Wagneriana, nº7. 1992
Selección de anécdotas extraídas de los libros: “Esperando el Do de pecho, historia de la Opera en anécdotas” y “Wer ist Wotan?” de Alexander Witeschnik.
Algunas anécdotas wagnerianas
Por Alexander Witeschnik

    La obertura fue una maravilla, y acto seguido la ópera... no encuentro palabras... estoy trastornado... (Hugo Wolf, tras una representación de “Tannhäuser”).

    ¡No, no y tres veces no, el pueblo alemán no es culpable de esta verguenza! (El crítico Ludwig Speidel).

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    Wagner, en su 35 cumpleaños se autofelicitó con estos versos: 
 

“En el maravilloso mes de Mayo,  

Richard Wagner salió del huevo,  

casi todos los que lo aman,  

desearían que no hubiera salido”.

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    La primera representación de una ópera completa en Viena se dio en un arrabal, en el Teatro Talía, un teatro de verano con techo de cristal, donde, los espectadores en mangas de camisa lo pasaban bien con las bromas picantes de la genial Pepi Gallmeyer.

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    Sobre este estreno, organizado por el director Hoffmann, un contemporáneo hace el siguiente comentario: “Entre los cantantes se mantuvo una verdadera competición para ver quién se llevaba la palma de la afonía, la pugna no dio un resultado claro... El ‘Landgrave’ acogió a los nobles con aire de maestro de escuela y su hija recibió a los invitados como si se reunieran para tomar el té... Los nobles tenían un aspecto que me horroriza pensar el que debía tener el pueblo llano”. Pero, a pesar de todo el estreno tuvo un éxito clamoroso. Hoffrnann dió 37 representaciones. En la duodécima, interpretó el papel de Venus una tal madame Richter. Era la madre del que años más tarde sería el mejor director wagneriano de su época: Hans Richter.

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    Algunos años más tarde, Grillparzer, escucha la Obertura de “Tannhäuser” en un concierto de la Sociedad de Amigos de la Música y tras la audición escribe: “Estoy extasiado, pero lo estoy ahora, porque durante el concierto casi me han dolido los oídos” y vacilaba entre “la guerra ruso-turca, un martillo de fragua y la creación o más bien la destrucción del mundo”.

    Johan Nestroy, escribió una parodia sobre “Tannhäuser” y una farsa titulada: “Lohengelb o la Princesa de Dragand”, y esto hizo que Wagner fuera aún más popular en Viena.

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    Por estos días un grupo teatral suizo anunció al respetabilísimo público el estreno de una obra: “Tannhäuser o la Justa Poética del Wartburg”. Este fue el sugestivo anuncio:

    “¡ Dignísimo y respetabilísimo público! Joseph Schweitzer, mi difunto esposo, antes de ser llamado al más allá, donde deberá rendir cuentas de sus pecados, compuso esta obra excepcional. La escribió con sangre de sus venas, penetrando con ímpetu en la más intensa pasión sin haberle sido nunca necesario visitar el ‘Venusberg’. Por lo que les ruego no confundan la obra de mi bienaventurado esposo con la ópera del señor Richard Wagner, con el cual mi marido no quiso tener nunca el menor trato.

    Mi esposo trató el amor tal como él lo sentía, profundo y maravillosamente bello, de lo que doy fehaciente testimonio. Los que vean su obra podrán observar con sumo gusto que Tannhäuser y Elisabeth no mueren, sino que se casan felizmente, con lo que, los que asistan a la representación tienen asegurada una velada agradable y distraída”.

Karolin Schweitzer. 
Directora y Sucesora del autor de la obra, el difunto Joseph Schweitzer. 
 

    El 13 de Marzo de 1861, tras inacabables problemas y 164 (!) ensayos, se estrenó “Tannhäuser” en la Opera de París. En la quinta representación y a pesar de la presencia de la pareja Imperial, los miembros del Jockey Club parisiense organizaron un tumultuoso escándalo. Lo que originó este barullo fué que Wagner se había negado a incluir un ballet en la obra, cosa que los miembros del Club habían pedido con insistencia.

    La princesa Paulina Metternich, esposa del Embajador austriaco y organizadora de la función, declaró indignada contra sus amistades francesas: “¡ Vuestra libertad no me gusta! ¡En Viena, donde existe una auténtica nobleza, sería inimaginable ver al príncipe de Lichtenstein o al de Schwarzenberg, silvando en su palco reclamando un ballet para ‘Fidelio’!”.

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    Durante la composición de “Los Maestros Cantores”, en la primavera de 1864, Wagner se autodedicó este epitafio:

“Aquí yace Richard Wagner, que no ha sido nada,  

ni caballero de una miserable Orden,  

ni capaz de sacar el perro de detrás de la estufa,  

ni siquiera Doctor de una Universidad...”

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    En el “Hoftheater” de Munich se encontraron con que el foso de la orquesta era insuficiente. El director, Hans von Bülow, ordenó suprimir las primeras filas de butacas. El encargado del teatro protestó: “¡Imposible, se perderían 30 plazas!”. Bülow sabía que estos asientos pertenecían a los más encarnizados enemigos de Wagner, por lo que exclamó: “¡Qué importan unos cuantos asquerosos perros más o menos!”. La prensa de Munich publicó estas palabras y se desencadenó un verdadero escándalo, viéndose obligado, Bülow, a pedir disculpas publicamente.

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    Unos meses más tarde el barbero de Bülow lo aleccionó bonachón: “¡Querido señor Bülow! ¿Cómo fue capaz de decir lo de los perros? Si hubiera dicho: que importan unos cuantos asquerosos potentados más o menos, nadie se hubiera ofendido”.

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    El “Neue Bayerische Kurier” descubrió involuntariamente quienes eran los “asquerosos perros” cuando, tras el estreno de “Tristan”, patrocinado por el Rey Luis II de Baviera, escribió: “El músico asalariado, el hombre de las barricadas de Dresde, el que encabezaba la banda de incendiarios que intentaron destruir el palacio Real, este mismo hombre es el que ha tratado de separar al Rey de sus leales y ha querido poner en su lugar a sus correligionarios aislando al Monarca e intentando crear un partido subversivo, con unas ideas que rayan en la alta traición”.

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    Munich, 1868. Ensayo en el estreno de “Los Maestros Cantores”. Dirige Hans von Bülow. El coro femenino, al que Bülow ha citado anticipadamente, se encuentra ya en el escenario. Las señoras, enfrascadas en una animada y ruidosa charla, no advierten la llegada del director. Bülow espera paciente, viendo que el charloteo, que a él le recuerda el graznar de los gansos, no cesa, golpea con la batuta y dice: “¡Señoras, debo advertirlas que el Capitolio ya ha sido salvado!”.

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    Unos días más tarde, Hans von Bülow, llegó al teatro con el tiempo muy justo. En una escalera mal iluminada, tropezó involuntariamente con un desconocido. “¡Burro!”, rugió el sujeto. Bülow, se sacó el sombrero, se inclinó levemente y dijo: “¡Von Bülow!”.

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    Mathilde Mallinger, la primera Eva de “Los Maestros Cantores”, contó a su eminente alumna, Lotte Lehmann, el siguiente episodio: “Estábamos ensayando la escena final en el prado. El momento en el que yo pongo la corona en la cabeza de Walter von Stolzing se repetía una y otra vez. La cosa no salía bien, yo impaciente gasté una broma y puse un trino en la frase: ‘¡Nadie corteja con tal gracia!’. Wagner, al oírlo, me miró sonriente y dijo: ‘Vamos a darle el gusto. ¡Ya que tanto le gusta a la Mallinger, el trino quedará aquí!’. ¡Así fue como me convertí en co-compositora de Los Maestros Cantores”.

