B. Rodríguez Serra Editor. Madrid, 1902
El anillo del nibelungo. Ensayo analítico del poema y de la música con ejemplos musicales.
Por Eduardo López-Chávarri

 

[ Al lector. Historia de la obraLa idea fundamental de «El anillo del Nibelungo» | La forma | El oro del Rhin  | La Walkyria  | Siegfried  | El crepúsculo de los dioses  | Síntesis artística en el teatro de Wagner ]

 

VII

TERCERA JORNADA

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES

(Götterdämmerung.)

Elementos del poema.—Prólogo. Las «Nornas». El amor de Brunhilda.—Acto I. El hijo del Nibelungo. El engaño de Brunhilda.—Acto II. Las bodas. El pacto de muerte.—Acto III. Las hijas del Rhin. La muerte de Siegfried. El sacrificio de Brunhilda.—Fin de los dioses.


Llegamos á la última parte del vasto poema. A los dioses, semidioses y héroes, suceden lo hombres, entre los cuales se perpetúa la desgracia que arrojó sobre el mundo el egoísmo, simbolizado por el anillo. La maldición del oro la vemos transmitiéndose de los dioses á sus descendientes, y subsistiendo mientras la falta original no sea redimida, y el oro devuelto al Rhin. En esta última jornada se realizarán las profecías de Erda: todo pasa, todo tiene su fin; no hay poder que sea eterno; los dioses, que quisieron eternizarse en el poder, no han hecho más que acelerar su inevitable ocaso: cometieron la falta de construir el Walhalla para dominar desde allí el mundo (1); robaron el oro para que nadie fuera tan fuerte como ellos, viéndose luego obligados á cederlo; quisieron crear una fuerza libre que les ayudara á reconquistarlo, y esta fuerza (Siegfried) ha venido á precipitar el fin; ante la nueva savia, el mundo viejo muere; el crepúsculo se aproxima. ¡Dichosa la vida que nazca después si sólo la ley eterna del amor y la concordia rige en el mundo y en los hombres! La existencia, realizada noble y conscientemente por todos, no dejará paso al egoísmo y á la maldad.

En este drama, como decimos, nos presenta Wagner las consecuencias de la inmensa creación precedente: el engaño de Brunhilda y su venganza; la muerte de Siegfried, víctima de la maldición del anillo, y la de Brunhilda; la devolución de la temible joya á las hijas del Rhin; y, finalmente, la destrucción del Walhalla, la consumación del mundo viejo.

Wagner se inspira en el mito germano-escandinavo y en la epopeya germánica de Los Nibelungos (2).

Crimilda, la esposa de Siegfried en el poema alemán, es en el drama de Wagner, la Walkyria, hija de Wotan. En cuanto al elemento mitológico encuentra Wagner en un antiguo canto, el Vœluspa (una de las más primitivas tradiciones escandinavas que habla del gran Crepúsculo de los dioses (Ragnarœk)) y en las fuentes que inspiraron los dramas anteriores. Como en todos ellos, veremos aquí la sorprendente labor de Wagner, quien, hallando las relaciones íntimas entre tan varios y dispersos elementos, los junta con admirable claridad en una grandiosa síntesis de arte.

PRÓLOGO. —ACTO PRIMERO

Como lazo de unión entre esta jornada y las anteriores, está el prólogo, que al mismo tiempo sirve de anticipada explicación de los hechos que vamos á presenciar, mostrándonos cómo se realiza el Crepúsculo de los dioses.

Después de oirse en la orquesta los ecos del despertar de Brunhilda (saludo al nuevo día [74], del misterioso tema primitivo de la Naturaleza [1] y de la frase interrogativa del Destino [47], córrese el telón y aparece la escena en las tinieblas de la noche; representa la misma montaña de las walkyrias. A lo lejos, en el horizonte, se distingue un vago y medroso resplandor de fuego. En la escena se distingue á las tres Nornas (las Parcas de la mitología escandinava), que representan la Vida: el Pasado, el Presente y el Porvenir. Son tres altas mujeres envueltas en sendas túnicas obscuras. La más vieja, está al pie de un corpulento pino; la segunda, se sienta sobre una peña delante de la gruta que se ve á la izquierda; la más joven aparece sobre una elevada roca, al fondo.

El canto de las Nornas tiene acentos extraños y proféticos; sus palabras son como las predicciones de las viejas leyendas; la escena es original por demás. Las tres hermanas hilan el hilo de oro, el hilo de la vida, y se arrojan el ovillo una á otra, cantando al propio tiempo. La Norna del Pasado dice que ya no puede atar el extremo del hilo al fresno del mundo (símbolo de la existencia; recuérdese el cap. III), porque se ha secado y ya no existe. «¿Sabes, hermana, cómo sucedió?-dice arrojando el hilo á la segunda parca. Y ésta sigue la narración: un héroe rompió la lanza de Wotan, y aquel día se secó el árbol; el Dios mandó entonces á los héroes del Walhalla para que cortasen las ramas del fresno, y éste se vino al suelo; ¿qué sucederá?». La tercera norna, á su vez, canta que Wotan ha hecho amontonar los pedazos del tronco alrededor del Walhalla; si acaso arden, llegó el fin para siempre.

La orquesta resume con magnífica precisión todos los temas que se relacionan con los hechos anteriores evocados por las nornas; uniéndose á las palabras de las sombrías hilanderas, hace revivir ante nosotros, con singular expresión, el poder de los dioses [9], el dominio que la lanza de Wotan ejerció en el mundo [63], el fin que á aquéllos amenaza [28]: todos los temas, en suma, que sintetizan las capitales situaciones de la tragedia.

La música va creciendo en movimientos sobresaltados; los cantos de las misteriosas mujeres, traen los recuerdos del castigo de Brunhilda y el fuego encantado, del robo del oro del Rhin, y de la maldición que acompaña al funesto anillo forjado con aquél. Las parcas hilan, apresurándose: no saben si viene el día y han de terminar su misión, ó si aquel resplandor que se ve á lo lejos es el fuego de Loge. Wotan -dicen- hundióse trozos de su lanza en el pecho, y de él broto fuego devorador que arrojó el dios sobre el fresno del mundo: «¿qué sucederá?» Cada vez es más difícil hilar el hilo, pues se enreda y se retuerce; la parca del Pasado no acierta á ver en lo que fué; la del Presente advierte que las asperezas de la piedra muerden su labor; el tejido se enreda, «lo roe envidioso el anillo del Nibelungo: la maldicion destroza las hebras»; la norna del Porvenir no alcanza á atar el extremo... ¡¡el hilo se ha roto!!... Y en la orquesta aparece, siniestramente poderosa, la terrible maldición del Nibelungo [26], causa de tantas catástrofes como han ocurrido entre los dioses y entre los héroes.

Las tres nornas se agrupan en el centro de la escena ciñéndose con los trozos del hilo, y cantan lúgubremente: «¡Concluyó el eterno saber! ¡Ya no podemos anunciar nada al mundo! ¡Bajemos á Erda, bajemos con nuestra madre!» Diciendo esto, húndense en la tierra.

La impresión que produce la anterior escena es indescriptible. Todo cuanto de fatal y misteriosamente trágico ofrece la Tetralogía, nos la revela esta visión del Destino. La Tragedia reina aquí en todo su esplendor, no sólo recordando el pasado, sino anticipando para lo porvenir el profundo significado de la maldición del Prólogo. En efecto; las Nornas, hilando el hilo de la vida, han encontrado al final una maldición que lo ha roto; al propio tiempo, nos advierten que el crepúsulo de los dioses está comenzando. Estamos, pues, en el principio del fin.

Pero hay más: independientemente del efecto teatral de este momento, Wagner ha demostrado su talento escénico haciendo comenzar así el último drama. Todos los acontecimientos posteriores quedan íntimamente unidos á la acción primordial, y por más que no volvamos á ver ya ni á Wotan ni á los dioses, sentimos, no obstante, que sobre todo cuanto ocurra pesa la fatalidad de la maldición. La música lo traduce á maravilla: las últimas palabras de la tercera Norna aparecen como acentuadas por una verdadera lucha de temas en la que á los recuerdos del anillo [7] y de la amenazadora rabia del Nibelungo [322], se oponen los motivos de la espada [31] y Siegfried [50] (representando la fuerza noble contra el egoísmo), oyéndose á continuación del estridente acorde que «subraya» el rompimiento del hilo, el tema de la maldición. Conociendo el significado de esta música, la situación adquiere un interés altamente sugestivo.

***

Pero he aquí que parecemos despertar de un sueño tenebroso. La escena se transforma. A las tormentosas armonías anteriores sucede una calma profunda; la luz del alba disipa la obscuridad; nace el día, y con él adquiere la música transparencia y vida, como si se la dieran los temas de la juventud y del amor (Siegfried y Brunhilda) que ahora se escuchan. El motivo de Siegfried lo reconocemos fácilmente, es el toque de su bocina de caza, la llamada del niño, que recorría alegre y descuidado los bosques [56], tema que ahora se presenta pianísimo, pero que luego adquirirá (por una leve alteración del ritmo) acentos viriles y poderosos, formados por vibrantes acordes de extraordinaria fuerza y brillantez; el adolescente se ha hecho ya hombre [80].

 

Y así como los amores del héroe y la walkyria van siempre juntos, así al tema precedente se une un suspiro dulcísimo, tierno, íntimo: es el amor de Brunhilda, ingenuo y puro; el sentimiento de la mujer sometida al dueño de su corazón [81].


