron varios años en los cuales el intercambio epistolar entre Wagner y Ma­rienfeld se interrumpió. En estos años pasa­ron muchas cosas en la vida de Wagner. En 1868 tuvo lugar el estreno de “Los Maestros Cantores”, una obra que había sido escrita prácticamente en mi presencia. La Sra. von Bülow nos invitó en nombre de Wagner a esta representación. La función fue glorio­sa; Bülow, ya enfermo, dirigió la orquesta. El Rey sentado en el gran palco central quiso que el compositor se sentara junto a él. Al finalizar la representación se requirió con entusiasmo la presencia del compositor. Por indicación del Rey Wagner saludó desde el palco real. El quebrantamiento del protoco­lo me asusto y me disgusto; pero a fin de cuentas e! Rey había ordenado y el poeta había obedecido.

En aquellos días Wagner vivía en el primer piso de la casa de la familia Bülow. Yo me quedé sólo un día en Múnich por lo cual no pude ver a Wagner que al poco tiem­po abandonó la casa y se trasladó a Tribschen, junto al lago de Lucerna. Una vez vino a Manienfeld a pasar unos días con nosotros, pero no nos dijo nada sobre los motivos de su cambio de residencia.

En una de las cartas que Wagner nos mando desde Tribschen quedaba reflejada la felicidad y la paz que al fin habían llegado a su vida. Durante estos años de retiro y alejamiento del mundo había florecido en el alma y en el corazón de Wagner una nueva felicidad, la que durante tantos años le había faltado.

Tras estas cartas decidimos adelantar­nos y visitar primero nosotros a la pareja para expresarles nuestra felicitación antes de que ellos acudiesen a Manienfeld.

Fue un domingo, el 3 de septiembre de 1870, cuando emprendimos el viaje hacia Tribschen. Durante el trayecto estuve pen­sando en los dolorosos episodios que Wag­ner había sufrido a lo largo de seis años y que me había confiado durante su estancia en Marienfeld. En como había cambiado su suerte, como había llegado la felicidad y como se había liberado de las dolorosas he­ridas que había sufrido en Múnich. Pero durante estos años de lucha había conserva­do siempre en su corazón el amor hacia la valiente y sublime mujer que ahora con or­gullo y alegría podía mostrar al mundo como suya.

Fue un día muy agradable el que pasa­mos en Tribschen en compañía del amigo y de la gentil señora, rodeados por unos her­mosos niños. Se trató de una reunión fami­liar, acompañada, con gran alegría por mi parte, de una suave y sublime música, la que Wagner sabía crear.

Y no fue solamente este día el que pasamos con Wagner y los suyos; en los pri­meros meses de 1871 acudieron todos a Ma­rienfeld. Tuve en seguida una agradable re­lación con la esposa de Wagner; me pareció advertir que me apreciaba, que se sentía atraída hacia mí. Conocerla tuvo un gran atractivo para mí, físicamente la genial hija de Liszt se parecía mucho a su padre, pero en todo lo demás era completamente distin­ta.

En aquellos momentos el Maestro ha­bía terminado ya los “Nibelungos” y quería darlos a conocer al mundo. Esta obra perte­necía a la nación. Esto es lo que Wagner pensaba de ella. Tenía la idea de realizar unos Festivales en Bayreuth, en el centro de la patria, cosa que creía posible bajo la pro­tección del Rey de Baviera. Esto es lo que nos había contado numerosas veces.

En 1872, al regresar de una estancia en Italia, supimos que Wagner se había trasla­dado a Bayreuth y que pronto abandonaría nuestra vecindad. Nos reunimos una vez más antes que los amigos se despidieran definitivamente del lugar donde habían en­contrado la paz y la felicidad. La vida de Wagner en Bayreuth ya no me pertenecía. Mi relato se circunscribe a lo que yo viví personalmente, a sus cartas y también a los comentarios del Maestro.