Richard Wagner und die Tierwelt, Gesellschaft zur Förderung des Tierschutzes und verwandter Bestrebungen. Berlín, 192?. 1ª edición, Leipzig, 1890. Wagneriana, nº3. 1982
Wagner y los animales
Por Hans von Wolzogen

 

INTRODUCCIÓN

De la mayoría de los hombres verdaderamente grandes se sabe que han sido amigos de los animales. Donde se sepa lo contrario, se habrá de poner en duda la verdadera grandeza. Con más profundidad encontramos este sentido de amistad y amor en el filósofo Arthur Schopenhauer, el cual explicó el sufrimiento de los seres vivientes como fundamento de la moral, en su “voluntad de vivir” y en Richard Wagner, el cual añadió muchas cosas a la enseñanza de Schopenhauer y la completó en el campo religioso como “la Religión de la Compasión”.

Ha sido muy admirado el espíritu de este hombre que siempre tuvo tantos enemigos, pero nunca se profundiza en sus razones. A todos causó asombro que un músico también escribiera poemas y novelas, que se ocupara de la filosofía y de reformas, etc. pero se olvidó que todo esto lo hacía con la fuerza de su música. Por eso la música de Wagner es tan profundamente característica, su música es la expresión del alma mundial: la voluntad de vivir de Schopenhauer en libertad ideal.

Por lo tanto en la música de Wagner no sólo se encuentra el sentimiento humano sino también verdaderamente toda la naturaleza representada en la vida melódica, rítmica y armónica. Ningún músico había representado anteriormente en forma musical el alma de los bosques y de las montañas, del fuego y de los ríos, de las flores y los árboles, ni de los animales, expuesto de manera tan artística, que no aparece como un efecto decorativo de fondo, sino que se halla completamente incluido en el campo ideal de la expresión del alma mundial, el cual tomó en la música de Wagner el carácter de Drama.

El que haya comprendido esto -y sólo se puede comprender a base de sentimiento, como toda la música de Wagner- , entenderá que Wagner en sus obras y sorprendentemente, haya llevado a casi todo el mundo animal a escena. En ocasiones esto ha sido motivo de risa, se ha querido calificarlo como cuentos de niños y efectos barrocos, casi como una barbaridad en nuestro mundo cultural. Pero cuando se constata de que manera aparecen estos animales en las obras de Wagner, y la expresión musical que los acompañan, entonces todas las frases anteriores se han de olvidar o se convertirán en frases ridículas juzgando lo verdadero y grande.

Pensemos en los mensajeros, la paloma y el cisne, en Lohengrin y en el Parsifal; en las deliciosas criaturas de las hijas del Rin, en la horrenda expresión de un campo animal que desaparece, muriendo el gigante Fafner, en el pajarito del bosque, el cual enseña al solitario Sigfrido el idioma de la madre naturaleza; al fiel caballo de la Walkiria, Grane, el cual muestra su amor tan profundo a Sigfrido, tan profundo como el de cualquier humano. Sí, miremos de cerca momentos de escena al parecer superficiales, como por ejemplo la escena de los cazadores, con halcones y perros, al final del I Acto de Tannhäuser, y veremos que el artista subrayó este momento de caza tan alegre porque quería con ello crear un contrapeso artístico, simbólico hacia aquella bacanal brutal, endemoniada, en el Venusberg, con sus ninfas y sirenas, faunos y sátiros, del cisne de Leda, del toro de Europa, etc. en el principio del mismo acto. Frente a frente las fantasías antiguas de la magia y la viveza romántica de la vida del bosque alemán en primavera; pero al mismo tiempo también una advertencia de que en esta alegre reunión, en este mundo de alegre cacería, el caballero honrado y apasionado no encontraría sitio, como tampoco lo encontraría la virgen, la Santa Isabel. Luego, en el tercer acto, al final, encontramos la contraposición, el cuadro trágico frente al cuadro del alegre cazador. Mientras viene el grupo funerario con el cuerpo sin vida de Isabel, durante la noche, también aquí nos habla la naturaleza otra vez; porque en el mundo que participa en la matanza de los animales, vuelve a florecer el eterno retorno a la naturaleza en forma simbólica en el delgado báculo del peregrino.

Así también vemos en el Parsifal, en el primer acto, como se da muerte al cisne. Se la da un muchacho del bosque sin conocimientos ni experiencia, mientras que en el tercer acto, el arrepentido caminante comprende de pronto la compasión, el secreto de la vida, el dejar que vuelvan a crecer las flores bajo las “lágrimas del arrepentido”. La vida es parecida a Dios, le hace falta ser liberada; el hombre ha sido elegido, para que a base de compasión y de actos de amor, pueda llevar a la naturaleza la liberación en nombre de Dios, el cual, él mismo ha sido el liberador. 
 

Hoy se alegra todo lo creado, 
siguiendo los pasos del Redentor, 
y ferviente oración le dirige. 
Como en la cruz no puede verlo, 
dirije su mirada al hombre redimido, 
él ya es libre de pecados, miedo y terror 
gracias al puro y limpio sacrificio de Dios. 
Esto siente el tallo y la flor en el valle, 
sabe que hoy el hombre no la pisará, 
pues sabiendo él que Dios, tierno y amoroso 
se apiadó de ella muriendo en la cruz, 
hoy el hombre lleno de piedad, 
andará con paso suave. 
Todo ser quiere hoy agradecer 
todo lo que florece y se marchita. 
La naturaleza limpia de pecados, 
hoy vive su día de pureza.

Ahora seguiremos los pasos que han dado nuestros artistas para llegar a tal confesión. Veremos que el mundo animal ha acompañado a este gran hombre en todos sus pasos, de trabajo y sufrimiento y en todas las épocas. Siempre pensó como trabajo cotidiano, adjuntar a la biografía de su vida, también “La historia de mis perros”. Por desgracia ni esta se empezó, ni se acabó la otra. Pues el maestro, siempre ocupado en cosas más grandes, murió a los setenta años, demasiado temprano.
  
 

1813-1842

El 22 de mayo del año 1813 nació Richard Wagner como el más joven de una familia numerosa, en medio de la alarma de guerra de la “Bautzener Schlacht” en Leipzig. Su casa en Bruehl, una de las más antiguas de la ciudad, llevaba sobre su puerta el cuadro del “León blanco y rojo”. Bajo esta protección del animal simbólico vivió el niño solo durante corto tiempo. En el quinto mes de su vida perdió a su padre; la madre se volvió a casar después de dos años con un gran amigo de la casa que se preocupaba desde hacía tiempo por su destino: era el pintor con talento, poeta y actor Ludwig Geyer. La familia se trasladó a Dresde. El niño llevaría a partir de entonces el nombre de este nuevo padre, en lugar del suyo propio, solamente en los años veinte de la época, empieza a existir un Richard Wagner. También murió el cariñoso padrastro, después de cuatro años. “A lo mejor tiene talento para la música”, estas palabras las oyó decir el pequeño Wagner a su padrastro, ya en el lecho de muerte, dirijidas a su madre, mientras él, en la habitación contigua estaba intentando tocar torpemente al piano al “Jungfernkranz”.

F. Avenarius el hijo de la hermanastra de Wagner, cuenta en el periódico “Allgemeine Zeitung”: “Una base del carácter de Wagner -y no solamente durante su niñez- fue su gran y apasionante amor hacia la naturaleza. Pero esta alegría por la naturaleza no se manifestaba en colecciones de mariposas y demás, sino en su gran pasión por los animales vivos. De niño se iba a la calle para encontrar perros con los cuales trabar amistad. Una vez oyó en un estanque unos gemidos. Con la ayuda de su hermana sacó de ahí a un perrito recién nacido. Le estaba prohibido por principio, llevar animales a casa, pero no podía dejar morir al animal, así que la hermana se lo llevó en secreto a la cama, pero la criatura mostró poca comprensión para aquella situación y sus lloros le descubrieron.

“Aún mejor es otra anécdota. Desde hacía días creía la Sra. Geyer que en el cuartito se oía demasiado ruido de ratones, sin embargo tampoco parecía que fueran ratones. ¿Qué era?.

“Cuando al día siguiente entra el magistrado Humann en la casa, dijo que olía tan mal que no se podía aguantar. La sospecha se dirigió hacia la habitación de trabajo de Richard. Abrieron la puerta y encontraron a una familia de conejos. “Pero por Dios, sino se hubiesen muerto”, dijo Richard. El los encontró y los quiso salvar. Al fin y al cabo ¿Qué les faltaba? De la comida se preocupaba Cäcilie y para respirar su hermano había hecho un agujero detrás del armario”.

En la escuela “Kreuzschule” de Dresde era Richard un niño escolar muy despierto. El arte griego y su alegría por la naturaleza en colores, era para su viva y despierta fantasía, algo muy profundo. Este gran ejemplo le hizo hacerse poeta. La música vivía de momento solamente para él en los sonidos ocultos del bosque alemán y en el “Freischütz”. Weber, entonces maestro de música en Dresde, era un buen amigo de la casa Geyer: “con pasión honraba el niño al maravilloso maestro de los sonidos”. En el “Freischütz” sonó por primera vez la grandiosa voz de la naturaleza, la cual sería una llamada para el despertar de todo el quehacer artístico de Wagner, una vez que acogió también los medios de expresión sinfónicos de Beethoven. Beethoven fue el que le hizo verdaderamente ser músico. Esto ocurrió en Leipzig, donde volvió a ir la familia en el año 1827. Aquí se desarrollaron ya rápidamente sus inquietudes artísticas. A los 17 años le fue estrenada una obertura suya en el teatro. De la literatura de su tiempo, se acercó y se fue familiarizando espiritualmente con el músico-poeta genial y pintor E. Th. A Hoffmann. Hasta entrado en edad conservó esta preferencia para este excepcional escritor, con el cual la idea de la totalidadde la naturaleza alcanzó una impresión sin igual en su sentido fantástico-fantasmal. Especialniente un los maravillosos poemas del Gato Murr, el perro Berganza, el Maestro pulga, la “olla de oro”, con el jardín embrujado lleno de pájaros, de pájaros del Salamder-Archivarius Lindhorst y Serpentina de la serpiente de color verde-oro, la saga del cascanueces y del rey de los ratones etc., ahí vivía el mundo animal con los humanos y los fantasmas en una unión tan estrecha y conocida que la joven alma de nuestro artista tenía que encontrar en ellos una alimentación útil para su propio espíritu, tanto más dado que para Hoffmann el alma de unión para la persona y la naturaleza era también la música.

