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XIII PARSIFAL EN EL CASTILLO ENCANTADO DE KLINGSOR

XIII PARSIFAL EN EL CASTILLO ENCANTADO DE KLINGSOR

Echado por Gurnemanz del templo excelso, nuestro héroe iba vagando solitario, hasta que al dejar el límite del burgo sagrado, penetró en otro recinto que los caballeros del Graal llamaban Reino de perdición. Era un hermoso valle fronterizo al Monsalvat, en medio del cual había un castillo encantado, adonde los piadosos caballeros eran atraídos para perderles, envueltos en las redes pecaminosas de la concupiscencia. El señor de aquel dominio era un terrible mago llamado Klingsor, quien se había propuesto exterminar la venerable comunidad, para vengarse de odios añejos contra Titurel. Unos dicen que era duque de Capua, descendiente del famoso hechicero Virgilius de Nápoles, y según las crónicas de la maledicencia, parece ser que un día fué sorprendido por el Rey de Sicilia mientras usurpaba ciertos derechos pertinentes al esposo.

Guárdeme el cielo de caer en la tentación de describir la formidable batalla que se entabló entre ofensor y ofendido, pero si hemos de juzgar por las cruentas burlas de que fué objeto luego, bien podemos asegurar que Klingsor debió salir muy mal parado de la refriega, pues desde entonces fué apellidado el Duque-Capón. Otros aseguran que ello es pura fábula, y por el contrario, fué él mismo el autor de tan ignominiosa mutilación. Quería entrar a formar parte de la comunidad del Graal, pero su instinto perverso y la lujuria que le dominaba hacían imposible su admisión. Pensó entonces en hacer penitencia, purificarse, vivir solitario cerca de Monsalvat hasta ser digno de entrar en él; pero, irritado por no saberse reprimir, cometió el horrible crimen sobre sí mismo.

El Graal nególe entonces y para siempre la divina luz; y Titurel lo echó de sus dominios. Perdida toda esperanza, dióse en estudiar las artes mágicas de brujería y nigromancia. Pactó con el infierno, y logró tanta ciencia diabólica, que transformaba a su placer casas y lugares, según su perfidia le sugería. Por virtud de un espejo mágico que le donó el demonio, conocía todos los actos de hombres, mujeres y cuadrúpedos, fueran ellos extranjeros o indígenas, si entraban en su radio luminoso, que era de seis leguas y media. Transformó el castillo en un edén perfumado, embriagador de los sentidos. Las flores eran más bien bellas hijas de perdición, armas poderosas que Klingsor aguzaba contra los caballeros de la montaña santa, a quienes quería destruir haciéndoles perder la pureza inmaculada. Muchos de ellos habían ya sucumbido en las garras, de la voluptuosidad, que mil ninfas les ofrecían, y vivían en el recinto encantado bajo el poder satánico del hechicero.

El rey Amfortas, ante la perfidia de Klingsor, armó sus leales, empuñó la lanza del Redentor y fué a darle batalla para aniquilarle. Pero ioh desventura! las terribles armas del mago eran de seducción refinada de la carne que la débil naturaleza humana es incapaz de resistir. A Amfortas, el más santo de los caballeros, púsole enfrente la flor más bella, rosa del infierno, portento incomparable de hermosura. Era Kundry, aquel ser extraño, original, que nadie supo de dónde vino, y si estando despierta era la bienhechora mensajera del Graal, cuando caía en letargo, el mago la atraía con hechizos y transformaba la haraposa mujer en mortal enemiga de aquellos píos caballeros, compendio seductor de todos los encantos de la mujer voluptuosa, la tentadora eterna, a la que el hombre se ablanda irresistiblemente.

En los brazos de Kundry perdió Amfortas la pureza inmaculada, y Klingsor, triunfante, le arrebataba la lanza sagrada, hiriéndole además en un costado con la misma arma. El rey pecador huye humillado y vencido: desde entonces llora su desgracia, la herida es incurable y le dará tormento para que expíe su culpa, hasta que un ser cándido y puro le redima, destruyendo el maleficio de Klingsor, rescatando la lanza santa, y dé nueva gloria, purificándola, a la Orden del Santo Graal. Por las artes diabólicas sabe el hechicero que un predestinado ha de salvar de la ruina total la venerable comunidad. El espejo mágico le anuncia que el cándido y purísimo redentor del Graal, caminando a la ventura ,ha entrado en sus dominios. Así redobla sus esfuerzos, transforma y prepara todos los elementos de perfidia y seducción. Klingsor se cree invencible; como cayeron otros tantos caballeros; caerá el doncel.

Llama a Kundry, la sorprende en su sueño, se ampara de ella, quiere transformarla; la diosa se resiste, pero él la encadena con sus hechizos hasta hacer de ella su mayor aliada. Parsifal ha entrado en el primer círculo en él encuentra gran resistencia. Otros caballeros allí recluidos le contienden el paso, pero el héroe se hace cargo y les vence con sus mismas armas, hasta llegar al jardín mágico. Las flores se desprenden, toman la forma de ninfas divinas seductoras; son las bellas hijas del Edén. Le rodean, quieren encantarle, seducirle, perderle, según mandato de Klingsor; pero la inocencia de Parsifal sale triunfante de la primera batalla. El cándido Parsifal decide irse, mas al intentarlo oye una voz dulcísima, que llena toda su alma.

«Parsifal», le dice, y el bendito recuerda entonces por primera vez que su madre, cuando soñaba, pronunciaba este nombre, y se conmueve. La seductora, para abrir brecha en el corazón del doncel inocente, le habla sólo de ella, y como la tierna alma de Parsifal está llena de aquel santo recuerdo materno, se enternece profundamente. «Tú ignorabas su gran dolor, le dice; noche y día te esperaba, pero el hijo incauto a ella no volvía y Erzeloide murió».

Parsifal cae abatido a los pies de Kundry. El llora amargamente, y en su dolor exclama: "!Oh, madre mía!".Madre dulce, madre querida, ¿ cómo pude olvidarte?» Kundry avanza en su perfidia; finge infinita y maternal ternura por el adolescente.

«Tú no conocías el dolor; expiar debes la culpa, y si quieres encontrar consuelo a tu pena, debes buscarlo en aquel grande amor, que ya Gahmuret sintió por Erzeloide, aquella que te revistió de su carne y de su sangre y al morir mandaba a ti el saludo extremo de su corazón y el beso del amor.» Kundry envuelve a Parsifal en sus redes; le coge en brazos, acerca sus labios a los del adolescente y estampa en ellos un largo beso con el arte maligno de la sensualidad. iOh prodigio! Parsifal se siente de pronto transformado, su inocencia se ilumina y le hace comprender toda la maldad de Kundry. Se deshace de aquellas garras; ve ante sus ojos la visión,,amarga del sufrimiento de Amfortas, llorando su pecado.

El piadoso Parsifal sufre del mismo dolor a tal punto, que cree que él también tiene en su costado la llaga incurable. Fué el beso de Kundry que hizo caer al casto Rey, pero el iluminado hijo de Erzeloide no caerá. Ya no es el cándido e inocente; desde hoy será el héroe de la piedad, consciente de su misión redentora sobre la tierra. Cae de rodillas, invoca al cielo, y ve aparecer el cáliz divino, cuya sangre se enciende; en su exaltación parece oir la voz del Salvador, y sus quejas por haber contaminado el templo augusto con el pecado.

«iSálvame, oh Dios de amor! Y guía mis pasos hacia la mansión santa, para que yo la redima.» El héroe quiere huir, pero Kundry no se da por vencida, se acerca a él, y le tiende nuevas insidias. Le pide piedad, pues también ella busca su salvación.- «sólo una hora de tu amor y yo seré redimida. Tú tan compasivo, ¿por qué me huyes? Deja que en tu seno desahogue mi llanto. Fué el beso mío el que te iluminó, ¿querrás que me consuma en mi condenación? ¿Por qué no quieres, unirte a mí para salvarme? Deja que yo te ame, ioh ser divino!, y te mostraré el camino que en vano buscarás. ¡ Si supieras mi tormento, que viva o muerta jamás me abandona! Yo fui culpable y mi vida es de expiación. Busco a El, que vituperé cuando llevaba la cruz a cuestas camino del Calvario; bañado en sangre inocente, yo le burlé y escarnecí, riéndome de su dolor. Sus ojos dulces se clavaron entonces en los míos: los veo desde siglos, me atormentan sin cesar, y le busco para postrarme a sus pies, sin que me sea dado encontrarle en parte alguna. Si eres como él, un ser divino, deja que en tus brazos encuentre la expiación de mi pecado».

Luego le asalta furiosa; quiere cogerse a su cuerpo, pero Parsifal, impuesto de su divina misión, resiste a toda tentación, y la rechaza, llamándola demonio pérfido y cruel.
-Huye de mí, y deja que yo corra a redimir a mis hermanos de Monsalvat que sufren por tu culpa; enséñame el camino que conduce a ellos y te salvarás.

Kundry grita salvajemente, su desesperación no tiene limites, por creer que va a ser vencida. Invoca entonces la potencia maléfica para que arreste al insensato; «i cerradle el paso, para que sea mío!» Parsifa intenta huir, pero sale a su encuentro Klingsor empuñando la lanza del Señor robada a Amfortas.

«Con esta arma yo te domaré.» Y furiosamente echa el sagrado acero sobre el cuerpo de Parsifal para atravesarle, pero prodigiosa mente queda suspendido sobre la cabeza del casto y purísimo héroe, quien se ampara de la lanza trazando en el espacio, con ella, la señal de la cruz. «Con este signo de redención, rompo todos los encantos del infierno y destruyo tu maléfico poder.» Seguidamente un ruido infernal se deja oír, y todo se derrumba sin que quede piedra sobre piedra. Las artes del mal quedan vencidas, Klingsor sepultado bajo su poder en ruinas; se transforma aquel lugar en un triste desierto.

Kundry, incorporada, sigue con los ojos a Parsifal, y éste le dice: «Si quieres la salvación, ya sabes en donde podrás encontrarme».

X. ADOLESCENCIA DE PARSIFAL

X. El hijo de Gahmuret, sin preocuparse de la congoja mortal que causaba a la afligida madre, dábale un último beso, y montado sobre su caballo echó a correr, dirigiéndose hacia la floresta de Brocelianda, en donde pasó la noche de la peor manera. Al nacer el nuevo día, siguió por un camino recto que le llevó a una llanura, en la que divisó a un lado un gran pabellón señorial, extremadamente lujoso, formado con telas de tres colores. Nuestro indiscreto mancebo, guiado por su inconsciencia, entró en él, y en lo que llaman recinto sagrado vió a una dama tendida, que dormía dulcemente. Era Jeschute, que con su esposo Orilus, duque de Lande, se habían refugiado allí, huyendo de la persecución del fiero Galoes. El rostro de la matrona, como sus labios de rosa diáfana, eran armas poderosas de amor, capaces de encender la llama en el corazón más consumado. Su boca a medio abrir ostentaba con soberana soberbia dos cándidas líneas de dientes brillantes y blancos como el marfil o la nieve. Un manto de seda oriental se replegaba hacia el cuerpo de la dama, con tan natural abandono, creyéndose sola en la ausencia de su esposo, que descubría la perfección de sus líneas que me es vedado describir; pero sí os diré que en ellas resplandecía con todos sus encantos el arte supremo del Creador. La seductora dama dejaba caer graciosamente su brazo escultural, en cuya mano llevaba un anillo como ornamento que es prenda de desposada. Nuestro inocentón vió aquel símbolo de fidelidad, y acordándose de pronto del consejo materno, le pareció en su cándida imaginación que había llegado el momento de ponerlo en práctica. Sintióse como atraído hacia la prenda, y de un salto cayó sobre la dormida para quitársela. La púdica belleza despertóse desagradablemente sorprendida por la inesperada acometida del impetuoso adolescente tan extrañamente vestido, y acostumbrada a todas las galanterías que la buena crianza impone, le apostrofaba indignada y avergonzada.«¿Quién viene a ultrajarme? i Oh temerario insensato!, alejaos de aquí; pero sin preocuparse de la exaltación de la dama, ni de los gritos desesperados, se cogía con toda la fuerza a los labios de la bella Jeschute, y procurando inmovilizarla con su poderosa fuerza, le quitaba el anillo. Vióle luego un broche de oro en el pecho, que sujetaba la débil vestimenta, y arrancóselo sin sentir el menor escrúpulo ni vergüenza. La pobre Jeschute opuso gran resistencia, pero la suya era fuerza de mujer y la del agresor de diez gigantes. De repente dejó su presa, quejándose de sufrir hambre, y la dama, que había recobrado su libertad, llena de espanto, calculando las consecuencias que podía acarrearle aquel inesperado suceso, temerosa de nuevas arremetidas le decía: -Si sois bueno, yo os daré de comer; basta que no me comáis a mí; ahí tenéis dos perdices, pan y vino con que saciaros, pero huid. La presencia del inconsciente desvergonzado pesaba cada vez sobre el corazón de la dama. Ella le suponía falto de razón, bien lo decía su vestidura de loco y aun cuando rugía de terror, díjole estas discretísimas palabras: "Doncel, restituidme mi anillo como el broche de oro que me habéis arrancado, y dejad pronto este lugar, si no queréis que la cólera de mi esposo haga presa de vuestra maldad. -¿ Por qué he de temer a vuestro esposo ? -contestó el inocentón-; pero si creéis que mi presencia puede dañar vuestro honor, yo me iré seguidamente. Acercóse otra vez adonde ella reposaba, y con gran disgusto e indignación de la duquesa, le hurtó otro beso antes de saltar a su caballo. Desconociendo las buenas reglas, despidióse de mala manera, contentándose con decir: ¡Que Dios os guarde! Es el consejo que me dió mi madre. Encantado por el botín, se precipitó a gran carrera, y fué sabia providencia, porque no tardó en llegar el 'duque Orilus, a quien la esposa, no repuesta aún de su trastorno, hubo de contarle seguidamente el ultraje de que había sido víctima. El celoso Orilus fué presa de tal rabia, que después de descargar toda, su cólera, contra la pobre esposa por creer que podía ser culpable, corrió detrás del insensato, que, perdido en la selva, le fué imposible dar con él, lo que aumentó más y más su furor. Ella protestaba con los ojos bañados en lágrimas, y cuanto más se esforzaba en querer demostrar su inocencia detallando las acometidas del indiscreto adolescente, más crecía la indignaci6n de Orilus y subió de punto cuando con la mayor naturalidad decíale la bella esposa que el mancebo era muy joven, pero que debía estar loco; luego, por su malaventura, añadió que jamás había visto hombre tan bello. - Ah! i ah! ¿su cuerpo os gustó tanto ?» -Dios me preserve de pensarlo, respondía ella; mis fuerzas eran débiles y nada podían con las del insensato. Vos sois dueño de mi persona, haced de mí lo que queráis; pero os ruego me concedáis vuestra gracia, y si con la vida pudiera convenceros de mi pureza, i oh! ; cómo me sería dulce morir! Yo bendeciría este momento en que me hacéis sentir vuestro odio.» Nada pudo aplacar el ímpetu furioso de Orilus, que se esforzaba con excesos de indecible crueldad en amargar la existencia de la víctima. Le gritaba: "Ya no vendré nunca más a buscar el calor de vuestros cándidos brazos; ni en ellos quiero encontrar las delicia", del amor que aprisionó mi corazón. Ya miraré desde hoy indiferente la palidez de vuestra boca rosada, como la radiante luz que emana de vuestros ojos inflamados por el deseo; en ellos he de mezclar el veneno para que sea el tormento constante de vuestra alma hasta que no me sea dado vengar la afrenta.» Estas y otras desdichas más dolorosas aún causó a la pobre Jeschute la primera hazaña del cándido hijo de Erzeloide, que, atravesando prados y bosques, iba caminando sin norma ni guía hacia donde el destino le llevaba. A cuantas personas encontraba repetía la misma salutación: "Que Dios os guarde!» Y añadía: "Es mi madre que me ha dado este consejo.» Bajaba por una pendiente y oyó gritos enternecedores de mujer; guiado por el eco de aquellos lamentos, a ella se fué. ¿Qué es lo que vió? Escuchad: En la cima de una roca, una noble dama estaba cogida a un cadáver, y en su desesperación arrancábase los bucles de su negra cabellera. Era Sigunda, que tenía en brazos al príncipe Zonadulande, su enamorado esposo, que, herido mortalmente por un traidor enemigo, allí había exhalado el último suspiro. "Mi madre me ordenó saludar a los afligidos y a los que gozan de felicidad" dijo el dócil hijo de Gahmuret.-i Que Dios os guarde! Y acercándose más, preguntóle: «¿Qué peso triste tenéis en brazos? ¿ quién quitóle la vida? Si yo lo supiera, iría a vengarle. La afligida mujer conmovióse a tales palabras; levantó los ojos hacia el desconocido, y díjole en tono casi profético: -Tu te muestras virtuoso; honor a tu dulce juventud y a tu gentil belleza; en verdad, tú serás un día lleno de beatitud. Y antes que el infante se alejara, la dama pidióle su nombre, jurándole que Dios le había escogido y marcado con signos especiales. -¿ Mi nombre? No lo sé-dijo- el adolescente-; en mi mansión llamábanme hijo bueno, hijo amado, hijo bello y nada más. A las palabras del doncel, la dama Sigunda abrió los ojos como aturdida, y reconcentrándose en sus recuerdos, parecióle reconocer al hijo de Erzeloide, exclamando: -Seguramente tú eres Parsifal, celui qui perce de part a part. El amor y la constancia dejaron huellas profundas en el corazón de tu madre; ¡qué dolor le causó la muerte de Gahmuret! Tú eres Valesien por el linaje materno, Angevien por el de tu padre, y un día serás coronado rey. Después de otras cosas que no es del caso contar, despidióse de Sigunda, prosiguiendo su camino, que le condujo a Bretania. Llegada la noche; nuestro bendito sintió cansancio, y habiendo visto una venta, a ella encaminó sus pasos. Un avaro brutal e inhumano era el dueño de la posada, y al decirle Parsifal que sentía hambre violenta y que quería comer, contestóle: -¿Yo daros, medio pan? nenni, ni dentro tres años: quien pretende gratis mi generosidad, pierde el tiempo; si no lleváis buena moneda, podéis morir de hambre a la puerta de mi posada; ya os comerán los lobos. El gentil mancebo enseñóle el broche arrancado a la desdichada Jeschute, y a la vista del oro el villano avariento alargó la boca, cambiando el tono de su voz, diciéndole: -Ya que lleváis talego, podéis entrar, mi dulce infante, y todos los de la posada os honrarán. -Si te comprometes a alimentarme bien hoy, y me enseñas mañana el camino que lleva a la Corte del rey Artús, este oro será tuyo-díjole Parsifal. -A vuestras órdenes, señor-y decíase para sí el ventero-: Como no se ha visto nunca cuerpo tan perfecto, yo llevaré a la Tabla Redonda una verdadera maravilla. Pasada la noche en el mesón del avaro, a la hora del alba encamináronse con paso rápido por caminos diferentes, y ala vista de la ciudad de Nantes el villano pecador díjole: -Hijo mío, que Dios guíe tus pasos y te preserve del mal. Mira, allí está la entrada por donde debes encaminarte.-Hay que guiarme más lejos-,-dijo nuestro héroe. Pero el avaro contestó: -Dios preserve mi piel del contacto de cortesanos y de su noble humor: cuando un villano se frota con ellos, sale siempre ensangrentado. Solo quedóse el inocentón, y como no tuvo un Kurvenal por maestro, ignoraba la cortesía, y si encontraba a algún viandante, a todos, por igual decía: -¡Que Dios os guarde! Es mi madre que me lo aconsejó. Uno de los pasantes, al parecer gran caballero, considerándole simplote, contestóle: -Que te guarde a ti también y a ella. Enhorabuena por tu belleza, que seguramente eres hijo de algún engendro feliz de noble dama, pues yo no he visto hombre igual a ti. ¿Adónde te guía tu estrella? -A la Corte del rey Artús. En nombre de la Caballería, yo te ruego que, si entras en ella, adviertas al Rey, como a su dama, que el noble Javonet, su pariente, les manda albricias. -Yo haré tu mensaje-contestó Parsifal. y siguiendo su camino, llegó al jardín que daba entrada a la Corte del rey Artús.

IX. INFANCIA DE PARSIFAL y MUERTE DE SU MADRE ERZELOIDE

IX. INFANCIA DE PARSIFAL y MUERTE DE SU MADRE ERZELOIDE

Erzeloide, la poderosa dama, tomó la grave determinación de vivir como extranjera en sus tres reinos; renunció a todos los placeres del mundo, despojándose completamente de las imperfecciones que ni aun el más pequeño vestigio pudiera ser perceptible a los ojos ni a los oídos de las gentes.

Indiferente hasta a la radiante luz del sol, evitaba el goce de la vida, ocupándose día y noche en alimentar su dolor.

Con la pesada carga de sus sufrimientos, refugióse en una floresta, en el desierto de Sultane, queriendo sobre todo guardar en lugar seguro al hijo adorado del noble Gahmuret, imponiendo a sus servidores el severo mandato, bajo pena de muerte, de no pronunciar jamás delante de él el nombre de Caballero. Decía: «Si el encanto de mi alma supiera lo que es la vida de caballero, mi extrema aflicción habría llegado a su cúspide. Aplicaos, pues, a guardar el secreto.

La orden severa fué escrupulosamente seguida, y el joven infante fué criándose en el desierto ignorando todo lo de la vida y creciendo sin otra guía que el natural instinto de la humanidad primitiva, según los deseos de su madre.

Un ejercicio sólo le estaba permitido: fabricar con sus propias manos arcos y flechas para poder cazar a los pájaros que encontraba; pero a veces, cuando cazaba alguno que antes había alegrado su espíritu con el dulce canto, entonces rompía en amargas lágrimas, enternecíase hasta lo más hondo de su alma y arrancábase los cabellos furiosamente como castigo de su maldad.

Poco a poco iban inspirándole tanta ternura aquellos inocentes seres, delicia de la selva, que se pasaba largo tiempo debajo de los árboles escuchando al ruiseñor o las trovas de otras avecillas.

Luego se iba al hogar tan lleno de emoci6n y tristeza, que a veces, al ver a su madre, prorrumpía en llanto.

«¿Qué es lo que te ha dado pena?-decíale ella-. ¿Ha sido en el bosque?» Y el cándido niño nada sabía qué contestar.

Largo tiempo la reina Erzeloide había buscado la causa de aquella emoción que no acertaba a comprender, cuando una mañana, espiando los pasos del hijo amado, vióle extasiado y con la boca abierta, sonriente, delante de un árbol en donde algunas avecillas que allí habían formado nido cantaban llenas de felicidad la gloria del Criador.

El corazón del inocentón palpitaba fuertemente, de acuerdo con la melodía Erzeloide no quiso saber más, y desde entonces tomó tal odio a los pájaros, sin saber por qué, que resolvió suprimir aquellos conciertos.

A pastores y vasallos mandóles que dieran guerra y estrangularan a cuantas avecillas encontraran, objetos de su antipatía; pero como tenían alas, rápidas eludían a sus perseguidores y muchas pudieron salvar su vida, continuando gallardamente lanzando por los aires el encanto de sus tiernas melodías.

El niño decíale: «Madre, ¿ qué crimen cometieron ?» Y suplicaba por ellos paz y protección. Sus razonamientos eran a veces tan profundos, que la celosa madre cogíale en brazos, besaba sus labios, y le repetía: « Bien dices, alma mía! Hijo amado, hijo bello, hijo bueno. ¿Es que tengo yo derecho a perseguir los pajaritos? ¿No es violar la Ley de Dios?» « Oh, madre mía.l ¿ Y qué es Dios?» «Hijo amado, mis palabras son muy graves. Dios es más brillante que ,la luz del día; es El que se digna revestir de la nada la figura humana; es la misma sabiduría: implórale siempre y su bondad te prestará ayuda en este mundo. Hay otro ser que le llaman Señor de los Infiernos, es negro y lleno de maldad.»

Así Erzeloide le enseñaba a distinguir entre el principio de la luz y el de las tinieblas. Después de esta lección íbase otra vez al bosque a adiestrarse en arrojar dardos a los animales feroces y a cazar ciervos para alimento del hogar.

Con tal ejercicio iba creciendo bello y gallardo, distinguiéndose por la blancura de sus miembros, de fuerza muscular tan grande que; si cazaba alguna pieza, aunque fuera carga de mulo, sin la menor violencia la llevaba a su mansión sobre sus espaldas.

Una vez la correría llevóle lejos, e iba caminando distraído, cortando una varita con que poder fabricar un instrumento, queriendo imitar el canto de alguna avecilla de su predilección, cuando de pronto oyó el galopar de un fogoso caballo. «¿ Qué será este rumor? ¿Me anuncia quizás el diablo con sus muecas y su furor? A fe mía yo he de esperarlo, pues si mi madre me cuenta de él cosas espantosas es porque le falta coraje.»

