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Sobre la música de Wagner

Por Francisco Asenjo Barbieri

 

[p. 3] Sr. D. José Piqué y Cervero.

Muy señor mio y estimado amigo: Por casualidad ha llegado á mis manos una hoja suelta, suplemento al Correo de Teatros, la cual contiene un remitido de V. contra el Sr. Schoenbrunn. En ella he leido con gran satisfaccion la calurosa defensa que hace V. de la música y los músicos españoles en general, y en particular de mí; y aunque no me considero acreedor á los elogios que V. tan generosamente me prodiga, estos me han sido tantos mas gratos cuanto que ya hace años que V. y yo no nos escribimos, si bien esto es culpa de nuestros quehaceres y no de nuestra buena amistad. Hoy, sin embargo, la memoria que V. hace de mí en su impreso no puede menos de obligarme á tomar la pluma para dar á V. las mas expresivas gracias, y no solo por tal memoria, sino porque por lo mismo que V. no ha querido enviarme ejemlar de dicho impreso, yo debo pagar este rasgo de la exquisita delicadeza de V., diciéndole espontáneamente que lo he leido con sumo gusto, y que estaré eternamente agradecido á tanto favor.

Ya que tengo la pluma en la mano me dispensará V. que le signifique cuánto siento ver á V. engolfado en una polémica estéril para el arte, al par que puede ser fecunda en disgustos para V. Y digo estéril para el arte, porque á todo aquel que, ó por entusiamo, ó por afan de singularizarse, ó por especulación ó por otra causa cualquiera, se hace apóstol de una idea ó partidario ardiente de una nueva escuela, no hay que irle con reflexiones, porque á todos contestará siempre con aquellos versos de Breton de los Herreros:

"Aunque el mismo arzobispo de Sigüenza
Con todo su cabildo diocesano
Quisiera convencerme, fuera en vano;
Yo no quiero que nadie me convenza."

Con esta clase de gentes no hay discusión posible, porque todo lo lleva abarrisco, y al fin no se saca sino lo que el negro del sermon. Pero me dirá V. tal vez que cuando uno tiene el convencimiento profundo de que trata de entronizarse un absurdo debe combatirlo con todas sus fuerzas. Ciertamente, parece que así se debe obrar; pero la historia nos dice la esterilidad de tales esfuerzos en muchas materias, y mas particularmente en las que se refieren al arte de la música, arte que, mas que otro alguno, atañe al sentimiento, y que, por consecuencia, es del dominio comun de las almas sensibles. Podemos, pues, los que los profesamos tirarnos los bonetes sobre si deben emplearse tales ó cuales medios para hacer una obra musical perfecta; podemos dejar discutidos y asentados todos los principios sobre que ella deberá fundarse, y sin embargo, el público despues vendrá á darnos la razón con aplausos, ó á quitárnosla con sus silbidos; y solo subsistirá aquella obra artística que á mayor número de oyentes no profesoresdel arte haya logrado tocar al corazon.

Hay que considerar también que el arte de la música es por necesidad revolucionario; porque, naciendo de los arranques del sentimiento humano, y siendo el hombre naturalmente inclinado á las novedades y al progreso, no puede el arte dejar de acompañar siempre al hombre, hasta en sus aberraciones y extravagancias, y más particularmente en tiempos como los actuales, en que la humanidad atraviesa un período de ansiedad y de furor revolucionario en sus ideas religiosas, políticas, sociales, artísticas y científicas, amenazando destruir por completo cuanto existe de los pasados tiempos.

Antes de ahora la música seguia una marcha mas tranquila en su progreso, así como la humanidad progresaba realmente, pero con menos ruido; y sin embargo, ¡cuántas y cuán acaloradas polémicas dió lugar la mas pequeña modificación artística! Sin remontarnos mas allá de los tiempos del renacimiento, nos encontramos con las ardientes discusiones que promovió la obra de nuestro español Ramos de Pareja con su nueva teoría sobre eltemperamento y sobre otros ramos del arte. Grandes maestros italianos se le opusieron, recurriendo hasta el insulto para combatir sus nuevas ideas.

Para los mas célebres compositores antiguos un mi contra fa era el mayor de los delitos: los acordes de sétima les erizaban los cabellos, y consideraban poco menos que como un pecado mortal el hecho de incurrir en lo que llamaban Diabolus in musica.

De los tiempos modernos bastará recordar las rudas batallas que riñeron gluckistas y piccinnistas, haciendo gemir las prensas de continuo con sus acaloradas diatribas.