Empujado por esto, compuso el estudiante de música de Leipzig, su primer texto de Ópera: “Die Hochzeit”, el cual dejo sin embargo sin terminar: un horror brutal destruía en ella el espíritu del amor, el cual en todas sus obras sería ensalzado.

En este tiempo ocurrió algo que jamás olvidaría y que le hizo descubrir la brutalidad, casi hucha hecha juego, de nuestra humanidad hacia los animales. Lo contaré como se lo oí a él mismo.

El joven, hambriento de la vida y alegre, se dejó arrastrar por la también alegre sociedad a un día de caza. Empezó la caza de conejos. Sin mirar y ciegamente el inexperto disparó su arma. No sabía si había acertado, todo se le borró en la alegría de aquello nuevo y extraño. Cuando después el grupo celebró una comida al aire libre, se acercó a ella, arrastrándose un pequeño conejito que dirijió su mirada precisamente hacia el joven cazador el cual en este mismo momento y de todo corazón queda convencido por su conciencia arrepentida que este animal ha sido destruido por sus ganas locas y sin sentido. Nunca más tocó un arma para cazar un animal. No pudo olvidar jamás la mirada de aquel animal herido.

El hecho se halla reflejado, ya en su primera obra dramática. En el texto de su ópera “Las Hadas” cuando el héroe dice las siguientes palabras: “ ¡Halo! ¡Soltad los perros! Ahí, ahí. ¿véis los ciervos? ¡Venid cazadores, venid!... Oh, mirad, ya está cansado el animal. ¡Envío la flecha mirad como vuela! Apunté bien, ¡ah, ah! llegó al corazón. Oh, mirad, el animal está llorando. Las lágrimas brillan en sus ojos. Oh, de que manera me mira. ¡Qué bonito es!. Horrible, mirad, no es un animal, es mi esposa!”. Y el mismo hecho fue tenido en cuenta, después de cincuenta años, alimentado en el recuerdo, en su última obra, “Parsifal”

Gurnemanz:

Oh maldad grande,

¿Te atreviste a matar en la sagrada selva

donde sólo le rodea la paz?.

¿No se acercan las bestias mansas a tu lado?

¿No te saludan alegremente?

¿Desde lo árboles, no te cantaban los pájaros?

El fiel cisne ¿que te hizo?

Nosotros lo apreciábamos, ¿y tú?

Aquí -mira- aquí le diste.

Todavía sale la sangre,

sin vida cuelgan sus alas;

sus plumas de nieve, tienen manchas rojas,

se nublan sus ojos, ¿ves su mirada?

¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Parsifal, que escucha con emoción, coge sus flechas, las rompe y las tira.

¿Cómo has podido hacerlo?

Parsifal:

¡No lo sabía!.

Así en el niño crece primero el sentimiento de la compasión, la cual le lleva hasta el “Blumenaue” de aquel Viernes Santo, donde Gurnemanz vuelve a tener su segundo discurso sobre la naturaleza. “Pero de sangre azul pareces y gran nacido”, así le dice el caballero del bosque al asesino del cisne. Esto nos recuerda unas palabras de Wagner durante la época de su composición del Parsifal, que también se refieren a la caza y que han de poner fin a este episodio mencionado: “Por lo menos parece un viejo hechizo bramánico, al que lleva una vida de pecados -el que es más mal visto por el bramán- vuelve a nacer como cazador” (“¿Hemos de esperar?” 1879).

En el año 1834 empezó Wagner su verdadera obra como músico al ser nombrado director del teatro de Magdeburgo. Ya había escrito su primera ópera romántica, según fábulas de Gozzi, “La mujer como reptil”, antes llamada “Las Hadas”. El cambio de la hada por un animal lo logró por una petrificación por la cual es liberado el hombre amante, por la música. Quizás le guiaba aquí un sentido de instinto, según el cual la metamorfosis tenía otras razones y no las que estaba utilizando para este juego de fábulas. Esta obra no llegó a estrenarse.

Una segunda obra, “La prohibición de amar”, se hundió al ser estrenada sin éxito en el teatro de Magdeburgo, lo cual alcanzó a toda la compañía. En los mucho apuros de su estrecha vida ahí, le fue un fiel compañero el perro “Lilí”. Le seguía hasta la orquesta, y cuando tuvo que desaparecer de ahí debido a algunos comentarios críticos, nadie pudo evitar que después de vagabundear por la ciudad, esperara a su dueño todas las noches en el portal del teatro.

Desde Magdeburgo llegó Wagner a Koenigsberg en 1836, donde se casó, y de ahí, en 1837 se trasladó a Riga. En esta ciudad quiso al principio componer una ópera cómica que habría de sacar de “Las mil y una noches”: “La alegre familia de osos”, pero el humor le desapareció ante el imponente héroe liberal romano, Rienzi. Con esta obra llevó Wagner por primera vez al animal -en forma de honorable caballo, símbolo de vencedor de guerras- al teatro.

En Riga llegó a su poder un precioso perro -entonces casi su única pertenencia-. Robber pertenecía anteriormente a un vendedor de Riga, llamado Armistead, pero enseguida se unió estrechamente a Wagner. Le seguía en todos sus paseos y se echaba en la puerta de la casa Bordow (Alexanderstr. 9) hasta que Wagner ya no tuvo más remedio que dejarle entrar. Cuando a Wagner se le enseñó después de cuarenta años, en 1878, una pintura de su casa de entonces, lo primero que hizo fue señalar con el dedo el sitio donde Robber solía estar echado, delante del portal. Con su recuerdo de aquella maravillosa ciudad, iba estrechamente unido el recuerdo de Robber. Sí, casi era de los recuerdos más bonitos que tenía en Riga. Cuando Wagner iba a la ciudad para los ensayos, Robber iba a su lado; durante el paseo tenía la costumbre de bañarse en el canal, incluso en el invierno, si encontraba algún agujero en el hielo.

Durante una prueba de la orquesta en la sala “Schwarzhaupter” se dejó caer majestuosamente al lado del que la dirijía, en posición tranquila, pero sin perder de vista a su amo; cuando el maestro dejaba caer la batuta junto a su cuerpo, el perro lo interpretaba como un ataque contra él y una de las veces Robber mordió la batuta, uno gritó: “¡Maestro, el perro!”.

Desde Koeningsberg hizo Wagner un viaje con un amigo hacia el Haff. Durante la noche le molestaban los ronquidos de éste. Siguiendo una vieja costumbre Wagner quiso poner remedio al asunto silbando, pero su amigo no dejaba de roncar. Su perro tomó el silbido como dirigido a él y se acercó a la cama lamiéndole cariñosamente, cuanto más silbaba Wagner, más le lamía el perro.

Estas y otras anécdotas del perro de los viejos tiempos, contaba Wagner con muy buen humor durante los últimos años. Contrariamente le quedó muy mal recuerdo de los cerdos congelados colgados en Riga por el vendedor Konsul Sch., el cual los vendía por 4 rublos a la marina inglesa.

