Por Alice Leighton Cleather y Basil Crump

 

Nuestro brevísimo estudio de Lohengrin y Parsifal quedaría incompleto si no se comprendiera claramente el origen y la significación de la tradición del Santo Grial. Esta hermosa leyenda, que ocupa lugar tan eminente en la mitología de los pueblos europeos, y en especial de los celtas, ha hablado a la imaginación de muchos poetas, pero a ninguno más poderosamente que a Ricardo Wagner. En su ensayo «Los Wibelungos: Historia del Mundo según la Saga» (1848, Obras en prosa, vol. VII) se habla del origen y significación de la Caballería ideal en relación con el mito de los Nibelungos, el Grial y la raza franca. Wagner había deseado, después de escribir Lohengrin, «infundir vida poética al emperador-héroe1 en nuestra escena dramática». Tenía que haberlo hecho en un drama hablado, porque Wagner consideraba el tratamiento musical inadecuado para un tema histórico-político. Pero sus estudios le hicieron ver que debía continuar por la senda primeramente abierta por la fábula de El Holandés Errante  -la del drama musical simbólico,- y así, abandonando a Federico en favor de Sigfredo, se vió gradualmente conducido al proyecto y ejecución de la magnífica trilogía de los Nibelungos.

El ensayo «Wibelungen» fué el resultado de sus estudios, y revela la maravillosa facultad del maestro de penetrar en los mismos cimientos de un asunto. Así, con certero instinto, nos muestra el nacimiento de las primeras razas en el Este bajo la tutela de los «troncos-padres nacidos de los dioses». «Su procedencia del Este -dice Wagner- ha subsistido en la memoria de los pueblos europeos desde los más remotos tiempos: las Sagas conservaron esta tradición, si bien muy desfigurada. El mantenimiento del poder de los reyes en las diferentes naciones, su restricción a una raza favorecida.., debieron de tener una honda base en la conciencia del pueblo; se basaban en la memoria del prístino hogar asiático... La leyenda de una ciudad o castillo primitivos, construidos por la más remota raza humana, y rodeados de paredes ciclópeas para guardar a su más santo fetiche, se encuentra en casi todas las naciones del mundo, y especialmente en las que podemos presumir se diseminaron hacia el Oeste desde aquellas primitivas colinas de Asia. ¿Es que no existió verdaderamente el arquetipo de esas ciudades fabulosas en el remoto hogar de esos pueblos? Seguramente hubo una ciudad antiquísima y amurallada que guardó en su seno la más antigua y venerable raza, el manantial de todo patriarcalismo, esto es, de la Realeza unida al Sacerdocio.»2

En Federico Barbarroja reconoce Wagner «al representante de la última Realeza popular primitiva y racial» , a un «Gobernante del Mundo» , a quien de todos los países acudían embajadores de Reyes con valiosos dones como homenaje a su poder imperial. Pero Palestina hizo llegar a sus oídos el grito para que salvara el Santo Sepulcro. A la Tierra de la Mañana volvió Federico su mirada; una fuerza irresistible lo condujo a Asia, a la cuna de las naciones... Había oído maravillosas leyendas de una región magnífica en lo más hondo del Asia3 , en la remota India; de un Rey-Sacerdote divino y primitivo, que gobernó allí a un pueblo puro y dichoso, inmortal porque tenía una milagrosa reliquia llamada el Santo Grial. ¿Podría él recobrar allí la perdida Visión de Dios, ahora monopolizada por ambiciosos sacerdotes con arreglo a su antojo?

El viejo héroe renacio en él; con espléndida hueste de guerra marchó al través de Grecia. Podía haberla conquistado -¿quién lo impedía?- pero sin descanso se sentía impulsado a la remota Asia. Allá en un campo de batalla quebrantó el poder de los sarracenos. La tierra prometida se extendía ante él indisputada; sin poder esperar la construcción de un puente volante, avanzo impaciente hacia el este, y a caballo se lanzó al río: nadie lo volvió a ver.