Así diciendo, púsose en actitud de combate, dardo en mano, y con gran estupor vió descender por la pendiente de la cordillera a un grupo de caballeros con armaduras relucientes, que a todo correr se le acercaban.

Nuestro cándido doncel los tomó por divinidades, y no atreviéndose a permanecer de pie, arrodillóse en medio del camino, gritando con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame, Dios mío.! Tú tienes este poder; mi madre me lo ha dicho.»

El primer paladín, irritado por aquel obstáculo, gritó contra el imbécil que interceptaba el paso: «¿Quién se atreve a obstruir mi camino?» Y el pobre infante, extasiado, no oía aquellas palabras, creyendo que era a Dios a quien veía; y continuaba postrado implorando su protección.

Otro acercóse más, y con aire impaciente preguntóle si había visto pasar a dos caballeros que no supieron uniformarse a las reglas de caballería. Dos que se comportaron como villanos, abjurando las leyes del honor, raptando una doncella; y mientras el caballero hablaba, el hijo del rey Gahmuret más y más se imaginaba reconocer a Dios, del cual la madre le había dicho que resplandecía de inmensa luz, y bajando la frente repetía: « Oh, Señor de bondad, ayúdame tú que eres poderoso y lleno de piedad!»

El caballero, que era el príncipe Garnacan, del condado de Autrelec, viendo aquella simplicidad incomprensible del adolescente y reconociendo en él facciones que revelaban su alto linaje, contestóle en tono benévolo:
« Yo no soy Dios; si lo fuera, primero hubiera escuchado tus ruegos; lo que ves son cuatro caballeros.» «¿Caballeros? ¿ y qué es esto? Puesto que no poseéis el divino poder, decidme: ¿ quién da la caballería?». «El rey Artús-contestáronle-, y si tú vas a su corte, te concederá este título, y no harás mal papel, pues por el aspecto debes ser de noble raza».

Los caballeros contemplaron admirados la belleza viril que el arte del Criador había derramado sobre él; y si hemos de creer cuanto nos dijeron, no existió hombre más bello ,después de Adán; el sufragio de las damas confirmó este elogio.

Nuestro gentil infante quiso aún discutir con ellos, lo que provocó la mayor risa a los nobles oyentes, y dirigiéndose al que tenía más cerca, decíale : «Oh, buen caballero, tú tienes en la vestidura millares de anillos relucientes pegados a tu cuerpo; las doncellas de mi madre llevan anillos en sus trenzas, pero no de esta manera, ¿ para qué sirven?» «Mira -díjole el príncipe mostrándole la espada, cuando algún enemigo me ataca con arma semejante o con una lanza, estas mallas me defienden. »

Cansados los caballeros de los cándidos razonamientos del adolescente, pusiéronse otra vez en camino, diciéndole: «Que el poder del Cielo te guarde y preserve de todo mal. Y si te hubiese dado la inteligencia proporcionada, te habría hecho el más escogido de los hombres.»

Largo rato estuvo contemplándolos, y desaparecidos ya de su vista, fuése corriendo a contar el suceso de aquel encuentro a dama Erzeloide, y la impresión que recibió la afligida madre fué tan inmensa, que quedó sin sentido.

Luego, algo repuesta, procuraba reprimir su dolor, y le decía: «Hijo bueno, hijo bello, hijo amado, ¿quién pudo hablarte de la Orden de Caballería?» Y no sabiendo ya qué engaño inventar para disuadirle de correr aventuras en busca de Artús, y a pesar de la aflicción que la dominaba, determinó no negarle nada de lo que el hijo de Gahmuret le pedía.

Ella se decía "Yo quiero que sea malo con los hombres, y como el mundo es perverso y propenso a la burla, haré que su hermoso cuerpo vaya envuelto en traje vil; que la gente lo injurie; que lo tomen por loco, y si le baten, al fin no tendrá más remedio que volver a mí.» i Pobre estratagema del amor materno, que nada resolvió!

En una ruda tela de saco, cortó la dama una ridícula camisa sin mangas, amada con un extraño capuchón. Luego cogió la piel fresca de un buey y con ella hízole el calzado para una tal vestimenta, que era la que llevaban los que perdían la luz de la razón.

Trajeado con tan miserable indumentaria, sens serjent ni senecha, sin más bagaje que su infinita inconsciencia, cogido un rocín y su dardo, queríase partir al instante, sin hacer caso de las lágrimas y desesperados ruegos de la atribulada madre. «A lo menos, hijo amado, permite que yo te enseñe las precauciones que debes tomar y que no puedes olvidar nunca en tu viaje. Evita los sitios obscuros y caminos poco frecuentados. Como signo de buena educación, saludarás a las gentes que encuentres a tu paso. Si algún sabio viejo se digna instruirte de lo que la experiencia le enseñó, escucha con placer sus lecciones y no te muestres con él rebelde. iHijo mío!, un consejo importante he de darte: cuando puedas obtener el anillo y los favores de alguna dama, tómalos: ello te compensará de muchas penas. Tú te apresurarás a besarla y estrecharla fuertemente en tus brazos; será como un primer testimonio de tu fidelidad. Debes saber también que el malvado Hellin, a pesar de la resistencia de tus vasallos, te ha robado los Estados De Valois y Norgah; con su propia mano ha dado muerte a Dorjental, tu capitán, y hecho prisioneros a tus soldados.» «Yo me vengaré, madre, con la ayuda de Dios; con un dardo le mataré.» Dicho esto, nuestro cándido infante quiso separarse de Erzeloide, poniéndose en camino hacia la corte de Artús.

La dama le llenó de besos, le dijo palabras de infinita ternura que un raudal de lágrimas entrecortaban, y en aquel instante de supremo dolor, viendo alejarse al hijo de sus entrañas, la virtuosa madre cayó al suelo, en donde la muerte puso término a su existencia y a su martirio.

VIII ÚLTIMAS AVENTURAS Y MUERTE DE GAHMURET NACIMIENTO DE SU HIJO PARSIFAL

VIII ÚLTIMAS AVENTURAS Y MUERTE DE GAHMURET NACIMIENTO DE SU HIJO PARSIFAL

Según cuenta la aventura, llegado Gahmuret a la tierra de Valois, vió a lo lejos la ciudad de Kanvoleis, rodeada por un campamento de extranjeros, que habían levantado infinidad de pabellones ostentando insignia real.

Nuestro héroe ordenó hacer alto a sus escuderos, mandando al más avisado y prudente, con la misión de buscar lugar donde poder sentar sus reales, sin que sea vana imaginación afirmar, según el decir de las gentes, que presentóse a la ciudad con tal magnificencia guerrera, montado en un arrogante corcel, que todos quedaron admirados: y aún la mismísima reina Erzaloide sintió tal curiosidad, que mandó un fiel emisario para que indagara la procedencia y rasgos del ilustre Caballero recién llegado a sus dominios, que tales embajadores llevaba.

Pronto fueron satisfechos los deseos de la impaciente Reina, y por boca de su mensajero pudo saber que el extranjero era desconocido, y debía llegar de lejanas tierras. Añadió: «sus acompañantes son espejo de cortesía, andan marcialmente, y a juzgar por el lenguaje son del Anjevien. Interrogué a sus irreprochables escuderos, y si he de creer cuanto me dijeron, su Señor es magnánimo con el necesitado, de abolengo ilustre, y Rey de Zaramanco».

No fué poca la sorpresa y extrañeza de Gahmuret ver aquel campamento tan singular, y mandando allá sus informadores, bien pronto supo que el amor había congregado en Kanvoleis a gran número de nobles héroes, llegados de tierras remotas.

Allí estaba el insolente rey Hardeis; Gauchier de Normandía, Guillirique el hermoso; el rey Utepandragon, seco como una espina, y en cuyo semblante leíase «dolor» por haberle arrebatado la bella esposa Zuriana un encantador hechicero que poseía las malas artes de la magia.

Estaba también el invicto Gauvain de Noruega, lento a la felonía, pronto en el honor: ni podía faltar el terrible Rey de Portugal; el de Badrigaud, Rivalen, el orgulloso Mhoroldo de Irlanda y Brandeleis; los soberbios alemanes, Gurnemauz de Grahazz, los duques de Brabante y otros infinitos que dejo por nombrar.

Eran todos caballeros de combate, probados en cien batallas, y que a la llamada de la reina Erzeloide habían corrido a la ciudad de Kanvoleis, aspirando a vencer en el gran torneo, a cuyo victorioso guerrero dábase como galardón la Mano de la bella Reina y sus Estados.

En el día señalado, la ciudad vistió sus mejores galas y la impaciencia era inmensa en el corazón de los vasallos, deseosos de conocer la suerte que estaba reservada a su soberana, y que debía darle el esposo, nuevo Señor del Reino.

Bajo la mansión de Erzeloide se efectuó el bello desfile de aquel curioso cortejo de caballeros reales, seguidos de sus escuderos, pajes y gentes asalariadas. iCuántas riquezas en gualdrapas, armaduras, coseletes, cascos ornamentados de oro y piedras las más preciadas; plumajes de cándidos colores, estandartes, insignias, alabardas y lanzas, formando un conjunto deslumbrador que avanzaba hacia el lugar de la contienda!

Cuéntase que al pasar el digno Gahmuret por delante de Erzeloide, sintióse penetrado hasta lo más hondo de sus huesos por dos rayos dulcisimos de luz, que emanaban de la belleza de la Reina; irguiese sobre su hermoso caballo, como un falcón cuando corta el viento, y la joven Soberana armonizó en su alma la impresión del héroe con la suya. Grande era la expectación, y sin relatar los infinitos detalles de aquella encarnizada lucha de Reyes, en la que, despreciando los más las reglas de caballería, que son leyes del honor, atacábanse con felonía, odio y furor como en innoble batalla de bandidos, os diré que sólo Gahmuret supo conservar el prestigio de su raza, haciendo prodigios de valor, de admirable destreza y caballerosidad, causando tal asombro a sus mismos contendientes, que, olvidando las humillaciones y destrozos que les causó su lanza, le proclamaron vencedor.

La Reina siguió con interés aterrador las fases de aquella cruenta contienda, pero miraba extasiada las hazañas de nuestro héroe y parecía que la pasión naciente iba avasallando su corazón, a tal punto que, finalizado el combate feroz, y otorgada la palma de la victoria a Gahmuret, mandóle un paje con esta salutación: «A tí, héroe invicto, toda la ternura y los votos de mi ser, que no se ha eximido de pena, desde que te vió, y empezó a amarte. Tu amor me causa ya mortal desfallecimiento y será la llave de mi alma como de mi felicidad, y si se alejara de Erzeloide, en su corazón solo albergaría la eterna amargura. "Yo soy bella, poderosa y capaz de sentir todos los favores del amor que te dará la felicidad".

El ilustre Rey de Zaramanco acogió las ardientes palabras de Erzeloide con todo el favor que su linaje y la nueva pasión imponían a su juvenil ardor; luego mandóle como prenda de su complacencia la armadura destrozada, acribillada de lanzadas y que le sirvió en el funoso combate.

No tardó el héroe en recibir en su pabellón la agradable visita de la Reina, y en aquel regio recinto, después de haber recibido la bendición, pidió a Gahmuret todos los derechos de esposa de que se sentía revestida, olvidó sus tristezas, abandonándose a las delicias del amor triunfante, desposeyéndose del título de virgen que había llevado siempre, puro e inmaculado.

Pasados los días de júbilo por aquel grande advenimiento, recibió Gahmuret una embajada que colmó de aflicción a la dulce Erzeloide.

Era el poderoso Señor de Bagdad, el rey Baruc, que, cercado por los babilonios y a punto de perecer, pedíale que fuera a prestarle su brazo invencible.

Ni el amor ni las lágrimas de la dama Erzeloide pudieron arrestar sus ímpetus guerreros; y embarcado hacia la meta de nuevas luchas, allá se fué, sin dar nuevas de cuanto le acaecía de próspero o adverso.

Contemplemos a la esposa afligida, radiante como el sol, nacida para inspirar el amor, uniendo a los tesoros de su belleza la juventud y las delicias todas de la tierra. Su corazón aplicado al bien y a la prudencia levantaba entre sus vasallos un concierto de elogios, que proclamaban su conducta y pureza ejemplar. Así reinaba con sabiduría infinita en Valvis, Anjou y Norgals.

El amor a su esposo parecía crecer con la ausencia, porque jamás dama alguna poseyó hombre más digno; y cuando hubo pasado ya medio año, la espera volvióse pena cruel y la única preocupación de su vida. Repetía sin cesar: "el arma de mi felicidad. Se rompe en mil trozos, en el puño de la mano. ¡Desventurada de mí! ¡ Oh desventurada! ¡Como pesa la desdicha fugaz sobre mi virtud! ¡Oh cuánta amargura engendra la fidelidad! Así anda la humanidad, en fiesta hoy, y mañana en duelo".

Un día, durante su sueño agitado, en las horas meridianas, Erzeloide fué cogida de horrible espanto. Le pareció que se elevaba como un meteoro en el espacio, envuelta por una violenta tempestad en la que era ella el punto de concentración de infinitos y terribles rayos, que como un torrente de llamas inflamaban su dorada cabellera.

Aturdida por el espantoso bacanal celeste, lloraba amargas lágrimas, cuando de pronto volvió a la vida y parecible que una mano de hierro la tenía sujeta.

Todo cambió en un momento; un nuevo espectáculo no menos prodigioso se presentó a sus ojos; vió que daba a luz a un monstruoso reptil que devoraba sus entrañas; era un terrible dragón, que se cogía y destrozaba sus pechos, huyendo luego de su vista.

Desfallecida por la horrible visión, su corazón quedó hecho pedazos, y raramente mujer dormida probó semejante terror.

Desde entonces su melancolía no tuvo límites, y en aquel fantástico sueño veía el triste presagio de una catástrofe que por su desventura no se hizo esperar; pues a los pocos días recibió en audiencia al fiel escudero de Gahmuret, llamado Tampaneis, que con algunos pajes había dejado la tierra de Bagdad, llevando a la Reina el golpe fatal: el anuncio de la muerte de su esposo y Señor.

La emoción de la afligida Soberana fué tan intensa, que cayóse desplomada; y el viejo escudero, bañado en lágrimas, corrió a ella, le separó los dientes con gran fuerza, y dándole un cordial, logró hacerla recobrar los sentidos. "iOh desdichada de mi! ¡Oh infinita tristeza mía!" y así diciendo, cogióse el vientre con las manos, y vuelta, la mirada al cielo; gritaba con la voz del dolor:
"¡Oh Dios que todo lo puedes, autor de lo creado, oye mi llanto; consérvame al hijo de mi amor!" Y sin reparar en la presencia de cuantos los rodeaban, rasgaba las vestiduras que cubrían su seno, y como mujer experimentada cogíalo tiernamente, exclamando: "¡Oh tú que guardas el alimento del hijo de Gahmuret, yo te bendigo!"

Catorce días pasaron y la dama Erzeloide dió a luz a un hijo de incomparable belleza. La madre apretábalo sobre su corazón, llenándole de besos, de ternura infinita, creyendo por un momento que la plegaria le había devuelto a Gahmuret; y evitando el error de muchas madres, ella misma crió aquél ser de sus entrañas a quien llamaba «hijo bueno, hijo amado, hijo bello», y como este nacido es el héroe inmortal de nuestro poema, Wolfram quiere revelaros su nombre, que es el de «Parsifal».

III OTRAS LEYENDAS DEL GRAAL JOSÉ DE ARIMATEA Y EL SANTO GRAAL DE VALENCIA

III OTRAS LEYENDAS DEL GRAAL JOSÉ DE ARIMATEA Y EL SANTO GRAAL DE VALENCIA

Otras leyendas del Graal, más verosímiles que las de Wolfram y Cristiano de Troyes, de que hemos hablado anteriormente, se conocen, nacidas a raíz de la muerte del Redentor y que fueron alimentadas por la fe del cristianismo; algunas de ellas llegadas hasta nuestros días, sostenidas por muchas gentes con convicción de creyente, y en las que fijaremos muy especialmente nuestra atención, por ser la fuente en donde el genio creador bebió el néctar de su maravillosa inspiración, con la cual pudo legar a la humanidad el grandioso drama lírico wagneriano El Parsifal, verdadero poema de la fe ,que como un cántico dantesco del Paraíso eleva el espíritu del místico oyente iniciado hacia las regiones celestiales.

Estas son las que derivan del ciclo de leyendas sobre José de Arimatea:
Cuenta la tradición que, viendo este fiel discípulo a su Divino Maestro agonizando en la cruz, fué a la casa en donde había celebrado su última cena con los apóstoles, que era la del tesorero del Tetrarca de Galilea, varón poderoso y justo, cuya esposa era discípula del Señor; cogió de aquel cenáculo la copa en que el Salvador bebió, y corriendo hacia el Calvario, recogió en aquel cáliz la preciosa sangre que manaba de sus heridas.

Quizás de ahí nazca la denominación del Santo Graal, o Grail; adaptación de Saintgrail, que aún cuando es extremadamente difícil determinarlo, suponen algunos, significa Sangre Real; y si hemos de dar crédito a lo que dice el gran Mistral en su Diccionario Provenzal, de que la palabra Gral o Graal deriva de otra que en lemosín y español antiquísimo se denominaba Grial, como también del catalán Gresal o Gresol, «nombre que aún damos en nuestra montaña a un cierto plato cóncavo o a un vaso irregular que llenado de aceite forma candil», tendremos muy buenas razones para apoyar la creencia de que las leyendas de Graal, en su forma cristiana, son de origen español, confirmado ya por Wolfram, C. de Troyes y Wágner, quienes dicen en sus poemas que el Graal se veneraba en una montaña extrema de la Península Ibérica.

Un erudito escritor y notable poeta catalán, don M. Muntadas, da como probable que bien podía ser la célebre montaña de Montserrat, nombre al parecer etimológico de Monsalvat, Monsalvatje o Monte de Salvación.

Otras leyendas un tanto parecidas, de origen celta o druídico seguramente, nos hablan de historias fantásticas, de piedras y talismanes prodigiosos, que dejan suponer que en edades muy remotas, mucho antes de la venida de J. C., ya las hubo, modeladas según las creencias de cada tiempo. Pero como no pretendemos hacer un estudio arqueológico de la leyenda, y sí sólo acercamos todo lo posible a la de Ricardo Wágner, que este es el único fin que determina este modesto trabajo, prescindiremos de todo lo que pudiera apartamos de ella para no dificultar su comprensión.

Volviendo, pues, a José de Arimatea, y según un Evangelio apócrifo de otro discípulo del Señor, San Nicodemus (Biblioteca Vaticana), dícese en él «que por virtud de la posesión de aquel cáliz estaba dotado el buen José de muy grandes privilegios, entre otros, el de poder comunicar directamente con el mismo Dios.

Sin embargo, no pudo librarse después de la muerte del Redentor de que los judios de Jerusalem le tuvieran preso en una hórrida mazmorra durante cuarenta años, de la que se libró gracias a las victorias de Tito y Vespasiano.

Por un prodigio incomparable, pudo conservar en ella el Sagrado Cáliz y verse libre de la muerte, como de toda iniquidad. Murió a los doscientos veinte años de edad, después de haber pasado la preciosa herencia del Santo Graal a un fervoroso creyente por él convertido a la fe de Cristo y cuyo nombre era Alain.

Otros poseyeron luego la venerada reliquia, y para asegurar su dominio se motivaron luchas heroicas entre los mismos creyentes, avivadas por los residuos de superstición pagana que aún dominaba entre algunos, convertidos y se daban en creer que quien poseía el Sacro Cáliz adquiría la ciencia de predicción de lo futuro, el don de penetrar los misterios del mundo y el conocimiento de los tesoros humanos.

Así anduvieron los tiempos y pasaron los primeros siglos. Hubo rey de Oriente, probablemente de la dinastía de los Abgaros, fervientes adoradores de Cristo, de tal fe en la reliquia, que creía ahuyentaba con ella a los ejércitos de sus enemigos, con sólo ponerla en lo más alto de las murallas de la ciudad, que era la de Edesa.

Se lee en el libro de leyendas cristianas de Fray Ludovico de Cesarea (Biblioteca Casanatense) que fué un obispo de Antioquía quien llevó de Oriente a Roma el Sacro, Cáliz, y lo puso en manos del jerarca supremo de la Iglesia, creyendo de tal modo poder asegurar su conservación.

Pero vinieron tiempos de mayor perfidia e iniquidad: eran los últimos esfuerzos del paganismo que se veía arrollado por el nuevo Verbo; se perseguía furiosamente la adoración de los símbolos más sagrados del cristianismo invasor, se martirizaba a sus adeptos con más refinada crueldad, y creyendo el Pontífice Marcelino (año 300) que su fin estaba próximo, temeroso de que la sacra reliquia pudiera caer en manos de los enemigos, hizo entrega de ella a un santo varón español, llamado Recaredo el justo, y del que ya tenía noticia de su preciara virtud, llegado a Roma como inspirado y siguiendo el impulso irresistible que guiaba sus pasos.

A pie y descalzo, dice la tradición, volvió a su patria llevando el precioso tesoro del Santo Graal. Largo y penoso debió ser el camino, en lucha constante contra mil calamidades y la perversidad de los hombres; huyendo de la persecuci6n del infiel que dominaba triunfante en la Iberia.

Dícese, "y yo fío en vuestra credulidad", que cuando era mayor su desaliento y el desconsuelo embargaba su alma por creer inminente el peligro de ser vencido, una blanca paloma salía a su encuentro, guiándole por derroteros desconocidos, inaccesibles a sus perseguidores, que le ponía al abrigo de toda insidia y confortaba su espíritu. Fué a la cima de un monte salvaje y abrupto de Aragón donde la cándida paloma guió sus pasos, hacia una cueva profunda, cuya arquitectura era un maravilloso poema misterioso de la sabiduría incomprensible del Creador; santuario místico en las mismas entrañas de la madre tierra, en donde aquel símbolo de redención recibía digna morada al abrigo de toda profanación.

Allí, como otro Titurel, el venerable Recaredo fundó una comunidad de varones, piadosos ermitaños, que custodiaban el sacro talismán, cuidando de su conservación y orando por la conversión del infiel.

Otros creen se instaló en aquella montaña una comunidad de caballeros templarios que fundaron el culto del honor y la virtud, bajo la santidad reluciente de la venerada insignia del Graal.

Un libro de carácter histórico de Fray Cayetano de Santa Teresa, escrito en el año 1725, dedicado a la Serenísima República de Génova, y que lleva por título El Sacro Calina de Esmeralda, consagrada por Jesús en la última cena, habla extensamente del Cáliz del Redentor, y aun cuando señala otras proveniencias que lo llevaron a España, de las que ya hablaremos en su día, asegura que se veneró durante 600 años en un monte de Aragón llamado de San Juan de la Peña, hasta que vinieron tiempos más propicios; y reinando Don Martín I, llamado el Piadoso, quiso fuera llevado a su palacio, deseoso de poder tributarle el culto merecido y participar de los privilegios que, según se aseguraba, concedía a sus poseedores. Fue venerado en la real capilla de aquel rey y guardado en una arca de marfil y oro hasta el año 1420.

Muerto el rey Martín, pasó la sagrada reliquia al rey Alfonso V el Magnánimo, quien sentía tal afecto por los valencianos que decidió ir a residir por algún tiempo a la hermosa ciudad del Turia; y no queriendo separarse del Cáliz Sagrado, con él se fué, haciendo edificar allí un suntuoso templo para que fuera venerado por aquel pueblo de su predilección.

Después de algunos años, este rey volvióse a Aragón, y antes de su partida quiso hacer donación del Santo Graal a la ciudad de Valencia.

Era el día 11 de abril de 1424, y reunidos en el palacio real los representantes de la ciudad, hizo entrega del Cáliz Sagrado a Mosén Guillem de Vich, camarero mayor de aquella Metropolitana, para que fuera allí conservado.

En un impreso del que he sacado estas últimas notas se lee: «que el cáliz es de piedra ágata, cornerina oriental, y que con este nombre figura en los inventarios de la Catedral de Valencia, copiado de un manuscrito de los tiempos de Alfonso V, rey de Aragón, y de Don Juan, rey de Navarra, su hermano (año 1660).

Tan extraños y peregrinos son sus colores, que al volverle se forman diferentes visos y luces, sin que nadie haya podido explorar la especie de su principal color.

La copa es del tamaño de una media naranja, capaz de unas diez onzas de vino, y está desnuda de toda ornamentación sobrepuesta.

