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Mathilde Wesendonck

Por Judith Cabaud (1)

 

Las biografías de Wagner me indicaban las fechas de composición del “Tristan”: el poema escrito de un tirón en un mes, entre agosto y septiembre de 1857 y la música compuesta en Zurich, en Venecia y acabada en Lucerna en 1859. Se hacía mención de un cierto Otto Wesendonck que ayudaba a Wagner en el plano financiero y de su encantadora esposa, Mathilde que, aunque burguesa, tenía en alta estima las obras del maestro.

Curiosamente, durante este invierno de 1857 a 1858, en el mismo intervalo de tiempo durante el cual componía la música de ”Tristan”, Wagner se había tomado la molestia de componer igualmente la música para una serie de poemas escritos de puño y letra por la joven y bella Sra. Wesendonck a quien M. Gregor-Dellin comparó a Mme. Bovary. Sin embargo, contrariamente a la heroína de Flaubert que jamás fue poeta, la de Wagner, la dulce y vibrante Isolda, escribió los textos de estas cinco canciones conocidas más tarde como los “Wesendonck Lieder”, impregnadas de la emoción de lo vivido y de la similitud del sentimiento contenido en el segundo acto de “Tristán”. Si M. Gregor-Dellin estimó oportuno comparar las dos obras maestras “Madame Bovary” y “Tristán”, podemos decir que su único auténtico punto en común es el haber sido escritas en el curso 
del mismo año: 1857. Pues si Flaubert nos describe en efecto las peripecias sentimentales de una ociosa burguesa que toma por amante a un joven tierno, débil y mediocre, ¿cómo considerar ni de lejos una comparación con los amores etéreos y cerebrales, casi místicos, entre esta joven Mathilde y el mágico prodigioso de la “Tetralogía”? Con ocasión de la aparición de la reedición de las Cartas de Richard Wagner a Mathilde Wesendonck en 1986 el autor del prólogo, Henry-Louis de la Grange, se contenta con repetir las tesis de Gregor-Dellin diciendo: «Hoy en día todos los biógrafos y los especialistas en Wagner coinciden en reconocer que ella (Mathilde) no ejerció un peso determinante en el proyecto de “Tristán”. Wagner no compuso por su causa...» 
Qué lugar podía haber ocupado pues realmente en la vida del genio incomparable esta mujer, Mathilde Wesendonck, que escribió este hermoso texto, “El Angel”, describiendo la aparición de Wagner en su vida:

En los primerísimos días de mi infancia 
A menudo oía unos ángeles que decían 
Que abandonarían la maravillosa felicidad del Cielo 
A cambio del sol de la tierra.

De igual modo cuando un corazón desesperado 
Esconde al mundo su sufrimiento, 
Cuando silenciosamente empieza a sangrar 
Y se deshace en mares de lágrimas,

Cuando ardientemente comienza a rezar 
Para quedar liberado de su desgracia, 
Entonces, su ángel desciende junto a él 
Y dulcemente le transporta hasta el Cielo.

Junto a mi también ha descendido un ángel, 
Y sobre sus centelleantes alas 
Transporta, alejándola de toda pena, 
Mi alma hacia el recinto celestial.

Fueron estas impresiones las que me movieron a interesarme por esta mujer. Pregunté en diferentes librerías especializadas sobre la existencia de algún libro sobre Mathilde Wesendonck. Cuál no fue mi sorpresa al no encontrar nada en absoluto. En Alemania se acumulaban sin embargo cada año nuevas publicaciones sobre Wagner así como sobre Cósima, la segunda esposa del maestro. En Francia se escribían grandes cantidades de biografías de mujeres del siglo XIX pero Mathilde era la ausente perpetua. Fue así como un buen día mi esposo exclamó: “Si realmente deseas leer una obra sobre Mathilde Wesendonck ¿por qué no la escribes tu misma?” La idea me gustó pero confieso que si seguía teniendo algunas dudas con relación al personaje de Mathilde, mi intuición me decía, a través de la prodigiosa música de “Tristán”, que seguramente descubriría algo diferente. Así que dejé de lado la hostilidad de M. Gregor-Dellin y el escepticismo de Ernest Newman que había escrito: 
“Al observador imparcial le cuesta creer que la naturaleza de Mathilde Wesendonck fuera tan noble como Wagner pensaba en esa época y como deseó que la posteridad la contemplara puesto que intentó compaginar todas las ventajas: la de vivir en el lujo junto a su esposo y la de vivir, al mismo tiempo, una pasión exaltada”. 
En medio de este desfile de detractores, la voz de Guy de Pourtalès se eleva con un estilo maravillosamente caluroso para concederle el título de “musa total”.

