Por Dietrich Eckart

 

Los coros solemnes rebosantes de fervor sacro, y en medio el grito desesperado de un alma inocente; la risa estridente del pecado; y como eco al sollozo y los lamentos de arrepentimiento, la locura demoníaca de la envidia llena de odio y la llamarada clamorosa de una líbido sensualísima; los sonidos de las campanas de la fe y el lamento furioso de la desesperación. Todo esto se junta en un mar de sonidos enormes que riñen y luchan entre sí, desde el cielo hacia la tierra y otra vez hacia el cielo, gozando y quejándose, y finalmente un acorde sublime, reconciliador, ínunda el todo y con fuerza arrolladora abraza los sonidos inciertos y los funde con la armonía divina del amor que redime al mundo y a los hombres.

El augusto canto de amor, este canto del amor sublime se llama Parsifal y une, con maravillosa plasticidad, todo lo que el corazón humano, desde los albores de la vida, ha esperado y temido, ha sufrido y conquistado.

El misticismo misterioso del Cristianismo forma la base, y el encanto seductor del mito forma el soporte, pero el alma de la obra es el hombre mismo, el hombre mortal que eternamente lucha, soñando con el cielo. Como Amfortas, también el débil pecador pide perdón, como Klingsor, el espíritu maligno engaña a los demás y a sí mismo, y como Kundry, la mujer pecadora, se ríe de su propio tormento, y como Parsifal, el noble mártir pasa a través de este valle de lágrimas y su corazón llameante reconcilia las miserias del mundo. La lanza milagrosa, ese símbolo sublime, cierra la herida del rey y también nuestras heridas, y la gloria resplandeciente del GRIAL derrame también sobre nuestros pechos la esperanza consoladora de un futuro purificado.

¡Parsifal! ¡Dulce sonido! Todo un mundo se eleva a través de tu encanto, y delante del ojo ebrio una imagen sigue a la otra.

Un obscuro bosque nos recibe con sus enormes árboles y salvajes matorrales. El sol envía apenas su luz a través del ramaje e ilumina dolorosamente una cabaña en ruinas. Delante del umbral está sentada una mujer, cara arrugada por las preocupaciones, cabellos encanecidos por los disgustos. A sus pies, “acostado dulcemente sobre el musgo blando”, descansa un niño de rubios rizos, duerme pacíficamente y sueña. ¡Herzelaide y Parsifal! ¡Madre e hijo!. Sus lágrimas mojan al durmiente, sus suspiros se extinguen en el bosque. Ningún oído humano oye sus quejas por la felicidad perdida en su juventud. ¿Dónde está Gamuret, su amado esposo, el héroe victorioso? Cayó en la batalla. Hace mucho tiempo que su cuerpo está pudriéndose. ¡Oh! Este mundo que le quitó el ser más querido y también amenaza, quizás, a su último bien, su joya, Parsifal, el hermoso niño. Con fervor ruega a Dios que ningún pie extraño irrumpa en la soledad en que se ha refugiado y que en el corazón del chico nunca se despierte la ardorosa inquietud de la que fue víctima su padre. Es por eso que le educó con ingenua simpleza y es por eso que le ocultó todo lo que ella había sufrido en aquél entonces. No sabe nada de su padre, nada de armas y luchas, los animales y los árboles del bosque son el único mundo que él conoce. Debe pertenecer sólo a ella porque la vida del hijo es también su vida. Se levanta lentamente, besa, bendiciéndole, la frente del chico y corre absorta hacia el fondo oscuro del bosque a recoger bayas y raíces para la miserable comida. El sol se oculta y unas sombras hoscas se arrastran intrépidas hacia la luz, sólo en la lejanía brilla aún algo, y ese resplandor se acerca más y más. Se escucha un pisoteo de caballos y unos caballeros resplandecientes llegan a rienda suelta cerca de la choza. El muchacho se despierta, se incorpora y mira con asombro los adornos suntuosos. Sus ojos se inflaman de deseo y con el candor de la simpleza se acerca y toca las armas. Pero los hombres se ríen y se alejan al galope. La sangre de su padre hierve en su interior e inconscientemente se despierta en él el deseo de parecerse a esos caballeros. ¡Vamos! Antes que desaparezcan para siempre. ¡Pobre Herzelaida! Ligero como un corzo corre Parsifal por el bosque obscuro y la cabaña solitaria queda cada vez más lejos. No conoce el miedo porque nadie se lo enseñó, no conoce el cansancio porque es fuerte como un oso. Sin embargo no logra alcanzar a los caballeros. A veces le parece ver el resplandor de las armas y con fuerza duplicada corre y corre. “Llega la noche, otro día y luego otras noches y otros días” pero él no se desanima nunca. Dobla una rama de sauce a guisa de arco y aprovecha una raíz fibrosa como cuerda; con piedras puntiagudas y madera se fabrica unas flechas, unos enseres toscos, pero él sabe aprovecharlos. Tira sobre todo lo que vuela. Unos hombres robustos le atacan pero su fuerza aplasta a ladrones y gigantes. Y ¡adelante! Debe alcanzar a los caballeros. El bosque obscuro se vuelve más claro y, de improviso, unos sonidos estremecedores y largos llenan el aire. Parsifal escucha los raros sonidos que poco a poco se van extinguiendo en la brisa matutina. Ni sospecha que sus pies están pisando un lugar sagrado, el territorio del GRIAL Sólo los hombres puros pueden encontrar el camino que lleva al lugar donde una elegida comunidad de Caballeros vive consagrada a las obras de la Fe.

