Imp. de Gabriel López del Horno. Madrid, 1914. Versión castellana de R. Cansinos Asens y N. Rodríguez de Celis
Guía temática completa de PARSIFAL. Estudio del poema literario y del musical.
Por Hans von Wolzogen

[ Al lector. PrólogoPrimer acto | Segundo acto | Tercer acto ]

 

EL TERCER ACTO

La introducción.

Esta escena comienza con las notas depresivas y melancólicas del tema de la “destrucción”. Estas notas forman el tema principal durante toda la primera mitad del acto y también se oyen durante este tema acordes de la música que más tarde habremos de oir en el entierro de Titurel.

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Partiendo de éste se desarrolla en una medida más animada que no deja por eso de ser triste, desesperanzada y perturbada; una descripción de las andanzas de Parsifal. Las variaciones cortadas, sincopadas, de la figura tormentosa del motivo de la cabalgata (VI), trata nuevamente de elevarse. El movimiento contrario, cromáticamente ascendente, de este motivo, empleado temáticamente al comienzo del preludio, se oye aquí de un modo intermitente.

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Después de un breve alto en el tema de la destrucción, como si arrojase en torno suyo una abatida mirada, la ascensión del tema de la marcha continúa, rítmicamente alterado, con intensidad y vigor aún mayores, hasta el punto de que casi esperamos verle tomar la forma del motivo del Graal, en su rápido crescendo. Aquí el motivo de la maldición de Kundry se abre paso rápidamente ff, y susurrando hacia abajo, a través de tres octavas, empuja al infeliz viajero, alejándole del sagrado término de sus andanzas, hundiéndole una vez más en el mundo de la perturbación y de la lucha.

Este se describe en la siguiente parte de la overtura. El motivo de la lanza en la frase de la fiesta de amor, que se elevó durante el motivo de Kundry como un arma sagrada que proporciona consuelo y exhorta al abatido a ser valeroso, entra aquí en combinación con breves fragmentos del motivo del loco. Así el guardián de la sagrada herencia debe combatir en un mundo hostil a la nobleza y a la bondad, contra los peligros de la impureza que sin cesar le amenazan, sin poder sacar en la lucha la sagrada arma. Este motivo puede oirse entretanto como un llamamiento al combate o un grito de ansiedad por la expiación del sufrimiento; pero es bélico hasta en su grito de desesperación, que se eleva una vez más tumultuosamente hasta ff.

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Aquí, durante una rápida transición, los acrodes del acompañamiento toman la forma del motivo de Klingsor; el motivo del loco muere entre las profundas notas de la caja, y cuando el telón se levanta, la queja de las muchachas suspira suavemente desde los acordes de la destrucción. Estamos en el reino del Graal, y en la mañana de aquel sagrado día, los quejidos de Kundry sacan de su ermita a Gurnemanz, que tiene los cabellos grises.

I

El encuentro de Kundry, el regreso de Parsifal, el bautismo de aquélla y su bendición por el héroe, con el episodio final del “mágico Viernes Santo”, divide la escena en el reino del Graal en cuatro partes.