El pie está guarnecido con centros de oro purísimo que llevan cuatro piedras de gran valor y veintiocho perlas finísimas del grueso de un bisalto.

Pero el que escribe estas líneas, en su visita al Sacro Cáliz, sacó la impresión de que en su primitivo origen no debía tener adorno de ninguna clase, y era una única pieza de piedra calcedonia. Seguramente los centros de oro fueron superpuestos para preservarlo de posibles roturas.

Leo en una crónica de otros tiempos que en el día del Jueves Santo se le ponía una hostia consagrada, cubierta con un pedazo de piedra de la tumba de Jesús, y puesto el cáliz a la veneración de los fieles, toda Valencia se postraba ante él.

Este es el cáliz de vida en que Cristo bebió en la última cena de los ázimos, y en él fué recogida su preciosa sangre. El es quien inspiró en los tiempos caballerescos tantas leyendas místicas con el nombre del santo Graal; de tal renombre en Britania, que se creía arrancado por una legión de ángeles del poder de la humanidad y llevado a una cueva santa, en donde la falange celestial lo adoraba, cantando las glorias del divino redentor; y a pesar de que algunos creen que es la ciudad de Génova la que posee aquel sagrado recuerdo del Graal, tenemos suficientes datos para creer, hasta prueba contraria, que el verdadero y único que inspiró a Ricardo wagner sus inmortales creaciones de "Lohengrin" y "Parsifal" está en la ciudad de Valencia.

IV EL SACRO CATINO DE GÉNOVA

En vísperas de expirar el plazo fatal en que el Divino Parsifal pasará a viva fuerza los umbrales del Santuario Bühnenfestipielhaus de Bayreuth, no pocos han vuelto a remover documentos empolvados, relegados al olvido desde tiempo lejano, y en modo especial se han impuesto esta tarea indagatoria allá donde se vanaglorian de poseer algún recuerdo del cual la tradición popular cuenta hechos singulares que con el nombre del Graal dieron origen a infinidad de leyendas fantásticas de las que dimanan las primitivas historias del Parsifal:
Así, entre otras, la ciudad de Génova contiende el privilegio de poseer el Graal de la tradición, bajo el nombre del "Sacro Catino de piedra esmeralda", especie de vaso de dimensiones irregulares, y que, según leemos en las crónicas de aquella ciudad, fué creencia antiquísima que era obra prodigiosa, labrada con el diamante por algún artista insigne.

Fué llamado en otros tiempos Sagradale, derivación seguramente de la palabra San Graal, y del que se cuenta sirvió a Jesús en su última cena.

Añaden que Nicodemus, príncipe ilustre de los fariseos y discípulo oculto del Redentor, recogió en aquel vaso sagrado la preciosa sangre que, agonizando en la cruz, manaba de sus heridas; creencia que ofrece toda suerte de dudas y que ni aun los más fervientes sostenedores de ella pueden explicar cómo pudo serle posible al oculto discípulo llegarse a la cruz, sin llamar la atención, y acercarse a ella con el famoso Catino de esmeralda, que por la descripción que de él se hace vemos tiene una circunferencia de cinco palmos menos una onza genovesa, que en la medida de hoyes exactamente un metro y veinte centímetros. Además, hay que tener en cuenta la dificultad de aquel momento trágico, en que los creyentes en el Divino Maestro, y aun los mismos apóstoles, huían llenos de terror; alguno de ellos hasta llegó a negarlo ante el temor de ser envuelto en aquella orgía de odio contra el Nazareno.

Sin ninguna malquerencia contra la fe de los genoveses, por esta y otras razones que ya se verán en el curso de nuestra narración, hemos de convenir en que mucho más verosímil se nos presenta la leyenda de nuestro Santo Graal que posee la ciudad de Valencia y sobre la cual hemos discurrido largamente en el capítulo que precede; leyenda cuyo factor principal es José de Arimatea, ya que de él arranca; y aun la recogida de la sangre con el cáliz en que bebió el Señor en la última cena, que se le atribuye, aparece más lógica y más convincente, puesto que, por ser el de Arimatea varón de elevada estirpe y de gran influencia, pudo lograr de Poncio Pilatos la cesión del cuerpo del Gran Mártir para poder darle digna sepultura, cosa jamás permitida con los infelices condenados al suplicio de la cruz, que eran echados a la Cloaca Máxima como única tumba, mezclados con los detritus inmundos de aquella inmensa urbe de Jerusalén, que entonces contaba tres millones de habitantes.

Sin embargo, el Graal de los genoveses, llamado el Sacro Catino de esmeralda, va rodeado de tal aureola de gloria que hace su historia sobradamente interesante. Cuéntanos fray Cayetano de Santa Teresa en su libro dedicado al dux Girolamo Veneroso de la Serenísima República, que estando Salomón edificando el gran templo, mandó magnates de su corte a varios lugares de la tierra en busca de los más preciados tesoros con que poder ornar la que quería fuera digna morada del Dios de Israel.

Los ecos del anhelado deseo del gran rey llegaron hasta Arabia, y la reina de aquellos lugares, Saba la bella, célebre por el fausto y riqueza de su corte, decidió armar sus naves, llenarlas de oro y piedras preciosas e irse con ellas a ofrecerlas a Salomón, de quien quería aprender la verdadera ciencia, y además deseaba conquistar su corazón.

Ya en viaje la bella reina, hizo escala en la ciudad de Tiro, en donde adquirió nuevas riquezas, y Herodoto, en su historia, afirma que vió por sus propios ojos el famoso Catino de esmeralda en el templo de Hércules, que Saba, prendada de aquella joya sin igual, quiso llevarse a Jerusalén para hacer más estimable el caudal de sus presentes. Dícese que Salomón, extasiado ante la maravillosa piedra, conoció por su ciencia que era obra de un milagro.

En la gran solemnidad de la Pascua se servía de ella para poner la sangre del cordero simbólico, sangre que luego esparcía, según el rito, en el umbral de la puerta con un ramo de hisopo y lana encarnada en memoria de la inmunidad de que gozó cuando la justicia divina mandó al ángel exterminador sobre los enemigos de Israel.

Destruido el templo, salvóse el Sacro Catino y-fué celosamente custodiado por un descendiente de real prosapia, que en tiempo de Jesús era favorito del tetrarca de Galilea, senador de Jerusalén, doctor en leyes y creyente de la nueva fe. Por tal razón, queriendo el Redentor dar toda la solemnidad requerida a la celebración de su última Pascua y no teniendo casa ni hogar a propósito, aceptó la de aquel ilustre discípulo, quien puso a disposición del Divino Huésped todo cuanto de más valor poseía, entre cuyos objetos había el Sacro Catino de esmeralda y el cáliz de piedra ágata que posee hoy Valencia.

Podría parecer extraño que el Hombre Dios, ejemplo de humildad y modestia, aceptara ir a la casa de un grande para celebrar aquella que podemos llamar mística cena, pero hay que saber que la Pascua hebraica, según la ley, era como un banquete solemne espiritual, que tanto los poderosos como los humildes de condición celebraban de igual manera. No podían llevarse a la mesa, como en otras fiestas, confusión de viandas gustosas, y sólo se comía una pequeña parte del Cordero Pascual, cocido cortado y distribuido según el rito. Luego, un condimento de hierbas de achicoria y lechugas agrestes (especie de gazpacho), y además el pan ázimo, que el padre de familia debía romper con los dedos y en tantos trozos cuantos eran los comensales. Hecha esta ceremonia, bendecía a los presentes, diciendo: "Este es el pan de amargura que comieron nuestros padres en la tierra de Egipto; el que tenga hambre, acérquese a mí y coma la Pascua"

Al finalizar, tomaba el cáliz lleno de vino, bebía un sorbo y pasándolo de uno a otro, bendecía nuevamente, augurando días de ventura para los hijos de Israel con la venida del esperado Mesías; exhortábales a vivir unidos con aquella unión que hace de dos amantes una carne y un espíritu.

Dice Francisco Ronco, lib. 2, cap. 4 de "Gemmis", ponderando el incalculable valor del Sacro Catino, "el Graal de los genoveses", que el Redentor quiso bendecir el pan de la Eucaristía en aquel vaso de esmeralda para significar la pureza inmaculada de su doctrina, de la que es símbolo aquella piedra. Otro historiador, el beato Alberto Magno, afirmándose en esta suposición, refiere que un rey de Hungría celebró matrimonio con una gran princesa; llegada la noche, y al acercarse a la reina, su esposa, sintióse un estrépido formidable que llenó de espanto a los cónyuges. Era la esmeralda que la reina llevaba en el dedo, que se había roto en infinidad de partículas.

Examinada la causa, se descubrió que la esmeralda es amiga de la virginidad y enemiga de la lujuria. En otros tiempos se creyó que dicha piedra tenia la virtud, de atemperar los ardores de la concupiscencia y de influir en el amor honesto.

Los astrónomos gentiles dedicaron esta preciosa piedra a la Venus Celeste, a fin de obtener del cielo el influjo benigno y el don de la continencia. Quizás influido por tales fantásticas virtudes, Wolfram Eschembach se inspiró en unas de ellas para sus admirables invenciones poéticas relacionadas con el Graal.

Estas y otras cosas nos cuentan los cronistas genoveses para evidenciar el tesoro incomparable que representa su reliquia; ya veremos en su día con qué fundamento.

Por ahora haremos notar que, después de la muerte de Jesús, la historia del Sacro Catino enmudece durante más de diez siglos; se supone, sin que haya nada que lo justifique, que en este tiempo estuvo en poder de los apóstoles, luego de los cristianos que huían del imperio romano de los griegos mal nacidos de Tierra Santa, y que cayó en manos de los persas, sarracenos y turcos; de donde fue rescatada por los genoveses en el año 1101.

V EL SACRO CATINO DE GÉNOVA (continuación)

In Cristo re, o Genova t'invoco
avvampá, odo il tuo Cintraco, e fiel caldo
vento, gridarti eche tu guardi il fuoco.
Ecco il vaso di vita, ecco il Catino
ove Gesú fiel vespro pasquale
ai dodici versó l'ultimo vino.
E lor disse « quest' é il mío sangue ; il quale
e il sangue del nostro patto ed é sparsó
per mopti". E s'insidiava sopra il maleo
Quando chiamó «Eloi» dal cor riarso
nell'ora nona, un uom d' Arimatea
venne; e in quel vaso accolse il sangue sparso.
Quindi per alta grazia un'assemblea
di puri, s'ebbe lo smeraldo sculto
in custodia; e di loro il mondo ardea.
L'anima era visible; la croce
era senz'ombra; il pianto era rugiada;
il silenzio era un'inno senza voceo
O mistero del sangue!

Así canta la gloria del Graal de los genoveses el divo Gabriel D' Annunzio, el más moderno y mundano entre los grandes poetas de Italia contemporánea; lo que prueba que la creencia en la veracidad de la primitiva leyenda del "Sacro Catino di Smeraldo" sigue aún fecundando el espíritu de los trovadores de nuestra época, como ya alimentó la fantasía de los de la Edad media.

En gracia a la belleza de las rimas que hemos extractado de la inspiradísima "Canzone del Sangue" del insigne poeta, bien podemos perdonarle que haya querido mantener el error de hacer creer que el Sacro Catino pudo servir a Jesús para beber el último vino.

Ya dijimos que después de la muerte del Redentor la historia de esta famosa taza de esmeralda enmudece durante más de diez siglos; si bien dícese que en los primeros tiempos de la Era naciente, destruída Jerusalén por Tito, emperador de los romanos, lleváronla a la ciudad de Cesarea, creada entonces capital de la Palestina, dando origen a graves disputas entre los iniciadores a la fe del nuevo Verbo y los que continuaban fieles a la ley mosaica, que luchaban encarnizadamente para asegurar su posesión; los unos por la codicia que inspiraba el inmenso valor supuesto de aquella piedra, y los otros por el recuerdo sagrado de la Pasión de Cristo.

Además era creencia entre los dos bandos que aquella esmeralda poseía virtudes misteriosas ultraterrenas, que irradiaban sobre sus afortunados poseedores.

Cuenta Jean Baptiste l'Eremite de Sulvius, dit Tristan chevalier dell' ordre Roy, que los genoveses, a la llamada del Papa Pascual II organizaron una cruzada santa, mandada por el famoso capitán Guillermo Embriago, gran inventor de artefactos y máquinas de guerra. En mayo del año 1101 llegaron a Jerusalén para socorrer a Balduino, que estaba cercado por los turcos, y habiendo la armada ligur vencido y ahuyentado a los infieles de los lugares santos, aquel rey dió a los genoveses, como recompensa de su victoria, todo el inmenso botín caído en manos de los vencedores y entre cuyos objetos había una taza de piedra esmeralda que la creyeron joya maravillosa no tan sólo por su inestimable valor, sino también por la leyenda harto misteriosa en que, según se decía, iba envuelta, expresión de los deseos populares que el cielo sancionó, revelados por un ángel a un santo ermitaño alistado entre los cruzados, quien, afirmaba que la taza de esmeralda ganada a los turcos era la misma que la reina Saba donó a Salomón cuando de luengas tierras fué a rendirle homenaje, deseando aprender de él la verdadera sabiduría para regir los destinos de su nación; añadía el ermitaño que el ángel revelador le dijo también que la famosa taza sirvió a Jesús en su última cena.

Los genoveses la llamaron Catino, que significa Plato del rey, cuya forma es hexágona porque tiene seis caras y seis cantos.

Su medida es la de un gomar hebraico, capaz de contener el maná para alimento de un hombre durante un día.

Trevaux, en su Diccionario, hablando del Santo Graal de los genoveses, dice que a más del nombre Sagradale se le llamó también Gratiale, palabras etimológicas de "Sangre real" o "Royal", "Sang agreable", a causa del misterio de la Redención.

El culto que los genoveses le prestaron fue inmensa durante muchos siglos, y sobre él se escribieron leyendas portentosas, libros de caballería que nos hablan de los templarios de la corte del rey Artus y de la tabla redonda, relacionada con la historia del Parsifal en busca del Graal.

La fama de poseer una esmeralda tan portentosa y llena de supuestas virtudes atrajo a Génova inmensidad de creyentes de todas partes de la tierra.

A Petrarca le inspiraba tal fe y devoción la sacra reliquia, que en su "Itinerario Siriaco" dice al viandante:
Ne pria di salpare di Genova, obblierai di ammirare il
Catino di smeraldo, prezioso vaso, ed insigne, usato dal
Salvatore nella sua ultima cena; monumento di per se memorabile.

En 1507 fue visitado por el rey Fernando el Católico y San Vicente Ferrer, hijo de Valencia, predicando en la ciudad de Génova, decía a los ligures que Dios les había enriquecido donándoles el más grande de los tesoros, la taza de esmeralda, única en el mundo, cuyo valor era mayor que el de un reino.

Pero vemos ya en aquel entonces el primer cronista historiador de las cruzadas, Guillermo de Tyro, burlarse de la credulidad de los genoveses, y tantas dudas infundieron sus escritos sobre si era o no un vaso de piedra tan preciada, que cuando en la gran solemnidad del año se exponía el Sacro Catino a la adoración de los fieles, todos querían acercarse a él para comprobar su autenticidad, y los abusos llegaron a tanto, que la Serenísima estimó necesario decretar la prohibición de tocar la sacra reliquia ni tentar pruebas con piedras de fuego, oro, plata, coral, diamante y de hierro, que por la incredulidad de las gentes se daban a ello con gran violencia.

Dice el decreto: "Para salud de la República, a fin de evitar que caiga en descrédito y deshonra, como sería exponer el Sacro Catino a ser robado o a probables roturas, queda prohibido acercarse a él, tocarlo o faltar a su veneración, bajo pena de cien ducados de oro hasta mil; demás, el transgresor sufrirá penas corporales hasta el último suplicio, según el daño que hiciere".

Fabricaron luego un sagrario en los mismos muros del templo, armado de puertas de hierro, con nueve cerraduras distintas, e instituyeron la congregación de los llaveros, que eran nueve varones escogidos entre los diferentes grupos que constituyen la gran familia de una ciudad.

Cada año; en el día de la conmemoración, estando presentes todos los cofrades, cada uno con su llave, abrían el sagrario, y el obispo o primer canónigo, únicos que podían tocar la sagrada reliquia, mostrábanla a la veneración de los fieles desde un púlpito muy elevado adonde nadie podía llegar ni acercarse.

Tan ciegamente creyeron algunos en el inmenso valor de la esmeralda portentosa, que en tiempos de calamidades se pignoraba secretamente para allegar recursos según la necesidad imperiosa que el momento demandaba.

Un acto público estipulado en 16 de octubre de 1218 dice: que durante la guerra civil entre güelfos y gibelinos fue empeñada por 9.500 libras de oro, que en aquellos tiempos representaba una suma fabulosa, con juramento, sin embargo, de que la maravillosa piedra no podía salir de su sagrario, por "temor a una grave revuelta popular.

En el curso de los tiempos, y especialmente en el siglo XVIII, fue varias veces hipotecada por los hebreos, que prestaban dinero a la ciudad, hasta que Génova cayó en poder de Napoleón, "l''immortel voleur", que creyendo él también que el Sacro catino era una colosal esmeralda despojó a los genoveses de la venerada reliquia para ser llevada a enriquecer el tesoro de Francia, que en sus razzias por el mundo iba acumulando.

La desgracia quiso que durante aquel viaje, sea por maldad, sea por descuido, se rompiera en varios trozos; sabedor de ello Napoleón, llamó a los hombres más eminentes del Instituto de Francia, peritos en la materia, para que examinaran aquéllos. Del análisis que hicieron i oh desencanto¡ vinieron a la conclusión de que el Sacro Catino, creído de piedra esmeralda, era sólo de vidrio colorado.

Se unieron los trozos y restaurado por un artista célebre, que añadió adornos de oro para sostenerlo, fué restituído, a petición de la ciudad de Génova, al tesoro de aquella Basílica de San Lorenzo, en donde se conserva como reliquia de interés puramente histórico.

Tal es la principal y más interesante leyenda del Graal de los genoveses.

VI SE CONTINÚA LA LEYENDA DEL SANTO GRAAL

Explicado ya largamente lo que es el Santo Graal y la significación de tales palabras, podríamos dar por terminada la exposición de este interesante tema y continuar nuestro estudio sobre Parsifal, cuyas hazañas narraremos según la leyenda de Wolfram von Eschenbach, por ser de todas las conocidas la que más interés y simpatía nos inspira; para compararla luego con la creada por Ricardo Wágner.

Al tratar del Graal de Valencia ya dijimos que en su día fijaríamos nuestra atención sobre otra historia, según la cual el cáliz del Salvador llegó a España por muy diferente camino que el ya conocido; y si volvemos sobre ello, es con el propósito de afirmar una vez más la idea de que el Graal de los valencianos es el único, entre los infinitos que se conocen, que la lógica puede aceptar como verdadero, ya que todas las leyendas que hablan de nuestro cáliz convergen en un mismo centro y arrancan de un mismo punto de partida que empieza con José de Arimatea, sin que la tradición lo abandone ni un momento desde la muerte del Redentor hasta llegar a Valencia por derroteros distintos según las diferentes narraciones.

Para unos un santo ermitaño lo llevó a un monte de Aragón, muy cerca de los Pirineos; para otros San Indalecio, uno de los siete discípulos que con él vinieron a Iberia para predicar el Evangelio y trajo de Roma el santo cáliz, lo llevó a Almería, donde instaló la primera sede episcopal.

Otra versión, la más lógica, la más interesante y documentada, atribuye a San Lorenzo la repartición entre los pobres de los bienes de la Iglesia de Roma después de la muerte de San Sixto Papa, donando el cáliz de la última cena a un obispo de España para que lo llevara a Huesca, patria del Santo. Invadida luego la península por los moros, numerosos cristianos huyeron de la ciudad, refugiándose en un monte abrupto, casi inaccesible, que llamaban "montaña salvaje", a causa de su extraña estructura y de la lujuriosa fecundidad de su flora, conocido hoy con el nombre de San Juan de la Peña.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que allí pasó en aquellos seis siglos, que es el tiempo en que el sagrado cáliz fue venerado en aquella cima; pero no faltaron narradores que llenaron sus crónicas de fantasías a veces rayanas en lo inverosímil y que nos hablan de la transformación constante de aquellos guardianes del santo cáliz según se iban sucediendo los hombres y los tiempos.

Créese que allí fue instituida la primitiva orden de los Templarios, que se reclutaban en sus comienzos solamente entre los hazañosos y bien nacidos, los que eran puros y poseían el don de la gracia espiritual, caballeros por sus actos como por su linaje. El Graal proyectaba sobre aquella orden su sombra de ensueño. El monte de tal modo santificado y protegido por aquel talismán santo dieron en llamarlo "monte de Salvación", que muchos creen viene del nombre Monsalvat.

Al correr de los siglos, aquel orden perdió su carácter místico de los primeros tiempos y transformóse en sociedad de ritos tenebrosos, de símbolos dramáticos, en los que el misterio más profundo rodeaba sus iniciaciones secretas.

La fuerza de aquella milicia de guerreros Templarios estaba en la terrible consigna de no dar cuartel y de aceptar el combate si el enemigo era tres veces mayor.

Eran hombres sanguinarios, de rostro atezado, que el sol y el hierro de sus cascos habían curtido.

Eran los eternos cruzados que en las batallas reclámaban por derecho propio el honor de estar en la vanguardia.

No debió durar largos años la tenebrosa orden, si es que existió, pero en tal caso fue transformándose luego, y ya en tiempos de los Reyes de Aragón vemos, por diferentes documentos de la época, que había en aquella montaña de San Juan de la Peña un célebre monasterio cuyos monjes veneraban el Santo Graal, hasta que el rey Martín, año 1399, solicitó del abate fray Bernardo, por intercesión de San Vicente Ferrer, aquella sagrada reliquia, que fue llevada al palacio de la Aljafería, de Zaragoza, y de allí a Valencia.

El Rey recompensó a los monjes con tres lugares y un cáliz de oro para enriquecer aquel monasterio, que fue perdiendo toda su importancia y su carácter primitivo, hasta desaparecer.

En cuanto a la versión según la cual, antes que en Valencia, fué venerado en Almería, desde el primer siglo del cristianismo, la encontramos en una historia de Castilla, y según aquélla, el santo cáliz fué llevado a dicha ciudad por San lndalecio, y podría muy bien ser que el obispo de la leyenda de Huesca fuera este santo, pues en una vida del mismo, estampada en Almería en 1669, dícese al final que los restos de San Indaleclo, primer obispo de España, fueron trasladados a San Juan de la Peña, sin dar más explicación Se lee en los "Anales de España", por F. Alfonso Espina, "In Fortalitio Fidei", libro 4, folio 326, que se conserva en los archivos de Toledo, que "el emperador de Castilla Alfonso VII, rey de León, después de varias tentativas infructuosas para echar a los moros de Almena, trabó alianza con los Reyes de Aragón y la República de Génova, para intentar juntos tamaña empresa.

En 1147 los aliados asaltaron la ciudad, los tercios de Aragón y Castilla por la parte de tierra, y los de Génova, con sus galeras, por mar.

Veinte mil moros cayeron prisioneros y fué conquistado un inmenso botín, que se repartieron los aliados, dando preferencia a los genoveses, en premio a sus heroicidades, para que escogieran cuanto pudiera agradarles.

Su atención se fijó en un vaso maravilloso que creyeron era de piedra esmeralda, y tan convencidos estaban del valor inmenso de aquella joya, que con ella dijeron se daban por bien pagados.

Lo curioso de esta narración es, que aparece el famoso Catino unido a la leyenda del cáliz de Valencia. Claro está que los genoveses no la aceptan, afirmando que su Santo Graal, el portentoso Catino, fué conquistado por los cruzados de Guillermo Embriago en Palestina, y no en otra parte, a pesar de lo que nos revela nuestra historia de Castilla, que no parece pueda ser en absoluto una invención.

El resto del botín fué dado en gran parte a don Ramón Berenguer, conde VII de Barcelona, suegro del emperador de Castilla, que con sus valerosos catalanes y algunos de Valencia se habían cubierto de gloria en aquellas memorables jornadas.

Diéronseles objetos de oro, plata, sedas, caballos, joyas de gran valor, con lo cual fundaron el tesoro de Barcelona.

Encontraron además un cáliz de piedra ágata que, según contaban los almerienses, sabían por antiquísima tradición que era el mismo en que José de Arimatea había, recogido algunas gotas de sangre que manaba de la herida del costado del Divino Maestro, hecha con una lanzada.

Este cáliz fue dado a los valencianos, que lo llevaron con gran veneración a su ciudad. Un poeta y cronista de aquella época, Prudencio Sandoval canta así la hazañosa empresa, glorificando al gran emperador:
Ganó de los moros de el Andalucía,
Quesada y Anduxar, también Baeza,
De el Rey de Granada cerca Almería,
La cual ya tomada con rezia porfía
La rica esmeralda de los genoveses
Les dió por su pago. A barceloneses,
El robo y despojo, que mucho valía;
A valencianos, la copa de Jesús que su sangre había.