Los didácticos del contrapunto todavía truenan contra lo que llaman cuartas, quintas ú octavas mal dadas; y tomos enteros de polémica se han escrito y escriben en pro y en contra de algunos detalles atrevidos de las obras de Beethoven.

Rossini, Meyerbeer y otros genios de nuestros dias han dado con sus obras pábulo á las mas acaloradas discusiones.

En España mismo nuestro género de la zarzuela ha tenido ardientes adversarios y generosos defensores, como V., amigo Piqué.

¿Y que ha resultado de todo cuanto acabo de recordar?

Que el arte deshechó algunas de las ideas de Ramos de Pareja, pero adoptó la principal del temperamento, sobre la cual se ha fundado el arte moderno.

Que el Diabolus in musica se ha convertido en Angelus, y hoy los acordes llamados disonantes son el mas bello adorno de las obras musicales.

Que las óperas de Gluck sirvieron de tipo al drama musical moderno, dándole un nuevo giro, y que aun hoy se aplaude el Orfeo.

Que los contrapuntistas didácticos tascan el freno, oyendo aplaudir generalmente el coro interno del acto segundo del Guillermo Tell, la barcarola del acto tercero de I Puritani, el andante de la sinfonía en do menor de Beethoven, y otras muchas obras célebres, en las cuales se atropellan algunos preceptos escolásticos.

Que los nombres de Rossini y de Meyerbeer viven y vivirán siempre incólumes por El Barbero de Sevilla y el Guillermo Tell, por Roberto el Diablo yLos Hugonotes.

Y finalmente, que nuestro género de zarzuela tiene hoy en España escaso número de detractores; que se hizo lugar hace ya tiempo hasta en el extranjero, y que hoy mismo se preparan traducciones para los teatros de Alemania y de Italia, de aquellas obras de nuestro repertorio que merecen ser conocidas y consideradas, aunque no sea mas que porque constituyen un género de música nacional española.

De modo que lo que la historia nos enseña es que siempre hubo unos espíritus exageradamente innovadores, y otros absolutamente contrarios á toda innovacion; pero, no obstante, el arte músico ha seguido la corriente natural de los adelantos de cada época, y lo bueno, antiguo ó moderno, subsiste é ilumina el arte, al paso que lo malo, sea cualquiera la época ó persona á que pertenezca, yace en las sombras del olvido. Y entiéndase que al decir bueno y malo quiero significar únicamente la música que llega ó no llega á conmover la mayoría de las almas sensibles y de las personas de buen gusto, ajenas por completo á toda pasion personal ó de escuela ó de nacionalidad, porque siendo la música un arte cosmopolita por excelencia, necesitan sus obras para ser consideradas como buenas en absoluto, adquirir la sancion de gentes nacidas bajo la influencia de diferentes climas.

Hé aquí la razon por la cual considero los cantos populares de todas la naciones civilizadas como la expresion mas bella del arte natural (digámoslo así). El canto popular, es sin disputa, el más espontáneo y puro lenguaje del sentimiento representado por la melodía, que es el alma, el sine qua nondel arte de la música; y este lenguaje tiene el privilegio de ser el único verdaderamente universal, como puede probarse con facilidad, sin mas que recordar el hecho notorio de que las canciones populares mas características de cada nacion son igualmente aplaudidas en toda Europa, ya sean cantadas en su primitiva sencillez, ó ya con los adornos de una armonizacion mas ó menos complacida.

Con las ideas que acabo de exponer, no estrañará V., querido amigo, que sienta mucho ver á V. enredado en una polémica de la que no podrá sacar, en conclusion, sino los [p. 4] disgustos consiguientes á haberla seguido, y estos tanto mayores, cuánto que veo que van Vds. perdiendo la calma y entrando en el terreno vedado de la personalidad; y todo ¿por qué...? ¡Porque profesores y críticos de Barcelona gustan de la música de Ricardo Wagner, y V. y otros no... ! Preciso es confesar que este no es motivo suficiente para romper lanzas; porque si la música de Wagner es absolutamente buena, ella se abrirá camino, á pesar de la oposicion que la hagan los críticos mas autorizados; y si es mala, aunque todos los críticos del mundo se empeñen en ponerla en los cuernos de la luna, el público imparcial la pondrá á los piés de los caballos. Pero podria suceder tambien que en la tal música hubiera una parte buena y otra mala. En tal caso sucederia con Wagner lo que con todos los autores conocidos, cuyas obras se encarga el público de acribar, conservando lo bueno y despreciando lo malo: si aquello es mas abundante que esto, entonces el autor gana un puesto entre los distinguidos, y si es al contrario, queda reducido á ocupar en la historia del arte un lugar de escasa importancia entre la multitud de autores adocenados.