La bendición de Dios protege el lugar y el maravilloso castillo que corona la cumbre de la montaña. Se denomia Monsalvat y fue construido por Titurel, el primer rey de aquella pía Congregación.

"Porque ante él, cuando la astucia y poder de enemigos feroces amenazaban el reino de la fe pura, ante él se inclinaron en aquel tiempo, en una santa y obscura noche, los Mensajeros del Redentor: de este sagrado y generoso Cáliz bebió durante la última cena, y en esta Copa consagrada, cayeron las gotas de su divina sangre cuando estaba clavado en la cruz, y la lanza que le hirió, la entregaron al rey para su custodia, los testigos del sublime milagro. Él elevó un santuario para la Santa Reliquia".

El cáliz lleno de gracia, el GRIAL, en determinadas horas se ilumina de una aureola milagrosa y protege a sus caballeros puros de inexorables enfermedades y de la misma muerte. La lanza divina defiende el territorio con su poder invencible, y quien la arroja ve caer a sus enemigos.

Así estaban las cosas cuando Titurel, ya envejecido por las fatigas, cedió el poder a su hijo Amfortas. Hacía falta un brazo fuerte y joven porque en los confines del castillo acechaban la ruina y el pecado. Klingsor, un mago poderoso, amenazaba a los caballeros con medios diabólicos. Unos años antes se había acercado con humildad simulada y había suplicado que le admitieran en la congregación de los hermanos. Deseaba hacer penitencia para llegar a ser santo, pero al no poder suprimir el pecado en sus adentros, se había mutilado ignominiosamente para ahogar así sus impulsos sensuales. Y así, el dos veces engañado, con rabia envidiosa había transformado un desierto en un jardín de placeres, animado por mujeres de maravillosa belleza, quienes debían seducir a los caballeros con sus encantos pecaminosos. Si a él no se le permitía evitar la perdición, tampoco los demás podrían beneficiarse de la Gracia y así su obra diabólica prosperaba debido a que muchos caballeros no lograban resistir las tentaciones maléficas, cayendo en las redes placenteras y siendo eternamente condenados. A fin de refrenar la llaga de la magia, Amfortas se puso en camino con sus fieles y con la sagrada lanza en el valiente puño, penetró en el territorio de Klingsor. Pero también él, el héroe fuerte, no pudo sustraerse a las artes del maestro experto. Mientras el rey se iba acercando solo al castillo embrujado, una mujer de rara belleza se le acercó y fascinó sus ojos y su corazón. Con abulia cayó él en sus brazos y el arma que debía protegerle resbaló de su mano. Entonces Klingsor saltó desde un matorral y su mano profana arrojó la lanza sagrada. Demasiado tarde corrieron los fieles: de una profunda herida salía ya la sangre del rey. Riéndose desapareció Klingsor llevando en su poder el precioso botín.