Almería lloró largo tiempo verse privada de tales tesoros, y como símbolo de su dolor cubrieron los almerienses con un mantel blanco el lugar donde tuvieron asiento aquellas reliquias.

De los diferentes cálices que disputan la supremacía a Valencia, sólo el de Venecia merece especial mención.

Fué puesto a la adoración de los fieles durante los primeros ocho siglos en la, derruida ciudad de Jerusalén, y según se cree, es aquel caliz de plata, llamado del Rey. Con él daban de beber a los condenados al suplicio de la cruz un cordial excitante, que si desmayaban les restituía momentáneamente sus fuerzas, y ya clavados en el maqero, humedecían los labios de la víctima con una esponja para que se reanimara, y hasta el último momento sintiera mejor la crueldad del martirio.

Se supone que éste es el cáliz que contenía la amarga bebida que dieron a Jesús y que con la esponja: pasaban por sus divinos labios.

No haremos memoria de otros cálices que conocemos, porque no creemos tengan interés alguno ni aporten datos lógicos para suponer siquiera que se les puede conceder algún valor histórico.

Santo Graal se llamó al Volto Santo de Lucca, y una ánfora que se decía contenía sangre del Señor, que está en la abadía de Fecamp (Inglaterra), y según la leyenda Del Divi Cron, fué llevada allí por un hijo de José de Arimatea llamado Percival. Estas son todas las principales leyendas del Graal del ciclo puramente cristiano, llamadas de José de Arimatea, que son las que nos interesa conocer con relación a nuestro estudio sobre Parsifal.

VII PARSIFAL AVENTURAS DEL PRÍNCIPE GAHMURET

Explicado ya, en anteriores capítulos, lo que es para unos y otros el Santo Graal, así como el lugar en donde fué venerado, hemos de creer, por las razones expuestas y que vienen en apoyo de nuestra convicción, que la tal montaña abrupta y misteriosa de Monsalvat no puede ser otra que la conocida hoy con el nombre de San Juan de la Peña, en el reino de Aragón, muy cerca de los Pirineos.

Asimismo, por los datos que la tradición y la historia nos ofrecen, sin que nadie haya podido desmentirlos hasta ahora, estamos convencidos de que el Graal que posee la ciudad de Valencia es el único y verdadero de donde dimanan la infinidad de leyendas cristianas, más o menos fantásticas, de que hemos hablado, y que arrancan desde José de Arimatea, cuya esencia es el cáliz en que bebió el Divino Maestro en la última cena de los ázimos, y que luego, al término de su martirio, estando agonizando en la cruz, recogióse en él la sangre que manaba de la herida hecha por Longinos con la lanza.

Sentado, pues, el origen, la génesis de la leyenda madre, que forma el tema principal del argumento, continuaremos el estudio narrativo para ilustración del lector curioso que nos ha seguido en el curso de nuestras investigaciones, poniendo en evidencia la historia de Parsifal, según cuenta el dulce cantor de la Watburg, el más ilustre de los poetas alemanes del siglo XII, Wolfram de Eschenbach, ya que está reconocido que ella es la fuente principal en donde el genio inmortal de Ricardo Wágner bebió el germen que generó el grandioso y místico drama Parsifal, reconstruido por él bajo otra forma, según las necesidades representativas de la escena y si para lo que hemos contado del Santo Graal, "cáliz del amor divino", como de la montaña en donde se veneró, es profunda nuestra convicción de la veracidad de los hechos más salientes de aquella interesante historia, para esta segunda parte no debemos olvidar que las estupendas hazañas que vamos a relatar sólo podrán comprenderse teniendo en cuenta que los que cultivan la "Gaya Ciencia" adquieren el privilegio de leer en lo infinito, que luego narran a través de su excelsa fantasía poética.

No profundices, pues, amado lector; lee y cree lo que te plazca, ni busques indagar si la verdad es o no reluciente, ya que razonando sobre ella podrías apagar su brillo, como el agua apaga el fuego y el sol la rosa.

Nos cuenta el inspirado vate que Gahmuret, príncipe real del condado de Anjou, en la vieja Francia, después de la muerte trágica del autor de sus días, y no queriendo estar sujeto a su hermano, heredero del trono, pensó en recoger los tesoros que con su padre, "rey caballero y ladrón" según confesión del propio hijo, había acumulado. Eran vasos de oro, y gran cantidad de lingotes del mismo metal. Luego, según demandaba su elevada alcurnia, tenía quince escuderos bien equipados, más cuatro pajes de buena educación y alto linaje.

Despidióse de la corte, y armado de todo punto, llevando como trofeo las insignias cien veces gloriosas de su padre, fuése en busca de aventuras que le dieran renombre, con la ilusión de que, dada su casta privilegiada, la educación, el valor y destreza en el manejo de las armas, así como por la viril contextura de su gentil persona, debía conquistar el corazón de alguna gran dama que fuera digna de él.

Empujado por su ambición de gloria, decidió no prestar su lanza, ni aceptar como señor, sino al más poderoso entre los reyes o emperadores de la tierra.

Le dijeron que en Bagdad era en donde residía el potente señor de sus ensueños; que las dos terceras partes del Universo le obedecían, bajo el título augusto de Baruc, y que entre sus vasallos contaba infinidad de reyes que doblaban la cerviz ante su majestad suprema.

Allá se fué nuestro héroe, atravesando montes y lugares para él desconocidos, fiando sólo en su valor o en la buena estrella que, según creencia de las gentes, guía siempre a los hazañosos y bien nacidos.

¿Cuántos países recorrió su caballo? ¿ En cuántas playas buscaron albergue sus escuderos.? Si me hacéis gracia de juramento, Wolfram os promete, bajo palabra de leal caballero, que reproducirá, sin alteración, las peripecias de tamaña empresa. Ya le tenéis en tierra de paganos, y el ilustre viajero es el asombro de las gentes; le gritan devastador de florestas, porque en la lucha rompe cien lanzas; aterra a unos y a otros adversarios les infunde tal pavor, que huyen más veloces que el gamo, «traga leguas», es aclamado por la multitud y alcanza el precio de su valor.

En Marruecos, en Persia, Alepo o Damasco; le llaman héroe invencible; y en Arabia creció tanto la fama de sus victorias, que a quien ofrecía sus servicios de caballería nadie quería oponerle antagonista.

Bagdad fué testimonio de su intrepidez, y con la gran reputación que conquistaba de día en día, fué natural creciera en ella pasión por la gloria, que, debéis creerme, de ella era merecedor no tan sólo por su valor, sino también por sus actos, que eran pesados en la balanza de la razón y de la justicia.

Con el deseo de nueva fortuna surcó los mares, y un vendaval que túvole por obra de un prodigio lo echó a una playa llamada de Zaramanco, país de morería, cuya reina negra, por nombre Pelagane, estaba a punto de perecer a manos de Frideland el Escocés, su mortal enemigo.

Bien pronto fué solicitado su brazo, y la atribulada reina, creyendo de buen presagio la llegada del portentoso caballero, acercándose a él, díjole con acento tierno y melifluo: «Sólo en vos fío y vuestro será mi reino si lográis que pueda llamaros mi salvador.» Cautivado por la belleza de la negra Pelagane, y viendo la precaria situación de aquel reino casi moribundo, no quiso ser insensible a tales palabras; armó su brazo, y al frente de aquellas huestes, harto desmembradas por la fatiga o las derrotas pasadas, fuese al combate.

El ejemplo de su valor fué tan prodigioso que causó estragos en las filas enemigas, y si dejó con vida un número reducido de aquéllos, fué sólo para que fueran a contar la nueva de su desdicha a los de la feligresía, ya que el reino de Zaramanco, por la ley del vencedor, quedaba libre del tributo alodial.

Grande fué el júbilo en el reino; las damas se disputaban el honor de acercarse al blanco e invicto guerrero, y la reina, ofreciéndole su corazón, quiso olvidar en aquellos brazos el dolor de su reciente viudedad.

Sin embargo, no tardó en aparecer en el alma de Gahmuret la nostalgia de nuevas aventuras, quizás por el cansancio que ya le producían las caricias de su negra compañera, de la cual, aún cuando era de religión pagana, decía que jamás corazón de mujer fué tan casto y virtuoso.

Un marinero sevillano, buen piloto, preparó la clandestina partida de Gahmuret; llenaron la nave de riquezas y artefactos de guerra, y en una noche propicia dejó la mansión real, camino del Océano.

El despertar de la reina fué tan negro como su dolor: ¡un terrible despertar! Reunió a los grandes de la corte, y mandó emisarios corredores en busca de quien pudiera dar con el triste fugitivo.

En su gran desconsuelo, llamaba traidores a sus dioses; los invocaba luego, previendo nuevos tiempos de existencia amarga para ella y los de su reino.

La desesperación de aquella alma afligida por la pérdida de su libertador bien amado era sin límites.

Gritaba contra la mala ventura, echando a los vientos ayes de dolor, voces tremebundas, mezcla de iracunda ironía y de infinita pasión, creyendo que el eco de su dolor debía llegar hasta quien era causa de tanto mal.

«iGahmuret, oh Gahmuret! ¿ por qué tal traición?» Y a estas lamentaciones sintió de pronto sucederse una tempestad extraña en su seno, que la conmovía profundamente y subyugaba su aflicción.

Era el fruto de sus entrañas que parecía quería llevarle un bálsamo consolador, un rayo de esperanza en aquel triste trance.

Una carta de Gahmuret, puesta por él en la escarcela de la dama antes de su partida, aclaraba el enigma y estaba concebida en estos términos: "El amor saluda a su amor, y si mi huida más bien parece la de un ladrón, fué sólo por querer evitar mayores destrozos en tu alma".

Yo no puedo callarte, i oh mujer excelsa!, que si tu religión hubiera sido la mía, el destino habríame unido eternamente a ti. Sea como sea, no te olvidaré jamás, y si el hijo de nuestro amor llega a la edad del hombre, será rico en valor, sujeto a las leyes del amor, invencible y violento como el rayo en el combate.

Tú le enseñarás el linaje de su padre, descendencia de grandes reyes, y si un día quieres recibir el bautismo, tendrás derecho a reclamarme.

Al tiempo normal, Pelagane dió a luz un hijo que Dios quiso marcar con un signo sorprendente: tenía la piel de dos colores, y la madre no se hartaba de besar aquélla que le recordaba el color de su voluble y tan amado esposo.

Fué el terror de las gentes que con él querían contender, y llamáronle Wairefiel-Angevien, "el león de Zaramanco".

Dejemos a Pelagane y a los de su reino abandonados al propio destino para seguir a nuestro Gahmuret en sus correrías aventureras por el mundo.

Ya le vemos luchar intrépidamente con los elementos que andan revueltos a su paso por el gran Océano, y fuera pericia del piloto o voluntad de quien manda sobre lo creado, es lo cierto que la frágil navecilla llegó a feliz destinación a la ciudad de Sevilla. De allí se fué a Toledo, deseoso de conocer a su primo Kaílate, rey de España, con quien concertó nuevas aventuras, y caminando por valles, atravesando montes, albergándose en castillos en donde la galantería caballeresca y el gentil donaire de su persona hacía estragos en el corazón de las damas, llegó a un país encantador, "el de Valois", a cuya reina, dechado de bondad y hermosura, llamaban la Erzeloide.

VIII ÚLTIMAS AVENTURAS Y MUERTE DE GAHMURET NACIMIENTO DE SU HIJO PARSIFAL

Según cuenta la aventura, llegado Gahmuret a la tierra de Valois, vió a lo lejos la ciudad de Kanvoleis, rodeada por un campamento de extranjeros, que habían levantado infinidad de pabellones ostentando insignia real.

Nuestro héroe ordenó hacer alto a sus escuderos, mandando al más avisado y prudente, con la misión de buscar lugar donde poder sentar sus reales, sin que sea vana imaginación afirmar, según el decir de las gentes, que presentóse a la ciudad con tal magnificencia guerrera, montado en un arrogante corcel, que todos quedaron admirados: y aún la mismísima reina Erzaloide sintió tal curiosidad, que mandó un fiel emisario para que indagara la procedencia y rasgos del ilustre Caballero recién llegado a sus dominios, que tales embajadores llevaba.

Pronto fueron satisfechos los deseos de la impaciente Reina, y por boca de su mensajero pudo saber que el extranjero era desconocido, y debía llegar de lejanas tierras. Añadió: «sus acompañantes son espejo de cortesía, andan marcialmente, y a juzgar por el lenguaje son del Anjevien. Interrogué a sus irreprochables escuderos, y si he de creer cuanto me dijeron, su Señor es magnánimo con el necesitado, de abolengo ilustre, y Rey de Zaramanco».

No fué poca la sorpresa y extrañeza de Gahmuret ver aquel campamento tan singular, y mandando allá sus informadores, bien pronto supo que el amor había congregado en Kanvoleis a gran número de nobles héroes, llegados de tierras remotas.

Allí estaba el insolente rey Hardeis; Gauchier de Normandía, Guillirique el hermoso; el rey Utepandragon, seco como una espina, y en cuyo semblante leíase «dolor» por haberle arrebatado la bella esposa Zuriana un encantador hechicero que poseía las malas artes de la magia.

Estaba también el invicto Gauvain de Noruega, lento a la felonía, pronto en el honor: ni podía faltar el terrible Rey de Portugal; el de Badrigaud, Rivalen, el orgulloso Mhoroldo de Irlanda y Brandeleis; los soberbios alemanes, Gurnemauz de Grahazz, los duques de Brabante y otros infinitos que dejo por nombrar.

Eran todos caballeros de combate, probados en cien batallas, y que a la llamada de la reina Erzeloide habían corrido a la ciudad de Kanvoleis, aspirando a vencer en el gran torneo, a cuyo victorioso guerrero dábase como galardón la Mano de la bella Reina y sus Estados.

En el día señalado, la ciudad vistió sus mejores galas y la impaciencia era inmensa en el corazón de los vasallos, deseosos de conocer la suerte que estaba reservada a su soberana, y que debía darle el esposo, nuevo Señor del Reino.

Bajo la mansión de Erzeloide se efectuó el bello desfile de aquel curioso cortejo de caballeros reales, seguidos de sus escuderos, pajes y gentes asalariadas. iCuántas riquezas en gualdrapas, armaduras, coseletes, cascos ornamentados de oro y piedras las más preciadas; plumajes de cándidos colores, estandartes, insignias, alabardas y lanzas, formando un conjunto deslumbrador que avanzaba hacia el lugar de la contienda!

Cuéntase que al pasar el digno Gahmuret por delante de Erzeloide, sintióse penetrado hasta lo más hondo de sus huesos por dos rayos dulcisimos de luz, que emanaban de la belleza de la Reina; irguiese sobre su hermoso caballo, como un falcón cuando corta el viento, y la joven Soberana armonizó en su alma la impresión del héroe con la suya. Grande era la expectación, y sin relatar los infinitos detalles de aquella encarnizada lucha de Reyes, en la que, despreciando los más las reglas de caballería, que son leyes del honor, atacábanse con felonía, odio y furor como en innoble batalla de bandidos, os diré que sólo Gahmuret supo conservar el prestigio de su raza, haciendo prodigios de valor, de admirable destreza y caballerosidad, causando tal asombro a sus mismos contendientes, que, olvidando las humillaciones y destrozos que les causó su lanza, le proclamaron vencedor.

La Reina siguió con interés aterrador las fases de aquella cruenta contienda, pero miraba extasiada las hazañas de nuestro héroe y parecía que la pasión naciente iba avasallando su corazón, a tal punto que, finalizado el combate feroz, y otorgada la palma de la victoria a Gahmuret, mandóle un paje con esta salutación: «A tí, héroe invicto, toda la ternura y los votos de mi ser, que no se ha eximido de pena, desde que te vió, y empezó a amarte. Tu amor me causa ya mortal desfallecimiento y será la llave de mi alma como de mi felicidad, y si se alejara de Erzeloide, en su corazón solo albergaría la eterna amargura. "Yo soy bella, poderosa y capaz de sentir todos los favores del amor que te dará la felicidad".

El ilustre Rey de Zaramanco acogió las ardientes palabras de Erzeloide con todo el favor que su linaje y la nueva pasión imponían a su juvenil ardor; luego mandóle como prenda de su complacencia la armadura destrozada, acribillada de lanzadas y que le sirvió en el funoso combate.

No tardó el héroe en recibir en su pabellón la agradable visita de la Reina, y en aquel regio recinto, después de haber recibido la bendición, pidió a Gahmuret todos los derechos de esposa de que se sentía revestida, olvidó sus tristezas, abandonándose a las delicias del amor triunfante, desposeyéndose del título de virgen que había llevado siempre, puro e inmaculado.

Pasados los días de júbilo por aquel grande advenimiento, recibió Gahmuret una embajada que colmó de aflicción a la dulce Erzeloide.

Era el poderoso Señor de Bagdad, el rey Baruc, que, cercado por los babilonios y a punto de perecer, pedíale que fuera a prestarle su brazo invencible.

Ni el amor ni las lágrimas de la dama Erzeloide pudieron arrestar sus ímpetus guerreros; y embarcado hacia la meta de nuevas luchas, allá se fué, sin dar nuevas de cuanto le acaecía de próspero o adverso.

Contemplemos a la esposa afligida, radiante como el sol, nacida para inspirar el amor, uniendo a los tesoros de su belleza la juventud y las delicias todas de la tierra. Su corazón aplicado al bien y a la prudencia levantaba entre sus vasallos un concierto de elogios, que proclamaban su conducta y pureza ejemplar. Así reinaba con sabiduría infinita en Valvis, Anjou y Norgals.

El amor a su esposo parecía crecer con la ausencia, porque jamás dama alguna poseyó hombre más digno; y cuando hubo pasado ya medio año, la espera volvióse pena cruel y la única preocupación de su vida. Repetía sin cesar: "el arma de mi felicidad. Se rompe en mil trozos, en el puño de la mano. ¡Desventurada de mí! ¡ Oh desventurada! ¡Como pesa la desdicha fugaz sobre mi virtud! ¡Oh cuánta amargura engendra la fidelidad! Así anda la humanidad, en fiesta hoy, y mañana en duelo".

Un día, durante su sueño agitado, en las horas meridianas, Erzeloide fué cogida de horrible espanto. Le pareció que se elevaba como un meteoro en el espacio, envuelta por una violenta tempestad en la que era ella el punto de concentración de infinitos y terribles rayos, que como un torrente de llamas inflamaban su dorada cabellera.

Aturdida por el espantoso bacanal celeste, lloraba amargas lágrimas, cuando de pronto volvió a la vida y parecible que una mano de hierro la tenía sujeta.

Todo cambió en un momento; un nuevo espectáculo no menos prodigioso se presentó a sus ojos; vió que daba a luz a un monstruoso reptil que devoraba sus entrañas; era un terrible dragón, que se cogía y destrozaba sus pechos, huyendo luego de su vista.

Desfallecida por la horrible visión, su corazón quedó hecho pedazos, y raramente mujer dormida probó semejante terror.

Desde entonces su melancolía no tuvo límites, y en aquel fantástico sueño veía el triste presagio de una catástrofe que por su desventura no se hizo esperar; pues a los pocos días recibió en audiencia al fiel escudero de Gahmuret, llamado Tampaneis, que con algunos pajes había dejado la tierra de Bagdad, llevando a la Reina el golpe fatal: el anuncio de la muerte de su esposo y Señor.

La emoción de la afligida Soberana fué tan intensa, que cayóse desplomada; y el viejo escudero, bañado en lágrimas, corrió a ella, le separó los dientes con gran fuerza, y dándole un cordial, logró hacerla recobrar los sentidos. "iOh desdichada de mi! ¡Oh infinita tristeza mía!" y así diciendo, cogióse el vientre con las manos, y vuelta, la mirada al cielo; gritaba con la voz del dolor:
"¡Oh Dios que todo lo puedes, autor de lo creado, oye mi llanto; consérvame al hijo de mi amor!" Y sin reparar en la presencia de cuantos los rodeaban, rasgaba las vestiduras que cubrían su seno, y como mujer experimentada cogíalo tiernamente, exclamando: "¡Oh tú que guardas el alimento del hijo de Gahmuret, yo te bendigo!"

Catorce días pasaron y la dama Erzeloide dió a luz a un hijo de incomparable belleza. La madre apretábalo sobre su corazón, llenándole de besos, de ternura infinita, creyendo por un momento que la plegaria le había devuelto a Gahmuret; y evitando el error de muchas madres, ella misma crió aquél ser de sus entrañas a quien llamaba «hijo bueno, hijo amado, hijo bello», y como este nacido es el héroe inmortal de nuestro poema, Wolfram quiere revelaros su nombre, que es el de «Parsifal».

IX. INFANCIA DE PARSIFAL y MUERTE DE SU MADRE ERZELOIDE

Erzeloide, la poderosa dama, tomó la grave determinación de vivir como extranjera en sus tres reinos; renunció a todos los placeres del mundo, despojándose completamente de las imperfecciones que ni aun el más pequeño vestigio pudiera ser perceptible a los ojos ni a los oídos de las gentes.

Indiferente hasta a la radiante luz del sol, evitaba el goce de la vida, ocupándose día y noche en alimentar su dolor.

Con la pesada carga de sus sufrimientos, refugióse en una floresta, en el desierto de Sultane, queriendo sobre todo guardar en lugar seguro al hijo adorado del noble Gahmuret, imponiendo a sus servidores el severo mandato, bajo pena de muerte, de no pronunciar jamás delante de él el nombre de Caballero. Decía: «Si el encanto de mi alma supiera lo que es la vida de caballero, mi extrema aflicción habría llegado a su cúspide. Aplicaos, pues, a guardar el secreto.

La orden severa fué escrupulosamente seguida, y el joven infante fué criándose en el desierto ignorando todo lo de la vida y creciendo sin otra guía que el natural instinto de la humanidad primitiva, según los deseos de su madre.

Un ejercicio sólo le estaba permitido: fabricar con sus propias manos arcos y flechas para poder cazar a los pájaros que encontraba; pero a veces, cuando cazaba alguno que antes había alegrado su espíritu con el dulce canto, entonces rompía en amargas lágrimas, enternecíase hasta lo más hondo de su alma y arrancábase los cabellos furiosamente como castigo de su maldad.

Poco a poco iban inspirándole tanta ternura aquellos inocentes seres, delicia de la selva, que se pasaba largo tiempo debajo de los árboles escuchando al ruiseñor o las trovas de otras avecillas.

Luego se iba al hogar tan lleno de emoci6n y tristeza, que a veces, al ver a su madre, prorrumpía en llanto.

«¿Qué es lo que te ha dado pena?-decíale ella-. ¿Ha sido en el bosque?» Y el cándido niño nada sabía qué contestar.

Largo tiempo la reina Erzeloide había buscado la causa de aquella emoción que no acertaba a comprender, cuando una mañana, espiando los pasos del hijo amado, vióle extasiado y con la boca abierta, sonriente, delante de un árbol en donde algunas avecillas que allí habían formado nido cantaban llenas de felicidad la gloria del Criador.

El corazón del inocentón palpitaba fuertemente, de acuerdo con la melodía Erzeloide no quiso saber más, y desde entonces tomó tal odio a los pájaros, sin saber por qué, que resolvió suprimir aquellos conciertos.

A pastores y vasallos mandóles que dieran guerra y estrangularan a cuantas avecillas encontraran, objetos de su antipatía; pero como tenían alas, rápidas eludían a sus perseguidores y muchas pudieron salvar su vida, continuando gallardamente lanzando por los aires el encanto de sus tiernas melodías.

El niño decíale: «Madre, ¿ qué crimen cometieron ?» Y suplicaba por ellos paz y protección. Sus razonamientos eran a veces tan profundos, que la celosa madre cogíale en brazos, besaba sus labios, y le repetía: « Bien dices, alma mía! Hijo amado, hijo bello, hijo bueno. ¿Es que tengo yo derecho a perseguir los pajaritos? ¿No es violar la Ley de Dios?» « Oh, madre mía.l ¿ Y qué es Dios?» «Hijo amado, mis palabras son muy graves. Dios es más brillante que ,la luz del día; es El que se digna revestir de la nada la figura humana; es la misma sabiduría: implórale siempre y su bondad te prestará ayuda en este mundo. Hay otro ser que le llaman Señor de los Infiernos, es negro y lleno de maldad.»

Así Erzeloide le enseñaba a distinguir entre el principio de la luz y el de las tinieblas. Después de esta lección íbase otra vez al bosque a adiestrarse en arrojar dardos a los animales feroces y a cazar ciervos para alimento del hogar.