La escena está anegada en el espíritu del Viernes Santo, y así como en la mañana de un día de fiesta que amaneció envuelto en nubes, la esperanza de que el sol habrá de salir se convierte en deliciosa certidumbre, cuando aclarándose su lumbre más y más, aparece por último triunfante; lo mismo ocurre aquí; la desolación que predomina en los acompañamientos y en los cantos, se desvanece cuando la naturaleza surge purificada y la salvación proclama, entre el brillante rocío de la mañana que sube por Oriente, que el pecador penitente llora. Mágicos acordes acompañan los sollozos del caballero que retorna y que permanece impasible, y el motivo de Klingsor aparece, como si pensase que aún conserva poder y “nunca hizo así daño á un animal”, pero ya en las palabras “sagrada mañana”, una breve encantadora melodía (del canto de la Redención) (v. XXI, 1) que después aparece, irrumpe en aquel punto, pero es acallado por los hondos suspiros de Kundry, al intervenir el motivo de esta última, llena de angustia y de nostalgia, como desasiéndose de los lazos del mágico (v. XXI, 1, a). Los rápidos movimientos de Gurnemanz al dirigirse al seto de espinas, detrás del cual suenan los sollozos, y apartar el ramaje, están ilustrados por un breve movimiento instrumental, que consiste en animadas figuras ascendentes, que se funden en la melodía del sacrificio (XIX). Al apartar la última rama: “-El invierno se ha ido, he aquí la primavera”- se deja oir por corto tiempo un murmurador sonido, como si las alegrías de la primavera alentasen sobre nosotros llenas de vida; en este punto intervienen acordes que tienen el carácter de la “melodía de la expiación”. Pero de nuevo, por un momento, lleno de ansiedad, cesa la vida, cuando Gurnemanz encuentra a Kundry tendida, “fría y rígida” como muerta; mientras el anciano está ocupado en atenderla, un segundo pasaje instrumental ilustra musicalmente sus movimientos, y es introducido por una tierna figura que parece sollozar ansiosamente por la primera melodía de la expiación (XXI, 1, b). Pero a cada esfuerzo se deja oir la triste voz de la desolación a través de todas las figuras del acompañamiento. Por último, correspondiendo al principio de la escena, percibimos la “queja de las muchachas” en largos tonos prolongados, que describen el hálito de Kundry al despertarse de su sueño, semejante a la muerte, y conduce a un blanco cefireo renacer del motivo del Graal: -el motivo de Kundry surge convulsivamente-un chillido-, la conciencia vuelve- y ella que estaba maldecida para siempre, despierta por fin a la primavera y la redención eternales.

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Ahora al levantarse y dar el primer paso en el dominio del Graal, después de tanto tiempo, volvemos a oir aquella temática sucesión de instrumentos de metal y de cuerdas que caracteriza su primera aparición en el drama, a la cual se une ahora una pequeña figura en tresillo en el bajo, que por medio de suaves temblores expresa el asombro de Gurnemanz ante el cambio que en ella se ha operado. Ahora es, en efecto, Kundry la servicial, y sus únicas palabras durante todo el acto -”servir, servir”- concluyen de completar con impresionante sencillez esta retrospección de los mejores momentos de su vida anterior.

Ella entra en la casita para coger el ánfora y llenarla, y Gurnemanz la sigue con la vista sorprendido -”qué diferente es ahora”.-

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Aquí tornamos a encontrar el encanto del Viernes Santo, cuyo motivo de la frase de la fiesta de amor (XVIII) trina con sagrado espanto, y arrancando del solemne motivo del Graal, termina en el elegíaco final de la sagrada plática: -”Oh Dios de gracia sin igual”-, etc. Pero no es este el final, pues al extinguirse la “palabra del Salvador” despunta, suave y tiernamente, pero como si tantease, insegura, una arrulladora y jubilosa melodía, llena de hechizo matinal, que termina con la silenciosa entrada de un nuevo huésped en el Graal -uno que llega con pasos vacilantes-, el inesperado -el que busca-, Parsifal en el curso de sus andanzas.

La llegada de Parsifal se caracteriza por su motivo propio, revestido de un melancólico rumor, que rompiendo en acordes de triste anhelo, ya antes oídos, termina con las brves notas vacilantes del motivo de ladesolación, que sucede lleno de tristeza, pero no le deja tan pronto. El pasaje dramático asciende del “Error”; de la introducción asoma muchas veces. Gurnemanz, ahora reprocha al silencioso huésped por llevar armas en el lugar consagrado y en día de Viernes Santo, y a su piadosa advertencia acompaña otra vez, en armonía de extraña solemnidad, el motivo del Graal y el del Viernes Santo. Sobre este, Parsifal depone sus armas y cae de rodillas en muda plegaria ante la santa lanza, que ha clavado en el suelo. Gurnemanz le reconoce; reconoce la lanza, y rompe, por fin, aterrado, asombrado, para explayarse en fervientes acciones de gracias. Entretanto la plegaria de Parsifal, introducida por su triste motivo, al que se une suave y lentamente el motivo de la lanza. Se acompaña de los sagrados acordes de la frase de la fiesta de amor, envueltos en un solemne misterio de trémolos y flotantes armonías. Sobre esto, descendiendo cromáticamente, emerge una figura de intenso entusiasmo -”¡ah, qué camino encuentro!”- la voz central (impelida por la voz superior) de la frase de la promesa, cuyo motivo del loco se oye inmediatamente, da, con un ligero apunte de la melodía de la expiación, animación al expresivo crescendo final de la frase de la fiesta de amor, como los transportes del alma en un estado de rapto sublime: -”¡Oh el día más santo, en el que yo ahora me despierto!”- Con la queja del Salvador, que finaliza en fb, y ahora aparece como un canto de esperanza dispensadora del poder redentor, vuelve a intervenir el motivo del Grial “dim”, cuando se levanta Parsifal y dirige su sencillo saludo al “caballero de grises guedejas”: “-Feliz yo, de haberte encontrado de nuevo.”- De suprema belleza son estas sencillas palabras, unidas al correspondiente estribillo del motivo; pero, a la alegre réplica de Gurnemanz, la continuación del motivo de desolación va seguida por una pequeña figura, que demuestra ser una abreviatura rítmica de aquel motivo, y que más tarde forma el motivo principal durante el raconto de Gurnemanz, relativo a los sufrimientos de los caballeros del Graal (v. XX, 1).