La sinfonía adquiere prodigioso desenvolvimiento, combinando estos temas, y por fin sale majestuoso el sol, al propio tiempo que la orquesta lanza al viento las valientes notas del héroe y la walkyria [8042], y los dos amantes salen de la gruta. El momento es grandioso: la salida del sol, coincidiendo con la fulgurante frase orquestal, dan á la aparición de Siegfried significativo carácter; en efecto, ¿no es él, en cierto modo, personificación del sol? Como Hércules y como Apolo, ¿no parece que cuando despierta lleva la vida y la alegría al mundo, mientras que reinan la calma y la obscuridad cuando sus ojos se cierran?

Siegfried se presenta con las armas de Brunhilda y ésta conduciendo de la brida al fiel Grane. El héroe va á partir en busca de empresas heroicas para depositar sus victorias á los pies de su amada como ofrenda de amor. Los dos jóvenes cambian ardientes juramentos, que se traducen en una melodía exaltada como su pasión. [82].

 

Brunhilda ha comunicado á Siegfried toda su sabiduría; ya no posee más que amor. En cambio el joven ha aprendido también lo esencial de su vida; sin el amor no vale la pena el vivir. (3)

La música se anima, apasionada y sentimental. «Acuérdate de la mujer á quien despertaste -dice Brunhilda-; acuérdate del juramento que nos une, y viviré siempre en tu corazón». Palabras que acompaña el sublime himno de redención [72]. Después, el héroe, como prenda de amor, entrega á su amada el anillo de Fafner; todo el poder que pueda encerrar lo da á Brunhilda á cambio de su amor y de la felicidad. En la orquesta se escucha una sucesión de recuerdos interesantísimos: la lucha con Fafner, el tema heroico de Siegfried, el del anillo maldito y, por fin, cuando Brunhilda ciñe el anillo, se oye los temas de las hijas del Rhin y del Oro que custodiaban, cual si la música nos advirtiera que, á pesar de las vicisitudes por que pasa el anillo, sólo á las ondinas pertenece.

Desde este momento la orquesta exalta más y más sus acentos, hasta convertirse en vivísimo final, que pone término á las ardientes frases de despedida de los jóvenes, entre los que descuella un motivo impetuoso: [83].

 

frase que recuerda también la marcha del joven en busca de libertad y nuevos horizontes (acto I de Siegfried) cuando estaba bajo la tutela del nibelungo Mime. Siegfried se aleja, y Brunhilda queda siguiéndole con los ojos hasta perderle de vista. Esta escena muda tiene una realización musical por demás poética; á lo lejos se escucha, cada vez más distante, el son de la bocina de Siegfried, mientras que la orquesta suspira el eco del amor de Brunhilda; un movimiento de ésta indica que ha vuelto á ver á su amado, que ya va por el valle; al último adiós lo acompaña una hermosa frase, apasionada y triste al mismo tiempo, acorde extraño que parece advertir algo fatal que se cierne sobre aquellos confiados amores.

El telón se corre rápidamente y la música sigue dejando oir con movimiento, siempre más animado, el tema de Siegfried [56]. Con este intermedio pasamos sin interrupción al

ACTO PRIMERO

Esta transición musical es una página brillantísima. Los conciertos la han popularizado con el nombre de «Viaje de Siegfried al Rhin». En realidad, no es un trozo simplemente descriptivo, sino una interesantísima asociación de ideas qué sugiere la marcha del héroe hacia la región del Rhin en busca de aventuras.

El movimiento orquestal se acentúa con desbordante alegría, recordando los temas del héroe y de su amor [57 y 83]; las notas del fuego, que tienen aquí singular vida nos hacen representar la imagen gozosa del intrépido joven á través del fuego; viene después un período formado por el tema de la Naturaleza, el tema primitivo del Rhin [1], expuesto con sonoridades poderosas, que aumentan hasta destacarse con fortísima energía el motivo del fin de los dioses [28]. Escúchase luego el tema de las hijas del Rhin, que llora por el oro [6 y 5], apagándose por fin esta serie de recuerdos (verdadera historia, en música, de los primeros hechos que originaron las catástrofes de la Tetralogía) con el tema sinuoso del anillo maldito [78], por el que renunció al amor [8 b.] la terrible ansia del poder del Nibelungo [22].

La música toma un carácter caballeresco; con esa precisión típica que sabe encontrar Wagner, nos presenta ahora el aspecto del medio en que va á desenvolverse la acción: es un tema reposado y grave.[84]


Córrese el telón y aparece la mansión señorial de los Gibichungen, á orillas del Rhin. Representa la escena el atrio del palacio; por la gran puerta del fondo se ve un vasto paisaje con altas rocas, que llegan hasta el Rhin, que se divisa en el fondo.

Alrededor de una mesa están Gunther, el señor de los Gibichungen, su hermana Gutruna y Hagen, hijo del nibelungo Alberich (4) (el que maldijo el amor y el anillo) y hermano uterino de Gunther, cuya madre se entregó al gnomo por sed de riquezas; así ha nacido este siniestro remedo de Siegfried, heredando todo el odio y la perfidia, toda la inextinguible ansia de riquezas y de poder del tenebroso enano enemigo de los dioses. Si Gunther es poderoso y fuerte, Hagen es sabio, pues le inspira el espíritu de Alberich; sus consejos siempre son engañadores, y aprovecha para darlos las debilidades de los demás: «Tenéis riquezas-dice á los hermanos-, pero os veo, á ti, Gunther, sin mujer, y á ti, Gutruna, sin esposo». Entonces empieza la maldad á tender sus redes. Hagen sabe para su hermanastro la mujer más hermosa, Brunhilda, que está en la cumbre de un monte rodeada de llamas; y para Gutruna, Siegfried, el héroe más esforzado, vencedor del dragón y dueño del anillo que da el dominio del mundo. El diálogo se anima, recordando la orquesta todos los hechos á que se refiere el hijo del Nibelungo, subrayando significativamente sus palabras; en los pechos de Gunther y de su hermana se despierta la ambición, cuando Gutruna pregunta tímidamente: «¿Qué hizo ese héroe para ser aclamado como el más valiente?» Se oye una anticipación del tema que acompaña á la seducción de amor que más tarde ejercerá la mujer sobre Siegfried:[85]


Hagen indica la manera de conseguir la felicidad que falta á los hermanos. Si Gutruna hace que Siegfried la ame, entonces el héroe (único que podría pasar á través de las llamas) conquistaría á Brunhilda para Gunther; para conseguir esto, basta con que beba Siegfried la bebida de amor, el hechizo de olvido que guarda Gutruna. A estas palabras se oye un tema característico que más adelante reaparecerá en su forma completa:[86]


el motivo del misterioso filtro, que tiene cierto parentesco con el del casco encantado de Alberich [20]. El plan maléfico es aprobado por los hermanos (5) y sólo falta que se acerque el héroe por aquellas tierras, para ponerlo en práctica.

Mas he aquí que se oye lejano el son de una bocina. Es el toque conocido de Siegfried ¡Cuánta animacion despierta en la música esta vibrante llamada! A las notas siniestras de Hagen, suceden alegres ecos: escúchase cada vez más próximo el toque heroico, mientras que en la orquesta parece adivinarse la llegada de Siegfried. Combinado con el motivo del héroe [80] aparece el del Rhin [6], como indicando que por allí viene el esperado guerrero, con el anillo tan ansiado por Hagen [7]; éste y los dos hermanos escuchan el toque que se acerca, y Hagen se dirige hacia la orilla del río para ver quién viene: Es un guerrero que rema con extraordinaria fuerza contra la corriente; no puede ser otro que Siegfried: «¡Eh!- dice formando bocina con las manos- á donde vas héroe?- Te ofrezco la hospitalidad en nombre de Gunther!» Y vese á Siegfried que atraca con su lancha á la orilla mientras Hagen la amarra sólidamente; la música alcanza en este momento su mayor animación, y entre las sonoridades orquestales, se levanta poderosa y terrible la salutación de Hagen: «¡Salud, Siegfried, noble héroe!» precisamente con las notas de la maldición del Nibelungo al anillo y quien lo posea [26].

Nada tan magníficamente dramático como esta maldición que recibe el animoso héroe al entrar en casa de Gunther. La música, con su admirable expresión, nos sintetiza el drama en un solo rasgo, al verse por primera vez, frente á frente, el hijo de la luz y el hijo de la noche, el descendiente de Wotan y el descendiente del Nibelungo: Siegfried y Hagen.

En pie, junto á la barca, y teniendo el caballo de la brida, permanece Siegfried, arrogante, mientras se escucha el motivo caballeresco y heroico del hijo de los wœlsas [50]. Gutruna le contempla gozosa, y Gunther se dirige hacia él saludándole amistosamente. Cuando el héroe entra en la sala la mujer se oculta en su estancia.

Entonces comienza la interesante escena, en la que los personajes, sus diálogos y sus actos, hacen revivir ante nosotros la vida de los antiguos guerreros germánicos, con su rudeza y vigor. Es un cuadro característico. La música tiene aires marciales y viriles, de indecible efecto.

«¿Cómo sabéis mi nombre?», dice Siegfried, quien no puede corresponder á los ofrecimientos de Gunther con bienes ni vasallos, pues sólo posee su acero y su persona, que pone á disposición del guerrero. Pero la maldad de Hagen contesta haciendo que el diálogo recaiga sobre lo que le conviene; conoce el nombre del héroe, por su fama de vencedor del dragón que le ha hecho dueño del tesoro de los Nibelungos. ¿El tesoro? Siegfried ya no pensaba en él; tan poco caso le hizo. Sólo guardó el casco, que lleva á la cintura. Entonces Hagen explica las virtudes del tesoro, y pregunta si además se llevó Siegfried el anillo. «Lo entregué á una mujer divina», responde éste, y el malvado hijo del Nibelungo sabe así que Brunhilda es quien guarda el ansiado talismán.