Cuando en aquella época, el artista a sus 25 años, con su joven esposa, toma la decisión más atrevida de su vida, la de viajar en un barco velero y escapar así del país ruso y llegar hasta Inglaterra hacia París, para ahí, como centro de la vida social moderna y musical, acabar y estrenar su obra “Rienzí”, el perro fue un problema no poco grave. Pero también los peligros más grandes, que aún hoy se ignoran, fueron solucionados con gran valor por la joven pareja, para poder llevar el bello y precioso perro a París. Durante las fuertes mareas de la costa de Noruega pensó por primera vez en “El Holandés Errante”, pero lo peor fue el tiempo de su pobre vida de artista en el prometedor París. Nuestro genio alemán no fue el hombre de las protecciones y relaciones. Su ideal no fue entendido en la ciudad musical, donde estuvo a punto de morir de hambre, y todas las penalidades sufridas le hicieron ser siempre más un hombre enfermo, sin embargo el valioso perro no fue vendido; seguramente muchas veces recibió más alimentos que sus hambrientos dueños. El destino lo arregló, pues un día fue robado. Sin embargo Wagner no lo sintió como un alivio, sino que le pareció llegar a la cumbre de su desesperación. Fue entonces cuando erigió un monumento al animal en su triste novela “El final de un artista en Paris”, la cual explica, palabra por palabra, su situación de entonces, solamente el final le fue ahorrado al artista. “Acabamos de enterrarlo”, así empieza esta novela. “Fue un triste negocio”. “El primer aire cortante del invierno, cortaba la respiración; nadie podía hablar, y por ello no se celebró el sermón final. Pero no por ello debéis dejar de saber que el que enterramos fue una buena persona y un buen músico alemán. Tenía un blando corazón y lloraba a menudo, cuando eran maltratados los pobres caballos en las calles de París”. Voy a reproducir los siguientes fragmentos: “Hace ya más de un año que vi delante del Palais Royal bañarse a un precioso perro. Un adorador de los perros como soy yo, fue observánole. Al fin salió del agua y siguió los gritos de una persona, la cual, al principio solamente llamó mi atención como dueño de este perro. La persona, desde luego, no tenía, ni mucho menos, tan buen aspecto como su perro, pero se me gravaron los rasgos”. El narrador de la historia reconoce a su viejo amigo músico R. (Richard) y éste, entonces le cuenta sus problemas y esperanzas, y los planes que tiene en París. Una de las veces da una patada al suelo, riéndose irónicamente, y pisa a su perro la pata, el cual se queja fuertemente, pero enseguida le lame la mano, como si le estuviera pidiendo que no se peocupara tanto por lo ocurrido. El cuento del amigo acaba: “Dentro de un año podrás llegar a saber mi dirección de cualquiera, o recibirás la noticia de a donde has de venir para verme morir.” Silbó a su perro, -una disonancia- y de repente desaparecieron los dos por una esquina. Casi después de todo un año, vuelve a encontrar al desgraciado artista medio loco otra vez delante de un teatro, “Polichinell”, hablando de manera grotesca a lo Hoffmann, con un “maravillosamente hermoso gato blanco” como a la prima donna que le ayudó a llegar a la fama. “¿Cómo te encuentras, querido R.?” le pregunté con voz rota. Riéndome tristemente añadí:”¿Dónde está tu precioso perro?” Entonces me miró de manera seña: “Fue robado”, fue la triste contestación. “¿No vendido?” le pregunté. “Desgraciado”, me contestó enfadado. “¿Eres tú también como los ingleses?”. No entendí que es lo que quería decir con esto. Entonces se acercó cabalgando sobre un maravilloso caballo blanco un señor muy elegante, por su fisonomía y el corte especial de su vestimenta era inglés; a su lado corría deprisa con ladridos orgullosos un gran y maravilloso perro. “Ah, mi sospecha”, gritó al ver esto mi amigo: “¡El desgraciado! ¡Mi perro!, ¡Mi perro!” y como una lanza siguió corriendo al caballo y a su amo, el cual se alejó acompañado alegremente por el perro. Dos meses más tarde llama el que se está muriendo a su amigo para darle su último relato de sufrimiento. Medio muerto de hambre vive en una pobre y sucia calle arriba en Montmatre. Le cuenta sus intentos sin éxito con los bienhechores de los artistas y con las prima donnas. Una vez al dejar desesperadamente su casa, casi se cayó sobre su perro, el cual esperaba en la calle feliz a su amo... “No sé cuanto tiempo estuve echado ahí. Las patadas que recibía de los paseantes no las sentí; al final fui despertado por los cariñosos lamidos de mi perro. Me incorporé y enseguida comprendí la más grande de mis obligaciones: procurar encontrar alimento para mi perro. Un comprensivo comerciante de trajes me dio varios céntimos por un viejo chaleco que tenía. Mi perro comió, y lo que sobró me lo comí yo. A él le sentó de maravilla, pero en mí no podía hacer ya nada”. Entonces se encontró con aquel inglés, el cual le ofreció por su perro 50 guineas, porque esperaba encontrar en el animal de un músico, al fin aquella criatura musical que buscaba, ya que sus otros perros, al oírle tocar la flauta, aullaban horriblemente. “¡Desgraciado!” -le dije-, “ni por toda Inglaterra vendería mi perrro, mi amigo”. Como perseguido por un fantasma, en forma de inglés, corrió con su animal a casa. “Sin aliento llegué a mi asilo, le dí de comer a mi perro y me eché hambriento en mi cama dura. Dormí mucho y soñé cosas horribles. Cuando desperté había desaparecido mi perro. Le llamaba, le buscaba, hasta que caí exhausto. ¿Te acuerdas que volví a verle una vez en los Campos Elíseos? Lo que no sabes es que el animal me reconoció, pero me rehuyó como una bestia. A pesar de todo le perseguí a él y al caballo con su amo, hasta que entraron corriendo en un portal grande, el cual se cerró detrás de ello. En mi odio golpeé el portal: la respuesta fue un enfadado ladrido. Vacío, como acabado, me apoyé, hasta que por fin me despertó de mi desvanecimiento una horrible escala tocada por un oboe de bosque, la cual llegó a mis oídos desde el fondo del elegante hotel, y al cual le siguió un horrible aullido de perro. Entonces me reí fuertemente y seguí mi camino”. Todavía, ya muriéndose, le dijo a su amigo su último deseo, entre otros éste: “No quiero que le pegues a mi perro si es que alguna vez tropiezas con él” y acababa con las palabras de su cristianismo: “Yo creo en Dios, Mozart y Beethoven, creo en el espíritu santo y en toda la verdad de un gran arte; creo que este arte parte de Dios y del corazón de todo aquel que está iluminado. Creo que los fieles seguidores del gran arte serán algún día unidos en el cielo, iluminados por el sol, llenos de sonidos maravillosos con una harmonía eterna y divina”.

Cuando nos acercábamos humildemente al cementerio de Montmatre, observamos a un maravilloso perro, que con miedo husmeó la tumba y el ataúd. Reconocí al animal, y me di la vuelta: elegantemente sentado en su caballo vi al inglés. Parecía no poder entender la actitud llena de miedo de su perro, pero desmontó y nos alcanzó en el cementerio. “¿A quién entierran, Señor?” me preguntó. “Al amo de aquel perro”, le contesté. “¡Goodman!” dijo, “no me gusta que aquel Gentelman haya muerto sin recibir el dinero por su perro. Pero quisiera arreglar esta falta y las 50 guineas serán destinadas para una lápida, que será puesta sobre la tumba del Gentelman”. Se fue y montó su caballo; el perro se quedó al lado de la tumba, el inglés se alejó”. Así termina la novela, que ha de convencer a cualquiera que la lea y tenga sentimientos, de que Wagner fue un verdadero poeta y un gran conocedor de las relaciones del hombre hacia el mundo animal.

Pero también fue un hombre para el cual era válida la frase de “un artista ante la gracia de Dios”, tantas veces mal empleada. En medio de aquella aplastante vida desgraciada de París y de todas aquellas humillaciones en lo artístico y lo humano, bajo las preocupaciones por su trabajo, acabó Wagner, seguro que obligado por una fuerza mayor, no solamente su “Rienzi” sino que también creó “El Holandés Errante”, poesía y música, y descubrió todo aquel maravilloso tesoro del mundo mítico germano en las fábulas de “Tannhäuser” y de “Lohengrin”. Así, enriquecido dentro de su gran pureza, dispuesto a regalar al mundo obras de valor incalculable, por fin también un hecho feliz en su vida. Una llamada de su patria. Su “Rienzi” había sido estrenado en Dresde, su “Holandés” en Berlín. Vuelve del extranjero. “Por primera vez vi el Rin: con lágrimas en los ojos juré, yo artista pobre, fidelidad eterna a mi patria alemana”.

1842-1864

El gran éxito de “Rienzi” hizo que Wagner ocupara el puesto de maestro de capilla en el teatro de Dresde. En esta ciudad actuó el genio durante 7 años para suerte del arte. Entre otras cosas reconstruyó la “Iphigenia in Aulis” de Gluck, de manera comprensiva y patética, asegurándole así un efecto vivo y duradero. La viuda de Weber confesó entre lágrimas, que gracias a él volvió a oír verdadera y espiritualmente otra vez las obras de su marido. La IX Sinfonía de Beethoven, declarada durante tanto tiempo como imposible y demasiado audaz, gracias a él ha sido incorporada para siempre a la vida musical de Alemania.

Aparte de esto también acabó sus propias obras maestras: “Tannhäuser” y “Lohengrin”. Nacieron también las primeras ideas para “Los Maestros Cantores de Nuremberg”, preparó el esbozo para “El Mito de los Nibelungos”, componiendo después “La muerte de Siegfried”. Pero todo ello tuvo lugar en una época, que pese a todo no se interesó por su trabajo. Sus obras más nuevas, como “Tannhäuser” y “El Holandés”, le proporcionaron algunos verdaderos amigos, pero dejaron frío al público y despertaron a la crítica a una verdadera guerra devastadora contra el joven artista, el cual encima se atrevía a llevar el cristianismo al teatro (lo cual era sellado como “romántico”).

Sus planes prácticos de reforma del teatro de Dresde, para poderle dar utilidad para el arte nacional, fueron relegados al olvido. Cada día se daba más cuenta de que sus ideas, a cada momento más concretas, sobre un arte ideal con fines culturales, se encontraban en medio de una atmósfera muy ligada a las comedias vulgares en voga. En muchas horas de tristeza, huía
hacia la naturaleza, fuente de inspiración de su arte. “Si me siento tan acosado, cogido, pocas veces alegrándome del verdadero éxito, muchas preso de la tristeza por haber ido todo mal, entonces de lo único que me puedo alegrar es de la belleza de la naturaleza. Cada vez que me echo llorando y suplicando en sus brazos, salgo tranquilizado y reconfortado, mientras que me enseña como son de verdad todos los sufrimientos a los que tenemos miedo. Si querernos llegar demasiado arriba, entonces nos enseña cariñosamente la naturaleza que pertenecemos a ella, como estos árboles, estas plantas, las cuales crecen de una semilla, florecen, se calientan con el sol, se alegran de la fuerte frescura y que no mueren hasta haber dispersado nuevas semillas que hacen crecer nuevas plantas, de manera que lo que una vez fue creado, siga viviendo en eterna juventud. Cuando me siento verdaderamente unido a la naturaleza, entonces desaparece todo egoísmo, y si quiero ofrecer mi mano a cada uno de los hombres buenos, como nos hemos de reír entonces de las equivocaciones extrañas de la sociedad humana, la cual se preocupa de hallar nuevas palabras, por las cuales se daña tantas veces la naturaleza. Si me alejo del humo de la ciudad hacia una naturaleza verde, si me tiendo sobre un prado, mirando el crecimiento de los delgados árboles o a un querido pajarito del bosque, hasta que de lo más profundo de mí se escapa una pequeña lágrima, entonces me parece sentir, como si de dentro de toda esta naturaleza, se alargara una mano hacia ti diciendo: Que Dios te conserve, a ti, madre buena y vieja, y si algún día se la lleva, que lo haga de manera suave y silenciosa” (Car-ta de Richard Wagner a su madre, 1846).

¡Siegfried debajo del árbol!. También sus poesías nacían la mayoría de veces en los bosques, libres del servicio diario de los empleados residentes en la ciudad. En casa le libraban de sus enfados los animales domésticos: el Papagayo Papo, un regalo para su mujer, y que se encariñó mucho con él y que sabía silbar las melodías de su amo, así como el cariñoso y listo perrito Peps uno de sus animales más queridos.

El escultor G.A. Kietz escribió, recordando aquellos tiempos en Dresde: “Después de comer hacía cada día un paseo con Wagner y le acompañaba hacia la Iglesia católica, donde había de dirijir las Vísperas. Peps, su fiel perro, siempre nos acompañaba, y mientras Wagner dirigía un la Iglesia, él se estaba quieto esperando en la puerta abierta de la Iglesia, donde yo escuchaba las vísperas. En una ocasión en que Wagner había ido solo, Peps siguió a su amo y de repente apareció entre el coro de la iglesia. “Por suerte se quedó muy quieto -me contó Wagner- “si hubiera ladrado hubiera perdido mi puesto de director en la iglesia”.

También hizo Peps otras travesuras. Una vez quiso seguir a su amo, quien siempre fue un atrevido escalador, hasta la cima de la Bastei; temiendo una posible caída del perro, su amo le tiró un pañuelo suyo para que lo vigilara hasta que este volviese, pero la inteligente criatura supo demostrar su gran fidelidad pues rápidamente enterró cuidadosamente bajo tierra el pañuelo, para después a toda prisa, seguir a su amo.

