Contáctanos

Acceso Usuarios

Ópera de Viena: "El oro del Rin"

OPERA DE VIENA: "EL ORO DEL RIN"
Por Friedrich Fajtak, Viena

 

En septiembre de 1991, cuando tomaron posesión de su cargo los nuevos directores de la Opera: Wächter/Holaender, presentaron como nueva producción de su etapa, "El Anillo de los Nibelungos" de Richard Wagner, obra que se había visto por última vez en 1977 bajo la dirección de Herbert von Karajan. Muchos vieneses se enfrentaron a este «Anillo» con sentimientos encontrados. El entretanto desaparecido director Wächter, en un coloquio mantenido con los espectadores, contestó a la pregunta de quién preferiría para un "Anillo": Wieland Wagner o Chéreau. "¡Naturalmente, Wieland Wagner!". Pero con todo y a pesar de que Wächter era tenido por contrario a las direcciones escénicas, encargó para la temporada 1993/1994 una nueva producción del "Trovador" de Verdi a Peter Zadek. ¡Y no solo quiso traer a la Opera de Viena a Patrice Chéreau sino que hasta propuso a Claus Peymann! Por lo que en principio fue tranquilizante que para el "Anillo" se requiriese a Adolf Dresen, para la dirección escénica y a Herbert Kappmüller, para los decorados. Este equipo había realizado un montaje de «Wozzeck» vigoroso y bien trabajado, una de las pocas producciones que en estos últimos años no tenía por qué avergonzarse de sus predecesoras. Pero, sorprendentemente, las "matinees" preparatorias de las "premieres" del "Anillo", por primera vez no fueron realizadas por el Dr. Marcel Prawy, apasionado defensor de la simbología wagneriana. Y cosa todavía más rara fue la noticia que se filtró en primavera de que la Asociación Teatral Federada a través de su Secretario General había llamado telefónicamente al boicoteado regidor-estrella Günther Schneider-Siemssen para ver que posibilidad había de que en la escena de la Opera de Viena se produjera un "auténtico fuego".

Tan contradictorias como estos preámbulos fueron las expectativas ante la "premiere" del "Anillo" de esta temporada. Y por descontado, para la mayoría de los wagnerianos fue una desilusión. Inesperadamente, el principal responsable de este atrofiado "Oro del Rin" fue el director Christoph von Dohnányi. Dohnányi dirigió su "análisis wagneriano" sin ningún temperamento evitando a conciencia el más pequeño asomo de intensidad, la más ligera sombra de emoción o de "pathos" fue ahogada en germen. Recetó a la música de Wagner una cura de adelgazamiento que la dejó en los huesos. Nunca se había oído en Viena un "oro del Rin" de una tal frialdad. Hasta en el intenso interludio del Nibelheim muchos espectadores durmieron apaciblemente, pero lamentablemente el sonido de los yunques, lanzado a la sala por unos altavoces a toda potencia, los despertó brutalmente. El aburrimiento musical que reinaba en el foso encontró su equivalencia en la escena. No se hicieron los cambios de cortina abierta, exigidos por Wagner. Unos lienzos negros colgaban de la boca del escenario, cuando era necesario un cambio en la escena se dejaban caer.

El decorado único constaba de un sendero que se encaramaba por una rampa desembocando en una profunda hondonada. En la escena del fondo del Rin el hueco se cubrió con una red sobre la cual las Hijas del Rin flotaban gracilmente, en cambio Alberich, y no solo por su indumentaria (sombrero hongo, bastón, etc.) que evocaba a Charlie Chaplin, pataleaba indefenso sobre ella. Las Hijas del Rin colgaban de una especie de máquina flotadora en forma de carrusel intentando nadar en un vacío negro que había renunciado a la más vaga ilusión de agua. Unos lienzos dorados colgantes reemplazaban el oro y ésto era lo que Alberich se llevaba.

