Notas Musicales y Literarias, nº33. 1º de abril de 1883.
Wagner
 Por Francesco Florimo

 

florimoEra una mañana del mes de Abril del año 1880. Ricardo Wagner, el Lutero de la música, como se llama él mismo, honraba con su visita este Conservatorio secular. En la sala de la famosa Biblioteca, entre las inmortales obras maestras de nuestros gloriosos compositores, tendíame la mano que yo estrechaba afectuosamente mientras me prodigaba los más sinceros elogios por mi colección de volúmenes y de retratos, dándome las gracias por el placer que le causó la lectura de mi opúsculo publicado con motivo de las fiestas de Bayreuth.

En dicho opúsculo hice gala de la franqueza y lealtad de mi opinión: no la he modificado y, por lo tanto, puedo repetirla ahora mismo. «Wagner, decía en mi opúsculo, es un genio potente, genio de titán, cuyo esfuerzo, estimulado por su gran amor á la pátria, se dirige á escalar el cielo de la más elevada ambición artística, la conquista de una música nacional para su amada Alemania. Vosotros ¡oh jóvenes compositores!, imitad ese elocuente ejemplo de amor patrio, empero recordad que vuestra misión es distinta: vosotros sólo debéis reformar y perfeccionar nuestra música antigua: seguid su hüella, pero reformando y perfeccionando dad á vuestra obra colorido italiano sin olvidar jamás la melodía»- Wagner me aseguró haber leído el opúsculo con gran interés y cornplacencia.

La ilustre señora Wagner, ese ángel tutelar que se llama Cosima Liszt, acompañaba, aquella mañana, al maestro en su visita á nuestro Conservatorio. Dotada de fina instrucción, de una penetración no muy común, y, sobretodo, de un corazón amante y entusiasta, sabía compartir con el maestro las alegrías y los dolores, los días prósperos y los días adversos.

Su más grande orgullo consistía en llamarse la esposa del gran maestro á quien veneraba como á un Dios. «El Dios está ocupado solía decir á los visitantes cuando el maestro no se hallaba presente- el Dios está ocupado creando nuevos portentos que el mundo admirará más tarde»

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Wagner ocupa el mismo puesto de honor en la historia de la música alemana que Rossini en la de la italiana. Por lo que toca á la música, los dos maestros fueron los más grandes revolucionarios que hayan existido en nuestro siglo.

Rossini cerró con una mano los días de un glorioso pasado abriendo con la otra los de un porvenir no menos glorioso. Dijo á los antiguos maestros: es el último día de vuestro reinado, el presente soy yo!

Y, como el Napoleón manzoniano llamó á juicio á dos siglos que esperaron resignadamente el fallo del árbitro y del soberano. Y como tal dominó: y todo el mundo, todo, no solo sufrió su tiranía sino que se puso a gritar, ¡viva el tirano!. Fué menester la delicada y melancólica melodía de mi Bellini2 para sacudir el yugo de aquel febril entusiasmo. Los corazones se conmovieron al escuchar el Plañidero y conmovedor canto del cisne de Catania, que desde la tierna canción idílica nos transportó á aquel drama, drama verdadero, flor de sentimiento, que se llama la Norma. La reforma belliniana fué proseguida después, con buen resultado, por Donizetti. y completada, finalmente, por Verdi, especialmente en el D. Cárlos y en la Aida.

Wagner ha querido hacer en la música teatral lo que Beethoven hizo en la sinfonía. Sin despreciar nada de lo que antes que él habían hecho Mozart, Spontini y Glück, ha abierto nuevos horizontes al arte alemán, el cual, verdaderamente, no se resiente de ninguno de los convencionalismos introducidos en la ópera italiana. Se ha pretendido hallar semejanzas entre la reforma de Glück y la de Wagner, pero, á mi ver, no existen. La melodía de Glück es vocal, y su manera de proceder, en cuanto á forma, es igual al de la escuela italiana que privaba en aquella época, en tanto que la melodía de Wagner es polifónica y sinfónica.