Del inteligente Papagayo Papo, nos cuenta Kietz: “Cuando Wagner todavía no se encontraba en la habitación a la hora de servir la sopa, la señora Minna decía: “Papchen, llama al amo”. Entonces le llamaba: “¡Richard! ¡Libertad! ¡Santo spirito cavaliere!” (De Rienzi). Su primer paso en la habitación lo daba hacia el pájaro; se agachaba y Papchen metía su cabeza cariñosamente entre el cuello de su camisa. Mientras se comía, Papchen imitaba tan bien el ruido de una puerta mal engrasada, que para sorpresa de Wagner, yo, cuando tenía la puerta a mis espaldas, cada vez me dejaba engañar y me daba la vuelta para mirar haber quien entraba. Si me sentaba pronto a la mesa, siempre oía cantar a Wagner ligeras melodías de óperas: “Si tus ojos me iluminan” y otras. De vez en cuando me gritaba por la puerta: “¡Kietz, todavía no tenemos hijos, solamente a Peps y Papchen!”.

La persona excepcionalmente grande, encontrará para sí un ser igual antes en la naturaleza humana, que no entre aquellos, los cuales desde su nacimiento se creen sin más de su categoría, y que lo demuestran con su incomprensión para con los grandes hechos humanos. En la a veces dolorosa búsqueda de lo limpio y lo verdaderaniente natural, grande y profundamente lleno de sentimiento, encontró Wagner en su día a Siegfried, y por el otro lado a Jesús de Nazaret. La vida de éste, su enseñanza y sufrimiento toman forma en su tema del drama, para el cual se integró profundamente en el milagro del amor del Nuevo Testamento. La obra no fue estrenada. Al mismo tiempo se había iniciado la revolución en Alemania.

El movimiento revolucionario, que pasó por toda Europa, parecía abrir un camino al joven, lleno de fantasías, fanático idealista, hacia un cambio que acabase con tantas injusticias antinaturales de la civilización, bajo la cual sufría también enormemente el arte. La alegría se apoderó por corto tiempo de nuestro artista a sus 35 años. No en el sentido político, el cual estaba muy lejos de él y pronto le parecería tonto y creído, incluso produciéndole náuseas, sino únicamente en el sentido del arte, tal como se lo imaginaba como un ideal. Participó en algunas reuniones y conversaba en contra de las tonterías demagógicas, mientras que buscaba en las ideas éticas sus bases y la unión de una Alemania libre bajo el mandato de un Kaiser. Cuando en mayo de 1849 la intranquilidad se apoderó de las calles de Dresde, en cuyos acontecimientos no participó, tuvo que huir hacia Suiza en unión de Franz Liszt para evitar ser encarcelado. Algún tiempo después le siguió su mujer con sus dos animales domésticos, pero poco más fue salvado del naufragio. Empezó un tiempo horrible. El artista tenía ahora su gran libertad añorada, pero -apenas había podido conservar la posibilidad de poder vivir y trabajar- estaba completamente sin medios. Sus obras se representaban ahora menos que antes, y cuando ocurría, las tenía que vender a un precio tirado. Solamente gracias a la ayuda de Liszt y unos pocos amigos le fue posible salvar a la desgraciada familia de las catástrofes continuas.

Entretanto le estaban cerrados todos los países. Le costó grandes esfuerzos poder conseguir por corto tiempo un pasaporte visado para ir a Francia, donde también tuvo que perder todas las esperanzas. Separado de los quehaceres vivos del arte, sin poder presenciar algún interesante estreno de sus obras. Sin ninguna posibilidad de poder escuchar siquiera una vez su “Lohengrin”, día a día preocupado por su existencia material, y luchando con enfermedades, así pasaron en su asilo de Zúrich nueve años, y a estos todavía les siguieron cuatro años, hasta que al fin pudo estrenar su “Tannhäuser” en 1861 en Paris y en Viena su “Lohengrin”. Pero durante estos 1 3 años llenos dc sacrificios en la mejor edad de su vida, encontró este genio todavía en sí mismo la fuerza precisa para seguir creando obras como el texto completo de “El Anillo del Nibelungo”, la composición de la partitura de “El Oro del Rin” y “La Walkiria”, de “Siegfried” y sus grandes escritos: “Arte y Revolución”, “La obra de arte del futuro”, “Ópera y drama”, y muchas otras cosas. También aquí fueron sus fieles acompañantes sus animales domésticos. El papagayo aprendió nuevos milagros, y el perrito vigilaba a su amo que trabajaba sin cesar. También en el “Intercambio de escritos entre Wagner y Liszt” (Leipzig, Breitkopf & Haertel, 2 tomos), los cuales nos descubren este tiempo lleno de sufrimientos, encontramos estas buenas criaturas mencionadas varias veces entre las cuestiones importantes de su vida. Una noticia triste tiene lugar el 18 de febrero de 1851: “Mi pobre, pequeño y cariñoso papagayo también ha muerto ahora. Este fue mi “Spiritus Familiaris”, mi buen fantasma casero”. A su amigo de Dresde Uhlig le envió una carta, después de acabar su “Ópera y drama”: “Aquí tienes mi testamento: ahora puedo morir. Lo que pueda hacer todavía me parece un lujo inútil. Nuestro papagayo, el cariñoso animal que me quería tanto y con tanto cariño, el pequeño hablador y cantor de casa, ha muerto. En los últimos tiempos muchas veces estaba enfermo, ¡tenía que haber avisado a un veterinario! pero entonces siempre mejoraba: mi trabajo me ataba de tal manera que lo olvidaba todo a mi alrededor. El día antes de finalizar mi escrito, me llamó el buen animal muy cariñosamente, de tal forma que mi mujer no pudo resistir y me lo llevó a mi mesa de trabajo: se quería sentar en el sol que atravesaba la ventana. Yo cerré las cortinas para poder trabajar. Me fue molesto del todo y mi mujer lo tuvo que volver a sacar de ahí. Entonces dejó escuchar un raro gemido. Después me decía mi esposa que lo mejor sería ir a buscar a un veterinario, yo dije: “No será nada grave” y pensé: “mañana habrás acabado tu trabajo, entonces irás”. A la otra mañana estaba muerto. ¡Si os pudiera decir lo que se ha muerto de mí mismo con este animalito! Me tiene completamente sin cuidado que se rian de mí por esto, pero este sentimiento sólo lo tendré una vez, y no tengo ganas de dominar mis sentimientos; a los que se rian de mí les tendría que escribir libros para hacerles comprensible lo que puede ser para una persona que depende de su fantasía, un pequeño animal así”. En la misma carta dice: “Si pudiese tener ganas de vivir, las ganas de crear no las tendré. Analízalo y dame la razón. En todo este gran mundo no tengo ni un trocito para poder pisarlo con mi pie como verdaderamente soy. Todo lo que pudiera proponer de una obra de arte, me ha de parecer como una fantasía, igual como la idea de tranquilizarme sobre la muerte de mi pequeño y muerto amigo.

Más sobre la muerte del pájaro: “Ya han pasado tres días y todavía no me puedo tranquilizar. Así le pasa también a mi esposa. El pájaro era algo especial entre y para nosotros. Esto (sigue un motivo de la sinfonía en C-moll (sic) de Beethoven) lo había aprendido hacía poco el pequeño y nos lo cantaba alegremente cuando volvíamos a casa”. Peps llegó a tener honores muy especiales. Cuando Liszt en el año 1853 pudo al fin visitar personalmente a su amigo de arte en Suiza, recibió como el más fiel de los amigos de Wagner el sobrenombre de Doble-Peps y firmó su próxinia carta con “Tu Doble-Peps o Double extrait de Peps o Double Staout Peps con doppio movimcnto sempre crescendo al ffff ”. Esta visita fue un gran rcspiro para Wagner. En otoño de 1853 volvió a celebrarse un pequeño encuentro de los amigos en París, con permiso policial.

Después escribió Wagner desde Zúrich: Anteayer llegué. Peps me recibió alegremente al bajar del coche: yo lo había previsto trayéndole el maravilloso y nuevo collar (con este nombretlan santificado). No se mueve de mi lado. Por la mañana me despierta en la cama; es un cariñoso y buen animal.

También en las cartas a sus amigos de Dresde es nombrado Peps muchas veces: “Ahora me despido. No puedo más, tengo que salir, Peps no me deja tranquilo”. Y en el año 1851 escribe: “Peps todavía vive, pero aparte de ladrar es horriblemente holgazán”. También variaciones como: “Peps ladra mucho”, “También estuvo aquí Auerbach, pero no ladraba” “¿Y por cuánto tiempo pensáis que seguirá adelante lo vuestro? A lo mejor es que no me preocupo de la política: pero esto lo ve hasta un ciego, siempre y cuando no esté metido precisamente dentro. Ha de sobrevenir un mal final. Peps está estornudando ahora mismo”. Y otra vez en una carta del 21 de marzo de 1852 a su sobrina y también contestando a una pregunta sobre el estado de Peps: “Peps vive todavía en plena flor y está sentado como siempre detrás de mi silla. Papo se murió hace un año; fue terrible y nunca lloré tanto como lloré por este pobre animal”. Más tarde fue sustituido este animal inolvidable por uno nuevo, Jaquot; las cartas de Wagner a su primera esposa siempre contienen alegres saludos para sus amigos Peps y Jaquot: “Adiós y saludo a mis amigos” o “Estréchale a Peps la pata de mi parte” y otra vez incluso dice: “Adiós y saluda a todos mis amigos y sobre todo a Peps, porque entre todos mis amigos masculinos, es el mejor”.

De las relaciones ente los dos animales le escribe varias veces a su esposa, la cual está convaleciente en un sanatorio: “Peps y Jaquot juegan mucho y se tiran por el suelo. Peps ya no sabe como tratar al pájaro; este también llama ya a Nette y dice siempre: “Jaquot ha de comer”, así que Peps empieza a pensar que se trata de una criatura sobrenatural”.

