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Prólogo a: La herencia de Wagner

LA HERENCIA DE WAGNER
Por Cipriano Martínez Rücker

 

Académico correspondiente de la de Bellas Artes de San Fernando, Profesor honorario de varios Conservatorios, Socio de mérito de diferentes corporaciones artísticas de España y el extranjero, etc., etc.

Con un prólogo del eminente maestro D. TOMAS BRETON

INTROITO

[p. I]¡Si el trabajo fuese virtud española!

Así como un señor Nogales y Nogales sorprende á la literatura pátria con uno de los cuentos más primorosos que haya producido el entendimiento humano, así el señor Martínez Rücker nos sorprende con el presente admirable estudio de alta crítica, que no titubearía en calificar de transcendental, si por lo insólito en nuestras costumbres no temiera al propio tiempo que la falta de ambiente pudiera [p. II] hacerlo por el momento estéril.- De Andalucía nos viene hoy la luz. El señor Nogales reside en Huelva, el señor Rücker en Córdoba, la pátria de los califas antiguos... y modernos (¡!); dá lecciones para mantener numerosa familia, compone música sin cesar, música sentida, delicada, sincera, eminentemente española... y todavía, preocupado por la influencia wagneriana y sus consecuencias en nuestros artistas y públicos, roba al descanso horas precisas, para escribir el presente folleto La Herencia de Wagner, con el noble propósito de contener á unos y otros en la peligrosa pendiente porque caminan, al fin de la cual pudiera haber un abismo.

Está hecha la biografía del Sr. Martínez Rücker; este es uno de los pocos españoles que trabjan.

No puede en realidad ser más oportuno este toque de atención. Ya sea [p. III] por efecto del poder positivo de la música de Wagner, ya por nuestra vehemencia y exageración ó por la moda y la ignorancia, es lo cierto que hemos llegado al extremo de que en los conciertos instrumentales p. e., fuera de dos sinfonías de Beethoven -la tercera y la quinta- y contados números de algunas otras, mas las ruidosas y brillantes rapsodias de Listz, no se escuche con complacencia ninguna otra música si no es la de Wagner.- Si de los conciertos pasamos al teatro, observamos el mismo fenómeno. Los elegidos, los oráculos, los que han ido á Beireuth y los que piensan ir, protegen escuchando á Verdi, Donizetti, Meyerbeer, etc., etc., y encuentran asombrosa Tannhäuser y ligera La Walkiria, siendo tan grande su influencia en los débiles públicos, que, estos, aunque le parezcan pesadas y fatigosas muchas escenas de las [p. IV] citadas y otras operas del mismo autor, no se atreven á decirlo por no incurrir en anatema y pasar plaza de bárbaros. Sí; la ola wagneriana nos ha invadido; está en su máximo desarrollo en Francia y en España, como lo estuvo en Alemania y Austria, paises estos en donde Cavalleria Rusticana é I Pagliacci han obtenido los éxitos mas colosales, por el hartazgo de polifonía que vienen soportando hace muchos años.

Teme el Sr. Rücker que la influencia de Wagner y la de los que ya consideran á este arrieré, afecte á nuestros compositores, les haga renegar de su naturaleza latina y oriental y tomen por frutos del sentimiento los que sólo produce la inteligencia... Ciertamente es un peligro que se hace notar más en los compositores barceloneses que en los madrileños; pero á la larga el peligro desaparecerá, [p. V] pues no es posible truncar las leyes de la naturaleza, y la nuestra requiere luz porque la bruma le asfixia, es más objetiva que subjetiva, prefiere un Murillo á cien Dureros...

Wagner pasará como pasó Rossini y vendrán otros génios que, tomando el arte en el punto en que los génios lo dejaran, daránle nuevo inpulso y vigor que durarán lo que tarden en aparecer otros génios... Los que ahora andan torturando su imaginación y torturando el arte, son geniecillos de menor cuantía que no van á ningún lado.

