Por Josep Maria Busqué


En  este año de 1995 se cumplen 150 años del viaje de Franz Liszt a España. El gran compositor visitó la península ibérica entre octubre de 1844 y abril de 1845. 
Junto con Chopin ha sido Liszt el único músico romántico que visitara nuestro país. Pero a diferencia del primero, que efectuó su estancia en Valldemosa en enero de 1838, Liszt viajó y dió conciertos en gran cantidad de ciudades españolas además de  Lisboa entrando además en contacto con el ambiente musical español de aquella época. 
Es sorprendente que el hecho de este viaje sea muy poco conocido entre los aficionados, por contraste también con el de Chopin cuyo viaje a Mallorca es un referente en la memoria de cualquier melómano español medianamente informado. 
Un viaje de seis meses, con una actividad incesante, tuvo que tener necesariamente influencia en la vida artística de nuestro país principalmente en el campo del establecimiento de un nuevo tipo de concierto pianístico más moderno y más libre, al tiempo que más espectacular, por contraste con los convencionalismos de la música de salón dominante en aquel entonces. 
Liszt mantenía correspondencia con Wagner desde mayo de 1841. Sin embargo en estos años del viaje a España los intercambios eran aún escasos, con tratamiento de Ud. (la correspondencia se tenía dentro del rígido marco germánico de entonces y el tuteo no apareció hasta 1849), y antes de que se produjera el apasionamiento de Liszt por la música de Wagner y la consolidación definitiva de la amistad entre ambos. 
Por esta razón la significación musical de este viaje está sólo parcialmente relacionada con los objetivos de nuestra revista WAGNERIANA. Sin embargo, ya entonces la idea de Liszt coincidía con los objetivos que se marcó el maestro de Bayreuth de conceder al arte y a la música un lugar de preeminencia en la vida social europea. 
Algo de esto se consiguió con la visita de Liszt España, sus conciertos, sus viajes y el interés y reacciones que despertó en los medios musicales. 
Por todo ello ha sido de lamentar que, en gran parte de España y en la ciudad de Barcelona en particular, no haya tenido lugar ningún concierto ni acto que conmemore este viaje. No así en Madrid donde por lo menos ha habido una audición del bellísimo oratorio “Christus”, obra de madurez de Liszt y que fue dado en un concierto de Ibermúsica en el Auditorio Nacional el 16 de diciembre de 1994 por la Orquesta Filarmónica Eslovaca y el Coro Filarmónico checo. 
Un poco en desagravio de este olvido, dedicamos hoy unas páginas a relatar el viaje de Liszt a España hace ahora 150 años. (La ASSOCIACIÓ WAGNERIANA organiza además un concierto conmemorativo para el próximo mes de diciembre en el que se interpretarán transcripciones para piano de obras de Wagner y la “Sonata en Sí menor”).

 

El origen del viaje estuvo en el proyecto del Ayuntamiento de Bonn de erigir un monumento a Beethoven por suscripción pública. Encontrándose en Italia, Liszt se enteró de que la cantidad recaudada sumaba solamente 424,50 francos. Ello le indignó y mandó una carta al comité de Bonn, ofreciéndose a recaudar la cantidad necesaria mediante una gira de conciertos. 
En el momento cumbre de su fulgurante carrera de concertista internacional, Liszt ofrece muestras de su carácter generoso y de su temperamento animador. 
Invitado por el Liceo Artístico y Literario, Liszt llegó a Madrid el 22 de octubre de 1844 dando el primer concierto el 29 del mismo mes en el Palacio de Villahermosa. En total dió 9 conciertos en Madrid: cinco en el Teatro del Circo, un segundo concierto en el Palacio de Villahermosa, otro en el Teatro del Príncipe (actual Teatro Español) y un último concierto en el Salón del Instituto Español. Importante señalar que en el concierto del Teatro del Príncipe el 13 de noviembre, Liszt tocó juntamente (a cuatro manos) con Juan María Guelbenzu, pianista español de aquella época. 
En estos conciertos de Madrid, Liszt pudo tratar a varios músicos españoles como Hilarión Eslava, Pedro Albéniz (profesor de piano en el conservatorio de Madrid) y Sebastián Iradier (conocido autor de “La Paloma”). Liszt mostró mucho interés por la vida musical española, en realidad muy poco brillante en aquella época y estimuló a los artistas en su trabajo. 
Aparte de los ya citados, Liszt se ralacionó también con los miembros del Liceo Artístico y Literario, como el ya citado Pedro Albéniz, Ramón Carnicer y Mariano Rodríguez de Ledesma.