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    En Mayo de 1872, diez días antes de la colocación de la primera piedra del Teatro del Festival, Richard Wagner dirigió la orquesta de la “Hofoper” en Viena. Este fue el primer concierto que llevó el enunciado de “Festival de Bayreuth”. En el programa figuraban, entre otras obras, la obertura de “Tannhäuser” en la versión de París, incluida la música del “Venusberg”.

    En el ensayo hubo problemas. Al aparecer el tema del “Venusberg” que exigía a las violas cosas inéditas hasta entonces. El Maestro interrumpió el ensayo y dijo: “Antes de mí, la viola, comparada a los otros instrumentos de la orquesta que brillan con luz propia, era la cenicienta del conjunto, pero desde este momento la cosa cambia. ¡Señores, agradezcan que haya convertido la viola en un ser humano!”.

    Albert Bachrich, sentado ante su atril, dijo al oír estas palabras: “¡Pués en el ‘Tristan’ las violas deben sentirse super-hombres! “.

    ¡Naturalmente, todavía no habían visto las partituras de “Elektra” y de “Wozzek”...!

    Mayo de 1872. Al terminar la ceremonia de la colocación de la primera piedra del “Teatro del Festival”, en Bayreuth, Richard Wagner, dirigió la “Novena” de Beethoven en el Teatro del Markgrave. Transcurrido un siglo del legendario acontecimiento, un periodista escribió lo siguiente: “¡Después de romper tres batutas, Wagner, dirigió con la pata de una silla!”.

    El musicólogo y humorista muniqués, Ludwig Kusche, comentó este raro comentario: “¡Finalmente, hemos logrado averiguar porqué al terminar el concierto las aclamaciones fueron inacabables! ¡Alegría, hermosas centellas de la pata de una silla, Hijas del Elíseo!”.

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    En vida de Richard Wagner, el joven Félix Mottl ya era ayudante de dirección de Bayreuth. Ensayando “La Walkiria”, en la escena en que Brunilda anuncia su próxima muerte a Sigmund, se emocionó de tal manera que olvidó sus obligaciones. El Maestro aconsejó bondadoso: “Pero querido mío, ¿qué son esas sensiblerías?. La emoción se deja para los de allí abajo en la platea; nosotros aquí arriba sabemos de que va y debemos conservar la calma”.

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    Cuando en Junio de 1882, antes del estreno de “Parsifal”, la Junta Directiva del Patronato de Bayreuth le presentó a Richard Wagner uno de sus nuevos miembros, el Maestro dijo complacido: “¡Vaya, me parece que Bayreuth es un gran saco lleno de miembros del Patronato!”.

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    “Tannhäuser”, se daba en un teatro de provincias. La cosa no marchaba todo lo bien que era de desear. El director suspiró aliviado cuando la obra terminó sin que sucediera ninguna desgracia irreparable.

    Pocos días antes se había colocado el busto del compositor en el vestíbulo. Cuando el público salió, al terminar la ópera, el busto había desaparecido y en su lugar podía verse un cartel que decía: “¡Al ver este ‘Tannhäuser’ me he marchado y ...aún no he vuelto...!”.

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    Angelo Neumann, primer Vigilante Nocturno en el conflictivo estreno de “Los Maestros Cantores” en la “Hofoper” de Viena, fue más adelante uno de los empresarios con más personalidad en el mundo de la ópera y un apasionado pionero de la obra de Wagner.

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    Colaborando con el Maestro de Bayreuth, preparó unas representaciones del “Anillo”, en el teatro Victoria de Berlín. El foso del teatro fue convenientemente ampliado para dar cabida a los setenta profesores de la orquesta. Neumann se encontraba en Leipzig y quedó con la boca abierta al recibir el siguiente telegrama de Seidl, el director, que no había empezado los ensayos en el teatro hasta ese momento: “Representación en Teatro Victoria, imposible, foso orquesta insuficiente”. Neumann telegrafió inmediatamente: “Llego doce y cuarto noche, directamente teatro, convoque ensayo doce y media”.

    Y esto es lo que sucedió. Cuando, un cuarto de hora después de media noche, Neumann llegó al helado teatro, los músicos, bien abrigados se habían colocado ya en el foso, comprovando una vez más que era imposible tocar una sola nota. Neumann, vio el panorama y dijo: “Señores, quieren hacer el favor de quitarse las pellizas, los sombreros, las bufandas.., y todo lo demás.., usted también querido Seidl”. Estas palabras fueron acojidas con sonrisas burlonas, pero Neumann no se inmutó. Las prendas se amontonaron sobre las primeras filas de butacas. Neumann entonces dijo: “Mi intención era demostrarles la cantidad de espacio que ocupan setenta pellizas, bufandas, sombreros, paraguas y bastones”. La cosa causó su efecto; lentamente y con la cabeza baja, los músicos ocuparon sus sitios. Empezó el ensayo, y mira por donde, la cosa funcionó. Al terminar el Preludio de “La Walkiria”, los músicos dedicaron un aplauso al empresario, que inclinándose señaló el monton de ropa. De nuevo hubo risas, pero esta vez sin reticencias. ¡Se había salvado el “Anillo”.

    En el ensayo general de esta misma “Walkiria”, se dio otra inesperada complicación que estuvo a punto de arruinar la representación. Neumann, para obtener el humo del fuego mágico había colocado una caldera de vapor en un patio del teatro. Una hora antes del ensayo, el jefe de bomberos de Berlín anuncié categórico: “¡Con esa caldera hay peligro de incendio! ¡Se ha de quitar inmediatamente!”. Todas las explicaciones fueron inútiles. “¡Soy funcionario prusiano y cumplo las normas establecidas!”. En este preciso momento llegó Heinrich Vogl, que cantaba Siegmund, y viendo la situación le dijo a Neumann: “¡Querido empresario, está usted en un apuro, si no encontramos una solución nos quedamos sin fuego mágico!”. Mirando el edificio contiguo prosiguió: “Si estos señores quisieran ayudarnos. Esto es una fábrica de licores y con el vapor que a ellos les sobra solucionarían nuestro problema. Instalando un tubo...”

    El bombero-jefe estuvo de acuerdo. Neumann salió disparado hacia la fábrica. El hijo del dueño lo recibió con las siguientes palabras: “¡Soy un gran admirador de Wagner!”. Tras plantearle el problema declaró: “¡Segurísimo, mi padre les proporcionará el vapor!”.

    Se trabajó toda la noche, se hizo un agujero en la pared y se instaló el tubo conductor. A la mañana siguiente, el fuego mágico fue perfecto. Comentando el caso, Neumann decía: “¡Nunca más he dispuesto de un humo procedente de una fábrica de sueños!”.

    Durante los ensayos de esta “Walkiria”, llegó Wagner en persona, acompañado por su esposa Cosima. Neumann fue a saludarlos al Hotel Royal donde se hospedaban. Wagner lo recibió de muy mal humor: “¡He visto en los carteles que Scaria hace el Wotan! ¿Qué piensa hacer con este descargador de muelle? ¡Págele y mándelo a paseo!”. Neumann protestó, dijo que había visto el Wotan de Scaria en Viena y que había salido entusiasmado. Wagner insistió: “¡O se va Scaria, o me voy yo!”. Ante el panorama Neumann propuso: “Esta tarde hay ensayo, pueden asistir a él de incógnito y tendrán la oportunidad de escuchar a Scaria. Si no les gusta, sintiéndolo mucho, podrán ustedes marcharse”. A Cosima le pareció una buena solución y logró convencer a su esposo.

