Monsalvat, nº70. 1980. Traducido por Marcelo Cervelló
Richard Wagner y Anton Bruckner. Historia de sus encuentros.
Por Otto Daube

 

wagnerMunich, 10 de junio de 1865: se produce el estreno absoluto de “Tristán e Isolda”, de Wagner.

Acontecimiento extraordinario —todos los grados de la experiencia resultaban conmocionados— que llevaba del asombro a la admiración, de la admiración al arrebato, del sobresalto a la lucidez...

Por el nacimiento de un nuevo universo sonoro.., a través de un enriquecimiento hasta entonces desconocido de los medios de expresión annónicos e instrumentales...

Entre los ilustres huéspedes que habían acudido al estreno —y que comprendían al doctor A. de Gasperini, de París, que había sido médico de cabecera de Wagner; a los húngaros Michael Moszongi y H. v. Rosti; a los jóvenes compositores Felix Draeseke, Adolf Jensen, Louis Köhler, Joachim Kalliwoda y Peter Cornelius, y a muchas otras personas procedentes de Berlín, Viena, Dresde, Wiesbaden, Weimar y Königsberg— podía observarse, tímido y apartado, a un hombre de estatura singularmente reducida, cuyos ademanes parecían a primera vista torpes y desmañados.

Se trataba del organista de la Catedral de Linz, Anton Bruckner, que contaba a la sazón 41 años.

Acababa de terminar su segunda sinfonía, tras una serie de composiciones religiosas (misas, Requiem, Salmo 114), si bien no la haría imprimir hasta algún tiempo después como “Primera”. Constituiría dicha obra —como escribiría Bruckner a su amigo Rudolf Weinwurm, director musical de la Universidad de Viena por aquel entonces— una compensación desoladora frente a las muchas decepciones experimentadas por “este enemigo del mundo y de los hombres”, según expresión del propio Bruckner en la misma carta.

Se trata de una de las obras más características de la personalidad de Bruckner: al primer sector del Adagio, de una gravedad muy propia del solitario organista de Linz, sucede —como ocurre en el Adagio de la “Novena” de Beethoven— una segunda parte más ingrávida, en 3/4 frente al 4/4, para culminar con un vivo movimiento de Scherzo, con un maravilloso trío y, en fin, con un arrebatador cuarto movimiento lleno de brío.

 

2.

 

El primer contacto con la obra de Wagner lo debió Bruckner a su maestro y mentor Otto Kitzler, director musical del Teatro de Linz a la sazón, quién le introdujo en los misterios del “Holandés”, “Lohengrin” y sobre todo “Tannhäuser”, atrayendo su atención sobre la novedad de dichas obras.

Y en 1865, el descubrimiento en Munich de “Tristán”.

Todavía en 1891 recordaría Bruckner, en una carta a Siegfried Ochs (gran admirador de Bruckner y famoso director de orquesta en Berlín): “Desde 1865 no he vuelto a escuchar la madera del preludio del “Tristán” con tanta magnificencia”.

Con ocasión de la representación de “Tristán” en Munich, Bruckner consiguió, a pesar de su timidez, conocer personalmente a Wagner. Él mismo nos da cuenta del acontecimiento en sus apuntes autobiográficos (1 de octubre de 1876).

Fue mediador en la presentación, en aquellos días de junio de 1865, Hans von Bülow, quien había hablado a Wagner de la “osadía y originalidad” de la Primera Sinfonía, propiciando con ello el contacto personal con Wagner, “quien me rogó que fuera a visitarle”.

Acerca de sus contactos con Wagner, que al principio se desarrollaron con lentitud, nos informa Bruckner en sus ya citadas notas biográficas de 1.10.1878: “Yo fui el primero en aquel tiempo que, en mi condición de director del coro de Linz, en abril de 1868, ejecuté el coro final de “Los Maestros Cantores”.

Bruckner, en efecto, había solicitado de Wagner una obra coral para hacerla interpretar por su orfeón, siéndole sugerido por su autor el citado final de los “Maestros”. Así, unas semanas antes del estreno absoluto de la ópera, que tuvo lugar el 21 de junio de 1868, Bruckner dio a conocer las primicias del fragmento.