El anterior diálogo ofrece un trabajo orquestal interesantísimo, en el cual se suceden los temas ya conocidos del dragón [24], los nibelungos, [19], el casco encantado [20], el anillo maldito [7] y otras notables modificaciones del tema de los Gibichungen [84].

Hagen ha ido en busca de Gutruna, la cual llevando un vaso de cuerno que contiene el brebaje mágico, y dice, ofreciéndolo á Siegfried: «Te doy el licor de la hospitalidad»; mientras la música indica el tema del encanto de Gutruna [84] y el del filtro [85], unidos á una fórmula nueva, insinuante como la asechanza amorosa de la mujer.[87]

El héroe bebe, dedicando su recuerdo á Brunhilda (tenue reminiscencia musical de las frases de amor [75 y 72] é inmediatamente después sus ojos se fijan en Gutruna, herido por repentina pasión (6).

La traición de Siegfried nos hace ver los efectos del mal, deslizándose insidiosamente entre la vida de los espíritus nobles y confiados. Desde que Siegfried se entregó á Brunhilda, vive siempre en su amor, vive desprevenido contra las traiciones que le acechan; «por Brunhilda solamente-dice Jules Fresson—permanece á la altura de lo ideal y es fuerte; pero cuando la abandona, sucumbe á los instintos vulgares y á la ilusión de los sentidos... Dominado por el encanto de la hermosa Gutruna, el héroe parece sufrir, en cierto modo, la influencia de un poder misterioso análogo al que ejerce el hipnotismo sobre las naturalezas sensibles, promoviendo así el olvido de los acontecimientos pasados, aniquilando la voluntad individual ó sometiéndola á otra voluntad.»

Siegfried no puede resistir á su naciente pasión; cuando Gunther le habla de la existencia de Brunhilda en la roca rodeada de llamas, aquél no se acuerda ya de la walkyria: alcanzará á Brunhilda para Gunther valiéndose del casco mágico, si el guerrero le da Gutruna por esposa. Este diálogo trae consigo los temas que se refieren á los acontecimientos aludidos por los personajes.

Para que tenga su eficacia tanto ofrecimiento, se cambia entre Siegfried y Gunther el juramento de fidelidad á la usanza de los antiguos germanos. Es un momento interesante: Hagen llena de vino un cuerno, y los dos guerreros se hacen con sus espadas sendas cortaduras en el brazo, dejando caer la sangre en el vino; la orquesta deja oír el tema de la maldición del Nibelungo (como indicando que todo aquello es la obra siniestra del enano) y un curioso recuerdo del pacto [10]. Los héroes sumergen á la vez dos de sus dedos en el vino, y pronuncian su juramento de fraternidad: «Si rompe alguno el juramento, lo que hoy en gotas bebimos, salga á torrentes del pecho del traidor.» En la orquesta se escuchan juntos los temas de Siegfried y Gunther, y luego una frase sobre las palabras: «si alguno es traidor al juramento»:[88que parece un fatal presagio. En efecto, ¿no está Siegfried violando el pacto, aunque «inconscientemente?» ¿No está pidiendo para esposa una mujer que no es la que adoró?

A los ecos de la maldición [26] beben los que acaban de jurarse fidelidad, y Hagen (que se ha alejado un poco) rompe después el vaso con su espada. «¿Por qué no tomaste parte en el juramento?»-le pregunta Siegfried-; á lo que contesta: «Mi sangre no es pura como la vuestra; es áspera y fría, incapaz de colorearme las mejillas.» Y se escucha el ritmo de los nibelungos [19] y una reminiscencia melancólica de la juventud de Freia [18], juntamente con el tema del anillo, como indicando que el ansia de los nibelungos nunca les permitió gozar las dichas de la juventud del amor. ¡Poético detalle!

Siegfried no puede esperar; sin pérdida de tiempo ha de conquistar la esposa para Gunther, y obtener á Gutruna: es preciso partir al momento. Los dos guerreros toman sus armas y se dirigen á la barca, en donde suben, viéndose á Siegfried que rema vigorosamente hasta ocultarse á la vista. Gutruna, á los últimos ecos del tema de su amor, entra en su estancia, y Hagen queda á la puerta del atrio, acechando siempre y esperando que se cumplan sus maquinaciones: el héroe que entregue su propia esposa á Gunther, le traerá el anillo: «Id, hombres libres-dice-; aunque os parezca despreciable el hijo del Nibelungo, á él sólo serviréis.» Y como sombrío comentario que traduce los pensamientos del personaje, se escuchan los temas del anillo [7], de la desesperada rabia de los nibelungos [25], del oro del Rhin [5], etcétera, y dominándolos á todos una sucesión áspera de notas ya conocidas: es el motivo que expresó el despecho, el odio implacable del Nibelungo Alberich, [4 y 22], que ha heredado Hagen.

***

Una gran cortina cae y oculta la escena. Un intermedio sinfónico, en el que se escuchan todos los motivos precedentes (como reconstituyendo las escenas pasadas), nos presenta, en marcado contraste, la inversión del «viaje de Siegfried al Rhin» En vez de los sones alegres de la libertad y la confianza, aparecen ahora los motivos del héroe combinados en el tema sinuoso del anillo, el del pacto [11] (como aludiendo al que lleva á Gunther y Siegfried á la empresa que aventuran), el del odio de Hagen [4] (alma siniestra de los acontecimientos); luego ofrece la orquesta, en significativo conjunto, la maldición del Nibelungo [26] unida al amor de Brunhilda [81], y surge, finalmente, un recuerdo expresivo de la renuncia al amor [8. b]. Así, en unas cuantas notas, la música sintetiza la acción del drama y hace presentir que la ausencia de amor todavía existe en el mundo para causar males y víctimas.

A los últimos acordes del saludo de Brunhilda al sol [74], se levanta la cortina y aparece otra vez la cumbre de las walkyrias.

Brunhilda está á la entrada de la gruta, mirando pensativa el anillo de Siegfried; y obedeciendo á sus dulces recuerdos, que la orquesta expresa con delicadísimas reminiscencias del tema de amor [77], cubre de besos la prenda adorada.

En el fondo, á lo lejos, parece escucharse un rumor que se acerca. Un relámpago rasga las nubes y la música deja oir con creciente animación los característicos sones de las walkyrias, su rápida carrera y su grito selvático.

En efecto, del pinar sale precipitadamente Waltrauta, una de las hermanas de Brunhilda.

La escena que sigue ofrece gran interés dramático y musical. La walkyria no hace caso de las demostraciones de contento que hace Brunhilda y la explica la causa de su angustiosa visita. Desde que Wotan abandonó á su hija, ha viajado inquieto por la tierra; un día regresó al Walhalla con su lanza rota, hizo derribar el fresno del mundo y amontonar los troncos alrededor de la celestial mansión; desde entonces, silencioso é inmóvil, preside á los dioses y los héroes; por dos veces mandó á sus cuervos mensajeros por noticias y no ha vuelto á sonreir más; las walkyrias permanecen suplicantes á sus pies, sin que el dios, indiferente, fije en ellas sus miradas: «A su pecho -dice Waltrauta-me abracé llorando, y levantó los ojos, pensó en ti, exhaló un hondo suspiro y volvió á cerrarlos, diciendo como en sueños: «Si devolviese el anillo á las hijas del Rhin, los dioses y el mundo quedarían libres de la maldición.»

Brunhilda no comprende el alcance de aquella revelación; no pertenece ya á la raza de los dioses: ¿Qué pretenden de ella? Y Waltrauta le pide que entregue el anillo á las ondinas. ¡Entregar el anillo! ¡La prenda de Siegfried! ¡El símbolo del amor, única cosa que ha impulsado á Brunhilda! Renunciar al anillo es renunciar á Siegfried; ¡Perezca el Walhalla y el mundo entero antes que renunciar al amor!

¡Cuán grande aparece la figura de la heroína, con su ardiente amor, contrastando con las ansías de ambición que hemos presenciado en el drama, originando catástrofes y males sin cuento! Wagner mismo nos da la mejor explicación de la escena en una carta á su amigo Rœckel:

«¿No recuerdas que Brunhilda se ha separado de Wotan y de los dioses por obedecer al amor, porque (cuando Wotan combinaba sus planes) amaba? Desde que Siegfried la ha despertado, no tiene más sabíduría que el amor. Y, justamente, el símbolo de este último (una vez Siegfried separado de ella) es el anillo... Brunhilda sólo sabe ya que renunció á su divinidad por obedecer al amor. Pero sabe también que esto es la única cosa divina; perezca, pues, el esplendor del Walhalla, porque ella no sacrificará el anillo (el amor). Ahora pregunto: ¿Cuán miserable, avara y vulgar no aparecería Bunhilda si se negara á ceder el anillo porque supiera (tal vez por Siegfried) el encanto que éste tiene; porque hubiese conocido el poder del oro? He aquí un sentimiento que no puedes, ciertamente, suponer en esta mujer admirable.

Si, por el contrario, sientes un estremecimiento al ver que Brunhilda guarda preciosamente el símbolo del amor en ese anillo maldito, entonces compartirás mis sentimientos, reconociendo el poder de la maldición del Nibelungo en lo que ésta tiene de más terrible y de más trágico. Entonces también comprenderás la necesidad de todo el último drama: la muerte de Siegfried; era lo que nos faltaba para ver todos los desastres causados por el oro.»