Desde entonces, corrió la leyenda de que el Custodio del Grial había traído realmente la sagrada reliquia a Occidente. Grandes maravillas había realizado. En los Países Bajos... había aparecido un Caballero del Grial (Lohengrin), pero se desvaneció cuando le preguntaron cosas prohibidas acerca de su origen; luego el Grial fué llevado por su antiguo custodio al remoto Oriente, y quedó custodiado una vez más en un elevado Monte de la India... La espiritual ascensión del Tesoro al Grial fué realizada en la conciencia germánica, y el Grial, por lo menos en el significado que le dan los poetas alemanes, debe considerarse como el representante o sucesor ideal del Tesoro de los Nibelungos. Este también procedía de Asia, de la morada primitiva de la humanidad; Dios lo había conducido a los hombres como dechado de santidad.

Era de capital importancia que su custodio fuera Sacerdote y Rey a un tiempo, esto es, un Maestro (Oberhaupt) de toda Caballería espiritual, tal como fué traído del Oriente en el siglo XII... Desde entonces la demanda del Grial reemplaza al Tesoro de los Nibelungos, y cuando el mundo occidental, no satisfecho con él, pasó más allá de Roma y del Papa para hallar su lugar de salvación en la tumba del Redentor en Jerusalén; cuando, no satisfecho ni aun allí, lanzó su anhelosa mirada, entre espiritual y física, aun más allá, hacia el Este, para hallar el primer santuario de la humanidad, entonces se dijo que el Grial se había retirado del impúdico oeste a la pura, casta e inaccesible tierra nativa de todas las naciones.»

En lo anterior conviene observar que Wagner adopta la tradición que coloca la morada permanente del Santo Grial en un «elevado monte»  de la India. Y esto, junto con el relato que él hace de su origen oriental, casa íntimamente con algunas de las versiones expuestas por eminentes eruditos.

Émile Burnouf, por ejemplo, escribe: «La única leyenda verdadera del Vaso (o Copa) sagrado, es la que puede seguirse desde el día de hoy, remontándose hacia lo pasado, en las Escrituras cristianas, griegas, persas y budisias, hasta los himnos vedas, donde se halla su significado»4 .

También Rosenkranz, Simrock y otros están de acuerdo con Burnouf en que esta tradición es principalmente oriental; aunque no cabe duda de que la tradición cristiana, habiéndose apropiado la leyenda, sigue la versión de Chrestien de Troyes, que elimina el elemento griego y le da una base completamente cristiana. Nutt5 , sin embargo, dice que «Wolfram von Eschenbach... nacido en los últimos treinta años del siglo XII... conoció bien el poema de Chrestien, y repetidas veces se refiere a él, pero con gran desprecio, por ser una versión falsa de la historia».

Por los recuerdos del pasado parece ser que los eslabones de la cadena de pruebas conducen, a través de España y de los Caballeros Templarios, a San Juan el Divino, y de él, por los Esenios, hacia el Este. Un escritor reciente6 indica que el norte de España estaba invadido, durante la edad media, por el Misticismo Arábigo, y que Guiot de Provins -o, como lo llama Wolfram von Eschenbach, Kyot, «estudió algún tiempo en España, en Toledo, bajo eruditos filósofos árabes». Allí encontró un libro arábigo que «contenía la historia del Santo Grëalz». Este volumen estaba escrito con caracteres desconocidos, los cuales tuvo que aprender Guiot. Después de leerlo, empezó éste a buscar en las tradiciones de otros países, Bretaña, Francia e Irlanda, y encontró las leyendas de esto en ciertas viejas Chroniques d'Angevin (Anjou). Se valió de éstas como de una corroboración, e introdujo elementos occidentales en su historia; pero, según insisten a una Warton y Görres, la escena de la mayor parte de ellas se halla en Oriente, y una gran parte de los nombres son de origen oriental.

El doctor K. Sirnrock7, eminente erudito alemán, apunta que la tradición del Grial es la base de la enseñanza secreta de los Templarios, entre los cuales y los Esenios había cierta relación, pues existe una leyenda de que Jesús -que, según la misma leyenda, habría sido instruido por los Esenios - eligió a ciertos discípulos suyos y les confió una ciencia secreta, más adelante enseñada a los sacerdotes de la Orden de los Caballeros del Temple.

