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Richard Wagner

NOCHE DEL 27 DE ENERO DE 1860
Richard Wagner
Por Jules Champfleury 
A Barbara
 

Las largas veladas que hace diez años pasábamos estudiando en compañía las obras de Haydn, de Mozart y de Beethoven, no se han perdido mi querido amigo. Cuando dejé esos felices cuartetos de nuestra juventud, es que comprendí cuán peligrosas son las infidelidades hechas libremente. Los esfuerzos nerviosos gastados al servicio de la música, estaban perdidos por la novela; pero me quedó una viva curiosidad por las obras musicales modernas o antiguas, y el 24 de enero de 1860, en la audición del primer fragmento de Richard Wagner, sentí crecer sobre el rico abono que habíamos amasado lentamente durante algunos años, las flores encantadoras de la iniciación en la música.

Comprendía el pensamiento del maestro y lo que motiva la presente carta por la cual he interrumpido los trabajos más urgentes, inquietándome mediocremente por los intereses de hoy y mañana, impaciente de gritar la verdad, no pudiendo escapar a la tiranía del pensamiento que me envía al cerebro, frases todas hechas sobre la obra de Richard Wagner. Esas frases me guían para escribir las líneas estremecedoras que siguen, dejando apenas a mi pluma el tiempo de trazarlas.

¡Richard Wagner! Encuentro este nombre alojado en un rincón de mi memoria por un crítico académico, el Sr. Fétis padre, de Bruselas en Brabante. Este Van Fétis, un ratón de biblioteca, un comentador sin cartel, un biógrafo a golpes de tijera, que ha escrito en alguna parte que Wagner “era el Courbet de la música”.

Como lo imaginan, era, en el pensamiento de un flamenco, un insulto que dará largo tiempo de reflexión. ¿Qué podía ser un Courbet en música?. Era lo que buscaba dificultosamente. El gran pintor sitiado y insultado desde tan largo tiempo por los entendidos de los diariuchos, es un artista notable ante todo por la potencia de su pincel.

Se puede recortar en cada una de sus telas un pedazo, es pintura, pero los franceses de pintura mediocremente se ciñen ante todo al tema, al espíritu y a lo bello, Courbet no podía ser comprendido.

Al mismo tiempo, la acusación de realismo venía a juntarse con los esfuerzos de los celosos por impedir el desarrollo del maestro, y era esa palabra realismo como un título de Música del porvenir de la cual han revestido irónicamente a Richard Wagner.

Hablaré más tarde del título de Música del porvenir, del cual los adversarios de Wagner se sirvieron largo tiempo como de una maza queriendo destruirlo, pero la maza de los periodistas no son mazazos de equilibrista, en tela pintada con heno adentro.

¿No debo, ante todo esto, dirigir mis agradecimientos a los críticos de profesión de los cuales todos los golpes conducen a error? Detienen éstos siempre la marcha del hombre fuerte, dañan su fortuna, tiran palos en las ruedas, horadan pozos para hacer caer el carro, levantan barricadas carcomidas, detrás de las cuales se mantienen temblando, armados de viejas jeringas llenas de tinta. De golpe, después de haber reparado sus fuerzas, después de meses de desfallecimiento , el artista se levanta orgulloso, convencido, fuerte, y de una sola mirada hace huir a los mediocres, los celosos, los impotentes, los inútiles, los pálidos jeringueros de tinta y atraviesa triunfalmente la vía sobre la cual se aglutina una multitud entusiasta.

Tal es Wagner hoy, luego de la sesión del miércoles 24 de enero de 1860, que quedará como fecha en las efemérides del arte.

Desde la llegada del maestro a su atril, comprendí al observar la fisonomía de la orquesta que la causa estaba ganada, los músicos se manifestaron con respeto y alegría, impacientes por comenzar y saludando la llegada de Richard Wagner con aplausos de arco sobre la madera de sus instrumentos.

Wagner está pálido con una bella frente donde la raíz de la nariz muestra protuberancias bien marcadas. Lleva anteojos y cabellos abundantes sin exageración. Es una naturaleza belicosa, ardiente en el trabajo, llena de convicción, los labios finos, la boca ligeramente hundida, el rasgo más característico en los detalles viene de su mentón prominente.