Musicalmente la escena anterior es un prodigio de expresión y de vida; la partitura aparece llena de indicaciones de aceleración ó retardo del movimiento, de matices y efectos, de modo que cada frase tiene su carácter peculiar; el conjunto es de una flexibilidad admirable. El relato de Waltrauta constituye una evocación musical de todas las escenas de Wotan; el Walhalla, el sombrío desaliento del dios, el crepúsculo que amenaza el anillo, la maldición de Alberich y otros mil detalles á cual más sugestivos. ¡Cuán melancólico se escucha, por ejemplo, el tema de la juventud de Freia [14], cuando la walkyria dice que su padre ya no prueba las manzanas de oro del jardín de la diosa! ¡ Qué dulcemente suena el adiós de Wotan [55], cuando alude al recuerdo de Brunhilda en la mente de aquél! ¡Cómo surgen, con triste carácter, al despedir Brunhilda á suhermana, las notas implacables de la maldición del anillo y del amor! [268] (7).

Waltrauta se aleja desesperada, exclamando: «¡Desgraciada de ti! ¡Desgraciados los dioses!» Y se la ve correr sobre una nube de tempestad, acompañada de los relámpagos y el huracán.

Brunhilda queda sola; va cerrando la noche, y en el fondo vuelve á verse el misterioso resplandor del prólogo; las llamas que rodean la montaña se avivan y suben á la escena, oyéndose entonces el toque de Siegfried, que se acerca. La joven corre gozosa á esperar á su amado, que aparece entre las llamas. Pero ¿qué espantosa visión es ésta? ¡Horror inmenso, confusión horrible! ¡Brunhilda cree soñar!

De pie sobre las rocas aparece un extraño, un guerrero, cuya cabeza oculta un casco. Es Siegfried, que aparece con el yelmo mágico y bajo la figura de Gunther. Unos acordes estridentes marcan este momento, á los cuales suceden las notas misteriosas del casco encantado [20], deteniéndose en larga pausa, que traduce todo el estupor de este momento.

La escena que sigue, aunque breve, es violenta, trágica por demás, y grande la impresión que produce. La voz de Siegfried suena ronca, desconocida; Brunhilda se ve desamparada; comprende ahora su miserable condición de débil mujer, y ve lo horrible de su castigo, ¡ella, que no había hecho sino dar gracias á Wotan porque hasta entonces su castigo no consistía sino en la felicidad suprema del amor! Imposible describir todo lo horrible, todo lo «demoniaco» de esta escena, como dice el mismo Wagner, quien añade: «A través del fuego que solamente Siegfried podía franquear (Brunhilda lo sabe y lo ha visto) llega otro sin dificultad hasta allí; todo cae y se aniquila ante Brunhilda; todo se desploma ante ella; se ve dominada después de una lucha horrorosa, «abandonada de Dios». Y, además, es Siegfried mismo quien la ordena ser de otro, Siegfried, á quien casi reconoce en el brillo de su mirada, y á pesar de su disfraz, lo cual aumenta la turbación de Brunhilda».

Entre las violencias y el «estupor» de la orquesta se destaca un nuevo motivo, que ya se inició en Siegfried (escena del acto II, entre Alberich, y el Viajero). Es el siniestro motivo de la «venganza»,[89]


del odio terrible del Nibelungo, quien procurará infiltrarlo en todos contra quien posea su anillo (8). Con frecuencia reaparecerá este motivo unido á las notas rencorosas del Nibelungo (como aparece en el ejemplo transcrito), indicando bien claramente quién sea el origen de tanto mal.

Los momentos son rápidos y terribles; en vano resistirá Brunhilda y tratará de huir; Siegfried la agarra brutalmente, después de una lucha desesperada, y le arrebata el anillo que la joven le oponía como talismán protector, escuchándose entonces en la orquesta, una vez más, la maldición de Alberich con su implacable significado.

Brunhilda va á desplomarse desfallecida, sosteniéndola Siegfried en sus brazos; en este momento, cruzánse sus miradas y la música «llora» una delicadísima reminiscencia de las frases de amor que cambiaron los amantes, cuando sus ojos se miraban noblemente con pasión sublime [78 y 81]. ¡Cómo puede ya defenderse una mísera mujer! Siegfried le hace entrar con imperioso gesto en la gruta; luego desnuda su acero, diciendo con su voz natural: «Ahora, Nothung, se testigo de que respeté á la mujer, guardando fidelidad al hermano», y sigue á Brunhilda.

El telón se cierra, mientras la orquesta, en un rápido final, deja oir dolorosamente modificado el recuerdo del amor de Brunhilda [81], el tema del filtro mágico [85] que hace á Siegfried invencible á la mirada de Brunhilda, y por último, como cerrando vigorosamente el momento escénico, el motivo del casco encantado [20], en virtud del cual se ha desfigurado el héroe para cometer inconscientemente su cruel traición.

ACTO II

Un preludio estridente y áspero en sus acordes, da comienzo á este acto: las notas sobresaltadas (síncopas) de la ira del Nibelungo [25], indican claramente que la tenebrosa labor del mal no descansa.

Al aparecer la escena, se ve el exterior del palacio de Gunther. A la izquierda corre el Rhin entre grandes rocas; sobre tres de ellas hay altares consagrados, uno á Freia, á Fricka otro, y el más elevado, á Wotan (9). El cuadro respira la grandeza ruda y primitiva de los antiguos germanos. Es de noche.

En el pórtico del palacio, con su lanza y su escudo, Hagen descansa cual si estuviese dormido, pero con los ojos abiertos como un sonámbulo. Su conciencia nunca cesa de tramar los siniestros planes; Wagner ha realizado aquí otro rasgo de genio en esta escena original: como si fuera la personificación de aquella conciencia, hace aparecer la figura de Alberich inspirando en sueños á su hijo. Efectivamente, de improviso, un rayo de luna proyecta su claridad sobre el guerrero, viéndose entonces al gnomo que está delante de éste sentado, encogido y con los brazos apoyados en las rodillas. El diálogo se desenvuelve entre los temas que se refieren á las ansias de poder que despierta el anillo, violentos y agitados cuando habla el enano, en calma siniestra cuando Hagen contesta como en sueños. ¿Duermes, hijo mío? ¿Me oyes? -pregunta la siniestra visión-; Wotan fué vencido por su propia raza, por Siegfried; éste es el dueño del mundo; si acaso llega á hacer uso del inmenso poder que el anillo tiene..., «dirige á el tus ansias...; te eduqué para que pudieses alimentar en tu pecho el odio implacable; con él lograrás vengarme... ¿Me lo juras, Hagen, hijo mío?»-«A mí mismo me lo juro»-dice Hagen. La obscuridad empieza á cubrir á los dos personajes, al propio tiempo que empieza á amanecer por la parte del Rhin. «Sé fiel, Hagen, héroe querido-dice la voz del Nibelungo, cuya sombra se desvanece-. ¡Se fiel! ¡Se fiel!»; y en la orquesta se scucha la maldición [26] fatal, y las dos notas cromáticas del odio del enemigo del amor [3], que desde ahora se presentan cada vez con mayores acentos de amenaza y maldad.

El día crece, á la par que las armonías de la orquesta van siendo más diáfanas, como la luz que todo lo invade y lo alegra. Siegfried aparece de pronto, en su figura natural, aunque llevando todavía el casco encantado: al entrar en la cueva se lo quita, colgándosele á la cintura. A las preguntas de Hagen responde impaciente; su deseo es ver á Gutruna, que sale en aquel momento. El héroe entregó á Gunther la mujer conquistaday se adelanta para anunciarlo: por el Rhin vienen los desposados.

Siegfried y Gutruna entran en el palacio para prevenir á los habitantes y recibir á la nueva esposa; Hagen, á su vez, sube á unas elevadas rocas y vuelto hacia la llanura lanza al aire la llamada de guerra con su bocina hecha de un gran cuerno de toro. Al ronco son, contestan otros por diferentes sitios: el mismo tema del Nibelungo, es el llamamiento del guerrero: «¡Hola! ¡Vasallos! ¡A las armas! ¡Acudid todos!»:[90]

Produce extraña impresión este grito de alarma para reunir á los vasallos á las bodas; es un rasgo que completa el tipo de Hagen.

Pocas páginas registra la historia del teatro tan llenas de vida como ésta. De las cumbres y del llano acuden precipitadamente los hombres, los cuernos de guerra repercuten por todas partes sus ecos; cada vez en mayor número van viniendo vasallos que se llaman y se buscan, se interrogan, en animadísimo conjunto. Es este el único momento de la Tetralogía en que se ve un conjunto de voces numerosas, pero, ¡cuán diferentes de los vulgares coros de ópera! Las voces se expresan según el propio sentimiento de cada individuo, con una polifonía y una independencia asombrosas: son exclamaciones, frases sueltas, la imagen fiel de una junta de guerreros en conmoción por el llamamiento de alarma. ¡Y qué acentos viriles heroicos tiene la orquesta! ¡Qué gallardía, cuán noble fiereza en esta incomparable sinfonía! El cuadro es pintoresco por demás, indescriptible en su colorido brillante, en su vida comunicativa y poderosa. Imposible analizar el desarrollo orquestal, en donde aparecen con sin igual maestría todos los temas de Hagen y de Gunthter, en colosalcrescendo, que termina con la franca explosión de familiar alegría entre aquellos rudos guerreros. En efecto, Hagen les advierte que no es para la lucha para lo que han sido llamados, sino para festejar las bodas de su señor; á las preguntas de los vasallos responde Hagen diciéndoles que sacrifiquen á los dioses: los mejores bueyes á Wotan, un jabalí á Froh, un chivo á Donner y ovejas á Fricka; después reinará la alegría y beberán hidromiel hasta que venza la embriaguez; ¡todo en honor de los dioses y para que concedan á los novios feliz unión!