    Se instalaron en un palco proscenio. Neumann se sentó cerca para oír los comentarios de Wagner, pero... no hubo comentarios.

    Neumann hizo que el ensayo empezara con el segundo acto que pertenece casi por entero a Wotan. Cuando Scaria, tras su gran escena, abandonó el escenario, Wagner salió de su asiento y seguido trabajosamente por Neumann, se precipitó escaleras abajo gritando: “¿Dónde está Scaria?! ¿Dónde está? ¡Es grandioso! ¡Hombre de Dios, ¿cómo logra usted hacer ésto?!”. Y abrazando y besando al cantante y a Neumann repetía una y otra vez: “¡Ha sido magnífico! ¡Magnífico!”.

    De esta manera fue como Scaria cantó la première  del “Anillo” en Berlín y el “descargador de muelle” se convirtió en uno de los puntales de Bayreuth. Cuando dos años más tarde, Wagner murió, Scaria se hizo cargo de la supervisión del legado de Bayreuth...

    Al empezar un ensayo, Wagner subió al escenario y se dirigió a los músicos (cosa que le gustaba hacer a menudo) con las siguientes palabras: “Señores, les ruego encarecidamente no tomen el ‘fortissimo’ demasiado en serio, hagan más bien un ‘fortepiano’ y del ‘piano’ hagan un ‘pianissimo’. Tengan en cuenta que ustedes aquí abajo son muchos y en cambio aquí arriba hay una solitaria garganta humana”.

    Emil Scaria tuvo un final trágico. Los primeros síntomas de la catástrofe que se avecinaba se presentaron en una “Walkiria” del Covent Garden. Scaria había hecho un maravilloso segundo acto, pero al llegar al tercero, inesperadamente, entró por el lado contrario, caminando muy inclinado y con la punta de la lanza en el suelo. Los directivos, en su palco, constataron horrorizados como, a lo largo de todo el acto, el cantante daba las notas altas una octava más baja y las bajas una octava más alta y como, con cara de susto, observaba las bambalinas, dando la impresión de sentirse perseguido.

    Cuatro meses más tarde, Scaria volvía a ser el de antes. En 1882, en el memorable estreno de “Parsifal” en Bayreuth, cantó un legendario Gurnemanz que ha quedado inscrito en letras de oro en los anales de este teatro.

    Hasta 1886, no apareció el mal en toda su virulencia. En un “Tannhäuser”, en la “Hofoper” de Viena, en plena representación, perdió la memoria, dejó de cantar y le preguntó a Elisabeth: “¿Qué ópera se está representando?”. Tuvieron que llevárselo y nunca más volvió a pisar un escenario.

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    En Bayreuth, la tercera representación de “Parsifal”, estuvo materialmente colgada de un hilo.

    Durante el viaje de Gurnemanz y Parsifal hacia el castillo del Gral, al fondo del escenario, se deslizaba un decorado móvil que de repente quedó atascado. El jefe de los maquinistas, Fritz Brand, advirtió inmediatamente el peligro, cogió un puñal del “atrezzo” y encaramándose por las cuerdas que sostenían el decorado, cortó decidido lo que ocasionaba la retención. Gurnemanz y Parsifal continuaron tranquilos su caminata. Nadie, ni en la sala ni en el escenario, se dio cuenta del incidente. Se llegó al entreacto y hasta que Wagner requirió la presencia del jefe de maquinistas nadie advirtió su desaparición. El pobre hombre seguía colgando de una cuerda. Tras su rescate el Maestro ordenó: “¡Que Brand reciba hoy paga extra por su número de circo!”.

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    Angelo Neumann, fundador del “Richard Wagner Theater”, quiso dar el “Anillo” en el “Hoftheater” de Stuttgart, pero se encontró con la pertinaz oposición del todopoderoso Ministro, von Gunzert. Tras una violenta discusión, el Ministro tomó una decisión: “La próxima semana presenta usted ‘Los Nibelungos’ en Karlsruhe, ¿verdad?, pues bien, reserveme un asiento; si me gustan podrá hacerlos aquí, en caso contrario, olvide el asunto”. Neumann sonrió y dijo: “¡Excelencia, vale más que lo dejemos correr!”.

    “¿Puede saberse por qué?”. “¡Excelencia, si yo estuviera en su lugar me sabría muy mal que la Historia contara: El ministro Gunzert no dio el visto bueno a ‘Los Nibelungos’, después de haberlos visto!. En cambio si los prohibe sin conocerlos quedará un poquito mejor”.

    El Ministro miró inquisitivo a su contrincante, quedó en suspenso unos segundos y dijo: “¡Tiene razón! ¡Dé las representaciones!“.

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    El 13, tuvo un significado casi mágico en la vida de Wagner. Nació el año 1813. El nombre que consta en su partida de nacimiento tiene trece letras. La suma de los números del año en que nació da el resultado de trece. El 13 de Abril de 1845, terminó la instrumentación de “Tannhäuser” que, el 13 de Marzo de 1861, fracasó estruendosamente en París. Este mismo año, en un banquete dado a los compositores en el “Altenburg” de Weimar, se encontraron con trece comensales. Uno de los invitados quiso marcharse, pero el Maestro dijo: “¡Pueden quedarse todos, no tienen por que marcharse! ¡Yo seré el decimotercero!”.

    Murió el 13 de Febrero de 1883...

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    A finales del siglo pasado, Félix Mottl dirigió en el Covent Garden de Londres un “Sigfrido” en el que no se hizo ningún corte. El joven Slezak, cantó el protagonista, Hans Breuer fue Mime. Al terminar la representación un espectador le dijo a su vecino de butaca: “¡Para captar toda la grandiosidad de esta ópera debería verse más a menudo completa...! ¡Pero, le aseguro que a mí no vuelven a pescarme! “.

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    En 1905, Hans Richter ensayaba “Tristan e Isolda” en el Covent Garden. Después de un sensacional Preludio, que no tuvo que interrumpir ni una sóla vez, dijo admirado a los profesores: “¡Señores, acabo de ver y acabo de oír lo que son ustedes capaces de hacer con este Preludio y he quedado plenamente convencido que deben ser unos maravillosos esposos...!”.

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    Siegfried Wagner, hijo del gran Richard, compuso una serie de óperas en las que no pudo evitar seguir las huellas de su padre. Un día, hablando con Richard Strauss sobre la situación de la ópera en aquellos momentos, dijo suspirando: “¡Mi padre es una montaña difícil de atravesar!”. Richard Strauss replicó amable: “¡Yo me las he arreglado para rodearla!”.

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    Extracto del libreto de “Lohengrin” según Leo Slezak:

    Sorprendentemente, aparece en la lejanía un barquichuelo arrastrado por un cisne blanco como la nieve, y en él, de pie, un resplandeciente caballero. El coro vocifera confusamente, abre sus brazos al caballero y mira fijamente al director, lo que evidentemente no le ayuda demasiado ya que no logra unificar sus diferentes puntos de vista. Hablando en plata, se arma un verdadero “batiburrillo”.