Con tal ejercicio iba creciendo bello y gallardo, distinguiéndose por la blancura de sus miembros, de fuerza muscular tan grande que; si cazaba alguna pieza, aunque fuera carga de mulo, sin la menor violencia la llevaba a su mansión sobre sus espaldas.

Una vez la correría llevóle lejos, e iba caminando distraído, cortando una varita con que poder fabricar un instrumento, queriendo imitar el canto de alguna avecilla de su predilección, cuando de pronto oyó el galopar de un fogoso caballo. «¿ Qué será este rumor? ¿Me anuncia quizás el diablo con sus muecas y su furor? A fe mía yo he de esperarlo, pues si mi madre me cuenta de él cosas espantosas es porque le falta coraje.»

Así diciendo, púsose en actitud de combate, dardo en mano, y con gran estupor vió descender por la pendiente de la cordillera a un grupo de caballeros con armaduras relucientes, que a todo correr se le acercaban.

Nuestro cándido doncel los tomó por divinidades, y no atreviéndose a permanecer de pie, arrodillóse en medio del camino, gritando con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame, Dios mío.! Tú tienes este poder; mi madre me lo ha dicho.»

El primer paladín, irritado por aquel obstáculo, gritó contra el imbécil que interceptaba el paso: «¿Quién se atreve a obstruir mi camino?» Y el pobre infante, extasiado, no oía aquellas palabras, creyendo que era a Dios a quien veía; y continuaba postrado implorando su protección.

Otro acercóse más, y con aire impaciente preguntóle si había visto pasar a dos caballeros que no supieron uniformarse a las reglas de caballería. Dos que se comportaron como villanos, abjurando las leyes del honor, raptando una doncella; y mientras el caballero hablaba, el hijo del rey Gahmuret más y más se imaginaba reconocer a Dios, del cual la madre le había dicho que resplandecía de inmensa luz, y bajando la frente repetía: « Oh, Señor de bondad, ayúdame tú que eres poderoso y lleno de piedad!»

El caballero, que era el príncipe Garnacan, del condado de Autrelec, viendo aquella simplicidad incomprensible del adolescente y reconociendo en él facciones que revelaban su alto linaje, contestóle en tono benévolo:
« Yo no soy Dios; si lo fuera, primero hubiera escuchado tus ruegos; lo que ves son cuatro caballeros.» «¿Caballeros? ¿ y qué es esto? Puesto que no poseéis el divino poder, decidme: ¿ quién da la caballería?». «El rey Artús-contestáronle-, y si tú vas a su corte, te concederá este título, y no harás mal papel, pues por el aspecto debes ser de noble raza».

Los caballeros contemplaron admirados la belleza viril que el arte del Criador había derramado sobre él; y si hemos de creer cuanto nos dijeron, no existió hombre más bello ,después de Adán; el sufragio de las damas confirmó este elogio.

Nuestro gentil infante quiso aún discutir con ellos, lo que provocó la mayor risa a los nobles oyentes, y dirigiéndose al que tenía más cerca, decíale : «Oh, buen caballero, tú tienes en la vestidura millares de anillos relucientes pegados a tu cuerpo; las doncellas de mi madre llevan anillos en sus trenzas, pero no de esta manera, ¿ para qué sirven?» «Mira -díjole el príncipe mostrándole la espada, cuando algún enemigo me ataca con arma semejante o con una lanza, estas mallas me defienden. »

Cansados los caballeros de los cándidos razonamientos del adolescente, pusiéronse otra vez en camino, diciéndole: «Que el poder del Cielo te guarde y preserve de todo mal. Y si te hubiese dado la inteligencia proporcionada, te habría hecho el más escogido de los hombres.»

Largo rato estuvo contemplándolos, y desaparecidos ya de su vista, fuése corriendo a contar el suceso de aquel encuentro a dama Erzeloide, y la impresión que recibió la afligida madre fué tan inmensa, que quedó sin sentido.

Luego, algo repuesta, procuraba reprimir su dolor, y le decía: «Hijo bueno, hijo bello, hijo amado, ¿quién pudo hablarte de la Orden de Caballería?» Y no sabiendo ya qué engaño inventar para disuadirle de correr aventuras en busca de Artús, y a pesar de la aflicción que la dominaba, determinó no negarle nada de lo que el hijo de Gahmuret le pedía.

Ella se decía "Yo quiero que sea malo con los hombres, y como el mundo es perverso y propenso a la burla, haré que su hermoso cuerpo vaya envuelto en traje vil; que la gente lo injurie; que lo tomen por loco, y si le baten, al fin no tendrá más remedio que volver a mí.» i Pobre estratagema del amor materno, que nada resolvió!

En una ruda tela de saco, cortó la dama una ridícula camisa sin mangas, amada con un extraño capuchón. Luego cogió la piel fresca de un buey y con ella hízole el calzado para una tal vestimenta, que era la que llevaban los que perdían la luz de la razón.

Trajeado con tan miserable indumentaria, sens serjent ni senecha, sin más bagaje que su infinita inconsciencia, cogido un rocín y su dardo, queríase partir al instante, sin hacer caso de las lágrimas y desesperados ruegos de la atribulada madre. «A lo menos, hijo amado, permite que yo te enseñe las precauciones que debes tomar y que no puedes olvidar nunca en tu viaje. Evita los sitios obscuros y caminos poco frecuentados. Como signo de buena educación, saludarás a las gentes que encuentres a tu paso. Si algún sabio viejo se digna instruirte de lo que la experiencia le enseñó, escucha con placer sus lecciones y no te muestres con él rebelde. iHijo mío!, un consejo importante he de darte: cuando puedas obtener el anillo y los favores de alguna dama, tómalos: ello te compensará de muchas penas. Tú te apresurarás a besarla y estrecharla fuertemente en tus brazos; será como un primer testimonio de tu fidelidad. Debes saber también que el malvado Hellin, a pesar de la resistencia de tus vasallos, te ha robado los Estados De Valois y Norgah; con su propia mano ha dado muerte a Dorjental, tu capitán, y hecho prisioneros a tus soldados.» «Yo me vengaré, madre, con la ayuda de Dios; con un dardo le mataré.» Dicho esto, nuestro cándido infante quiso separarse de Erzeloide, poniéndose en camino hacia la corte de Artús.

La dama le llenó de besos, le dijo palabras de infinita ternura que un raudal de lágrimas entrecortaban, y en aquel instante de supremo dolor, viendo alejarse al hijo de sus entrañas, la virtuosa madre cayó al suelo, en donde la muerte puso término a su existencia y a su martirio.

X.

El hijo de Gahmuret, sin preocuparse de la congoja mortal que causaba a la afligida madre, dábale un último beso, y montado sobre su caballo echó a correr, dirigiéndose hacia la floresta de Brocelianda, en donde pasó la noche de la peor manera. Al nacer el nuevo día, siguió por un camino recto que le llevó a una llanura, en la que divisó a un lado un gran pabellón señorial, extremadamente lujoso, formado con telas de tres colores.

Nuestro indiscreto mancebo, guiado por su inconsciencia, entró en él, y en lo que llaman recinto sagrado vió a una dama tendida, que dormía dulcemente.

Era Jeschute, que con su esposo Orilus, duque de Lande, se habían refugiado allí, huyendo de la persecución del fiero Galoes.

El rostro de la matrona, como sus labios de rosa diáfana, eran armas poderosas de amor, capaces de encender la llama en el corazón más consumado.

Su boca a medio abrir ostentaba con soberana soberbia dos cándidas líneas de dientes brillantes y blancos como el marfil o la nieve.

Un manto de seda oriental se replegaba hacia el cuerpo de la dama, con tan natural abandono, creyéndose sola en la ausencia de su esposo, que descubría la perfección de sus líneas que me es vedado describir; pero sí os diré que en ellas resplandecía con todos sus encantos el arte supremo del Creador.

La seductora dama dejaba caer graciosamente su brazo escultural, en cuya mano llevaba un anillo como ornamento que es prenda de desposada.

Nuestro inocentón vió aquel símbolo de fidelidad, y acordándose de pronto del consejo materno, le pareció en su cándida imaginación que había llegado el momento de ponerlo en práctica.

Sintióse como atraído hacia la prenda, y de un salto cayó sobre la dormida para quitársela.

La púdica belleza despertóse desagradablemente sorprendida por la inesperada acometida del impetuoso adolescente tan extrañamente vestido, y acostumbrada a todas las galanterías que la buena crianza impone, le apostrofaba indignada y avergonzada.«¿Quién viene a ultrajarme? i Oh temerario insensato!, alejaos de aquí; pero sin preocuparse de la exaltación de la dama, ni de los gritos desesperados, se cogía con toda la fuerza a los labios de la bella Jeschute, y procurando inmovilizarla con su poderosa fuerza, le quitaba el anillo.

Vióle luego un broche de oro en el pecho, que sujetaba la débil vestimenta, y arrancóselo sin sentir el menor escrúpulo ni vergüenza.

La pobre Jeschute opuso gran resistencia, pero la suya era fuerza de mujer y la del agresor de diez gigantes.

De repente dejó su presa, quejándose de sufrir hambre, y la dama, que había recobrado su libertad, llena de espanto, calculando las consecuencias que podía acarrearle aquel inesperado suceso, temerosa de nuevas arremetidas le decía: -Si sois bueno, yo os daré de comer; basta que no me comáis a mí; ahí tenéis dos perdices, pan y vino con que saciaros, pero huid.

La presencia del inconsciente desvergonzado pesaba cada vez sobre el corazón de la dama. Ella le suponía falto de razón, bien lo decía su vestidura de loco y aun cuando rugía de terror, díjole estas discretísimas palabras:
"Doncel, restituidme mi anillo como el broche de oro que me habéis arrancado, y dejad pronto este lugar, si no queréis que la cólera de mi esposo haga presa de vuestra maldad. -¿ Por qué he de temer a vuestro esposo ? -contestó el inocentón-; pero si creéis que mi presencia puede dañar vuestro honor, yo me iré seguidamente. Acercóse otra vez adonde ella reposaba, y con gran disgusto e indignación de la duquesa, le hurtó otro beso antes de saltar a su caballo.

Desconociendo las buenas reglas, despidióse de mala manera, contentándose con decir: ¡Que Dios os guarde! Es el consejo que me dió mi madre.

Encantado por el botín, se precipitó a gran carrera, y fué sabia providencia, porque no tardó en llegar el 'duque Orilus, a quien la esposa, no repuesta aún de su trastorno, hubo de contarle seguidamente el ultraje de que había sido víctima.

El celoso Orilus fué presa de tal rabia, que después de descargar toda, su cólera, contra la pobre esposa por creer que podía ser culpable, corrió detrás del insensato, que, perdido en la selva, le fué imposible dar con él, lo que aumentó más y más su furor.

Ella protestaba con los ojos bañados en lágrimas, y cuanto más se esforzaba en querer demostrar su inocencia detallando las acometidas del indiscreto adolescente, más crecía la indignaci6n de Orilus y subió de punto cuando con la mayor naturalidad decíale la bella esposa que el mancebo era muy joven, pero que debía estar loco; luego, por su malaventura, añadió que jamás había visto hombre tan bello.

- Ah! i ah! ¿su cuerpo os gustó tanto ?» -Dios me preserve de pensarlo, respondía ella; mis fuerzas eran débiles y nada podían con las del insensato. Vos sois dueño de mi persona, haced de mí lo que queráis; pero os ruego me concedáis vuestra gracia, y si con la vida pudiera convenceros de mi pureza, i oh! ; cómo me sería dulce morir! Yo bendeciría este momento en que me hacéis sentir vuestro odio.»

Nada pudo aplacar el ímpetu furioso de Orilus, que se esforzaba con excesos de indecible crueldad en amargar la existencia de la víctima.

Le gritaba: "Ya no vendré nunca más a buscar el calor de vuestros cándidos brazos; ni en ellos quiero encontrar las delicia", del amor que aprisionó mi corazón.

Ya miraré desde hoy indiferente la palidez de vuestra boca rosada, como la radiante luz que emana de vuestros ojos inflamados por el deseo; en ellos he de mezclar el veneno para que sea el tormento constante de vuestra alma hasta que no me sea dado vengar la afrenta.»

Estas y otras desdichas más dolorosas aún causó a la pobre Jeschute la primera hazaña del cándido hijo de Erzeloide, que, atravesando prados y bosques, iba caminando sin norma ni guía hacia donde el destino le llevaba.

A cuantas personas encontraba repetía la misma salutación: "Que Dios os guarde!» Y añadía: "Es mi madre que me ha dado este consejo.» Bajaba por una pendiente y oyó gritos enternecedores de mujer; guiado por el eco de aquellos lamentos, a ella se fué.

¿Qué es lo que vió? Escuchad: En la cima de una roca, una noble dama estaba cogida a un cadáver, y en su desesperación arrancábase los bucles de su negra cabellera.

Era Sigunda, que tenía en brazos al príncipe Zonadulande, su enamorado esposo, que, herido mortalmente por un traidor enemigo, allí había exhalado el último suspiro.

"Mi madre me ordenó saludar a los afligidos y a los que gozan de felicidad" dijo el dócil hijo de Gahmuret.-i Que Dios os guarde! Y acercándose más, preguntóle:

«¿Qué peso triste tenéis en brazos? ¿ quién quitóle la vida? Si yo lo supiera, iría a vengarle.

La afligida mujer conmovióse a tales palabras; levantó los ojos hacia el desconocido, y díjole en tono casi profético:
-Tu te muestras virtuoso; honor a tu dulce juventud y a tu gentil belleza; en verdad, tú serás un día lleno de beatitud.

Y antes que el infante se alejara, la dama pidióle su nombre, jurándole que Dios le había escogido y marcado con signos especiales.

-¿ Mi nombre? No lo sé-dijo- el adolescente-; en mi mansión llamábanme hijo bueno, hijo amado, hijo bello y nada más.

A las palabras del doncel, la dama Sigunda abrió los ojos como aturdida, y reconcentrándose en sus recuerdos, parecióle reconocer al hijo de Erzeloide, exclamando:
-Seguramente tú eres Parsifal, celui qui perce de part a part. El amor y la constancia dejaron huellas profundas en el corazón de tu madre; ¡qué dolor le causó la muerte de Gahmuret! Tú eres Valesien por el linaje materno, Angevien por el de tu padre, y un día serás coronado rey.

Después de otras cosas que no es del caso contar, despidióse de Sigunda, prosiguiendo su camino, que le condujo a Bretania.

Llegada la noche; nuestro bendito sintió cansancio, y habiendo visto una venta, a ella encaminó sus pasos. Un avaro brutal e inhumano era el dueño de la posada, y al decirle Parsifal que sentía hambre violenta y que quería comer, contestóle:
-¿Yo daros, medio pan? nenni, ni dentro tres años: quien pretende gratis mi generosidad, pierde el tiempo; si no lleváis buena moneda, podéis morir de hambre a la puerta de mi posada; ya os comerán los lobos.

El gentil mancebo enseñóle el broche arrancado a la desdichada Jeschute, y a la vista del oro el villano avariento alargó la boca, cambiando el tono de su voz, diciéndole:
-Ya que lleváis talego, podéis entrar, mi dulce infante, y todos los de la posada os honrarán.
-Si te comprometes a alimentarme bien hoy, y me enseñas mañana el camino que lleva a la Corte del rey Artús, este oro será tuyo-díjole Parsifal.
-A vuestras órdenes, señor-y decíase para sí el ventero-: Como no se ha visto nunca cuerpo tan perfecto, yo llevaré a la Tabla Redonda una verdadera maravilla.
Pasada la noche en el mesón del avaro, a la hora del alba encamináronse con paso rápido por caminos diferentes, y ala vista de la ciudad de Nantes el villano pecador díjole:
-Hijo mío, que Dios guíe tus pasos y te preserve del mal. Mira, allí está la entrada por donde debes encaminarte.-Hay que guiarme más lejos-,-dijo nuestro héroe.
Pero el avaro contestó:
-Dios preserve mi piel del contacto de cortesanos y de su noble humor: cuando un villano se frota con ellos, sale siempre ensangrentado.
Solo quedóse el inocentón, y como no tuvo un Kurvenal por maestro, ignoraba la cortesía, y si encontraba a algún viandante, a todos, por igual decía:
-¡Que Dios os guarde! Es mi madre que me lo aconsejó.
Uno de los pasantes, al parecer gran caballero, considerándole simplote, contestóle:
-Que te guarde a ti también y a ella. Enhorabuena por tu belleza, que seguramente eres hijo de algún engendro feliz de noble dama, pues yo no he visto hombre igual a ti. ¿Adónde te guía tu estrella?
-A la Corte del rey Artús.
En nombre de la Caballería, yo te ruego que, si entras en ella, adviertas al Rey, como a su dama, que el noble Javonet, su pariente, les manda albricias.
-Yo haré tu mensaje-contestó Parsifal. y siguiendo su camino, llegó al jardín que daba entrada a la Corte del rey Artús.

XI. ADOLESCENCIA DE PARSIFAL (continuación)

La llegada de Parsifal al jardín Real de Artús provocó gran confusión.
Infinidad de pajes y escuderos Salieron a su encuentro rodeando al extraño adolescente, que, aun cuando por su infantil candidez y bellas facciones logró inspirar a todos indecible simpatía, no dejaban de hacer mil preguntas burlonas tanto por el deplorable estado de su vil indumentaria, como por el aspecto del rocín que el hambre había consumido y apenas si podía sostenerse.

Además el pobre jamelgo iba tan mal equipado! Por cabezada un mísero ramal pegado al cuello; luego, formando albardón y gualdrapa, un ensarte mal hilvanado de pieles frescas de algún lobo que su dardo había aterrado.

A las preguntas impertinentes de aquella alegre mesnada, nada sabía qué contestar el inocentón, que no comprendía la irrisión de que era objeto. Un escudero de porte gentil, de carácter bondadoso, hombrote de formas hercúleas, a quien llamaban Clamidé, el Gigantón, acercósele, ofreciéndole su compañía.
«¡Que Dios te guarde!-díjole Parsifal :-fué mi madre que me recomendó esta salutación cuando salí del hogar. Yo veo aquí infinidad de Reyes; ¿quién es Artús, el que da la caballeria?»
Las palabras del bendito fueron acogidas con la más endiablada risa, y aun el leal Clamidé rióse a mandíbula batiente, contestándole: «Estos no son Reyes, ni entre ellos está Artús, pero sígueme, que yo te llevaré a él.» y acompañóle hacia donde estaban reunidos en asamblea los magnates de la Corte.
Con alegría de quien llega al fin de la soñada meta, nuestro inconsciente no se inmutó ante la esplendorosa visión de tantos caballeros armados, y aun supo dirigirles estas muy discretas palabras: «Que Dios os guarde, mis señores, y guarde al Rey como a su Dama, a quienes mi madre mandóme que por mi vida les presentara sus augurios venturosos.
Ella me ordenó también saludar a los que tienen el legitimo privilegio de sentarse a la Mesa Redonda.
Mas, para cumplir según sus deseos, preciso será que me digáis cuál de vosotros es el Rey y Gran Maestro».

La aparición de Parsifal en la sala del Consejo, así como sus palabras, produjeron enorme estupefacción entre los reunidos. Los caballeros de la orden mirábanse sorprendidos; hablaban unos con otros comentando las actitudes y nobles facciones del simplote de tan miserable vestimenta.
Dejaron los más sus asientos, precipitándose casi sobre Parsifal. Unos le empujaban de una a otra parte todos querían observar de cerca al cándido adolescente. Otros le aturdían haciéndole mil preguntas indiscretas que Parsifal no comprendía.

La llegada de tan incomparable mozuelo se esparció rápidamente por todos los ámbitos de la mansión de Artús, y las damas, por aquella curiosidad que sería su mayor virtud si tal pudiera llamarse, apresuradamente se lanzaron corriendo hacia donde estaba el gentil doncel; y según nos contaron, su admiración fué sin límites, conviniendo con rara unanimidad en reconocer que la bella Jeschute estuvo en lo justo al revelar a su vengativo esposo que el Creador, al formar al intrépido Parsifal, se había complacido en marcarle con signos especiales que le hacían el más bello de los hombres.

De pronto un nuevo movimiento en sentido opuesto se produjo a su alrededor. Silenciosamente damas y caballeros se separaron de él para dar paso al insigne Artús, que, levantado de su real asiento, iba acercándose al adolescente; a quien dirigió el siguiente augurio: «De donde quiera que vengas, seas bien llegado. Tú eres seguramente un escogido de Dios, y una corona de gloria ceñirá tu frente algún día; feliz de mí si a ello puedo contribuir con mi favor».

Nuestro bendito, a lo menos por esta vez, supo adivinar que estaba en la presencia del monarca, a quien contestó: «Plazca al cielo que vuestro deseo se verifique pronto, pues paréceme una eternidad el tiempo que falta para que yo sea armado caballero; podéis estar seguro de que la espera no me divierte ni poco ni mucho; os ruego, por tanto, que sin demora me proclaméis caballero.
-Yo lo haría ahora mismo, pero es preciso que esperes hasta mañana a fin de prepararte según las reglas de la Orden».
El simplote que seguía siendo el mismo inocente de la floresta de Sultane, no entendió tales razonamientos y sintióse tan contrariado por el aplazamiento, que empezó a dar saltos y correr trepidante de una a otra parte. Alzaba los puños, gritando desaforadamente: «¿Que no puedo ser caballero hoy, ni tener armadura reluciente? Pues nada quiero mañana; ya me la dará mi madre, que yo creo que es Reina ella también.»
Aquella travesura infantil cayó graciosamente en el corazón de todos. Unos reíanse con la mayor benevolencia; las damas le rodeaban estrujándole casi, procurando calmar su excitación. Otros parecía que se gozaban en acrecentarla, y decían al Rey: «Dadle un juguete, una cuerda, una flauta o un peón para que se divierta».

La confusión y quimera era tan grande en el débil cerebro de Parsifal, que, sin hacer caso de nada ni de nadie, abrióse paso con la fuerza hercúlea de sus brazos y huyó de allí, en busca de su rocín, con el decidido propósito de encaminarse hacia el hogar materno.

Un incidente que acabó malamente, detuvo su veloz carrera; al pasar por una galería del palacio en donde se habían agrupado algunas damas, la más bella entre todas, mujer soberbia y altanera, llamada Gunardere, para mejor verle al paso, fué presa de tanta admiración por el bendito, que por vez primera dejó escapar de sus labios una tierna sonrisa, lo que fué causa de una catástrofe.

Al lado de ella estaba su galante y enamorado caballero, Hellin el pérfido; quien, advirtiendo la sensibilidad de la dama por Parsifal, y que le había concedido lo que él ni nadie jamás pudo alcanzar, fué preso de tal furor y sintióse tan humillado, que cayó como una fiera sobre la bella Gunardere, apostrofándola, golpeándola, cogiéndola brutalmente por las trenzas de su hermosa cabellera, y enroscada en el puño de su mano, le hacía dar vueltas hasta que cayó al suelo en medio de gritos espantosos, de rabia y furor.

«Avergonzaos de haber manchado vuestro honor-decíale el bellaco ;-en la corte de Artús, a cuantos cortesanos ilustres se os presentaron recusasteis la sonrisa de vuestros labios sonrosados. ¿No la negasteis siempre a mí? ¿Cómo puedo mirar sin indignación que la concedáis a un imbécil que nada sabe de la caballería?»

Parsifal, que fué causa involuntaria del atropello en daño de la dama, por aquel sentimiento de piedad que iba formándose en su alma, queria correr a libertar a la afrentada, saltar al cuello del villano, y hacerle pagar cara la poco honorable hazaña. Pero agrupóse tanta gente alrededor de la víctima, que no era cosa fácil acercarse a ella. Además, el cruel Hellin, quizás avergonzado por no haber sabido reprimir el furor que los celos engendran, se fué con su altanería huyendo de la indignación que su conducta había levantado en la mansión de Artús.

Parsifal quiso seguirle, y apenas hubieron pasado los umbrales de la corte, empezó a gritarle con voz iracunda:
-¡Ea! Cruel y malvado caballero, ¿ es que entre los de tu cofradía son permitidas tales bellaquerías? Si es así, nada quiero de vosotros, gente ruin, acanallada; maldito seas y que villanos te maten. Mi madre contábame de un hombre perverso y me dijo al salir del hogar que aquel pérfido robóme dos Estados. Era también caballero, y a fe mía que por lo que ella me decía os parecéis como una gota de agua a otra gota.

A todo esto, el orgulloso Hellin iba caminando sin hacer caso al adolescente; pero, molestado por habérsele, acercado en demasía, quiso librarse del estorbo, y como signo de desprecio cogió la lanza por la parte del acero y dióle con el madero tal batacazo que el pobre Parsifal, como su rocín, fueron a rodar por el suelo.