Los serviciales escuderos irrumpieron en ayuda de los caballeros anonadados por el dolor y sólo a duras penas Gurnemanz, el más anciano de los guardianes del GRIAL, logró cubrir la huida del rey, luchando contra los enemigos, sus compañeros en el pasado.

Grandes fueron las lamentaciones de Titurel por la herida del hijo que no quería cerrarse nunca. En vano iban los caballeros, especialmente el valiente Gawan, en busca de plantas salutíferas. Unos caían en manos de Klingsor, y otros volvían a la patria, después de un largo viaje, sin haber conseguido ningún remedio. En vano Kundry, dotada de misteriosa magia, cabalgaba por los países lejanos. El bálsamo que ella traía no lograba tampoco sanar la herida. El dolor no disminuía jamás, pero el corazón de Amfortas sufría todavía más atormentado por el arrepentimiento. Él, el único pecador entre los puros, debía diariamente cumplir con sus deberes de rey y tenía que descubrir el GRIAL lleno de gracia que sólo a él negaba su prodigio, sólo le alejaba la muerte, la muerte que él invocaba con ardor. En las horas de mayor desaliento, olvidaba hasta las palabras esperanzadoras que una vez había escuchado durante su fervorosa oración delante del GRIAL. Un sonido celestial vibraba en la cúpula del templo y claramente resonaba la consolación misteriosa.

"Iniciado por la piedad el ingenuo puro. Espera a quien yo elegí. ¿Quién es su salvador y cuando llegará?"

Con ansia los caballeros esperan la hora del consuelo y mientras ésta no llega no escatiman remedio alguno para atenuar el dolor del rey. La mayor preocupación que tienen es Klingsor que ya posee la lanza sagrada y cada día se vuelve más audaz, y con más confianza en sí mismo, y cree que ya está cerca el momento en que pueda adueñarse del GRIAL Pero ellos vigilan fielmente los confines de su territorio y cada mañana desde el torreón tocan las trompas para alertar contra la astucia y el peligro. Estos son pues los raros sonidos que Parsifal oye en la oscuridad del bosque.

Se extinguen y el muchacho se dirige lentamente hacia donde provienen. Aparece un lago tranquilo bajo los árboles obscuros y de ancha sombra.

Sobre las aguas, en el día soleado, se puede escuchar un ruido acercarse más y más, luego aparece un cisne flotando majestuosamente en el cielo. Sin vacilar coge el arco y su flecha segura vibra en el aire. iÉl tira sobre todo lo que vuela! El ave, herida de muerte, se desploma y se revuelca agonizante en el suelo hasta que se le acaban las fuerzas. Parsifal se acerca corriendo, pero inesperadamente unos hombres le rodean y no obstante su fuerte resistencia, le vencen. Se oyen unos gritos iracundos mientras le arrastran hacia el cisne. Allí está el ave y un enérgico anciano, rodeado de fuertes jóvenes, se inclina sobre el animal muerto. Es Gurnemanz con los escuderos del GRIAL.

Con franqueza Parsifal confiesa ser autor del tiro mortal, su corazón se sorprende del dolor y la furia del anciano. Pero cuando Gurnemanz le hace entender con sus insistentes palabras, que ha interrumpido la paz del bosque, y que por un infantil deseo ha matado a un animal que tiene devoción y amistad para con los hombres, entonces un sentimiento de angustia invade al muchacho, una pena profunda hace temblar su corazón, y con la primera emoción del arrepentImiento rompe el arco mortífero. Asombrado el anciano le pregunta por su nombre, familia y procedencia, pero el muchacho no sabe contestar, se acuerda tan sólo de su madre a quien ha abandonado. Mientras tanto Amfortas, el rey enfermo, después de un baño reparador, es llevado al castillo, todos los caballeros, menos Gurnemanz, se unen al grupo que se aleja.