«Mathilde se entregó por entero al Pálido Navegante, “el hombre que puede encontrar la liberación si encuentra una mujer fiel hasta la muerte” Ella es Senta, Elisabeth, Elsa, amor puro, amor místico, amor humano. Ella es Isolda, la inspiradora suprema, aquella en quien se unían las voluptuosidades y la atracción hacia la nada». 
Me dispuse pues a descubrir en esta musa lo mejor o lo peor pero, en cualquier caso, ya era hora de que el mundo descubriese la verdad sobre Mathilde Wesendonck.

¿Por dónde empezar y cómo? Me pareció evidente que lo natural era regresar ante todo a Suiza, el país que acogió a los Wesendonck y a Wagner. Por mediación de nuestros amigos wagnerianos de Lyon tuve la oportunidad de poder conocer al Dr. Jurg Wille en su maravillosa casa de Mariafeld al borde del lago de Zurich. Al principio el Dr. Wille pareció divertido con mis gestiones y mi proyecto, acostumbrado como estaba a recibir a los wagnerianos fanáticos en peregrinación por las fuentes de la música del porvenir. Sus comentarios sobre la Señora Wesendonck, la vecina de Eliza y François Wille, sus antepasados, eran cómicos aunque respetuosos pues ante todo deseaba que se supiera hasta que punto “La Sra. Wesendonck era una mujer como debe ser!” Gracias al Dr. Wille tuve acceso a los archivos de la ciudad de Zurich así como a los de Mariafeld. Después me indicó las direcciones de los descendientes actuales de la familia de Otto y Mathilde Wesendonck.

Comenzó entonces un extraordinario periplo de viajes: a Baviera, a Munich y más al sur, cerca del hermoso Danubio azul; después a Italia, a la Toscana, entre Siena y el mar... 
En la acumulación de documentos, me encontré confrontada con cartas inéditas, manuscritos de la propia Mathilde y ediciones privadas de sus obras poéticas. ¿Cómo explicar de todo ello el hilo de una vida y por qué? ¿Es que las pocas líneas citadas en las biografias wagnerianas referentes a Otto y Mathilde Wesendonck no eran suficientes para mostrar lo esencial sobre sus relaciones con Richard Wagner? ¿Y donde buscar el hilo de Ariadne para comprender las motivaciones de unos y otros? 
Este “hilo” se me presentó de repente en una sola frase que encontré en un libro de Louis de Fourcaud sobre Richard Wagner. El, autor había viajado a Berlín poco antes de la muerte de Mathilde Wesendonck en, 1902 y en el transcurso de una visita que le hizo en In den Zelten, 21, cerca del jardín zoológico, describía la escena siguiente: “En la habitación azul que se había quedado casi en la penumbra, sobre la mesa, en un cofrecillo parecido a un relicario, Mathilde conserva celosamente las misivas del autor de “Tristán”y a veces, releyéndolas., se juzga a sí misma y le juzga a él”. Jamás olvidaremos, este grito doloroso y de indecible orgullo, dirá más tarde Louis de Fourcaud. En efecto, esa tarde, Mathilde, con el cofrecillo en la mano le estepa de golpe: 
“Wagner me relegó de prisa. Apenas me reconoció cuando fui a Bayreuth. Y, sin embargo, yo soy Isolda”.

He aquí pues el “hilo” que estaba buscando: encontrar todo cuanto identificase a Mathilde con la heroína de Tristán. 
A la pregunta de por qué molestarse en seguir este hilo corresponden tres respuestas: 
1) Porque el periodo comprendido entre 1852 y 1864 durante el cual Wagner mantuvo relación con los Wesendonck fue el periodo de creación más fecundo de su vida. 
 2) Porque la “Sonata” escrita en honor de Mathilde, los “Wesendonck Lieder” en base a sus poemas y la creación de “La Walkyria” y de “Tristán” se encuentran todos estrechamente relacionados. 
3) Porque la correspondencia de Richard Wagner a Mathilde Wesendonck constituye una auténtica crónica sobre la génesis y la composición de su obra en la que el compositor reveló secretos de su arte como nunca jamás, ni antes ni después de Mathilde, lo hizo con ninguna otra persona a este nivel de profundidad.

1) Así pues, en primer lugar, el periodo comprendido entre 1852 y 
1864 es con mucho el de mayor fecundidad. 
En 1852 encontramos a Richard Wagner en su exilio en Zurich. Había participado en las insurrecciones de 1848 y 1849 en Dresde y a consecuencia de ello estaba proscrito en su país. Su última composición había sido “Lohengrin”, acabada en abril de 1848. Todavía no había conseguido verla representada en un escenario. Desde hace cuatro años escribe obras teóricas: “El Arte y la Revolución”, “La Música del Porvenir” y especialmente “Opera y Drama” en las que siente la necesidad de poner en orden y fijar las reglas y ¡as ambiciones de su arte. Pero al mismo tiempo, en el ámbito de la poesía, ha concebido igualmente una epopeya en cuatro partes: “El Anillo del Nibelungo” para la que todavía no ha escrito ni una sola nota de música. 
Vive gracias a los 3.000 francos anuales que le entrega una benefactora, la Sra. Ritter, y dirige en Zurich varias series de conciertos para la Asociación de Amigos de la Música, ofreciendo fragmentos de sus obras ya compuestas: “Rienzi”, “El Holandés Errante”, “Tannhäuser” y “Lohengrin”. Durante estos cuatro años que le separan de su partida para el exilio vive prácticamente en una esterilidad total en el plano de la composición musical.