    Lohengrin llega... lo iluminan por todas partes y canta la despedida del cisne medio tono baja. El cisne se da cuenta y se marcha corriendo...

    En la comitiva nupcial aparecen las rechonchas coristas, como doncellas de la novia esparcen florecillas a su paso. Los caballeros las acompañan cantando sincopadamente...

    El Rey escolta a Lohengrin y a Elsa hasta la cámara nupcial, les dá algunos consejos prácticos y desaparece por el foro. Por la dirección que va tomando la cosa, el espectador presiente que ésta será una noche de bodas bastante desagradable. Lohengrin, canta tanto rato que al fin Elsa le pregunta cual es su sexo. (Geschecht = sexo y linaje). ¡Y, en ese momento estalla la bomba...!

    Algo más tarde, parece que un joven crítico tomó como modelo la explicación de este libreto. En el verano de 1962, comentando el “Lohengrin” de Bayreuth, escribió en un periódico de provincias: “Elsa desconoce el sexo de Lohengrin y la cosa queda flotando en el aire durante mucho tiempo...”

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    A finales del siglo pasado, el gran barítono, Theodor Reichmann, hacía, en la “Hofoper”, una extraordinaria creación del Hans Sachs. Reichmann tenía una figura majestuosa y acostumbraba a recibir las aclamaciones del público con los brazos en alto. Esto, sentaba muy mal a sus colegas.

    Un día, en una representación de “Los Maestros Cantores”, Walter von Stolzing-Leo Slezak y Beckmesser se confabularon. Cuando terminó el primer acto, se situaron a ambos lados de Hans Sachs y cogiéndole las manos no se las soltaron hasta que terminaron los aplausos.

    Reichmann, furioso, le gritó a Slezak: “¡Quítame de encima tus manos de descargador de muelle!”. Al oír estas palabras, Slezak, se soltó bruscamente y muy enfadado se encerró en su camerino. Reichmann, consternado, corrió tras él: “¡Querido Leo, no te enfades, no he querido ofenderte! ¡En mi juventud yo vendí cigarrillos y barrí locales...!”.

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    Nuevo montaje de “Lohengrin” en la “Staatsoper”. Dirige Richard Staruss, la cantante que hace la Elsa no se adapta al vivo ritmo que Strauss imprime a la partitura. La señora se retrasa hasta tal extremo, que todo el conjunto se tambalea peligrosamente, Strauss intenta recomponer el equilibrio, al no lograrlo interrumpe el ensayo y le dice a la cantante: “¡Señora, lo siento, yo no soy un director rutinario, no sé adaptarme a los demás! ¡Es usted la que debe cantar a mi ritmo!”.

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    Siendo Schalk director de la “Staatsoper”, le dijo un día el gran escenógrafo Alfred Roller que creía conveniente renovar los decorados del “Anillo”, ya que los que se utilizaban estaban muy polvorientos. Schalk, contestó: “Querido, cuando bajo el polvoriento tilo descansa un Siegfried de primera clase, el árbol parece recién pintado”.

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    Hans Schnellar, timbal de la Opera de Viena durante muchos años y autor de unos estudios sobre el instrumento que crearon escuela, era un músico muy original. En las representaciones largas, utilizaba las prolongadas pausas para reconfortarse con unos bocadillos. Ni la presencia en el podio del mismísimo Franz Schalk, lograba apartarlo de esta costumbre.

    En unos “Maestros Cantores”, llegó una pausa de varios compases, Schnellar, rápido, sacó del bolsillo el consabido bocadillo y de momento lo dejó sobre uno de los timbales. Repentinamente le sobrevino un estornudo, para evitar el ruido sacó el pañuelo, con todas estas maniobras, la pausa llegó a su fin y Schalk le dio la entrada. Schnellar cogió inmediatamente los mazos y golpeó con fuerza los timbales. El panecillo voló por los aires y aterrizó en primera fila sobre la falda de una sorprendida espectadora.

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    Ni los más insignes directores son infalibles. En la “Staatsoper”, en una representación de “Tristan e Isolda”, Wilhelm Furtwängler, en el último acto, tuvo un despiste en el delicado compás de cinco por cuatro. La orquesta no vaciló ni un minuto y continuó segura sin la más mínima duda. Al salir, Furtwängler, pasó ante los timbales de Hans Schnellar, famoso por su seguridad y su técnica y también por sus incisivos comentarios. Schnellar le susurró al Maestro: “¡Señor... si la batuta tuviera campanillas...!”.

    Hacia los años treinta, ya al final de la época Schalk, en una representación de ‘Tannhäuser”, el cambio de escena del Venusberg al valle ante el Wartburg, no funcionó y el lecho de Venus no desapareció. Al hacerse la luz, en pleno delicioso valle, se hallaba aún la diosa del amor, Zdenka Zika, recostada en su lecho, con cara de susto al comprobar que estaba donde no debía. Rápida, saltó del lecho y ante la imposibilidad de sacarlo de escena, cogió un almohadón, se lo puso bajo el brazo -orden ante todo-y con aires muy poco dignos de una diosa se precipitó entre bastidores. Tannhäuser, contrito, permanecía arrodillado, ajeno al problema y el público reía a carcajadas.

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    En 1942, la “Staatsoper” de Munich, dio de nuevo “El Oro del Rhin”. En el primer ensayo con piano, al llegar a la escena en que Wotan y Loge bajan al “Nibelheim”, para tender una trampa a Alberich, el airado dios lanza al maldito enano el siguiente improperio: “¡Muere malvado!” (Vergeh frevelnder Gauch). Georg Hann, interrumpió el ensayo y preguntó al traspunte: “¿Qué quiere decir ‘Gauch’? ¡No he oído nunca esta palabra!”. Tras las debidas explicaciones, continuó el ensayo. Wotan lanzó su maldición: “¡Muere malvado!”, Alberich, receloso, contestó lo que indica el libreto: “¿Qué dice?”. Hann, rápido, se dirigió al traspunte y declaró en tono triunfante: “¡Lo ves, él tampoco sabe lo que esto significa!”.

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    En el verano de 1944, todas las escenas enmudecieron. También en ésto -aunque involuntariamente- la “Staatsoper” se llevó la palma.

    Con “El Ocaso de los Dioses”, Hans Knappertsbusch, dirigió la última representación. Helena Braun-Brunilda, cantó: “El mundo de los dioses llega a su fin. Lanzo la abrasadora antorcha sobre el resplandeciente Walhalla”.

    Nueve meses más tarde, el soberbio teatro ardía bajo el impacto de las bombas.

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    Un contrato, es al fin y al cabo, un pedazo de papel. Lo que veradaderamente vale es la inteligencia y la personalidad. 
(Richard Strauss a Clemens Krauss).

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    En el penoso 1946, fresco todavía el triste recuerdo de la guerra, Richard Strauss, con sus 83 años recién cumplidos, accedió a contestar unas preguntas. Al formular la siguiente: “¿Qué planes tiene para el futuro?”, el Maestro contestó lacónico: “¡ Morirme! “.

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“¿Quién es Wagner? Él no es ningún gran artista, sino un héroe de la publicidad, un forjador de enredos, un maestro en el escándalo y un sectario.” Esto es lo que opinaba Max Kalbeck, biógrafo de Brahms, después de ver representado el Parsifal.

    Romain Rolland escribía por su parte: “Esto no pertenece ya al mundo del teatro (refiriéndose al ‘Parsifal’), sino a la religión misma, y al mismo Dios“.