El anciano se queda con el muchacho y con esperanza creciente sondea su alma. ¿Y si fuera por fin el ingenuo puro que todo el mundo espera con tanta ansiedad?. Él, efectivamente ingenuo y puro, ¿habrá sido iniciado por la piedad? Parece de noble ascendencia pero... ¿por qué no posee mejores armas? Kundry, la tímdia mujer, lo descubre. Poco antes ella había llegado trayendo un bálsamo para el rey, y ahora descansa extenuada en un rincón del bosque. Con una carcajada estridente narra la historia del que no tiene padre y de la muerte de su madre. Sus palabras suenan sarcásticas, pero sus ojos denotan un tormento interior. “Pasé con mi caballo delante de ella y la ví morir” dice sordamente al muchacho y añade: “me encargó darte recuerdos a ti, el ingenuo”. Un dolor feroz por la pérdida de la madre conmociona a Parsifal, fuera de sí ataca a Kundry, quiere matarla. Cree que la fuerza de sus brazos puede alejar la desgracia y confunde embajada con embajadora. No logra entender que fue él mismo con su fuga infantil, quien provocó su muerte.

Gurnemanz frena indignado la violencia del muchacho, pero ya no hace falta. El dolor imprevisto ha quebrado su fuerza y el muchacho vacila extenuado en los brazos del anciano. Con premura, la extraña mujer corre a la fuente y le mola los secos labios. Pero rehúsa el agradecimiento del anciano con estas tristes palabras: “nunca hago bien”, gime ella, “quiero sólo mi paz”.

En este momento llegan, como de la lejanía, unos raros sonidos, unas mágicas melodías que atrapan a la mujer que tiembla hasta desplomarse detrás del matorral en medio de desgarradores lamentos.

Mientras tanto Gurnemanz atiende paternalmente a Parsifal, acrecentándose en él la convicción de que éste es el salvador enviado por Dios. Está decidido a conducirlo al Santuario del GRIAL. Con solicitud le sostiene mientras avanzan. Aparecen unas paredes rocosas y un portón se abre ante un camino ascendente que ambos recorren.

Se escuchan prolongados sonidos de trompa cada vez más cercanos y entremezclados llegan toques de campana. Por último llegan a una inmensa sala de alta cúpula a través de la cual brilla la luz del sol. Unas puertas se abren y cantando solemnemente aparecen los caballeros del GRIAL Parsifal está aturdido y sigue asombrado y silencioso. Traen a un hombre bello pero con rostro de sufrimiento, recostado en una camilla apoyada sobre mármol. Es Amfortas, el rey enfermo. Una vez más debe descubrir el GRIAL que lleva el consuelo a sus hermanos y a él unos sufrimientos indecibles. Esta vez, sin embargo, rehusa cumplir con su divino oficio, pese a las súplicas de su padre Tlturel. Aprieta con su mano la herida abrasadora y con lamentos conmovedores implora la muerte redentora. Su profundo dolor resuena hondamente en el ánimo de Parsifal aunque el muchacho no logra entender con claridad la inmensa conmoción de su corazón. Las impresiones exteriores han sido demasiado fuertes y ello impide que se manifieste la conciencia de su piedad; siente, pero no entiende lo que siente; tiembla, pero no entiende porque tiembla. Después de la imperiosa intimidación de Titurel, Amfortas actúa finalmente en silencio. El GRIAL es descubierto, sobre la devota Congregación descienden densas tinieblas. Desde la cúpula del templo resuena una solemne bendición; un rayo deslumbrador cae sobre el cáliz levantado que se inflama de un color púrpura cada vez más intenso y resplandeciente. Todos los caballeros, embelesados, se ponen devotamente de rodillas; incluso Amfortas olvida su herida abrasadora. Poco a poco se esfuma el crepúsculo y el cáliz pierde su color. Unos jóvenes lo guardan nuevamente y la custodia y la cofradía se sienta para el ágape. Parsifal está aún en la puerta como embelesado. No se da cuenta del ademán de su guía que le convida a comer; ve solo el sufrimiento del rey. No oye los cantos solemnes de los caballeros; oye tan sólo el silencioso lamento del hombre martirizado. Con inconsciente dolor el adolescente mira fijamente la sala, mientras el rey y sus caballeros salen pausadamente al atrio. Sólo Gurnemanz se queda y, frustradas sus esperanzas, sacude con indignación al adolescente inmóvil, despertándole de sus sueños.