“Me escribió una larga y hermosa carta. Y muy pronto recibimos de Munich el coro final de los “Maestros Cantores”.

 

“Sonó, pues, el coro en Linz, en el mes de abril, como una especie de “estreno a plazos” de la obra”, comentaría Bruckner a su amigo de Viena RudolfWeinwurm, el 8.3.68.

 

3.

 

Es necesario conocer los datos biográficos de ambos Maestros para comprender la razón de que sólo en 1873, es decir 5 años después, volvieran a establecer contacto.

En abril de 1866, Wagner se había trasladado a Tribschen y sólo se ausentó de allí para acudir a Munich en ocasiones muy especiales o para visitar al monarca en alguno de sus castillos o palacetes de caza (Schlossberg, Hohenschwangau, Hochkopf); sus viajes le llevarían después a Berlín, Leipzig, Nuremberg o Dresde, con motivo de representaciones de sus obras, conciertos o recepciones, y muy especialmente a Bayreuth, con motivo de las negociaciones acerca de las posibilidades de erigir allí su propio Teatro de los Festivales, haciendo así realidad uno de sus propósitos más arraigados desde los años en que desempeñaba el cometido de director de orquesta en Dresde.

El 1.10.1868, Bruckner se hacía cargo de las clases de Teoría de la Música y Organo en el Conservatorio de los Amigos de la Música, en Viena, sucediendo en el cargo a Simon Sechter; en 1869 dio unos conciertos de órgano en Nancy y París, con el mismo éxito que le acompañaría en su actuación en Londres en 1871; además había dado cima a sus Sinfonías Segunda y Tercera.

Finalmente, sin embargo, pudo realizar su gran ideal de ir al encuentro de Wagner, quien el 22 de abril de 1872 se trasladaba definitivamente de Tribschen a Bayreuth; en esta ocasión iba a mostrarle sus trabajos, con la esperanza de obtener del Maestro consejo y estímulo.

En su bosquejo autobiográfico de 1.10.1876, escribe Bruckner: “En 1873 me dirigí a Bayreuth con mi Sinfonía núm. 3 en Re menor. El Maestro Wagner me hizo mostrársela y hojeó detenidamente la partitura. Dado su gran interés, le rogué que me permitiera dedicársela. Aquella tarde, cuando el gran Maestro hubo leído la obra en su totalidad, me recibió con un abrazo y elogió la sinfonía con palabras tales que me quedé sin saber qué decir. Enseguida me dijo que no sólo prestaba su conformidad a la dedicatoria, sino que con ello le proporcionaba a él el mayor de los placeres”.

Ocurría esto en septiembre de 1873.

Al trasladarse a Bayreuth, Wagner se instaló en primer lugar en el Hotel Fantaisie, situado en un bello paraje en las inmediaciones de la ciudad, pero ya desde principios de Septiembre de 1872 se mudó a una casa del mismo Bayreuth —en el número 7 de la Dammallee, y la aclaración no es ociosa puesto que se ha situado erróneamente en Wahnfried la primera visita de Bruckner a Bayreuth en 1872, siendo así que la casa de Wagner estaba entonces sólo en período de construcción, y no se trasladó a ella hasta el 28 de abril de 1874. El propio Bruckner no está totalmente exento de culpa en cuanto a este tradicional error, al afirmar que su primera visita a Wahnfried tuvo lugar... ¡ocho meses antes de su terminación!.

Existe una segunda descripción de Bruckner acerca de su visita de 1873 a Bayreuth, mucho más detallada y vivaz, concretamente en una carta dirigida a Hans von Wolzogen con fecha de septiembre de 1884.

Hans von Wolzogen, uno de los más grandes apóstoles de Wagner, era descendiente de Ernst von Wolzogen, cuya familia mantenía relaciones de amistad con Schiller e incluso llegó a emparentar con él, a través de Charlotte von Lengefeld.

El Wolzogen de Bayreuth empezó a recoger ávidamente materiales y experiencias relacionadas con Wagner, inmediatamente de la muerte de éste en 1883.