En febrero de 1852, después de un concierto que dio a conocer por primera vez al público de Zurich su extraordinaria Obertura de “Tannhäuser”, conoce a Otto y Mathilde Wesendonck en casa de un amigo común. Wagner menciona esto en “Mi Vida” así como en las cartas a su amigo Theodor Uhlig de Dresde. Habla de un “efecto magnético” producido en el auditorio, sobre todo entre las mujeres, y nos da a entender que se refiere especialmente a una de ellas. En este momento, sin embargo, la relación entre Richard y Mathilde no va más allá de los límites de la cordialidad. Es aproximadamente un año después de este concierto así como después de la lectura del poema de la “Tetralogía” al público que ha acudido a escucharle en el Hotel Baur, cuando Wagner abandona bruscamente su desierto musical y ello a consecuencia de los hermosos ojos de la Sra. Wesendonck. Hace cinco años que no compone y vuelve a empezar a rellenar pentagramas con una obra irrisoria y encantadora, una “polka para Mathilde Wesendonck” en la que nacen, se entrecruzan y mueren, como embriones apenas formados, algunos de los gérmenes de su futura “Tetralogía”. Un mes más tarde, el 20 de junio, le enviará igualmente una sonata acompañada de una dedicatoria de lo más enigmática: “¿Sabéis qué ocurre?” la divisa interrogativa de las Nornas en “El Crepúsculo de los dioses”. En ese momento Mathilde no entiende su sentido. ¿Cómo podría hacerlo? Pues esta sonata es el vivo retrato de Mathilde, pintado por el mago de los sonidos, en pie sobre el umbral del mundo de la creación musical que por fin vuelve a abrirse a su genio.

“¿Sabéis qué ocurre, qué ocurrirá?” El Edipo de Dresde pregunta al oráculo de Delfos. O también, se pregunta más prosaicamente: “¿Sabéis lo que me ocurre?” 
Mathilde escucha la sonata, la descifra, la teclea. Ignora que ante ella se encuentra el germen del preludio de “Tristán”. En efecto, la Sonata está construida sobre el mismo esquema que el del preludio de “Tristán”: Un comienzo muy melancólico conduce a una gran ascensión que aspira en su crescendo a algo irrealizable. A continuación viene el derrumbamiento total en el instante preciso en que se está a punto de esperarlo. Y por último el regreso a la melancolía inicial. El primer tema de esta sonata es como un leitmotiv cuya tonalidad e intervalos contienen las primicias del tema de la muerte de Isolda así como el principio de lo que se ha dado en llamar el tema del “anuncio de la muerte” en “La Walkyria”. El amor y la muerte se encuentran ya presentes desde el primer, día en su relación todavía balbuciente con Mathilde Wesendonck.

¿Sabéis qué ocurrirá? ¿Sabéis qué está ocurriendo? Una tarde de febrero de 1852 en casa del amigo Marshall von Bieberstein, Richard Wagner y Mathilde Wesendonck se han encontrado, se han mirado mientras hacían los brindis de costumbre. También han bebido el filtro de la música y la mirada de la joven Mathilde ayudará al genio creador a lo largo del difícil viaje que se predice, hasta llegar a la cumbre de su inspiración musical.

En efecto, a partir de septiembre de 1853, después de tantos años de silencio musical, Wagner, sumido en  un estado enfermizo durante su estancia en Italia en La Spezia, escucha en su fuero interno la tonalidad en mi bemol mayor y reconoce inmediatamente el comienzo del preludio de “El Oro del Rhin”. De 1853 a 1854 compondrá la música de esta primera jornada que constituirá el prólogo de su “Tetralogía” tomando invariablemente como testigo a la joven Mathilde Wesendonck: cada tarde, a las cinco, “el hombre del crepúsculo”, como le llamará ella misma, penetra como ráfaga de viento en el suntuoso Hotel Baur en el Lago de Zurich y sube de cuatro en cuatro los escalones hasta la suite que ocupa la familia Wesendonck en espera de que se emprenda la construcción de su propia villa. Se instala en el salón, al piano, y toca para la maravillada joven los compases compuestos en su casa esa misma mañana.