Pero antes del raconto, Parsifal dice aquello de -”por los caminos de la duda y del sufrimiento llegué”- y estas palabras, llenas de tristeza, graban en el alma la pintura de sus andanzas ya reflejadas musicalmente en la overtura. Así tenemos aquí una repetición de las figuras del mismo motivo. Después de las primeras melodías del sincopado “motivo de error”, susurra entretanto la “melodía del bosque” y nos recuerda, sin querer, su analogía con el espíritu musical de la pradera de las flores, en la melodía de la expiación. Después, un apasionado grito “a él, cuyos profundos lamentos yo una vez escuché en loca admiración”, el motivo de la pasión de Amfortas (IV) sobreviene en el bajo y sigue el motivo del loco en una frase algo más larga. Al “-ay, no encontrar nunca el camino de salvación-” gira nuevamente y vacila el motivo del error (como en la overtura) hasta que alcanza los desesperados acentos del motivo del Graal. “Cuando pienso que ya le conocí, me sobrecoge la duda”; a la descripción de la lucha por la sagrada reliquia, repítese la segunda parte de la overtura; el motivo del loco aparece ahora audazmente y comunica un nuevo vigor al movimiento musical, conduciéndose hasta el final, la brillante explosión del ya libre motivo del Graal. “Ante ti brilla, intacta y sublime, la sagrada lanza del Graal.”

La frase de la fiesta de amor con un interludio del motivo de Viernes Santo resuena inmediatamente en el jubiloso grito de Gurnemanz “-Oh gracia a la más grande salvación-”, y en las últimas palabras “-Oh sublime maravilla-”, cuando a través del elegíaco final, el tema de la Fe anuncia en lo alto la curación de todo dolor, y con una modulación llena de ternura nos recuerda y nos lleva al comienzo del raconto de Gurnemanz: “-Oh mi Señor, si había una maldición, creed ya ha sido quitada”. Pero con esta modulación cambia el tema de la fe en una melodía que ya hemos oído ya en el primer grito de alegría de Gurnemanz, como una voz superior al motivo del loco; cantando ahora con santa emoción de purificación bendita y expiación, nos conduce otra vez al motivo del Grial “-Aquí estás tú- este es el dominio del Graal”. Esta pintura de tristeza y desolación en el Graal motiva una repetición del comienzo de la overtura; y la mención del sufrimiento de Amfortas provoca sus gritos de dolor con el motivo de Kundry. Durante la siguiente parte de la narración se refleja la condición general de los caballeros, la abreviada figura de la desolación, antes de referirse a ella (XXI, 1) es conducida a través de muchos cambios temáticos.

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Aquí un pasaje “no más un mensaje á nosotros”, conduce en un estilo solemne y grave, con los tonos fundamentales del tema de la campana, armónicamente sombreados, a la primera admonición de los coros taciturnos, que más tarde oímos en las exequias de Titurel, luego muere en el motivo de desolación: “-En este rincón del bosque me oculté, etc.-” Sobre la desolación del dolor alienta ahora, con ligereza de espíritu ppun patético acorde de la variación de Titurel del tema de la fe (III, 2), que termina en el motivo del Graal: “-Titurel, mi noble señor-”; luego, a la última repetición del motivo de la desolación, se detiene como poseído de emoción: “Murió; un hombre como todos.”