Rosseti, que escribía en 18348 dice: «¿Por qué fueron los Templarios, que pertenecían a las más ilustres familias de Europa, sacrificados a centenares en diferentes países...? La historia nos lo dice: porque pertenecían a sociedades secretas, y profesaban doctrinas enemigas de Roma». Parece ser que la metempsicosis y la preexistencia del alma eran parte integrante de su sistema9; y, como nos dice Lecky10, «la doctrina de la transmigración era categóricamente rechazada por los católicos».

En el siglo pasado el Padre Grégoire11, escribiendo sobre las doctrinas religiosas y filosóficas profesadas por los Caballeros Templarios, dice que Jesús fué educado en la Escuela de Alejandría y que había sido instruido en «los misterios y jerarquía de la iniciación egipcia», transmitida a los judíos por Moisés. Que más tarde, Jesús puso a sus discípulos bajo la autoridad de San Juan, que nunca salió del Este; y que aquellas secretas enseñanzas, que «el discípulo amado» transmitió a sus sucesores los cristianos primitivos o juanistas, y que éstos conservaron religiosamente, fueron por fin el origen de la fundación de los Templarios. Porque en 1118, cuando los Cruzados llegaron a la defensa de los Santos Lugares, Hugo de Payens fué reconocido por sus virtudes y su elevada personalidad como digno custodio de la enseñanza secreta, y él fué quien fundó la Orden.

Podemos también seguir esta leyenda juanista en la masonería, pues se dice que fué transmitida por los Templarios a las Cofradías Constructoras de la edad media, y así a los actuales francmasones del rito sueco. La íntima conexión de los Templarios con la masonería es reconocida por varias autoridades de la historia. Baste decir aquí que Wagner viste a los Caballeros del Grial, en Parsifal, con el hábito Templario, e introduce ciertos detalles masónicos en el drama. Evidentemente, además, tenía en la mente esta relación masónica cuando escribió lo siguiente: «Así como el rey es el primero que ostenta el más alto grado de las Ordenes, así se le considera el Gran Maestre de una logia actual (Ordenskörper)... Como Gran Maestre de la Orden que suponemos, que ya existiera in potentia y no necesitara más que ser despertada a una vida de confraternidad positiva - una orden en la cual, exactamente como en las más primitivas de estas comunidades, aun los mayores servicios no habrían de dar derecho a ser admitido sino con la condición del voto de perseverante adhesión a fines más altos y altísimos-, el rey sería el eslabón viviente entre su tendencia ideal y la tendencia realista del Estado, y habría conquistado la atmósfera indispensable para su movimiento: un cuerpo de hombres de igual espíritu, eméritos (eximirten), esto es, libertados por su propio sacrificio de la ley común de la conveniencia, obligados a servirle sin reserva, y a cumplir su voluntad» (Obras en prosa, vol. IV).

Además, con especial referencia a los Caballeros del Grial de Parsifal, dice Wagner, escribiendo sobre la primera representación en Bayreuth en 1882: «Buscábamos el significado del Rey, en esta Compañía de Caballeros, en el verdadero sentido de la palabra «rey» como cabeza de la raza, y elegido como tal para ser el defensor del Grial; no debe guardar distinción con el resto de los Caballeros, salvo por la significación mística de la alta función reservada para él solo, y la carga de padecer, que nadie sino él podía medir».

Es imposible, en tan pequeño espacio como el de este libro, hacer otra cosa que indicar brevemente dónde pueden encontrarse siquiera algunos de los testimonios que corroboran las opiniones sustentadas por Wagner; y así llegamos ahora al último eslabón de la cadena de pruebas que es posible dar aquí; un eslabón que nos lleva a esa «distante tierra de Oriente» de que nos habla, y a ese «misterioso personaje» - el Preste Juan - que, como dice el doctor Simrock, está tan íntimamente relacionado con la leyenda del Santo Grial. Acerca de él poco parece saberse concretamente, salvo la exaltada naturaleza de su cargo y su gran sabiduría y pureza de carácter.