Años más tarde relata una pequeña anécdota, que cuenta de la siguiente manera: “Me gusta saber de nuestros buenos animales. Aquí casi sólo tengo contacto con animales,y mis amigos en mis paseos, se han aumentado por un gato, el cual juega deliciosamente con el caniche, de tal forma que todo el mundo se para a verlos, y también por un burro. Este está detrás de una alambrada en la montaña. Se ve que se encuentra solo y siempre me sale al paso cuando me ve, entonces me acerca su cabeza y lo he de acariciar detrás de la oreja, lo cual le encanta. En cuanto me dispongo a seguir mi camino siempre empieza a gritar fuertemente. Cuando por fin quise hacerle callar no pude llamarle burro, porque ese es su nombre y entonces tuve que decir: “¡Burro, no seas cabra!”.

Lo que al artista exilado siempre le gustó mucho en la extranjera Suiza, fue la naturaleza. Nunca olvidó, por encima de sus grandes trabajos, la añoranza de su interior humano: aspirar a una vida en común y con paz con esta amada madre de toda nuestra existencia. Así podemos leer en las cartas a Desdre de octubre de 1851: “Deseo una pequeña casita con cesped y jardín. Trabajar con ganas y alegría, pero no para ahora. Con “Siegfried” todavía tengo grandes esperanzas: tres dramas con un prólogo de tres cuadros. Cuando se derrumben todos los teatros alemanes construiré uno al lado del Rin, llamaré a la gente y lo estrenaré todo en una semana. ¡Tranquilidad! ¡Tranquilidad!. ¡Tranquilidad!. ¡Tierra! ¡Tierra!. Una vaca, una cabra etc. Entonces ¡salud!, ¡alegría! ¡Esperanza! si no, todo perdido. ¡No quiero más! Has de venir aquí”. Y más tarde, en agosto de 1852: “El deseo de una casita y un jardín aquí en esta tierra, pero más arriba, en las cimas junto al lago, poder cuidar esta pequeña propiedad, poderme rodear de flores y animales, poder construir un tranquilo sitio para mis amigos, está creciendo en mí con tal fuerza, que he de realizarlo a cualquier precio”.

De un viaje de recuperación, pasando la frontera italiana escribe desde Lugano el 22 de julio de 1852: “El momento más precioso de este viaje ha sido sin duda el momento de pasar sobre el “Griegletscher”, de Wallis, por el “Formazza-Tal” hacia Domodossola. ¡Este descenso! Desde las horribles regiones de hielo, pasando por la vegetación diferente de Europa del Norte, hasta la de Italia. Fue como un sueño y me reía como un niño, cuando paseaba por los bosques de árboles de castañas, encima del césped y por entre grandes zonas de trigo, los cuales tenían además lugares para elaborar vino. Desde Domodossola fui por la tarde hacia Baveno al lado del Lago di Maggiore: este viaje puso la corona al día. Me sentía inmensamente bien, cuando al fin fuimos paseando de lo abrupto a lo bonito. Lástima que al día siguiente me molestó la gran masa de personas, debido a sus hechos: sobre un barco de vapor fueron cargados pobres gallinas y patos (los cuales fueron transportados) y maltratados de tal forma, que estaban casi muertos de hambre. Así pues, el comprobar la falta de sentimientos de las personas --lo cual siempre había sabido-, me volvió a poner de mal humor, llegando a enojarme el solo hecho de pensar que se reirían de uno, si quisiera poner fin a estas cosas. Aquí en Lugano vuelve a ser un paraíso: pero la soledad me molesta mucho; por ello he escrito a mi esposa diciéndole que venga con Peps”.

Estos fueron sus pocos momentos de descanso e incluso en ellos se vió invadido por los sufrimientos de la vida humana. En muchas ocasiones se siente como una criatura de la naturaleza con deseos de ser liberada: “Con la gran preocupación también ha vuelto a venir mi mal de nervios”, escribe en enero de 1854: “Durante mi trabajo muy a menudo me encuentro estupendamente bien; muchas veces mi alegría interior me lleva a una gran tranquilidad, pero no dura mucho, como en la fábula se me acercan los niños a la ninfa que está llorando diciéndole: “no llores, también tú podrás llegar a ser feliz”, pero las palabras se oían cada vez más tenues, más lejos, hasta que no se oían ya. ¡Silencio! Ya vuelve la vieja noche. Pero de pronto un momento elevado, una clara y radiante luz. Ahora me llaman: un águila voló sobre la casa. Buena señal. Viva el águila. Voló maravillosamente, las golondrinas quedaron muy impresionadas. Adiós, que te vaya bien con el buen augurio del águila” (junio de 1854). Ello recuerda el canto de Walther en los “Maestros Cantores’’: “Ahí se levanta, con alas de oro, un pájaro maravilloso: sus brillantes plumas brillan en las alturas, vuela feliz de un lado al otro, me llama para volar, para escapar”. Precisamente en esta época (otoño de 1854) también voló hacia el artista una maravillosa “águila”. Conoció al filósofo Arthur Schopenhauer. el más grande entre los amigos de los animales, de la metafísica de la comprensión, y con todo su pensamiento, la confirmación filosófica de suyo propio y también de sus sentimientos y poemas. Después de conocerle “como un regalo del cielo en mi soledad” - escribe entre otras cosas sobre el budismo: “Según la enseñanza de Buda sobre las almas, nos dice que cada alma se reencarnará en un ser al cual, durante la vida humana, le había hecho algún daño, a fin de que el ahora reencarnado experimente ese daño. Este perpetuo reencarnar no acaba hasta que llegue el momento en que no haya hecho daño a nadie, sino que lleno de compasión triunfe la negación de la voluntad de vivir”.

Bien distinta es la postura del dogma judío, según el cual para el hombre el sufrimiento de un animal, es válido cuando es de utilidad. Pero el maestro ya indica --lo cual más tarde cada vez vería con más claridad-- que en el verdadero Cristo también se hallaban estos honorables principios del budismo. Es digno de mencionar aquí que Wagner midió las diferentes religiones por sus valores precisamente sobre el mundo animal y la relación del hombre para con los animales y la naturaleza. Fue muy triste que precisamente en estos tiempos se le fuera el segundo de sus animales domésticos. Peps murió en el año 1855, el año de “La Walkiria” y de Schopenhauer. Wagner acababa de regresar de un viaje de conciertos en Londres, el cual le trajo satisfacciones artísticas pero también muchos nervios y enfados. En una carta del 29 de diciembre de 1855, el Maestro describe el año transcurrido como triste y sin vida. El Londres de la niebla le había marcado todo el año siguiente: “Cuando volví me recibió mi viejo perrito para demostrarme que me había estado esperando, pero solo le quedaban 8 días de vida. Enseguida murió. Durante dos días enteros hemos estado junto a su casita. El quería levantarse para ir junto a mi mesa de trabajo, y sin embargo no me veía, aunque estaba junto a él. Lo bajamos en una caja y lo enterré en el césped. Esto fue muy duro para mí”. Ya antes, el 17 de agosto, le había escrito a su antiguo amigo Fischer, el director del coro de Dresde: “Que mi Peps haya muerto el décimo día después dc mi regreso, es algo que no puedo olvidar. Nos ha afectado mucho a Minna y a mí. Todavía lloro cuando pienso en el día en que murió”. A la señora Wesendonk escribió Wagner poco antes: “Creo que mi buen y viejo amigo Peps morirá hoy. Me es imposible abandonarle estando en este estado. ¿Se enfadará Vd. si le ruego que hoy coman Vdes. sin nosotros? ¿Seguro que no se reirá de mí si lloro?”. El año después de la muerte de Peps (1856) se encontraba Wagner en Mornex, en Ginebra, y desde ahí le escribió a su esposa: “Me he llevado la fotografía de Peps. Quiero recordarle de todo corazon en el día de su muerte”.

Peps tuvo con el tiempo un sucesor, pero éste no pudo lograr que se le olvidara. En memoria del otro perrito recibió el nombre de Fips. Durante seis años fue el amigo de la familia artística y llena de preocupaciones De él escribió Wagner a Liszt (desde Mornex, el 12 de julio de 1856):”Ya ves, hasta aquí he huido, para encontrar de una vez reposo para recuperarme. En una pensión encontré un invernadero de flores, totalmente abandonado. Es ahora para mí solo. Desde el balcón tengo una maravillosa vista sobre el macizo del Montblanc, desde mi puerta se entra en un hermoso jardín. Un alegre perrito -el sucesor de Peps-, se llama Fips, es mi única compañía”.

Este Fips se porta muy bien durante los viajes en tren o en otros vehículos, Wagner se lo explica, también desde Mornex, a su esposa: “Si quisiera escribir halagos sobre Fips, tendría que llenar por lo menos toda una hoja. El animal es digno de halago. Es cariñoso y se puede uno fiar de él. Cuando en Zurich se puso el tren en marcha, estando sentado en la mesita, de pronto empezó a gritar y miraba fijamente hacia donde tu estabas: a mi ni me hizo caso. Ya podía decirle lo que fuese. Después de subir al coche correo se tranquilizó. Durante el resto del viaje se portó de maravilla, tranquilo y sin molestar a nadie. Es digno de las mejores felicitaciones. Cuando llegamos, solo al principio no quiso ni comer ni beber nada. Solamente con los mejores trozos de carne pude convencerle al fin de que comiera, pero ahora sólo quiere comer eso. Sin embargo, al mediodía, sigo haciéndole su comida, pero con delicadeza. Ya se va arreglando todo. Aquí parece estar a las mil maravillas, le dejo todas las puertas abiertas y así igual está echado delante de la puerta de la entrada mirando el paisaje, la gente y el ganado, como paseando por el jardín. Siempre vigila mucho. A la gente le encanta. Saluda de maravilla”.