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    Otros epítetos que los críticos de la época dedicaron a la música de Wagner fueron los de: “Suaves rugidos de gusano”. “Tormenta en una palangana”. “Música de medusas”. Y a Wagner se le tachó de “desollador de oídos”, entre otras cosas.

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    Nadie se pone nunca de acuerdo sobre la estatura real de Wagner. Un informe de la policía de Dresde durante la revolución de 1848 le tachaba de estatura media. Un crítico antiwagnerlano de la época le calificó de Enano por su 1’56 de estatura. Un autor de un libro sobre Wagner le pone la marca en 1’63 y finalmente en el propio museo de Bayreuth puede leerse que su estatura era de 1’70 metros.

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    Al parecer los primeros Wagnerianos que tuvo Wagner ya se destacaron a raíz de su “Rienzi” en el Dresdner Theater. Dirigido por él mismo y donde al parecer ya hubo altas discusiones y problemas entre el público y una docena de incipientes amantes de la música del Maestro.

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    En una de las revistas satíricas más importantes de la época de Wagner, la revista de Munich “Der Punsch”, en agosto de 1855 se veían unas caricaturas del “Tannhäuser” con un verso en el que se parodiaba la letra del célebre villancico “o tannenbaum”: 
 

“O Tannehäuser, o Tannehäuser. 

¡que pesadas son tus notas! 

Tu no tienes 16 ó 32 puntos en un compás. 

No, sino 64 nada menos, que no está mal...”

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    A finales del los 50 (en el año 1800), Franz Lachners dirigió el “Lohengrin” en Munich. De las seis representaciones, el Rey Max II, nada entusiasta de la música asistió a cuatro. La prensa atacó duramente la representación: “Dos terceras partes de la obra caen en la esfera de la amusicalidad de la música, de esta ‘música del futuro’ que no tiene ningún futuro”.

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    Karl Gutzkow, periodista y escritor de larguísimos novelones de amor, estaba un día hablando con Liszt acerca de la “tetralogía” de Wagner. “Una ópera que dura cuatro tardes no puede ser lógico ni ir bien”, le comentó a Liszt. A lo que este contestó: “¿Por qué no?, ¿no escribe usted acaso novelas de ocho volúmenes?”

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    En 1846 se podía leer en el diario “Allgemeinen Wiener Musikzeitung” la siguiente crónica sobre el “Tannhäuser”: “R. Wagner es a mi parecer el talento dramático más grande de los compositores vivos. El ‘Tannhäuser’ puede calificarse de la composición más genial por sus características y técnicas orquestales de lo que hoy en día podemos escuchar. (..) ‘El Holandés Errante’ sería suficiente para colocar a R. Wagner entre los maestros dramáticos más geniales de la actualidad”. El firmante de estas palabras no 
era otro que el luego famoso crítico Eduard Hanslick.

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    La primera vez que se tocó música de Wagner en Austria fue en Graz, en enero de 1854 con el “Tannhäuser”, que había sido prohibida en la “Hofoper” por inmoral. En Viena, sin embargo, la primera vez que se escuchó música de Wagner fue en el Volksgarten de la Shopiensaelen, en marzo de 1853, donde Johann Strauss tocó el coro de los peregrinos del “Tannhäuser”, fragmentos del tercer acto del “Lohengrin”, junto a la marcha Radetzky, valses propios y de su padre. En 1854 el propio Strauss interpretó la obertura del “Tannhäuser”, en 1855 el canto de Wolfram de la misma obra, y más tarde la obertura del “Tristán” que tuvo tanto éxito que la debió repetir tres veces.

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    Gioachino Rossini tambien opínó sobre el “Tannhäuser”. Él decía que esta obra se debería escuchar más a menudo para poder juzgarla mejor, pero que de todos modos, “yo no iba a escucharla una segunda vez”, comentó el músico. Su opinión sobre el “Lohengrin” fue algo más benigna “en su musica hay momentos bellísimos, pero también malos cuartos de hora”. Sobre Wagner tambien tuvo su opinión: “desde luego no dudo que es un genio, pero no comprendo a una nación que a causa de Wagner haya podido olvidar a un Mozart”.

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    De Rossini también se cuenta que en una ocasión cenando con un tal Carafa, amigo suyo, al servirle el pescado el camarero a ambos, Rossini cubrió enteramente con exceso de salsa el pescado de su amigo, a lo que este preguntó: “¿Pero, dónde se ha metido el pescado?” a lo que Rossini contestó: “esto es como la música de Wagner, mucha salsa y poco pescado”.

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    El escritor americano Mark Twain escuchó el “Lohengrin” en Manheim y luego comentó: “por todas partes había martilleos y zumbidos. Crujidos y ruidos indescriptibles. Todo ello me produjo un tan insufrible dolor, solo comparable a las visitas a mi dentista”.

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    En otoño de 1859 se debía representar “Tannhäuser” en la zona de carintia, en Austria, pero debido a la derrota sufrida por Austria en Solferino, el texto sufrió alguna censura, especialmente en lo referente a la palabra Roma, para no insuflar al público, de modo que cuando Wolfram le pregunta a Tannhäuser a su vuelta de la peregrinación que cómo le había ido, la frase quedó: “kommst du von dort?” (“¿vienes de allí?”) en vez de “kommst du von Rom?” (“¿vienes de Roma?”), a lo que Tannhäuser responde: “schwig mir von dort!” (“¡calladamente vengo de allí!”). Lo que produjo la algaraza de parte del público y la crítica.

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    A Franz Liszt le preguntó en cierta ocasión Pauline Metternich que si le iban bien las cosas y sus negocios marchaban perfectamente, a lo que el respondió: “los negocios los hacen los banqueros y los diplomáticos. Yo hago sólo música”.

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    El humorista parisino Charivari hizo una caricatura de época en la que se veía a una hija crecidita tocando el piano con su mamá de profesora al lado: “pero mi niña, ¡eso que estás tocando no suena bien!”. “Mamá, -contesta la niña- estoy tocando el Tannhäuser”. “Ah, entonces es diferente”.

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    En cierta ocasión un discípulo de Bruckner le planteó a éste una pregunta curiosa: “Maestro, para usted quién es más grande: ¿Beethoven quien sólo compuso una ópera y varias sinfonías ó Wagner, quien sólo compuso una sola sinfonía y varias óperas?”. A lo que Bruckner un tanto airado respondió: “Quien lleva una corona en la cabeza, no necesita usar sombrero de copa”.

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    Tras el estreno del “Tristán” en Viena, alguien le preguntó a Eduard Hanslick su opinión al respecto, a lo que él respondió que había cosas que le habían gustado y cosas que no. El joven le preguntó entonces que le diera un ejemplo de algo que no le hubiera gustado de la obra, a lo que el célebre crítico contestó: “la música”.

    A principios de los 70 (en 1800) se representó “Los Maestros cantores” en Viena, donde el papel de Beckmesser en vez de ser cantado por un barítono lo hizo un tenor buffo llamado Julius Campe. Los antiwagnerianos hicieron de ello gran bufa. El hecho es que pocos meses después dicho cantante enfermó y murió finalmente. Por ello se habló esos días en Viena de la maldición de Beckmesser. Pero es que tiempo más tarde cuando el célebre Tristán, de Schnorr von Carolsfeld, murió asimismo de repente, a sus 29 años, también se habló de la maldición de Tristán sobre el cantante. ¡Al parecer Wagner no era muy saludable para los cantantes de época!