Cada rey sucesivo del Grial parece haber tomado este título, porque cuando la Hermandad del Grial deja a Monsalvat por la India, Parzival tiene que asumirlo. Dice San Marte<12: «El paso del Grial a la India y la transformación de Parzival en el Preste Juan es importante de observar... No se nos dan detalles de este misterioso personaje, cuya existencia, no obstante, no se puede poner en duda... Los Nestorianos le llamaban el Rey Johannes».

En el poema titulado Der jüngere Titurel13 se trata muy minuciosamente del paso de los Caballeros del Grial a los reinos del Preste Juan. «En esta obra no es Parzival el personaje en torno del cual se agrupa el principal interés, sino Titurel y su raza, cuando siguen al Fundador; luego, cuando empieza el oscurecimiento del fervor espiritual y se generaliza más el derrumbamiento del tipo de pureza, las pocas y afligidas almas caballerescas, los Templarios, con oraciones y ayunos hacen preparativos para volver al Este, de donde había venido su primitiva inspiración. Conducidos por Parzival, pasan de Occidente a Oriente»14.

Pero hay un punto importante que, como se habrá visto, resulta expuesto mucho más claramente por Wagner que por las demás autoridades que hemos podido examinar, a saber: que el Grial procedía originariamente del Este; y que fué traído de su primitiva fortaleza de la India (probablemente en el Himalaya) y colocado en el santuario de Monsalvat, en los Pirineos, para difundir su luz y su sabiduría por los países occidentales. Cuando la misión hubo terminado, la Hermandad se volvió de nuevo a Oriente con la Copa sagrada. Acoplando esto con la tradición juanista y lo que Wagner dice respecto de la asociación de la leyenda del Grial con el sacrificio de Jesús, parece indicado con bastante claridad que las dos tradiciones estaban íntimamente relacionadas, si es que no tenían un origen común.


NOTAS:
1. Federico Barbarroja.
2. Aquí tenemos el germen de la idea del Rey-Sacerdote de la Hermandad del Grial, que Wagner personificó y desarrolló después en Parsifal.
3. Las antiguas tradiciones chinas hablan de Si-dzang, en el Tibet, como el gran centro del saber místico desde tiempo inmemorial. Allí fué donde el sabio emperador Yu (2207 a. de J. C.) obtuvo su conocimiento de «los Grandes Maestros de la Cordillera Nevada».
4. Le Vase Sacré et ce qu'il contient: dans l'Inde, la Perse, la Grèce et dans l'Église Chrétienne; avec un appendice sur le Saint Graal (París, 1896).
5. Studies on the Legend of the Holy Grail, 1888.
6. Traces of a Hidden Tradition in Masonry and Mediaeval Mysticism, Londres, 1900.
7. Parzival und Titurel, Rittergedichte von Wolfram von Eschenbach, Stuttgart y Tubinga, 1842.
8. Disquisitions on the Anti-Papal Spirit which produced the Reformation, Londres, 1834.
9. Véase en la página 12, últimas líneas, la cita de la carta de Wagner a Augusto Roeckel; véase también la manera como introduce el tema en Parsifal.
10. History of European Morals, Londres, 1877.
11. Histoire des Sectes Religieuses, París, 1828.
12. Neue Mitteilungen aus dem Gebiete historisch-antiquarischer Forschungen, II, 36.
13. A. von Scharffenberg (1270).
14. Traces of a Hidden Tradition in Masonry and Mediaeval Mysticism, Londres, 1900.