Nuestro héroe sintióse herido, vió correr la sangre por su cuerpo inmaculado, y sin preocuparse del dolor que sentía, ciego de tremenda ira ante aquella inesperada acometida, levantóse como una fiera embravecida, cogió su dardo, y corriendo, saltando por encima de todo estorbo, allá se fué al alcance del caballero.

Poco le costó tomarle la delantera, dada la agilidad portentosa de Parsifal, y por otra parte tampoco Hellin se había preocupado de acelerar su paso. Nuestro héroe, puesto en frente de él y sin decir palabra, echóle el dardo con tanta destreza que fué a dar en el malhadado caballero en el único punto vulnerable de su cabeza, atravesándole el cráneo.

¡Oh justicia divina! Parsifal, sin saberlo, había dado muerte a su cruel enemigo. Erzeloide estaba vengada. El adolescente no sabía qué hacer luego. Pensó en quitarle la armadura, pero ello era tan complicado que le fué imposible deshacerla.

Por fortuna, el leal Clamidé, que desde lejos había presenciado la tragedia, corrió en su auxilio, enseñándole lo que nuestro cándido doncel era incapaz de resolver. Púsole la armadura del vencido encima del traje vil, porque decía él:
-Yo no quiero quitarme nada de lo que mi madre me dió, que es para mí reliquia santa.
Luego dióle buenos consejos, le enseñó el manejo de la lanza, de la espada y del escudo, para evitar los golpes del enemigo.

Parsifal poco o nada comprendió de cuanto Clamidé le decía, y habiendo dado una mirada al cadáver de su enemigo, movido por el sentimiento de piedad ya tan sensible en él, tomó la lanza, la rompió en dos trozos, formó con ellos fina cruz y clavóla en el suelo, donde estaba la cabeza del vencido. Arrodillóse luego, y bañado en lágrimas, rogó por él.

Cumplida esta noble y piadosa acción, echóse en brazos de Clamidé, despidiéndose tiernamente. Cogió el corcel de Hellin y de un salto montó sobre él, internándose por una selva que parecía inaccesible; pero su inconsciencia era tan grande que penetró en ella, metiéndose por caminos que el instinto de los animales feroces habían señalado.

Eran verdaderos laberintos, barrancos tenebrosos de donde salían los rugidos espantosos de su fauna. Nuestro bendito estaba rodeado de peligros, pero como no tenía conciencia de ellos, iba caminando sin preocupaciones hasta que, enredado en unos zarzales de salvaje magnitud, no supo cómo salir de aquel atolladero. Pensó que la causa de sus apuros no era otra que la armadura; no sabía qué hacer de ella, pues le privaba de sus movimientos; además, él no quería otra indumentaria que la de su madre.

Como pudo, echóse de encima aquellos estorbos y muy a pesar suyo abandonó con ellos al pobre corcel. Cogió su arco y su dardo, armas que él se había fabricado, empezando una furiosa lucha para abrirse camino.

Nadie sabe cómo pudo vencer tanto, obstáculo, pero es cierto que al final de su jornada se encontró en una hermosa pradera, desde donde se divisaba una montaña abrupta y misteriosa que llamaban de Monsalvat.

En su cima había un templo maravilloso cubierto de infinitos minaretes de estilo oriental, y sus puntas parecieron a Parsifal árboles extraños, deduciendo de ello que debía ser, obra de algún hechicero.

Nuestro héroe había penetrado en los dominios del Graal, cuyos caballeros, guardadores de la reliquia santa denominada con este nombre, estaban sumidos en la tribulación y en el dolor.

XII. PARSIFAL EN EL MONSALVAT

Cuantos narradores nos hablaron de la verídica historia, jamás pudieron acordarse del camino que siguió Parsifal y que le condujo a la montaña santa de Monsalvat, situada en los confines de la España árabe, en Aragón, muy cerca de los Pirineos; y ya sea Wolfram de Eschenbach, Cristiano de Troyes o Diu Crom, que son los que más crédito nos merecen, estamos tan lejos de aceptar sin reparo sus conclusiones, que preferimos, para nuestro objeto, entrar de lleno en la leyenda del divino vate de Bayreuth, más conforme a nuestras convicciones.

Dice la narración que Parsifal siguió caminando hacia donde veía el portentoso templo. Su admiración iba creciendo a medida que vencía la distancia, acabando por creer que no podía ser obra de hechizo cosa tan bella, más bien algún milagro del Santo Rey Artús.

Mientras iba caminando, una veces cantaba trovas impregnadas de inmensa ternura al recuerdo de su madre, otras corría a la caza de algún animal feroz, y atravesando montes o valles, llegó a la orilla de un lago. De pronto vió volar un cisne salvaje, pero a él parecióle un águila voraz. Apuntó su arco y el pobre animal cayó mortalmente herido. A los gritos de la víctima, vióse llegar infinidad de gente hacia donde acaeció el suceso. Eran escuderos y caballeros del lugar, que, llenos de indignación, apresaron a nuestro héroe, llevándolo a la presencia de un venerable anciano, llamado Gurnemanz, hombre justo y de preclara virtud.

«Juzgadle,-le decían-; dadle el castigo que merece». Gurnemanz acercóse a Parsifal, diciéndole: «¿Eres tú el que quitaste la vida al cisne fiel?¿qué daño te hacía?¿no son sagradas las aves de este recinto?». Luego cogióle por la mano, y llevado adonde estaba la víctima, decíale : «¿No ves la sangre inocente que mana de la herida mortal?» Sus ojos perdieron ya su brillo: «¿qué hará su compañera? Doncel, ¿confiesas tu culpa y tu crueldad?». Las palabras de Gurnemanz le conmovieron de tal manera, que echóse a llorar, e impetuosamente cogió su arco v flechas, haciendo añicos de ellas, tirándolas a lo lejos.

El anciano siguió preguntándole:
- ¿Quién es tu padre?
- Yo no lo sé- contestaba.
- ¿Cómo veniste aquí?
- Tampoco lo sé.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Yo tuve muchos, pero no recuerdo ahora ninguno.
- Cuenta, pues, lo que sepas.
- Yo sé solamente que mi madre se llama Erzeloide, y que así el bosque como la virgen pradera eran nuestro hogar.

Nada pudo deducir Gurnemanz de las palabras de Parsifal, viniendo en la conclusión de que el adolescente debía ser el mayor de los idiotas. Una mujer extraña, de aspecto salvaje, vestida haraposamente, ceñida con pieles de serpiente, estaba al lado del noble anciano. Había llegado de luengas tierras, de la Arabia quizás, montada sobre un mulo blanco. Movida por un instinto de compasión, había ido en busca de hierbas medicinales, cuya virtud curativa debía sanar una grave herida que tenía el Soberano de aquel reino. Era un ser incomprensible, enigmático y misterioso, símbolo de la mujer eterna, compendio de todas las virtudes y maldades. Estando despierta, era la mensajera de paz entre aquellos caballeros: el influjo del bien predominaba en su alma; pero, cuando dormía, el espíritu del mal la sujetaba durante su letargo, y transformaba su ser en instrumento de perfidia y de terrible maldad. Ella en sus correrías encontró a Erzeloide, cuando exhalaba el último suspiro, por el dolor que le causó la partida de su hijo amado.

«Decidle, si algún día lo veis, que su madre, al morir le bendice con toda la ternura de su alma.» Kundry, que así se llamaba la misteriosa mujer, reveló a Parsifal cuanto Erzeloide habíale encomendado, pero el simplote no podía admitir que su madre hubiese muerto. Pensó él que debía ser una invención engañosa de Kundry para hacerle sufrir; y sin meditar lo que hacía, saltó a su cuello como una fiera para estrangularla. La intervención oportuna de Gurnémanz evitó una nueva tragedia.

Luego Parsifal fué preso de tal desfallecimiento, que cayó sin sentido en brazos del venerable anciano. Kundry corre a socorrerle. ¿En dónde se encontraba el hijo de Erzeloide? En el lago de los Cisnes, territorio del Graal; en el burgo de Monsalvat. Demoraban allí los caballeros guardadores del Cáliz Sagrado, de la última cena, que llaman Graal, y en el cual José de Arimatea recogió la preciosa sangre del Redentor. Además, tienen en custodia la lanza que hirió su Divino Costado. Titurel es el nombre del fundador de aquel Reino y los que allí viven, hombres de costumbres inmaculadas, alimentan su espíritu con heroicas virtudes, prontos a correr por el mundo en donde haya una injusticia que combatir, un débil que proteger, o una santa causa que defender. Ellos son invencibles, porque el vaso milagroso les infunde un poder sobrenatural. ¡Cada año, en el día del Viernes Santo, una cándida paloma desciende del cielo, renovando el pacto de amor, dando a los caballeros nueva gracia celeste.

Pero desde hace tiempo que en la mansión augusta del Graal reina la desolación, Titurel yace postrado por los años, y casi al borde de la tumba, ha pasado el trono a su hijo Amfortas. Mas el nuevo rey cayó en pecado, y dejóse arrebatar la lanza del Señor en un duelo feroz con el mago Klingsor, que se ha propuesto destruir aquella santa comunidad. Con el mismo sagrado acero le infiere una tremenda herida qué ningún bálsamo es capaz de sanar. Amfortas está en desgracia, y su reino con él.

Un día, los piadosos caballeros estaban orando derramando lágrimas ante el Graal; de pronto les pareció oir una voz del cielo que decía: «Sólo un ser puro y cándido, de alma piadosa, devolverá la salud al Rey pecador, renovando los esplendores Y milagros del Santo Graal. ¿Será Parsifal, este doncel inocente, el libertador y redentor?

El príncipe Gurnemanz, el viejo caballero, así lo cree, desde el momento que ha descubierto en el adolescente los signos de la piedad y timidez predichas en la profecía. El venerable anciano quiere tentar la prueba llevando a Parsifal al templo a que tome parte en el ágape sagrado y observar si la gracia divina le ilumina. Le abraza paternalmente y encaminase con él, desde la orilla del lago, al sombrío bosque, siguiendo el lejano cortejo del Rey enfermo, que dirigirse nuevamente a Monsalvat, después de tomado el baño matutino, en donde busca inútilmente alivio a su dolor. Iban siguiendo por el angosto camino tallado en la misma roca, y el buen Parsifal, en su ingenuidad, decía a Gumemanz:
-Toma consejo de quien lleve los cabellos blancos, díjome mi madre. Por obtener el vuestro, yo estoy dispuesto a serviros en todo lo que me mandéis, como ella me prescribió.
-Oye, doncel; tú hablas siempre de tu madre-díjole el anciano,- sin ocuparte de otras cosas. ¿Por qué la nombras constantemente y tan fuera de lugar? Discurres como un niño, y ya que deseas mis consejos, pon atención a lo que voy a decirte. Jamás seas imprudente. El hombre desvergonzado, ¿es que tiene el menor valor? Despojado por una mutación perpetua, pierde las plumas de su honor y desciende a los infiernos.
Tu aire gentil y majestuoso me anuncia que un día remarás. Cuando seas poderoso, practicarás la inquebrantable resolución de tratar misericordiosamente al necesitado. Tu largueza y magnanimidad deben defenderle contra la miseria. Jamás transigirás con lo que puede manchar tu honor. Sé humilde y ten buen cuidado en inclinarte ante, el hombre de bien, que a veces es perseguido por el infortunio. Tú debes socorrerle, y cada vez que harás acción tan meritoria, la gracia divina entrará en ti. Con moderación -deberás ser económico o generoso; y acuérdate que el hombre fácilmente pródigo no es apto para gobernar, así como el que vive sólo para acumular riquezas se vuelve vil. Observa la medida de la justicia, y ejercerás el oído, la vista, el gusto y el olfato, a fin de perfeccionarte para que tu juicio sea justo. Deberás asociar la clemencia al valor, y cualesquiera que sean las culpas del enemigo, si te pide perdón, envainarás seguidamente la espada.

Le dió consejo también de ser siempre sincero con la damas, «y si el cielo te une a la escogida de tu corazón, no olvides que marido y mujer son una cosa sola, como el sol que nos ilumina y que llamamos día. Ellos son inseparables como dos flores nacidas de un mismo grano.»
Nuestro doncel dió las gracias al venerable Gurnemanz, prometiéndole seguir aquellas sabias enseñanzas. Procuró no nombrar más a su madre, pero del corazón del bendito nunca se borró aquella imagen. Otros consejos siguió dándole hasta que llegaron a la cima del monte.

Allí oíase el triste toque de ¡as campanas Y el sonido marcial de las trompas de oro que llamaban al templo a los piadosos caballeros; e iban entrando en él, graves, uniformados, con paso lento y cadencioso; cubiertos de manto de púrpura, llevando sobre sus espaldas la blanca paloma, insignia simbólica de la pureza de los caballeros de Graal.

Gurnemanz designa sitio a Parsifal, mas en nuestro adolescente no ha penetrado aún la luz purísima del saber, y queda como atónito, estático.

Todos toman asiento; Amfortas sufre atrozmente, su voz se hace dolorosa, reconoce su indignidad, Y se niega a mostrar la santa copa a los píós caballeros.
-¡Hijo mío!-grita Titurel, desde su lecho-¿por qué no descubres el Graal?
El rey moribundo manda al hijo rebelde a oficiar y éste por fin muestra el Sagrado Cáliz. ¡Oh celestial visión! Todos se postran; Amfortas sostiene en sus manos el Santo Graal ; el templo se obscurece, mientras un rayo de luz vivísima desciende del cielo y la sangre del amor divino se inflama. Los caballeros cantan fervorosamente himnos santos e invocan la divina gracia en su ferviente plegaria. Unos dicen: «¡Al ágape de amor prepárate, caballero, como si fuera tu última hora!» Otros contestan con verdadera unción: «Su sangre derramó por nosotros, derrámese la mía con noble gozo por el Redentór!» y de lo alto desciende el cántico ideal conmovedor de los ángeles que dicen a los caballeros: «¡Gustad con el favor divino el pan de vida y de amor!».

Todos toman el alimento espiritual eucarístico, y mientras Amfortas, pálido, ensangrentado, llora su pecado, el templo nuevamente se ilumina.

Los caballeros se dan el beso fraternal, Y cumplida la ceremonia del rito, los bronces anuncian a los congregados que ha llegado la hora del retiro y recogimiento.

Parsifal ha asistido, mudo de estupor, a la extraña ceremonia. Nada comprende, pero en el fondo de su alma siente crecer el sentimiento de la piedad, y lo que ha visto le ha conmovido profundamente.

Gurnemanz, que ansiosamente le había observado, no sabe adivinar la impresión de terrible dolor que causaron a Parsifal los gritos lamentosos del infortunado Amfortas, y convencido de que se había engañado, cuando creyó que aquel bendito podría ser el cándido predestinado anunciado en la Profecía, se vuelve airadamente contra el pobre doncel, que continuaba inmóvil y como extasiado a un lado del templo.
-Vete de aquí-le grita,-ganso imbécil; ve en busca de tu oca y deja en paz a los cisnes del lago sagrado.
De mala manera y a empujones le echa de allí, pero el compasivo Parsifal no se da cuenta de nada. Sólo un gran dolor profundo le oprime y encadena su corazón.

Nuevamente siguió errante hacia donde el destino le encaminaba; de vez en cuando parecíale oir aún el eco del canto angélico, que alababa a Dios e invocaba la paz, la fe, amor y esperanza para la humanidad.

XIII PARSIFAL EN EL CASTILLO ENCANTADO DE KLINGSOR

Echado por Gurnemanz del templo excelso, nuestro héroe iba vagando solitario, hasta que al dejar el límite del burgo sagrado, penetró en otro recinto que los caballeros del Graal llamaban Reino de perdición. Era un hermoso valle fronterizo al Monsalvat, en medio del cual había un castillo encantado, adonde los piadosos caballeros eran atraídos para perderles, envueltos en las redes pecaminosas de la concupiscencia. El señor de aquel dominio era un terrible mago llamado Klingsor, quien se había propuesto exterminar la venerable comunidad, para vengarse de odios añejos contra Titurel. Unos dicen que era duque de Capua, descendiente del famoso hechicero Virgilius de Nápoles, y según las crónicas de la maledicencia, parece ser que un día fué sorprendido por el Rey de Sicilia mientras usurpaba ciertos derechos pertinentes al esposo.

Guárdeme el cielo de caer en la tentación de describir la formidable batalla que se entabló entre ofensor y ofendido, pero si hemos de juzgar por las cruentas burlas de que fué objeto luego, bien podemos asegurar que Klingsor debió salir muy mal parado de la refriega, pues desde entonces fué apellidado el Duque-Capón. Otros aseguran que ello es pura fábula, y por el contrario, fué él mismo el autor de tan ignominiosa mutilación. Quería entrar a formar parte de la comunidad del Graal, pero su instinto perverso y la lujuria que le dominaba hacían imposible su admisión. Pensó entonces en hacer penitencia, purificarse, vivir solitario cerca de Monsalvat hasta ser digno de entrar en él; pero, irritado por no saberse reprimir, cometió el horrible crimen sobre sí mismo.

El Graal nególe entonces y para siempre la divina luz; y Titurel lo echó de sus dominios. Perdida toda esperanza, dióse en estudiar las artes mágicas de brujería y nigromancia. Pactó con el infierno, y logró tanta ciencia diabólica, que transformaba a su placer casas y lugares, según su perfidia le sugería. Por virtud de un espejo mágico que le donó el demonio, conocía todos los actos de hombres, mujeres y cuadrúpedos, fueran ellos extranjeros o indígenas, si entraban en su radio luminoso, que era de seis leguas y media. Transformó el castillo en un edén perfumado, embriagador de los sentidos. Las flores eran más bien bellas hijas de perdición, armas poderosas que Klingsor aguzaba contra los caballeros de la montaña santa, a quienes quería destruir haciéndoles perder la pureza inmaculada. Muchos de ellos habían ya sucumbido en las garras, de la voluptuosidad, que mil ninfas les ofrecían, y vivían en el recinto encantado bajo el poder satánico del hechicero.

El rey Amfortas, ante la perfidia de Klingsor, armó sus leales, empuñó la lanza del Redentor y fué a darle batalla para aniquilarle. Pero ioh desventura! las terribles armas del mago eran de seducción refinada de la carne que la débil naturaleza humana es incapaz de resistir. A Amfortas, el más santo de los caballeros, púsole enfrente la flor más bella, rosa del infierno, portento incomparable de hermosura. Era Kundry, aquel ser extraño, original, que nadie supo de dónde vino, y si estando despierta era la bienhechora mensajera del Graal, cuando caía en letargo, el mago la atraía con hechizos y transformaba la haraposa mujer en mortal enemiga de aquellos píos caballeros, compendio seductor de todos los encantos de la mujer voluptuosa, la tentadora eterna, a la que el hombre se ablanda irresistiblemente.

En los brazos de Kundry perdió Amfortas la pureza inmaculada, y Klingsor, triunfante, le arrebataba la lanza sagrada, hiriéndole además en un costado con la misma arma. El rey pecador huye humillado y vencido: desde entonces llora su desgracia, la herida es incurable y le dará tormento para que expíe su culpa, hasta que un ser cándido y puro le redima, destruyendo el maleficio de Klingsor, rescatando la lanza santa, y dé nueva gloria, purificándola, a la Orden del Santo Graal. Por las artes diabólicas sabe el hechicero que un predestinado ha de salvar de la ruina total la venerable comunidad. El espejo mágico le anuncia que el cándido y purísimo redentor del Graal, caminando a la ventura ,ha entrado en sus dominios. Así redobla sus esfuerzos, transforma y prepara todos los elementos de perfidia y seducción. Klingsor se cree invencible; como cayeron otros tantos caballeros; caerá el doncel.

Llama a Kundry, la sorprende en su sueño, se ampara de ella, quiere transformarla; la diosa se resiste, pero él la encadena con sus hechizos hasta hacer de ella su mayor aliada. Parsifal ha entrado en el primer círculo en él encuentra gran resistencia. Otros caballeros allí recluidos le contienden el paso, pero el héroe se hace cargo y les vence con sus mismas armas, hasta llegar al jardín mágico. Las flores se desprenden, toman la forma de ninfas divinas seductoras; son las bellas hijas del Edén. Le rodean, quieren encantarle, seducirle, perderle, según mandato de Klingsor; pero la inocencia de Parsifal sale triunfante de la primera batalla. El cándido Parsifal decide irse, mas al intentarlo oye una voz dulcísima, que llena toda su alma.

«Parsifal», le dice, y el bendito recuerda entonces por primera vez que su madre, cuando soñaba, pronunciaba este nombre, y se conmueve. La seductora, para abrir brecha en el corazón del doncel inocente, le habla sólo de ella, y como la tierna alma de Parsifal está llena de aquel santo recuerdo materno, se enternece profundamente. «Tú ignorabas su gran dolor, le dice; noche y día te esperaba, pero el hijo incauto a ella no volvía y Erzeloide murió».

Parsifal cae abatido a los pies de Kundry. El llora amargamente, y en su dolor exclama: "!Oh, madre mía!".Madre dulce, madre querida, ¿ cómo pude olvidarte?» Kundry avanza en su perfidia; finge infinita y maternal ternura por el adolescente.

«Tú no conocías el dolor; expiar debes la culpa, y si quieres encontrar consuelo a tu pena, debes buscarlo en aquel grande amor, que ya Gahmuret sintió por Erzeloide, aquella que te revistió de su carne y de su sangre y al morir mandaba a ti el saludo extremo de su corazón y el beso del amor.» Kundry envuelve a Parsifal en sus redes; le coge en brazos, acerca sus labios a los del adolescente y estampa en ellos un largo beso con el arte maligno de la sensualidad. iOh prodigio! Parsifal se siente de pronto transformado, su inocencia se ilumina y le hace comprender toda la maldad de Kundry. Se deshace de aquellas garras; ve ante sus ojos la visión,,amarga del sufrimiento de Amfortas, llorando su pecado.

El piadoso Parsifal sufre del mismo dolor a tal punto, que cree que él también tiene en su costado la llaga incurable. Fué el beso de Kundry que hizo caer al casto Rey, pero el iluminado hijo de Erzeloide no caerá. Ya no es el cándido e inocente; desde hoy será el héroe de la piedad, consciente de su misión redentora sobre la tierra. Cae de rodillas, invoca al cielo, y ve aparecer el cáliz divino, cuya sangre se enciende; en su exaltación parece oir la voz del Salvador, y sus quejas por haber contaminado el templo augusto con el pecado.

«iSálvame, oh Dios de amor! Y guía mis pasos hacia la mansión santa, para que yo la redima.» El héroe quiere huir, pero Kundry no se da por vencida, se acerca a él, y le tiende nuevas insidias. Le pide piedad, pues también ella busca su salvación.- «sólo una hora de tu amor y yo seré redimida. Tú tan compasivo, ¿por qué me huyes? Deja que en tu seno desahogue mi llanto. Fué el beso mío el que te iluminó, ¿querrás que me consuma en mi condenación? ¿Por qué no quieres, unirte a mí para salvarme? Deja que yo te ame, ioh ser divino!, y te mostraré el camino que en vano buscarás. ¡ Si supieras mi tormento, que viva o muerta jamás me abandona! Yo fui culpable y mi vida es de expiación. Busco a El, que vituperé cuando llevaba la cruz a cuestas camino del Calvario; bañado en sangre inocente, yo le burlé y escarnecí, riéndome de su dolor. Sus ojos dulces se clavaron entonces en los míos: los veo desde siglos, me atormentan sin cesar, y le busco para postrarme a sus pies, sin que me sea dado encontrarle en parte alguna. Si eres como él, un ser divino, deja que en tus brazos encuentre la expiación de mi pecado».

Luego le asalta furiosa; quiere cogerse a su cuerpo, pero Parsifal, impuesto de su divina misión, resiste a toda tentación, y la rechaza, llamándola demonio pérfido y cruel.
-Huye de mí, y deja que yo corra a redimir a mis hermanos de Monsalvat que sufren por tu culpa; enséñame el camino que conduce a ellos y te salvarás.

Kundry grita salvajemente, su desesperación no tiene limites, por creer que va a ser vencida. Invoca entonces la potencia maléfica para que arreste al insensato; «i cerradle el paso, para que sea mío!» Parsifa intenta huir, pero sale a su encuentro Klingsor empuñando la lanza del Señor robada a Amfortas.

«Con esta arma yo te domaré.» Y furiosamente echa el sagrado acero sobre el cuerpo de Parsifal para atravesarle, pero prodigiosa mente queda suspendido sobre la cabeza del casto y purísimo héroe, quien se ampara de la lanza trazando en el espacio, con ella, la señal de la cruz. «Con este signo de redención, rompo todos los encantos del infierno y destruyo tu maléfico poder.» Seguidamente un ruido infernal se deja oír, y todo se derrumba sin que quede piedra sobre piedra. Las artes del mal quedan vencidas, Klingsor sepultado bajo su poder en ruinas; se transforma aquel lugar en un triste desierto.