Entre 1854 y 1856 se trata de la composición de “La Walkyria” en la que la complicidad de Matilde se muestra de forma más evidente: el esbozo de la composición de los primeros compases del preludio se halla recubierto de anotaciones y abreviaciones que rinden homenaje a su creciente amor por Mathilde. Además, en la primera página de este esbozo, Wagner había revelado, resumido en tres letras: G.s.M. la auténtica fuente de su inspiración: G.s.M. son las iniciales de “Gesegnet sei Mathilde” (Bendita seas Mathilde). Bendita sea esta mujer que le saca de su silencio, que le hace reemprender su actividad como compositor sobre temas en los que sueña desde hace tiempo, en vez de preocuparse por esos panfletos, esos escritos teóricos, esas polémicas que únicamente le crean enemigos. Bendita sea Mathilde que se preocupa por su salud, que le prodiga consejos y remedios, que sería también Isolda-la-Curandera. Y bendito, en fin, sea su marido, Otto Wesendonck, cuya fortuna le permite financiar sus viajes, sus conciertos y sufragar sus necesidades cotidianas. Mathilde se halla allí para ayudarle a perseverar en este mundo de la inspiración que reconocerá haber perdido más tarde.

En 1855, Wagner rehace su obertura para “Fausto” que dedica a Mathilde y entre 1856 y 1857 compone los dos primeros actos de “Siegfried”. Los Wagner viven en una ruidosa calle de Zurich, la Zeltweg, en un conjunto de casas que llevan el nombre de su propietario: Stockar-Escher. El maestro se queja sin cesar de varios pianistas y de un flautista que tocan diariamente, cuyas escalas y ejercicios suben hasta sus oídos por el patio del inmueble. Para acabarlo de complicar, vive enfrente del obrador de un herrero (herrero, entre nosotros, providencial en este caso) que le fastidia enormemente con el ruido de su martillo sobre el yunque. Llega a un acuerdo con él para que no golpee con el martillo más que al mediodía y se dice que se debería a la Sra. Wesendonck el pago de las horas así perdidas. 
Composición de “Siegfried”... pero es al instalarse en la casita denominada “Asilo” que le cede Otto Wesendonck dentro de los límites de su propiedad a cambio de un alquiler ficticio, cuando Wagner se lanzará simultáneamente a la composición de “Tnistán” y de los “Wesendonck Lieder” sobre los que trataremos a continuación. Citemos tan sólo de pasada que es igualmente en el “Asilo”, en 1857, donde Wagner concibe la idea para su última producción, “Parsifal”, de la que escribe una primera versión en prosa.

2) Regresemos ahora a “Tristán”. 
Es en agosto de 1857, cuando los Wesendonck acaban de instalarse en su nueva villa sobre la colina verde de Zurich, muy cerca del “Asilo”, cuando Wagner escribirá en el espacio de un mes el poema del amor imposible y el 18 de septiembre se lo lleva a la joven Mathilde. Esta, trastornada, exclama: “Ahora no me queda nada más que desear...” 
En “Mi Vida”, Wagner nos explica de forma anodina como por las mañanas componía la música del primer acto del “Tristán”, por las tardes realizaba largos paseos por el valle de la Sihl y leía en voz alta para sus amigos, unas veces en casa de ellos, otras en la suya propia, las obras de Calderón, Cervantes y Lope de Vega. Se trata en apariencia de una vida muy ordenada. Sin embargo, mientras compone este primer acto de “Tristán”, Wagner trabaja también con las poesías de su amable vecina, Mathilde. De diciembre de 1857 a mayo de 1858 asistimos en efecto a una eclosión poética por parte de la joven que escribe poemas, los envía a casa de su augusto vecino quien les compone la música y se los restituye en forma de lieder “a vuelta de correo”.

El 30 de noviembre de 1857 llega “El Ángel” (Der Engel) bajo los acordes luminosos de “Lohengrin” así como una evocación del primer acto de “La Walkyria”. A continuación, el 4 de diciembre, “Sueños” (Träume), llamado más tarde “estudio para Tristán”. 
Poco menos de dos semanas después, Mathilde le hace llegar su poema “Penas” (Schmerzen) y el 17 de diciembre Wagner le envía la música. “Penas” constituye el presentimiento del sufrimiento por una separación que tanto Richard como Mathilde saben que será inevitable. 
Para el cumpleaños de Isolda el 23 de diciembre, Wagner organiza una serenata en la Villa Wesendonck. 18 músicos de Zurich son contratados para interpretar “Träume” que Wagner ha orquestado para este propósito. Se produce igualmente una ocasión de escándalo pues el esposo, Otto, se halla ausente en América por asuntos de negocios. Intentarán reparar el escándalo al regreso del rey Marke y se organizará un concierto en el mes de marzo para celebrar el cumpleaños de Otto Wesendonck. En ese periodo Wagner viaja a París y regresa.