Lohengrin

En nuestro libro sobre Tannhäuser y Los Maestros Cantores de Nuremberg, citamos las observaciones de Wagner acerca de la necesidad de una dicción y ejecución excelentes, así como de una buena voz, para el papel de Tannhäuser. La misma combinación se necesita para Lohengrin, unida al suficiente magnetismo personal para comunicar al espectador una atmósfera de espiritualidad y de misterio. Como dijo Wagner a Liszt cuando lo estaba dirigiendo en Weimar: «Mirar a Lohengrin ha de dar escozor en los ojos». Y luego, escribiendo en 1850 a un amigo, dice: «Lo más importante de todo, para el cantante de Lohengrin, es la escena final del último acto todo su efecto depende de la maestría del actor en tan difícil arte. Al principio de esta escena, y en su acusación a Elsa, tiene que mostrarse terrible en su severidad, como un dios que castiga. Pero después de su narración y de la revelación de su origen, desde las palabras: «¡Ah, Elsa! ¿Qué me has hecho?», toda su severidad de dios debe perderse para no dejar sino el más intenso dolor humano. Debe poner la más honda, la más desgarradora, la más emocionante pasión en todo el horripilante contenido del final de la obra, hasta el momento de la partida. Él sólo puede producir el efecto deseado, y nadie más; lo restante vendrá por sí mismo. Si queda un corazón sin conmoverse, será suya la culpa.»

Liszt escribe, con notable penetración del personaje de Elsa: «Elsa nos atrae quizá más que cualquier otro individuo de esta familia de hermosas inquiridoras, por causa de su ingenua pureza y del humilde y ferviente abandono de su amor. Por fortuna no tenemos aquí una discutidora femenina, una indépendante que propugna los Derechos de la Mujer, y que, deseando examinarlo todo y enjuiciarlo todo, abdica necesariamente del altísimo privilegio de la inspirada clarividencia: esa presciencia instintiva sólo concedida al Corazón cuando, en lugar de seguir la guia del Intelecto, presta a este último su propia luz rarísima. Elsa no busca nunca, en sonoros hexámetros, entronizar los intereses de su dignidad. Ama con una sencillez adorable, y sólo el temor de perder a su amado es lo que la arroja al frenesí, a la rebeldía y al perjurio. Antes de este momentáneo extravío, Elsa sentía, como lo proclamaba, la identidad del Amor y la Fe».

El subrayado de este pasaje es cosa nuestra; porque en el texto copiado, Liszt expresa, con extraordinaria visión interna, la esencial diferencia entre la Intuición y el Intelecto, entre el Corazón y la Cabeza. El mismo Wagner tenía una comprensión igual, por no decir mayor, de esta esencial diferencia. Lo demostró claramente en sus dramas simbólicos, a contar desde El Holandés Errante. El Holandés puede conseguir su redención de manos de «una mujer que, con el amor más grande- escribe en la «Comunicación» 
-se sacrifique por él. Así el anhelo de la muerte le espolea a buscar a esa mujer; pero ella no es ya la casera Penélope de Ulises, a quien cortejaban en los días de antaño, sino la quinta esencia de lo femenino, la Mujer infinitamente femenina, aun no manifestada, la anhelada, la soñada; por decirlo en dos palabras: La mujer del Porvenir» (Obras en prosa, vol. 1).

Hasta qué punto era amplio y universal este concepto de la feminidad en Ricardo Wagner, se puede ver más claramente, poco después, en el mismo ensayo, cuando habla de su anhelo de su tierra alemana: «Era el anhelo de mi Holandés Errante por das Weib, la mujer redentora, cuyas facciones no se me habían presentado nunca en contorno definido, pero que flotaba ante mi vista como el elemento de la feminidad en su más amplio sentido».

Escribiendo acerca del tiempo en que Wagner estaba bosquejando la música de Lohengrin y dedicándose a su distracción favorita, la lectura, dice su biógrafo Glasenapp: «Pocos germanistas profesionales pueden haber estado tan versados en el legendario saber de las razas teutónicas, en sus antiguas costumbres, lenguaje y usos, como el poeta de Tanhäuuser y Lohengrin; y esta profunda familiaridad con los antiguos ritos feudales y judiciales germánicos, estampada en la obra desde el principio al fin, da a Lohengrin ese dejo peculiar de realidad que lo distingue de todos los demás libretos». El mismo Glasenapp dice en otra parte: «En literatura, Wagner sabía todo lo digno de saberse, desde las obras de los tiempos antiguos hasta las más recientes producciones aun de la escuela llamada «elegante», con gran asombro de sus amigos, que ni aun en esto podían nunca presentarle una novedad; lo que uno mencionaba por primera vez era cosa ya sabida para Wagner, que tenía ya su opinión propia sobre ella».