Kundry, incorporada, sigue con los ojos a Parsifal, y éste le dice: «Si quieres la salvación, ya sabes en donde podrás encontrarme».

XIV. PARSIFAL A LA CONQUISTA DEL GRAAL

Destruida la potencia infernal de Klingsor y su maravilloso castillo encantado, el héroe Parsifal va en busca del Graal. Ya lo intentaron otros ilustres próceres, como Gauvain y Gaalhaz, cuyas estupendas hazañas llenaron las crónicas de otros tiempos por la temeridad y grandeza de sus actos, propias de aquellas épocas caballerescas. Duelos, amores, encantamientos, batallas con gigantes, monstruos, etc., es el corolario de su vida; pero el Graal no puede conquistarse por las armas, y sólo llegará a él el hombre predestinado, escogido por Dios, predispuesto a la piedad.

Este es Parsifal, el inocente doncel, cuya alma purísima y cándida ha ido iluminándose al doloroso contacto con la realidad hasta elevarle a la grandeza divina. Consciente de su misión, quiere correr a redimir a Amfortas, que sufre por la horrenda herida que el Mago le infirió cuando le arrebató la sagrada lanza; aquella que ya un día abrió el costado del Divino Maestro. A Parsifal le ha parecido oír una voz celeste; ella le ha revelado que la llaga del Rey pecador sólo se curará tocándola con el mismo hierro que la produjo. Pero el héroe ha perdido la noción de lo pasado, cuando inconsciente iba errante por el mundo, corriendo a la ventura, sin norma alguna hacia donde le guiaba el destino. En vano busca ahora el camino que debe conducirle a la morada augusta, deseoso de llevarle consuelo; es designio del cielo que su peregrinación dure largos años; así su obra redentora, será más meritoria, cuanto más haya sufrido para realizarla.

En su largo errar, corre mil aventuras, y sostiene cien combates feroces para defenderse de las insidias de sus enemigos. Aterra a unos, otros le hieren, pero la lanza Sagrada ha de devolverla inmaculada al Santuario; con ella jamás se defenderá; desde lo alto velan por él, y le preservarán de todo mal. Al final de una lucha sangrienta reconoce a su hermano Vairefiel, "el León de Zaramanco", fruto de los amores de Gahmuret con la reina negra Palagane, muerta de dolor por la huída de su esposo. Se abrazan y cuéntanse sus cuitas. Vuelve a la Corte de Artús, y es armado Caballero, pero él llevará en su armadura el color que simboliza el dolor, hasta que no haya cumplido su misión redentora. Así es llamado por donde pasa, el Negro Caballero. En la Corte de Bretania, una purísima doncella llamada Blancaflor le ofrece su castísimo amor, pero el héroe ha de buscar el Graal; mientras no lo encuentre, no habrá paz en su alma, y prosigue su camino atravesando montes y valles.

Una mañana de primavera, cuando mayor era su desaliento, divisó a lo lejos una triste choza, al lado de una fuente. Parsifal se acerca a ella con paso lento y meditabundo y ve a un anciano venerable encorvado por el peso de la extrema vejez. Una mujer de aspecto humilde y triste parece atender a los menesteres de aquel pobre hogar.

El anciano es Gurnemanz, que, no pudiendo soportar el grado de miseria en que cayó la comunidad Santa del Graal, se ha retirado a aquella choza esperando tranquilamente la muerte. Hace vida de ermitaño, orando día y noche, e invocando la piedad del Altísimo para la desventurada grey.

La mujer de aquel austero hogar es Kundry, refugiada allí empujada por el remordimiento después que fué libertada del poder maléfico del Mago. Ella se acuerda de las palabras de Parsifal al arrebatar la lanza a Klingsor, y busca la salvación. Servir siempre, es cuanto desea; hacer el bien que pueda para que le sea perdonado todo el mal que causó bajo el influjo del hechicero. El anciano la acoge con la ternura de otros tiempos, cuando era la bienhechora mensajera del Graal. Estaban los dos cerca del manantial de la pradera cuando ven aparecer al Negro Caballero Parsifal.

Gurnemanz va a él, y le dice: «Salve, guerrero; si perdiste el camino, ¿quieres que yo te lo muestre?» Nada contesta el viandante, y el anciano cree que ha hecho voto de silencio. «Mi deber me prescribe que yo te diga que este lugar es sagrado, en donde jamás pudo entrar hombre armado y menos hoy que es el día Augusto del Viernes Santo, en el que el Divino Redentor, murió en la cruz para salud de los hombres. Quien lleva armas en este día le ofende; si no eres pagano, despójate de ellas».

A las palabras de Gurnemanz, Parsifal se levanta del ribazo en donde había buscado descanso; su corazón palpita de mística ternura. Coge devotamente la lanza y la clava en tierra. A los pies de ella depone todas sus armas, descubre su cabeza, y cae de rodillas, los, ojos fijos en el sagrado acero, orando fervorosamente. El venerable anciano queda atónito, la conmoción invade su alma, cree que lo que ve es, un milagro, llama a Kundry para decirle que reconoce la Lanza Santa, y en el guerrero parécele ver a aquel adolescente que en otro tiempo mató al cisne en el Lago Sagrado, y por la candidez que entonces demostraba, había creído por un momento que podía ser el futuro redentor del Graal anunciado en la Profecía.

Parsifal, después de su plegaria, se levanta, saluda al anciano, que también reconoce en él a Gurnemanz que un día le echó del templo. Luego el buen viejo se acerca a la lanza y se exalta de sublime fervor. Si ella fué por fin rescatada del poder infernal de Klingsor, es que el cielo ha escuchado sus ayes de dolor.

Le cuenta a Parsifal la triste historia de los tormentos de Anifortas y la postración en que vive la comunidad desde que les fué arrebatada. El héroe se conmueve y siente un dolor tan profundo por no haber sabido encontrar antes el camino que debía conducirle a la mansión augusta, que casi desfallece. Gurnemanz le socorre y le lleva al borde de la fuente, diciendo a Kundry: Purifiquémosle, que El es el enviado del Señor. Le quitan la vestidura guerrera, y Kundry, cual otra María de Magdala, le descalza, derramando lágrimas y lavándole los pies. Luego saca de su seno una pequeña ánfora de oro y los unge con perfumes, enjugándolos con sus cabellos. Parsifal mira tiernamente a la pecadora, la bendice, y dirigiéndose a Gurnemanz le dice: Úngeme tú, fiel amigo de Titurel. Este toma la anforita y vierte lo restante del contenido sobre la cabeza del predestinado, diciéndole : A ti, héroe purísimo y consciente del bien, a ti, Piadoso y sufrido, yo te consagro Rey de Monsavat. Parsifal, lleno de unción, coge agua de la fuente, bautiza a Kundry y le dice: «Quiero empezar mi reinado purificándote».

Ella llora amargamente. Parsifal le besa la frente, la consuela y le recuerda que, si cree en el Redentor, su salvación es segura. Es mediodía, y de lejos se oye la lúgubre voz de las campanas del Templo Santo. Llaman a los caballeros para que rindan el último tributo de veneración al Augusto Titurel, que ha muerto de dolor porque el Graal, que él recibió de los ángeles como premio a su virtud, ya no resplandece ni fortalece a los píos caballeros, a causa del pecado de Amfortas.
-Vamos al templo-le dice Gurnemanz.

Le viste con el manto de púrpura de los caballeros, y seguido de Kundry, se encaminan los tres hacia el sagrado hogar. Mientras iban caminando, allá en el templo reuníanse los caballeros, rodeando el cadáver de Titurel, y pedían a Amfortas que les concediese la gracia de mostrar les el Cáliz del amor Divino; pero se niega a ello, porque cada día siente más fuertemente el peso de su pecado; se cree indigno y vive consumiéndose en su tormento; rasga sus vestiduras invocando la muerte para él, a fin de que pueda librarse de tanta esclavitud.

Se acerca al cadáver de Titurel y le dice: «Padre mío, tú que en la luz celestial ves al mismo Salvador, implórale para que su Sangre divina sea nuestro consuelo: pídele perdón para tu hijo».

Los caballeros le ruegan con más fervor a que descubra el Graal, pero Amfortas contesta: «¡Jamás, jamás! Ya el velo de la muerte me envuelve y vosotros, hombres sin piedad, ¿ queréis que viva en mi dolor? Héroes, si sois compasivos, apuntad vuestras espadas, metedlas hasta la empuñadura y atravesad mi cuerpo: entonces veréis resplandecer la luz de la divina gracia que os es negada por mi culpa».

En aquel momento entra en el templo Parsifal, seguido de Kundry y Gurnemanz. Avanza hacia donde está Amfortas, diciéndole: «Esta lanza que un día te hirió, te curará hoy». El rostro del Rey Pecador se ilumina de celestial fervor. Parsifal toca la herida con la punta del sagrado acero y queda milagrosamente sanado.
-Yo bendigo tus penas, que me dieron la sublime piedad y el purísimo saber. La lanza del Señor os es devuelta. Mirad como resplandece en señal de perdón.
Parsifal descubre el Graal y una luz del cielo ilumina nuevamente la Santa reliquia, y la sangre del Redentor se inflama.

Todos se postran orando. El nuevo Rey del Graal, Parsifal, levanta el Cáliz y bendice a la piadosa comunidad. Una cándida paloma desciende de lo alto renovando el pacto de amor. Kundry, de rodillas, pone los ojos sobre los de Parsifal, implorando su salvación. Los del héroe le dicen: «Estás perdonada», y ella muere.

Óyense a lo lejos voces angélicas, que parece acompañan su alma hacia los cielos. Otros cantos llenan el espacio con dulcísima melodía glorificando al Criador.
¡Oh encanto primaveral de este Viernes Santo!, día de universal arrepentimiento, de perdón y de infinita alegría, en que las flores, las hierbas del prado y la naturaleza toda, presintiendo el divino misterio de la redención, sonríen de felicidad ante el espectáculo del hombre arrepentido y purificado
¡Salve, Redentor!

FRANCISCO VIÑAS EN EL PARSIFAL DE RICARDO WAGNER

Francisco Viñas fué el artista preferido para la creación del personaje Parsifal en España, obra que constituía la máxima ilusión de su vida artística y a la cual se entregó con el mayor entusiasmo.

Antes de representar esta ópera, hizo un estudio concienzudo de tan grandioso drama, que fué el que más inmortalizó a Wágner, estudiando en Bayreuth, Munich, Berlín, esta magna obra con gran riqueza de detalles. Su estudio fué tan profundo que le permitió escribir numerosos artículos en diferentes periódicos sobre el Parsifal, principalmente en El Noticiero Universal, de Barcelona.

Al presentarse en el Liceo con esta obra inmensa llamó la atención su unción particular, la identificación completa del personaje; Viñas llegó a emocionarse extraordinariamente con esta obra divina, que simboliza la redención humana. El éxito más grandioso coronó sus esfuerzos; fué aquélla una noche sublime, que no han olvidado jamás los liceístas. Poco después se despidió del público madrileño con esta misma ópera, confirmando la impresión que dejó en el de Barcelona.

En Italia y en el Gran Teatro de Pisa, fué donde dio las últimas funciones de su carrera artística con Parsifal. He aquí la reseña que de ellas hizo Il Messaggero Toscano:

En el curso de las memorables representaciones de Parsifal nos hemos preguntado muchas veces: ¿Qué fascinador secreto emana de la persona de este artista ilustre, que ha subyugado el ánimo de nuestro pueblo, imponiendo a todos su interpretación poderosa del místico drama?

Tiene voz dulcísima y potente, su gesto es majestuosamente solemne, y posee un perfecto conocimiento de la escena. Pero estas cualidades, si podían determinar el gran éxito obtenido, no son suficientes a explicarnos el efecto sobrehumano que él sabe sacar de la música wagneriana. iNo es sólo cuestión de voz, ni de escena! Hay en el comendador Viñas una compenetración tan perfecta con el sagrado misterio que representa, una tan alta comprensión demuestra poseer de la altísima significación del drama, que su voz, la figura y plasticidad de su persona, reciben de este sentimiento profundo una nueva y más bella luz, una vida más ardiente, más intensa. No es una ejecución musical la suya; más bien, sí, un rito augusto y divino que cumplía, al cual toda su alma estaba dispuesta.

Difícilmente nos es dado encontrar un artista que sienta tan profundamente la nobleza de su cometido, y nosotros estamos orgullosos de que a Pisa le haya cabido la suerte de oir al señor Viñas, cuya interpretación del Parsifal, grande y solemne, nunca olvidaremos.

El pueblo pisano le manifestó anoche toda su admiración y gratitud: los aplausos fueron imponentes; se le ofrendaron coronas y regalos de gran valor artístico.

Reciba el ilustre artista nuestro cariñoso saludo, y que el augurio y admiración nuestra le acompañen en sus triunfos.

La empresa de nuestro Gran Teatro ha tenido la feliz idea de dedicar la séptima función del Parsifal en honor del eminente artista español, el comendador Francisco Viñas.

FUENTE:
PARSIFAL. LEYENDAS DEL SANTO GRAAL Y DE PARSIFAL
Francisco Viñas, intérprete de los dramas wagnerianos
Barcelona 1934

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Interpretando a Parsifal
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Francisco Viñas en el Parsifal de Ricardo Wagner

FRANCISCO VIÑAS EN EL PARSIFAL DE RICARDO WAGNER

Francisco Viñas fué el artista preferido para la creación del personaje Parsifal en España, obra que constituía la máxima ilusión de su vida artística y a la cual se entregó con el mayor entusiasmo.

Antes de representar esta ópera, hizo un estudio concienzudo de tan grandioso drama, que fué el que más inmortalizó a Wágner, estudiando en Bayreuth, Munich, Berlín, esta magna obra con gran riqueza de detalles. Su estudio fué tan profundo que le permitió escribir numerosos artículos en diferentes periódicos sobre el Parsifal, principalmente en El Noticiero Universal, de Barcelona.

Al presentarse en el Liceo con esta obra inmensa llamó la atención su unción particular, la identificación completa del personaje; Viñas llegó a emocionarse extraordinariamente con esta obra divina, que simboliza la redención humana. El éxito más grandioso coronó sus esfuerzos; fué aquélla una noche sublime, que no han olvidado jamás los liceístas. Poco después se despidió del público madrileño con esta misma ópera, confirmando la impresión que dejó en el de Barcelona.

En Italia y en el Gran Teatro de Pisa, fué donde dio las últimas funciones de su carrera artística con Parsifal. He aquí la reseña que de ellas hizo Il Messaggero Toscano:

En el curso de las memorables representaciones de Parsifal nos hemos preguntado muchas veces: ¿Qué fascinador secreto emana de la persona de este artista ilustre, que ha subyugado el ánimo de nuestro pueblo, imponiendo a todos su interpretación poderosa del místico drama?

Tiene voz dulcísima y potente, su gesto es majestuosamente solemne, y posee un perfecto conocimiento de la escena. Pero estas cualidades, si podían determinar el gran éxito obtenido, no son suficientes a explicarnos el efecto sobrehumano que él sabe sacar de la música wagneriana. iNo es sólo cuestión de voz, ni de escena! Hay en el comendador Viñas una compenetración tan perfecta con el sagrado misterio que representa, una tan alta comprensión demuestra poseer de la altísima significación del drama, que su voz, la figura y plasticidad de su persona, reciben de este sentimiento profundo una nueva y más bella luz, una vida más ardiente, más intensa. No es una ejecución musical la suya; más bien, sí, un rito augusto y divino que cumplía, al cual toda su alma estaba dispuesta.

Difícilmente nos es dado encontrar un artista que sienta tan profundamente la nobleza de su cometido, y nosotros estamos orgullosos de que a Pisa le haya cabido la suerte de oir al señor Viñas, cuya interpretación del Parsifal, grande y solemne, nunca olvidaremos.

El pueblo pisano le manifestó anoche toda su admiración y gratitud: los aplausos fueron imponentes; se le ofrendaron coronas y regalos de gran valor artístico.

Reciba el ilustre artista nuestro cariñoso saludo, y que el augurio y admiración nuestra le acompañen en sus triunfos.

La empresa de nuestro Gran Teatro ha tenido la feliz idea de dedicar la séptima función del Parsifal en honor del eminente artista español, el comendador Francisco Viñas.

FUENTE:
PARSIFAL. LEYENDAS DEL SANTO GRAAL Y DE PARSIFAL
Francisco Viñas, intérprete de los dramas wagnerianos
Barcelona 1934

XIV. Parsifal a la conquista del Graal

XIV. PARSIFAL A LA CONQUISTA DEL GRAAL

Destruida la potencia infernal de Klingsor y su maravilloso castillo encantado, el héroe Parsifal va en busca del Graal. Ya lo intentaron otros ilustres próceres, como Gauvain y Gaalhaz, cuyas estupendas hazañas llenaron las crónicas de otros tiempos por la temeridad y grandeza de sus actos, propias de aquellas épocas caballerescas. Duelos, amores, encantamientos, batallas con gigantes, monstruos, etc., es el corolario de su vida; pero el Graal no puede conquistarse por las armas, y sólo llegará a él el hombre predestinado, escogido por Dios, predispuesto a la piedad.

Este es Parsifal, el inocente doncel, cuya alma purísima y cándida ha ido iluminándose al doloroso contacto con la realidad hasta elevarle a la grandeza divina. Consciente de su misión, quiere correr a redimir a Amfortas, que sufre por la horrenda herida que el Mago le infirió cuando le arrebató la sagrada lanza; aquella que ya un día abrió el costado del Divino Maestro. A Parsifal le ha parecido oír una voz celeste; ella le ha revelado que la llaga del Rey pecador sólo se curará tocándola con el mismo hierro que la produjo. Pero el héroe ha perdido la noción de lo pasado, cuando inconsciente iba errante por el mundo, corriendo a la ventura, sin norma alguna hacia donde le guiaba el destino. En vano busca ahora el camino que debe conducirle a la morada augusta, deseoso de llevarle consuelo; es designio del cielo que su peregrinación dure largos años; así su obra redentora, será más meritoria, cuanto más haya sufrido para realizarla.

En su largo errar, corre mil aventuras, y sostiene cien combates feroces para defenderse de las insidias de sus enemigos. Aterra a unos, otros le hieren, pero la lanza Sagrada ha de devolverla inmaculada al Santuario; con ella jamás se defenderá; desde lo alto velan por él, y le preservarán de todo mal. Al final de una lucha sangrienta reconoce a su hermano Vairefiel, "el León de Zaramanco", fruto de los amores de Gahmuret con la reina negra Palagane, muerta de dolor por la huída de su esposo. Se abrazan y cuéntanse sus cuitas. Vuelve a la Corte de Artús, y es armado Caballero, pero él llevará en su armadura el color que simboliza el dolor, hasta que no haya cumplido su misión redentora. Así es llamado por donde pasa, el Negro Caballero. En la Corte de Bretania, una purísima doncella llamada Blancaflor le ofrece su castísimo amor, pero el héroe ha de buscar el Graal; mientras no lo encuentre, no habrá paz en su alma, y prosigue su camino atravesando montes y valles.

Una mañana de primavera, cuando mayor era su desaliento, divisó a lo lejos una triste choza, al lado de una fuente. Parsifal se acerca a ella con paso lento y meditabundo y ve a un anciano venerable encorvado por el peso de la extrema vejez. Una mujer de aspecto humilde y triste parece atender a los menesteres de aquel pobre hogar.

El anciano es Gurnemanz, que, no pudiendo soportar el grado de miseria en que cayó la comunidad Santa del Graal, se ha retirado a aquella choza esperando tranquilamente la muerte. Hace vida de ermitaño, orando día y noche, e invocando la piedad del Altísimo para la desventurada grey.

La mujer de aquel austero hogar es Kundry, refugiada allí empujada por el remordimiento después que fué libertada del poder maléfico del Mago. Ella se acuerda de las palabras de Parsifal al arrebatar la lanza a Klingsor, y busca la salvación. Servir siempre, es cuanto desea; hacer el bien que pueda para que le sea perdonado todo el mal que causó bajo el influjo del hechicero. El anciano la acoge con la ternura de otros tiempos, cuando era la bienhechora mensajera del Graal. Estaban los dos cerca del manantial de la pradera cuando ven aparecer al Negro Caballero Parsifal.

Gurnemanz va a él, y le dice: «Salve, guerrero; si perdiste el camino, ¿quieres que yo te lo muestre?» Nada contesta el viandante, y el anciano cree que ha hecho voto de silencio. «Mi deber me prescribe que yo te diga que este lugar es sagrado, en donde jamás pudo entrar hombre armado y menos hoy que es el día Augusto del Viernes Santo, en el que el Divino Redentor, murió en la cruz para salud de los hombres. Quien lleva armas en este día le ofende; si no eres pagano, despójate de ellas».

A las palabras de Gurnemanz, Parsifal se levanta del ribazo en donde había buscado descanso; su corazón palpita de mística ternura. Coge devotamente la lanza y la clava en tierra. A los pies de ella depone todas sus armas, descubre su cabeza, y cae de rodillas, los, ojos fijos en el sagrado acero, orando fervorosamente. El venerable anciano queda atónito, la conmoción invade su alma, cree que lo que ve es, un milagro, llama a Kundry para decirle que reconoce la Lanza Santa, y en el guerrero parécele ver a aquel adolescente que en otro tiempo mató al cisne en el Lago Sagrado, y por la candidez que entonces demostraba, había creído por un momento que podía ser el futuro redentor del Graal anunciado en la Profecía.

Parsifal, después de su plegaria, se levanta, saluda al anciano, que también reconoce en él a Gurnemanz que un día le echó del templo. Luego el buen viejo se acerca a la lanza y se exalta de sublime fervor. Si ella fué por fin rescatada del poder infernal de Klingsor, es que el cielo ha escuchado sus ayes de dolor.

Le cuenta a Parsifal la triste historia de los tormentos de Anifortas y la postración en que vive la comunidad desde que les fué arrebatada. El héroe se conmueve y siente un dolor tan profundo por no haber sabido encontrar antes el camino que debía conducirle a la mansión augusta, que casi desfallece. Gurnemanz le socorre y le lleva al borde de la fuente, diciendo a Kundry: Purifiquémosle, que El es el enviado del Señor. Le quitan la vestidura guerrera, y Kundry, cual otra María de Magdala, le descalza, derramando lágrimas y lavándole los pies. Luego saca de su seno una pequeña ánfora de oro y los unge con perfumes, enjugándolos con sus cabellos. Parsifal mira tiernamente a la pecadora, la bendice, y dirigiéndose a Gurnemanz le dice: Úngeme tú, fiel amigo de Titurel. Este toma la anforita y vierte lo restante del contenido sobre la cabeza del predestinado, diciéndole : A ti, héroe purísimo y consciente del bien, a ti, Piadoso y sufrido, yo te consagro Rey de Monsavat. Parsifal, lleno de unción, coge agua de la fuente, bautiza a Kundry y le dice: «Quiero empezar mi reinado purificándote».

Ella llora amargamente. Parsifal le besa la frente, la consuela y le recuerda que, si cree en el Redentor, su salvación es segura. Es mediodía, y de lejos se oye la lúgubre voz de las campanas del Templo Santo. Llaman a los caballeros para que rindan el último tributo de veneración al Augusto Titurel, que ha muerto de dolor porque el Graal, que él recibió de los ángeles como premio a su virtud, ya no resplandece ni fortalece a los píos caballeros, a causa del pecado de Amfortas.
-Vamos al templo-le dice Gurnemanz.

Le viste con el manto de púrpura de los caballeros, y seguido de Kundry, se encaminan los tres hacia el sagrado hogar. Mientras iban caminando, allá en el templo reuníanse los caballeros, rodeando el cadáver de Titurel, y pedían a Amfortas que les concediese la gracia de mostrar les el Cáliz del amor Divino; pero se niega a ello, porque cada día siente más fuertemente el peso de su pecado; se cree indigno y vive consumiéndose en su tormento; rasga sus vestiduras invocando la muerte para él, a fin de que pueda librarse de tanta esclavitud.

Se acerca al cadáver de Titurel y le dice: «Padre mío, tú que en la luz celestial ves al mismo Salvador, implórale para que su Sangre divina sea nuestro consuelo: pídele perdón para tu hijo».

Los caballeros le ruegan con más fervor a que descubra el Graal, pero Amfortas contesta: «¡Jamás, jamás! Ya el velo de la muerte me envuelve y vosotros, hombres sin piedad, ¿ queréis que viva en mi dolor? Héroes, si sois compasivos, apuntad vuestras espadas, metedlas hasta la empuñadura y atravesad mi cuerpo: entonces veréis resplandecer la luz de la divina gracia que os es negada por mi culpa».