En esta escena aparece un tema nuevo, de aspecto heroico y brillante: es el júbilo de las bodas, especie de himno nupcial de los guerreros, saludo de alegría, que en su forma completa se presenta así (10):[91]

En tanto, los hombres corren por las alturas para ver á los que llegan; otros bajan á la orilla del río á esperarlos, la animación es indescriptible, y entre vítores y un hermosísimo marcial saludo de los guerreros, desembarcan Gunther y Brunhilda; satisfecho el primero y desfallecida la segunda.

Los vasallos chocan sus armas aclamando á los esposos, en un cuadro que respira todo el carácter de los tiempos heroicos.

Tal es la escena incomparable en donde el arte teatral de Wagner se presenta con inusitado esplendor, haciendo revivir ante nuestros ojos la vida poderosa de las edades primitivas.

Pero pronto recobrará sus derechos el drama. Gunther conduce á Brunhilda hacia el palacio del cual salen Siegfried y Gutruna, y Brunhilda ve á su héroe, quedando como petrificada de estupor; en la orquesta se escucha el sombrío tema le la venganza [89]. Presa de la más espantosa confusión, ve la joven á Siegfried con otra mujer y en vano le pregunta si conoce á la que le habla: él, ¡su esposo!, le dice que va á casarse con Gutruna. Todos los circunstantes están atentos á aquella inesperada peripecia, cuando, de pronto, lanza Brunhilda un grito angustiado de sorpresa: ¡El anillo brilla en la mano de Siegfried! ¡Él ha sido quien la venció!, y ¡qué otro héroe podría atravesar las llamas y dominar á la hija de los dioses! Gunther confiesa que no ha entregado ningún anillo á Siegfried, quien á su vez, dice luchando con anteriores y confusos pensamientos:... «recuerdo que este anillo lo gané al dragón, y no sé cómo volví á obtenerlo de una mujer».

La desesperación de Brunhilda en estos momentos no reconoce límites; su furia de mujer engañada, su amor escarnecido, se expresan en terribles lamentos; la escena es grandiosa en su fuerza dramática; la orquesta desencadena sus furores, y la impresión de lo trágico sobrecoge el ánimo. La música acentúa con acerbos tonos las ideas de la venganza, del anillo y de la maldición, combinadas magistralmente con otras de Siegfried y del filtro mágico.

Brunhilda, con soberbio arranque, acusa á Siegfried dé haber sido él quien la conquistó; ¿traidor á ella, traidor á Gunther?; y estas palabras aumentan la confusión de los circunstantes. Hagen presenta una lanza á Siegfried, quien apoya dos dedos sobre ella, y jura (á los ecos sombríos de la venganza [89]) que respetó á Brunhilda. Pero la fiereza de la mujer se despierta soberana, hermosa, imponente; abriéndose paso con violencia entre los guerreros, separa Brunhilda de la lanza la mano de Siegrried, y, á su vez, con las mismas frases del juramento pronuncia el suyo: «¡Apoya, arma sagrada mi juramento!... Consagro tu furor para que aniqule á ese hombre; conjuro tu filo á que le hiera porque es perjuro!»

Mas Siegfried, que obra inconscientemente, se dirige á Gunther y á los guerreros: «Dejadle-dice-que sosiegue la selvática mujer de las rocas. Me parece-añade por lo bajo á Gunther- que el yelmo no me cubrió del todo bien; pero pronto se apaciguará su furor... ¡Ea!-grita a todos-; seguidme al banquete! ¡Reine la alegría, y, puesto que el amor alegra mi ánimo, iguáleme, si puede, el más dichoso!» Y abrazando á Gutruna, penetra en el palacio seguido de las mujeres y de los guerreros, entre los brillantes sones de las bodas.

***

En la escena quedan solos Brunhilda, Gunther y Hagen. El hombre siniestro va á concluir su obra maldita. A los terribles ímpetus anteriores suceden los sombríos acentos del mal, que se desliza entre las obscuridades del alma para asegurar mejor su presa, como nos advierte la orquesta presentando constantemente combinados los motivos de Hagen, su venganza, el odio de los nibelungos y la maldición del anillo.

Brunhilda permanece atormentada por su engaño, por su dolor, por sus celos. Gunther, por su vergonzosa humillación.

Los momentos son admirables; sobre esta escena pesa con todo su poder la maldición del Nibelungo, y Brunhilda, ¡la mujer todo amor!, llega én su horrenda desesperación á desear la muerte de Siegfried.

El rasgo de genio es grandioso: la Fatalidad de toda la Tetralogía se presenta aquí de nuevo; la ausencia de amor ha penetrado también en el corazón sublime de Brunhilda, ofuscando sus sentimientos el amor de mujer herido por la traición; ¡rasgo profundamente humano y de una poesía inmensa!

Entre las notas estridentes de la venganza y del odio, ¡cómo se escuchan los últimos recuerdos de los amores de Brunhilda, que se desvanecen y se deshacen rotos por el desencadenamiento de las pasiones! ¡Cómo se oye el tema valiente de Siegfried cuando Brunhilda dice á Hagen con desprecio: «¿Vengarme tú? ¡Una sola mirada de sus ojos te aniquilaría!»

Por fin vence la insidia de Hagen. «Siegfried sólo puede ser herido por la espalda-añade la joven-; ¡pero quién podrá vencerle si á nadie volvió el rostro!» Mas el hijo del Nibelungo asegura el castigo; mañana en la cacería se verá. Los tres personajes invocan la venganza de los dioses sobre el perjuro: Brunhilda y Gunther imploran á Wotan; Hagen á Alberich. El efecto de esta triple imprecación es enorme.

De pronto se escuchan, en rudo contraste, exclamaciones de júbilo. Del palacio sale el cortejo nupcial; los niños y la muchachas se adornan con guirnaldas de flores; Siegfried es elevado por sus vasallos sobre un escudo; la animación de este cuadro es grandísima; por las rocas se ven hombres y mujeres que conducen á los altares las bestias destinadas al sacrificio, y suenan por todas partes los alegres cuernos que repiten el toque de las bodas. Las mujeres y Gutruna rodean amistosamente á Brunhilda, que las rechaza con viveza; pero Hagen la detiene, Gunther la coge por la mano y se unen al cortejo. Hagen queda solo. La orquesta lanza brillantemente sus más radiantes ecos, y cae el telón, oyéndose por última vez, con grandísima fuerza, la frase de la venganza del hijo del Nibelungo, como cerniéndose con su implacable significado sobre la alegría de las gentes.

ACTO III

Antes de correrse el telón, óyense cuernos de caza que se llaman y se contestan en animado conjunto; entre estos sones, distínguense claramente los alegres ecos de la bocina de Siegfried y el ronco sonido de Hagen.

Después, de la orquesta surge la ondulante melodía del Rhin, con timbres de una transparencia y una delicadeza incomparables [1], como ha dicho un celebrado escritor, «la melodía del río que se desliza á los rayos de un sol espléndido, viene á morir al pie de las rocas de la orilla». La música nos anticipa así la frescura del paisaje y la sonrisa de la naturaleza. Entre las ondulaciones de la cuerda se escuchan los temas de las hijas del Rhin y del Oro [5 y 6], á los cuales se unen dos nuevos diseños característicos de una exquisita suavidad; la musa de Wagner ha derramado en ellos todo su gracioso abandono, su seducción infinita, para expresar con arabescos deliciosos y con una melodía lánguida (derivada de la canción de las ninfas, en el prólogo [6, a], todo el encanto de las ondinas:[92]

Aparece la escena, y nos hallamos en una selva frondosísima; rocas abruptas se levantan por los lados, formando el suelo un suave declive que llega hasta el Rhin. Las tres ondinas nadan haciendo círculos caprichosos; la orquesta sigue sus juegos con delicadísimos arpegios, á los que se une el canto voluptuoso, y no sin cierta melancolía, de las tres ninfas: «¡Oro del Rhin, oro brillante! ¡Cómo relucías antes, estrella de las profundidades! ¡Mándanos, oh, sol, al héroe qué nos devuelva el oro!»

El toque de Siegfried interrumpe estas armonías, haciendo que las ondinas desaparezcan rápidamente en el agua; el héroe se presenta con todas sus armas; persiguiendo á un oso, se ha extraviado de sus compañeros de cacería. Las hijas del Rhin vuelven á salir á la superficie, entablando con Siegfried un animado diálogo. La escena es original é importante para la marcha de la acción; las ondinas piden el anillo que el héroe lleva, y se burlan porque no quiere darlo, hasta que, por fin, se lo quita Siegfried y las llama para entregárselo. La música cambia de carácter, escuchándose los recuerdos del tema del anillo y del oro que está á punto de ser devuelto al Rhin. Las ondinas reaparecen serias y graves: «Advierte todo el mal que encierra esa joya-le dicen; te alegrarás de que te libremos de la maldición que lleva consigo».

Entonces Siegfried, ante esta amenaza, se vuelve á colocar tranquilamente y con calma el anillo, mientras las ondinas le hacen saber la malición de muerte que éste trae: «Sólo las aguas del Rhin podrán purificar el oro y librar al mundo de la maldición.» (A estas palabras acompañan los temas de la maldición del Nibelungo [26], del Oro [5] del Rhin [1], y últimamente del fin de los dioses [28], dando todos ellos extraordinario significado á las palabras de las ninfas.)