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    El periódico “Der Volksbote” de la época sobre el estreno del “Tristán”: “la música un disparate. El texto un desatino. El conjunto un desvarío donde nada tiene sentido. Pero sin embargo ¡cuánta sensualidad desprende!”

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    El diario muniqués “Montagszeitung” recomendaba a sus lectores de la época lo siguiente: “nadie está obligado a escuchar ”Los Maestros cantores” dos veces, pues la pena de muerte ya ha sido derogada hace tiempo”.

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    Caricatura de la época: un problema del regidor en el “Siegfried”, pues dice que Brunhilda ha de dejarse besar por Siegfried, ya que eso está en el texto de la obra, a lo que ella responde: “sí, eso sí, pero el hecho de que Siegfried haya comido asado con cebolla no está en el texto incluido”.

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    Tanto el Festspielhaus como la suave colina que hacia allí conduce recibieron con el tiempo varios apodos como el de “colina artística del calvario”, “montaña mágica”, e incluso el propio Wagner denominó al edificio como una buena broma pesada. Y sobre su color el propio Maestro diría que estaba pintado “con nuestra propia sangre”.

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    Adolf Wallnoefer, uno de los asistentes en Bayreuth de los escenarios, estaba fascinado con la persona de Wagner cuando dirigía el movimiento escénico “tan pronto representaba a Mime y se encorvaba como tal, arrastrándose por el suelo y con una mirada torva y adusta... como tan pronto escenificaba a Wotan, y entonces su pequeña figura se elevaba por lo alto vigilándonos y mirándonos desde arriba”.

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    En cierta ocasión se representó en la Wiener Hofoper el “Oro del Rhin” con Bruno Walter como director y Félix Weingartner como director escénico. Hicieron acto de presencia siete hijas del Rhin. Bruno Walter se quedó sorprendido y le comentó a éste: “¡pero que raro si Wagner dijo que tan sólo debían haber 3 hijas del Rbin!”. A lo que respondió Weingartner “Bueno, que canten 3 y las otras 4 que naden”. A lo que Bruno Walter contestó con voz agria: “la Hofoper es un escenario operístico, no mingún acuario”.

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    En la época de Wagner había a veces serias dificultades con las escenificaciones, como por ejemplo con el primer acto del “Siegfried”, donde Wagner quería una forja con fuego de verdad, lo que provocaba a veces la ira de los cantantes, máxime cuando en esos tiempos no existía un cuerpo de Bomberos organizado en Bayreuth.

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    Siguiendo con las escenificaciones al pie de la letra, el propio Wagner a la hora de escoger a Grane, el caballo de Brunilda, quería un caballo amaestrado, pero no un caballo de circo, por temor a que cuando escuchase la música se pusiera a bailar y dar vueltas.

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    A finales del mes de julio de 1882 y con ocasión del Parsifal hubo un banquete con los colaboradores y gente eminente para celebrar tal evento. En dicha comida estaba presente Houston Stewart Chamberlain, quien por primera vez vería a su futuro suegro. Sus palabras sobre este encuentro son muy elocuentes: “nunca en mi vida nadie me ha causado tanta impresión como la que él me produjo: su tiesa figura, su manera de girar la cabeza, su rostro abierto. En él todo tenía vida, desde la cabeza a los pies. En todo su conportamiento se traslucía una gran superioridad de espíritu y una energía y una voluntad increíbles, como nunca antes había visto”.

    En dicho banquete, entre los críticos se encontraba también Eduard Hanslick, quien escribió sobre “el Parsifal”: “su obertura es de un aburrimiento espantoso, y la orquesta produce esa música que es como una caldera embrujada llena de Leit-motivs que burbujean”.

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    Thomas Mann describió la figura de Kundry como el personaje más fuerte y más enérgico de cuantos Wagner había compuesto.

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    El célebre pintor Lenbach también opinó sobre Wagner: “¿su música?, ¡ah!, es como un camión que se dirige hacia los cielos”.

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    Un crítico de la época escribió sobre el estreno del “Parsifal”: “El único personaje sensato de la obra es Amfortas, pues se pasa toda la obra tumbado en una cama”.

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    Félix Mottl dirigía en cierta ocasión “El Ocaso de los Dioses” en Londres, cuando se levantó la cortina en el segundo acto, la sala de los Guibichungos aparecía vacía. Mottl, sin embargo, siguió con la música, muy extrañado, pero cuando ya llegaba el fragmento que debía aparecer Günther y cantar, ya estaba escamado, pues seguía sin aparecer nadie. Hubo una larga pausa y finalmente apareció Günther cantando el fragmento “so sietze ich hier am Rhein”. Leo Slezak quien narraba la anécdota contaba que el público ni siquiera se enteró, pues en aquella época el público en Estados Unidos y en Inglaterra aparecía en el primer y tercer acto, pero en el segundo acto había una desbandada general.

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    La revista “simplicissimus” siempre dedicó muchas lindezas a Wagner y a su obra. Veamos algunas. Aparece un militar de rango y le dice a un joven oficial: “cuando escucho el ”Tristán”, siempre llevo el monóculo puesto, de este modo me obligo a tener siempre un ojo abierto”. Una señora le pregunta a un americano que ha visto “Tristán”: “Señor Smith, ¿le ha gustado la obra?”, a lo que contesta éste: “La verdad es que este señor (Tristán) podría haberse muerto no tan lentamente!”.

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    Otra anécdota de Leo Slezak. A finales de siglo cuenta que tuvo que interpretar el “Lohengrin” tan aceleradamente que ni siquiera tuvo tiempo de ensayar ni de conocer a la cantante que interpretaría a Elsa. Además era una nueva cantante que no conocía. Una vez la obra se iba desarrollando, cuando llegan al duo amoroso en que Lohengrin/Slezak le dice a Elsa “te quiero”, le comentó al oído: “por cierto, me llamo Leo Slezak”, a lo que ella le respondió: “encantada, mi nombre es Ternina”.

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    En el verano de 1891 visitó Bayreuth Romain Rolland, entonces con apenas 23 años. Encontró el “Parsifal” sublime, y calificó el tercer acto de la obra como el quinto evangelio, o incluso más profundo que el primero. Lo único que no le gustó demasiado fue una parte del público.

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    El “Berliner Lokalanzaeiger” de 1898 hizo un menú irónico de un banquete wagneriano:

Sopa de Walkurbis (Kurbis es calabaza en alemán) 

Siegfrikandeau de Ternera 

Rheingoldfish a la maitre 

Fafner-filete en su salsa 

Fricka-ssee con albóndigas a lo Wotan 

Wigalaweingelee 

Helado de Erda-beer (Erdbeere es fresa en alemán) 

Bebida: Dry Cosimadeira

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    Tanto Siegfried Wagner como Wieland Wagner eran zurdos.

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    En 1914 la célebre Isadora Duncan bailó en la bacanal del “Tannhäuser” en Bayreuth, dirigiendo Siegfried Wagner. 
Winifred Wagner, de soltera Williams, vio por primera vez a su futuro marido, Siegfried cuando ella tenía quince años, y la primera imagen fue tan profunda que quedó impresionada, hizo un dibujo del perfil suyo dirigiendo que aun se conserva en el museo de Bayreuth.

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    Cuando la prohibición de representar el “Parsifal” fuera de Bayreuth, en Amsterdan se intentó representar, a través de una “Asociación Wagneriana” tan secreta que el que compraba el tiket para ver la obra, adquiría automáticamente la tarjeta de miembro de la misma.