La importancia del presente folleto estriba en su sinceridad. Leyéndolo, me parece oir la música de su autor, de no menor jugo, no menos interesante ni menos culta que muestra serlo en las páginas que siguen.- Hay un paralelo en ellas del que yo, honrada y absolutamente, protesto; aquel [p. VI] en que hace figurar mi nombre al lado de los de Verdi y Saint-Saëns.- No han pensado seguramente estos maestros ilustres con más vehemencia ni entusiasmo que yo en el progreso del arte; pero ya lo dice el mismo Martínez Rücker: así como una misma simiente -según la tierra en que germina- produce frutos con gusto distinto etc.: y yo en otro estudio contemporáneo coincidía escribiendo: no modifica la planta al terreno, sino éste á la planta etc., etc.; habida, pues, cuenta de estos verdaderos axiomas, sin falsas modestias..., podría yo tener y mis compañeros de arte en Madrid un talento y génio descomunales..., mas ¿de qué servirían en un país que apenas tiene tradiciones en el divino arte y que no se interesa poco ni mucho ni nada por su porvenir musical?- No; yo he hecho lo que he podido hacer; pero mi influencia á todo tirar no re- [p. VII] basa los límites de nuestra península, si es que llega á tocarlos, mientras que los insignes maestros aludidos, por la fuerza de su génio y la bondad del ambiente en que aquel se manifestara, tiene por escenario el mundo entero y por alabarderos á todas las personas de buen gusto.

El Sr. Martínez Rücker me ha pedido un prólogo á su interesante trabajo, prólogo que yo no tengo ni se escribir. Vayan estas líneas como presentación del notable músico que, en mi sentir, se acredita también de crítico y literato de cuenta, las cuales cerraré como emzaba:

¡Ah, si el trabajo fuese virtud española!

T. BRETÓN
Madrid, Febrero 1900.

LA HERENCIA DE WAGNER

A mi querido amigo D. Ramón Noguera

[p. 1] "Visitando un caballero á un viejo hidalgo que se hallaba en la mayor miseria, le encontró remendando su traje.

-¿Qué hay de nuevo, amigo? -le preguntó.

-El hilo, respondióle el otro y continuó tirando de la aguja."

Aplique el lector este cuentecillo á las mal hilvanadas ideas de nuestro modesto trabajo. En éllas no encon- [p. 2] trará otra novedad que el hiloburdo y poco resistente con que hemos procurado zurcir algunas reflexiones, más ó menos generalizadas entre ciertos cultivadores del arte musical, á quienes no convencen las tendencias modernas de la escuela germánica, ni el instinto de imitación que viene desarrollándose en la inmensa mayoría de los compositores latinos.

Sentimos carecer de la erudición retórica y filosófica de ciertas privilegiadas inteligencias, que nos hubiera permitido desenvolver con mejor fortuna uno de los asuntos musicológicos más palpitantes de la época actual y que tanto afecta al porvenir de nuestro paradisiaco lenguaje.

No faltará quien juzgue algunas de estas breves páginas quimeras de poeta, inspiradas por un exaltado espiritualismo. No lo negamos. ¿Acaso un arte que no tiende poco ni mucho á [p. 3] la plasticidad absoluta, podría existir suprimiendo el ideal? El constituye para el artista la potencia creadora que le permite imaginar obras más bellas que la realidad misma. Sin él no hubiese Henri Blaze llamado á la música un divino presentimiento; Alighierila esencia del paraiso; Beethoven la única introducción incorporal al mundo superior del saber. Una revelación más sublime que toda ciencia, que toda filosofía.

La música, como la literatura, ha sufrido ya tranquilos, ya violentos cambios, reflejando siempre la volubilidad de las pasiones, las visicitudes y deseos de la humanidad. En todas las épocas y en todos los argu- [p. 4] mentos referentes á las bellas artes, predominó durante más ó menos tiempo una forma, un género no sancionado por su valor, sino acomodado al frívolo capricho de la moda intelectual del espíritu.

¡Cuántas creaciones musicales de verdaderos génios y de diferentes escuelas que un día hicieron las delicias de los dilettanti, yacen hoy olvidadas -después de brillantes triunfos- en las bibliotecas de academias ó conservatorios, destinadas tan solo para reconstituir la historia del arte! Cayeron destronadas sistemáticamente bajo la inevitable y eterna ley de la evolución que todo lo transforma; impulsadas por la imperiosa necesidad del paladar humano, ávido siempre de nuevos y más poderosos estimulantes.