"¿Por qué te quedas aquí todavía? ¿Sabes lo que vistes?"

exclama el anciano furioso y cuando Parsifal sacude mecánicamente la cabeza, le empuja con ira fuera del Santuario cuyo portón se cierra con fragor, detrás del inocente. ¡Viejo miope! Cree que Parsifal es la parte culpable y no sabe que la cofradía y él mismo deben sufrir aún durante mucho tiempo antes de ver signos de la salvación que se alcanza con la pureza de corazón del inocente. Entre tantos sufrimientos han perdido el sentido de la compasión y han quedado atrapados por una soberbia piadosa. Así los caballeros tratan con evidente desprecio a Kundry siempre dispuesta al sacrificio, incluso Gurnemanz la protege sólo porque espera ayuda de su magia. Igualmente saca a Parslfal aunque lo ha reconocido 
como puro, simplemente porque no ha sabido satisfacer las exigencias egoístas del anciano. Sin embargo Gurnemanz sabe que fuera está al alcance de la perdición por Klingsor, quien se supera a sí mismo cuando encuentra una víctima inexperta.

Cabizbajo Parsifal se aleja del lugar de la salvación. Ya desapareció la indiferencia alegre de su juventud y sobre él grava una carga inexplicable. Ante sus ojos tiene la imborrable imagen de aquel desdichado ser que no quiere vivir y no puede morir. ¿Quién le ha producido la dolorosa herida? ¿Cuál es la causa de su atroz sufrimiento? ¡Y además aquel anciano! ¿Por qué su odio repentino y su ademán severo? Lleno de confusos pensamientos el adolescente se dirige hacia el bosque. Los pájaros gorjean dulcemente y un perfume embriagador de flores acaricia sus sentidos. Flores rozagantes bajan sus cabezas cuando pesa; en los rayos del sol se mecen las mariposas. Entre las ramas, blancas palomas se picotean cariñosamente. ¡Pero el aire es bochornoso! De nuevo se oyen raros sonidos aunque distintos a los de antes; llenos de pasional furor, estruendorosos y salvajes. Por sorpresa se arrojan sobre él unos hombres vestidos con ricos atuendos y armados con espadas. Parsifal se defiende con fuerza y coraje. Fulminante arrebata la espada al más próximo y la arroja lejos. A uno le arranca el brazo, a otro el muslo. Logra poner en fuga desordenadamente a sus enemigos. Sobre un alto muro orgulloso está el héroe y con asombro descubre un grandioso castillo rodeado de prados floridos. El jardín se anima rápidamente con una multitud de bellísimas muchachas que salen de las puertas y matorrales y se acercan corriendo al intruso. Las dulces niñas llaman consufamente a sus amantes quienes después de haberse encontrado con Parsifal habían huído en todas direcciones. Asombrado enormemente por aquella visión encantadora, el adolescente saltando el muro, consuela a aquellas beldades con amables palabras. Se olvidan rápidamente de los fugitivos caballeros y cada muchacha, ostentando una pícara sonrisa, se propone cautivar al fuerte joven. Rápidamente se adornan con flores y haciendo corro alrededor de él le acarician sus mejillas, quieren besarle y cada una se jacta de ser la más bella. Pero en vano suplican la limosna de su amor con tranquilidad las calma. Entonces se burlan de él y le dicen frío y estúpido, pero no por mucho tiempo. Es demasiado hermoso. ¡qué joven tan bello! Y como olas embriagadoras, el grupo nuevamente le rodea. No entiende sus intenciones y cuando se dispone a huir, de un matorral cercano surge una voz argentina que le llama: Parsifal, ¡quédate!