Al llegar aquí, comprendo que V. me preguntará cuál es mi opinion sobre el particular, y voy á satisfacerle; pero antes debo hacer una observación que me importa dejar bien consignada.

El distinguido crítico y querido amigo D. Antonio Peña y Goñi, interpretando algunas apreciaciones mias expresadas privadamente, me ha hecho, en algunos de sus excelentes y humorísticos artículos de periódico, sentar plaza de antiwagnerista contra mi voluntad y contra mi propia historia: porque es bien sabido que la primera obra de Wagner que se oyó públicamente en España, yo fuí quien la trajo de Alemania, quien tradujo al castellano la letra de sus coros, quien ensayó estos y la orquesta, y quien, finalmente, la dirigió ante el público en los conciertos del Conservatorio de Madrid. Esta obra fué la marcha de Tannhäuser que V. cita en su remitido.

Reclamo, pues, para mí toda la gloria ó vituperio que merezca por haber introducido en nuestra patria esta música, que hoy es causa de tan acaloradas discusiones: y con estas premisas voy ahora á decir á V. mi humilde opinion sobre Wagner y sus obras, y sobre los panegiristas y los detractores de él y ellas.

Ricardo Wagner es literato y compositor; literato, no solo para escribir los libretos de sus óperas, sino para hacerse la crítica de ellas en tales términos que viene á decir sustancialmente: "Todo el que no me aplauda ni me siga, es un bruto, porque yo soy el verdadero Mesías del drama lírico; y todas las óperas que se han escrito hasta el dia, no son mas que música de baile."

Confesemos que quien esto dice no da muestras de tener mucho talento, ni menos de ser muy modesto. Jesucristo predicaba con la palabra y el ejemplo la doctrina de la redencion humana (que es mas que la redencion de la ópera), y sin embargo, daba al César lo del César, y procuraba ganarse prosélitos con su modestia y mansedumbre: pero Wagner, á lo que parece, tiene menos de la humildad del Salvador que del orgullo de Satanás; y aunque es cierto que todos los grandes genios de la humanidad han tenido el convencimiento del valor de sus obras, no es menos cierto que la modestia ha sido y es siempre compañera inseparable del verdadero talento.

Otro de los distintivos del verdadero talento es la perfecta armonía en las ideas y la unidad constante y lógica en la manera de desarrollarlas; pero Wagner se contradice á cada momento en sus obras literarias, poniendo estas en contradiccion tambien con su música dramática. Se proclama innovador; dice que su música es del porvenir, y al propio tiempo se enfurece porque no le aplauden los contemporáneos tanto como él se figura que merece. Nos habla de su melodía infinita, y luego, en la mayoría de sus obras, la melodía es tan finita y de períodos y frases de tan limitada y pequeña medida, que pueden cortarse por donde se quiera, sin afectar grandemente á la totalidad de una pieza. Se brula del ritmo y dice que las óperas de Rossini y de Meyerbeer son música de baile, y por su parte, cuando toma un ritmo cualquiera, insiste en él hasta la saciedad, creando una música martillada, como por ejemplo la de la obertura de su Tannhäuser.

Todas estas y muchas mas contradicciones que podria poner de manifiesto, vienen á probar que la teoría y la práctica no marchan acordes en este autor, y por consecuencia que Wagner, cegado tal vez por un orgullo desmedido, no debe tener perfecta conciencia de lo que hace, ó quizás tiene dentro de sí tres espíritus diferentes é inarmónicos, uno para la poesía, otro para la crítica y otro para la música.

Examinando sus obras literarias, encuentro en ellas rasgos inequívocos de imaginacion y de talento, pero al propio tiempo un cierto desarreglo nacido tal vez del afan de singularizarse á toda costa y de buscar la originalidad.

En sus obras críticas hallo el mismo ó mayor desarreglo de ideas: los principios estéticos en que se funda no los veo claros, ni bien definidos; de modo que unas veces me parece que se inclina á las teorías de los filósofos alemanes modernos, y otras maldice de ellos, haciendo un baturrillo filosófico que no hay quien lo entienda: lo que sí veo (y conmigo todo el mundo) en estas obras de Wagner, es un yo satánico que asoma constantemente la cabeza por encima de todo cuanto escribe.