Hoy esa moda califica de decrépito á lo clásico, cursi á lo romántico, rancio á lo efectista, creyendo haber en- [p. 5] contrado su ideal en lo que ha dado en llamarse la idealidad positiva de Ricardo Wagner.

¿Cual será la influencia del Lutero de la música en el porvenir del arte? Ardua es la cuestión. Examinándola con algún detenimiento, vemos que la música atrae y entusiasma cuando hace sentir al corazón; pero no cuando se admiran sus artificios harmónicos ó contrapuntísticos con el frio cálculo del cerebro y mediante un análisis material.

Si el arte vence cuando conmueve, cuando es la verdadera y sintética expresión de nuestro sentimiento ¿por qué tornar la más ideal de las bellas artes, que debe ser objetiva, en exclusivamente abstracta y subjetiva? El estudio no debe destruir la sensibilidad. Los esfuerzos intelectuales por obtener determinados efectos y las transcendentales elucubraciones de compositores [p. 6] exaltados, tan sólo seducen á los fanáticos modernistas; mas no merecen el favor general, porque no responden al sublime concepto del arte.

La creación musical no ha de ser tampoco el producto de un génio embrionario y falto de tecnicismo. La demasiada sencillez harmónica, la pobreza en las modulaciones y el predominio exclusivo de la melodía, aún cuando esta sea la más vital y maravillosa encarnación del arte, también fatigan, aburren y no satisfacen las exigencias de los que, anhelando su constante progreso, no quieren estancarse en el pasado.

La música-escribió Mozart-no debe jamás herir el oido. Aún en las situaciones más violentas y horripilantes debe satisfacerlo; en un palabra, la música debe ser siempre música. Berlioz coincide con el autor del D. Juan en el fondo y en la for- [p. 7] ma de esta idea, opinando también que la música no tiene por objeto exclusivo ser agradable al oido, pero mil veces menos desagradarle y torturarlo.

No opinan así los más acérrimos partidarios de la moderna escuela. Según ellos, es necesario despreciar el órgano auditivo, puesto que la música no tiene la misión de deleitarle. No hay más que acostumbrarlo á las triples disonancias sin preparación ni resolución, al contínuo divagar de durísimas modulaciones, y, á veces, á la carencia absoluta de tonalidad...!

¿Triunfará por completo con el transcurso del tiempo una escuela que se admira, pero que no se siente? Creemos firmemente que no, porque el arte dejaría de ser tal para convertirse en artificio.

No se figuren los apóstoles del wagnerismo (esos idólatras adoradores del innovador de Leipzig, para los [p. 8] cuales no hay nada bello, sublime ni trascendental como no sea su labor portentosa y fecunda), que nosotros dejamos de reconocer las preeminentes cualidades de hombre tan extraordinario que consiguió llevar á cabo un ideal en el género lírico dramático y que ha poseido como pocos la ciencia de la harmonia y de la instrumentación. Ricardo Wagner es admirado con justicia por todo el mundo musical hace cincuenta años, y sus obras, desde Rienzi á la tetralogia El anillo del Nibelungo, han sido objeto de vivas discusiones y de polémicas encarnizadas por los más eminentes críticos.

Fetis le trató despiadadamente, juzgando la overtura del Tannhäuser plagada de incorrecciones harmónicas (!); nada más apasionado é injusto.

Wagner supo recojer los riquísimos materiales que legara un día el sobe- [p. 9] rano sinfonista, y con éllos transformó la faz del arte, transportando al teatro un poema lírico escrito en condiciones completamente nuevas é independientes. Sus concepciones, su sistema dramático, los tesoros de ciencia que ha difundido en sus inmortales partituras y las innovaciones por él introducidas en la moderna orquesta, le dan sobrado derecho á considerarle como el digno sucesor de Gluck, Weber, Rossini, Berlioz y Meyerbeer. Pero si él fué un génio singular, sus ilusos imitadores (aquellos que se esfuerzan en vano por apagar la eterna luz de la melodia), caminan al cáos, llevando á nuestro espiritual lenguaje por inciertos derroteros.

La imitación en el arte es un contrasentido, un fenómeno patológico que revela debilidad, impotencia y falta de génio para conducir con naturalidad á la música por la senda del verdadero [p. 10] progreso. En su historia se registraron capítulos imperecederos, cuando predominó la idea al artificio de la forma, porque aquella es el bello ideal de la creación, el quid divinum que nos conmueve, penetrando en nuestra alma sin intervención de los sentidos, mientras que este sólo representa el producto del ingénio que habla tan sólo á la inteligencia.