Mathilde sigue con sus tentativas poéticas y le envía un poema de esencia tristaniana: “Detente” (Stehe Still) que en espíritu se acerca al dúo de amor del segundo acto de “Tristán” cuando los amantes buscan el olvido. 
Por último, el primero de mayo, el último texto que completará el ciclo de los “Wesendonck Lieder” llega a la mesa de trabajo de un Wagner enfermo de amor: “En el invernadero” (lm Treibhaus) al que pondrá música imbuido de los dolorosos acentos del preludio del tercer acto de “Trístán”.

Todo esto no constituye más que el signo externo del drama humano tejido entre Richard Wagner y Mathilde Wesendonck pues ambos, como ya sabemos, se hallan casados, Wagner con Minna, su compañera (ide gran mérito!)de los días de miseria; Mathilde con Otto, rico comerciante que ya le ha dado cuatro hijos, hombre noble a quien Mathilde ama y estima. 
Después de proponerle la alternativa inevitable, la unión o la separación, Wagner abandona su “Asilo” y parte en dirección a Venecia vía Ginebra. Penosas escenas se habían desarrollado entre todos los protagonistas de este drama. En su obra “Tristán e Isolda” Wagner sublimará su pasión por Mathilde Wesendonck.

Si sus cartas enviadas desde Venecia, Lucerna y París nos muestran ya una actitud de renuncia en esa época por parte de Wagner, únicamente tres años más tarde inventará para la posteridad una expresión más serena al describir una resignación lúcida en su personaje de Hans Sachs de “Los Maestros Cantores de Nuremberg”:

Mi niña, 
Conozco la triste historia 
de Tristón e Isolda; 
Hans Sachs ha sido prudente y no ha buscado 
la suerte del rey Marke.

El papel de Mathilde en la génesis de “Los Maestros Cantores” será el de un detonador. Ella le transmitirá el impulso en el transcurso de una visita a la Academia de Venecia en 1861. Viéndola feliz y satisfecha del brazo de su marido Otto ese día, Wagner eleva los ojos hacia el cuadro de Tiziano que representa la Asunción de la Virgen la cual, con los brazos abiertos y la mirada fija en el cielo, muestra a Wagner la única salida para su alma de músico, es decir, el trabajo de compositor. Ante esta visión, Wagner siente en el alma una súbita intuición y, tal como lo expresa de una manera bastante abrupta en “Mi Vida”: «¡(El) resolvió escribir “Los Maestros Cantores”!»

3) Como si todo esto no constituyera ya de por si una razón suficiente para interesarse profundamente en Mathilde, un tercer punto viene a añadirse a todo lo citado: se trata tanto en su forma como en su fondo de las 148 cartas y notas que quedaron dirigidas por el autor de “Tristán” a Mathilde Wesendonck en el transcurso de los años de amistad amorosa e inspirada, sin contar las 57 misivas todavía existentes enviadas al marido, el rey Marke.

Estas cartas publicadas en varios idiomas constituyen, como lo ha reconocido por otra parte muy justamente Pierre Boulez, una suma de revelaciones y confesiones únicas de un artista sobre la concepción, la génesis y la creación de sus más importantes obras maestras. Siempre es a Mathilde Wesendonck a quien Richard Wagner dirige sus quejas cuando le falta la inspiración, sus elogios por las cartas que ella le dirige y que le permiten superar con éxito sus crisis nerviosas; sus pensamientos íntimos en lo que se refiere a la marcha y el desarrollo de su trabajo y sus confidencias cuando se trata de exponer las primeras ideas para su proyecto todavía lejano de “Parsifal”. De este último drama, Wagner desarrolla en sus cartas a Mathilde casi toda la estructura y el carácter psicológico de los personajes así como la verdadera esencia de la obra. Y lo que no confie a su musa lo reservará para su último confidente, el rey Luis II de Baviera. 
Estas cartas constituyen en su mayoría por sí mismas obras de arte en prosa y seguimos debiendo a Mathilde el haber sido su inspiradora y conservadora.

Si mis lectores se encuentran convencidos a estas alturas de la importancia del papel de Mathilde Wesendonck en la vida y la obra de Richard Wagner como yo lo estuve cuando me decidí a escribir su biografia lo que también se deben preguntar es ¿QUIÉN era Mathilde Wesendonck? 
Indudablemente es el retrato de Ernst Benedikt Kietz, realizado en París en 1856, el que mejor muestra a la mujer, la amante y la figura de Isolda soñada por Richard Wagner. Refleja toda su angélica dulzura, su belleza rafaélica y, al mismo tiempo, permite descubrir toda la fuerza de carácter que necesitó para llevar su propia vida con dignidad hasta su trágico desenlace. Este retrato se vio precedido de dos esbozos, el primero de los cuales se encuentra en el museo Wahnfried de Bayreuth y el segundo, al igual que el cuadro al óleo terminado, en el museo Richard Wagner de Tribschen, cerca de Lucerna. Uno de estos esbozos, sobre todo, cuyo detalle del rostro he escogido precisamente como portada de mi biografia, es donde mejor se puede contemplar toda la belleza y toda la tristeza de esta mujer colmada sin embargo de riqueza y afecto por parte de los suyos. Incluso me atrevería a añadir que la nostalgia reflejada en ese rostro recuerda un tanto a la de ciertos místicos que han experimentado la unión con lo divino. A través del genio de Wagner, Mathilde debió llegar a percibir, como en una aparición celeste, esos misteriosos efluvios de la creación artística y quedó marcada para siempre. Y como en el caso de Wagner parece ser que era imposible separar al hombre de su obra, Mathilde se enamoró así dos veces de él.