Por primera vez oye el nombre con que le llamaba su madre. ¡Hacía tanto tiempo que lo había olvidado! Escucha de nuevo la misteriosa voz, mientras las muchachas se alejan de mala gana. Las ramas se abren y dejan ver a una mujer de rara belleza, recostada sobre una alfombra de flores. Es... Kundry, transformada milagrosamente. El experto mago Klingsor la ha enviado, pues viendo desde el torreón al muchacho cuando llegaba, se ha dado cuenta de que sería muy difícil corromper aquel corazón infantil. Unicamente Kundry sabría trenzar las redes y por ello la había despertado para aquella obra de perdición. Lo había logrado con Amfortas “el puro guardián del GRIAL”, y ahora Parsifal tenía que caer víctima de sus adormecidos deseos. En vano la atormentada mujer se retorcía en poder del maestro. Sus propios deseos sensuales se acercaban vacilantes a los suyos. Sobre su vida pesaba la maldición del Salvador porque se burló de él durante el Via Crucis. La mirada indeciblemente triste del Señor no la deja morir mientras no encuentre otros ojos que sepan, con la misma clemencia, perdonar su crimen. Y así, sin paz, transita a través de los siglos, atrayendo a los hombres puros con su líbido desgarradora. De cada uno espera ella con ardor un cálido abrazo, más por otro lado teme sus excitados deseos ya que así no podrá acabar con la maldición. Débil fue Amfortas y débiles fueron todos hasta este momento. Ahora de nuevo pone manos a la obra y con palabras halagadoras tienta al joven que sospecha su desgracia. Ella lo sabe, “está protegido por el escudo de la ingenuidad”, debe llevarle hacia el pecado antes de que sea consciente de ello. Es por eso que despierta en su pecho el profundo dolor describiéndole con imágenes fieles el tormento infinito que sufrió su madre y revelándole que su fuga fue la que causó la muerte de la pobre Herzeleide. Aterrado con la noticia, el muchacho se deja caer a sus pies y tolera con abulia sus caricias. Le hace bien la aparente piedad de ella. Su suave brazo, sus dulces ojos le recuerdan a su madre muerta y alivian deliciosamente su profundo dolor. Las palabras se vuelven más y más halagadoras y sus caricias cada vez más tiernas. ¡Qué dulce perfume! ¡Qué ardiente su mirada! Ahora inclina su cabeza y sus labios voluptuosos encuentran los de él. Pero en ese instante una tremenda punzada sorprende al muchacho y la visión de Amfortas sufriendo ilumina la oscuridad de su alma. Le llevaba siempre en su corazón piadoso, pero la pasión naciente ofuscaría la piedad. Ahora entiende lo que atormenta al infeliz rey, y ese descubrimiento le otorga la fuerza de resistir las tentaciones de las que fue víctima el otro. Ahora intuye la misión divina de rescatar el Santuario de las manos culpables y todas las tentaciones demoníacas de la mujer no logran ahora derribarle. A través de la piedad el puro ingenuo se ha vuelto sabio, pero esa piedad se manifiesta ante todo por el ardiente deseo de querer ayudar. También ella, la seductora, será salvada si él redime a Amfortas y por eso ella, que conoce el camino, debería conducirlo al GRIAL pero Kundry no es todavía digna de juzgar la magnitud de su corazón, rehúsa con furor y maldice su futuro camino. También Klingsor que no esperaba semejante final para su obra, aparece e intenta destruir con la lanza sagrada a quien él odia. Arroja con vigor la lanza, pero la fuerza del mal no puede con el muchacho que aún no ha perdido su pureza. El arma sagrada queda suspendida en el aire sobre la cabeza de Parsifal, quien la toma enormemente fascinado y con la misma hace la señal de la cruz sobre el lugar embrujado. Con gran fragor se derrumba el edificio de la concupiscencia sensual y el fasto falaz queda hecho ruinas. Una vez más, Parsifal amonesta a Kundry, postrada, para que se arrepienta y luego corre con ardiente deseo hacia su meta.

Transcurren unos años, el adolescente llega a hombre antes de pisar otra vez el territorio sagrado. La maldición de Kundry le desviaba de su buen camino y un sin número de luchas hacían peligrar el precioso y no profanado Paladion que llevaba consigo. Sin embargo debe soportar el dolor hasta la última gota, antes de poder liberar a los demás de sus tormentos. Porque sólamente quien, en su propia persona, ha luchado experimentando atroces dolores puede considerar con piedad la miseria de los demás. Con su negra armadura Parsifal finalmente se va acercando al lugar de donde se había alejado años antes y aunque la primavera con su maravillosa fastuosidad, hace florecer árboles y prados, una tristeza profunda llena los corazones de los caballeros de la Congregación, tan duramente probados.