En aquel momento entra en el templo Parsifal, seguido de Kundry y Gurnemanz. Avanza hacia donde está Amfortas, diciéndole: «Esta lanza que un día te hirió, te curará hoy». El rostro del Rey Pecador se ilumina de celestial fervor. Parsifal toca la herida con la punta del sagrado acero y queda milagrosamente sanado.
-Yo bendigo tus penas, que me dieron la sublime piedad y el purísimo saber. La lanza del Señor os es devuelta. Mirad como resplandece en señal de perdón.
Parsifal descubre el Graal y una luz del cielo ilumina nuevamente la Santa reliquia, y la sangre del Redentor se inflama.

Todos se postran orando. El nuevo Rey del Graal, Parsifal, levanta el Cáliz y bendice a la piadosa comunidad. Una cándida paloma desciende de lo alto renovando el pacto de amor. Kundry, de rodillas, pone los ojos sobre los de Parsifal, implorando su salvación. Los del héroe le dicen: «Estás perdonada», y ella muere.

Óyense a lo lejos voces angélicas, que parece acompañan su alma hacia los cielos. Otros cantos llenan el espacio con dulcísima melodía glorificando al Criador.
¡Oh encanto primaveral de este Viernes Santo!, día de universal arrepentimiento, de perdón y de infinita alegría, en que las flores, las hierbas del prado y la naturaleza toda, presintiendo el divino misterio de la redención, sonríen de felicidad ante el espectáculo del hombre arrepentido y purificado
¡Salve, Redentor!

XII. Parsifal en el Monsalvat

XII. PARSIFAL EN EL MONSALVAT

Cuantos narradores nos hablaron de la verídica historia, jamás pudieron acordarse del camino que siguió Parsifal y que le condujo a la montaña santa de Monsalvat, situada en los confines de la España árabe, en Aragón, muy cerca de los Pirineos; y ya sea Wolfram de Eschenbach, Cristiano de Troyes o Diu Crom, que son los que más crédito nos merecen, estamos tan lejos de aceptar sin reparo sus conclusiones, que preferimos, para nuestro objeto, entrar de lleno en la leyenda del divino vate de Bayreuth, más conforme a nuestras convicciones.

Dice la narración que Parsifal siguió caminando hacia donde veía el portentoso templo. Su admiración iba creciendo a medida que vencía la distancia, acabando por creer que no podía ser obra de hechizo cosa tan bella, más bien algún milagro del Santo Rey Artús.

Mientras iba caminando, una veces cantaba trovas impregnadas de inmensa ternura al recuerdo de su madre, otras corría a la caza de algún animal feroz, y atravesando montes o valles, llegó a la orilla de un lago. De pronto vió volar un cisne salvaje, pero a él parecióle un águila voraz. Apuntó su arco y el pobre animal cayó mortalmente herido. A los gritos de la víctima, vióse llegar infinidad de gente hacia donde acaeció el suceso. Eran escuderos y caballeros del lugar, que, llenos de indignación, apresaron a nuestro héroe, llevándolo a la presencia de un venerable anciano, llamado Gurnemanz, hombre justo y de preclara virtud.

«Juzgadle,-le decían-; dadle el castigo que merece». Gurnemanz acercóse a Parsifal, diciéndole: «¿Eres tú el que quitaste la vida al cisne fiel?¿qué daño te hacía?¿no son sagradas las aves de este recinto?». Luego cogióle por la mano, y llevado adonde estaba la víctima, decíale : «¿No ves la sangre inocente que mana de la herida mortal?» Sus ojos perdieron ya su brillo: «¿qué hará su compañera? Doncel, ¿confiesas tu culpa y tu crueldad?». Las palabras de Gurnemanz le conmovieron de tal manera, que echóse a llorar, e impetuosamente cogió su arco v flechas, haciendo añicos de ellas, tirándolas a lo lejos.

El anciano siguió preguntándole:
- ¿Quién es tu padre?
- Yo no lo sé- contestaba.
- ¿Cómo veniste aquí?
- Tampoco lo sé.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Yo tuve muchos, pero no recuerdo ahora ninguno.
- Cuenta, pues, lo que sepas.
- Yo sé solamente que mi madre se llama Erzeloide, y que así el bosque como la virgen pradera eran nuestro hogar.

Nada pudo deducir Gurnemanz de las palabras de Parsifal, viniendo en la conclusión de que el adolescente debía ser el mayor de los idiotas. Una mujer extraña, de aspecto salvaje, vestida haraposamente, ceñida con pieles de serpiente, estaba al lado del noble anciano. Había llegado de luengas tierras, de la Arabia quizás, montada sobre un mulo blanco. Movida por un instinto de compasión, había ido en busca de hierbas medicinales, cuya virtud curativa debía sanar una grave herida que tenía el Soberano de aquel reino. Era un ser incomprensible, enigmático y misterioso, símbolo de la mujer eterna, compendio de todas las virtudes y maldades. Estando despierta, era la mensajera de paz entre aquellos caballeros: el influjo del bien predominaba en su alma; pero, cuando dormía, el espíritu del mal la sujetaba durante su letargo, y transformaba su ser en instrumento de perfidia y de terrible maldad. Ella en sus correrías encontró a Erzeloide, cuando exhalaba el último suspiro, por el dolor que le causó la partida de su hijo amado.

«Decidle, si algún día lo veis, que su madre, al morir le bendice con toda la ternura de su alma.» Kundry, que así se llamaba la misteriosa mujer, reveló a Parsifal cuanto Erzeloide habíale encomendado, pero el simplote no podía admitir que su madre hubiese muerto. Pensó él que debía ser una invención engañosa de Kundry para hacerle sufrir; y sin meditar lo que hacía, saltó a su cuello como una fiera para estrangularla. La intervención oportuna de Gurnémanz evitó una nueva tragedia.

Luego Parsifal fué preso de tal desfallecimiento, que cayó sin sentido en brazos del venerable anciano. Kundry corre a socorrerle. ¿En dónde se encontraba el hijo de Erzeloide? En el lago de los Cisnes, territorio del Graal; en el burgo de Monsalvat. Demoraban allí los caballeros guardadores del Cáliz Sagrado, de la última cena, que llaman Graal, y en el cual José de Arimatea recogió la preciosa sangre del Redentor. Además, tienen en custodia la lanza que hirió su Divino Costado. Titurel es el nombre del fundador de aquel Reino y los que allí viven, hombres de costumbres inmaculadas, alimentan su espíritu con heroicas virtudes, prontos a correr por el mundo en donde haya una injusticia que combatir, un débil que proteger, o una santa causa que defender. Ellos son invencibles, porque el vaso milagroso les infunde un poder sobrenatural. ¡Cada año, en el día del Viernes Santo, una cándida paloma desciende del cielo, renovando el pacto de amor, dando a los caballeros nueva gracia celeste.

Pero desde hace tiempo que en la mansión augusta del Graal reina la desolación, Titurel yace postrado por los años, y casi al borde de la tumba, ha pasado el trono a su hijo Amfortas. Mas el nuevo rey cayó en pecado, y dejóse arrebatar la lanza del Señor en un duelo feroz con el mago Klingsor, que se ha propuesto destruir aquella santa comunidad. Con el mismo sagrado acero le infiere una tremenda herida qué ningún bálsamo es capaz de sanar. Amfortas está en desgracia, y su reino con él.

Un día, los piadosos caballeros estaban orando derramando lágrimas ante el Graal; de pronto les pareció oir una voz del cielo que decía: «Sólo un ser puro y cándido, de alma piadosa, devolverá la salud al Rey pecador, renovando los esplendores Y milagros del Santo Graal. ¿Será Parsifal, este doncel inocente, el libertador y redentor?

El príncipe Gurnemanz, el viejo caballero, así lo cree, desde el momento que ha descubierto en el adolescente los signos de la piedad y timidez predichas en la profecía. El venerable anciano quiere tentar la prueba llevando a Parsifal al templo a que tome parte en el ágape sagrado y observar si la gracia divina le ilumina. Le abraza paternalmente y encaminase con él, desde la orilla del lago, al sombrío bosque, siguiendo el lejano cortejo del Rey enfermo, que dirigirse nuevamente a Monsalvat, después de tomado el baño matutino, en donde busca inútilmente alivio a su dolor. Iban siguiendo por el angosto camino tallado en la misma roca, y el buen Parsifal, en su ingenuidad, decía a Gumemanz:
-Toma consejo de quien lleve los cabellos blancos, díjome mi madre. Por obtener el vuestro, yo estoy dispuesto a serviros en todo lo que me mandéis, como ella me prescribió.
-Oye, doncel; tú hablas siempre de tu madre-díjole el anciano,- sin ocuparte de otras cosas. ¿Por qué la nombras constantemente y tan fuera de lugar? Discurres como un niño, y ya que deseas mis consejos, pon atención a lo que voy a decirte. Jamás seas imprudente. El hombre desvergonzado, ¿es que tiene el menor valor? Despojado por una mutación perpetua, pierde las plumas de su honor y desciende a los infiernos.
Tu aire gentil y majestuoso me anuncia que un día remarás. Cuando seas poderoso, practicarás la inquebrantable resolución de tratar misericordiosamente al necesitado. Tu largueza y magnanimidad deben defenderle contra la miseria. Jamás transigirás con lo que puede manchar tu honor. Sé humilde y ten buen cuidado en inclinarte ante, el hombre de bien, que a veces es perseguido por el infortunio. Tú debes socorrerle, y cada vez que harás acción tan meritoria, la gracia divina entrará en ti. Con moderación -deberás ser económico o generoso; y acuérdate que el hombre fácilmente pródigo no es apto para gobernar, así como el que vive sólo para acumular riquezas se vuelve vil. Observa la medida de la justicia, y ejercerás el oído, la vista, el gusto y el olfato, a fin de perfeccionarte para que tu juicio sea justo. Deberás asociar la clemencia al valor, y cualesquiera que sean las culpas del enemigo, si te pide perdón, envainarás seguidamente la espada.

Le dió consejo también de ser siempre sincero con la damas, «y si el cielo te une a la escogida de tu corazón, no olvides que marido y mujer son una cosa sola, como el sol que nos ilumina y que llamamos día. Ellos son inseparables como dos flores nacidas de un mismo grano.»
Nuestro doncel dió las gracias al venerable Gurnemanz, prometiéndole seguir aquellas sabias enseñanzas. Procuró no nombrar más a su madre, pero del corazón del bendito nunca se borró aquella imagen. Otros consejos siguió dándole hasta que llegaron a la cima del monte.

Allí oíase el triste toque de ¡as campanas Y el sonido marcial de las trompas de oro que llamaban al templo a los piadosos caballeros; e iban entrando en él, graves, uniformados, con paso lento y cadencioso; cubiertos de manto de púrpura, llevando sobre sus espaldas la blanca paloma, insignia simbólica de la pureza de los caballeros de Graal.

Gurnemanz designa sitio a Parsifal, mas en nuestro adolescente no ha penetrado aún la luz purísima del saber, y queda como atónito, estático.

Todos toman asiento; Amfortas sufre atrozmente, su voz se hace dolorosa, reconoce su indignidad, Y se niega a mostrar la santa copa a los píós caballeros.
-¡Hijo mío!-grita Titurel, desde su lecho-¿por qué no descubres el Graal?
El rey moribundo manda al hijo rebelde a oficiar y éste por fin muestra el Sagrado Cáliz. ¡Oh celestial visión! Todos se postran; Amfortas sostiene en sus manos el Santo Graal ; el templo se obscurece, mientras un rayo de luz vivísima desciende del cielo y la sangre del amor divino se inflama. Los caballeros cantan fervorosamente himnos santos e invocan la divina gracia en su ferviente plegaria. Unos dicen: «¡Al ágape de amor prepárate, caballero, como si fuera tu última hora!» Otros contestan con verdadera unción: «Su sangre derramó por nosotros, derrámese la mía con noble gozo por el Redentór!» y de lo alto desciende el cántico ideal conmovedor de los ángeles que dicen a los caballeros: «¡Gustad con el favor divino el pan de vida y de amor!».

Todos toman el alimento espiritual eucarístico, y mientras Amfortas, pálido, ensangrentado, llora su pecado, el templo nuevamente se ilumina.

Los caballeros se dan el beso fraternal, Y cumplida la ceremonia del rito, los bronces anuncian a los congregados que ha llegado la hora del retiro y recogimiento.

Parsifal ha asistido, mudo de estupor, a la extraña ceremonia. Nada comprende, pero en el fondo de su alma siente crecer el sentimiento de la piedad, y lo que ha visto le ha conmovido profundamente.

Gurnemanz, que ansiosamente le había observado, no sabe adivinar la impresión de terrible dolor que causaron a Parsifal los gritos lamentosos del infortunado Amfortas, y convencido de que se había engañado, cuando creyó que aquel bendito podría ser el cándido predestinado anunciado en la Profecía, se vuelve airadamente contra el pobre doncel, que continuaba inmóvil y como extasiado a un lado del templo.
-Vete de aquí-le grita,-ganso imbécil; ve en busca de tu oca y deja en paz a los cisnes del lago sagrado.
De mala manera y a empujones le echa de allí, pero el compasivo Parsifal no se da cuenta de nada. Sólo un gran dolor profundo le oprime y encadena su corazón.

Nuevamente siguió errante hacia donde el destino le encaminaba; de vez en cuando parecíale oir aún el eco del canto angélico, que alababa a Dios e invocaba la paz, la fe, amor y esperanza para la humanidad.

XI. Adolescencia de Parsifal (cont.)

XI. ADOLESCENCIA DE PARSIFAL (continuación)

La llegada de Parsifal al jardín Real de Artús provocó gran confusión.
Infinidad de pajes y escuderos Salieron a su encuentro rodeando al extraño adolescente, que, aun cuando por su infantil candidez y bellas facciones logró inspirar a todos indecible simpatía, no dejaban de hacer mil preguntas burlonas tanto por el deplorable estado de su vil indumentaria, como por el aspecto del rocín que el hambre había consumido y apenas si podía sostenerse.

Además el pobre jamelgo iba tan mal equipado! Por cabezada un mísero ramal pegado al cuello; luego, formando albardón y gualdrapa, un ensarte mal hilvanado de pieles frescas de algún lobo que su dardo había aterrado.

A las preguntas impertinentes de aquella alegre mesnada, nada sabía qué contestar el inocentón, que no comprendía la irrisión de que era objeto. Un escudero de porte gentil, de carácter bondadoso, hombrote de formas hercúleas, a quien llamaban Clamidé, el Gigantón, acercósele, ofreciéndole su compañía.
«¡Que Dios te guarde!-díjole Parsifal :-fué mi madre que me recomendó esta salutación cuando salí del hogar. Yo veo aquí infinidad de Reyes; ¿quién es Artús, el que da la caballeria?»
Las palabras del bendito fueron acogidas con la más endiablada risa, y aun el leal Clamidé rióse a mandíbula batiente, contestándole: «Estos no son Reyes, ni entre ellos está Artús, pero sígueme, que yo te llevaré a él.» y acompañóle hacia donde estaban reunidos en asamblea los magnates de la Corte.
Con alegría de quien llega al fin de la soñada meta, nuestro inconsciente no se inmutó ante la esplendorosa visión de tantos caballeros armados, y aun supo dirigirles estas muy discretas palabras: «Que Dios os guarde, mis señores, y guarde al Rey como a su Dama, a quienes mi madre mandóme que por mi vida les presentara sus augurios venturosos.
Ella me ordenó también saludar a los que tienen el legitimo privilegio de sentarse a la Mesa Redonda.
Mas, para cumplir según sus deseos, preciso será que me digáis cuál de vosotros es el Rey y Gran Maestro».

La aparición de Parsifal en la sala del Consejo, así como sus palabras, produjeron enorme estupefacción entre los reunidos. Los caballeros de la orden mirábanse sorprendidos; hablaban unos con otros comentando las actitudes y nobles facciones del simplote de tan miserable vestimenta.
Dejaron los más sus asientos, precipitándose casi sobre Parsifal. Unos le empujaban de una a otra parte todos querían observar de cerca al cándido adolescente. Otros le aturdían haciéndole mil preguntas indiscretas que Parsifal no comprendía.

La llegada de tan incomparable mozuelo se esparció rápidamente por todos los ámbitos de la mansión de Artús, y las damas, por aquella curiosidad que sería su mayor virtud si tal pudiera llamarse, apresuradamente se lanzaron corriendo hacia donde estaba el gentil doncel; y según nos contaron, su admiración fué sin límites, conviniendo con rara unanimidad en reconocer que la bella Jeschute estuvo en lo justo al revelar a su vengativo esposo que el Creador, al formar al intrépido Parsifal, se había complacido en marcarle con signos especiales que le hacían el más bello de los hombres.

De pronto un nuevo movimiento en sentido opuesto se produjo a su alrededor. Silenciosamente damas y caballeros se separaron de él para dar paso al insigne Artús, que, levantado de su real asiento, iba acercándose al adolescente; a quien dirigió el siguiente augurio: «De donde quiera que vengas, seas bien llegado. Tú eres seguramente un escogido de Dios, y una corona de gloria ceñirá tu frente algún día; feliz de mí si a ello puedo contribuir con mi favor».

Nuestro bendito, a lo menos por esta vez, supo adivinar que estaba en la presencia del monarca, a quien contestó: «Plazca al cielo que vuestro deseo se verifique pronto, pues paréceme una eternidad el tiempo que falta para que yo sea armado caballero; podéis estar seguro de que la espera no me divierte ni poco ni mucho; os ruego, por tanto, que sin demora me proclaméis caballero.
-Yo lo haría ahora mismo, pero es preciso que esperes hasta mañana a fin de prepararte según las reglas de la Orden».
El simplote que seguía siendo el mismo inocente de la floresta de Sultane, no entendió tales razonamientos y sintióse tan contrariado por el aplazamiento, que empezó a dar saltos y correr trepidante de una a otra parte. Alzaba los puños, gritando desaforadamente: «¿Que no puedo ser caballero hoy, ni tener armadura reluciente? Pues nada quiero mañana; ya me la dará mi madre, que yo creo que es Reina ella también.»
Aquella travesura infantil cayó graciosamente en el corazón de todos. Unos reíanse con la mayor benevolencia; las damas le rodeaban estrujándole casi, procurando calmar su excitación. Otros parecía que se gozaban en acrecentarla, y decían al Rey: «Dadle un juguete, una cuerda, una flauta o un peón para que se divierta».

La confusión y quimera era tan grande en el débil cerebro de Parsifal, que, sin hacer caso de nada ni de nadie, abrióse paso con la fuerza hercúlea de sus brazos y huyó de allí, en busca de su rocín, con el decidido propósito de encaminarse hacia el hogar materno.

Un incidente que acabó malamente, detuvo su veloz carrera; al pasar por una galería del palacio en donde se habían agrupado algunas damas, la más bella entre todas, mujer soberbia y altanera, llamada Gunardere, para mejor verle al paso, fué presa de tanta admiración por el bendito, que por vez primera dejó escapar de sus labios una tierna sonrisa, lo que fué causa de una catástrofe.

Al lado de ella estaba su galante y enamorado caballero, Hellin el pérfido; quien, advirtiendo la sensibilidad de la dama por Parsifal, y que le había concedido lo que él ni nadie jamás pudo alcanzar, fué preso de tal furor y sintióse tan humillado, que cayó como una fiera sobre la bella Gunardere, apostrofándola, golpeándola, cogiéndola brutalmente por las trenzas de su hermosa cabellera, y enroscada en el puño de su mano, le hacía dar vueltas hasta que cayó al suelo en medio de gritos espantosos, de rabia y furor.

«Avergonzaos de haber manchado vuestro honor-decíale el bellaco ;-en la corte de Artús, a cuantos cortesanos ilustres se os presentaron recusasteis la sonrisa de vuestros labios sonrosados. ¿No la negasteis siempre a mí? ¿Cómo puedo mirar sin indignación que la concedáis a un imbécil que nada sabe de la caballería?»

Parsifal, que fué causa involuntaria del atropello en daño de la dama, por aquel sentimiento de piedad que iba formándose en su alma, queria correr a libertar a la afrentada, saltar al cuello del villano, y hacerle pagar cara la poco honorable hazaña. Pero agrupóse tanta gente alrededor de la víctima, que no era cosa fácil acercarse a ella. Además, el cruel Hellin, quizás avergonzado por no haber sabido reprimir el furor que los celos engendran, se fué con su altanería huyendo de la indignación que su conducta había levantado en la mansión de Artús.

Parsifal quiso seguirle, y apenas hubieron pasado los umbrales de la corte, empezó a gritarle con voz iracunda:
-¡Ea! Cruel y malvado caballero, ¿ es que entre los de tu cofradía son permitidas tales bellaquerías? Si es así, nada quiero de vosotros, gente ruin, acanallada; maldito seas y que villanos te maten. Mi madre contábame de un hombre perverso y me dijo al salir del hogar que aquel pérfido robóme dos Estados. Era también caballero, y a fe mía que por lo que ella me decía os parecéis como una gota de agua a otra gota.

A todo esto, el orgulloso Hellin iba caminando sin hacer caso al adolescente; pero, molestado por habérsele, acercado en demasía, quiso librarse del estorbo, y como signo de desprecio cogió la lanza por la parte del acero y dióle con el madero tal batacazo que el pobre Parsifal, como su rocín, fueron a rodar por el suelo.

Nuestro héroe sintióse herido, vió correr la sangre por su cuerpo inmaculado, y sin preocuparse del dolor que sentía, ciego de tremenda ira ante aquella inesperada acometida, levantóse como una fiera embravecida, cogió su dardo, y corriendo, saltando por encima de todo estorbo, allá se fué al alcance del caballero.

Poco le costó tomarle la delantera, dada la agilidad portentosa de Parsifal, y por otra parte tampoco Hellin se había preocupado de acelerar su paso. Nuestro héroe, puesto en frente de él y sin decir palabra, echóle el dardo con tanta destreza que fué a dar en el malhadado caballero en el único punto vulnerable de su cabeza, atravesándole el cráneo.

¡Oh justicia divina! Parsifal, sin saberlo, había dado muerte a su cruel enemigo. Erzeloide estaba vengada. El adolescente no sabía qué hacer luego. Pensó en quitarle la armadura, pero ello era tan complicado que le fué imposible deshacerla.

Por fortuna, el leal Clamidé, que desde lejos había presenciado la tragedia, corrió en su auxilio, enseñándole lo que nuestro cándido doncel era incapaz de resolver. Púsole la armadura del vencido encima del traje vil, porque decía él:
-Yo no quiero quitarme nada de lo que mi madre me dió, que es para mí reliquia santa.
Luego dióle buenos consejos, le enseñó el manejo de la lanza, de la espada y del escudo, para evitar los golpes del enemigo.

Parsifal poco o nada comprendió de cuanto Clamidé le decía, y habiendo dado una mirada al cadáver de su enemigo, movido por el sentimiento de piedad ya tan sensible en él, tomó la lanza, la rompió en dos trozos, formó con ellos fina cruz y clavóla en el suelo, donde estaba la cabeza del vencido. Arrodillóse luego, y bañado en lágrimas, rogó por él.

Cumplida esta noble y piadosa acción, echóse en brazos de Clamidé, despidiéndose tiernamente. Cogió el corcel de Hellin y de un salto montó sobre él, internándose por una selva que parecía inaccesible; pero su inconsciencia era tan grande que penetró en ella, metiéndose por caminos que el instinto de los animales feroces habían señalado.

Eran verdaderos laberintos, barrancos tenebrosos de donde salían los rugidos espantosos de su fauna. Nuestro bendito estaba rodeado de peligros, pero como no tenía conciencia de ellos, iba caminando sin preocupaciones hasta que, enredado en unos zarzales de salvaje magnitud, no supo cómo salir de aquel atolladero. Pensó que la causa de sus apuros no era otra que la armadura; no sabía qué hacer de ella, pues le privaba de sus movimientos; además, él no quería otra indumentaria que la de su madre.

Como pudo, echóse de encima aquellos estorbos y muy a pesar suyo abandonó con ellos al pobre corcel. Cogió su arco y su dardo, armas que él se había fabricado, empezando una furiosa lucha para abrirse camino.

Nadie sabe cómo pudo vencer tanto, obstáculo, pero es cierto que al final de su jornada se encontró en una hermosa pradera, desde donde se divisaba una montaña abrupta y misteriosa que llamaban de Monsalvat.

En su cima había un templo maravilloso cubierto de infinitos minaretes de estilo oriental, y sus puntas parecieron a Parsifal árboles extraños, deduciendo de ello que debía ser, obra de algún hechicero.

Nuestro héroe había penetrado en los dominios del Graal, cuyos caballeros, guardadores de la reliquia santa denominada con este nombre, estaban sumidos en la tribulación y en el dolor.