La contestación de Siegfried es hermosa: «Con gusto cederé este anillo que me da el dominio del mundo, á las delicias del amor; pero ante las amenazas de la muerte, no lo he de dar. Si tuviese que sujetar mi cuerpo y mi vida con las cadenas del mundo, mirad, así arrojaría mi vida y mi cuerpo», dice, y arroja al viento un puñado de tierra. ¡Hermosa concepción! La vida sin el amor nada vale; Siegfried prefiere morir á vivir egoístamente: «Ante este hombre- dice Wagner- palidece, necesariamente, todo el esplendor de los dioses».

La fatalidad de la tragedia queda de este modo cumplida una vez más. El héroe guarda el talismán que tantas desdichas ha causado, incluso al mismo Siegfried, pues le hizo violar sus juramentos y rechazar el bien sublime que alcanzó (Brunhilda). Así lo dicen las hijas del Rhin, alejándose por el río, y hasta que sus figuras y sus cánticos se pierden á lo lejos, no sin advertir al joven que pronto heredarán ellas el anillo, de una mujer.

Esta escena, como la de Brunhilda y Waltrauta nos enseñan el poder de la maldición. Las dos-ha dicho un escritor-son semejantes y nos hacen ver cómo la fatalidad impide, bajo diferentes formas, que se verifique el acto redentor que lave la falta: Brunhilda no quiso ceder el anillo porque es la prenda de amor. Siegfried no lo da á sus ondinas por la libre despreocupación de quien no conoce la desgracia ni el temor. De este modo es como, causas psicológicas distintas, producen análogos resultados. Nosotros, pobres seres humanos, somos ciegos, nos obstinamos en el error, sin que basten las advertencias á rectificar nuestras resoluciones y juicios presuntuosos. Pero la terrible lógica de los hechos es la que domina en nuestro destino, y por más que pretendamos razonar, explicar y comprender, los hechos se suceden y nada prevalece ante la irresistible necesidad de un encadenamiento.

***

Siegfried queda pensativo, hasta que le saca de su meditación el rumor de la caza. El carácter de la escena cambia totalmente, escuchándose las llamadas de los guerreros: el joven, á su vez, grita á sus compañeros, y en breve aparecen todos saliendo del bosque. La orquesta parece tener toda la expresiva alegría de esta reunión, en un trozo admirable de color y movimiento. Los guerreros traen la caza, y Hagen invita á todos á descansar en aquel paraje delicioso; así lo hacen, y sacan algunos cuernos para beber, formando un pintoresco cuadro.

Entre las notas de la orquesta reaparece la idea de la venganza [89] que acecha al joven; durante toda la escena se escucha sordamente este motivo, expresión fiel de las conturbadas almas de Gunther y Hagen. El odioso guerrero hace que Siegfried cuente su historia, y así lo verifica éste en un relato, en el que no se sabe qué admirar más, si la gallardía de su inspirada forma, ó la novedad con que se presentan los motivos orquestales, ya conocidos, á medida que los evocan las palabras de Siegfried. Los recuerdos del enano Mime, de la espada Nothung, del dragón, de la voz del pájaro, se unen en la explicación del héroe y en el comentario de la orquesta.

Los momentos que siguen tienen un interés extraordinario: cuando Siegfried va á continuar diciendo lo que oyó al pájaro del bosque, Hagen, sin ser notado, vierte el zumo de una planta y lo da á beber al narrador: «Toma-le dice-esta bebida refrescante que renovará en tu memoria los pasados hechos».

La orquesta traduce con admirable precisión estos momentos: á los temas del Nibelungo [19] y del casco encantado, se une, mientras bebe Siegfried, el del filtro mágico; inmediatamente despues se escuchan tenues recuerdos de los amores del primer acto [81 y 82]; el efecto de tales armonías produce hondísinna impresión: toda el «alma» del drama se nos presenta de pronto revelada en la música.

La historia prosigue cada vez con mayor sorpresa de Gunther; Siegfried, más que narrar, parece sumergirse en la visión de recuerdos inesperados: sus palabras (que la sinfonía explica á maravilla) cuentan el aviso del pájaro, su marcha á través del fuego, la visión de la Virgen dormida y su despertar ideal: «¡Ah!-exclama al fin- ¡con cuánto ardor me rodearon los brazos de Brunhilda!»

Gunther se levanta sobresaltado ante esta revelación. De los matorrales salen dos cuervos que revolotean un momento sobre la cabeza de Siegfried y emprenden rápido vuelo.

Entre los agitados estremecimientos de la orquesta, se destacan la rencorosa frase del hijo del Nibelungo y la maldición de Alberich: «¿Sabes lo que dice el graznido de esos cuervos?»-ha preguntado el odioso guerrero, y al volverse Siegfried á contemplarlos le hunde su lanza por la espalda, diciendo: «¡Me piden venganza!»

Tan rápido es el movimiento, que Gunther y los suyos no tienen tiempo de impedirlo; Siegfried levanta su escudo para aplastar á Hagen, pero fáltanle las fuerzas y cae pesadamente al suelo, mientras que estridente, fortísimo, se escucha su vigoroso tema, seguido de unos acordes terribles y violentos como la fuerza del héroe que se desploma (11). Estos acordes, seguidos de un pavoroso estremecimiento en los contrabajos, dan no se sabe qué de siniestro y lúgubre á estos instantes; diríase que es la conmoción de aquellos varoniles corazones al presenciar tan inmensa desgracia. [93]:

«¡Qué hiciste, Hagen!-¡Vengo un perjurio!»- dice el traidor, y se aleja lentamente. La noche avanza, cual si la naturaleza perdiera con el héroe su alegría; Gunther y sus vasallos rodean profundamente conmovidos el hermoso cuerpo de Siegfried; el guerrero comprende toda la horrible astucia del tétrico hijo del Nibelungo.

En este momento abre Siegfried los ojos: una visión celestial le hace ver el brillo de la mirada de Brunhilda, su único amor, «su única vida» ¿No ha muerto en cuanto dejó de amarla? Toda el alma de Siegfried se exhala en un inefable desbordamiento de amor; de la orquesta suben, como efluvios de reconocimiento, las frases de ternura y de pasión de los jóvenes; con indescriptible poder sentimental, las palabras de Siegfried son el más sublime adiós á la vida, la última visión de amor más hermosa que poeta alguno pudo traducir en sonidos ideales. Y mientras se extingue con infinita dulzura el último recuerdo musical del amor, el héroe murmura: «¡Respirar tu aliento!... ¡Oh, muerte suave... Brunhilda me saluda amorosa!...» y expira dulcemente.

¡Cómo explicar la grandiosidad de los momentos que siguen! A un mudo gesto de Gunther, los guerreros colocan el cadáver de Siegfried sobre un escudo, y el fúnebre cortejo emprende penosa marcha, á la luz de la luna y de las antorchas perdiéndose entre las sinuosidades de la montaña.

Tan trágica escena, tiene el único comentario posible: la voz de la orquesta, traducida en una página colosal, inmensa, de una grandeza épica como nadie osara soñar.

El genio de Wagner aparece aquí avasallador, imponente, como no es fácil imaginarlo, á no ver esta maravilla del arte teatral. A la conmoción profunda que causan los acontecimientos de la escena, se unen los recuerdos de la orquesta que, con sus melodías, hace pasar ante nosotros toda la vida del héroe. ¡Qué sentimiento embarga el ánimo cuando vemos alejarse el cuerpo inanimado del amante de Brunhilda, y oímos los ecos de sus hazañas «Tormentosa y serena á la vez-dice Leonce Mesnard- (12), con alternativas de sombra y de luz, esta página sublime pierde muchísimo si se la separa del medio imponente que la rodea y la encuadra, si se la transporta lejos de todos sus elementos constitutivos y de la vida heroica que con tanto poder resume... En este momento en que la tierra va á abrirse para recibir el cuerpo del héroe pérfidamente asesinado, la orquesta, según la justa expresión de M. Hippeau, pronuncia su oración fúnebre, y naturalmente, el motivo que se impone no ha de ser otro que el origen, la vida de aquél á quien se llora, con todas sus ternuras y todos sus heroísmos; su muerte, con todo cuanto tiene de deplorable. Como un detalle genealógico perteneciente al orden del puro sentimiento, aparece aquí el recuerdo musical de Sieglinda (la madre del héroe), que se percibe vagamente entre la sinfonía que empieza. Al lado de estas partes tenues y veladas, lanzan vivas irradiaciones, súbitos y formidables relámpagos de sonoridad...»