Hay en él timidez e ingenuidad. Se le nota contento con los murmullos de una sala que parece dispuesta a escuchar religiosamente a esta personalidad alemana y modesta de la cual surge una suerte de encanto particular, al cual no estamos en absoluto acostumbrados.

Este hombre, siento, no tiene nada en común con los compositores excéntricos que se visten bizarramente, tratando de influenciar a la audiencia con una mirada satánica y sacuden una larga melena, chata como los palillos de tambor o crespa como un caniche.

Wagner se volvió apenas hacia el público, sólo para saludarlo, y da instrucciones a los músicos agrupados alrededor suyo.

¿Qué pasará por el espíritu del artista que vuelve la espalda al público, y será dentro de minutos juzgado por los parisienses, es decir, seres que quieren ser ante todo entretenidos, entre ellos, los representantes más cercanos a los directores de teatro, que protestaran todo el tiempo contra las nuevas propuestas?

En cinco minutos, un juicio puede ser dado por este jurado frívolo contra un hombre que ofrece en una hora el resultado de treinta años de estudio, de sufrimiento y abnegación.

¡Y los músicos que han repetido tres veces sus obras nuevas!

¡Y los coristas, que son honestos alemanes aficionados, que fueron reunidos de prisa para el concierto!.

Hablamos de las emociones del condenado a muerte cuando el juez viene a informarle que el momento fatal ha llegado. El arte encierra emociones no menos crueles, que se repiten a diario.

No tengo el programa del concierto a la vista; ¿Por qué comenzamos? ¿Con los fragmentos de Lohengrin o de Tannhäuser?

¿Qué importa?. No pretendo dar un análisis riguroso de cada uno de estos fragmentos, sino la suma de sensaciones que recogí del conjunto.

Confieso que la ausencia de melodías, de las cuales los pretendidos conocedores hablaban desde largo tiempo en las revistas y las gacetas, me preocupaban vivamente; y las tentativas que había escuchado en Francia en el mismo sentido, no eran dignas de hacer de mí un entusiasta.

Orquestaciones extrañas, acoplamientos bizarros de instrumentos con timbres detestables, melodías singulares destruidas de golpe como por un maldito gnomo, ejércitos formidables de instrumentistas y coristas, telégrafos llevando la orden del jefe de orquesta a otros subjefes en otras salas, a la bodega y al granero, me daban un cierto espanto de esta música del porvenir de más allá del Rin, de la cual los críticosserios no hablaban sino con desdén.

Desde la primeros compases de la obertura, las críticas penosas que engañan al publico, por espíritu de denigramiento hostil y por celos impotentes, comprendieron que no tenían que huir, ya que Richard Wagner era aplaudido por el gentío estremecido, que conoce el sentimiento de lo bello y de lo justo, y que se sentía conmovido hasta los más profundo de su ser por ondas musicales de un navegante que acababa de descubrir.

Ausencia de melodías, decían las críticas.

Cada fragmento de cada una de las operas de Wagner no es sino una vasta melodía, semejante al espectáculo del mar.

¿Quién es aquel que volcando los ojos sobre el Océano turbado o el azul Mediterráneo, imaginaría querer construir una pequeña casita blanca con persianas verdes?

Una vez entrado dentro de las ondas de la armonía soberana de la cual Wagner posee el secreto, ¿no es ser un idiota pedir un pequeño aire de la Fanchonnette?

La Música de Wagner me transporta a épocas lejanas donde solo, en un pequeño pueblito normando, extendido en la incomodidad del acantilado, miraba al mar siempre bello y siempre nuevo, desafiando el aburrimiento, y llevándome a profundos pensamientos.

Hay un costado religioso en la obra de Wagner, el costado religioso que deja un bosque espeso, cuando se lo atraviesa en silencio. Entonces se separan una a una las pasiones de la civilización : El espíritu deja su pequeña caja de cartón donde cada uno tiene la costumbre de encerrarlo para ir elegante a los espectáculos del mundo; se purifica, se engrandece a la vista de nuestros ojos, respira de contento y parece trepar hasta la cima de los grandes árboles.