La cortina negra se levantaba de nuevo y aparecía el sendero sobre la rampa esta vez cubierto con una alfombra que imitaba algo parecido a la hierba, ofreciendo a los dioses un "campo de juego". La hondonada del fondo se encontraba esta vez llena de humo y de ella surgía un cubo gris que se supone era el Walhalla. Curiosamente, ante este cubo muchos wagnerianos se acordaron de Wieland Wagner. Seguro que él habría encontrado una solución estética con algo más de fantasía. Además, había tanta luz en escena que era perfectamente posible descubrir todos los detalles técnicos. ¡Qué difícil resulta hacer real lo irreal! Los dioses, apiñados en el estrecho "campo de juego" se habían humanizado tanto que era imposible tomarlos en serio; ésto se había logrado, tanto gracias al vestuario (más tarde hablaremos) como por la dirección de actores. Estaba previsto que los gigantes entrarían en escena bajo la forma de unos polichinelas. Aparecieron primero sobre el cubo gris, después se situaron en la hondonada donde solo fue posible ver la parte superior de sus cuerpos; cuando se llevaron a Freia, los dioses empezaron a arrastrarse por el suelo (saludos a Harry Kupfer). Ante las palabras de Loge "en las ramas la fruta se seca y se marchita", desde un pequeño arbolito cayeron unas manzanas sobre el "campo de juego".

El Nibelheim estaba alojado en la nave de una fábrica, anticuada y bastante graciosa. Es evidente que en Europa es cada vez más difícil encontrar un teatro de Opera, pero ya que Nibelheim no funciona en la era industrial debemos encontrar esta solución bastante convencional. Pero a pesar de todo esta fue una de las escenas más impactantes. El hueco central estaba rodaeado por una valla. Loge y Wotan -con un estraño tocado que seguramente ha encontrado por el camino- aparecieron de repente en lo alto de una escalera metálica que desde el techo descendía hasta la escena. Un montacargas subía y bajaba transportando oro. Alberich utilizó como "Tarnhelm" los lienzos dorados que se habla llevado del Rin, y al desaparecer los lienzos flotaron fantasmales. El sorprendentemente bien logrado cambio de escena resultó impresionante, a pesar de que la solución adoptada no era aceptable.

Al llegar de nuevo al "campo de juego" la dirección escénica de Adolf Dresen llegó a su punto más bajo al hacer que Loge saltara por encima de Alberich tendido en el suelo lamentándose por el tesoro perdido. Seguidamente colocó a Freia ante una especie de poste de suplicios, la envolvió en una red que contenía el oro con lo cual la diosa se convirtió en un árbol de Navidad y hasta que Fafner sc marchó con el oro la actriz tuvo que permanecer en esta desagradable situación. La tercera escena más lograda de la noche fue la aparición, ya obscurecido, de una Erda momificada surgiendo del hoyo central. En el momento en que Donner dió su golpe de mazo, la tela gris que cubría el cubo del fondo se desprendió exactamente igual que en la inauguración de un monumento. El foso empezó a elevarse con lo que el ahora negro Walhalla se mostró en todo su esplendor; apareció una especie de estrecho sendero pintado en vivos colores y con aspecto de no poder soportar el peso de más de una persona, por lo que Wotan inició la entrada de los dioses en el Walhalla completamente solo, y la dirección de luces no se dió por enterada de sus palabras: "magnífico y esplendoroso brilla el castillo".

¡Qué decepción, qué desengaño!

Pero lo más molesto de este "Oro del Rin-Rechifla" (según se dice en el programa, el regidor cree que el "Oro del Rin" es una comedia satírica) es el vestuario. Wotan, con un abrigo negro y azul sobre un traje blanco, estorba menos que el uniforme que luce Donner sobre su torso desnudo, uniforme que no deja claro si es de un guardia de tráfico o de un marinero, como asimismo el Miami-Vice-Saco de Froh. Fricka y Freia llevan zapatos de plataforma y vestidos veraniegos de los años cincuenta. Mime, con chaqueta de piel, es un mecánico al que le asoman las tenazas por el bolsillo, pero todo es la consecuencia lógica de un Alberich a lo Charlie Chaplin y el atuendo-Offenbach de las Hijas del Rin, con abanicos y sombrillas incluidos. Con Loge, el figurinista, Herbert Kappelmüller se ha levantado un monumento, colocando su propia imagen en escena. (traje negro, camiseta, gorra de punto, lentes niquelados). Desgraciadamente el intento de convertir en intemporal el mundo de los dioses no se logra de esta manera.

En resumen, una representación del "Oro del Rin" en la que solo haya tres escenas más o menos acertadas es muy poca cosa. Además prescindiendo de gustos y opiniones el resultado artístico de la noche no correspondió al gasto efectuado. 
 

Mitteilungen der Deutschen Richard Wagner Gesellschaft, enero 1993.