El término «Zukunftsmusik» (Música del Porvenir) que Wagner cita ala cabeza de su carta a un amigo de París, Fr. Villot es una cita falseada deliberadamente en una crítica hostil del título del gran ensayo de Wagner «La Obra de Arte del Porvenir», en la cual muestra las funciones propias de la Poesía, de la Música de la Mímica y de otras Artes en el drama perfecto. La frase ha subsistido hasta el día de hoy (aun atribuida a Wagner por los mal informados) y ha dado origen a infinitos errores acerca de sus fines y de su obra en el campo del arte dramático. Nos dice Wagner que, cuando estaba desterrado en Zurich y habían aparecido ciertas noticias favorables de la representación del Lohengrin por Liszt en Weimar, «cierto profesor Bischoff se presentó en la Kölnische Zeitung como fundador de un sistema de difamación proseguido desde entonces en contra mía; ese caballero se apoderó de mis escritos sobre el arte, y retorció mi idea de la «Obra de Arte del Porvenir» convirtiéndola en la absurda pretensión de una «Música del Porvenir», una música, en verdad, que sonaría bien con el transcurso del tiempo, por mal que sonara ahora... Piense usted, pues, con qué gigantesca pertinacia debió de formarse y divulgarse esa ridícula calumnia, al ver que en casi toda la prensa europea, a pesar de la actual difusión y popularidad de mis óperas, retoña de cuando en cuando con renovada fuerza - tan indiscutida como irrefutable, - tan pronto como se menciona mi nombre» (Obras en prosa, vol. III, pág. 103).

Parsifal

Con respecto a la mezcla de budismo y cristianismo en este drama, aunque hemos visto que Wagner estaba ya familiarizado con la religión y la filosofía orientales en la época de Lohengrin, parece ser que se familiarizó más con el budismo gracias a los escritos de Schopenhauer. En 1855 cuando acababa de leer «El Mundo como Voluntad y Representación», escribió largas cartas a Roeckel y a Liszt, en las cuales habla de sús principales ideas en relación con los principios fundamentales del Cristianismo y del Budismo. A Liszt por ejemplo, le escribe que «las investigaciones modernas han conseguido demostrar que el cristianismo puro y sin mezcla era sólo una rama de ese venerable budismo que, después de la expedición de Alejandro a la India, se divulgó por las orillas del Mediterráneo1. En el cristianismo primitivo vemos claras huellas de la perfecta negación de la voluntad de vivir, del anhelo de la destrucción del mundo, esto es, de la cesación de toda existencia». Y escribiendo a Roeckel exclama: «... ¡Cuán divino es el reconocimiento de la vanidad y de la nada de este mundo, manifiesto en la idea originaria del cristianismo, y cuán sublime es la doctrina de Buda, que nos unifica por la compasion con todos los seres vivientes! »

Esta doctrina se imponía con fuerza singular a la mente de Wagner, como cosa natural, por razón de lo intensamente que detestaba la crueldad con los animales. Esto era probablemente resultado de un incidente ocurrido siendo Wagner muy joven, cuando asistió a la única expedición de caza de su vida. Wolzogen lo refiere en su Richard Wagner und die Thierwelt. Siempre lleno de vida y de energía, el mozo había consentido en que sus compañeros de holgorios lo llevaran a la caza. Se levantó una liebre, y su poco experta mano disparó al tuntún contra la pieza; no supo si la había acertado o no, pues todos sus pensamientos estaban absortos en la excitación de un insólito deporte. Más tarde, cuando él y sus camaradas se hallaban almorzando alegremente al aire libre, un lebratillo herido se arrastró por cerca de ellos; la elocuencia de sus lastimeros ojos dijo a la conciencia del joven que aquella era la víctima de su irreflexiva diversión. No pudo nunca olvidar la mirada de angustia de aquel pobre sér, ni volvió jamás a empuñar un arma contra un animal» (Vida de Wagner, Glasenapp y Ellis, vol. I, página 142).


