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El caso de los aficionados a la música a los que no gusta la música de Wagner

EL CASO DE LOS AFICIONADOS A LA MÚSICA A LOS QUE NO GUSTA LA MÚSICA DE WAGNER (Notas para un intento de explicación)
Por el Profesor Uwe Faerber (1)


Desde que Wagner se dio a conocer a la opinión pública, con motivo del estreno de “El Holandés Errante” en Dresden el 2 de enero de 1843, fue siempre discutido igual como artista que como persona privada; y ello no ha sufrido variación hasta nuestros días. Desde el principio hubo personas que le apoyaron y otras muchas que le atacaron: unos lo apreciaron y otros lo condenaron. Amigos y enemigos: wagnerianos y antiwagnerianos. Ambos bandos han adoptado sus puntos de vista de forma totalmente consciente y con motivos muy fundamentados, de tal forma que se mantienen en ellos con total empecinamiento desviándose sólo en raras ocasiones. 
Cuando ambos bandos discuten entre sí intercambiando opiniones, se observa que muchos antiwagnerianos utilizan argumentos que, si se estudian un poco, se observa que no son más que prejuicios, es decir, falsos argumentos.

No me refiero a la valoración consciente de la obra de Wagner, ni al rechazo también consciente de la misma; si bien en este terreno habría mucho que decir. Se trata, en cambio, de aquellos amantes de la música que de una forma totalmente imparcial, es decir obedeciendo solamente a su sensibilidad, escuchan la música de Wagner, y después dicen que no les gusta y que incluso la encuentran desagradable. Muchas veces resulta que estos oyentes son capaces de disfrutar con algunas de las primeras obras de Wagner. Sin embargo algo debe de ocurrir, cuando estos melómanos dicen que la música de Wagner es demasiado ruidosa, demasiado aburrida y demasiado pesada.

Ya que, tras un enjuiciamiento objetivo, sucede que ninguna de estas cosas es cierta, se trata aquí solamente de un malentendido, de una confusión. Puesto que, ¿en qué casos cree una persona que una cosa le es en exceso pesada? Contestaríamos que en todos los casos en que se da cuenta de que le es muy trabajoso terminar con su audición, su lectura, su estudio, etc. Según ello, en el caso de la música, los esfuerzos que hay que hacer en toda audición musical superan en el caso de Wagner la medida corriente, de manera que hay personas que no se sienten en condiciones de aguantarlos. Pero ¿en qué consisten estos esfuerzos? ¿de qué naturaleza son?

De la misma forma que cualquier arte sonoro actúa sobre el inconsciente del oyente y origina en él -si este oyente es receptivo- unas determinadas emociones (tensiones), la música de Wagner -destinada a dar forma a un drama en toda su complejidad- actúa también así, aunque en una forma especial. Para ello, Wagner ha introducido posibilidades expresivas totalmente nuevas, les ha dado una mayor diferenciación e intensidad, de manera que esta música puede situar al oyente en estados de gran emoción, y exigirle, para alcanzarlos, grandes esfuerzos. 
Parece ser que existen personas que debido a su forma de ser no soportan muchos esfuerzos y se conforman con poco. Otros soportan más y desearían mayores niveles de emoción. Para estos Wagner está a un nivel correcto, mientras que los demás lo evitan. Pero las formas expresivas músico-dramáticas desarrolladas por Wagner fueron, al menos en parte, adoptadas por compositores posteriores (pensemos sólo en Richard Strauss). De forma que el problema de la “soportabilidad” o “compatibilidad” debería extenderse a autores posteriores a Wagner. Lo cual no ha sido el caso hasta ahora.

