Ediciones Huguin. Barcelona, 1983. Capítulo de «Richard Wagner». Munich, 1895. Traducido por Ernesto Falkenthal y Javier Nicolás.
Richard Wagner. Ideología
Por Houston Stewart Chamberlain

 

RICHARD WAGNER EN EL AÑO 1849

    Para comprender a Wagner es necesario, desde luego, conocer no sólo sus escritos, sino también su vida.

    Por ello considero adecuado en este ensayo sobre sus relaciones con la política, retroceder, primeramente, sobre sus discutidos antecedentes de los años revolucionarios de 1848 y 1849. Estos comentarios nos enseñarán, al mismo tiempo, lo que podemos esperar o no de Wagner en el campo de la política. Y nos conducirán a la investigación de la única manera conveniente sobre sus ideas políticas.

 

    De rodillas, a orillas del “río alemán” (el Rhin), el artista que regresaba en el año 1842 , juró “fidelidad eterna” a su patria y a ese juramento fue fiel hasta el fin de su vida y le indujo en mayo de 1849 a hechos, que más tarde “confesó sinceramente” habían sido “precipitados”, e incluso los designó simplemente como “aventuras tontas” (Carta a Fischer del 29.10.1857). Pero si consideramos que estas “aventuras tontas” fueron motivadas por un ardiente amor a su patria alemana, entonces tendremos todos los motivos para no considerarlas despreciativamente como algo superfluo ni, especialmente, como “un retroceso momentáneo”. Aquí, y mejor que en parte alguna, son válidas las palabras de Goethe:

 

 

 

“No hay nada más tonto 
que aguantar a los tontos 
que dicen a los sabios: 
que en los días grandes 
se muestren modestos”.

 

 

 

   En realidad el comportamiento de Wagner en estos años de 1848 y 1849 nos demuestra tanto sobre su dirección espiritual y sobre su carácter (pues sus actos de entonces están en relación muy estrecha con lo que ocurría y actáun decisivamente sobre su total destino subsiguiente), que este corto lapso de tiempo pertenece a uno de los más importantes de su vida.

 

    Lo que Wagner quería en primer lugar y por lo que expuso su vida, era una Alemania unida y fuerte en contraposición a la de entonces sin poder y desmembrada (vease carta al Prof. Wiegard de 19.5.48), aunque como sajón de nacimiento no quería reconocer de momento (quizás nunca) la hegemonía de Prusia como la solución adecuada para este asunto -incluso al principio protestó contra ella como en su propuesta de no permitir un estado individual de más de 6.000.000 de habitantes- y luego, cuando los prusianos traicionaron a su patria sajona, se unió a la resistencia armada lo cual si no era, desde luego, un acierto político, era indudablemente noble. En el amor puro por la patria hay una semejanza como de una esfera concéntrica a otra; el centro, es decir, el punto vital es el amor a la propia familia; sin ese amor, todo presunto patriotismo resulta impertinente y sólo una preocupación social de intereses.

 

    Que Wagner quisiera la Gran Alemania y al mismo tiempo no quisiera ver traicionada a su patria chica, no lo criticará un futuro imparcial, sino que lo admirará.

 

    Con esto queda marcado, a grandes rasgos, lo propiamente político de su pensamiento de antaño. Los detalles sobre sus perspectivas socio-políticas siguen en la segunda mitad de este trabajo y en la tercera.

 

    El hecho de que Wagner manifestase esas convicciones suyas en forma oficial, demuestra su coraje moral. Aquellas “aventuras tontas” de mayo nos facilitan además, alguna que otra vez, la demostración de su viril intrepidez y de su valor físico. En sí, Wagner no luchó con las armas, esto está demostrado; se afirma, sin embargo, que sirvió como guía nocturno de refuerzos procedentes del campo, lo que era una misión sumamente peligrosa. Y otro hecho, más constatado, demuestra su audacia que sólo es comprensible por la unión de la sabiduría con un valor extraordinario. El editor R. Roempler cuenta como Wagner, al saber de la llegada inminente de tropas prusianas ante Dresde, le hizo imprimir con grandes letras unos cuantos cientos de tiras con las palabras: “¿Estáis con nosotros contra las tropas extranjeras?”. Intrigado por lo que el Maestro de Capilla quería hacer con ellas lo siguió al salir de la imprenta. ¡Para sorpresa de Roempler, Wagner saltó las barricadas y distribuyó las hojas entre los soldados que ocupaban Dresde! Una vez que las hubo repartido entre las tropas situadas en la Scholssplatz (Plaza del Palacio) se fue hasta los que acampaban en la Brühl'schen Terrasse, desapareciendo a los ojos de Roempler. “Que no fuese detenido ya en principio, incluso quizás fusilado, constituye un milagro toda vez que en esa época una vida humana no valía nada”, añade el testigo de este hecho heroico. Cuando se piensa sobre este sencillo acto y se leen los informes sobre el estado de ánimo y la predisposición de los oficiales y soldados dispuestos a matar a culatazos a los encadenados prisioneros que se atrevían a pronunciar una palabra, entonces hay que conceder que en este caso intervino algo milagroso y tal milagro sólo puede explicarse por el poder casi mágico de una gran personalidad. Sea como sea, este hecho en otro caso insignificante, nos atestigua que el hombre a quien con frecuencia se ha echado en cara una huida sin gloria, era un verdadero héroe “sin miedo y sin tacha”, que sin armas y consciente de servir una buena causa, se atrevía, a plena luz del día, a introducirse en las filas de sus enemigos.

 

    Y aún otra cualidad -quizás la mejor de los humanos- quisiéramos reclamar para Wagner de acuerdo con las experiencias de aquellosdías: su tendencia a tomar partido por los débiles contra los fuertes. “Solo al vencido y no al héroe vencedor pertenece nuestra simpatía”, escribiría Wagner treinta años después. Ciertamente desde un punto de vista estrictamente político se trata de una actitud cuestionable que a muchos nobles les ha inducido a “aventuras tontas”, pero, sin embargo, una tendencia así es suficiente para que Wagner gane la simpatía de toda persona de corazón.

 

    Sin embargo lo más importante queda aún por citar.

 

    Además del aludido pensamiento político y del carácter, se manifestó en el comportamiento de Wagner en esa época una característica principal de todo su ser. Se trata de su confianza en el espíritu alemán. A pesar de todos los desengaños, Wagner mantuvo dicha confianza a lo largo de sus setenta años. Y también en ese tiempo le vemos dirigirse a su “Majestad el Rey” en nombre de la confianza del espíritu alemán y también en nombre de su pueblo; igualmente al Barón von Lüttichau para comunicarle “los horribles presentimientos adheridos a su alma” en relación con el futuro del pueblo; al ministro de cultura Martin Oberländer con su proyecto de creación de un Teatro Nacional Alemán; a los miembros, desconocidos para él, de la Asociación Patriótica para “ponerlos en guardia, apelando a su inteligencia para no caer en excesos groseros”; a los miembros de la Asamblea Nacional de Franckfurt porque “una preocupación patriótica” le hacia temer “muchas desgracias” (carta al prof. Wigard); e incluso, a los soldados sajones, por los cuales podría haber sido fusilado... Como Wagner comunicaba después de este período a Uhhig: “A nosotros nos parecía que para alcanzar lo bueno bastaba con desearlo”. Tal actitud puede ser considerada verdaderamente “cándida”, pero en esa candidez hay algo muy grande. También en este punto es imposible resistir la tentación de citar al grande y sabio Goethe: “Es a la persona activa a la que corresponde hacer lo correcto, si lo que ocurre ya es correcto, no se tiene que preocupar”.

 

    Y en este afán de “hacer lo correcto” había no sólo grandeza sino sobre todo sinceridad, que es lo que hay que tener en cuenta. ¿Quién tuvo al final razón? ¿El “revolucionario” Richard Wagner o su implacable perseguidor el Conde Beust? Es, desde luego, interesante tratar más a fondo esta cuestión, pues aquí están, frente a frente, el llamado político práctico y el soñador no práctico.

 

    Poco después de los días de mayo de 1849 se queja Wagner a Liszt de las calumnias vertidas cuya finalidad es “situarme en tal levantamiento y a los ojos de la mezquindad, bastante más comprometido de lo que estuve en realidad” (carta a Liszt del 19.6.49) 
-tendencia que se ha mantenido hasta hoy, casi medio siglo después-. Ello le dificulta mucho su situación, no obstante opina que “una declaración pública sólo me acarrearía vergüenza y aparecería como una disculpa. El perdón, en el único sentido exacto, sólo puede dármelo el tiempo y mi vida, no una declaración pública que bajo las amenazantes circunstancias actuales y en mi situación de necesidad de ayuda, podría parecer cobarde e indecorosa”. ¡Palabras viriles y orgullosas! “El perdón sólo puede dármelo el tiempo y mi vida”, con ello está todo dicho.

 

    La significación exacta de la participación de Wagner en aquel movimiento de 1848-49 no se puede aclarar tampoco hoy partiendo de una investigación ampulosa y microscópica a la vez, en mil detalles, sobre los que existen, además, las notas más contradictorias; sólo el tiempo y la vida de Wagner nos pueden dar respuesta a ello. Su vida está ya concluída y Wagner puede decir parodiando a Hans Sachs: “¡A los testigos los elegí bien, pienso yo!”. El tiempo que rueda constantemente ha “disculpado” en este corto lapso mucho de lo que Wagner hizo y dijo y le ha justificado en muchos hechos, pero no conviene utilizar expresiones banales como ”errores perdonables de un artista” que exigen proceder con precaución.

 

    Que Wagner no poseía una capacidad para la política, en un sentido estricto, es innegable. Tropezamos aquí con el antagonismo original insalvable entre las aptitudes artísticas y las políticas. De esto se dió cuenta muy pronto el propio Wagner. Inmediatamente después de los días de mayo escribía: “Toda persona sensata ha de comprender que a mi ahora, después de haber participado en aquél levantamiento, se me hace imposible meterme de nuevo en una catástrofe política”. En adelante le pareció el “campo de la política como algo infructuoso” “Un hombre político es repugnante”, escribe en enero de 1852 a Liszt; ya en el año de la revolución de 1849 dice: “Soy en todo lo que hago y pienso sólo un artista, única y exclusivamente un artista; pero... ¿me debo someter a nuestra moderna opinión pública? No puedo aproximarme a ella como artista y menos como político ocuparme de ella, ¡de ello líbreme Dios!”. Vistas estas palabras que no se diga que carecía de ojo político en un amplio sentido, tenía ese sentido del hombre, cuyo corazón palpita al unísono con el del pueblo todo, y ello además con la vitalidad elevada del temperamento creador. Para que discernamos claramente sobre este punto cabe preguntarse. ¿A quién ha perdonado “el tiempo o su vida”, a Beust o al artista Wagner?

 

    El Conde Beust fue un excelente hombre de estado y a los distintos monarcas a quienes sucesivamente tuvo el honor de servir, sirvió con fidelidad y con la mejor conciencia. Eso nadie podrá ponerlo en duda. Sin embargo yo pregunto: ¿A quién ha justificado el tiempo y la vida? ¿Al hombre que nunca perdió su fé en el espíritu alemán? ¿Al hombre que despreciaba a las “Glorias rarísimas” porque se consideraba como el “artista más germánico de todos los germánicos”? ¿Al hombre que en su destierro trabajaba por la gloria imperecedera de Alemania, quien cuando involuntariamente entró de nuevo en su vida en contacto con la política (en Munich) sólo tenía en su mente la grandeza real de Alemania y que prefería poner otra vez en juego todo su futuro que traicionar la causa sagrada de su pueblo? ¿Al autor del poema “El Ejército Alemán en París” y de “Viva el Emperador Guillermo I”? ¿Al hombre que vitoreaba el “enorme valor” del gran hombre de estado Bismarck? ¿Al hombre que quiso, él solo, erigir un templo al arte alemán, que hizo poemas al heroismo del pueblo alemán “en sus acciones bélicas”? ¿O a aquél otro hombre que dejó consumirse a muchos de los mejores hijos de Alemania en la cárcel durante años, los cuales luego, bien al servicio del Estado o donde fuere, demostraron su gran valía? ¿Al hombre que exilió de Alemania al arte alemán y que permitió que fuera protegido por Napoleón, mientras él sólo dedicaba sus favores al grabado? ¿Al hombre que como un desesperado se oponia al desarrollo de Alemania como Estado potente de rango internacionai, quien de una derrota caminaba a otra, quien al surgir de nuevo el Sacro Imperio Germánico como un ave fenix de las cenizas se retiró amargado y lleno de odio a aquella parte lejana de Alemania, desmembrada, presa de eslavos y magiares y que desde ese ángulo de renegados, guiado por sus ansias impotentes de venganza intentó enturbiar la memoria de los generales (quienes luchaban con la confianza del espíritu del pueblo) mediante la difusión de culpas inciertas?

 

    El formular la pregunta equivale a contestarla. Mediante este ejemplo se aclara suficientemente que aunque no podemos adjudicar a Wagner el calificativo de “político”, no estamos obligados, en modo alguno, a quitarle el mérito de un buen ojo político.

 

    No se puede conceptuar a Wagner como político, puesto que no supo reconocer los medios y caminos adecuados para alcanzar una meta política cercana, resultante de una situación especial, y esta es la misión del político. Wagner confiaba demasiado en los demás para ocuparse él de la política y se encontraba, según propia confesión, “en un gran error sobre el mundo”. Su poder de creación poética creó seres, de los cuales hay bien pocos, ajustados a su propia forma de ser, mientras que la primera e ineludible cualidad del político es, al contrario, la calificación totalmente desapasionada de las condiciones reales, la apreciación del hombre en relación a su contenido interno, la mayor parte de las veces, muy escaso. Por ello tiene mucha razón Schopenhauer cuando califica de ridículo el hablar de un político como de un genio, aunque se tratara de un “carácter histórico único”.

 

    Opina incluso que una super-inteligencia es una desventaja para un hombre de Estado, pues para hacer algo grande sólo se precisa un carácter de características excepcionales.