El maestro, solitario y muchas veces enfermo, pasó el tiempo siguiente con el placer silencioso -en vez de las suyas propias- con los ”poemas sinfónicos” enviados por Listz. Sobre dIos dijo: “Mazeppa es extraordinariamente hermoso. Me quedé completamente sin aliento cuando lo leí por primera vez. El pobre caballo me inspiró lástima. La naturaleza y el mundo son horribles”. Al mismo tiempo (12 de julio de 1856) indicó a su amigo la intención de trabajar en dos nuevas obras: “Tristán e Isolda” y “Los Vencedores” (“lo más santo, la liberación completa”). Esta última obra había de llenar de expresión artística la idea religiosa budista, pero más tarde fue reemplazada por la idea cristiana en “Parsifal”, la idea de cuya obra nació el día de Viernes Santo de 1857, como un cuadro de la naturaleza, religioso y pacífico. Pero de momento, inspirado por las obras de Listz, se volvió a meter de nuevo, de lleno en la bonita naturaleza suiza. Escuchó el canto de los pájaros y así se inspiró del mismo aliento de la naturaleza y así la melodía del canto de los pájaros hizo que su alma creativa diese forma a una de sus más preciosas obras, el idilio del joven Sigfrido germánico. En esta obra podemos encontrar al ser humano todavía completamente libre, profundamente hermanado con la naturaleza y como un niño atado a ella y a los animales. Es canto de la alegría del ser humano como unidad. Imposible mencionar todos sus momentos, uno por uno, desde la primera entrada en escena de Sigfried con el oso capturado alegremente por él para luego volverle a dejar libre, hasta el fuerte enfado contra Wotan cuando amenaza el destino del pájaro del bosque. Sólo mencionaremos el siguiente fragmento, cuando Siegfried habla con Mime:

Todas las bestias son para mí mejores que tú.

Árboles y pájaros, los peces en el riachuelo,

me gustan tanto como molesto me resultas tú.

¿Por qué entonces siempre vuelvo?

Cantan los pájaros felices en primavera.

El uno llama al otro. Dime

lo que quiero saber.

¿Son macho y hembra?

Se acarician cariñosamente

y nunca se Separan.

Construyen un nido y crían allí;

allí revolotean las crías

y ambos las cuidan.

También se unen en la espesura las parejasde ciervos.

Igualmente los zorros y los lobos.

El macho protege el nido;

la hembra da de comer a las crías.

Ahí puedo estudiar lo que es el amor.

Por eso no le quito nunca las crías a su madre.

¿Dónde tienes tú, Mime,

tu amorosa compañera

a quién yo pueda llamar madre?

Como el pez que feliz nada en el río,

volaré de aquí, me deslizaré por el agua.

Me alejaré como sopla el viento sobre el bosque

para no verte más, Mime.

Sigfrido, después, bajo los tilos:

¿Como sería mi madre?

No me lo puedo imaginar.

Sería esbelta como un cien’o

pero sus ojos claros

serían mucho más hermosos.

Cuando me tuvo,

¿por qué murió?

¿Mueren todas las madres

cuando alumbran a sus hijos?

¡Si pudiese contemplar a mi madre!

¡Mi madre, una hembra humana!

Tú, pájaro encantador,

nunca podré oirte.

¿Estás en el bosque?

¡Si pudiera comprender tu dulce canto

seguramente podrías decirme

algo sobre mi adorada madre.

Otra vez, querido pajarillo,

ya que siempre nos han interrumpido

escucharé con gusto tu canción.

Veo sobre la rama como te posas,

mientras revolotean tus hermanos y tus hermanas,

que te envuelven alegres y amorosos.

Yo éstoy solo,

no tengo ni hermanos ni hermanas.

Pajarillo amigo, te pregunto ahora:

¿Puedes recomendarme algún buen compañero?

¿Quieres aconsejarme bien?

Lo busqué mucho y no lo encontré.

Tú, querido amigo, lo encontrarás mejor.

¡Ahora canta, te escucho!

Y el pájaro canta:

Te canto la alegría y el dolor del amor,

mi canción se teje de un delicioso dolor:

sólo los enamorados conocen su significado.

Y empieza a volar delante de Sigfrido, camino de la roca de la Walkiria, Sigfrido le sigue contento:

De esta forma conoceré el camino

adonde tu vueles, te seguiré.

¡Qué alegría y qué feliz movimiento de alas en esta preciosa música del final del segundo acto! Bien puede decirse: feliz el hombre que entienda la voz de la naturaleza.

En la gran desesperación de Wagner de no ver nunca acabada la obra de su vida, se separó definitivamente de su Sigfrido: “He llevado a mi joven Sigfrido hasta la bonita soledad del bosque, ahí le he dejado debajo de un árbol y me he despedido de él con grandes lágrimas: ahí estará mejor que en ninguna parte” (A Liszt. 28 de junio de 1857). No podía aguantar más el exilio soportado ya durante ocho años. Dejó de continuar “Los Nibelungos” ya sin esperanza y se ocupó de la poesía del ”Tristán”. Para acabar la composición se fue -con garantías policiales que evitasen su captura- hacia la tranquila Venecia.

El mundo sin esperanzas y en medio dos corazones unidos el uno al otro, solo pudiendo esperar la muerte y el volver a nacer en la naturaleza. Al final del drama el pastor toca en las ruinas del castilllo de Tristán, la “tonada triste”, la cual es para el que se está muriendo, el significado del mundo de dolor, “Sobre la montaña están pastando tus ovejas”, dice el fiel Kurwenal. “¿Mis ovejas?” pregunta suave, el héroe, como ausente, despertando de un profundo sueño como de muerte. “Señor, esto quiero decir”, contesta con gran alegría el escudero, el cual igual que un fiel animal, morirá poco después al lado de su señor, bajo el mismo tema musical: “No os enfadéis, porque el fiel también quiera venir”.

Cuando Wagner se fue a Venecia, envió a su mujer y a sus animales hacia la patria. El maestro escribió así a su esposa desde Lagunenstadt el 1 de septiembre de 1858: “Dale recuerdos al bueno de Fips, y también al callado papagayo, Mr. Jaquot. Yo estoy ahora en un mundo totalmente desconocido. Nada más a mi alrededor que mis manuscritos para recordarme todo lo que me queda por hacer. Te has llevado contigo a nuestros animalitos, cuídalos mucho, que mi aprecio por ellos es muy grande”. Y el 28 de septiembre: “A Fips dile que también aquí en Venecia hay perros, y también muy buenos. A los animales se les pone en todas partes fuentes de mármol para beber, donde los encuentro muchas veces. A Jacquot dile que como a él no he encontrado a nadie todavía, pero cuando por la mañana abro las ventanas de mi dormitorio lo primero que veo es una pareja de canarios, los cuales están situados tan cerca que casi puedo tocarlos. Ya me conocen y no se asustan. Pero no quiero tener nada, ni pájaros ni perros. Soy fiel a nuestros buenos animales y así espero que Fips también me sea fiel a mí y que me llenará de cariñosas lamidas cuando me vuelva a ver que no será dentro de una eternidad”. Después de una pequeña escapada a Treviso se le escapa un triste suspiro: “Cansado llegué por la noche a Lagunenstadt y me preguntaba sobre la impresión de esta pequeña escapada hacia la tierra firme. Estaba melancólico, de nuevo el polvo y los caballos maltratados y delgados, que volví a encontrar, para ya no olvidarlos. Polvo y caballos maltratados, ¡pobres desgraciados! Claro que estos animales no están aquí (en Venecia), pero están en el mundo”.

Muy profundamente a las bases metafísicas de su propia naturaleza, le lleva a escribir a la Sra. Wesendonk (1 de octubre de 1858) un relato sobre la horrible expresión de los maltratos diarios a los animales: ”Hace poco se dirigió mi mirada desde la calle hacia una tienda de venta de aves. Sin darme cuenta miré por encima de la mercancía limpiamente amontonada y mientras uno estaba ocupado con arrancar las plumas a un gallina, otro estaba preparado para meter mano en el gallinero para sacar a otra y arrancarle la cabeza. El horrible grito del animal y el suave y triste sollozo durante el acto, entró en mi alma con terror. No he podido deshacerme de esta visión tantas veces vista desde entonces. Es despreciable ver sobre que base se monta nuestro ser. Una base sin suelo y llena de las más grande desgracia. Esto me ha impresionado siempre tanto, que cada vez me he vuelto más sensible a ello. No puedo reconocer todavía bien la verdadera razón de vivir. Los ricos se deshacen de todos los sentidos de compasión posibles, sobre los cuales descansan sus queridos placeres... Bien mirado tengo menos compasión con las personas que con los animales. Aquel ser que ha nacido únicamente para ser maltratado, me inspira compasión. Veo con propia desesperación el sufrimiento sin liberación, sin mayor utilidad, con la única liberación en la muerte, teniendo la certeza que hubiese sido mejor que no hubiesen llegado jamás a existir. La única utilidad de este sufrimiento deberemos buscarla en el que pueda despertar la compasion en el ser humano, lo cual convertiría el existir inútil del animal que vive sufriendo, en el liberador del mundo, todo esto se te aclarará algún día en el tercer acto de Parsifal, en la mañana del Viernes Santo”.

Pero que lejos estaba todavía este día, hasta que pudo pisar el prado lleno de flores en su Festival Sacro. Primero había de terminar el ”Tristán” y esto ocurrió, con toda la trágica escena de la muerte, en la maravillosa naturaleza de Vierwaldstädter See. Ahí se acercó Wagner hacia aquella maravillosa criatura que nunca pudo tener en su casa: el caballo. Escribió el 21 de junio de 1859 a la Sra. Wesendonk: “Se me ha despertado un gran interés en montar a caballo: así uno de siente muy unido al animal, formando todo uno jinete y caballo”.

Por esa época todavía no se he había retirado su búsqueda en Alernania, seguía vagando sin patria, pero ahora encontró por lo menos el camino hacia París donde pudo, por fin, volver a escuchar música, a vivir el arte, a hacer arte. Con su esposa también le siguieron sus animales domésticos de Zurich, el nuevo Papagayo y Fips, pero de pronto murió el perrito en el caos de la gran ciudad cosmopolita. Sobre su muerte escribe Wagner a la Sra. Wessendonk desde París, el 12 de julio de 1861: “También ha muerto el perrito, que me fue enviado por Vd. un día mientras enferma guardaba cama. Ha muerto rápido y sin explicación. Parece ser que fue cogido por la rueda de un coche, lo cual le rompió algún órgano interior. Después de cinco horas, que pasó pacífico y cariñoso, pero con una debilidad creciente, murió. Ni un trocito de tierra estaba a mi disposición para poder enterrar al querido amigo; pensándolo me metí por la fuerza en el jardín de Stürmer, donde en secreto y sin que nadie me viera le pude enterrar. Con este perrito enterré mucho. Ahora haré mis paseos, pero durante ellos ya no tendré compañero”. Liszt menciona al perrito en otra carta: ‘‘Fips te ha de dar durante tus pruebas un poco de paciencia filosófica” (31 de mayo de 1860). Se refiere a las pruehas del “Tannhäuser”.