Hace ya tiempo que Amfortas no descubre el GRIAL porque no quiere soportar más su martirio y desea morir. “Quiere conseguir por la fuerza su propia muerte para que se acaben junto con su vida también sus tormentos”. Sin el sagrado consuelo disminuye la fuerza de los héroes y “macilentos y enfermos los caballeros vacilan sin coraje y sin guía”. El anciano Gurnemanz, muy viejo y canoso, espera tristemente, como ermitaño, la muerte que entretanto ya se llevó a Titurel, el héroe santo. El fiel guardián del GRIAL está cambiado, pero no solo por los años transcurridos. Bajo tanta miseria desapareció su pía soberbia. Ahora se siente un hombre como los demás, y esta cognición le sirve a él para atender con cariñosa piedad a Kundry ahora arrepentida.

Es Viernes Santo, “un día de gracia sin par”, cuando Parsifal pone nuevamente su pie en el territorio del GRIAL donde se hallan Gurnemanz y Kundry. Los dos se reconocen y es con honda emoción que el anciano descubre la lanza sagrada en la mano purísima, mientras la mujer, con el corazón constrito, desvía la mirada. Sin igual es el dolor del héroe enviado por Dios cuando sabe de la muerte de Titurel y de las penas de los hermanos, las penas de los demás ,su corazón ardiente las toma como propias. Agotado por la honda tristeza y el largo viaje es acompañado por Gurnemanz a la fuente sagrada cuya bendita agua alivia al extenuado peregrino. Sin armadura, le mojan los pies y la cabeza y como una vez hizo Magdalena, así la arrepentida Kundry le lava los pies secándolos luego con sus ondulados cabellos. Regocijo y beatitud recorren el cuerpo del héroe cuando Gurnemaz le unje solemnemente la cabeza pronunciando las augustas palabras:

“Así nos predijeron y así yo bendigo tu cabeza saiudándote como rey”.

Sin demora alguna Parsifal celebra su primer oficio como rey y bautiza con el agua bendita a Kundry que llora. Ahora la maldición ha sido expulsada y el rocío tibio de sus lágrimas se derrama sobre su corazón purificado. Toda la naturaleza florece con apacible encanto, y el día de la muerte del Señor se vuelve, bajo el rocío de las lágrimas del arrepentimiento, un día de paz beatísima.

Parsifal recuerda piadosamente a todos aquellos que han sido probados y roza la frente de Kundry con un beso solemne. Lejos tañen las campanas y recuerdan que el Santuario espera la redención. Así, por senderos ya conocidos, se dirigen los tres, exentos de pecado, hacia el lugar sagrado donde todavía un atormentado arrepentido clama auxilio. Aunque Amfortas ha prometido descubrir al GRIAL delante del ataúd del padre, por su ardiente deseo de morir rehúsa celebrar el oficio. Con desesperación irrefrenable rechaza la insistencia de los caballeros y les incita a que le atraviesen el pecho con sus espadas.

“¡Matad al pecador con su tormento, así os iluminará el GRIAL espontáneamente!”,

grita con estridente voz el mísero que por su gran tormento se vuelve blasfemo. Despavoridos, los hermanos se alejan del desequilibrado. En ese momento entra inadvertido Parsifal junto con sus acompañantes y toca la herida sangrante de Amfortas con la punta de la lanza. Como por un piadoso encantamiento el convaleciente se tambalea en los brazos de Gurnemanz que le sostiene y un delicioso alivio invade los corazones de los hermanos ya salvados. El rey está curado y purificado: ha expiado su culpa. Titurel que tantos tormentos había padecido por él, ha visto cumplida la súplica dirigida a Dios.

Parsifal, el más idóneo, celebra el oficio real de la Congregación de los Caballeros del GRIAL Durante su oración silenciosa se ilumina el GRIAL de una aureola sublime y derrama su luz reconciliadora sobre todos. Mientras Kundry cae exánime delante de Parsifal, en alto sobre la cabeza de él, está suspendida una paloma blanca y unas voces angelicales van perdiéndose con las solemnes palabras:

“Milagro de la salvación sublime: ¡Redención al Redentor!”.

Así termina la elevada canción de amor, la canción de elevado amor: Parsifal.

(Bayreuth 1912. Handbuch für Festspielbesucher von Friedrich Wild, págs. 1 a 16). 
 

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