 

Tras abandonar Madrid el 4 de diciembre de 1844, Liszt dió un concierto en Córdoba el 11 de diceiembre, pasando de allí a Sevilla con intención de descansar. En Sevilla trabó amistad con Eugenio Gómez, organista de la catedral, a quién sugirió publicar algunas de sus composiciones. Hoy, 150 años después, deberíamos animar a los detentores de la cultura en nuestro país para que programaran alguna vez música de órgano de Liszt o al menos música de Liszt del tipo que sea. 
Etapas siguientes del viaje fueron Cádiz (un concierto), Granada y de allí a Lisboa (vía Gibraltar). En Lisboa nueve conciertos permaneciendo hasta el 25 de febrero de 1845. Desde allí a Valencia, donde dió tres conciertos en el Teatro Principal, y de allí a Barcelona donde permaneció hasta el 21 de abril.

 

En opinión de la prensa Barcelonesa de la época (“Diario de Barcelona”, “El Fomento”, “La Verdad”) la técnica pianística de Liszt impresionó al público y a la crítica musical. En Barcelona, como en las restantes ciudades españolas, se repitió el éxito fulgurante registrado en todas las ciudades europeas visitadas. Un público deslumbrado por su capacidad y recursos técnicos, y en suma convencido de la calidad de impresiones musicales que era posible transmitir con un piano. 
Los programas se basaban casi siempre en fantasías y reminiscencias sobre motivos de óperas italianas (“La Sonámbula”, “Lucía di Lammermoor”, “Norma”, “Guillermo Tell”, etc.) e incluían algunas obras propias de Liszt aunque ciertamente las más banales (“Melodías Húngaras”, “Gran galope cromático”). Curiosidad: al final de cada concierto el artista ejecutaba improvisaciones sobre temas propuestos por el público, p. ej. una jota aragonesa. 
En esta época Liszt había ya compuesto los “Doce estudios de ejecución trascendental” y gran parte de los “Años de peregrinación”, obras sin duda más profundas que las programadas en España. Ello no tiene que hacer pensar que buscase en España un éxito fácil, por otra parte asegurado con los precedentes existentes, sino llamar la atención sobre una dimensión espectacular de la música y del género pianístico. Por otra parte las transcripciones y paráfrasis sobre temas de ópera italiana, tan denostadas por algunos críticos, tienen más valor musical del que aparentan como precisaba Federico Sopeña en su ensayo “Vida y obra de Franz Liszt” (“La variación dramática progresando junto con la variación decorativa”). 
En Barcelona Liszt dio tres conciertos en la entonces llamada Sociedad Filharmonica y tres en el Teatro Nuevo. No llegó a actuar en el entonces prestigioso Teatro de la Santa Cruz, ni tampoco en la Sociedad del Liceu, que organizaba representaciones de ópera y conciertos en el antiguo Teatro de Montesión. 
Tras dejar España Liszt se dirigió a Bonn donde tuvo lugar la inauguración del monumento a Beethoven el 12 de agosto de 1845. 
Ello dio lugar a una serie de festejos para los que fue necesaria una vez más la ayuda económica del maestro: Tuvo que aportar dinero para construir una sala de conciertos adecuada. 
Imponiendo su voluntad sobre la euforia oficial consiguió que se aceptara su criterio para el programa del concierto de homenaje, dirigido e interpretado al piano por él mismo: “Quinta Sinfonía”, “Quinto concierto para piano en mi bemol” y final de “Fidelio”.

 

Así terminó el pasaje español de la vida de Liszt, el gran artista que empezó imitando a Paganini y que terminó en Bayreuth extasiado con “Parsifal” y que tuvo la idea de venir a estimular el adormecido ambiente musical español, ahora hace 150 años. 
Años más tarde, en 1876, Liszt recibía en Budapest la visita de Isaac Albéniz a quién hablara del viaje de 1845. 
Posteriormente, en Weimar y en Roma, Albéniz podrá colmar sus deseos de una auténtica formación instrumental, base de la posterior escuela pianística española. 
  

 


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