Un triste grito de pesar se escapa del pecho de Parsifal. “Y yo, yo la causa de toda esta miseria.” Tristes anhelos de redención llenan su canto; el motivo del loco “-escogido yo para traer la libertad-” cae como desfalleciese en el silencio; dominado por el dolor, Parsifal cae sin sentido bajo la carga del pecado que debe expiar. Kundry se apresura a ayudarle, trae agua de la fuente, rocía su cabeza, abre sus vestiduras, mientras que los vehementes movimientos de su “impetuosa figura” ceden el puesto a un estribillo de la melodía del sacrificio (XIX) en dos breves, dulces, prolongadas frases, que al final suenan como una demanda de salvación. Luego se hace un silencio total. No así “-la sagrada fuente misma debe ser el refrigerante baño de nuestra peregrinación-”. Después de algunas notas sonoras profundas del motivo de la campana, surge en grave y solemne armonía el nuevo tema de la bendición y del bautismo (XII).

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En la siguiente parte de la escena predomina el nuevo motivo y se repite cuatro veces, siempre como introducción a los siguientes actos del lavado de los pies, la bendición, la unción de Parsifal y el bautismo de Kundry. En un estilo tan gentil como solemne, une el sagrado carácter del Graal con el de la tierna primavera, que, como vivos símbolos de la penitencia y de la resurrección, dan un claro sentido a estos devotos actos.

Después de la primera frase de bendición, la segunda melodía de la expiación sigue en seguida, jubiloso y alegre. Aparece en dos partes, que se oyen ambas antes y después de las hermosas palabras de Gurnemanz. “-Y ahora debe ser lavado el polvo de su largo peregrinaje” (XXI, ad 2+2).

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“Ya el claro sol de la mañana brilla sobre las flores llenas de rocío y en las redimidas almas de los hombres; pero las alegrías de la liberación y las delicias del oriente no son permitidas antes que la devota banda de la fe se haya robustecido y glorificado para el último día por la consagración de santas acciones de amor.” A estas palabras “-el santo monte nos aguarda-” los solemnes sonidos del coro de duelo (XXIII) se dejan oir y recuerdan la condición de los caballos cuando se preparan para su última fiesta. El motivo de desolación sigue luego en su forma abreviada.

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Entretanto comienza Kundry su tarea de lavar los pies; y como los ojos del que se reclina la miran, escuchamos una repetición de aquel acorde de su raconto en el primer acto “-yo siento sus ojos ya sobre mí-”, la cual acompaña a la salvadora mirada del amado héroe; cesa luego llena de ternura y se resuelve al fin en la anterior melodía de la expiación, que se oyó en la overtura (XXI, ad 2); “tú lavas mis pies, éste amigo lo permite y que unjas mi cabeza”. Las palabras de sublime emoción de Gurnemanz “bendito seas tú el puro por la pureza” se oyen en la segunda frase de la bendición, y como antes la segunda melodía de la expiación (XXI, 2), “revuela después en suave claridad por ti se alivian todas las tristezas del pecado”. Acompañada entonces por una figura ligeramente apasionada, repítese por tercera vez la frase de la bendición; ella introduce la unción de los pies por Kundry como tiernos sollozos de devota resignación y humildes anhelos alientan a través de la música, que acompaña suavemente esta acción, pasando, por último, a los fervientes acordes de la queja de las muchachas “tu unges mis pies; deja al camarada de Titurel ungir mi cabeza”, sobre lo cual el motivo de Parsifal “hoy como rey quiere saludarme”, introduce f la unción de la cabeza. El saludo verdaderamente regio de Gurnemanz se une con espiritual fervor a este motivo y a las enlazadas notas de su continuación “-tú puro, tú piadoso y paciente-” y el motivo del loco, con una figura semejante a la queja del Salvador, flota en el motivo de Parsifal en la transición al f ascenso del motivo del Graal “deja que sea quitado el último peso de su cabeza”.

De este esplendido, majestuoso climax, grandes, solemnes cuerdas nos conducen a la cuarta aparición de la frase de bendición que ahora resuena como un himno santo bautismal “así realizo yo mi primer deber”; surge el motivo del Graal, y desde él el tema de la Fe revuela como la sagrada paloma sobre las aguas “ser bautizado y creer en el redentor”. En el bautismo este sagrado tema cae benedicente sobre la testa del pecador, que se inclina a tierra y llora amargamente; luego cesa en los expresivos acordes finales de la queja del Salvador (segundo acto -”luego su mirada cayó sobre mí”-); la mirada del Salvador brilla en los ojos de su puro mensajero sobre la llorosa mujer, libre ya de su maldición; la redención entra en el momento de la bendición, como la luz penetró en el mundo a la palabra del creador; desde los últimos acordes de la queja del Salvador, el melódico tejido de la llanura de las flores apunta en suaves y plácidas ondulaciones.