No son frases.

Pero, ¿Cómo devolver, sino por analogías de sensaciones la lengua mística de esos sonidos embriagadores?

Por lo dicho hay que tratar de hacer entender a los que lo ignoran que la música de Wagner no es música imitativa.

En la sinfonía de las Estaciones, Haydn trató de indicarnos "el paso del invierno a la primavera". De modo que estas palabras son textuales: "las espesas nieblas por las cuales comienza el invierno”. Tentativas de una gran maestro que llevaron a seguirlo a singulares discípulos.

Puesta de sol, la luna velada a medias, el canto de la alondra en los trigales y hasta el vuelo rápido de un pájaro de pico largo atravesando el paisaje, nos dicen lo que lo monos de la música imitativa han pretendido mostrar en sus sinfonías.

Es allí que podríamos llamar en el mal sentido de la palabra, realismo de la música, el montaje monstruoso de un arte sobre otro arte, una mezcla tan equivocada como un injerto de uva en un peral.

Wagner no pertenece en nada a esta escuela. Parece pueril insistir sobre eso; pero escribo sobre todo para la personas que no podrán escuchar sus conciertos.

El compositor se acercará más, en todo caso, a las líneas que Beethoven ha escrito en un pasaje de la Sinfonía Pastoral.. “Mas bien expresión de sentimiento que pintura” Bellas palabras más justas que aquella de Haydn.

No es todavía esto lo que puede devolver la música de Wagner. No conozco ni el tema ni sus óperas, ni la espléndida tela que la cubre. No he visto sino pedazos de esta tela. Me parece que un fragmento de tapicería de la edad media me cae de golpe bajo mis ojos. Cabezas de caballeros aparecen dibujadas con aguja a grandes trazos, un noble cortado a medio cuerpo tiene un halcón sobre el puño. En un rincón de la tapicería está escrito en letras góticas : AMADÍS DE GAULA.

Toda una época se despliega: los gestos de Carlomagno, los caballeros de la tabla redonda, y todos esos personajes valientes, más grandes que el natural, con sus formidables armaduras y sus cascos gigantes.

En los fragmentos de Tannhäuser, de Lohengrin, de Tristan e Isolda, del Santo Grial, sin que haya imitación de furiosos combates, reaparece toda una época caballeresca, ahora con sangre fría me puedo recoger.

Los personajes de los dramas de Wagner pertenecen a esos tiempos heroicos de los cuales los hermanos Grimm han recogido piadosamente las tradiciones de Alemania. Sea que la fabulación del drama de Wagner no pertenezca al viejo poema alemán de Parcifal, ¿El Lohengrin del compositor no es el mismo que el de la leyenda?.

“Lohengrin iba justamente, en ese momento, a poner el pie en el estribo, entonces apareció sobre el agua un cisne que arrastraba detrás de el una barca. Apenas Lohengrin lo percibió, exclamó:
- Buenas noches, mi mensajero, ¡vete a la caballeriza! Quiero ir con este pájaro y seguirlo adonde me conducirá.
Confiando en Dios, no llevó víveres con él, después de cinco días de navegación sobre el mar, el cisne metió su pico en el agua y tomo un pez, comió la mitad y dio la otra mitad al príncipe.”

En [el Teatro de] los Italianos, no he querido leerles el libreto; ante todo, tenía sed de música; el drama me hubiera preocupado. Un concierto no es una representación; los verdaderos músicos no conocen de otra lengua que la lengua de las sonoridades, la imprenta no tiene nada que hacer delante de la orquesta.

Más tarde, cuando sean representadas las óperas en su conjunto, la cuestión será totalmente diferente. Será bueno ver como el compositor, que es su propio poeta, a fundido en uno, estos dos artes diferentes.