Después de varios intentos fracasados se llegó al estreno del ‘‘Tannhäuser’’ el 13 de marzo de 1861 después de una orden del Rey Napoleón. Se ustrenó en la Gran Ópera de París. El futuro de la gran obra fue su total destrucción debido a las escandalosas demostraciones del “Jockey-club” el cual se había convertido en el portavoz de la moda aristocrática contra el artista alemán, especialmente debido a la falta de un ballet en el segundo acto, lo que contradecía las costumbres sagradas del nuevo público.

Entretanto, por lo menos, le fue permtido al artista, pisar suelo alemán, sin temor a ser perseguido por la ley. A la esposa
de uno de sus protectores diplomáticos en París le dedico en aquellos tiempos una ”Hoja de Álbum”, que no fue publicada:
“Los Cisnes Negros”, lo que venía a ser un recuerdo a estos animales, raros en el parque y que estimulaban al maestro.

Aquí hay que mencionar otro hecho, un descubrimiento sobre el mundo de los pájaros, hecho durante su estancia en París (Carta a M. W., 30 de marzo de 1860): “Ya le escribí de los dos pequeños pájaros indios, que fueron a parar a mi casa y que no quise dejar ir porque durante el verano cantaban maravillosamente y me alegraban el desayuno. Pues bien, me dí cuenta de que tanto al rnacho como a la hembra les pasaba algo raro. A finales de agosto ya no oía la hembra y el macho sólamente pitaba, cada vez más asustado y nervioso, buscando aquel canto melódico, pero siempre sin éxito. ¡No lo conseguía! Ya no podía cantar; Yo nunca había observado este fenómeno, sólamente había oído que los pájaros cantores a final del verano empezaban a enmudecer y que únicamente al volver la primavera volvían a cantar. Así pues, yo pensaba que ya había terminado su época de cantor. Pero entonces aprendí otra cosa. El macho parecía sorprendido de sí mismo, no entendía como era que se le había ido la melodía y que ningún esfuerzo se la podría devolver. ¡Que discriminación del ser interior este fracaso de la fuerza melódica! ¿De quién es? ¿Del pájaro, o de quién se la presta? De pronto se queda asustado al ver que se le ha ido el encanto de la melodía. Pero al final se acostumbra. Algo le dice dentro de sí que cuando llegue la primavera volverá a cantar. El pobre pitar duró todavía mucho tiempo. Y ahora, imagínese. De pronto una mañana la hembra empieza a pitar y llegó a todo un toque melódico, que repitió 10 veces sin descanso. Yo estaba fuera de mí. ¿Como podía explicarse esto? ¿Era una anomalía? ¿También en la naturaleza hay excepciones? Una única cosa es cierta, la hembra lo consiguió, pero desde entonces no he vuelto a oirla”.

En la vieja Alemania no encontró el maestro mucha alegría al principio. Las esperanzas de un pronto estreno del “Tristán” en Karlsruhe y Viena como una pequeña recompensa por las grandes pérdidas causadas por el “Tannhäuser” en París, pronto se desvanecieron rotas por los periódicos que sobre todo en Viena, se burlaban con ironía del maestro asegurando que era imposible estrenar esa “gran“ obra. En Viena, sin embargo, se dio después de muchas pruebas la “seria” Novität de Offenbach, la cual sin embargo se declaró enseguida como “imposible” pero en otro sentido. Wagner, mientras tanto, estaba ocupado en una obra totalmente diferente. Ya en París había estrenado las poesías de sus viejos “Maestros Cantores” de Dresde. La composición la empezó en 1862 en una pequeña taberna de Biebrich en el Rin.

Desde Biebrich escribe el 26 de abril: “Aquí ahora se está de maravilla. Solo los dos perros nos preocupan ya que el Sr. Baumeister (el portero) está muchas veces de viaje y nadie se preocupa por los animales. El perro encadenado empezó de pronto a encontrar interesante a la hembra y entonces el aullar no acababa nunca. El Sr. Baumeister quería que el perro estuviese siempre amarrado, pero no lo he podido soportar y lo he dejado en libertad. Ahora parece haberse reconfortado algo”.

El bulldog Leo era del propietario de la casa donde vivía el maestro en Biebrich, el cual sólamente se preocupaba de dar todos los días al animal su miserable sopa. Sin amigos y sin alegría estaba echado el pobre animal, día y noche, cogido de una cadena, todo lo cual despertaba en Wagner la compasión. De vez en cuando le quitaba la cadena y lo dejaba entrar en su piso dándole buena comida. Es extraño pero esto molestó al propietario de Leo. Lo tomó como una ofensa en el sentido de que él no era bueno para con el animal, subrayando siempre el exquisito manjar que le daba cada día. No sirvió de nada que Wagner se esforzase en enseñarle lo que significaba tener un animal. Encima dc su mesa había entonces muchas cartas empezadas, en las cuales él mismo había escrito los más claros razonamientos para hacer entrar un poco de luz en aquel cerebro oscuro. Una de estas cartas empezadas se halla en manos de una personalidad que tenía gran amistad con el maestro y puede verse en ella la gran seriedad, con la cual se preocupó el artista -a pesar de sus otras preocupaciones y su trabajo- de su protegido. Este perro doméstico, que se mostraba cariñoso, le mordió una vez debido a un gesto de la mano que no entendió. La prensa enemiga de Alemania (no nos sale el decir la prensa alemana) escribió entonces que en Biebrich, para colmo, Wagner había sido mordido por un perro rabioso. Como fuera que esta información no era precisamente algo bueno para la gente de Biebrich, Wagner se marchó para continuar el trabajo de “Los Maestros Cantores” a Penzig, al lado de Viena, mientras seguían las pruebas para el “Tristán“.

El mordisco de Leo no había sido con mala intención y ello no había de cambiar el carácter de Wagner que fue el que menos rencoroso quedó. En el duro invierno de 1862-63 -para él mismo uno de los peores de su vida- se fue otra vez lejos de Viena (ya que había dejado su residencia en Biebrich), y la preocupacion por el perro, pensando que estaba fuera pasando frío, consiguió que por una mano amiga le fuera suministrada una manta para que le abrigara. Con la nueva casa de campo se le adjuntó un gran perro, Pol, el cual era un animal muy cariñoso según contaron algunos amigos. La prensa de sus enemigos no paró sus escritos maliciosos ni siquiera al referirse a los animales de Wagner, y hablaba de su amor por los perros rabiosos. Pero ahora, después de tanto luchar en la vida, necesitaba el amargado hombre una existencia tranquila y una inspiración exterior a su alrededor, para poder escribir su obra, la obra de su vida. Pero se encontraba en un gran apuro material, ya que todos sus planes desde hacía cinco años se habían derrumbado y se podía contar con reestrenos. Las salidas subían y subían, más que las entradas. Al final tuvo que volver a dejar, huyendo, su casa de Penzig con perros y jardín y perseguido por los acreedores, al borde del desespero, completamente sin patria, vagaba, el creador de la obra alemana más hermosa, de nuevo fuera de Alemania, echado por la locura y la desgracia, de pueblo en pueblo. Entonces, el 4 de mayo de 1864 le alcanzó un correo del joven Rey de Baviera, el cual le había estado buscando sin éxito y le lleva a última hora su liberadora llamada: hacia Munich.

El maestro alemán fue recobrado para su pueblo alemán, debido al acto cariñoso del joven Rey. 
 

1864-1883

La decisión llena de grandeza y corazón del joven Rey permitió al fin al maestro, a sus 50 años de edad, la tan anhelada paz y la posibilidad de realizar sus obras artísticas. Una escuela nacional de música para un verdadero estilo alemán, y un teatro ideal (de momemto para ”El Anillo del Nibelungo”) estaban previstos en el maravilloso programa, y si hoy día existiera, como fue planificado ya totalmente acabado el teatro de Semper, Munich sería hoy día el más maravilloso y deslumbrante centro artístico de toda Europa. Puro no pudo ser, el Rey, en su rica y turbulenta fantasía, estaba ocupado en la construcción de sus maravillosos castillos, mientras en los círculos locales, odiaban al artista como extranjero, el alemán del norte, el protestante, el “revolucionario”, el “Hombre del teatro”, el “Músico del futuro” y además, como, el protegido. Se intrigó tantas veces contra él que, después de un único estreno del Tristán, el propio Wagner ya no creía poderse quedar cerca de su amado Rey y dejó su nuevo asilo con todas sus esperanzas, para volver a residir a Suiza, pero al menos, y por primera vez, la pensión que le había concedido el Rey le había librado de su preocupación de sobrevivir y así vivió 6 años sagrados en Triebschen, al lado del Vierstädter See. Su pobre esposa, muy enferma del corazón había muerto, en 1866. Consumó un segundo matrimonio, el cual llevó a su ser y a su casa, un nuevo ambiente de amor y de hijos. Tampoco faltaba el buen animal: El Pol de Viena tuvo un buen sustituto: el San Bernardo Russ. La suerte santificaba aquel tiempo y acabados ya ”Los Maestros Cantores”, volvió a preocuparse del ”Anillo del Nibelungo”. Acabó el ”Siegfried” y también aquel preciso fragmento orquestal, el ”Idilio de Sigfrido” con el cual celebra el nacimiento de su primer hijito, y en el cual oímos las voces de los pajaritos del bosque con el humor encantado de la madre soñadora, que con voz dulce, le canta al niño la nana de la “oveja blanca y negra”. Pero cuando en 1871 la unidad alemana, el ideal de la revolución de Dresde, se vio realizada, entonces sintió el maestro a sus 60 años de edad, la obligación de librarse de la paz personal y volver a cargarse con las preocupaciones, para poder ofrecer a su pueblo su más grande obra y poder estrenarla de la única manera honorable. En Bayreuth, como ciudad bávara en medio de Alemania y con raros recuerdos artísticos, se construyó en cuatro años con ayuda de amigos y del Rey el “Bühnenfestspielhaus” -Teatro de los Festivales- con planos del maestro y por fín podía realizarse el sueño del maestro de representar todo su ”Anillo del Nibelungo”. ”El Ocaso de los Dioses” fue acabado en 1874. Las pruebas se habían realizado en verano de 1875. No podré olvidar jamás el fin de todo aquel trabajo. En el jardín alumbrado de su nueva casa de Bayreuth, el maestro ofreció a su orquesta un alegre “Fin de día” y al despedirse se fueron todos los artistas y amigos cada uno con una lámpara en la mano y un globo, por los largos pasillos del jardín, acompañados por el mismo maestro y llenos de alegría, acompañados por niños y perros -los cuales no podían faltar- y el maestro se hallaba en la cumbre de su vida y su obra como genial hombre alemán. Aquí se había construido para sus últimos diez años su propia casa, y la llamó como “el sitio donde mi ansia encontró la calma”: “Wahnfried”. En el jardín se cabó una gran tumba, tapada por una sencilla y gran placa de granito, escondida detrás de serios árboles, ya que en este sitio pensó quedarse ya hasta el fin de sus días.