“El Baron Wolzogen me rogó le explicara las circunstancias que rodearon la aceptación por parte del Maestro de mi dedicatoria, pues tiene la intención de escribir un libro y quisiera incluir ese detalle” (Bruckner a Theodor Helm, 18.2. 1891).

En la carta de Bruckner a Wolzogen se lee: “Respetado Señor Barón: Fue aproximadamente al comienzo del mes de Septiembre de 1873 (el Kronprinz Friedrich se hallaba precisamente entonces en Bayreuth) cuando le rogué al Maestro (R. Wagner) que me permitiera someterle mis sinfonías número dos en Do menor y tres en Re menor. Al principio se negó por falta de tiempo, pues se hallaba muy atareado con la construcción del teatro, añadiendo que no podría examinar con la debida atención las partituras, ya que incluso la composición del “Nibelungo” había sido dejada a un lado. Cuando yo le contesté: “Maestro, no tengo derecho a robarle ni un cuarto de hora de su tiempo, pero confiaba en que una simple ojeada del Maestro a los temas sería suficiente para darme su opinión”. Entonces, dándome un golpecito en el hombro, dijo: “Está bien; venga”. Entró conmigo en el salón y se puso a examinar la segunda sinfonía (se trata, como queda dicho, del “salón” de la Dammallee). “Muy bien”, dijo al cabo, pero sin duda debió parecerle poca cosa porque cogió acto seguido la Tercera y con las palabras: “Vaya, vaya... miren esto...” recorrió toda la sección séptima, mencionando especialmente el pasaje de las trompetas. Por fín dijo: “Déjeme esta obra aquí, que quiero examinarla con más calma de sobremesa” (Eran las doce). Si quería formular la petición que allí me había llevado, aquél parecía el mejor momento. “Maestro —murmuré, con el corazón latiéndome furiosamente en el pecho— quisiera decir algo más, pero no me atrevo”. El Maestro respondió: “Adelante, ya sabe cuánto le aprecio”. Fue entonces cuando le expuse’ mi deseo, pero únicamente en el caso de que el Maestro no considerara por ello deshonrado su venerado nombre”. El Maestro contestó: “A las cinco de la tarde queda usted invitado a Wahnfried; allí nos encontraremos y cuando haya examinado a fondo la sinfonía en Re menor volveremos a hablar sobre este particular”. Cuando llegué a las cinco a Wahnfried, el Maestro de Maestros salió a mi encuentro tendiéndome los brazos y tras abrazarme, me dijo: “Querido amigo, la dedicatoria es de toda conformidad, y con esta obra me proporciona usted el mayor de los placeres”. (El encuentro, por consiguiente, tuvo lugar frente a las obras de la Wahnfried; es decir, en la época más bonancible del año —a principios de septiembre— y ocho meses antes de que Wagner se instalara en la mansión). Por más de dos horas me sentí el más feliz de los hombres, sentado junto al Maestro, oyéndole hablar de su relación musical con Viena; me invitó a cerveza, me acompañó en un paseo por el jardín e incluso me mostró el lugar destinado a su tumba. Por último, fuitan afortunado que me permitió acompañarle hasta su casa. (Y aquí volvemos a pasar del lugar de las obras de la Wahnfried a la casa de la Dammallee). Al día siguiente me mandó sus saludos deseándome buen viaje y aludiendo una vez más “al momento en que las trompetas introducen el tema”.

Existe otra versión, muy divertida, de la visita. El escultor August Kietz, reseña en sus “Recuerdos”: “Cuando ayer por la tarde estaba a solas con mi trabajo, entró el criado de Wagner con un vaso de cerveza. ¿Y eso?