 

    Por otra parte y contrariamente, no se puede esperar de un genio que posea la aptitud política en el sentido estricto de la palabra. Lo que Wagner sí poseía era lo que Goethe designa, con ayuda de una palabra creada por él, como un don: “La intuición del deseo nacional” (“den Willen der Volkheit zu vernehmen”). Wagner lo ha manifestado él mismo -aunque con una intención totalmente distinta- al decir: “El poeta es el que sabe lo desconocido”, ya que todos los pueblos, incluidos sus órganos dirigentes, se mueven sin saberlo hacia su destino. Por ello tuvo que descubrir el filósofo empírico Herbert Spencer sorprendido, que en todos los tiempos, las leyes estatales conseguían, en su mayoría, lo contrario para lo cual estaban creadas y siempre algo completamente imprevisto; por ello a un poeta como Wagner le parecian los hombres de Estado “poderosos pero siempre estériles”. En realidad no se equivocan las leyes sino sus creadores, cuyo efecto es, sin embargo, tan necesario como la siembra de un campo si se llega a querer que florezca alguna vez el deseo del pueblo. El poeta es el único que conoce ese deseo ignorado. Si su corazón late al unísono con el del su pueblo -como ocurría con Wagner-, entonces ve con claridad lo que otro no vislumbra. Es el “profeta precursor”.

 

    Vemos pues que si al espíritu elevado de un Richard Wagner se le tiene que designar categóricamente como “no político”, tal hombre cometió casi necesariamente esas aventuras alocadas” y al descender desde su altura a la vida cotidiana frívola, todo lo que sentía y enseñaba era, no obstante, de gran interés para el político. En tal genio es en el que se traduce “la voluntad del pueblo, una voluntad que la muchedumbre nunca espera” (Goethe).

 

    Todos pues, consiguientemente, tenemos motivos para escuchar con respeto los juicios de Wagner sobre política patria y sobre la configuración de la sociedad.

 

    De lo precedente podemos deducir que sólo se puede hacer justicia a los puntos de vista políticos de Wagner si se consideran desde un concepto más elevado que los del político cotidiano. Ya en el año revolucionario escribe el Maestro a Liszt: “Realmente es mejor ocuparme de otras cosas que no de las tontas cuestiones políticas cotidianas” y en su escrito “Sobre Estado y Religión” (del año 1864) dice: “... ciertamente era caracteristico para mi investigación, que nunca descendí al campo de la propia política, es decir, de la política actual que a pesar de la virulencia de los acontecimientos no me tocaba realmente y que por mi parte no me interesaba en absoluto”.

 

    Resulta pues, fácilmente comprensible, que bajo estas condiciones, la primera manifestación política de Wagner, su discurso a la Asociación Patriótica, fuera mal entendido por todos, por el Rey y por el pueblo, por demócratas y por monárquicos. No lograron arreglarlo sus manifestaciones posteriores. Ni fue comprendido ni pudo serlo. Hoy nos es más posible comprenderlo y lo que sigue debe servir de guía al respecto.

 

    ¿Cuales son para Wagner las ideas políticas directrices? Antes de que pueda contestar a esta pregunta tengo que dirigir la atención del lector sobre un hecho importante, necesario para la comprensión de todo lo que sigue.

 

    Las directrices de Wagner, no sólo en el campo de la política sino en todos los demás, comprenden tesis que al principio dan la impresión de controversias directas. ¿Cómo aclarar este hecho que a muchos ha confundido? Yo pienso de la siguiente manera. En toda la Naturaleza, la lógica sólo se encuentra en el cerebro de la persona. Tomada en su totalidad tampoco la humanidad concuerda con las leyes del pensamiento lógico del individuo. Constituye un componente de la Naturaleza, y su movimientos 
-sí se siguen éstos en sus grandes trayectorias- se desarrollan según leyes de amplia magnitud. Por ello la voluntad humana está llena de conttadicciones que se dicen son “irrogables” aunque se podría decir que son “naturales”.

 

    El pueblo quiere al mismo tiempo (como constata Goethe), clasismo y romanticismo, obligación de agremiarse y trabajo libre, suelo fraccionado e indiviso, y me permito añadir yo: orden y libertad, ocio y trabajo, etc.

 

    Lo organizado, por el contrario, únicamente puede proceder de una forma, sin consideraciones. El hombre de Estado debería incluso tener ciertas barreras, teniendo como meta únicamente una cosa y renunciando, a pesar de su agudeza, a la tentación de objetivos subsisguientes. Wagner lo ha previsto claramente: “Ser político es, según mi experiencia actual, tener siempre predisposición sólo para lo inmediato y posible, ya que tan solo aquí resulta posible el éxito y sin éxito la actividad política constituye un poro non sens  (sin sentido)”. (Carta a Roeckel del 6.2.1862).

 

    El genio del poeta va mucho más allá de lo “inmediato y posible”, abarcando lo “necesario”, y descubriendo aquella “miseria común”, a partir de la cual surgen las verdaderas “necesidades del pueblo y que únicamente pueden encontrar satisfacción en la comunidad” (“La Obra de Arte del Futuro”).

 

    El genio es el que pone en evidencia aquello no lógico, contradictorio -pero lo único verdadero-, base de todo sentimiento y proceder humano. Y ciertamente el motivo por el que lo hace es que es completamente “apolítico”, porque no siente como individuo, ni como una clase o un partido, sino como el pueblo en su totalidad; porque es en cierto modo un microcosmos o, por lo menos, un “microdenso”, porque habla lo que calla el pueblo y es por ello que las ideas y manifestaciones de los genios contienen contradicciones inesperadas. Quizás Goethe es el ejemplo más grandioso de la contradicción, aunque todos los grandes artistas se asemejan a este respecto, e incluso no sólo los artistas grandes sino también los hombres grandes. En nadie se encontrarán más contradicciones de ejemplos drásticos que en Lutero.

 

    Sólo el cíclope práctico, industrial, ve el mundo por un único ojo. Sin embargo el pueblo y los genios tienen dos.

 

    Encontraremos pues en todo Wagner contradicciones y principalmente en sus conceptos básicos políticos que queremos denominar como contradicciones plásticas. Sólo después de haber reconocido que el poeta no es un esclavo de la lógica, sino un sacerdote de la verdad y que como tal disfruta de la facultad de expresar contradicciones fundadas en ta naturaleza y hacerlas valer con gran derecho, sólo entonces podemos contemplar con claridad más de cerca sus teori as. 
  
  

 

SENTIMIENTOS PATRIÓTICOS ALEMANES

 

    Lo primero que hay que fijar en relación con la política de Wagner es su carácter netamente alemán.

 

    Desde luego que Wagner fue alcanzado, como otros, por el viento de la fraternidad de los pueblos que apareció en la época revolucionaria como una brisa de un renovado cristianismo y que alcanzó en forma más intensa precisamente a los mayores adversarios del cristianismo. Es lógico que en ese momento Wagner no se cuidase de las cuestiones raciales, tanto más si tenemos en cuenta que los hombres más sabios de aquel tiempo -Humbolt-, declaraban que no había pueblos nobles y menos nobles. Pero este hecho no es más importante que el otro, posterior, que le llevó, a través de su amigo Gobineau y de sus propios estudios a reconocer las diferencias raciales y la superioridad del tronco indo-europeo, guardando empero abierto su corazón a toda la humanidad y buscando para su patria alemana la gloria de “ennoblecer y salvar al mundo”, en vez de dominarlo, de lo que se desprende que es imposible catalogarlo dentro de un pensamiento burgués radical cosmopolita.

 

    En este momento albergó Wagner en su corazón dos sentimientos aparentemente contradictorios. Por un lado es un alemán en el pleno sentido de la palabra, y por el otro un hombre universal según el ejemplo de Jesucristo.

 

    Ahora bien, hay que hacer hincapié en el hecho de que Wagner nunca, ni aún en tiempo de la revolución, se entregó al “internacionalismo”. En su escrito “La obra de arte del futuro”, diferencia “dos fenómenos principales del desarrollo de la humanidad: el nacional genético y el no nacional universal”. El valor del “nacional genético” lo reconoce en dicha obra “con el entusiasmo más alegre”. Lo que Wagner reprocha en el mismo escrito a nuestros Estados modernos es ciertamente el hecho de que no se fundamenten mayormente en una base nacional-genética, sino que constituyan “las asociaciones más antinaturales de personas”, creadas únicamente por arbitrariedades como por ejemplo los intereses dinásticos familiares. Y si por un momento se vió ofuscado por las doctrinas de los que aparecian como hombres decisivos en la política de entonces, lo que le llevó a admitir que el desenvolvimiento nacional y genético (étnico) había llegado a su fin, hemos de recordar que en 1849 él todavía no había profundizado en la cuestión y que pese a todo, en el punto decisivo, siempre sintió, en la práctica, como un hombre de su nación y de su raza.

 

    En su célebre discurso ante la Asociación Patriótica Democrática, el 14 de junio de 1848, Wagner exige ( ¡el soñador!) la fundación de colonias alemanas y se expresa casi en forma chauvinista: “Queremos hacerlo mejor que los españoles para los que el Nuevo Mundo resultó un matadero clerical, distintamente de los ingleses para los que resultó una caja de quincalleros. ¡Queremos hacerlo a lo alemán y en forma alemana!”. (La idea colonial le preocupó siempre como puede verse en “Religión y Arte” su obra póstuma). En el mismo discurso Wagner combate la “monarquía constitucional” solicitada por los liberales de 1848, “sobre una base ampliamente democrática” por que dicha concepción “no es alemana sino extranjera”.

 

    Este pensamiento nacional-genético (étnico) fogoso de Wagner, ya incluso en aquel tiempo, no puede ser puesto en duda por nadie. Ejemplos no faltan.

 

    Lohengrin: “Para la patria alemana, la espada alemana” (escrito en 1847). También su escrito patriótico “Die Wibelungen” de 1848/49; y el “Proyecto para un teatro nacional alemán” de 1848, revisado en 1850. En este mismo año, en agosto, es decir diez meses después de terminado dicho escrito en el cual hablaba de una evolución de “desarrollo universal no nacional”, Wagner escribe “El Judaísmo en la Música”. La cuestión racial ocupaba ya su atención total, no era ya un alemán instintivamente, sino a ciencia cierta y comenzó la lucha contra lo no germánico en el corazón de su propio pueblo, en el arte alemán. Desde este momento representó con valentía su germanismo, no solamente contra los ataques del Judaísmo, sino también contra los extranjeros, en definitiva contra todo lo no alemán.

 

    Con ello se granjeó al principio el odio de las demás naciones, sin embargo ahora, cuando lo alemán, representado en su arte, se ha introducido silenciosamente en todos los paises, ha conquistado en todo el mundo la gloria del precursor y del representante más genuino de lo más característico alemán. Esto es de conocimiento tan general que prefiero no documentarlo sino pasar a otras cuestiones. 
  
  

 

CONVICCIÓN FUNDAMENTAL POLÍTICA DE WAGNER

 

    Para exponer el pensamiento de este hombre alemán, en relación al Estado y la sociedad, citaré para el lector en primer lugar las dos contradicciones fundamentales que dominarán su pensamiento político desde el principio al fín; todo lo demás cae por su propio peso, mientras lo individual, aparentemente contradictorio, se tomará no como desconcertante, sino como natural, no como una inconsecuencia desconcertante, sino como sentimiento condicionado por la unidad orgánica de su Weltanschauung. [Concepción del mundo]

 

    1.- La MONARQUÍA ha sido para Wagner siempre el punto central ineludible de toda organización estatal y, precisamente, en la forma de un soberano según lo que se considera -aunque quizás no con toda razón-, “monarquía absolutista”. Por otro lado Wagner nunca se cansó de luchar por una libertad lo más ilimitada posible del individuo. La primera contradicción reza pues: monarquía absolutista - pueblo libre. (Como resaltaré luego es posible invertir el concepto: Monarquía libre - pueblo absoluto. Sólo a partir de este doble concepto es posible clarificar la expresión).

 

    2.- La RELIGIÓN es, según Wagner, para la vida interior, lo que la monarquía es para la exterior. Incluso en aquellos años (1848-1852), en los cuales Wagner estaba casi directamente enemistado con el Cristianismo ya histórico, no existe ni un escritó suyo en que no hable de la religión como fundamento de “la propia dignidad humana”, como ”la fuente de todo arte”, etc. Las iglesias, por el contrario, y la cristalización de la revelación en dogmas -aunque en su mayoría son tratadas por Wagner con gran respeto y le dan la oportunidad de tratarlas llenas de luz-, parece que personalmente le son ajenas, de manera que se pueden leer todos sus escritos sin adivinar a qué confesión cristiana pertenece él y, desde luego, ni de sus doctrinas, ni de sus obras artísticas, ninguna forma especial de Cristianismo tiene el derecho de atribuírselo.

 

    La segunda contradicción consiste, pues, en un antagonismo a veces expresado categóricamente, aunque siempre latente, entre Religión e Iglesias.

 

    En la primera contradicción nos encontramos con la unión de dos tesis, de las cuales el entendimiento, aún sereno, no comprende a primer golpe de vista, como pueden subsistir conjuntamente.

 

    En la segunda contradicción, al contrario, la contraposición de dos tesis las cuales, normalmente, se considera que se condicionan entre sí. 
  
  

 

SU RELACIÓN CON LA RELIGIÓN

 

    Como este trabajo pertence a la política en el sentido estricto de la palabra, poco puedo exponer sobre la religión y prefiero concluirlo rápidamente para dedicarme después, sin incisos, al tema principal. Una aclaración más profunda al respecto veremos luego.

 

    Sin embargo es conveniente resaltar aquí la relación tan diferenciada de Wagner en esta cuestión y situarla en su debido lugar. De especial significación es una indicación sobre sus manifestaciones en pleno tiempo revolucionario.

 

    Cuando Wagner en aquel discurso en la Asociación Patriótica, el único político que dió, propuso una reforma de nuestra situación social, y en especial por su apoyo a la supresión de la nobleza se atrajo la reputación de “rojo”, ¿sobre qué fundó entonces su convicción con la cual iba a mirar hacia el futuro? ¿En parlamentos, o en derechos humanos y similares? ¡No!, ¡En Dios!. “¡Dios nos iluminará para encontrar la ley correcta!”. ¿No hay una obstinación luterana en estas palabras? Y si más adelante en este discurso designa como meta “la consecución de la doctrina pura de Cristo” y habla de la “conciencia cumplida con Dios” del Rey, entonces o se trata de incomprensión o de mala fé el poner en duda el pensamiento profundamente religioso de este hombre. Con respecto a la significación de la religión, nunca han variado las convicciones de Wagner. Tanto en sus escritos de Zurich, Munich o Bayreuth encontramos siempre representado el mismo punto de vista: el arte y la religión se condicionan en cierto modo entre sí de forma que ninguno de ellos puede florecer individualmente y, del crecimiento de ambos depende el desarrollo de la humanidad hacia un futuro mejor y más hermoso.