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    En 1913 cuando el centenario del nacimiento de Wagner, se hizo en Bayreuth una serie de actos conmemorativos, e incluso se acuñó una medalla de oro para tal ocasión, asimismo se colocó en el templo del Walhalla cerca de Regensburg su busto entre el resto de proceres alemanes. Cosima Wagner, con respecto a todos estos actos opinó que el mejor regalo para su difunto marido hubiera sido un aplazamiento para la preservación del “Parsifal” en Bayreuth, cosa que como sabemos no se cumplió.

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    El uno de octubre de 1923 Bayreuth recibió la visita de un delgado y pálido hombre, quien estuvo silenciosamente visitando la casa de Wagner y largamente contemplando en quietud la tumba del Maestro. “El se dirigió hacia nosotros”, recuerda Winifred Wagner. “Nos habló mientras se iba acercando y nos prometió que si algún día tuviese influencia en los destinos de Alemania, entonces haría lo posible por devolver el ”Parsifal” a Bayreuth”. Este hombre no era otro que Adolf Hitler.

    El entusiasmo de Winifred Wagner por Adolf Hitler fue creciendo más y más a raíz de esta visita. Poco después del “Putsch” de Munich, la propia Winifred Wagner envió a Landsberg, prisión donde estaba internado Hitler y sus colaboradores, un paquete que contenía papel y útiles de escribir, tras saber por Göring que tal cosa le hacía falta. Con tal material, Hitler escribiría su célebre obra “Mein Kampf”. De este modo Winifred Wagner sería la directamente colaboradora de Hitler en su obra capital.

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    Siegfried Wagner hizo una gira por los Estados Unidos en 1924. El primer mensaje enviado a su casa decía: “sorprende las poquísimas orquestas que existen en este país, con lo que hay problemas a diario con mitoumée. ¡Un verdadero trabajo de negros!, pero supongo que debe ser así, ya que no puede haber dos Bayreuth”.

    Dicha toumée fue un éxito abrumador, y Siegfried Wagner dio a conocer la música de tres generaciones de su familia, la de su abuelo Liszt, la de su padre Richard y la suya propia. Con el dinero recogido pudo hacer frente a las numerosas deudas del Festspielhaus.

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    Siegfried Wagner se lamentaba de cierto publico anglosajón que venía a los festivales y lo encontraba todo mal, “la ciudad aburrida, los hoteles no los encontraban suficientemente elegantes, no tenían bares ni pubs con música de Jazz, y encima, mientras el largo monólogo de Wotan, las butacas no eran lo suficientemente cómodas para poder dormir”.

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    Lauritz Melchior, el célebre tenor danés, debutó en Bayreuth como Siegmund en “La Walkyria” en 1926, hasta 1931 interpretaría allí Siegfried y Tannhäuser. En Estados Unidos era toda una institución. 
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L. Melchior debutó en Bayreuth como Parsifal el 23 de julio de 1924. Interpretó Siegmund el 26 de julio del mismo año. [N. de la H.]

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    La hija mayor de Siegfried y Winifred Wagner, Friedelind, fue poco “lind” (en alemán “suave”) y menos “friede” (“paz”), pues fue l’enfant terrible de la familia. Siempre criticó especialmente a su madre mordazmente, por su relación con los nacionalsocialistas y Hitler, y a su padre por las obras que componía. Su autobiografía “noche sobre Bayreuth” es reveladora de ello. Una vez en una prueba general con su padre del “Siegfried”, gritó desde el escenario, haciendo mofa de los títulos de las óperas de Siegfried Wagner: “la próxima obra de mi padre se llamará ”der Kuhwedel” (la cola de vaca)”, y durante la representación de dicho Siegfried, podían oírse sus risotadas desde el proscenio.

    El 1 de abril de 1930 moría Cosima Wagner en Bayreuth. “Joven y bella como si tuviese treinta años, mujer sin faltas, siempre con la sonrisa en la boca”. Semanas más tarde, le seguía su propio hijo, Siegfried, el 4 de agosto. En Bayreuth se interpretó el “Idilio de Siegfried” en su recuerdo, dirigido por Toscanini, que entonces estaba a cargo del “Tannhäuser”.

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    1933 sería el año de la tercera visita de Adolf Hitler a Bayreuth, pero esta vez no como un simple visitante, sino como Reichskanzler.

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    Richard Strauss también dirigió el “Parsifal” en Bayreuth, y su primer acto duraba media hora menos que el de Toscanini, quien tenía fama de dirigir lentísimo. Wolfgang Wagner comentaba de Strauss: “el ”Parsifal” de Strauss es maravilloso, lo desarrolla como un vals y te hace permanecer alegre cuando lo has escuchado”.

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    Hans Pfitzner en los años 30 asistió a una representación en Viena de “La Walkiria” con un tal Wallerstein como escenógrafo. Al parecer no le gustaron los decorados y comentó: “esta no era la ‘Walkiria’ de Wagner, sino la ‘Willkure’ (libre albedrío, en alemán) de Wallerstein”.

    En 1933, y ya siendo Canciller del Reich, Adolf Hitler deseó que en los Festivales de Bayreuth se imprimiese una hoja para que la pudiesen leer los asistentes a los Festivales. En dicha hoja, el Führer pedía por favor, que se abstuviesen de cantar el “Deutschland über alles” o el “Horst Wessel” por el hecho de estar el allí, pues -seguía diciendo la misma octavilla- no quería que nada proveniente de su parte perturbara la grandeza del Maestro de Bayreuth.

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    En contra de la idea que se suele tener siempre de la relación Hitler con los Festivales de Bayreuth, la anécdota siguiente nos relata bien tal cosa. Al parecer, ciertos elementos del Partido intentaron e incluso encargaron que en la escena festiva de “Los Maestros Cantores” aparecieran banderas con la esvástica, y en la sala de los Gibichungos del “Ocaso” aparecieran runas con forma de cruz gamada. Al parecer Winifred Wagner se lo comentó a Hitler, quien inmediatamente dio orden para que aquello no se hiciese. Al parecer tanto Emil Pretorius como Heinz Tietjen, apoyaban en cierto modo esa idea.

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    Cuando empezó la guerra, Winifred Wagner decidió cerrar el Festival, pero Hitler le propuso hacer un Festival de guerra, que iba a durar desde 1940 a 1944, primero con el “Anillo” y el “Holandés”. Y a partir de 1942 con “Los Maestros Cantores”. El festival iba a ser visitado a partir de entonces por heridos de guerra, hermanas de la Cruz Roja y trabajadores. Además se iba a cumplir uno de los sueños de Wagner: el que las entradas fueran gratis.

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    La última representación de esta época fueron unos “Maestros Cantores” el 9 de agosto de 1944 bajo la batuta de Furtwängler y con decorados tradicionales de Wieland Wagner.

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    El compositor inglés Cyrill escribió en su libro “la secreta influencia de la música a través de la historia” que Wagner había sido indirectamente el causante y culpable de la II Guerra Mundial por haber creado una idea de germanismo, héroes y demás, que llevaron a la masa de los alemanes a la guerra. Que si no hubiera sido tan alemán Wagner, eso no hubiera pasado.