—pregunté—. Es que hay visita, me contestó. Poco después entraron Wagner, su mujer y un caballero pequeñito, que Wagner me presentó como Anton Bruckner, compositor de Viena. Como yo estuviera atareado con el busto y tenía frente a mí a Frau Cosima, presté poca atención a la conversación; hablaban, desde luego, de música, y el señor extranjero se refería al entusiasmo de los vieneses por el “Lohengrin”, aunque Wagner le interrumpía una y otra vez: “Oh, vamos; deje eso. Si, ya sé, llega un Cisne con un Caballero.., cosa nueva. Beba, beba, querido amigo... Es una bebida excelente —añadió, mientras le servía un vaso entero de “Weihen Stephan”—.: ¡A su salud!”. Y al poco: “¡Por el amor de Dios, Maestro, me es completamente imposible! Acabo de llegar ahora mismo de Karlsbad”. O bien: “¡Vamos, anímese! Esto es salud; ¡beba, beba!”. Y nuevamente volvía a llenarle el vaso. Y el buen Bruckner bebía y bebía, aun resistiéndose tímidamente, con lo que la espiritualísima conversación se interrumpía una y otra vez de forma cómica”.

La historia de este trascendental encuentro no ha terminado aún. Al día siguiente, al despertar Bruckner en su hotel con la cabeza excepcionalmente pesada, no podía recordar pese a sus esfuerzos cual de las dos sinfonías había aceptado Wagner para que le fuera dedicada. Ha llegado hasta nosotros una hoja original en la que puede leerse:

wagner1. en la escritura de Bruckner: “Sinfonía en Re menor, donde empieza el tema de la trompeta. A. Bruckner.

2. en letra de Wagner, debajo: ¡Sí, sí,! ¡Un cordial saludo!.

 

Bruckner había enviado la nota a Wagner y había recibido el mismo papel con la respuesta de éste.

La dedicatoria original de la Tercera Sinfonía decía textualmente: “Sinfonía en Re menor, dedicada con la más profunda veneración por Anton Bruckner al ilustre señor Richard Wagner, el inaccesible, famoso y sublime Maestro de la Poesía y la Música”.

Si escuchamos con atención la sinfonía en sus cuatro tiempos comprenderemos la íntima aprobación de Wagner.

 

4.

 

Sobre la Tercera Sinfonía: El Finale con sus dramáticos contrastes, entre los grupos temáticos agitados y la contraposición de un tema risueño y animado, parece reflejar la existencia misma: la tragedia, la alegría y la muerte sucediéndose en el transcurso de la vida. La inspiración para el cuarto movimiento —explica Bruckner— le asaltó una noche mientras se dirigía a su casa, al pasar junto a un grupo de edificios: En uno de ellos yacía el cadáver de un conocido arquitecto; en otra casa vecina se oía música de baile que llegaba hasta la calle. “¡Así es la vida! ¡Aquí se da un baile y al lado velan a un muerto! Esto es lo que quise reflejar en el último movimiento de mi tercera sinfonía.., las alegrías del mundo y sus tristezas; la exaltación y el dolor”.

La conclusión en Do menor y el tema principal, confiado a las trompetas, sería la “superación” de estas circunstancias, la conciencia de la propia libertad interior.

Hans von Wolzogen relata en sus “Recuerdos sobre Richard Wagner”: “De vez en cuando decía, suspirando: me gustaría poder encontrar aún algo grande y verdadero en nuestra musica. Por ello acogió con auténtico alborozo la sinfonía de Anton Bruckner, siempre desinteresado y firme en su conmovedora e ingenua fidelidad. El papel conductor de la trompeta le sugirió la imagen ciertamente “sinfónica” de que aquel instrumento servía también como motivo conductor para la persona del propio compositor. “Bruckner... ¡la trompeta!”, decía con aquel acento afable con el que se refería a las personas a quienes apreciaba. La expresión indica suficientemente la consideración que tenía para con su reverente admirador...”

 

5.

 

Los contactos personales de Bruckner con Wagner fueron más frecuentes desde aquella memorable visita de 1873. El 24 de junio de 1874 escribe Cósima Wagner a Bruckner: “Mi esposo me pide que le dé las más expresivas gracias, junto con su aprecio, por su hermoso trabajo. Ha estado estudiando su sinfonía junto con el director Hans Richter y se ha sentido muy complacido tanto de la obra en sí como de la dedicatoria. Para manifestarle personalmente su agradecimiento, le ruega se sirva asistir a la ejecución de la misma que, Dios mediante, tendrá lugar en 1876. Hasta que ello ocurra, sin embargo, espera encontrar una ocasión favorable para decirle con sus propias palabras cuanto yo en vano he tratado de expresar en estas líneas. Entre tanto, reciba usted sus más cordiales saludos...”