Hoy que la polifonía instrumental y la policromía dramática reinan en las obras más aplaudidas, que se han multiplicado los conocimientos técnicos y que se rinde ferviente adoración al artificio del músico, al triunfo del saber con menoscabo de la idea, entonamos himnos de alabanza á la intrincada labor de los llamados modernistas, creyendo haber alcanzado el máximum de la perfección, el sumum de la belleza. ¡Como si fuese posible creer sin la fe que nos inspira una re- [p. 11] ligión, amar sin pasión, aborrecer sin odio, crear sin génio...!

Trascendental ha resultado para el porvenir del arte la portentosa labor del inmortal sajón; mas como á las grandes evoluciones es sabido que suceden las grandes decadencias, no titubeamos en pronosticar que, á la mayor parte de las obras de sus fanáticos imitadores -que nuestros públicos y sapientísimos críticos aplauden hoy por moda con ciego entusiasmo sin comprenderlas- les aguardan triunfos pasajeros, vida corta, semejante á la juventud que, dotada de un organismo raquítico, muere al primer cambio brusco de temperatura.

El arte parece perturbado por un refinamiento de la escuela alemana. Sus cultivadores no se proponen otra cosa que derrochar con extraordinaria prodigalidad las reglas escolásticas acumuladas durante una larga ca- [p. 12] rrera, deslumbrando con su pericia técnica á sus entusiastas partidarios.

Sólida es, en efecto, la cultura musical, literaria y hasta filosófica de los compositores del norte. No satisfechos con descifrar los intrincados problemas de la harmonía y el contrapunto, ni tampoco con saborear á Schiller y Goethe, estudian además á Leibnitz, Wolf, Kant y sus sucesores, estimando que son indispensables los conocimientos extra-musicales para regenerar el arte. De ahí que su música sea cada vez más sábia, más física que psíquica.

El constante afán á lo nuevo de tanto desequilibrado, ha ejercido una influencia de inestabilidad evolutiva que no ha de obtener seguramente los sufragios de la posteridad. Sin duda atravesamos un periodo de verdadera decadencia, al que ha de seguir invariablemente y en plazo no lejano, una [p. 13] época de transición, iniciada ya en aquellas famosas palabras del venerable Verdi: Tornate all' antico e sarà un progresso; es decir, que si la música futura debe derivarse de la del pasado, conviene emprender un viaje de regreso, volviendo á la creación beethoviana, la vehemencia que la caracteriza; tomando, en fin, como punto de partida para la verdadera reconstitución del arte, aquel sóbrio y solemne lenguaje inspirado, no por la febril actividad de la inteligencia, sino por la influencia saludable del sentimiento.

Hay, pues, que esperar pacientemente á que surja un nuevo Beethoven, un redentor que, analizando con entera imparcialidad las diferentes escuelas, escriba después según los impulsos de su propio génio, para sal- [p. 14] var al arte del estado de anarquismo en que desgraciadamente se encuentra.

En tanto que esto suceda, reinarán las obras polifónicas que poco á poco van imponiéndose en todos los públicos. Y no es lo peor que artistas yamateurs se estusiamen proclamando á las composiciones del wagnerismo como las únicas dignas de figurar en audiciones musicales que revelen cierta cultura; lo grave para la generalidad de los compositores latinos consiste en que de día en día se va acentuando un irresistible deseo, un constante anhelo por asimilarse la rigidez y los atrevimientos que personifican la escuela del gran revolucionario.

Para convencerse de ello no hay que salir de casa; basta hojear las obras de la mayor parte de los compositores españoles contemporáneos. [p. 15] En ellas se observa una uniformidad de confusa polifonía melódico-instrumental, un cáos de inconexas modulaciones, diseños melódicos pésimamente desarrollados y, en su ardiente afán por mejorar el arte, olvídanse en absoluto de las viejas tradiciones declarándose abiertamente fanáticos imitadores de Wagner, so pretexto de nuestra técnica es débil y elementales nuestros procedimientos harmónicos.