 

    Por el contrario, la contradicción resaltada por mí antes, que quizás se podría sintetizar mejor con la expresión “Amor a la religión - Aversión a las locuras”, hace completamente comprensible que Wagner polemice con frecuencia contra la Iglesia y que principalmente ninguna forma de hipocresía le sea más odiosa que la religiosa.

 

    Acertadamente decía: “El alemán toma la religión en serio”. (“¿Qué es alemán?”). Que en algunas ocasiones en sus primeros escritos (“El Arte y la Revolución”, “La obra de Arte del Porvenir”, “Arte y Clima”, los tres de los años 1849-50), se ha expresado con unilateralidad injusta sobre el Cristianismo, en los cuales sola y únicamente hablaba del mal uso de la revelación divina para fines mundanos de las Iglesias, lo ha notado y reconocido muy pronto. Al igual que en la cuestión de las razas, en los primeros tiempos se confió a las consignas de personas que le desviaron de su propio y seguro camino.

 

    Cristiandad y teocracia le parecían en ese tiempo términos sinónimos. El hecho de que veinte años más tarde recogiera estos escritos sin modificación en sus “Obras Completas” demuestra que en su opinión no vió error alguno, sino solo una unilateralidad, una confusión nacida de una “apreciación vehemente”, que hay que saber situar en su justo lugar dentro de toda su vida. La obra de Wagner “El Arte y la Revolución” puede ser designada como un libro contra la hipocresía. Este vicio es censurado por él en sus más diversas manifestaciones, en el Estado, en la poesía, en el arte dramático, en la Iglesia, en el patriotismo, en el honor, etc.

 

    En el corazón de Wagner nació entonces la indignación designada por Carlyle como necesaria: “la indignación contra los dominadores de la mentira y maestros en ella”. A diversas personas que estuvieron en contacto personal en aquél tiempo con Wagner, les pareció este “un predicador cuaresmal fulminante contra el pecado de la hipocresía”. Y, ciertamente, un hombre que no hubiese sentido religiosamente con tanta profundidad como él, que no hubiese estado convencido plenamente de que “sólo la religión conduce a la verdadera dignidad humana”, no se hubiese dejado arrastrar a designar a la Iglesia como “hipócrita y falsedad pública”. ¿No tiene acaso razón cuando afirma: “A favor de los ricos, Dios se ha vuelto industria.., nuestro Dios es el dinero, nuestra religión la usura”? ¿No clama acaso en los mismos escritos por una religión distinta a la del dinero, distinta a la “religión tirana del egoísmo”? ¿No dice “el arte es la religión representada en vivo”? ¿No ha escrito en 1848 “Jesús de Nazareth”, una glorificación de la persona excelsa del Salvador? ¿Y no son las palabras finales de “El Arte y la Revolución”, aquella exclamación de que Jesús sufrió por la humanidad y Apolo la elevó a su dignidad llena de alegría, una opinión precursora de los grandes pensamientos que Wagner, treinta años más tarde expuso en su famoso escrito “Religión y Arte” (Jesús y Apolo)?

 

    Por otra parte no hay que pasar por alto que cuando Wagner habló más adelante, con gran razón, de la aparición histórica del Cristianismo -en cuyo verdadero espíritu había sido iniciado por Schopenhauer- nunca se cansaba de “censurar los nacimientos de mentiras” y que, tan sólo unos pocos días antes de su muerte, hablaba de la iglesia como “Ejemplo de aviso intimidacior”.

 

    El sentido de esta frase se aclara en una carta anterior (1880): “Si sacrificamos sin miramiento a la Iglesia, y a la curia, esto es debido a nuestro deseo imperativo de mantener a Cristo en toda su pureza”.

 

    Es en todo caso indiscutible que Wagner ha enseñado en todo momento que la fé en Dios y la religión constituyen la base fundamental indispensable de la vida social. Este era un concepto que expresó en los tiempos de la revolución y que sería casi incomprensible si uno mismo -por lo menos en la imaginación- no se deja arrastrar por las impetuosas olas de aquél período de tormenta e ímpetu. Wagner tendía entonces a considerar al Estado meramente como un sucedáneo , cuyo derecho radicaba únicamente en la constitución deficiente de nuestra religión. Su ideal era “una religión y ningún estado”, Y aunque pronto abandonó tales exigencias extremas, esta fórmula le llegaba de lo más profundo de su corazón. La imposibilidad de llevar a término esa idea la debió ver Wagner claramente pero tal vez fuese ese su sentimiento más profundo hasta el día de su muerte. 
  
  

 

LA MONARQUÍA

 

     “Rey absoluto - pueblo libre”; es lo que considero como la idea política de Wagner en su acepción más ajustada. Antes de cumplir sus treinta y cinco años, el maestro no se ocupó de cuestiones Políticas, pero tan pronto este campo atrajo su atención, expuso ambas exigencias y hasta el fin de sus días constituyeron el núcleo de su concepto sobre el Estado.

 

    Parece sin embargo imposible que esta aparente contradicción de Wagner haya motivado un sinnúmero de estupideces escritas. Unos le describen como un reaccionario, otros como un socialista y aún otros se dedican a despellejarle cada dos años como a una serpiente, ¡aunque la serpiente siempre recobra la misma piel y Wagner recibe cada vez una distinta! No obstante esto no nos preocupa, pues nuestra atención se centra en Wagner y no en sus detractores.

 

    Hay que llamar empero, la atención sobre un punto. Los conceptos de “Rey absoluto - Pueblo libre”, no constituyen, según los pensamientos de Wagner, una contradicción. Al contrario, para él son una correlación. El pueblo sólo es libre cuando gobierna uno, no cuando gobiernan muchos. Un sólo gobernante únicamente lo puede ser el rey, siempre y cuando no tenga que ganarse a nobles rivales o a mayorías parlamentarias, sino que esté frente a un pueblo libre “absoluto”. Si Wagner tenía o no razón con esta convicción, no me toca a mí investigarlo.

 

    Pero una cosa intuyo con claridad, y es su exposición de “la exigencia muda del pueblo”, es decir, de toda la etnia germánica. En los libros de leyes ancestrales leemos: “Los sabios tenían ambos mundos en los ojos cuando crearon con los príncipes el gran ser, pensando que ellos serían la ley materializada”. Hombres libres bajo el mando de su sólo gobernante; así encontramos a las distintas ramas de los germanos en el tiempo del éxodo de los pueblos; lo que Carlomagno soñaba puede ser lo mismo, solo que adaptado a la situación grandiosa de aquél tiempo, y aún hoy, la unión de los conceptos de lealtad al rey y sentido indomable de libertad, parece ser la característica más específica de todos los germanos verdaderos, de lo cual ha resultado la configuración especial de sus estados.

 

    Resulta fácil reirse de tales conceptos, pero nunca se ha hecho nada grande en la historia sin ideales, y Wagner tuvo una 
inspiración feliz cuando en 1848 expuso a la masa dirigida muy prosaicamente, un cuadro poético de cómo se representaba él el reino.

 

    En aquél discurso a la Asociación Patriótica, Wagner previene de la monarquía constitucional, “ese concepto extranjero, no alemán”. Cada paso adelante sobre esta base democrática es un nuevo fortalecimiento del poder del monarca, es decir, del gobernante único; el propio principio lo constituye la elevación más completa de la monarquía, que sólo puede pensarse en el sentido real de gobierno único; todo avance en el constitucionalismo es una degradación del soberano, ya que es un voto de desconfianza contra el monarca... Lo que es una mentira, no puede perdurar y la monarquía, es decir, el gobierno único es una mentira cuando es resultado del constitucionalismo.

 

    La finalidad de este discurso, pronunciado dentro de una época tumultuosa, en la cual la base de todo orden parecía tambalearse, era la demostración de que “la monarquía podría quedar siempre como el punto central santo”. Estos eran los puntos de vista de Wagner sobre la monarquía en un tiempo revolucionario. Más adelante (1864), dió a sus pensamiento sobre ello la expresión mas completa en su escrito “Sobre el Estado y la Religión”. En especial lo sintetizó en la frase: “En la persona del rey alcanza el Estado al mismo tiempo su verdadero ideal”, frase que acentúa el concepto de Wagner en forma adecuada y necesaria, puesto que la palabra “Monarquía”, introducida por primera vez por Wieland en el idioma alemán, huele a abstracto. No es la monarquía el punto central santo del Estado -como escribió Wagner en 1848-, sino la persona del rey. A esta persona la ha idealizado Wagner en Lohengrin y en un drama histórico (sin estrenar), Friedrich der Rotbart, ambos de la época revolucionaria. 
  
  

 

EL “PUEBLO LIBRE”

 

    Sobre el pensamiento de Wagner en relación con la monarquía no puede haber la menor duda. Más difícil resulta aclarar como se representaba él al “pueblo libre”. Quizás sea posible aclararlo si lo intentamos buscando conio punto de partida su relación con los distintos partidos que configuran el esquema de nuestra política actual. De él mismo y de los que piensan como él, dice Wagner: “No pertenecemos a ninguno de esos partidos”. Pero es importante comprender hasta qué punto no pertenecía él a ninguno, lo cual no era motivado por divergencias políticas sino por sus creencias positivas.

 

    Por ejemplo nos podemos hacer la pregunta: ¿Era Wagner un “conservador”?

 

    Aunque en su pretendido escrito revolucionario “El Arte y la Revolución”, afirma que el arte era -en el período de su esplendor-, y volverá a serlo, conservador, y aunque más adelante afirma, en su peculiar forma, que hay que considerar como decisivo no el “deberá ser” sino el “será”, considerar a Wagner como un conservador sería una paradoja atrevida. Según el sentido que tiene políticamente hoy, nunca lo fue. Una aversión contra la nobleza era casi un necesidad consecuencia de su concepto “Rey libre - Pueblo libre”. La nobleza, cuando ya no tiene que cumplir una misión histórica, se vuelve algo intermedio cuyo objetivo es beneficiarse de las ventajas del intermediario, preocupándose únicamente de los intereses egoistas de su clase y mermando tanto los derechos del rey como los del pueblo. Por ello en su discurso en la Asociación Patriótica Wagner exige como una “condición ineludible de la emancipación de la monarquía, la desaparición, incluso de lo más selecto, de la aristocracia”. Desde luego que reconoce los servicios prestados anteriormente por la nobleza al arte, e incluso más adelante dirige un llamamiento a la nobleza alemana en su escrito “Arte alemán política alemana” (1865), aunque la designa, en su estado actual, como “casi supérflua”, “incluso dañina”, y exige una renuncia tan alta de ella para que vuelva a ser digna y formar de nuevo “Ordenes de Caballeros”, que él mismo tuvo que reírse de la premisa de tal exigencia.

 

    Que tal comportamiento contra la nobleza sirviese para colocarle a Wagner la etiqueta de liberal, no ha de extrañarnos. Pero no se ha merecido tal apelativo, pues ya en 1850 designaba él a “todo nuestro liberalismo... como un juego espiritual no muy preclaro”, y lo que dice más adelante en sus escritos sobre el dominio del liberalismo, recuerda a Goethe “¡Una idea no debe ser liberal!’’.

 

    Que Wagner, al menos temporalmente, haya sido un demócrata auténtico, parece más un espejismo. En el dicurso en la Asociación Patriótica habla de democracia, designa al poder popular como la meta, pero como todo este discurso se dirige al mismo tiempo al mantenimiento de la monarquía hereditaria y ataca fuertemente el constitucionalismo, queda problemático el concepto “demócrata”. Y así les debió ya parecer entonces a los miembros de dicha asociación, pues el periódico “Dresdener Morgenblatt für Unterhaltung und Belehrung”, del 18 de junio de 1848 informaba que Wagner con este discurso “ha llevado a todas las opiniones y partidos a tensiones”. Un verdadero demócrata no pudo serlo nunca Wagner ya que, como él mismo dijo, la democracia es “totalmente contraria a lo alemán”. “La democracia es en Alemania una cosa totalmente transferida. Sólo existe en la prensa”, son palabras de Wagner.

 

    ¿Fue quizás un socialista? Se ha afirmado que, por lo menos lo fue, aunque transitoriamente, durante el período revolucionario. El cuento del Wagner socialista es desmentido por las propias palabras del maestro. En el discurso citado (1848) designa al comunismo como “la doctrina más absurda y sin sentido”, y a los miembros de la asociación más influídos por el socialismo les dice: “¿No quereis reconocer que en esta doctrina de la distribución matemática de los bienes y ganancias, hay un intento sin sentido para solucionar un problema, real, pero por medios imposibles, que hacen que haya nacido muerta?” ¡No se puede hablar más claro! En 1849 Wagner dice que las personas “son confundidas por las teorías traídas por los socialistas doctrinarios”. En “Opera y Drama” escribe: “El socialista se atormenta con sistemas infructuosos”. Concretando se puede afirmar, con toda certeza, que el partido socialista (como partido político), nunca mereció sus simpatías. ¿Cómo podía haberse entusiasmado el artista con el camino filisteo del pueblo, según él ideal de Lassalle y Marx?

 

    Por el contrario no sentía ese temor de mucha buena gente, para quienes “la tranquilidad y el orden” son necesarios a cualquier precio, incluso al de los crímenes más bajos contra la humanidad y que toman rápidamente partido cuando oyen la palabra “socialismo”.

 

    Ciertamente, al final de su vida, Wagner señala con frecuencia el socialismo. El movimiento socialista le parece “por motivos íntimos fuertes, muy digno de tener en cuenta” y ya antes había señalado “el afán natural, profundo y noble” en que “se basa” este movimiento. Su oposición al socialismo se caracteriza, sin embargo, en las siguientes palabras fundamentales: “Toda revolución política en sí resulta ya imposible. En política ya no se pueden abrir los ojos a nadie; todos conocen de sobras la falta de honradez de nuestros estados políticos, pero detrás de ellos se esconde la cuestión social que les da a todos el valor cobarde de resistir. No tenemos más movimiento que el decisivamente social, pero éste en un sentido muy distinto del que sueñan nuestros socialistas”. Ahora, después de cincuenta años, toda la humanidad empieza a estar de acuerdo en que tiene que venir un movimiento social decisivo, y que de hecho viene, pero “en un sentido muy distinto de como pueden soñar nuestros socialistas”. 
  
  

 

WAGNER COMO REVOLUCIONARIO

 

    Vamos a intentar analizar claramente los conceptos de Wagner en relación a este “movimiento social“.