Después de la primera parte del concierto, hubo grandes repercusiones en la sala, conversaciones inquietantes, precipitadas, exclamaciones espontáneas y menoscabos sin importancia. La batalla estaba ganada, pero había (lo que jamás se ve en la guerra) espíritus en retroceso, atascados en un foso, lejos del peligro, que tratan de calumniar al valiente general.

Ellos eran poco numerosos, se los contaba y hablaban con muecas y la rabia de éstos monos, frente a nosotros que admirábamos una bella tela, que ellos intentaban romper en mil pedazos.

Parece que el artista necesita ser excitado por estos animales malhechores, ya que, al igual que enseguida que un asno viene al mundo, pega diez machetazos para vapulearlo, apenas un gran espíritu se muestra en la arena, tiene tras su rastro cincuenta ladradores.

La obertura de Tannhäuser era ya conocida en París por algunos que la habían escuchado en un concierto, entre una polka y una quadrilla, tanto como lo permitían las conversaciones entre bastidores, pero si los hombres hubieran cantado más afinado el coro de la introducción, ¿qué efecto no habría producido?.

Hay que dejar a los críticos el cuidado de hablar de décimas, de bemoles, de tonalidades, de modulaciones ascendentes, de cromatismo, etc.; lo que me resta decir es más interesante.

El fragmento del Santo Grial es de los que más me ha golpeado por su misticismo religioso y el lamento de cantinela de los violines, a la vez dulce, claro y trasparente como un cristal. La orquesta se anima poco a poco y llega a una suerte de apoteosis radiante, dorado como el sol que transporta al oyente dentro de mundos desconocidos.

Al momento de llevar éste escrito a la imprenta, me han procurado el programa del concierto. Es bueno citar el fragmento del Santo-Grial, extraído de la ópera Lohengrin:
“Desde los primeros compases, el alma del piadoso solitario que espera el vaso sagrado en los espacios infinitos. Ve formarse, poco a poco, una aparición extraña, que toma cuerpo, una figura. Esta aparición se precisa más, y esa legión maravillosa de ángeles, llevando en medio de ellos la copa sagrada, pasa delante de él. El santo cortejo se acerca, el corazón del elegido de Dios se exalta poco a poco, se alarga, se dilata; inefables aspiraciones se despiertan en él; cede a la beatitud creciente, encontrándose siempre cerca de la luminosa aparición, y cuando al fin el Santo Grial, él mismo, aparece en medio del cortejo sagrado, él se alza en una adoración exaltada, como si el mundo entero hubiera repentinamente desaparecido.

No obstante, el Santo Grial derrama sus bendiciones sobre el santo en oración y lo consagra su caballero. Luego, las llamas ardientes suavizan progresivamente su fulgor, en el santo júbilo del coro de ángeles, sonriendo a la tierra que abandonan, ganando las celestes alturas. Les ha dejado el Santo Grial al cuidado de los hombres puros, en el corazón de los cuales el divino licor se ha derramado, y el augusto coro se desvanece en las profundidades del espacio, del mismo modo que había salido.”

Que los espíritus poéticos relean estas líneas y las vistan de melodías de la imaginación, así podrán hacerse una idea del profundo sentimiento del Santo Grial.

Dos horas de esta música me dejaron sin cansancio, feliz y lleno de entusiasmo.

Si Wagner se asemeja a la gran escuela alemana de Mozart y de Beethoven es por la simplicidad de la orquestación.

El ruido que extravió a tantos compositores en busca de nuevos efectos, ha sido felizmente desterrado de su obra.

Él es grande, elocuente, apasionado, imponiéndose con pocos medios. Su orquestación es monumental, penetrante, llena la sala. La atención no está perturbada por ningún instrumento; están armoniosamente fundidos en uno solo.

Se dice que el gran compositor lleva rastros visibles de alteración en su fisonomía.

No son los cansancios de sus últimos conciertos, la acogida del publico ha sido muy entusiasta y muy decisivo en la velada de anteayer, pero son sus angustias, sus amarguras de quince años, las que con el tiempo difícilmente superará.

¡Qué destino aquel de Richard Wagner!

¿Quién no conoce los últimos años de la vida de Beethoven, cuando amargado, hipocondríaco, enfermizo, sorprendía a sus compatriotas por su vida solitaria?