Ahora bien, la consideración de lo que significa este fenómeno de la mayor o menor compatibilidad, podría permitimos profundizar en el asunto, y a través de ello hacerlo más comprensible. 
Si la música de Wagner origina determinados estados de excitación o emoción que algunos oyentes perciben como excesivamente pesados, excesivamente exigentes, y que, en suma, no les gustan ni soportan, debería comprobarse primero si esta consecuencia de excesiva exigencia está realmente justificada o no. ¿O es que acaso no existen mayores esfuerzos de audición a los que nos prestamos gustosos? ¿Y también mayores emociones que encontramos igualmente bellas? ¿No podría ser que el problema esté en la distinta naturaleza de unas y otras obras musicales? 
En la grabación íntegra de las seis sinfonías de Tchaikovsky con la Filarmónica de Viena dirigida por Lorin Maazel (DECCA SKG 18/1-6), se dice al comienzo del texto de presentación (de Antonio Mingotti): «El arte de Tchaikovsky tiene entre los clásicos de la música una consideración especial por cuanto al estar totalmente impregnado de sentimiento significa un reconocimiento del alma humana hecho con absoluta franqueza y que sólo puede encontrarse también en la obra de Richard Wagner. Esta exposición de emociones que nos muestra Tchaikovsky a la luz de lo trágico, provee a su arte por una parte de una inagotable fascinación, pero por otra es motivo también de rechazo».

Prescindiendo del hecho de que la “impregnación del sentimiento” y el “reconocimiento del alma” son cosas totalmente subjetivas, las frases citadas contienen una clara indicación acerca del motivo por el cual no sólo la música de Tchaikovsky sino también la de Wagner fascina a una parte de los oyentes, mientras que a otra parte -y al parecer por los mismos motivos- le repugna. Si la música de Wagner -como afirma Mingotti-también expone emociones y efectos con una absoluta franqueza, o dicho de otra forma, los pone de manifiesto, entonces funciona de la misma forma sobre el oyente y provoca en su inconsciente unos sentimientos tan persistentes que pueden ser reconocidos por él como si fueran propios. En otras palabras: De su interior emerge de repente “algo” hasta entonces desconocido, ignorado, y de lo que puede afirmarse con absoluta certeza que: “La música de Wagner no ha podido transportar este “algo” desde fuera hasta su interior, sino solamente dar origen a alguna cosa en él, que ya antes existía como parte de su ser, y que a través de un determinado acontecimiento sonoro del exterior, ha sido llevado a sintonizar con toda su personalidad, es decir que, elevándose desde las profundidades del inconsciente, ha penetrado en su consciencia”.

Y lo que entonces se le hace patente al oyente de Wagner en su consciencia, lo que él descubre sobre su interior, o sea sobre sí mismo, es un movimiento consciente de sus impulsos que atraviesa todos los estados de su interior hasta el estallido de la máxima tensión a través de un aumento gradual de la emoción. Es el descubrimiento de sí mismo, de su ser, hasta entonces desconocido, cosa que, por ser del todo incontrolable, seguramente le intranquilizará y le podrá llenar de miedo puesto que no puede controlarlo; este descubrimiento le lleva a confrontarle con cosas que él no quisiera conocer y de las que se asusta porque le son extraftas. 
De manera que tendríamos que preguntar si todos aquellos a los que no les gusta la música de Wagner en realidad están evitando un reconocimiento de sí mismos puesto que se asustan de lo extraño que resulta su propio ser, de la observación del propio y enigmático origen. Este regreso a los orígenes sería entendido como una fuente de fuerza, como una catarsis, sólo por aquellos que sienten inclinación a la música de Wagner y que se abandonan con gusto a su capacidad de emocionar. Por el contrario, todos los demás -los contrarios a Wagner- encontrarían que esto es algo para lo que quizá no están suficientemente preparados, de forma que creen ver en ello un abismo con el que no se quieren enfrentar.

Por supuesto, este intento de explicación no significa ningún tipo de valoración ético-estética. Se trata sólo de responder a la pregunta de porqué los oyentes en relación con Wagner dan origen a estas reacciones discordantes que responden a las distintas mentalidades y que por lo tanto tienen que ser aceptadas como inevitables. A la vista de esta situación, sería deseable, sin embargo, una cosa: 
Los aficionados a la música con opiniones contrarias acerca de Wagner no deberían por este motivo ni discutir ni odiarse, ni tampoco ignorarse unos a otros; sino, más bien, mantener una relación respetuosa y razonable; ya que nadie es tan equilibrado en su escala de valores ni tan perfecto, que no pueda llegar a ser más sabio y más humano a través de la influencia de las opiniones y actitudes de otras personas.

Traducción de Josep Maria Busqué

NOTAS:

(1) Presidente de la "Deutsche-Richard-Wagner-Gesellschaft”.