El 4 de marzo de 1875, Bruckner fue invitado de Wagner, después del concierto que éste diera en Viena el día 1 del propio mes. En tal ocasión, pudo asistir a la presentación del acto tercero del “Ocaso de los Dioses”, que organizó Wagner en la clínica de su amigo vienés Dr. Standhartner.

Bruckner escribía con fecha 1.6.75 a Otto Kietzler, su antiguo profesor de Linz: “Wagner ha declarado que mi sinfonía en Re menor es una obra muy importante. Me invitó a cenar con la Condesa Dönhoff y me distinguió extraordinariamente. También Liszt hizo lo propio.

Liszt asistía también a la cena, al igual que Ernst Häckel, de Mannheim, que se había constituído en infatigable propulsor del Patronato de los Festivales de Bayreuth.

Bruckner escribiría a Hans von Wolzogen: “En Viena y en Bayreuth me decía con frecuencia que había que dar la sinfonía. “¡Ejecutarla, ejecutarla!”.

En aquella época, Bruckner acababa de ser nombrado Lector en la Universidad. Y tenía recién terminada una nueva sinfonía: la Cuarta, una obra maestra de extraordinaria belleza, de inspiración y de fuerza. Era “La Romántica”.

 

6.

 

Durante su visita al primer Festival de Bayreuth, en 1876, volvió a ser invitado de los Wagner, esta vez en Wahnfried, donde se le recibió con gran cordialidad. Así lo expresó a su admirador berlinés, el famoso crítico musical Wilhelm Tappert, en carta de 19 de septiembre de 1876.

El 20 de mayo de 1878 envía Bruckner una conmovedora carta de felicitación a Wagner por su cumpleaños: “Venerado Maestro: Profundamente conmovido por la grandeza de sus creaciones inmortales, me atrevo hoy, una vez más y con motivo de esta fausta celebración, a ofrecer mi humilde homenaje al creador de tan maravillosos ideales. Alabado sea el Creador por haber hecho el regalo a nuestra época de tan gran Maestro y permitir que por él fueran creadas tantas maravillas. Pido a Dios, venerado Maestro, que le conserve hasta la más avanzada edad con el mismo vigor y la misma salud que hasta ahora para gloria, ejemplo y gozo de la Humanidad! -

Beso respetuosamente la mano a su señora esposa.

¡Cuánto desearía, respetado maestro, poder decirle todo esto personalmente!

¡Es tanto y tan excepcional cuanto quisiera transmitirle! La sinfonía en Re menor ha sido interpretada en una nueva versión; por desgracia no hubo demasiado tiempo para ensayar. El Dr. Liszt repasó al piano mi quinta sinfonía y ha hecho la “anunciación de mi gloria” (como él mismo decía) en el círculo de los Hohenlohe. En verdad, es mi último consuelo aquí, en Viena.

Con el testimonio de mi más profundo agradecimiento y mí mayor respeto, quedo suyo devotísimo.

Su rendido admirador.

Anton Bruckner

 

En 1882 asistió a las primeras representaciones de “Parsifal” en Bayreuth. Al encontrarse con Wagner delante del teatro, aquél le preguntó:“¿Ha oído ya el “Parsifal”? ¿Qué le ha parecido?”.

“Como me tenía cogido de la mano —nos cuenta el propio Bruckner—, me dejé caer de rodillas y llevándola a mis labios, exclamé: “¡Oh Maestro, por favor!”. “Tranquilícese, Bruckner. Buenas noches”, me contestó. Y estas fueron las últimas palabras que me dirigió el Maestro.

Al otro día recibí una recriminación del Maestro Hochwelcher, que se sentaba detrás de mí en el “Parsifal” porque yo aplaudí, según él, con excesiva vehemencia” (Bruckner a H. von Wolzogen. Sept. 1884).

Pensemos que en 1882 Bruckner contaba 58 años, lo que hace aún más conmovedora su total devoción.

La Quinta Sinfonía fue completada en 1878, la Sexta en 1882 —el año de “Parsifal”— y los primeros esbozos de la Séptima datan del mismo año.