Tal es la admirable escena. Su estructura musical es interesante por demás: todos los temas que durante cuatro jornadas se relacionan con la vida de Siegfried, surgen ahora; de modo que el expectador se encuentra hondamente impresionado al oir reaparecer como último adiós que resume tantos momentos de felicidad, aquellas melodías tan conocidas. Es, pues, este intermedio musical una verdadera oración funebre, heroica, sublime, como corresponde á Siegfried, representación esforzada de la juventud y el valor. Cuando expira el héroe, reina un imponente silencio que todavía aumenta un leve redoble de timbales pianísimo; sentimos todo el estupor de aquella muerte inaudita. Después, como un lamento (lúgubres sones de las trompas y tubas), se eleva en la orquesta la triste frase de los amores desgraciados de los wœlsas [36], los padres de Siegfried, (La Walkyria), unido á una reminiscencia de la venganza [89], mientras los hombres colocan el cádaver sobre el escudo. Entonces comienza el tétrico regreso al palacio. Entre los fortísimos y dolorosos acordes del metal (nobles y grandes, como el dolor de aquellos guerreros), van aparecienclo los diferentes temas de la vida del héroe: la profunda voz de las tubas recuerda la trágica fatalidad que persigue á la raza de los wœlsas y cuya última víctima nos arrebatan ahora [38]; á continuación, con los acentos de una tiernísima melancolía, llora el oboe los temas de la compasión de Sieglinda y su dulce afecto [35]: en este instante rasga la luna las nubes, y su claridad ilumina el cuerpo inanimado; ¡hermoso rasgo de poeta!, parece que desde el cielo, la mirada amorosa de la madre acompaña al hijo á quien nó pudo estrechar en sus brazos. En admirable crescendo aparecen luego fulgurantes los temas de la espada [31] (trompas) y del héroe [50] (trombones), y, por fin, en grandiosa explosión de sonoridad surge el valiente tema de la juventud [80], acompañado de los acordes fortísimos que ahora alcanzan indecible poder (13). En tanto, el cortejo ha ido perdiéndose entre las revueltas del monte, y la niebla ha invadido la escena ocultándola á la vista. Las fuerzas orquestales se apaciguan y óyese una última reminiscencia del amor de Brunhilda que parecen sollozar en los sentidos ecos del clarinete y corno inglés [81] y terminan la magnífica página los siniestros motivos de Hagen, del anillo y de la maldición del Nibelungo, causa de tanto mal.

***

Las nubes han ido desvaneciéndose y aparece el atrio de la mansión de Gunther, como en el primer acto; en el Rhin riela la luna. Gutruna sale de su estancia presa de crueles presentimientos: le parece oir el toque de Siegfried y no es sino una ilusión; cree haber visto salir una mujer hacia el Rhin ¿Será Brunhilda? Se dirige al aposento de ésta y lo halla vacío; de pronto oye una voz que le produce el escalofrío del temor: es el ronco acento de Hagen que viene gritando: «¡Hola! ¡Despertad! ¡Os traemos buen botín de caza! ¡Traed luces! Gutruna-añade cruelmente-ahí tienes á tu héroe».

Hombres y mujeres con tizones encendidos, penetran en la escena acompañando confusamente el cuerpo de Siegfried; al advertirlo la infeliz mujer, se arroja sobre él, dando gritos de dolor, y rechaza violentamente á su hermano: «¡Atrás-grita-asesino! ¡Oh, dolor! ¡Socorro! ¡Han muerto á mi Siegfried!» Su desesperación no tiene límites. Gunther acusa á Hagen, quien irguiéndose orgulloso exclama: «Sí, yo he sido; vengué un perjurio y ahora reclamo mi botín; exijo ese anillo».

Pero Gunther se niega, porque esa prenda pertenece á Gutruna; los guerreros se insultan, Hagen se lanza sobre su adversario desnudando la espada, luchan los dos rápidamente, y Gunther queda muerto en el suelo; la confusión es indescriptible; Hagen se lanza al túmulo de Siegfried gritando: «¡Mío es el anillo!» Mas cuando lo va á coger, la mano del muerto se levanta amenazadora; todos retroceden despavoridos, al propio tiempo que de la orquesta surge el noble tema de la espada victoriosa de Siegfried.

En medio de un silencio, que sólo interrumpe el motivo del fin de los dioses [28] tenuamente iniciado, aparece Brunhilda por el fondo. La joven se presenta soberbia en su trágico dolor; con severidad de diosa, con pena sublime, se adelanta grave y llena de majestad: «¡Cesad en tales sollozos!. ¡Ninguno es digno del más grande de los héroes!»

Gutruna, fuera de sí, en una imprecación breve, pero admirable por su fuerza dramática, apostrofa á Brunhilda de haber excitado á los guerreros para que mataran á su esposo; pero ésta la responde con severo continente: «¡Calla, desdichada, no fuiste sino su amante; yo sola fuí su esposa, á quien juró fidelidad eterna!» Y Gutruna, sollozando, maldice de Hagen, que la obligó á dar á Siegfried el filtro amoroso; llena de pesadumbre se deja caer sobre el cuerpo de Gunther y así queda hasta el fin. Hagen permanece inmóvil, sumergido en tétricos pensamientos.

Todo lo que sigue tiene tal grandeza, que sale los límites de lo humano. Apenas se concibe creación tan genial, por su alcance y por su reacción.

La música toma acentos más heroicos y nobles que nunca: toda la majestad de Brunhilda está concentrada en estas notas solemnísimas, que dicen presentir el fin de un mundo de dioses, y el sacrificio sublime de la heroína:[94]

Durante estos acordes majestuosos, ordena Brunhilda á los vasallos que levanten una pira á orillas del Rhin, la cual adornan las mujeres con lienzos, ramajes y flores. Luego contempla la joven el hermoso rostro de su amado; con ternura infinita, y como perfume de amor, exhala la orquesta los más dulces acentos con los temas de las escenas apasionadas entre los dos héroes. Cuanto de más elegíaco, dulce y sentimental pueda pensarse, encuéntrase en esta despedida suprema que se resuelve en un magnífico saludo á Wotan y termina con las palabras: «¡Paz, á ti, oh, dios!» Las cuales producen una impresión de calma y descanso eternos, al unirse con la aspiración al cielo del tema de los dioses [9. b].

Después Brunhilda quita el anillo de la mano de Siegfried y ordena que depositen el cadáver sobre la pira; devolverá la maldita joya á las hijas del Rhin, purificada por el fuego, y volverá á ser el oro inocente de antes. El recuerdo del canto de las ondinas aparece ahora con suaves armonías. Por fin, la joven se dirige á la pira y coge una antorcha de un hombre: «¡Volad, cuervos-dice- y anunciad á Wotan lo que habéis visto! Decid también á Loge que abandone la montaña de Brunhilda y vaya al Walhalla.» Y arrojando la antorcha á la pira, prende el fuego al instante; dos cuervos salen volando de la orilla del río y desaparecen por el fondo. En la orquesta crepita y surge con inusitada brillantez el tema del fuego, que se presenta con sonoridades cada vez más intensas.

No hay palabras bastantes para describir la inmensidad poética de este final (14).

Brunhilda hace traer su fiel Grane, su negro caballo. En tanto, el fuego crece con ímpetu, y á los arabescos de Loge se unen los poderosos ecos del motivo de la walkyria; la sinfonía adquiere proporciones inexpresables. «¡Yo te saludo, Grane-exclama la joven-; te llevo allí, en medio del fuego, donde resplandece tu señor!... También mi pecho siente su ardor y quema mi corazón ardiente fuego para abrazarle, desposarme con él, unirme á él con lazo eterno... ¡Siegfried!... ¡llena de alegría voy á ti!...» Durante estas palabras se escuchan, cada vez más acentuados, los motivos de la walkyria, de Siegfried y el lírico tema de la «redención de amor», ahora desbordante en inflexiones de ideal caricia [51].

Brunhihda salta sobre el negro corcel y se lanza impetuosa y magnífica en medio de las llamas. El fuego aumenta con indecible violencia, amenazando invadirlo todo, mientras que en la orquesta el tema de Loge reaparece con prodigiosa fuerza sonora; diríase que el astuto dios del fuego, libre de la sujeción de Wotan, recobra de pronto su libertad y su poder. Las gentes retroceden, agrupándose aterrorizadas á un lado del atrio, y las crecientes sonoridades de los instrumentos se revuelven con formidable estrépito en el tema del crepúsculo de los dioses; el Walhalla perece. Una niebla invade el sitio de la hoguera, que va languideciendo hasta convertirse en una luminosa neblina; la música apaga sus fulgores y se oyen los acordes del sueño de Brunhilda, tranquilos y suaves, como indicando la paz del sueño último que goza ahora la joven. El Rhin se ha desbordado, subiendo las aguas hasta la misma entrada de la mansión, y sobre las ondas se acercan las tres ondinas hacia la orilla. Hagen, que durante estos acontecimientos ha permanecido observando con ansia creciente el anillo de Brunhilda y la hoguera en donde éste debe estar, al ver llegar las hijas del Rhin arroja súbitamente el escudo y la lanza y se precipita al río, gritando: «¡El anillo es mío!» Por última vez se escucha en la orquesta la terrible maldición del Nibelungo; Floshilda levanta triunfante en sus manos el anillo de oro, mientras sus dos hermanas arrastran al fondo al hijo del enano. Con la transparencia de las aguas purificadas se oye ahora la ondulante melodía de las ninfas.

En el horizonte aparece un resplandor de aurora boreal que aumenta vivamente. En la orquesta se desarrolla en soberbio conjunto, alcanzando colosales proporciones, el tema del Walhalla, que fulguran con sus poderosos timbres las trompas, trombones y tubas. Como si fuera un fondo de reluciente oro, destácanse sobre él las melodías del Rhin y de la redención de amor, deslizándose entre etéreos arpegios de la cuerda. El río ha vuelto á su cauce y en él se ve á las ondinas que nadan en alegres giros. La luz del horizonte toma tonos deslumbradores é imponentes.

Es el final de la raza divina. ¡Formidable y grandioso crepúsculo, como debe ser la muerte de Wotan y su mundo! Por última vez al majestuoso himno de los dioses domina con sobrehumanos sones el vibrante tema de Siegfried; el incendio del Walhalla consume la celestial mansión, y con horroroso estruendo se oye el fin de los dioses. Córrese el telón, declina el crepúsculo de la orquesta, y, derramando su inefable paz, esccúchase el tema de la redención de amor [95]


con acentos cada vez más dulces y tenues, flotando sobre el mundo como visión ideal de luz, de consuelo y de esperanza.