 

    “¡Mi actitud es: hacer la revolución dondequiera que vaya!”. Estas palabras pueden considerarse como el eslogan electoral de Wagner para toda su vida. Y si alguien le tilda de revolucionario no es posible contradecirle, salvo en una premisa -que el propio Wagner en su período de tormenta y de ímpetu no creía ni él mismo-, y es en una “revolución política” y, por lo tanto, no se le puede considerar en modo alguno como un “revolucionario político”. En la posibilidad de una reforma a fondo y con éxito sólo creyó Wagner durante un período muy corto, quizás sólo unas semanas, durante el transcurso del año 1848. Ya en el verano de 1849 escribió “El Arte y la Revolución” y en setiembre de 1850 comunica a Uhlig su “no creencia actual en ninguna reforma y su sola creencia en la revolución”.

 

    Dejaremos, sin embargo, el cartel revolucionario para Wagner -aunque no muy acertado según la designación actual- como válido. El lector tiene que comprender que la participación del maestro en los movimientos políticos de la década de los cuarenta, no tiene nada que ver con ello. Entonces Wagner, según propia confesión, “estaba cogido en un error y arrastrado por la vehemencia”. Los acontecimientos de aquellos días tuvieron un valor enorme para conocer su carácter (su intrepidez, su confianza en el espíritu alemán, etc.), pero no para conocer su pensamiento social. Este sólo se encuentra, con toda extensión y claridad, en sus escritos desde 1849 hasta 1883 y la revisión de todos estos escritos permite no rechazar necesariamente la designación de revolucionario para Wagner.

 

    ¿Qué es lo que entiende Wagner por revolución si no quiere saber nada de la “revolución política”? Ya en su primer escrito nos lo dice. Bajo este concepto entiende la “gran revolución de la humanidad, cuyo comienzo destruyó en su día la tragedia griega” y cuya primera acción “¡se consumó en la disolución del estado ateniense!”. Desde hace más de dos mil años, desde la victoria “del hombre de estado revolucionario” -Pericles-, vive Europa en el estado caótico de la revolución. El verdadeno y soñado estado está “desde entonces siempre en hundimiento o, mejor dicho, nunca se ha hecho realidad” y nuestra llamada civilización es un “caos”. Toda nuestra eficacia política, igual dá como se comporten los hombres, bien en forma reaccionaria, liberal, democrática o socialista, es en realidad “revolucionaria”. Revolución significa “movimiento rotativo” y los distintos partidos se asemejan a los radios de una misma rueda que girará mientras hayan esclavos que la empujen y jefes de ellos que les inciten a hacerlo.

 

    El escrito “El Arte y la Revolución” contiene en cuarenta pequeñas cuartillas un esquema ciertamente maestro de este movimiento revolucionario en el cual -según Wagner- todavía está cogida la humanidad. No es conveniente, en una exposición tan breve como la presente, sacar más citas. Sin embargo ojalá no esté lejano el momento en que todo alemán mantenga en alto los escritos de Wagner como los de otros de sus héroes espirituales. Entonces se podrá comprobar la naturaleza extraordinaria del ser revolucionario de Wagner. 
  
  

 

SCHILLER Y WAGNER

 

    Wagner es del mismo punto de vista que Schiller. También para éste nuestro estado actual es de “emergencia”, y para él “oscila el espíritu del tiempo entre equivocación y barbarie, entre perversidad y naturaleza elemental”. También Schiller espera del futuro otro orden, pero reconoce que del estado actual “no cabe esperar, pues el Estado tal y como está ahora constituído ha motivado la desgracia”. La “revolución de la humanidad” de Wagner es pues la misma que la de Schiller de “los estados de emergencia”; consideran a la humanidad como en un estado caótico de tránsito y esto desde el momento en que nació la “política” doctrinaria; y la meta que él busca desde el principio, es lo que Schiller llama “el Estado de la libertad, sustituyendo al Estado de la necesidad” (de emergencia), el fin de esta revolución permanente. Lo único que diferencia aquí a Wagner de Schiller no es el punto de vista, sino la exposición. En sus “Cartas sobre la educación estética del hombre”, se basa Schiller desde un principio en Kant; Wagner, por el contrario, se basa en el arte griego. En la exposición de Schiller rige lo filosófico, en la de Wagner lo artístico. Con ello la de Schiller posee un carácter sublime pero sin vehemencia y la de Wagner, en cambio, tiene el sello de la pasión ardiente. Lo que afirma Schiller contiene, quizás, más verdad inatacable, aunque resulte más abstracta, incomprensible. Wagner, por el contrario, es unilateral, sin miramiento, aunque por ello más penetrante.

 

    Una exposición de Wagner sobre la esclavitud en toda su crudeza culmina con la frase: “Mientras toda persona no pueda ser igualmente libre y feliz, la humanidad será esclava y miserable”. Wagner, por un lado, rechaza la distribución uniforme de los bienes como estrofas de un mismo poema todas de igual métrica, mientras por otro, en la frase aludida nos asegura que la igualdad debe existir. Si nos situamos pues, en el punto de vista de nuestro Estado de Necesidad (emergencia) “rotativo”, y le consideramos sólido y útil eternamente, entonces Wagner aparece como un revolucionario, pero si seentimos como Schiller que nuestro Estado “permanece eternamente extraño a sus ciudadanos, puesto que no existe nunca un sentimiento” y que “la persona no puede estar destinada a perder ella misma toda finalidad” (si se participa de la opinión de Chateaubriand de que “el salario es la última forma de la esclavitud”), entonces Wagner se nos aparecerá como un contrarrevolucionario. (¡De nuevo aquí la contradicción plástica!). Él aspira a salir de la oscuridad a la luz, del caos al orden, de las “constituciones bárbaras” (como se expresa Schiller), al “agua dulce y diáfana de la naturaleza” (“La Obra de Arte del Futuro”).

 

    Alguién puede pensar que todo esto no es más que el sueño de un poeta. Sin embargo grandes historiadores y hombre de mundo han aclamado conceptos similares. Carlyle grita a los sabios heróicos: “ ¡Acortad el Imperio milenario de la anarquía, dad vuestra sangre para acortarlo!”. Y también P.J. Proudhon, uno de los hombres más agudos del siglo XIX (al que por una paradoja increíble se le ha colgado el temido título de “anarquista”, simplemente por demostrar en sus escritos la anarquía total de nuestro orden, calificando nuestras constituciones como “legislación del caos”), comprende bajo revolución no la estructura forzosa de un nuevo orden, sino, “el fin de la anarquía”. 
  
  

 

NUESTRO “ORDEN ANÁRQUICO”

 

    Hoy casi es imposible mencionar la palabra anarquista; para nosotros anarquista es sinónimo de colocación de bombas, incendios, asesinatos, pero si cojemos la palabra en su sentido primitivo, adjudicado hace cincuenta años, entonces es posible encontrar varios puntos de coincidencia entre el pensamiento de Wagner-Schiller y el anarquismo de Proudhon.

 

    Wagner utiliza, no con mal gusto, la palabra “anarquía” algunas veces. Así en 1852 dice: “¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?”. En otro lugar dice: “Creía arrimarme mejor al caos que a lo existente” y en su escrito de noviembre de 1882 sobre el estreno de Pa rsif al, explica la excelencia del estreno como resultado de la anarquía, en la que cada cual “hacía lo que quería, es decir, lo correcto”. Esta última observación puede ser considerada casi como una broma, sin embargo en el final de su escrito, Wagner define nuestro mundo actual con una amarga seriedad, casi con palabras de Proudhon, diciendo que es “un mundo de asesinatos, sólo organizado y legalizado por la mentira, el fraude y la hipocresía”. Proudhon decía: “La négation est la condition préalable de l’affirmation”. Este pensamiento se expresa en especial en un fragmento muy temprano: “Sólo debemos saber lo que no queremos, pues entonces así, alcanzaremos por necesidad involuntaria, que con seguridad queremos y que ahora nos resulta completamente como cierto cuando lo hemos alcanzado, y así, el Estado del que hemos eliminado lo que no queremos es, al final, el Estado al que queríamos llegar. Así obra el pueblo y lo hace correctamente. Vosotros lo conceptuáis, sin embargo, como incapaz porque no sabe lo que quiere, pero... ¿qué sabéis vosotros? Lo podéis imaginar o incluso mencionarlo arbitrariamente, pero no lo sabéis. Sólo lo que el pueblo ha conseguido podéis saberlo, de esta manera se puede llegar a saber, con completa claridad, lo que no se quiere, se aprende a negar lo que es útil negar y a destruir lo que merece ser destruido”. Wagner ya había escrito: “Nada ha sido más nefasto para la felicidad de las personas que el afán estúpido de ordenar la vida futura mediante leyes de planteamiento actual”. En otro lugar opina: “El pueblo sólo necesita saber lo que no quiere y esto le alecciona su involuntario instinto de vida; necesita transformar esto no deseado en una no existencia mediante la fuerza de su presencia”. El valor en principio de esta negación lo trataré extensamente más adelante al hablar de la regeneración. Aquí sólo quiero mencionar que Schiller también hizo hincapié en ello, cuando citó la “cobardía del corazón” como motivo principal de que “aún seamos bárbaros”. Y también en esto hay que determinar que esta fuerza de la negación, esta “valentía” exigida por Schiller, no era un fenómeno pasajero en Wagner, sino que constituyó hasta el final de su vida una de sus características más notables. En su primera manifestación sobre el estado social -en la Asociación Patriótica- exige “la eliminación del pálido metal” y resume con esta valiente exigencia negativa toda la miseria de nuestro “orden anárquico” en una sola frase: “Nuestro Dios es el dinero y nuestra religión la usura”. A este Dios y a esta Religión es a los que rechaza Wagner. Treinta años después profundizó más en este pensamiento -al igual que inconscientemente ya lo había hecho su instinto artístico con “El Anillo del Nibelungo”-, pero ahora no sólo censura el espíritu comercialista, sino también la insensibilidad, la falta de caridad.

 

    También al mismo pensamiento corresponde la postura negativa de Wagner con respecto a la “pequeñez del sentimiento del sentido de posesión“ -que veremos también luego en el estudio de la doctrina de la regeneración-. Téngase sin embargo en cuenta que no se trata de un objetivo político sino de una actitud “por voluntad del arte querido por nosotros”, añadiendo que no debemos “quedar sometidos a confusión alguna sobre la configuración intimidadora de nuestra vida social, tanto exterior como interior”. Que en Wagner esta fuerza negativa vaya mano a mano con otra tan rara de afirmación que constituye casi un componente de la primera, es lo que hace que aparezca su carácter con tanta potencia. Fuerbach observa meditabundo: “Sólo quien tenga el valor de ser absolutamente negativo, posee la fuerza de crear algo nuevo”.

 

    La parte de este pensamiento que puede acercarse al anarquismo queda bien clara. Solamente se observa esa proximidad en la parte negativa. El mundo actual es reconocido como malo y este reconocimiento constituye una confesión fundamental. No existe otro parentesco entre Wagner y el anarquismo, nunca lo hubo ni pudo haberlo. El anarquista político no se basa en Dios, no se remite al “cumplimiento de la Ley pura de Cristo”, no considera la monarquía como “el punto central santo” del Estado, no predica la “regeneración” como condición previa de un futuro feliz. El anarquista, principalmente, rompe el hilo de la historia y se hace culpable por este hecho ante el orden natural. Wagner, por el contrario, aunque a veces utiliza su prerrogativa poética que deja muy atrás al presente y a sus posibilidades, considera el desarrollo histórico comoalma mater  de la humanidad. Aquí se acredita su instinto seguro, su gran sentido que le gana la confianza de los intelectuales, incluso cuando estos no están de acuerdo con él en todo. “El futuro no es pensable de otro modo que condicionado por el pasado”, escribió Wagner en 1851. Y si se quiere apreciar debidamente este juicio, entonces comparémoslo con lo que el filósofo Auguste Comte indicaba en 1848 como su meta: “Reorganizar la sociedad sin Dios ni Rey”, en contraposición con la “confianza en Dios y en el Rey” que Wagner intentaba, en el mismo año ¡inculcar a una asociación democrática! Lo uno es histórico, lo otro no. Lo uno sabiduría, lo otro insensatez. 
 

 

LA DOCTRINA DE LA REGENERACIÓN

 

    “Nosotros reconocemos el principio de la decadencia de la humanidad y a la vez la necesidad de una regeneración; creemos en la posibilidad de esta regeneración y a ella nos consagramos con todas nuestras fuerzas”.

 

    Estas palabras de Wagner (1880) ponen de relieve el armazón de su doctrina práctica de la regeneración. Se adivinan unos elementos bien distintos, pero estrechamente ligados: una negación y una afirmación. La forma actual de la sociedad humana (el Estado moderno y sus Iglesias), es reconocido como el fruto de la decadencia. Por el contrario, el conocimiento así obtenido de las causas de esta decadencia, conduce a la noción de una posible regeneración.

 

 

I

 

    Ante todo, antes de entrar en detalles, es importante detallar lo siguiente: y es que la negación no es metafísica sino empírica y que la afirmación no es primeramente mística, sino más bien positiva y referida a un posible devenir. Nuestra decadencia se debe a unas influencias materiales y para ello hacen falta remedios materiales, o bien la pronta supresión de estas influencias nefastas que bastarán para abrirnos “el paraíso hoy perdido y reencontrado entonces de una manera consciente”.

 

    En nuestra búsqueda sobre las ideas políticas y filosóficas de Wagner hemos tenido que luchar con una dificultad real, y es que estas ideas no han sido enunciadas más que a título de desarrollos accesorios, en escritos relativos a otros temas. Nos ha sido necesario buscarlos de nuevo en esos numerosos escritos, muy numerosos, y en las cartas de Wagner, lo que ha sido muy difícil y ello para extraer simplemente unas líneas precisas, permitiendo una clara síntesis y al mismo tiempo completa, ya que en ningún lugar el maestro se ha confiado a una exposición sistemática de sus ideas.

 

    Por eso aquí, cuando se trata de la doctrina de la regeneración, esta dificultad ya no existe, pues la doctrina en cuestión es el objeto de toda una serie de opúsculos y se formula con una claridad tal que parece que tengamos delante unas bases sólidas, volviendo muy fácil una exposición resumida de los pensamientos que se suceden y se unen en una unidad indiscutible. Pero entonces allí aparece un nuevo obstáculo: en esta doctrina práctica de la regeneración, la filosofía y la religión tienen tanta importancia, que no tomándolas en consideración, nos arriesgaríamos a desfigurar el pensamiento de Wagner. Pero si al lado de la doctrina práctica de la regeneración, hacemos entrar en esta línea de conducta otros elementos, entonces nos encontramos en presencia de tres doctrinas, una práctica, otra filosófica, la tercera religiosa. Y cada una de estas doctrinas por su lado supone una dependencia con las otras dos y en ocasiones una contradicción, o eso parece incluso en premisas fundamentales.