 

7.

 

Friedrich Klose, alumno de Bruckner y autor de la ópera “Ilsebill”, nos ha dejado en su obra “Bayreuth” el relato de su primer encuentro con Bruckner en Bayreuth, en 1882. Un acontecimiento un tanto jocoso nos muestra hasta dónde llegaba la veneración de Bruckner por Wagner. Habían acordado ir juntos a comer a una casa particular donde se servían comidas, y llegaron con algún retraso. Uno de los presentes les fue presentado como tío de las propietarias. “Esperábamos que nos sirvieran la comida —cuenta Klose— sentados en un sofá, y una de las señoras, que eran hermanas, ponía la mesa mientras charlaba con aquel caballero. No tardaría en llegar la sopa, y confesaré que su sustanciosa presencia levantó instantáneamente mis ánimos. La pausa entre plato y plato fue aprovechada por Bruckner para trabar conversación con el señor tío, interesándose por saber si también él había ido a Bayreuth con motivo del “Parsifal”. “¡Oh, no! —contestó el caballero—: He venido por negocios -Se trataba de un comerciante de maderas y procedía de Turingia, según nos explicó a continuación. Reconoció, con todo, que la fama de Wagner y la curiosidad por oir su nueva ópera le habían llevado al teatro. No obstante, el primer acto ya fue suficiente para él y como en el entreacto se encontró con una de sus sobrinas, que había ido a ver el ambiente del Festival, le cedió su entrada y, deseándole que no se aburriera demasiado, se despidió.

Entre tanto se había servido un sabroso plato de costillas de cerdo con col agría y yo me arrojé a él en tanto que Bruckner, ceñudo, no parecía tener intención de probarlo. “¿Y no había oído usted antes nada del Maestro?”, preguntó, “¡Oh, sí! —contestó el otro—: Fue en Weimar, una cosa también mortalmente aburrida... ¿Cómo se llamaba?... Algo así como... “Christian y... y...” “Ahora es cuando nos vamos farfulló Bruckner. Y con estas palabras dejó a un lado cuchillo y tenedor, se puso en pie, pagó la cuenta y me arrastró fuera de la casa, precisamente cuando a través de aquellos primores culinarios yo empezaba a sentirme otra vez un hombre...

Cuando al día siguiente acudí a visitarle en su hotel, se había ido ya.

Lo primero que me preguntaron las hermanas Stützer más tarde fue si también me había creído lo del tío de Turingia. Confesé que nada me autorizaba a dudar de su palabra al respecto. “¿De modo que tampoco usted reconoció al caballero? —exclamaron ambas al unísono, para mostrar una gran expresión de asombro cuando negué con la cabeza—: Pues se trata del señor Wiedemann, el primer arpista del Festival. Como le habían dicho que Bruckner iba a comer aquí, quiso gastarle esa broma”. “Una broma —les expliqué yo— que ha tenido como consecuencia que Bruckner se haya ido de Bayreuth”.

Pero que impidió que siguiese acudiendo al Festival en años sucesivos, como ocurriría en 1884, 1886, 1888, 1891 y 1892.

 

8.

 

No terminan ahí los recuerdos de Bruckner sobre Bayreuth.

“El año 1882, ya enfermo, me dijo el maestro cogiéndome la mano: “No se preocupe, que yo mismo dirigiré su sinfonía y el resto de sus obras”.

Pero nada salió de todo ello, pues el 13.2.1883, con la muerte de Wagner, aquel hermoso proyecto también se disipó.

Mientras compone su Séptima Sinfonía, los pensamientos de Bruckner vuelan frecuentemente hasta Bayreuth.

Más tarde explicará: “En cierta ocasión llegué a casa inmensamente triste. Se me figuraba que sin el Maestro no me sería posible seguir viviendo. Entonces se me apareció repentinamente el tema del Adagio en Do sostenido menor...”

(en la ilustración: Música fúnebre a la desaparición del Maestro, tema principal del Adagio de la VII Sinfonía, de Anton Bruckner).

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“Verdaderamente escribí el Adagio pensando en la muerte de aquel ser único y excepcional”.