Un magnífico acorde, sostenido, amplio, poderoso, con la brillantez que le presta la sonoridad de re bemol mayor y con la serena majestad del sol poniente, sirve como de inmenso punto final á la creación estupenda que hemos presenciado acabando por extinguirse todo aquel mar de sonidos en un eco imperceptible, que deja vagando al alma en las serenas regiones de lo ideal.

***

Con pena profunda nos separamos de la obra. Arrastrados por el impulso poderosísimo del poeta, hemos subido con él á las cumbres más altas del sentimiento y presenciado, en un cuadro gigantesco, las luchas, los dolores, las angustias y las alegrías de la humanidad; el poeta ha realizado esta maravilla de modo tal, que, subyugado el espíritu, sólo tiene energías para sentir y conmoverse, sin hallar, al pronto, ocasión para pensar en análisis ni explicaciones. Y á través de este mundo de dioses, gnomos, gigantes y héroes, sentimos las palpitaciones de nuestra propia existencia, vemos un reflejo verdadero de la vida: la vida, eterna fuente del arte, eternamente renovadora del amor y del dolor, de la fatalidad y la esperanza. ¡Dichosos los que pueden amar así la obra del inmortal músico poeta!

 

NOTAS

(1) Acaso el pensamiento de Wotan (inteligencia suprema) fué el de crear un mundo esplendente; en realidad, este deseo de su Voluntad lo lleva á cabo, pero no ha de ser el dios quien presida el nuevo orden de cosas. Esta idea es muy filosófica y entra dentro de los sentimientos de Wagner: nuestras obras son reflejo de nosotros mismos, á su vez semillas de otras acciones posteriores que se desenvolverán libremente sin nuestra presencia, porque en este caso, si influimos sobre aquello que creamos, no podemos menos de someterlo a nuestra propia personalidad. El «hombre del porvenir» que Wagner quiso personificar en Siegfried, es esto mismo; el héroe no llega á ser en absoluto libre sino cuando se emancipa y rompe la lanza de Wotan.

(2) Das Nibelungen Not. Literalmente, La desgracia de los Nibelungos; parece ser una recopilación de tradiciones referentes á hechos históricos mezclados con el recuerdo de Siegfried. El asunto principal del poema lo constituyen la rivalidad entre Crimilda y su cuñada Brunhilda. «Crimilda, dulce y sencilla joven que quiere preservar su corazón y no sentir amor, porque muchas veces éste tiene por continuación el sufrimiento, se hace por fin esposa del sin par guerrero Sigfrido, héroe que ha realizado cuantas pruebas le exigieron, y que por último ayuda á su cuñado Gunther para que venza á Brunhilda, una princesa que no entregará su mano sino al guerrero que la venza en la lucha.» Siegfried posee un casco encantado que hace invisible á quien se lo pone, y con su auxilio es como Gunther consigue vencer á Brunhilda. A estos acontecimientos se une la perfidia del ambicioso Hagen y la rivalidad entre las dos mujeres; descubierto el engaño de Brunhilda, ésta se venga haciendo que Hagen asesine á Siegfried. A su vez, Crimilda prepara sangrienta venganza en la querecen casi todos los personajes del poema en horrible matanza. Este poema parece que fué recopilado á fines del siglo XII; en él se encuentran, como se ve, marcados vestigios de las tradiciones de los Eddas, alusiones al tesoro de los Nibelungos y al combate de Siegfried con el dragón; pero esto aparece confuso y obscurecido, valga la frase, por las peripecias anteriormente citadas, las cuales son recuerdo evidente de las luchas históricas de los borgoñones y los hunnos, de las invasiones de los ostrogodos y de los combates de Atila. En España existe una excelente traducción del poema alemán Los Nibelungos, hecha por el Sr. Fernández Merino. (Barcelona.-Verdaguer.-1883.)

(3) De este modo queda completa la fisonomía moral de Siegfried, de quien Wagner quiso hacer la personificación del hombre «del porvenir», libre de egoísmos y bajas pasiones, viviendo según los impulsos naturales y francos de la sana naturaleza. ¡Sueños de poeta! El mismo Wagner, al concluir su gran poema, y llevado de las ideas pesimistas, no pudo menos de reconocer que no basta sólo la voluntad del bien para hacer á los hombres felices; el mal, siempre en acecho, parece don eterno de la humanidad. El desenlace de la Tetralogía nos enseña que la maldición del anillo se extiende y amarga la existencia de todos, incluso la de los nuevos héroes, mientras el anillo y quien lo ambiciona (esto es, el Mal) subsistan.

(4) Recuérdese que en el prólogo (El oro del Rhin) Alberich renunció al sentimiento del amor, no al placer. Téngase asimismo presentes las escenas de Wotan con Fricka y con Brunhilda (acto II de La Walkyria) y lás predicciones de Erda (acto III de Siegfried): «Cuando nazca un hijo del Nibelungo estará cercano el fin de los dioses».

(5) Inocentemente, en parte, pues ignoran que Siegfried despertó á Brunhilda.

(6) En las tradiciones primitivas y en las antiguas leyendas se ven continuamente alusiones á estos filtros mágicos, que inspiraban á quien los bebía el sentimiento que se quisiere. Era una manera gráfica de expresar lo qué actualmente llamamos sugestión. ¿Qué mejor manera de hacer sensible esta transmisión de sentimientos que su representación por medio de bebidas misteriosas? El agua del olvido ha sido, asimismo, una creencia generalizada en otros tiempos: se habla de ella en los Eddas y en las mitologías (verbigracia, el río Leteo de la helénica); el agua lava y arrastra las cosas, lava la memoria y arrastra llevándolos los pensamientos. Wagner, al emplear este efecto, no solo sigue la tradición legendaria, sino que expresa artísticamente y de la manera más apropiada en el teatro, su precisa sobriedad, el momento psicológico de la alucinación que sufre Siegfried cuando se halla lejos de Brunhilda. El olvido que promueve el filtro, no es pues un accidente arbitrario, sino una representación de un hecho muy humano: la incomprensible aberración que muchas veces sufren los hombres llevados de obcecaciones por sentimientos inexplicables.

(7) Estos detalles, naturalmente, se ven más claros en la partitura de orquesta; en las reducciones de canto y piano han de faltar, por precisión, muchos temas, y otros no están con la claridad debida; por ejemplo, eligiendo la reducción italiana de Ricordi, por ser la más corriente en España, se puede observar lo que decimos. Sea, entre infinidad de detalles que pueden ser citados, el siguiente: al hablar Brunhilda de que no cederá el anillo, con las palabras «nunca renunciaré á mi amor», aparece el tema característico de la renuncia [8], que en El oro del Rhin se -oyó por vez primera. Pues bien, en dicha reducción (página 199, compases 4º y 5º), este motivo se ve en forma de trémolo, que puede pasar inadvertido, como un simple acompañamiento de la frase L'amor non abbandono e mai.

En esta escena aparece un nuevo motivo; se deriva del tema angustiado de Wotan al presentir la desaparición de los dioses (acto II de La Walkyria, escena con Brunhilda), y tiene carácter solemne; diríase que es la hija del dios la que acelera la destrucción de su raza, con sus heroicos amores. Este tema aparecerá más adelante con toda su importancia [94]; lo encontraremos al final de la obra, cuando Brunhilda, majestuosa y con sublime expresión, va á devolver el oro al Rhin y á redimir al mundo de la maldición horrenda.

(8) Este motivo contiene (en sus dos últimas notas) el áspero acorde de la muerte (recuérdese el tema del dragón Fafner [68]; aquel acorde de cuarta aumentada que le da tan extraño carácter; diríase que la música nos hace ver en la venganza del Nibelungo una venganza á muerte, fatal, irremediable.

(9) Las divinidades del primitivo culto germánico. Véase capítulo IV.

(10) En su forma musical, tiene gran parentcsco con el saludo amoroso de Grutruna á Siegfried: primer fragmento del tema [87].

(11) Contienen estos acordes el intervalo durísimo de la muerte, la diabólica cuarta aumentada que se oyó al morir los gigantes y que tan frecuentemente reaparece en la música que acompaña á Hagen.

(12) Essais de Critique Musicale.-Wagner.- París. Fischbacher, 1892.

(13) Parece que á medida que son más próximos y dichosos los recuerdos de los hechos de Siegfried, la orquesta acentúa sus energías en el dolor: los acordes á que nos referimos, son ejecutádos por toda la orquesta, la fanfare de tubas, y redobles del tambor y triángulo: armónicamente están constituídos por un acorde amplísimo: el de séptima dominante, en su segunda inversión y en posición separa [ espacio en blanco] ecto es imponente.

(14) En la versión primitiva del poema, Brunhilda dirige á los presentes, como herencia inmortal, su divino saber, el legado del amor; es la redención por el amor que, en oposición al egoísmo, ha de regir en el mundo nuevo. Las palabras de Brunhilda dicen así: «Ni las riquezas, ni el oro, ni el esplendor divino, ni los palacios y los hogares, el poder y los lazos con que atan engañosos pactos, ni la dura ley de costumbres hipócritas, hacen dichosos: la felicidad, en la alegría y en el llanto, nos la trae sólo el amor». En la última versión no aparece este apóstrofe, dejando al espectador bajo la trágica impresión del sacrificio de Brunhilda y de la fatalidad del mal que sobre todos los dascendientes de Wotan ha pesado.


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