¿Cómo llegó a este punto? 
Encontramos sus raíces en Renania donde su padre, Karl Luckemeyer ocupa un lugar notable dentro de la burguesía liberal de su región. Mathilde nace el 23 de diciembre de 1828 en Elberfeld que hoy forma parte del complejo urbano de Wuppertal. 
A la edad de cuatro años, su familia se establece en Düsseldorf donde crecerá la futura Mathilde. Pero precisamente lo más curioso a propósito de los primeros 20 años de su vida es que no se llama “Mathilde”. Hija de Karl y Johanna Luckemeyer, recibe el nombre de Agnès. Para comprender esta metamorfosis, en mi libro he intentado, relatar los pasos de la niña, de la joven en que se convirtió después Agnès Luckemeyer y he llegado a la conclusión de que la futura Mathilde era wagneriana antes incluso de encontrar al autor de “Tristán”. Su alma soñaba ya en convertirse en heroína al estilo de Senta. Por ello, al casarse en 1848 con Otto Wesendonck, un viudo trece años mayor que ella, decide adoptar el nombre de Mathilde con el fin de aportar consuelo a la decisión de su nuevo esposo cuya primera mujer, muerta en circunstancias trágicas, se llamaba Mathilde. 
Como la heroína de “El holandés errante”, la personalidad de Mathilde nacerá de la renuncia por compasión hacia su esposo. La compasión se convierte en efecto en el leitmotiv de su vida; leitmotiv que alcanzará su punto culminante en el transcurso de los años que pasará cerca de Richard Wagner.

1848 resulta un año funesto para Europa. Ese año Otto y Mathilde se casan en Düsseldorf, el 19 de mayo, en el momento preciso en que el hermano de Otto, Hugo Wesendonck lucha en medio de las dificultades y de las querellas políticas del Parlamento de Francfort. Como consecuencia estallan las insurreciones por doquier en las grandes capitales europeas y la represión se hace terrible. Hugo se ve obligado a huir a América. Otto y Mathilde le seguirán un año después y más tarde, en 1850, cuando vuelva la calma, la pareja regresará a Europa y se instalará en Zurich.

Todos los proscritos revolucionarios de la sobresaltada Europa de aquellos tiempos acuden allí. Richard Wagner también, a consecuencia de su huída de Dresde, en el instante preciso en que los Wesendonck deciden alojarse en el Hotel Baur au Lac. Pasarán los próximos veinte años de su vida en Suiza o viajando por Italia, Alemania y también por Austria y Francia. 
El encuentro con Richard Wagner en 1852 y la relación amorosa que de él resultará, trastornará todas las costumbres y todas las concepciones de la vida de estos apacibles burgueses, cual rayo en medio de una tormenta. Otto, tan fascinado por el gran músico como su joven esposa, descubre en ese momento una vocación de mecenas y financiará a Wagner a lo largo de los años. Mathilde se encuentra allí para ofrecerle su simpatía, su tiempo y su espíritu. Ella misma nos confiesa que en esa época se encontraba a sí misma como una “página en blanco”. Asiduo visitante al principio, Wagner se convertirá en un embarazoso e invasor vecino cuando entre 1857 y 1858 viva en el Asilo. Y por fin, en ése momento, estallará la crisis en el seno de ambos matrimonios que provocará la marcha de Wagner a Venecia.

A partir de ese instante comienza la larga y hermosa correspondencia ya evocada entre Richard y Mathilde convertidos en el Tristón e Isolda de la literatura, cuya plenitud de amor sólo podrán conseguir en el más allá. 
Si, durante ese periodo, Wagner lleva una vida errante hasta su providenoial encuentro con el rey Luis II de Baviera, el matrimonio Wesendonck, por su parte, continúa viviendo de forma burguesa (“en apariencia”), pues Mathilde arrastrará la herida invisible de este amor fuera de lo común y buscará por todos los medios un antídoto al filtro de Tristán. Durante varios años, este antídoto se presenta en forma de una mundanalidad un tanto preciosa y forzada, recetada a dosis homeopáticas por un nuevo médico: Johannes Brahms. Una fugaz relación y una muy breve correspondencia se establece entre ellos. Brahms acude a visitarla a la Villa Wesendonck. Allí estudia los esbozos de composición que ha dejado Richard Wagner. Mathilde le acoge y le anima. Pero Brahms desconfia de ella pues sus amigos de Zurich, como el Sr. Billroth por ejemplo, se habían apresurado a contarle todas las habladurías referentes a sus amistades wagnerianas. Luego volveremos sobre las tentativas de la Sra. Wesendonck que ardientemente deseaba volverse a convertir en la musa de un genio.