 

    Tomemos por ejemplo la doctrina filosófica de la regeneración.

 

    Al lado de la doctrina más simple y práctica de una regeneración de la humanidad, encontramos en los escritos de Wagner, constantes alusiones a la filosofía de Schopenhauer, quien, en cierto sentido, debe servirle de base. Sabemos que, en esta filosofía, el “nuevo nacimiento” metafísico está presentado como el conocimiento completo, como la penetración, podríamos decir, de la individualidad, y la reversión de la voluntad que es la consecuencia. Un filósofo no se hubiese aventurado jamás en aplicar a ésta o a cualquier otra parte del sistema de Schopenhauer, una doctrina de la regeneración del género humano, y aún menos en edificar esta última sobre tal base; Wagner, sin embargo, no siendo un filósofo, sino “un artista y un “vidente”, no se para en estos escrúpulos. El no cierra los ojos ni a la cognición metafísica del individuo pensante, ni a las convicciones que se imponen en la contemplación viviente de la historia del género humano. Por ejemplo, en el mismo escrito donde se encuentra la doctrina positiva de la negeneración él cita con elogio estas palabras de Schopenhauer: “La paz, el reposo y la felicidad sólo subsisten allí donde no existe ni el ¿Dónde? ni el ¿Cuándo?”. Habla también del “alma angustiada por la ilusión de la apariencia real del mundo”... Hay motivos para asombrarnos. ¿Debemos pues dedicarnos al cumplimiento de una regeneración que en ninguna parte, en ningún tiempo, no sabrá llegar a ningún resultado válido? ¿Podemos fundar la esperanza de un devenir histórico sobre un pasado igualmente histórico, si toda la apariencia real del Mundo no es más que ilusión y mentira? Pero, en la concepción de Wagner, estas indecisiones no tendrían valor más que desde el punto de vista de una contradicción de lógica pura; no tienen ningún valor para el conocimiento de las verdades que nos enseña la naturaleza Este mismo fenómeno, lo hemos ya constatado expresamente a propósito de la política: la coexistencia de términos contradictorios en apariencia pero que, en realidad, se complementan el uno al otro; son elementos constitutivos y necesarios de una inteligencia sincera incluso frente a ella misma, de una inteligencia que se ha formado orgánicamente y en la cual las mentiras sistemáticas no tendrían cabida.

 

    En la conciencia de Wagner miran, sin que una excluya a la otra, la negación metafísica y la afirmación práctica.

 

    Sobreviene entonces un tercer elemento: ¡la religión!

 

    Si la regeneración práctica está representada como posible, entonces no tendrá éxito más que si nosotros somos “intrépidos y creyentes” He aquí lo que desde 1849 declara Wagner, y en 1880 escribe: “Únicamente sobre la firme base de una verdadera religión”, puede desarrollarse la fuerza necesaria para llegar a aspirar a una regeneración.

 

    Es precisamente en la relación donde se concilian estas contradicciones de la alegría de vivir y del conocimiento implacable y doloroso, del optimismo y del pesimismo. Pero una nueva dificultad se presenta; y es que nuestra religión no ha escapado tampoco a la decadencia universal, por lo cual no podemos admitir “su aplicación inmediata a la regeneración”. Por otro lado, sin embargo, “no es el artista el que inventa las religiones, si no que salen de las entrañas del pueblo”. Henos aquí reducidos en el punto de salida, el cual -y así parece decirlo el maestro-, no existe en suma.

 

    Al final de este trabajo volveré sobre este punto, intentando esclarecer el sentido de esta aparente contradicción. Por el momento me es suficiente con remarcar cómo una exposición de la doctrina de la regeneración, muy optimista, de Wagner, se encuentra entorpecida por el hecho de que, como una base profunda y continua, una filosofía pesimista la acompaña y la sostiene, y por este otro hecho, que ella presupone una religión que aún no ha nacido, sino que tiene que salir de la revelación cristiana. Todo mi esfuerzo ha de consistir en presentar este asunto en forma tan simple y tan clara como sea posible. No sabría ocultar, empero, que este es el lugar mejor para aplicar el provebio de Omar Khayam: “El límite que separa la verdad del error no tiene más longitud que un cabello”.

 

 

II

 

    La exposición de la doctrina de la regeneración, tal y como la concibe Wagner, se descompone, en sí misma, en dos partes: la negación y la afirmación. El elemento de negación es la conciencia de la decadencia y es esta conciencia, una vez adquirida, la que sirve de base a la fe en una posible regeneración. Pero será bueno establecer claramente, desde el principio, cuáles son los escritos de Wagner que debemos enmarcar en la categoría de esos que tienen por efecto esta doctrina de la regeneración.

 

    En sentido estricto estos son los escritos de los últimos años de su vida: “Religión y Arte” (1880) y todos los que se agrupan alrededor de esta obra capital: “¿Queremos esperar?” (1879), la “Carta abierta a M. Ernest von Weber sobre la vivisección” (1879), “A qué contribuye este conocimiento?” (1880), “Conócete a ti mismo” y “Heroísmo y Cristianismo” (1881). En las últimas palabras de estos últimos escritos dice: “Y ahora, una vez llegados a un terreno sólido” (él acaba de mencionar, en la frase precedente a los “grandes poetas y los grandes artistas del pasado”) “queremos concentrarnos para penetrar más allá en el objeto de nuestro estudio”. Estas palabras, como otras parecidas, da a entender que después de haber insistido en la serie de la “Religión y el Arte”, sobre la religión, concebía una segunda serie, proyecto que la muerte debía desgraciadarnente cortar. Podemos imaginar que, en este segundo grupo, habría algo parecido a “El Arte y la Religión” o el “Arte y la Regeneración” como título apropiado, insistiendo, esta vez, sobre “el Arte”. Pues si, en los escritos de los últimos años, el arte es constantemente mencionado, al lado de la religión, como el factor más potente de la regeneración, no encontramos por ninguna parte un análisis del arte, ni en cuanto a su esencia íntima, ni en cuanto a su acción exterior, como se podía esperar. ¡Sin embargo esa segunda serie existe, hacía treinta años que Wagner la había escrito!. No hay ni que decir que el Maestro, a sus 70 años, hubiese formulado las mismas ideas en otros términos de como lo hizo a los treinta y seis o treinta y siete años, sin embargo, todo lo que en los escritos de Zurich podía dar lugar a malentendidos, se esclarece y se armoniza a la luz de “Religión y Arte”. Esos escritos de Zurich, “El Arte y la Revolución”, “La obra de Arte del Futuro” (1849), “Arte y Clima” (1850), “Opera y Drama”, “Comunicación a mis amigos” (1851), todos estos escritos, digo, forman pues una segunda serie -aunque primera cronológicamente-, que tratan de la regeneración, serie que forma el complemento indispensable de “Religión y Arte” y donde el centro de gravedad es el Arte y la obra de Arte.

 

    El pensamiento fundamental de las dos series es el mismo. El arte no sabría llegar a su plena floración en nuestra sociedad actual, sino únicamente en una sociedad regenerada; por otra parte, para este regeneración es la cooperación del arte absolutamente esencial.

 

    El que se nutre de la creencia de que la humanidad se encuentra en la vía de un progreso indefinido, del cual no podemos entrever el final -y está aquí puesta la fe de los más- no sabrá ni podrá admitir la necesidad, ni la posibilidad, de una regeneración. En efecto, esta noción de regeneración comporta la admisión previa de dos postulados: la “bondad original”, al menos relativa, del hombre, por cuanto su vida y su desarrollo se hallan en armonía con las leyes de la naturaleza ambiente y de la suya propia y, además, la convicción de que la humanidad históricamente se ha equivocado y se ha apartado siempre más de las vías de un desarrollo sano y conforme a la naturaleza. Lo que para unos es “progreso”, para otros no es más que “decadencia”. El contraste de estos términos, lógicamente opuestos, es fácil de comprender.

 

    Se podría representar a la decadencia como la obra de una potencia fatal, contra la cual toda resistencia sería inútil, como una decadencia inevitable, parecida a los efectos de la edad en el individuo... Pero puede ser también el resultado de una verdadera desviación y entonces se ha de contemplar bien de cara, y tenerla por cierta, para dar un primer paso -y no el menos importante- hacia la regeneración deseada. Es indudable que si logramos escudriñar y descubrir las causas, la regeneración se nos aparecera no solo como algo deseable, sino también como posible. Es por ello que Wagner dijo: “La admisión de una desviación del género humano, por contraria que ella parezca a la idea del progreso, podría muy bien ser la única base sobre la cual debe afianzarse y fundarse nuestra esperanza... Pues si vemos verificarse esta afirmación, es decir, que la desviación es debida a influencias exteriores demasiado potentes, contra las cuales el hombre prehistórico, desprovisto de experiencia, no supo defenderse, entonces la historia del género humano, en los límites donde nos es accesible, se nos aparecerá como el periodo doloroso de la elaboración de su plena conciencia y le mostrará la vía por donde él habrá de entrar, para utilizar el conocimiento así adquirido para protegerse de estas influencias nefastas”.

 

Lo que es particularmente característico en Wagner es que, en el momento en que su actividad artística le pone en contacto con la vida pública, él reconoce y estigmatiza los vicios profundos de toda nuestra organización social. Nunca “el caos de la civilización moderna” le ha arrancado una sola expresión de admiración; nunca ha creído él en su pretendido progreso. En su discurso a la Asociación Patriótica (1848), él habla de la humanidad que sufre y que está lamentablemente despojada de su dignidad”; en “El Arte y la Revolución” declara los “progresos de la civilización dañinos para la humanidad”; en “La Obra de Arte del Porvenir”, vemos ya formulado en principio y claramente, la admisión de la decadencia. En este escrito él insiste ya expresamente sobre la negación, y sobre su significado como condición previa de la afirmación: “El pueblo no tiene más que negar de hecho lo que, de hecho, no es nada, lo que es inútil, superfluo, sin valor... y entonces aparece alguna cosa, tal y como el futuro lo guardaba en reserva”. Precisamente entonces, a finales ue 1849, escribía a Uhlig: “Es suficiente ahora con destruir, no sabríamos entonces reconstruir más que arbitrariamente”. Pronto reconocería que el mal tenía profundas raíces, y por ello ya en 1850 la palabra “desviación” se encuentra en su pluma: “Miremos donde miremos al mundo civilizado, constatamos siempre una desviación en el hombre”.

 

    Tres meses después, en su obra capital “Opera y Drama” hablaba de “la asombrosa deformación moral de nuestra condición social actual” y se expresaba, hacia el final, en estos términos: “¿Queremos tratar con este mundo? No, pues incluso el trato más humillante nos excluiría a nosotros mismos... No reconquistaremos la fe y el coraje más que escuchando murmurar, en las palpitaciones del corazón de la historia, esta eterna fuente de vida que, escondida en los escombros de la civilización histórica, continua fluyendo en su frescor original”. En su “Comunicación a mis amigos”, declara “despreciar profundamente este mundo donde la hipocresía simula la inquietud por el arte y la cultura, mientras que en sus venas no se encontrará una sola gota de sangre artística y no sabrá producir un sólo átomo de calidad o de belleza verdaderamente humanas”.

 

    Todos estos pasajes están sacados de los escritos de Zurich. En los textos del final de su vida, el maestro, ya más anciano, no juzga nuestra civilización con mayor indulgencia. El la denomina “mala y sin corazón”, no “dirigida más que hacia la puesta en valor correcto de los cálculos de su egoísmo”, profundamente inmoral, “mundo del crimen y del pillaje organizados y legalizados por la falsedad, la mentira y la hipocresía”, que “transforma a los hombres en monstruos”, etc, etc. Todo lo que acabamos de leer se puede resumir en el pasaje siguiente: “Saber reconocer, en nuestra civilización, el fruto mendaz y malogrado del género humano extraviado, es la tarea propia del espíritu de la verdad” (“Heroísmo y Cristianismo”).

 

    He aquí la actitud negativa de Wagner con respecto a nuestra civilización. Podríamos alargarnos a placer con la lista de citas y no acabaríamos nunca si quisiéramos hacer figurar todo lo que Wagner ha dicho contra nuestro Estado moderno, “que no vive más que de los vicios de la Sociedad” y contra “la Religión eclesiástica, que se ha vuelto impotente” y “desprovista del verdadero Dios”. No se trata aquí más que de la conciencia de una desviación demostrada en principio, y aquella, ciertamente no le ha fallado jamás.

 

    Sin embargo, desde el principio, vemos a Wagner ocupado en buscar las causas de esta decadencia. Podemos constatar que su condena absoluta del Estado actual de la humanidad no es producto de su mal humor o el resultado de un pesimismo metafísico invasor. Los constantes esfuerzos que él ha hecho para tomar de la filosofía, de la historia, de las ciencias naturales, una explicación suficiente de la desviación que él descubre en el mundo civilizado, son la prueba de su fe inquebrantable y de la energía interna de este hombre con una profunda esperanza -esencialmente religiosa- en el porvenir.

 

    Aquí podemos descubrir al Wagner poeta: “La afirmación de la voluntad, y la creencia en la potencia plástica de la acción personal, son las bases necesarias de toda misión artística. La negación absoluta y el arte se excluyen recíprocamente. Los Hindúes, por ejemplo, con su predisposición metafísica tan excepcionalmente dominadora, enseñan expresamente que “la salvación no llegaría a ser el precio del esfuerzo”; también el arte se les vuelve totalmente extraño. La actividad artística, en sí misma presupone ya un temperamento optimista, una inextinguible energía de voluntad, de fe y de esperanza. Lo que de vidente tiene el artista no se contentaría con encontrar el mundo malo; en su seno mismo habita un testigo de la belleza de este mundo. El filósofo no tiene ninguna necesidad de los otros hombres, de hecho le son un estorbo, él se retira a la sombra de los bosques, purificados con su presencia. El artista, al contrario, tiene necesidad de ellos para ser él mismo, él lo puede todo, pero nada sin su cooperación. De ahí esta convicción de Wagner de que el hombre no sabría ser “salvado individualmente, como ser aislado”- de ahí también sus esfuerzos, desde 1848 hasta su muerte, para escudriñar las causas de la decadencia humana.