Beethoven, vuelto sordo, conduciendo la orquesta a pesar de su sordera, esforzándose por comprender a sus intérpretes por la mirada.

No hay nada más terrible que el infierno de Dante. Se creería que el pintor Goya, ciego en Burdeos, puede sólo caminar a la par del infortunio de Beethoven aquejado de sordera.

Richard Wagner reunió en él estas dos grandes desgracias, sordo y ciego. Proscrito de Alemania a consecuencia de acontecimientos políticos, hace más de diez años que sus óperas se interpretan y él no puede ni verlas ni escucharlas.

Ni Tannhäuser, ni Lohengrin pudieron abrirle las puertas de su país natal.

Los alemanes, han aclamado su nombre, sus obras fueron noticia en todos los teatros prusianos y austriacos, y él vivía retirado en un modesto retiro en Zurich, escuchando en la tarde si el viento le llevaba retazos de sus melodías, al tiempo que los que le impedían regresar a Alemania gozaban de sus expansiones musicales.

¿Es muy digno de interés el artista que no escucha ni ve a sus músicos y a sus cantores? Los murmullos de una sala atenta, los estremecimientos eléctricos que recorren a todo el público, hasta su silencio glacial cuando el compositor nos muestra, todas sus enseñanzas, que sirvieron de jalones a una nueva obra, estaban perdidos para Wagner.

El exilio no es un poderoso movilizador del arte. Muchos corren el riesgo de arribar a amargas recriminaciones y adormecimientos mórbidos. Wagner escapó a esos desfallecimientos; retirado desde algunos años en Zurich, compuso dos óperas nuevas y eligió París como el crisol donde van a fundirse y se hacen controlar los metales preciosos que descubrimos en el extranjero.

Los tres conciertos actuales que van a darse sucesivamente son sólo páginas separadas de grandes poemas ya conocidos; en primavera París podrá gozar de las óperas inéditas en su conjunto, bajo la dirección del gran maestro, que no le viene a quitar el lugar a nadie. En primavera acudirán, de toda Alemania directores de orquesta, maestros de coro, cantantes y coristas, toda una armada de Alemanes, presurosos de recibir instrucciones del artista.

La audición en París de dos óperas de Wagner no será sino una suerte de repetición dada en Alemania, pero, ¡qué interés ofrecerá esta repetición!. ¿No hay que agradecer al destino que empuja a su agrado a los hombres, está ahí, el trasplante de su país natal para activar ideas nuevas sobre una tierra extranjera?

El hombre es sacrificado, pero el arte encuentra su parte.

Busco y no encuentro en ninguna parte un martirio comparado al de Wagner.

En su obra, ¡no hay rabias!

Hubiera querido un fragmento de plenas tormentas y disonancias, que haga mal a los oídos, que hiera al publico hasta la sangre. Para vengar al artista. ¡Qué bello espectáculo aquel de hombres que prohiben a un genio besar su suelo natal y que no son castigados por la penitencia de melodías hartantes, los dientes de los que las escuchen, agarrándose a los recuerdos como un ladrón a un traje, llevando en la noche pesadillas vengadoras!

Wagner se mostró más noble.

La belleza, la grandeza y la calma parecen pedestales sobre los cuales ha puesto leyendas.

Cada una de sus óperas es una aspiración a esa música del porvenir de la cual los tontos y las gentes frívolas han hablado sin conocerla.

Una felicidad radiante sale del conjunto de su poderosa harmonía.

Lo he dicho en la Mascarada de la vida parisiense:
El artista es un ganso al cual han clavado sus patas en una tabla y que dejan morir en un gran fuego, a fin de que su hígado aumente.
Por este procedimiento, se obtiene el paté de foie gras. Cuando está bien aderezado, está bueno para comer.

Noche del 27 de enero de 1860

 

FUENTE:

RICHARD WAGNER, par Champfleury
A. Bourdilliat et Ce, éditeurs. Paris 1860
Versión española para archivowagner.info de Anita Martínez Jacomet

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