Acabada la guerra de 1870-1871 entre Prusia y Francia, los Wesendonck, a consecuencia de los incidentes ocurridos en la Tonhalle de Zurich demostrando la germanofobia de los suizos, deciden regresar a Alemania. Se trasladarán primero a Dresde. Después, tras la trágica muerte de su hijo Hans de 20 años de edad, se instalarán en Berlín. En efecto, ya han perdido un niño muy pequeño, Paul, después un hijo de tres añós, Guido-Otto. Su única hija, Myrrha, morirá igualmente poco más tarde antes que sus padres. Únicamente les sobrevivirá uno de sus 5  hijos: Karl. 
Cada verano se retiran a su propiedad en Austria, en la Salzkammergut, al borde del lago de Traun. Y cada verano también, Otto y Mathilde, fieles entre los fieles, realizarán el peregrinaje a Bayreuth hasta que la muerte les alcance a cada uno de ellos, Otto en 1896 y Mathilde en 1902, Isolda hasta el final de sus días.

Queda por tratar la faceta de Mathilde Wesendonck como escritora. Si hacemos balance, considero que el valor literario de sus obras es menor que el contenido autobiográfico. Pues Mathilde, habiendo destruido su propio diario y las cartas que le fueron devueltas en 1865 por un Wagner convertido por la nueva gran sacerdotisa Cósima que desde 1864 formaba parte de su vida, se consagró a la poesía y a la dramaturgia con el fin de liberar, sublimándolos a través de la literatura, sus sentimientos hacia Richard Wagner. 
Mucho tiempo así después de que los poemas a los que se les compuso música convirtiéndolos en los “Wesendonck Lieder”, Mathilde escribió de nuevo otra colección de poesías, al estilo romántico, didáctico o épico y legendario, así como obras de teatro que le habría gustado ver convertidos en libretos de ópera por Brahms. En estas obras de teatro aparece siempre en escena la misma mujer: descontenta, solitaria e incomprendida, atraída al mismo tiempo por su pasión amorosa y por su deber y que se entrega al supremo sacrificio de la renuncia al amor imposible con el fin de cumplir con su destino de mujer, de esposa y de madre. Es Geno-veva de Brabante, es Gudrun, es Edith de Schwanenhals; es Alceste de Eurípides, esposa de Admeto. 
Durante el invierno de 1858-1859 había escrito cuentos que se decían infantiles. De entre ellos, envía dos a Wagner que se encuentra en Venecia: 
“El Pájaro extranjero” y “El Cisne”. Encubierto entre historias infantiles, Mathilde describe en realidad en este último, por ejemplo, su relación privilegiada con el artista que fue Wagner. El Señor de los mundos envia al cisne para que se convierta en su reflejo celeste en el agua profunda. En la orilla, una niña construye con gran seriedad castillos de arena. Sus miradas se encuentran, penetrando en el corazón, de forma que ya nadie podrá arrancarlas.... 
En “El Pájaro extranjero” describe la tentación de dejarlo todo por Wagner y la verdadera razón profunda de su renuncia: la compasión por los suyos.

En mi libro, comparo la historia entre Richard y Mathilde con la de Pygmalion y Galatea de las “Metamorfosis” de Ovidio. Pygmalion esculpe feliz una estatua de marfil, se enamora de ella y, abrazándola, le infunde vida. El espíritu de Mathilde Wesendonck tal como ella nos lo describe al principio de su relación, similar a una “página en blanco” será “ocupado” por el espíritu del gran músico. Después de los poemas de los “Wesendonck Lieder”, Mathilde creerá en su propia vida intelectual y si todo lo que escribirá se encontrará teñido de colorido wagneriano, también nos mostrará una concordancia constante entre su vida y su obra. 
He aquí un poema publicado en su colección de 1862, poco tiempo después de que Wagner desapareciera de su vida: “La Mujer abandonada”.

Dí ¿por qué esta separación amarga? 
Te llevas contigo toda mi felicidad. 
¿Debo soportar yo el peso para ahorrártelo a ti? 
¡Antes deja que vuelva a ser la que era!