Bruckner se servía de letras en lugar de números en la distribución de las divisiones de la partitura. Y así, al llegar a la “W” hace modular a la orquesta en fortísimo a un luminoso Do mayor, que gradualmente va extinguiéndose en un encantador pianissimo. Muerte y Transfiguración, no sin cierta analogía con el sector central de la “Marcha Fúnebre” de la Heroica, o la música que describe la muerte de Siegfried.

Como un solemne Requiem concluye el movimiento.

Hermann Levy, el director de “Parsifal” en Bayreuth y a la sazón Generalmusikdirektor en Munich, a quien había enviado la sinfonía, escribió a Bruckner el 30.2.84, es decir, un año después de la muerte de Wagner: “A todos los músicos que acuden a mí les hago oir el Adagio y aun con las limitaciones de una versión al piano observo en cada uno de ellos el asombro y el entusiasmo que yo mismo sentí al conocer por primera vez su música. Mientras llega el día del estreno, me ocupo de que media ciudad sepa quién es y qué cosas es capaz de hacer el señor Bruckner...”

Bruckner, un año después, volverá a referirse a ese movimiento: “El día 11 (de marzo de 1885) yo y mis amigos de Viena asistimos a la representación de “La Walkyria” en Munich. Maravillosa, como no había asistido a otra desde 1876. Y cuando el público se hubo ido, Levi hizo ejecutar a petición mía y en recuerdo del divino, del inmortal Maestro, por tres veces, el canto fúnebre del segundo movimiento de mi Séptima Sinronía a las trompas y a las tubas. Nuestros ojos se llenaron de lágrimas. Me es imposible describir la emoción que nos embargó en aquel teatro con las luces apagadas. ¡Requiescat in pace!. (Carta de Bruckner a Hans von Wolzogen, 18,3,1885).

A Eva Wagner, la hija menor del matrimonio Cosima—Richard —más tarde Eva Chamberlain, la famosa heredera de los diarios de Cósima— le escribió Bruckner en los siguientes términos: “Ya a través del Baron von Wolzogen sabrá la señorita Eva del entusiasmo que despertó en Munich mi Séptima Sinfonía. En la sala oscurecida del Hoftheater las trompas y las cuatro tubas nuevas tocaron por tres veces la música funeral del segundo movimiento de mi Séptima Sinfonía, que esccibí en una época dolorosa pensando en mi inalcanzable ideal, el sublime, el inmortal Maestro de Maestros. ¡Cuán conmovidos estábamos todos!”.

 

9.

 

Antes de terminar, séanos permitido citar un fragmento de la obra de Arthur Seidl sobre Bruckner (1895): “Algo del “manantial de la eterna juventud” fluye a través de esas magníficas creaciones; un auténtico milagro de la fantasía se abre ante nuestros ojos: tan pronto nos parece estar sumergidos en una atmósfera sombría y trascendente y contemplar la imponente figura de Wotan en el tupido robledal del bosque germánico (¡y no “teutónico”!), en imagen sugerida por las tubas; cómo nos sentimos ingrávidos y alegres ante un tema llevado por trompas y trompetas que tan pronto nos sugiere el vivo golpeteo de una lluvia primaveral como el estallido abigarrado de una pintura de Böcklin. En un punto la tensión de las cuerdas y el estallido de los metales con sus poderosos acordes nos hacen estremecer, como si todo nuestro cuerpo quisiera ser arrastrado por aquella fuerza; acto seguido, vuelve la deliciosa cantinela a través del suave arrullo de las flautas, como un ingrávido vuelo de mariposas expresado en términos de pizzicati y de glissandi, restaurando la serenidad en nuestro corazón. Estamos, en resumen, ante una utilización magistral de todas las posibilidades de la instrumentación —hablamos siempre, evidentemente, de la Octava—, ante una elaboración tan principesca que incluso un emperador ha de sentirse orgulloso si tal obra le es dedicada. Pero con estos esplendores rapsódicos no se pierde en ningún momento la unidad orgánica: los temas principales alcanzan su debido desarrollo y su conclusión armónica en los últimos compases sugiere la poderosa configuración de un anillo perfecto”.


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