El primero que fue enterrado ahí fue Russ, el cual murió antes de los conciertos, cuando para horror del maestro no quería dejar de correr detrás del coche en marcha de sus amos. Está enterrado a la cabecera de su amo, el cual le hizo hacer la inscripción: “Aquí descansa y vigila el Russ de Wagner”. También en los seis años siguientes de Bayreuth (1877 hasta 1882) hay en la casa y el jardín una gran cantidad de animales. Con gran alegría recibió el maestro el regalo de su cumpleaños. Unos cisnes negros y un pavo real blanco. El grito acusador de éste siempre lo comparó Wagner con “la voz de la naturaleza sin liberar”.

En el sitio de Russ entró pronto una familia de San Bernardos de varias generaciones, a los cuales les gustaba a los niños darles nombres de las obras de su padre. Ahí estaba el grandioso y negro Marke, con su gran cabeza de oso, al cual le estaba destinado seguir a la muerte a su amo; y su esposa, la salvaje endemoniada y a pesar de todo cariñosa, la blanca Brangäne, a la cual se la llevó su fuerte latido de corazón, demasiado fuerte por su temperamental naturaleza. En su sitio vino entonces Kunde (Kundry), una hembra elegante con premios en Hanover, pero por desgracia tampoco por mucho tiempo. De los hijos de estas parejas quiero mencionar todavía a Fasolt y Fafner, el último pasó a propiedad de un amigo y fue durante algún tiempo una éspecie de estrella como único causante de ruidos en la plaza de San Marcos de Venecia, mientras Fasolt, fiel a la patria, como fuerte vigilante del teatro: y en Wahnfried, siguiendo los pasos de su padre por fin Frisch y Fricka, Froh y Freia. Al primero todavía se le podía contemplar como gigante blanco delante del teatro, mientras que Freia la buena, fue durante mucho tiempo la única en la casa Wahnfried y saludaba alegremente a los invitados. En todos estos perros sobrevivió el amor a los animales de la gran persona, y por lo tanto también ellos merecen nuestro pensamiento.

Cuantas veces, en medio de las conversaciones nocturnas, cuando el maestro disfrutaba de las cumbres del arte y de la cultura y de los tesoros más grandes de los tiempos y de las personas, le encantaba la bonita visión de la apariencia grande y hermosa del animal entrando en la sala: “Ahí viene la naturaleza” decía entonces, llenando este momento de su propia pasión y transmitiendo a los asistentes, de pronto, el significado religioso de la naturaleza. Esta gran idea la unificó en el Parsifal, después de los gloriosos Nibelungos.

En las Bayreuther Blätter, creadas para su visión filosófica mundial en 1878, se publicó en 1879 una “Carta abierta al Sr. von Weber” contra la horrible vivisección, y en 1880 su gran escrito sobre “Religión y Arte”, en el cual como motivo central tomó la degeneración de la humanidad, la herida de la santidad de la naturaleza por los seres vivientes. ¡Qué gran revuelo armaron estos escritos! No se comprendía como un músico podía hacer estos comentarios, ocuparse de cosas que no debían teóricamente importarle, de las cuales no podía entender nada. ¡Cuan poco se había entendido al maestro, pese a tener ya 70 años! Para él, estos escritos era la expresión literaria de su filosofía, de la misma filosofía que llenaba sus obras, aunque de distinta forma. Pero la mayoría sólo había visto en esas obras, nuevas “óperas”; la totalidad ideal de su gran obra, la unidad ética de la gran persona y alma del maestro, de eso nadie se había preocupado.

No se comprendía tan siquiera, que un artista, al cual le obsesionaba el ideal del arte únicamente humano, viera ese ideal amenazado por un mundo que estaba todavía mandado por su carácter bárbaro. Como le había de horrorizar y enfadar, el terror sin escrúpulos del método de la vivisección, apreciado como el “orgullo de nuestra época” de la más elevada cultura y de la ciencia moderna. ¿Qué podía significar en un mundo así, un arte ideal? ¿Cómo podían las mentes, bajo estas opresiones ser todavía capaces, acojer en sí los hechos de un arte lleno de alma y producirlo? En Wagner hablaba el ser humano capaz de sentir, y sólo así se podía ser verdadero artista. Para él, consuituía un sentimiento religioso defender los derechos de la naturaleza llena de sufrimientos.

El Sr. von Weber, el luchador principal contra la vivisección en Alemania, le había enviado al maestro su escrito ”Las cámaras de tortura de la ciencia” y había ganado con esto la participación de Wagner contra todo lo antihumano. Seguidamente siguió una visita de este estupendo hombre a Bayreuth y fue entonces cuando Wagner escribió su maravillosa “Carta abierta”, en la cual enseguida apartaba el verdadero punto de vista del tema de lo meramente científico y lo elevaba a una cuestión moral totalmente apartada de cualquier absurda y cobarde discusión basada en la utilidad. Sólamente citaré unas pocas líneas para poder dar a conocer a nuestros lectores los principios básicos: “Lo que hasta ahora me ha incitado a no unirme a una sociedad protectora de animales, ha sido, porque en ellas siempre he encontrado, tanto en sus enseñanzas como en sus llamadas, un principio de utilidad. Lo lejos que esto estaba de la auténtica razón para tratar cariñosamente a los animales y lo poco que conseguiríamos por ese camino, lo hemos visto claramente estos días, cuando los representantes de esas entidades en su lucha contra la vivisección no supieron dar ningún argumento válido en el momento en que la utilidad de esta práctica para la humanidad quedaba demostrada” “En adelante nuestro único objetivo ha de ser la religión de la compasión frente a los defensores de la utilidad”. “El que necesite otra razón para evitar que un animal sufra que la compasión, nunca puede haberse sentido llamado a levantar la mano contra el maltrato del animal del vecino. El que no nos atrevamos a poner como meta de todos nuestros anhelos y enseñanzas del pueblo esta compasión es la maldición de nuestra civilización, la demostración de que nuestras iglesias estatales no tienen Dios”.

Del escrito ”Religión y Arte” queremos añadir como final las siguientes palabras que se refieren a la beneficiosa unión de la asociaciones protectoras de animales con las de vegetarianos y antialcohólicos unidas a las asociaciones de obreros socialcristianos: “Una vez que se pudiese esperar del hombre, educado por nuestra civilización sólo en la valorización de su egoismo calculador, que esa comunión entre todas estas asociaciones, con perfecta comprensión de las tendencias y de los fines de cada una, hoy sin fuerza en su desunión, pudiese ganar pie firme entre los hombres, entonces podría estar también justificada la esperanza de un retorno a una verdadera religión”. “¿A quién rendirían en realidad homenaje los miembros de una tal sociedad cuando, después del trabajo del día, se reuniesen en un banquete, para reponerse con el pan y con el vino?”.

De estas bases nació la obra artística del “Parsifal”: el drama religioso del hombre hecho sabio al poder sentir la compasión. La compasión sin límites del humano limpio que traía la liberación con amor del humano arrepentido, sí, del verdadero amor de Dios, del Graal. La comunidad del Graal, con su comida de amor simbólica de vino y pan, es una copia artística de aquella gran idea de una comunidad humana sobre la religión de la compasión, en ella también la naturaleza y los animales estarían incluidos, al igual que los cisnes que no deben ser heridos y las flores de los encantos del Viernes Santo. Después de esta, su última palabra y obra, terminada bajo el duro invierno en el sur de Italia y estrenada en 1882 en Bayreuth, se fue el gran maestro, de pronto, en la ciudad de Tristán, Venecia, el 13 de febrero de 1883. En su última noche había leído todavía el maravilloso poema de la naturaleza “Undine” para después tocar al piano su “Canto de las Hijas del Rin”: “De fiar y fiel, solamente es la profundidad”.

A la profundidad de la fiel naturaleza le fue devuelto su cuerpo en tierra de Bayreuth después de pocos días. Y en medio de aquel entierro estaban también ahora sus grandiosos perros, con mirada seria, aquel cuadro extrañamente hecho verdad de aquel relato del pobre artista de París

EPÍLOGO

Resumiendo. Durante sus setenta años de vida, llenos de grandeza, se le hizo más daño que justicia, pero sin embargo su muerte dejó a la humanidad llena de sufrimiento ante el recuerdo del más honorable y gran amigo. A esto hay que añadir la llamada de alerta que su muerte significó para recordar el lazo de amor que une al humano con la naturaleza, recordar la religión de la compasión que incluye a los humanos y a los animales.

Sobre el monte de Bayreuth está la alta casa, la cual dio a esta religión la verdadera expresión artística y simbólica en la obra del “Parsifal” limpio y libre. Depende del pueblo alemán que otros artistas puedan también tener la posibilidad de ver realizadas sus obras, pues según palabras de su protector: “el verdadero arte sólo puede florecer sobre tierra de verdadera moral”.

También en el terreno práctico la religión de la compasión en el sentido del maestro ha encontrado entretanto organizaciones para cuidarla fielmente. En el año 1907 fue inaugurada la “Asociación para la protección de los animales y actos similares” la cual, según los pensamientos de Richard Wagner en “Religión y Arte”, ve su principal trabajo en la lucha contra el terror y la brutalidad y para hacer más honorable la manera de vivir. Dicha asociación está protegida por familiares del maestro y por muchos amigos.

Los trabajos llevados a cabo hasta cl momento por dicha entidad, son prueba de que es capaz de dar, en amplios círculos, razonamiento a los pensamientos de Wagner sobre la protección de los animales y poder llamar a su alrededor a compartir y ayudar.

Los admiradores de Richard Wagner, los que quieren dar las gracias a su maestro por sus maravillosos regalos, pueden ahora, uniéndose a esta Asociación, demostrar y hacer algo por ese asunto estrechamente unido con el corazón y las ideas culturales del gran artista: la religión de la compasión.


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