El hechizo puro y espléndido de la recién despierta primavera se revela ahora, y dulcísimas voces cantando las alegrías de la redención llenan con suaves transportes la brillante y fragante expansión del mundo, aún silencioso en aquel soleado día del Salvador. Al tierno grito de éxtasis de Parsifal “qué hermoso parece el día hoy”, la melodía es desarrollada en forma de canon y va seguida por el impulsivo primero, y luego dulcemente suavizado desarrollo de la primera melodía de la expiación (XXI, 1), que al comienzo del acto arroja un fulgor de esperanza sobre la desolación de


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Pero de nuevo es acallado por tristes acordes “-este es el encanto del Viernes Santo, señor-”, con lo cual asciende en un dolorido trémolo la frase de la fiesta de amor hasta llegar al motivo de Viernes Santo, hasta que con reiterados sollozos “-¡oh el más triste de los días!” se resuelve en la terminación de la frase “-tú ves esto, no es así-”; por segunda vez la pradera de las flores emerge brillantemente de entre las tristes nubes del Viernes Santo, y forma con su melodía, en forma de canon, una graciosa base sonora al canto de Gurnemanz, que nos instruye sobre la beatitud del Viernes Santo. Un intermedio regularmente conducido del motivo del Graal “-en las huellas de los amados pies del Redentor toda criatura se regocija ahora-” introduce una tercera aparición de la melodía principal en triunfante fe “-¿sus oraciones le santificarán?-” Una vez más, como contraste, pasa ante nosotros la visión del Salvador con la cruz a cuestas en notas pesadas, tritónicas, sobre la caja “-ella no puede verle sobre la cruz-”, y luego, como arrancando de un intenso deseo de ver al Salvador, el final de la frase de la fiesta de amor sube con la figura elegíaca en una secuencia ascendente, hasta que la anterior melodía de la expiación retorna completamente desenvuelta ahora y lindamente variada “-ahora hierba y flores aparecen en los prados-”. Un suave pasaje cromático hinchado -como Dios con divina paciencia- como suavizado, disminuyendo a la cuarta entrada de la melodía principal; luego la riqueza de la melodía sube hasta un alado crescendo, y por último, el motivo del Graal corre a través de la pradera de las flores, resonando sobre todo como un sagrado, alegre, sublime grito de triunfo de Dios “-Naturaleza hoy perdonada recupera su inocencia-.” Sobre esto, una alegre variación de la melodía de la expiación comienza, f, pero dulcemente cede, y termina, por medio de la primera figuración de la melodía, en los nostálgicos de la queja de las muchachas “-yo los vi perecer a quien una vez se burló de mí-”. Con las siguientes palabras “-¿si hoy ellos se esforzasen por la redención?-”, esto se funde suavemente con la queja del Salvador, y luego da lugar en la llanura de las flores en el más suave pp. Las palabras del canto van tiernamente entrelazadas con la melodía y expresa la alegría más sublime “-tus alegrías se convierten en bendito rocío; tú lloras; mira, el prado se regocija”.

Después de esto, como un suspiro de puro éxtasis, sube el estribillo de la última melodía de la expiación, pero pronto disminuye y otra vez ya oímos acordes de dolor en este diminuendo; campanas distantes, privadas de sus primeros tonos finales, advierten de la triste celebración que está suspensa en el monte del Graal y la figura que siempre acompaña a la siguiente música del panorama, y los coros funerales (compárese XXIII) se juntan a las notas temáticas. Pero sobre la agobiadora solemnidad de estos acordes surge surge ahora triunfalmente el espléndido motivo de Parsifal y acompaña al héroe al comienzo de su viaje a la sagrada mansión del sufrimiento. Así le acompañaremos nosotros con firmes pasos en los obscuros misterios de la nueva transformación.