 

    Es interesarte seguirle en el progreso de sus investigaciones.

 

    En su discurso a la Asociación Patriótica, Wagner decía ya: “Es necesario observar bien de frente, resueltamente, la cuestión de saber dónde está la verdadera causa de toda la miseria de nuestro estado social actual”. La respuesta que él hacía a esta cuestión ya la hemos visto a propósito de su política: ¡esta causa es el dinero! Este primer esfuerzo de Wagner para llegar al fondo de nuestro estado social degenerado ha sido, un poco por todas partes, tachado de “extrañamente cándido” y los hombres serios han desdeñado pararse en esta cuestión. Es posible que tales gentes piensen de otra manera, en todo caso Wagner ya había penetrado anteriormente en esta cuestión. Para ofrecer esta idea en un discurso popular, le bastó con evocar la imagen “del pálido metal, al cual estamos esclavizados por un vergonzoso vasallaje”, pero detrás de este producto, “el más rígido, el menos capaz de tener vida en toda la naturaleza”, él veía el principio mismo de la propiedad. En su escrito “Die Wibelungen”, del mismo año 1848, expresa la opinión de que la propiedad que se ha convertido en hereditaria, es la principal causa de la decadencia de la humanidad. “En la organización histórica del régimen feudal, en tanto que subsistió en su pureza primitiva, encontramos expresado este principio, a la vez humano y heroico: la concesión de un disfrute era dado a aquel únicamente que, por algún acto, por algún servicio, podía personalmente pretenderlo. Desde el momento en que el feudo se convirtió en hereditario, el hombre, su actividad individual, sus méritos personales, perdieron su valor, que se convirtió en posesión, convertida en hereditaria. Fue ella y no la virtud personal la que creó la importancia social de la herencia; así, la depreciación gradual y creciente del hombre, mientras subía incesantemente el valor de la posesión, vino a incorporarse en las instituciones más antihumanas... Esto hizo que fuese la propiedad la que legitimara al hombre, en vez de, como hasta entonces, ser el hombre el que la legitimaba a ella”. Toda su vida el maestro fue fiel a esta convicción. En la “Obra de arte del Porvenir”, él ve precisamente, en este “afán primordial del Estado moderno... de fijar para siempre la propiedad, lo que detiene la vivificante fecundidad del porvenir”. En “Opera y Drama” dice: “De la posesión, convertida en propiedad, -sobre la cual se quiere hacer reposar exclusivamente todo orden-, han salido todos los crímenes del mito y de la historia”. En uno de sus últimos escritos, “Conócete a ti mismo” (1881), vuelve de nuevo  a este tema: “Parece bien”, dice, “que con esta noción de la propiedad, -que parecía tan simple en sí misma-, y con su sanción política, haya entrado en el cuerpo de la humanidad una tan cruel lanza que le haga sufrir para siempre una dolorosa agonía”.

 

    Pero a este pensador sagaz no se le podía escapar que unas instituciones como el dinero y la transmisión hereditaria de la propiedad debían, a lo más, ser consideradas como unas causas de segundo orden, quizás como unos síntomas más que como unos factores efectivos de la decadencia. Por ello ahondó más profundamente y creyó poder asignar a esta decadencia una causa física y la señaló en la corrupción de la sangre. Se preguntó entonces como era posible que los pueblos de Europa, no sólo fuesen víctimas de una desviación creciente, sino que parecían alejarse cada vez más de su propia imagen, hasta el punto de que las distintas ramas del tronco germánico se volvían cada vez más extranjeras, unas con respecto a otras. Y esta explicación la encontró en la influencia moral del Judaísmo.

 

 

III

 

    Por lo tanto para Wagner la corrupción de la sangre y la influencia desmoralizadora del judaísmo, eran las causas principales de nuestra decadencia. La influencia del judaísmo acelera y favorece el progreso de la degeneración, empujando al hombre moderno hacia un torbellino desenfrenado que no le deja tiempo ni para reconocerse, ni para tomar conciencia de esta lamentable decadencia, así como tampoco de la pérdida de su propia identidad. La corrupción de la sangre proviene sobre todo de una nutrición anormal, pero también de la mezcla de razas más nobles con las que lo son menos.

 

    Podemos ver cómo Wagner se preocupa pronto de esta cuestión del régimen nutritivo en su carta a Uhlig del 20 de octubre de 1850, de la que ya he citado algunos pasajes: un lado falta de nutrición y por el otro exceso de disfrutes sensuales, por encima de cualquier límite, y forma de vida absolutamente contraria a la naturaleza, he aquí lo que nos ha llevado a un estado de degeneración que no puede ser detenido y curado más que con una renovación completa de nuestro organismo deformado. Lo superfluo y la privación, he aquí los dos enemigos mortales de nuestra humanidad del presente”. En su correspondencia con Liszt también hace referencia a esto en una curiosa alusión: “En verdad, toda nuestra política, nuestra diplomacia, nuestra sed de futuro, nuestra ciencia y también, desgraciadamente, todo nuestro arte moderno... en verdad, toda esta vegetación parásita de nuestra vida actual no tiene otro suelo donde ella pueda germinar y prosperar que... nuestro vientre enfermo! ¡Ah! si cada uno quisiese y pudiese comprenderme, si mi grito, aparentemente irrisorio, fuese entendido en su espantosa verdad”.

 

    Únicamente en el último escrito de la serie: “Heroísmo y Cristianismo”, Wagner se ocupa de la cuestión de la desigualdad de las razas humanas y encuentra en ello una segunda causa física de decadencia, diciendo “que si bien la raza noble puede dominar a la raza inferior, no puede, por medio de la mezcla, elevarla a su nivel, pues lo único que logrará es bajar ella al nivel de la inferior... Que no tendríamos historia de la humanidad sin los movimientos, éxitos y creaciones de la raza blanca, eso es más que evidente y podemos considerar, sin temor a equivocarnos, que la historia universal es la historia de las mezclas de esa raza con la amarilla y negra, en el sentido de que estas últimas, menos nobles, no entran en la historia más que en la medida en que, mezclándose, asimilan más o menos a la raza blanca. El deterioro de ésta, por otra parte, proviene, evidentemente, de que, infinitamente menos numerosa en representantes que las razas inferiores, se ha visto obligada a mezclarse con ellas, con lo cual, como ya he remarcado, ha perdido mucho más en pureza de lo que podía haber ganado ennobleciendo su sangre en alguna medida”.

 

    Este punto de vista lo tenía Wagner de su amigo el conde de Gobineau y de su “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”. Pese a su importancia vital, no tiene más que una importancia secundaria en la doctrina de la regeneración, ya que no esclarece el porvenir sino el pasado, y sólo se proyectaría hacia el porvenir bajo la forma de un poderoso cataclismo. Pero Wagner desvía los ojos de una tan horrible consecuencia y ve en el verdadero cristianismo un antídoto “dirigido a todo el género humano para la más noble purificación de todos los vicios de su sangre”.

 

    Por el contrario, muy prontamente se preocupa Wagner de otro problema racial, me refiero a la influencia demosralizadora de una de esas razas blancas sobre las otras, del elemento judío sobre los pueblos no judíos, sobre el conjunto de los “gentiles”.

 

    “El Judaísmo en la Música” apareció, por primera vez, en 1850 en la Nueva Revista Musical de Brendel; después en folleto aparte y, con un largo prólogo en 1869. Ningún escrito del maestro ha sido tan universalmente conocido, al menos en cuanto a su título; una de las perífrasis favoritas para designar a Richard Wagner es la del “autor del Judaísmo en la Música”. Pero sería erroneo creer que Wagner no haya expresado sus opiniones sobre la influencia del judaísmo más que en este único opúsculo, y este error conduciría a otro, el de imaginarse que el maestro no tenía otra meta que la de criticar los resultados obtenidos por los compositores y músicos judíos. Es evidente, sin embargo, que es el arte el que ocupa mayormente su corazón, pero él ha señalado y deplorado la influencia del judaísmo en los dominios más diversos. En “El arte alemán y la política alemana” Wagner habla claramente de esta influencia deformadora del carácter nacional alemán, pero es en la última serie de tratados relativos a la regeneración donde se encuentran las declaraciones más importantes a este respecto.

 

    Especialmente “Conócete a ti mismo” tiene gran importancia. En él, en doce páginas analiza con gran intensidad “la desventaja irremediable en que se encuentra la raza alemana frente a la judía”. Es muy recomendable el estudio particular de este opúsculo para aquel que quiera conocer las opiniones de Wagner sobre “el principio activo de la decadencia de la humanidad”.

 

    Pero si el maestro, a despecho de los repetidos desarrollos -completos y luminosos- que ha dado él a su pensamiento, se ha topado con unos malentendidos, a veces incluso internacionales, sería temerario querer emprender el resumen en algunas líneas de las opiniones de Wagner sobre el Judaísmo. Hoy sobre todo, los espíritus han sido exitados de tal forma que es prácticamente imposible una discusión objetiva y sincera sobre este apasionante tema. Es por ello que me limitaré a indicar algunas líneas generales sobre las cuales todo espíritu imparcial podrá formarse su opinión personal.

 

    Nos imaginamos a su vez, y muy a menudo, que la “cuestión judía” es un fenómeno reciente; es una injusticia, pues no hay motivo para que, una cuestión que se ha discutido antaño con toda franqueza, deba estar hoy casi proscrita, por culpa de la susceptibilidad exagerada de algunos espíritus.

 

    No es necesario remontarse hasta la “scelaretassima gens” de Séneca, ni tampoco hasta Goethe o Beethoven; es suficiente esclarecer que, cuando Wagner entró en la vida pública, todos los no-judíos eran antisemitas, desde los demócratas impregnados de socialismo hasta los ultra-conservadores. Herwegh, el socialista, se quejaba del favor que le habían demostrado los judíos: le ofendía. Dingelstedt, el heraldo de la libertad alemana, escribía: “Allá donde extendamos la mano, la cerramos sobre algún judío y por todas partes ellos son el pueblo elegido del Señor; vamos, id a encerrarles de nuevo en sus viejas calles, ¡antes de que ellos os encierren a vosotros en un ghetto cristiano”.

 

    En el Parlamento prusiano, en 1847, el barón Frederic von Thadden-Trieglaff reclamaba textualmente “la emancipación de los cristianos del yugo judío”, y M. von Bismarck-Schoenhausen ¡se expresaba en la misma forma! Y el hecho de que los espíritus mejor dotados se percatasen de la intrusión de un elemento extranjero de naturaleza tan especial en la vida pública de los pueblos de Europa, aportando con ello un elemento de deformación certera, no ocurrió sólo en Alemania. En Francia aparecía, en este mismo año de 1847, la obra profética de Toussenel: “Los Judíos reyes de la época”. Es muy característico que Feuerbach haya sido celebrado, en todos los aspectos, por lo judíos, a pesar de que en numerosos pasajes de sus obras se ha expresado sobre ellos en términos que, hoy en día, le hubiesen acarreado una certera muerte literaria: “El principio de la religión judía es el egoísmo. El judío es indiferente a todo lo que no le comporte a él un beneficio personal. El egoísmo hebraico es de una profundidad y de una violencia insondables. Los judíos recibieron de la gracia de Jehovah la orden de robar” etc. (1841. “La Esencia del Cristianismo”). Desde entonces se produjo un gran cambio. Los cristianos se volvieron más tolerantes, los judíos menos. En todo caso es burlarse de toda una verdad histórica el convertir en crimen la opinión de una persona, opinión que lo fue de toda una época.

 

    Se deduce suficientemente de lo que acabamos de decir que si Wagner creyó verse obligado a lanzar un grito de alarma ante la influencia creciente de los judíos en el arte alemán, esto no es el resultado de una idiosincracia personal. Los mejores de su tiempo, no importa a que partido perteneciesen, pensaban como él. Pero es muy digno de remarcar que mientras los judíos no hicieron nada a los otros por su antisemitismo, ¡no le perdonaron nunca a él el suyo! Su “Judaísmo en la música” hubiese pasado desapercibido, en las columnas de un diario especializado y poco divulgado, si los propios judíos, con su “olfato infalible” -que les hizo reconocer al maestro-, no hubiesen adivinado inmediatamente la importancia excepcional de este opúsculo. De ahí pasó a toda la prensa europea y se convirtió en un clamor universal, con un despliegue de animosidad que ya he señalado y que desató una lucha encarnizada que persiguió a Wagner hasta su muerte, hasta el punto que desde la aparición de su opúsculo hasta hoy han aparecido más de 170 refutaciones a tal obra.

 

    Nada ha de resultar pues más oportuno que llamar la atención sobre su actitud sobre el judaísmo, pues si motivó tal escándalo hace pensar que había golpeado en el punto delicado.

 

    Pero si pasamos del estudio de estos acontecimientos al de las consideraciones presentadas por Wagner, dos cosas nos chocan desde el principio: su entera sinceridad y su alto signicado humano.

 

    Como su héroe Siegfried, Wagner se nos aparece “extraño al deseo“.

 

    La destreza del judío en acumular dinero es, generalmente, el origen de todos los reproches que se le hacen. Wagner, en cambio, no ha hecho más que defender, simplemente, el gusto artístico y los principios morales alemanes frente a una raza que siente estas cosas al revés que la raza germánica. Pero él jamás ha hecho alusiones al interés económico ni nunca su discusión ha derivado en conclusiones odiosas o personales. Para defender su tesis en su “Judaísmo en la música”, ha citado músicos israelitas, pero se ha limitado a citar los nombres más respetados. Puede verse con qué deferencia habla de Meyerbeer, con qué justicia y qué estima habla de Mendelssohn. ¡Y que se comparen estos pasajes con las oleadas de barro que ellos provocaron a su persona! Sin embargo esto hace comprender que de hecho Wagner no haya perdido, por culpa de su escrito, ni uno solo de su amigos israelitas verdaderamente afines y que incluso él contó con hacer nuevos amigos con motivo de este escrito, pues indudablemente no se trataba para Wagner de un asunto cotidiano, de simple actualidad, sino más bien de “una idea cuyo alcance abarcaba toda la historia de la cultura humana”.