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    Cuando Wieland Wagner hizo sus primeros pinitos en el arte de redecorar los escenarios wagnerianos, después de la guerra, como gran iniciador del desastre escénico posterior, hubo multitud de aireadas protestas, a las cuales el contestó, ni mas ni menos: “el mundo ha cambiado y por tanto el mundo wagneriano también. ¿O debemos acaso hacer los decorados de los dramas musicales como en el III Reich? Ciertamente no. ¿O como en la época de mi padre? No. ¿O como en la época de mis abuelos?”.

    Sin palabras.

    Cuando Wieland Wagner hizo el célebre y monstruoso escenario para “El oro del Rhin”, explicó a la prensa: “el Wallhala es Wall Street, símbolo del poder inaccesible. ”Rheingold” es el drama de la empresa de construcción ”Fafner & Fasolt” ”. Knappertsbusch que esto oía, añadió entre gruñidos: “sí, y la quiebra de tal empresa se utilizará como el agujero del lavabo”.

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    La prensa del mundo entero, casi unánimemente, criticó los decorados de Wieland Wagner. El “Hamburger Zeit” decía: “Bayreuth ha caído en manos de los antiwagnerianos, y Wieland Wagner quien ahora va a encargarse años tras año de sus decorados, es el cabecilla”. El diario austríaco “Die Neue Front” hacía un curioso comentario: “Bayreuth está renaciendo ahora. No porque vuelva a ponerse en marcha después de un largo período de inactividad, sino por los nuevos aires escénicos. Pero para que haya tenido lugar este nacimiento, ha tenido que producirse una defunción: la muerte de los wagnerianos”. Al parecer el público silbó, pataleó y abucheó muchos de los estrenos de Wieland.

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    En una ocasión estaba Astrid Varnay, la célebre cantante, escuchando como simple oyente una representación de “Los Maestros”. A su lado estaba sentado un oficial americano, quien, ya casi al final del primer acto, le pregunta en voz baja: “perdón, ¿esta obra es Parsifal?”. A lo que ella respondió: “¡es realmente lo que Vd. quiera!”.

    Joachim Kaiser ironizaba sobre el público americano que visitaba las obras de Wagner en Bayreuth, quienes una vez acabadas las largas representaciones, se preguntaban al salir del teatro: “¿es todavía Roosevelt presidente?”

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    Hildegard Knef llegó en una ocasión un par de minutos tarde a la representación de una obra en Bayreuth. El portero no la dejaba entrar y ella iba elevando la voz, a lo que aquel atajó con un “¡Pssst!”. Ella respondió entonces: “¿Qué pasa, ya están durmiendo todos, o qué?”

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    En cierta ocasión tras una Première en Bayreuth, coincidieron Wofgang y Wieland Wagner con los hijos de Richard Strauss y Gerhart Hauptmann. La prensa, naturalmente, les hizo una foto juntos. Un periodista le preguntó a Wolfgang que cual sería el pié de foto ideal para aquella fotografía, a lo que él contestó, parafraseando una frase del “Tristán”: “los descendientes degenerados son indignos de sus antepasados”.

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    En los festivales de 1953 durante una representación del “Tristán”, Martha Mödl -Isolda-, no se encontró muy bien. Pese a todo cantó el primer acto, pero durante la primera pausa se buscó una sustituta, y finalmente cantó el resto de la obra la cantante Astrid Varnay. De este modo hubo en el Festpielhaus un Tristán con dos Isoldas.

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    El rechazo de Hans Knappertsbusch, “Kna” para todos, por los modernos decorados no era un secreto para nadie. Pese a todo dirigió siempre los festivales salvo en una ocasión, en 1953, donde se negó en rotundo, siendo sustituído por Clemens Krauss. Pero en 1954 volvió allí. A la pregunta de que si se había acostumbrado a los decorados de Wieland, él simplemente contestó que sencillamente no miraba al escenario.

    Pero de nuevo en un “Parsifal” se negó a tocar, pues habían suprimido la Paloma en la escena final del mismo, y sentenció: “sin paloma no hay Knappertsbusch”. Finalmente Wieland accedió y tuvo que poner la paloma, pero del tal modo que tan sólo Knappertsbusch la apercibía, pero el resto del público no. “Kna” siempre dirigió “Parsifal” hasta su muerte.

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    Durante una representación de “Rheingold” en Viena, comentaba su director, Herbert von Karajan a los cantantes: “Wotan es un típico vienés. Primero él habla mucho, segundo él hace muy poco, tercero no rompe ningún pacto y cuarto, acaba totalmente cansado de todo”. Sobre el Tannhäuser un día comentaba en broma: “¿saben dónde se inspiró Wagner para su ‘Tannhäuser’? en una casa en llamas. Primero escuchó la sirena del coche de bomberos, ‘trara, trara’, y ese fue el inicio del Coro de Peregrinos. Y luego escuchó el ruido de los rescoldos del incendio, ‘tal-ti-a, tal-ti-a’, que están perfectamente descritos por los violines en la Obertura”.

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    Si chocante fue un Tristán con dos Isoldas, aún fue más paradójico lo que pasó en el Met de Nueva York en una ocasión en la representación de un “Tristán”. Allí era una Isolda (Birgit Nilsson) con tres diferentes Tristanes. Ramón Vinay, el titular se sintió indispuesto; su sustituto, Karl Liebl, estaba resfriado, y el segundo sustituto, el joven Albert Da Costa se puso enfermo ante lo que se le venía  encima. ¿Que hacer? Los tres tenores se pusieron de acuerdo en cantar un acto cada uno. El director, Bing, comentó sarcástico: “¡menos mal que la obra sólo tenía tres actos!”

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    En cierta ocasión, Karajan produjo todo el “Anillo” en el Met de Nueva York. Dirigía la orquesta y se encargaba de la dirección escénica y la iluminación. Tenía ayudantes por doquier, y estaba pegado al teléfono repitiendo órdenes a diestro y siniestro. En un momento dado en que la escena estaba oscura, Karajan dijo al asistente: “¡más luz sobre Wotan!”. Este a su vez le pasó la orden al jefe de iluminación: “¡más luz sobre Wotan!”. A lo que éste respondió de repente: ”¿quién es Wotan?”.

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    Paul Schöffler hizo de Holandés en el teatro San Carlo en Nápoles; durante el monólogo del primer acto, notaba en el barco, que alguien le miraba fijamente. No era otra cosa que un gato, quien empezó a hacer un dúo de maullidos con él durante todo el monólogo. Schöffier aprovechó el intermedio orquestal que Wagner afortunadamente pusiera después, para ahuyentar al gato con su gran capa negra. Pero inútilmente, de nuevo más tarde aparecería el imponente gato napolitano a hacer dúo con el Holandés. En el entreacto, el Director se excusó: “en 39 años que llevo en este Teatro puedo asegurar que los gatos sólo han venido a la hora del mediodía. Es muy extraño!”.

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    En otoño de 1979, el actor vienés y director escénico Otto Schenk comentó en un programa de televisión llamado “la obra puede comenzar”: “Alguien se acerca y le dice a un director teatral: ” tengo preparado para Vd. una pieza que dura dieciocho horas, pero que se ha de representar en cuatro días. Es un poco pesada o a veces incluso muy pesada, y sólo la pueden interpretar en todo el mundo bien seis ó siete personas, pues es muy difícil de cantar y hay que hacerlo muy bien”. A lo que el Director teatral responde: 
”¿pero quién va a poder interpretar eso, quién va a poder escenificarlo, dónde existe el teatro donde se pueda representar? Ande y váyase a su casa”. El hombre aquel nunca se fue a su casa: Richard Wagner ”. 
 

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