***

Ocultando medrosamente la figura acompañante suena a través de toda la música y en ella se oyen como los tristes soplos del hado, los doloridos acordes del segundo motivo de Herzeleida completamente desarrollado -un motivo que expresa en efecto un corazón adolorado y los sufrimientos de amor del género humano, y asimismo todos los tormentos que el amor impuso al Redentor mismo.

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Es como una pintura de la vida de nuestro héroe que pasa ante nosotros, desde los dolores del amor de su madre, hasta este día de agonía que carga con la cruz de la redención; una vez más en el último día debe llevar compasivamente todo el peso del mal que el mundo, para cuya salvación vino, le cargó sobre los hombros. Es una esfera de profundísimo dolor aquella a que él nos conduce y a través de la cual nos lleva el motivo, que como el raconto de Gurnemanz va envuelto en las armonías de la desolación y se desenvuelve en penosas decepcionadas cadencias, a las que sigue los pasos siempre adelante de la figura de acompañamiento que interrumpen los sonidos de las campanas, aumentando, hasta que por último se funden en un desarrollo ff de la lastimera figura final de todo el intermedio.

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Como la primera figura de acompañamiento, hasta aquí silenciosa, avanza de nuevo y el motivo de desolación suena ahora completo, se revela a nuestra vista el templo del Graal, y los caballeros revestidos de tristes vestimentas funerales, unos llevando el féretro de Titurel y otros con Amfortas y el Graal, avanzan diferentes sitios entre las antífonas de su doble coro.

II

El veneno del abatimiento triste y doloroso destila aún en los coros de los caballeros y los medios de expresión musicales aquí empleados son los mismos de que ya hemos hablado en el intermedio de la escena anterior, en la mención de la celebración. Ellos forman en una factura característica la formación melódica y armónica de ambos coros. Es digno de observarse que los primeros versos terminan cuatro veces en el motivo del Graal. El triste movimiento del intermedio se une al coro que acompaña a Amfortas, mientras el coro que conduce los restos de Titurel va acompañado por el tema de las campanas. Pero cuando los cantos alternados se hacen más breves, la primera figura de la desolación lleva a la asamblea a una pausa con lastieros sonidos de dolor, y al final, cuando se unen juntos en salvajes repeticiones de aquel quejumbroso grito “-Por la última vez-”, la apremiante figura final del intermedio, derivado de la melodía al comienzo de la overtura, interviene de nuevo y da e estos gritos una expresión llena de angustiados lamentos.

Las campanas vuelven entonces a sonar y sólo cesan al grito de Amfortas, que desfallece de dolor: “-¡Ay, ay! ¡qué angustia!-” tras lo cual se repite en forma abreviada el motivo de la Desolación.

Al descubrirse el féretro de Titurel surge una rápida y conmovedora subida del motivo de pasión (IV), que desciende a través de tres octavas, como si escapase a la vista de esta suprema pasión de pena, pero que es inmediatamente dominado por los suaves tonos sostenidos de un nuevo motivo que suena como un mensaje sagrado (XXV). Aquí el primer motivo forma un breve ritornelo a la plegaria “-mi padre, el más santo de los héroes-” antes de convertirse en el fundamento temático de la plegaria misma, lo que es especialmente característico de todos lo más grandiosos cánticos de Amfortas. Este motivo alienta en la música con el noble reposo de aquel tiempo feliz en que Titurel reinaba. Las palabras “¡Oh! Ya que en el esplendor divino contemplas ahora mismo al Redentor-” se resuelven en el tema de la fe, pudiéndose observar ahora una relación íntima, aunque no comprobada, entre ambos temas.

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En este punto se refiere la plegaria a la revelación del Graal, y la frase de la fiesta de amor y el motivo del Graal, aparecen de nuevo, pero con la última frase -”¡Muerte! ¡Muerte!-” La única gracia representa una figura musical como motivo de la pena de amor, en la cual se advierte cierta semejanza con el motivo de Herzeleida; aquí sólo acompaña las últimas palabras efusivas, implorantes, de la plegaria de Amfortas, primero con admirable ternura, y luego, en forma de apasionado lamento.

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Pero los gritos tumultuosos de los caballeros: “-¡Haz tu deber! Debes, debes”- despiertan de nuevo en el fatigado Amfortas sentimientos de la más profunda desesperación. “-No, no más.”- El motivo de pasión que le acompaña al comienzo del drama, también ahora, al final, cuando su alma se rebela contra la vida, se une a él con salvaje pasión en una forma ascendente, amplia y arrogante.