 

    Desde el principio del opúsculo, Wagner se marca como fin “explicar ese sentimiento inconsciente de aversión popular por todo lo que es judío, de formular así algo que existe per se, pero no pretender suscitar, a través de la imaginación, alguna cosa que no exista ya”. ¿Cómo descartar este hecho, de qué manera podemos construir un puente sobre esta grieta abierta entre las razas? Wagner hace un llamamiento a una regeneración posible de la humanidad y dice a los judíos: “Uníos sin reservas a esta obra de salvación por la cual el aniquilamiento del yo conllevará a una verdadera vida nueva, y estaremos todos unidos, confundidos, ¡sin más diferencias que nos separen! Pero acordaos que no hay para vosotros más que un medio de sustraeros a la maldición que pesa sobre vosotros: la salvación de Ashaverus es la muerte”. Y lo que él entiende por “muerte” surge claramente de una frase precedente: “Pero llegar a ser plenamente hombres como nosotros conlleva -para el judío-, por decirlo de alguna forma, el dejar de ser judío”. Podríamos recordar, con una amarga sonrisa, que los señores Joachim, Moscheles, Hauptmann, David, etc. ¡se sintieron tan ofendidos por esta invitación a “llegar a ser hombres como nosotros”, que pidieron que el editor de la nueva Revista Musical, Franz Brendel, fuese destituido de su puesto de profesor en el conservatorio de Leipzig! Por otra parte, las palabras de Wagner recuerdan, bajo una forma muy mitigada, lo que Lutero había también dicho: Que los judíos debían de dejar de ser judíos. “Si no, no debemos tolerarlos en nuestro país”.

 

    Más adelante Wagner se expresa también muy claramente: “Una cosa me parecía evidente, desde el momento en que la influencia judía sobre nuestra vida intelectual se ha hecho sentir fuertemente en el sentido de que deforma y altera nuestras tendencias más sublimes y la cultura que nos es propia, y que esto no es un fenómeno accidental, debido quizás a unas causas de orden fisiológico, es necesario reconocerlo como un hecho innegable y decisivo... Si este elemento debe sernos asimilado, de manera que pueda cooperar con nosotros en el perfeccionamiento de nuestras facultades humanas más nobles, está claro que no es ocultando las dificultades de esta asimilación, sino enmarcándolas y proclamándolas, para ver así como podremos contribuir a alcanzar la meta deseada”.

 

    Y si Wagner cree poder decir de los judíos que ellos “viven de la explotación de la decadencia universal”, no es otra cosa, en definitiva que lo que ya había predicho de ellos su propio profeta Miqueas: “También el legado de Jacob estará entre las naciones, y en medio de muchos pueblos, como un león entre los animales del bosque, y como un leoncillo entre un rebaño de ovejas, el cual pasa entre ellas desgarrando y destruyendo, sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo” (Miqueas, V, 8).

 

    El término de “león” anuncia quizás la hipérbole; pero no hay nada que nos haga recapitular sobre las “ovejas” destinadas al esquileo... Pero, después de Miqueas, vino un profeta mucho mayor, que gritó a las hijas de Jerusalén: “No lloréis por mí, llorad por vosotros y por vuestros hijos”. Esta enseñanza de los judíos es, algo diferente en verdad, de lo que Wagner repetía: “Para ser plenamente hombres como nosotros, dejad de ser judíos”.

 

 

IV

 

    Hemos visto que Wagner consideraba el estado actual de la civilización como un estado de decadencia; hemos visto también que él cree haber discernido las causas de este estado. Quedan pues por decir algunas frases de su pensamiento Positivo y de las proposiciones que hace en vistas a una posible regeneración venidera y deseable.

 

    De la conciencia de esta decadencia Wagner afirma: “No es nueva, pues todo gran espíritu la ha tomado como guía y como hilo conductor; preguntádselo sino a los poetas verdaderamente grandes de todos los tiempos y también a los fundadores de las verdaderas religiones” Pero él rechaza las consecuencias pesimistas que han extraído de la religión hindú, la religión cristiana y la metafísica y piensa que el “conocimiento de la verdadera causa de nuestra decadencia nos lleva, con la misma fuerza, a creer en la posibilidad de una regeneración también radical”. En efecto, el argumento es tan simple y tan lógico, que basta con admitir las presmisas para estar forzado a admitir la consecuencia Si el alimento animal es la causa principal de la decadencia humana, el remedio será, evidentemente, una dieta estrictamente vegetal; si la mezcla de razas tiende a corromper la sangre, hay que tomar medidas para impedirlo a toda costa e inmediatamente.

 

    Podría pues cerrar o concluir el capítulo relativo a la regeneración. Pero es precisamente aquí donde se muestran los puntos de vista más interesantes lo que podríamos llamar la naturaleza polifacética de su espíritu y también la gran dificultad de reducir, en simples fórmulas una visión de las cosas que está dirigida a diversos puntos, ¡un organismo cuyas raíces vivificantes divergen en todas direcciones!. Aquí aún constatamos la enorme distancia que separa al filósofo -que conforme a las leyes constitutivas de nuestra razón, busca y debe buscar el simplificarlo todo, reducirlo todo, tanto como sea posible, a una sola causa principal- del artista que, como vidente, proclama lo que ve y que no se preocupa más que de lo que la naturaleza le exige en las estrechas exigencias de nuestra máquina pensante.

 

    Sin duda Wagner predica el vegetarianismo, pero no se detiene ahí. Su instinto filosófico era tan seguro y tan profundo, que él debía, en todo momento, darse cuenta de la estrecha solidaridad que existe entre el hombre y la naturaleza y, por consiguiente, reconocer la fuerza todopoderosa de la necesidad natural, como también el reflejo pesimista que no podía faltar resaltando sobre toda tentativa de regeneración. Pero, por otra parte, su vida emocional, lo mejor de su alma, estaba dirigida a ese Arte que él concebía como “absolutamente uno con la verdadera religión”, y no bastaban los remedios materiales o metafísicos para llegar, ellos solos, a la regeneración, ya que, muy al contrario, “todo verdadero esfuerzo, toda fuerza verdaderamente suficiente para el cumplimiento de la gran regeneración, no surgirán más que de la base profunda de una verdadera religión”.

 

    Se diría pues, que hay tres mundos yuxtapuestos: uno material y empírico, otro, trascendental y metafísico, y un tercero, místico y religioso; el Arte es el elemento que los reúne y unifica, pues su forma es material, su contenido trascendental y su significado místico, y es por ello por lo que, precisamente estos tres mundos se reflejan con una claridad tan excepcional en la conciencia del genio artístico. Si el artista no quiere limitarse a exponer lo que él ve por medio de la obra de arte, sino que, como fue el caso de Wagner en lo concerniente a la doctrina de la regeneración, pretende hacerlo en una exposición razonada, entonces se verá forzado a presentar dicha exposición en tres tesis diferentes, sin preocuparse mucho de su concordancia, toda vez que su personalidad ya le revela a él mismo su unidad y que, en la obra de arte, tiene el poder de revelarlo a otros por un medio rápido e inmediato. Pero, como ya he dicho -y se comprende mejor después de lo expuesto-, encontramos grandes dificultades a la hora de querer presentar el sistema de Wagner en forma condensada, fácil de abarcar rápidamente de un vistazo; para concebirlo, en alguna medida en su conjunto es necesaria una condición esencial, la impresión determinante de estas obras de arte que, para servirme de una comparación científica, dan a todo nuestro ser una “facultad vibratoria” intensificada y hacen de nosotros unos “conductores” dóciles de combinaciones complejas de pensamientos que, sin la obra de arte, no hubiesen despertado en nosotros ninguna comprensión. No es Wagner únicamente, sino todo genio artístico el que se encuentra en el mismo caso; Goethe también se nos aparecía como un camaleón, o mejor quízas como un calidoscopio, si su potente individualidad no se desarrollase delante nuestro y no se manifestase en la obra de arte en su viva armonía. Pero es necesario no perder esto de vista, para hacerse una impresión de conjunto correcta, cuando examinamos sucesiva y separadamente los tres puntos de vista: material, metafísico y religioso.

 

    No me quedan muchas más cosas que decir desde el punto de vista material, empírico.

 

    Lo importante aquí, según Wagner, es la alimentación: debemos abstenernos de comer carne y de tomar bebidas alcohólicas. El maestro no adoptó estas medidas extremas hasta una época avanzada de su vida. Antes ya había dicho: “La justa medida consiste en disfrutar de todo, pero con moderación” e incluso había escrito que “las substancias naturales simples no están hechas para seres como nosotros. Nosotros tenemos necesidad de lo que es complicado, de substancias tales que nos abastezcan lo más posible del provecho alimenticio con un mínimo de fuerza digestiva para gastar”. Pero cuando estuvo bien convencido de que la dieta exclusivamente vegetariana es “el punto central de la cuestión de la regeneración”, no se dejó persuadir por ninguna consideración. Por ejemplo cree que quizas en los climas septentrionales la nutrición animal es necesaria; en este caso nosotros, las razas nobles, deberíamos entregarnos a una “emigración racional”. Muy posiblemente esta sugerencia de una emigración en masa parecerá extravagante a muchos lectores, sin embargo un hombre profundamente científico, el célebre fisiólogo, psicólogo y moralista Alfred Fouille acaba de proponer, en un libro aparecido en julio de 1859, “El temperamento y el carácter según los individuos, los sexos y las razas”, exactamente el mismo éxodo, única esperanza de salvación, según él, para la raza indogermánica, y también en su opinión, la posibilidad práctica de esta idea está confirmada por los más recientes descubrimientos de la medicina.

 

    ¡Hacia el Sur! Sin embargo Wagner dijo que esto era un “cuadro tomado de la imaginación”, como tantas otras de sus propuestas en el terreno material y práctico. Pero haremos bien en acordarnos de todo lo dicho, especialmente para aquellos de entre nosotros, a los que la idea del vegetarianismo provoca una sonrisa benévola, pues en presencia de los grandes progresos del vegetarianismo, especialmente entre personas eninentemente prácticas -como ingleses y americanos- y en consideración a los recursos físicos excepcionales de que hacen gala los vegetarianos estos últimos años en concursos deportivos, podríamos recomendar a la opinión contraria un poco más de objetividad. En todo caso la demostración científica no se ha inclinado todavía ni por unos ni por otros pero, además, “esta prueba tendría poco alcance, ya que la cuestión de fondo es completamente moral, y atañe especialmente a las relaciones del hombre con los animales”.

 

    En el terreno filosófico, el pensamiento de la regeneración se mueve ya más libremente.

 

    “Es la naturaleza, y la naturaleza únicamente, la que puede desenredar la embrollada madeja del destino humano, pues la civilización, partiendo de la fe cristiana y de la condena de la naturaleza humana, negando así al hombre, se ha ganado un enemigo que debe pronto aniquilarla, en el sentido de que el el hombre no encuentre su lugar, pues este enemigo es precisamente la naturaleza eterna y viviente” (“El Arte y la Revolución”). Este mismo pensamiento lo escribía el maestro aún, en forma luminosa, a Heinrich von Stein, algunos días antes de su muerte, el 31 de enero de 1883: “Nosotros ya no sabríamos partir de un punto demasiado alejado de nuestra así llamada civilización de hoy, para llegar a una conciliación armoniosa del elemento puramente humano con la naturaleza eterna”. Evidentemente, consideraciones de este orden no se mueven de ningún modo en el dominio empírico. Lo que es “puramente humano”, lo que surge de la “naturaleza eterna”, no son quizás abstracciones puras, pero conviene, al menos, que estas nociones no sean tomadas de la observación. Su valor, en la doctrina de la regeneración consiste en que Wagner, precisamente, ha sido fiel a esta idea durante toda su vida y, además, que esta humanidad normal y completa, que no es más que una parte integrante y subordinada de la naturaleza eterna, provee su elemento de optimismo en la creencia filosófica de una posible regeneración.

 

    De estas citas que acabo de dar, citas que serían, además, fáciles de aumentar, se deduce con evidencia que la naturaleza y en particular “la verdadera naturaleza del hombre”, es considerada como buena. Wagner llamada a nuestro mundo “el desierto de un paraíso degenerado”. En sus primeros escritos él deplora “la perturbación de la fe en la pureza de la naturaleza humana” y en uno de sus últimos repite: “No buscaremos nuestra salvación más que en el retorno del hombre a la dignidad simple y sagrada que es suya”. Muy al contrario, el verdadero pesimista, Schopenhauer, enseña que “antes de identificar, a la manera panteísta, la naturaleza con Dios, parecería más justo identificarla con el diablo”. Y del hombre él dijo: “El hombre, en el fondo, es una bestia salvaje y espantosa. No le conocemos más que en ese estado de de domesticidad que se llama civilización, y es por ello que las explosiones ocasionales de la naturaleza nos asustan. Pero siempre que los cerrojos y las cadenas del orden legal desaparecen, se muestra el hombre en toda su realidad”. Para Wagner es la fe inquebrantable en la pureza y santidad de la naturaleza humana, la base filosófica de su doctrina en lo concerniente a la regeneración.

 

    Igualmente, desde el principio, encontramos en él otra noción que roza el pesimismo y que hace de contrapeso a la primera: ¡la noción de necesidad!

 

    En los primeros escritos de Wagner insiste sobre “la necesidad fatal” (espontánea, involuntaria, “unwillkuhrlich”), lo que nos recuerda la “Voluntad” de Schopenhauer. El maestro ha concebido lo que él llamaba en otras ocasiones la fatalidad (“unwillkuhr”) idénticamente como en la “Voluntad” de Schopenhauer, es decir, como todo el conjunto de los fenómenos: La naturaleza “engendra y forma por necesidad”, y también en el hombre, “es la presión única de la necesidad la que nos determina a crear unos actos y unos gestos dignos de ser creados”. Y la consecuencia lógica es clara: “la vida es lo que es inmediato, lo que se determina a sí misma”, y la ciencia, “la justificación del inconscienie... la resolución de la fatalidad en el querer de lo que es necesario”.