Devuélveme la paz tan pura 
Que tu mirada robó de mi interior: 
A aquélla de quien ha huido la felicidad del amor, 
Evítale también la pena del amor

Tú me diste acceso a las alegrías del cielo 
Mediante un santo beso; 
¡Ay! Se convirtió en la fuente de las lágrimas 
Que ya nunca podré dejar de verter

¡Oh! Que nunca en los lejanos años 
 Mi imagen aflija tu espíritu: 
Que no llegues a dudar nunca 
De lo ardientemente que te he amado.

Suplico al cielo que vierta sobre tu cabeza 
Mis más abundantes bendiciones; 
¡Suspiro para que se me escuche pronto 
Por una tumba solitaria y tranquila!

En un extenso poema en 5 partes, “Mignon”, inspirado en el personaje de Goethe, Mathilde nos explica el tormento de su amor, deslizándose en la piel de aquélla que sufre la congoja de un amor desgraciado. Por él desfila toda su historia: su sueño, el despertar y la renuncia.

Antes de llegar a una conclusión sobre la vida y la obra de Mathilde Wesendonck, podríamos preguntamos el por qué esta mujer que jugó un papel tan importante en la vida de Richard Wagner sigue siendo tan desconocida en nuestros días. En mi libro, explico el descubrimiento que he hecho de varias cartas inéditas de Cósima Wagner a la familia Wesendonck en las que la viuda de Wagner adopta una actitud cuando menos ambigua con relación a la musa de “Tristán”. Otros hallazgos, como la correspondencia entre Mathilde y Mary Burrell, la biógrafa inglesa de Wagner, nos explican la actitud de Mathilde con relación a Wagner en la época del Festival de Bayreuth.

Al final de su vida, Mathilde Wesendonck, buscando quizás encontrar la definición de su propia existencia, nos dejó un último poema de amor a Richard Wagner, en 1884, un año después de muerto el maestro. En la época, todo el mundo había rendido homenaje al compositor de la “Tetralogía” y el imperio alemán le había homenajeado con funerales nacionales. Mathilde incluso había publicado algunos versos convencionales de circunstancia. Cuál no seria mi sorpresa al descubrir este canto incompleto de amor cuya hoja se encontraba todavía llena de correcciones y tachaduras, perdida entre los papeles sobre los que Mathilde componía sus melancólicos poemas inspirados en el paisaje que contemplaba desde la ventana de su villa en Austria. En este decorado, al borde de un lago cristalino se eleva una montaña, el Traunstein y, en sus estribaciones, el Erlakogel con su perfil de mujer que los habitantes de la zona han bautizado como la Griega adormecida. La leyenda de allí dice que el Traunstein era en realidad un gigante de la montaña que cada noche esperaba el despertar de la bella durmiente. Esta únicamente se le aparece en sueños para depositar un beso sobre su frente. Así, por analogía, Mathilde vuelve a escribir su propia historia con Richard:

Érase una vez dos corazones valientes 
Dispuestos a compartir alegría y dolor 
No se sabe como llegó a ocurrir 
Pero la paz se desvaneció. 
Su amor era cada día más ardiente 
Pero cuanto más se amaban 
Más les separaban. 
Cada uno ocultó al otro la profunda herida de su corazón 
Y cada uno sabía que el otro no se había curado. 
El Destino, grande y poderoso, separó por fin a los amantes 
Pero quiso que permaneciesen unidos en la muerte. 
En la profunda paz de la muerte, 
Ella se encuentra acostada a sus pies. 
Y él no puede apartar los ojos de su mirada 
Que es tan tierna.

Lo que domina toda la vida y la obra de Mathilde Wesendonck es el tema de la compasión. Agnès se convierte en Mathilde como consuelo para su esposo; Isolda renuncia a Tristón para evitar sufrimientos a su marido y a sus hijos; una mujer mortalmente herida guarda silencio y se contenta con enterrar sus lágrimas entre sus poemas... 
¿Cómo dudar pues de la nobleza de sus intenciones cuando se niega a abandonarlo todo al estallar su crisis de amor con Wagner? Muchos se han contentado con hacer una lista de argumentos clásicos como que tenía miedo de perder su rango social, su fortuna y su confort. Pero nadie hasta ahora había intentado seguir el hilo de sus verdaderos sentimientos elevados expresados en sus escritos.

Si, pues, quisiésemos resumir la vida de Mathilde Wesendonck en una sola palabra, creo que esta palabra sería “fidelidad”. Mathilde Wesendonck, como la heroína ideal soñada por Wagner, fue una mujer fiel hasta la muerte -dos veces fiel incluso- fiel a su esposo, el noble rey Marke y fiel a su amor por Richard Wagner, su Tristán para toda la eternidad. 
 

NOTAS: 
(1) Judith Cabaud es autora de una extraordinaria biografia de 430 págs. en francés titulada “Mathilde Wesendonck o el sueño de Isolda”. El libro ha sido publicado por Ed. Actes Sud de Francia y se encuentra a la venta al precio de 148 FF.