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En las palabras -”saca tu espada”- se expresa lo profundo de su desesperación, así como en la parte correspondiente del lamento del primer acto, por el diabólico poder del motivo de Klingsor, que ahora provoca susurrantes “movimientos mágicos” que funden, al fin, en el motivo del Graal. Aquí el Graal mismo os dará luz.

Parsifal, el nuevo rey del Graal, ha entrado ya con el arma que sana; a medida que avanza y se descubre a la vista un reino más excelso, las armonías del motivo del Graal experimentan una maravillosa alteración -sólo un arma aprovecha; sólo la lanza que abrió la herida puede cerrarla-. Cuando con un toque de la lanza cierra la herida de Amfortas, transfórmase todo; resuena el final de la frase de la fiesta de amor con el motivo de la lanza, jovial y triunfante, y el motivo de pasión que servía precisamente para expresar la diabólica y retadora pasión, aparece ahora apaciguada y dulcificada en presencia del dolor aliviado (IV, 2). “Bendecido por el sufrimiento, que dió al tímido toda la más grande fuerza de piedad y el más puro poder de la Sabiduría”. El motivo del loco tras el motivo de pasión alterado, subiendo cada vez más alto, hasta la entrada del cántico triunfal en el motivo de Parsifal, que con regio esplendor acompaña a Parsifal a medida que avanza al centro de la escena, -”La sagrada lanza”- “Yo te la devuelvo”-; luego la frase de la fiesta de amor y el tema de la fe (III, 3), saluda con un breve y solemne canto esta reunión del Graal y de la lanza; la frase de la fiesta de amor, dejando de revestir la figura de pena, en la que antes lloraba la sagrada herida de dolor, revuela sin trabas hacia la bendita libertad (I, 3), y conserva hasta el final del acto esta su nueva forma, que refleja el poder del amor de Dios como se revelará en las palabras de la redención:

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Oh maravillas de alegría sublime-; este último sagrado y arrebatado cántico del nuevo rey comienza con el tema de la fe, y aquí, como al final de la overtura, el ascendente motivo de la lanza con la figura elegíaca y la queja del Salvador mismo, expresa la curación de la pena y su cambio en beatitud espiritual. El motivo del loco y la frase de resolución forman un estribillo al subir Parsifal las gradas del santuario, dando en sus últimas palabras su primer mandato regio. Revelad el Graal. Abrid el cofre. Entre acordes que parecen salir de burlas áureas, el motivo del Graal anuncia la revelación del tanto tiempo oculto dispensador de bendición, y tras la silenciosa plegaria de Parsifal, va seguido por la sagrada frase de resolución y el tema de la fe, una de las celestes flores de los deseos de amor divino del otro. Una divina gloria emana de lo alto a través de las profundas sombras del hall: a las palabras “el más alto milagro divino” -los coros inician suavemente el motivo del loco, que se manifiesta ahora como un verdadero motivo del Salvador- y a las palabras “-redención para el redentor-”, la frase de resolución, subiendo desde las voces profundas de los hombres, pasa a través del coro de los jóvenes y sube hasta los niños que lo encumbran sobre todas las demás voces hasta la más excelsa altura, y allí en tonos largamente sostenidos, como el Sol de la Eternidad, lanza reflejos de gloriosa luz divina.

El tema de la fe cae desde las alturas dulce y murmurante, mientras las voces se entrecruzan como espíritus de luz que alegres juguetean en un estado de bendita unanimidad; la Sagrada Paloma vuela como una bendición sobre la testa de Parsifal, en tanto éste muestra el Graal a los elevados ojos de los caballeros; Kundry cae a tierra y su espíritu se consume entre los sagrados acordes; y como ahora el motivo del Graal surge en todo su solemne esplendor para rendir homenaje al nuevo rey, parece descubrir esferas aún más nuevas, más altas y puras esferas de divinos prodigios, a través de las cuales el tema de la fe flota fogoso como un resplandeciente río de luz. Así, la realidad visible de esta sublime escena, al desaparecer de la vista, se va envolviendo en un divino éter de dicha sobrehumana, a través de la cual, en plenos tonos, hasta el fin, la divina “frase de resolución” surge alada desde el último motivo del Graal, elevándose a reinos de eterna beatitud.


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