 

    Un poco de reflexión nos probará que una “regeneración” no encuentra su lugar en una concepción fatalista de la naturaleza. Esta ha formado todo lo que es por necesidad, y la sabiduría consiste en “querer lo necesario”. En Schopenhauer no se trata de una regeneración, puesto que la palabra “decadencia” no tiene sentido en su sistema y él nunca la ha pronunciado. Intentar probar el progreso es, sin duda según él, confiarse a “una construcción artificial e imaginaria”, pero él no admite la idea de decadencia; para él, el residuo final de la historia, es lo que se encuentra en presencia de un “ser, siempre el mismo, siempre igual a él mismo, inmutable, que hace hoy en día lo que ha hecho ayer y siempre”. Schopenhauer, en verdad, afirma la doctrina de la caída, pero expresamente a título de mito, pues la existencia es pecadora en sí misma. Según su filosofía, el sabio, como el Wotan de Wagner no puede “querer más que una cosa: ¡el fin! ¡el fin!”. Con una gran audacia, Wagner, que poseía plenamente la metafísica de Schopenhauer y que se incluía sin reservas entre sus discípulos, queriendo interpretar el mismo papel que Schopenhauer frente a Kant, ¡la ha continuado!, y dice expresamente que ha encontrado “en los argumentos que Schopenhauer da en apoyo de su condena del mundo, el hilo conductor para hacer salir la idea de una salvación posible de este mismo mundo”. Y en otro lugar: “Los únicos caminos claramente mostrados por Schopenhauer, por donde la voluntad extraviada pueda reencontrar su vía y que dan incontestablemente acceso a una esperanza, han sido claramanete expuestos por nuestro filósofo y sobre unas líneas que son las de las religiones más elevadas; no es su culpa si la representación tan exacta del mundo que se hallaba ante él le preocupó tan exclusivamente que se vió forzado a dejarnos el cuidado de explorar esos caminos y ponernos así en marcha, pues sólo en estos pasos suyos, y no en otros, es posible seguirlo”. El maestro consideró la filosofía de Schopenhauer como la única “que puede ser recomendada para marchar con independencia por las vías de la verdadera esperanza”. He aquí, ciertamente, un brusco y sorprendente giro, que sólo ha sorprendido al hombre que llamaba a la esperanza “la locura del corazón”; lo que, sin duda, no prueba nada, ya que Kant mismo no fue capaz de reconocer a su continuador en Schopenhauer. Se puede decir que éste, tomando como trampolín “el idealismo crítico” de Kant, hizo un verdadero salto mortal, para llegar a ver, en su Voluntad la cosa en sí misma. Y Wagner ha dado también él un salto que no envidia en audacia al otro. Con una infalible sagacidad ha reconocido que la negación de la voluntad de vivir, sean cuales sean las razones que se den, “se caracteriza” siempre como la suprema energía de la voluntad. Se determina con ello que cualquiera que se da plenamente cuenta de la decadencia, y posee al mismo tiempo esta más alta energía de la voluntad, tiene en la mano todo lo necesario para una regeneración; él conocía el mal y él es el maestro de la salvación. Es de allí de donde salió esta “fe en una posible regeneración”, esta penetración de “la todopoderosa voluntad” y es así como se explica esta extraña frase: “La certidumbre de la victoria de la voluntad es el fruto de la consciencia de la decadencia”.

 

    En todo lo que antecede, no es necesario ver, naturalmente, más que unas indicaciones. De hecho no sabríamos pedir más de una exposición tan sumaria y general. Notando la relación orgánica que une el pesimismo de Schopenhauer con el optimismo wagneriano desde el punto de vista de la regeneración, recuerdo al lector lo que hay, según mi opinión, de más interesante y más significativo en el pensamiento filosófico de Wagner.

 

    Sin duda el que quiera contentarse en la doctrina de la regeneración, con el punto de vista filosófico, llegaría con dificultad a conciliar unos principios tan opuestos en apariencia. Pero es que la raíz, que llega a la floración en la convicción de Wagner, parte de una base más profunda. A decir verdad ésta es una doctrina religiosa.

 

    El principio del Credo de Wagner es la convicción de un significado moral, convicción que no admite duda: “El reconocimiento de un significado moral del mundo es la coronación de todo conocimiento”. Este conocimiento es también la base de la esperanza y, por ello, el origen de la fe en la regeneración. En 1853 Wagner escribió: “Tengo fe en el porvenir del género humano”, y este primer axioma ayuda mejor a comprender otro que Wagner enunció más tarde: “La única aspiración y fuerza que posibilite el cumplimiento de la gran regeneración, deberá tener su origen en la base profunda de una religión”. Según ello, sin religión no podemos ni adquirir la fuerza necesaria para la regeneración, ni incluso sentirnos transportados a ella. La religión es, pues -así lo vemos-, la condición sine qua non  sobre la que reposa toda la doctrina wagneriana de la regeneracion.

 

    Es difícil aquí, no soñar en Feuerbach y en su firme fe en el porvenir y en su noble ambición de insuflar un nuevo hálito de vida a la religión cuyo imperio decrece, empleándolo en fecundar el terreno sólido de la realidad. Pero si menciono a Feuerbach es, sobre todo, para mostrar como “el optimismo religioso” de Wagner difiere de toda fe materialista en el porvenir, como la de ese filósofo. La diferencia consiste en que Wagner cree en el destino del género humano fijado “más allá del espacio y del tiempo”, en una “significación moral del mundo”. Toda su doctrina de la regeneración arranca de esta fe. Del progreso material ella no obtiene nada. A la idea del progreso, su doctrina opone la de la armonía con la naturaleza; no que predique simplemente el retorno a la naturaleza, sino que quiere que la unidad del hombre y la naturaleza, que ha formado inconscientemente la vida del hombre primitivo, sea erigida en ley conscientemente aceptada. Ni el perfeccionamiento de las máquinas, ni la acumulación infinita de los conocimientos científicos, hacen caer una lágrima menos en el océano de la miseria humana. También el significado de estas cosas no es más que pasajero y relativo, no eterno, ni absoluto. El pensamiento de la regeneración, en Wagner, no tiene en mente más que al hombre en tanto como ser moral. En el fondo poco le importa alcanzar una meta temporal.

 

    En “Religión y Arte” no deja entrever la menor duda sobre la concepción de Wagner: “Que el estado producido por una regeneración del género humano sea tan apacible como queremos, gracias al apaciguamiento de la conciencia, todavía no se ha visto en la naturaleza que nos rodea, tanto en la violencia de los elementos como en las manifestaciones invariables de voluntades inferiores, actuando entre y cerca de nosotros, tanto en el mar como en el desierto y también en el insecto, en el gusano que aplastamos sin pensárnoslo, por ello, constantemente, nos hará falta elevar los ojos hacia el Redentor crucificado como hacia el último y supremo refugio.”

 

    La doctrina de la regeneración en Wagner, partiendo desde tres puntos de vista diferentes, uno empírico e histórico, otro abstracto y filosófico y el tercero religioso, se nos muestra bajo tres formas correspondientes, lo que creo haber expuesto ya. Me queda por decir algo sobre el elemento donde los tres mundos tornan conciencia de su unidad y el que juega un papel tan preponderante en esta visión general de las cosas el Arte.

 

    Su acción, en cada uno de estos tres dominios, es decisiva.

 

    Ya en el primer escrito de Zurich, “El Arte y la Revolución”, Wagner atribuye al arte un destino de los más elevados: “Es precisamente al arte al que corresponde hacer reconocer a esta necesidad social (de libre dignidad humana), su significado más noble y mostrarle su dirección verdadera”. Él sin embargo reconocía que “no es sólo por la acción del arte que llegaremos a desarrollar la sociedad humana en un sentido humanamente bello y noble”, no es únicamente a Apolo, ese Dios del arte, al que el porvenir debe elevar un templo, sino “a Jesús, que sufrió por la humanidad”. Pero mientras en el pensamiento de Wagner sobre el punto de la regeneración no es rico en sentencias, en cambio se muestra inequivocamente la idea de que el arte, en esta transformación deseable de la sociedad humana, va a jugar un papel de intermediario indispensable. Debe revelar al hombre el significado de esta necesidad apremiante e inconsciente y mostrar al descarriado la correcta dirección. No ejerce una acción inmediata, como sería “la de ennoblecer las costumbres”, pero posee el poder mágico de dar a conocer al hombre a sí mismo, y trazarle el camino que le conducirá a la regeneración.

 

    Casi en la misma época, Wagner reconoció en el arte, “al representante de la necesidad”, o como él decía, a “la necesidad de la naturaleza”. Allí se encuentra claramente definida la relación del arte con la metafísica. El arte no podría pretender expresar jamás una abstracción metafísica, pero hay un arte superior que se distingue de la producción artística ordinaria en que el desarrollo de su actividad es intrínseco, involuntario, y lo que llega a representar son las manifestaciones de esta esencia primera y trascendental del mundo: la necesidad, la voluntad o cualquier otro calificativo que queramos darle. El arte “desliga el pensamiento inmaterial de la sensación” y es por ello que Schopenhauer lo tenía en tan alta estima y veía, desde su punto de vista exclusivamente filosófico, “su verdadera meta en que abría una vía a unas ideas cósmicas, a unas ideas sobre el mundo”. En esto también el arte juega, en la convicción de Wagner, un papel capital de intermediario; él es intermediario en un camino que conduce a una idea más profunda en la esencia del mundo, camino que es, en sí mismo, un elemento indispensable del pensamiento de la regeneración.

 

    En “La Obra de Arte del Porvenir”, encontramos la tercera tesis capital: “La obra de arte es la religión que ha llegado a convertirse en sensible bajo una forma viva”. Así pues, aquí también, en materia religiosa, el arte es el intermediario, el exponente, podríamos decir, y su oficio es el de “hacer remarcar la significación más sublime”, y de “mostrar la verdadera dirección” a seguir. “Felices seremos”, escribe Wagner más tarde, “si, conscientes de una vida social superior, nos volvemos accesibles a ese mediador de lo sublime y de su terreno sagrado, y si nos dejamos conducir dócilmente, por el artista, por ese poeta de lo trágico universal, ¡hacia una expresión apacible de esta vida humana! este poeta-predicador, el único que no ha mentido jamás, sabrá acompañarnos por el camino de esta vida nueva, y presentarnos, en la verdad ideal, el símbolo de todo lo que pasa, mientras que, desde hace tiempo, la pseudorealidad de la historia dormirá enterrada bajo los papelotes amarillentos de la civilización”.

 

    Pero, hemos visto más arriba, que “la única aspiración y fuerza que posibilite el cumplimiento de la gran regeneración, deberá tener su origen en la base profunda de una religión”. También es la relación del arte con la religión, con mucho, la más importante, pues si logra elevarse, de su papel inferior de recreo, de distracción inocente, a la altura de un “acto religioso santificante y purificante”, como pide Wagner, entonces se comprende “el significado que podría tener este arte, purificado de las exigencias inmorales que hoy en día le desnaturalizan, en el terreno de un nuevo orden moral de las cosas, en particular para el pueblo”. El servicio inapreciable e inmenso del arte así comprendido, en favor de la verdadera religión y los servicios que todavía está llamado a rendirle, es lo que Wagner muestra en un pasaje capital que sirve de introducción a “Religión y Arte”: “Se podría decir que allí donde la religión se hace artificiosa, está reservado al arte el salvar el núcleo sustancial, penetrando los símbolos míticos -que ésta pretende que sean creídos como verdaderos en el sentido literal del término-, según sus valores simbólicos, en los que reconoce, a través de su representación ideal, la verdad ideal que en ellos se esconde”.

 

    Así, el papel decisivo del arte consiste en que “salva la sustancia de la religión”, en cuanto “expresa lo que es inexpresable para la filosofía religiosa”, en lo que en la decadencia del dogma, “el verdadero arte idealista interviene como liberador”, en lo que él “conserva como más noble herencia del pensamiento cristiano en su pureza transformadora, regeneradora”. Sin embargo, si debemos esperar una regeneración, aún falta que esta esperanza pueda afianzarse sobre la “restitución de una religión verdadera”, pues el arte por si solo no sabría darnos una religión. Puede, sin embargo, ponernos “en el buen camino”, puede “revelarnos lo inefable más allá de toda noción imaginable”; un íntimo parentesco lo une a esta “religión suprema que debe aún salir de la revelación cristiana”.

 

    Que en esta constante preocupación por la religión Wagner no ha tenido en cuenta a las iglesias existentes, eso salta a la vista; las últimas frases citadas lo demuestran en sí mismas. El lector ha podido ya darse cuenta, por los diversos fragmentos citados, en qué sentido era Wagner cristiano. En 1851, él respondió a sus adversarios: “Si yo fuese cristiano por mi deseo de sustraerme a la indignidad del mundo moderno, sería un cristiano más honesto que todos aquellos que, en su impertinente piedad, me reprochan haber abandonado el cristianismo”, añadiendo más adelante que “no deberíamos mas que aplicarnos, en lo sucesivo, a preparar para la religión de la compasión un terreno sólido, donde pueda desarrollarse en nosotros, a despecho de los partidarios del dogma de la utilidad”. Wagner explica la “corrupción de la religión cristiana por la intervención del judaísmo en la formación de sus dogmas”. Nuestra civilización, según él, lejos de ser cristiana, sería “el triunfo de los enemigos de la fe cristiana”, una “mezcla de barbarie y judaísmo”, así pues nuestras religiones son impropias para abrir la vía de la regeneración.

 

    La religión que soñaba Wagner, no nos es revelada en sus escritos, pero sí en sus obras de arte, desde “Las Hadas” hasta “Parsifal”. Pues si la cooperación del arte es indispensable para la restauración de una verdadera religión, el arte verdadero, por su parte, no puede concebirse más que con una emancipación de esta religión. “No es más que sobre la base de una verdadera moralidad donde puede crecer y prosperar un verdadero arte”. En “¿A qué contribuye este conocimiento?” leemos: “El arte más elevado no podría encontrar la energía necesaria para parecidas revelaciones si le falta la base del símbolo religioso y moral perfecto, pues sólo así puede llegar a ser comprendido por el pueblo”. Vemos, por consecuencia, en qué sentido el arte de Wagner, como todo arte verdaderamente elevado, puede con razón ser considerado “religioso”.

 

    La relación entre el arte y la religión es una relación de reciprocidad, que condiciona a ambos; el verdadero arte no podría nacer sin religión, como ésta no puede revelarse sin el socorro del arte. En este sentido, arte y religión, no forman mas que un solo organismo, y es solamente de esta forma viva que un arte profundamente religioso, revelación de una verdadera religión, puede sacar la virtud y la fuerza necesarias para el cumplimiento de la gran regeneración, y de ésta debe salir “la humanidad renovadora, bienaventurada y artística del porvenir”.

 

    Pero, ¿de qué forma debe revestirse el arte para mostrarse digno de una misión tan alta, llegando a mostrar al hombre sediento de libertad y de verdadera dignidad humana “la dirección a seguir”, para que “libere, volviéndolo sensible” el pensamiento imperceptible de lo metafísico, para que “represente la religión bajo una forma viva”?. La respuesta a esta cuestión, nos la va a dar la doctrina artística de Wagner, en particular su doctrina del drama perfecto, de esa obra de arte “por la cual pueda estar comunicado, en su elevación más alta, así como en su profundidad más grande, todo lo que el espíritu humano es capaz de concebir y siempre de la manera más clara.

 


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