Como compositor de música pertenece á la escuela de Schumann, lo cual equivale á decir que Wagner sigue las huellas de otro, y que, por consiguiente, no debe ser considerado en absoluto como innovador. En sus obras musicales hallo la misma falta de unidad que en las literarias, y una vacilacion constante en las ideas, sin llegar á formar un sistema de composicion bien definido, ni un estilo propio individual. ¡Oyendo las obras de Wagner recuerda uno involuntariamente las de Schumann, Liszt y Spohr, y aun en ciertos casos las de Mendelssohn, Weber y Meyerbeer. En aquellos momentos en que Wagner se deja arrastrar involuntariamente por la corriente del siglo, produce trozos de música que podria firmar cualquiera de los grandes compositores mas justamente aplaudidos; pero en seguida parece que le acomete el demonio de su soñada novedad, y se complace en dar tortura al mejor período musical, disfrazándolo violentamente y de un modo extravagante, á fin de que aparente una novedad que en el fondo no tiene.

Si de estas generalidades paso á examinar algun detalle importante, encuentro en las óperas de Wagner un defecto de la mayor consideracion en el uso malísimo que hace de la voz humana, que es el primero y principal elemento de todo drama lírico: y aquí se ve, no solo una falta imperdonable, sino una de las contradicciones mayores en que incurre Wagner. Trata de romper por completo con las tradiciones y la práctica del drama lírico; declara que en éste la accion debe seguir en todos sus detalles una marcha no interrumpida por ningun género de convencion; se decide, en fin, por un realismo exagerado, y al propio tiempo hace cantar á sus personajes de un modo contrario á las leyes de la naturaleza y del arte. No ha habido, ni hay en el mundo quien espontáneamente hable ó cante de la manera tan de[s]entonada que cantan los personajes de las óperas de Wagner, saltando de un registro á otro de la voz, y usando frecuentemente de los puntos extremos, de los intervalos disonantes y de modulaciones violentas. Así ha sucedido que en algunos teatros de Alemania misma no han podido ser ejecutadas ciertas óperas de Wagner, porque los cantores declararon que les era imposible cantar con afinacion y aprender de memoria tan revesadas melodías, las cuales, en muchos casos, hasta para los instrumentos de orquesta suelen ser de una grandísima dificultad.

Sin embargo de todo lo expresado, es muy cierto que en las obras de este autor hay trozos que admiran, y aun algunos que conmueven hasta á las personas mas predispuestas en contra de él; y desde luego puedo asegurar que Wagner no es un compositor vugar, porque si careciera de mérito, no hubiera hecho tantos prosélitos, ni habria suscitado tan ardientes polémicas en toda Europa. A pesar de todo, yo no me atreveria hoy á determinar el puesto que le corresponde dentro del arte, porque cuanto veo en sus obras de contradictorio y extravagante, hace nacer en mí unas dudas que solo podrán disipar el tiempo y la constante y desapasionada experiencia.

De lo que no me cabe duda es de que tan fuera de razon están los wagneristas exagerados como sus intransigentes contrarios: los primeros, porque debian considerar que no es fácil, ni tal vez posible, aniquilar las obras de los grandes genios de la música dramática, tan universalmente aplaudidos, como Mozart, Rossini, Weber, Meyerbeer y otros; los segundos, porque debian recordar las transformaciones que, desde Cimarosa hasta el dia, ha ido experimentando la música dramática, y que tal vez no hemos llegado ni llegaremos nunca á pronunciar la última palabra en la [p. 7] materia, porque el arte de la composicion musical, mas que otro alguno, sigue siempre la corriente progresiva y caprichosa de las sociedades humanas, y solo subsiste incólume el principio generador del arte, es decir, la melodía popular, siempre bella y siempre joven, nacida de lo mas íntimo y puro de las almas sensibles.

Créame V., amigo Piqué, y créanme los wagneristas furibundos; la pasion desenfrenada quita el conocimiento, y por esta razon lo que conviene es tratar el asunto con la mayor calma, sin dejarse llevar de un espíritu exageradamente conservador, que tienda á paralizar el racional progreso del arte, ni por el contrario, de un desmesurado afan reformista que lo desnaturalice, haciéndolo tal vez caer en lo ridículo.

Discútase en buen hora; analícense los medios de que se valió el artista para producir su obra; pero, al propio tiempo, téngase bien presente que el talento no basta á dar celebridad legítima y sólida á un compositor de música, si no va acompañado de esa inspiracion divina que llamamos genio, y que ni es ni puede ser discutible, porque las obras del genio al fin se imponen por su propia virtud y están por encima de toda discusion.

Ahora bien: ¿está patente el genio en las obras de Wagner? ¿Sucederá al fin con ellas lo que con Las soledades de D. Luis de Góngora?... Allá lo veremos.

 

FUENTE:

LA ESPAÑA MUSICAL

Año IX, n.º 424. 29-VIII-1874, p. 3-4 y 7