No se puede negar que el ambiente y la escuela rutinaria tienen sumida á la música española en lamentable atraso; mas al luchar con denuedo por no quedarse atrás ante la enorme evolución polifónica, es preciso tener muy en cuenta la índole de la raza á que pertenecemos.

Por desgracia no nos preocupa semejante cosa, y como dice muy bien nuestro querido amigo el notable mú- [p. 16] sico granadino D. Ramón Noguera en sus eruditas "Confesiones musicales:" Insensiblemente nos hacemos modernistas sin querer... Va llegando la hora en que debe haber más wagneristas (de título al menos) en España, la patria del jaleo, del vito y de las canciones de Iradier, Oudrid y Gaztambide que en la misma Baviera...

Uno es el arte, indiscutible su universalidad, puesto que universales son sus elementos; pero, como toda manifestación de la vida social, asume diversas formas, según el peculiar carácter de cada pueblo. La imaginación latina prefiere el gusto clásico, el dominio de la melodía clara, apasionada, expresiva. El wagnerismo re- [p. 17] presenta la revelación de una raza que no es la nuestra. Su labor es profundamente filosófica, matemática, hija del frio cálculo. ¿Cómo, pues, intentamos asimilarnos una forma de arte que no encarna en nuestro modo de ser y de sentir?

Es un error antropológico suponer á las diferentes ramas de la gran familia humana dotadas con la misma organización. Por tanto, seamos lógicos y no intentemos propender hácia un ideal que no emana de un sincero sentimiento, que se aparta de nuestra propia naturaleza y no satisface las facultades estéticas de nuestro oido.

No há mucho que el eminente maestro Bretón nos manifestaba: Aun no acierto á afirmar qué camino es el bueno ó el malo. Creo con Aristóteles que el mejor es el justo medio, partiendo de la sinceridad que recomienda Horacio; el justo medio, que él practi- [p. 18] ca en sus obras, imprimiéndoles al propio tiempo el carácter típico de nuestra música nacional. Si el ilustre autor de Garin y Los amantes cree que exajeran Frank, Strauss y demás continuadores de Wagner ¿qué no pensará de los músicos de nuestra raza que pugnan por imitarles? Estos sí que -en su locura- arrastran al arte por un camino de perdición...

Bretón en España, como Saint-Saëns en Francia y Verdi en Italia, progresan constantemente, acumulando en su labor fecunda, los elementos sanos, sin estancarse en la estéril adoración del pasado.

No es fácil profetizar lo que será la música del porvenir; pero gracias á los autores del Otello, Sanson y Dalila y La Dolores, sabemos cómo debe ser la música del presente. Ellos -cerebros bien equilibrados- nos enseñan cuál es el justo medio que debieran se- [p. 19] guir los compositores latinos; éllos, en sus admirables producciones, se inspiran en el ambiente artístico y social, en las costumbres, ideas, creencias y génio de sus respectivos paises, para escribir una música propia, maternal, que liga en íntima harmonía al artista y sus conciudadanos, pero que mal pueden saborear aquellos que no pertenecen á la misma familia, á idéntica raza.

En arte, repetimos, es necesario ante todo ser sincero. El wagnerismo es incuestionablemente una profunda, noble é independiente manifestación del arte nacional germánico, pero que no debe ni puede ser profesado por nosotros, so pena de caer en el ridículo.

Estudiar á fondo los poemas épicos del atrevido innovador aleman -fiel intérprete de la facultad perceptiva y creadora del pueblo á que pertenece [p. 20] -es tan útil é indispensable para la general cultura de todos los que cultivan nuestro bello lenguaje, como conocer las diferentes escuelas y sistemas de música; pero tratar de imitarle sería producir la caricatura de su gigantesca labor; seguir sus doctrinas, dar al arte obras de pigmeos.

Así como una misma simiente -según la tierra en que germina- produce frutos con gusto distinto, así también los frutos del entendimiento llevan elsabor de la raza de que brotaron.

Los amores metafísicos de Tristán é Isolda, los misticismos de Parsifal, engendrados bajo la acción de una temperatura glacial y de un cielo siempre brumoso, se fundirán al calor del expléndido sol que ilumina nuestro suelo.

 

FUENTE:

LA HERENCIA DE WAGNER

Imprenta del Diario de Códoba, Letrados 18

Córdoba 1900