NOTAS:
1. Kakasu Okakura, el erudito autor japonés, en su obra «Los Ideales del Este», dice, con respecto al budismo, que su mismo poder de adaptación y crecimiento «constituye la grandeza de ese sistema, que no sólo domina el Asia Oriental, sino que llevó sus semillas hace mucho tiempo a florecer en el desierto de Siria, y en la forma de cristianismo completa la circunvalación del mundo, con su fragancia de amor y de renunciación».

Ejemplos de los poemas:

 

Lohengrin

El estilo es en su mayor parte análogo al de Tannhäuser, con rimas sucesivas y finales; pero la tendencia a emplear versos más cortos hace presentir  El Anillo. El verso suelto se usa también en muchos pasajes:

REY ENRIQUE: 
Ruft die Beklagte her! 
Beginnen soll nun das Gericht! 
Gott lass mich weise sein!

LOHENGRIN: 
Nie sollst du mich befragen, 
noch Wissens Sorge tragen, 
woher ich kamm der Fahrt, 
noch wie mein Nam' und Art!

EL REY  Y LOS NOBLES: 
Ruhm deiner Fahrt! 
Preis deinem Kommen! 
Heil deiner Art, 
Schützer der Frommen!

LOHENGRIN: 
In fernem Land, unnahbar euren Schritten, 
liegt eine Burg, die Monsalvat genannt; 
ein lichter Tempel stehet dort inmitten, 
so kostbar, als auf Erden nichts bekannt. 
 

 

 

Parsifal

Este poema es muy parecido, en su fusión de los últimos procedimientos de Wagner, a Los Maestros Cantores. Los versos varían continuamente de metro, de una o dos a once sílabas; con frecuencia carecen de rima, y se usan también las dos clases de rimas finales. Representa el fruto de la evolución de Wagner como poeta-músico en su admirable flexibilidad, expresión y adaptación al tratamiento musical.

 

GURNEMANZ: 
Oh, wunden-wundervoller 
heiliger Speer! 
Dich sah ich schwingen 
von unheiligster Hand! 
.................................... 
Titurel der fromme Held, 
der kannt' ihn wohl. 
Denn ihm, da wilder Feinde List und Macht 
des reinen Glaubens Reich bedrohten 
ihm neigten sich in heilig ernster Nacht 
dereinst des Heiland's sel'ge Boten.

AMFORTAS: 
Erbarmen! Erbarmen! 
Da Allerbarmer, ach, Erbarmen! 
Nimm mir mein Erbe, 
schliesse die Wunde, 
dass heilig ich sterbe, 
rein Dir gesunde!

KUNDRY: 
Bekenntniss 
wird Schuld und Reue enden, 
Erkenntniss 
in Sinn die Thorheit wenden: 
die Liebe lernen kennen, 
die Gamuret umschloss, 
als Herzeleid's Entbrennen 
ihn sengend überfloss: 
die Leib und Leben 
einst dir gegeben 
der Tod und Thorheit weichen muss, 
sie beut' 
dir heut' - 
als Muttersegens letzten Gruss 
der Liebe - ersten Kuss.

PARSIFAL: 
Auf Ewigkeit 
wärst du verdammt mit mir 
für eine Stunde. 
Vergessen's meiner Sendung, 
in deines Arm's Umfangen! 
Auch dir bin ich zum Heil gesandt, 
bleib'st du dem Sehnen abgewandt. 
Die Labung, die dein Leiden endet, 
beut nicht der Quell, aus dem es fliesst 
das Heil wird nimmer dir gespendet, 
eh' jener Quell sich dir nicht schliesst. 

 

FUENTE:

Apéndice de "Lohengrin y Parsifal".

Gustavo Gili, editor. Barcelona, 1927.


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