«La gran melodía, (dice el maestro de Bayreuth, en la célebre carta á Federico Villot), tal como la comprendo yo, la que abarca la obra dramática por completo debe, de todos modos, causar en el alma impresión semejante á la que á un paseante le produce un hermoso bosque, cuando, al caer de la tarde, acaba de sustraerse al bullicio de la ciudad. Esta impresión, que dejo al lector la analice en todos sus efectos psicológicos, según su propia experiencia, consiste, y esto es lo que la particulariza, en la percepción de un silencio, cada vez más elocuente. Para al canzar el fin del arte, basta generalmente con haber producido esta impresión fundamental, manejando por medio de ella al auditorio, sin que él se aperciba de ello, preparándolo de este modo para otros más elevados propósitos: esta impresión despierta expontáneamente en él, dichas superiores tendencias. El paseante del bosque, subyugado por esta impresión general, se entrega entonces á un recojimiento más duradero: sus facultades, libres ya del tumulto y del ruido de la ciudad, se extienden y perciben de un modo diferente; su oído dotado, por decirlo así, de un nuevo sentido, va adquiriendo cada vez más penetración y distinguiendo sonidos de una variedad infinita para él, que se producen en el bosque, y que van diversificándose; y aun oye algunos que no recuerda haber jamás oído. Al par que su número, crece también su intensidad, por extraño modo, haciéndose los sonidos cada vez más resonantes. A medida que oye un mayor número de voces distintas, de modos diferentes, reconoce, no obstante, en estos sonidos que se precisan mejor, se ensanchan y le dominan, la grande y única melodía del bosque; ésta es la misma melodía, que, desde un principio, le había llenado de sentimiento religioso. Sucede como cuando, en una hermosa noche el profundo azul del cielo embarga nuestra vista;cuanto más ésta se absorhe sin reserva en este espectáculo de la bóveda celeste, tanto más distintos, claros, chispeantes é innumerables revélanse á sus ojos los ejércios de estrellas. Esta melodía dejará en él una eterna resonancia, pero le será imposible repetírsela; para oírla otra vez, es preciso que vuelva al bosque, y que vuelva al caer de la tarde. ¡Qué locura la suya si, apoderándose de uno de los graciosos cantores de la selva y domesticándolo en su casa, quisiera hacerle aprender un fragmento de la gran melodía de la naturaleza! ¿Qué oiría entonces, sino alguna melodía á la italiana?»

Esta concepción tan inmensa, este sentimiento melódico es digno de Beethoven, cuyo espíritu eminentemente sintético acaricia y contempla el asunto por todos sus lados y, cuando menos lo espera uno, le dá valor transformándolo por medio de la antítesis. El scherzo, de la sinfonía en do menor, que reaparece de repente después de la explosión del final como triste recuerdo de la realidad y del dolor, es una prueba convincente de lo que acabo de decir. Wagner ha sabido conservarse homogéneo coordinando todas las partes de una ópera para que todas contribuyan á formar un todo armonioso. El Tannhäuser, el Lohengrin, el Buque Fantasma, Tristan é Isolda son monumentos imperecederos construidos bajo la ley de unas proporciones arquitectónicas tan sabias como grandiosas que no admiten los accesorios ociosos: son además, todas esas composiciones, las únicas óperas alemanas que no han sufrido el yugo de la ópera italiana. Wagner ha acabado con el convencionalismo de forma de la pieza de música. Funda la expresión general del drama en el elemento sinfónico, y sus personajes acentúan libremente las palabras sobre las cadencias indefinidas de la melodía polifónica y sinfónica. La meta gloriosa de la obra de Wagner consistía en fundar un verdadero teatro musical alemán que no existía. Los grandes maestros alemanes, predecesores de Wagner, tales como Haydn o Mozart y el mismo Beethoven no escribieron música, propiamente hablando, para los teatros alemanes. En todos ellos la influencia italiana es bastante característica. Weber, quizá, que en los Freyschutz tentó una fusión de las dos escuelas3 si no hubiese muerto tan joven, hubiera podido fundar un teatro nacional. Pero esta gloriosa conquista estaba reservada á Wagner.

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Wagner debió su educación á sí mismo. A la edad de siete años, después de la muerte de Luis Geyer, se vió confiado á los cuidados de su madre, la cual, providencialmente, lo ábandonó á sus sentimientos y á sus inclinaciones. «He llegado donde ambicionaba, escribe el mismo Wagner, porque he querido ser libre y no he sufrido yugos autoritarios de ninguna especie: no he tenido otros maestros que la vida, el arte y yo mismo». Y luchó con obstinada pertinacia contra las necesidades de la vida, y contra las sujestiones de innumerables adversarios. La batalla fué larga y cruenta: pero venció y pudo un día hacer el recuento de sus partidarios que, en todas partes, y especialmente en Italia, fué más numeroso que el de sus adversarios de ayer.

Los jóvenes se dejan seducir por la locura de las innovaciones, vengan de donde vengan: su afán es comenzar por donde deberían acabar. Habiéndose forjado en sus imaginaciones un templo de realismo ideal, tal es la corriente moderna, creen que no hay otra salvación fuera de la potencia magistral de la orquesta, de las vastas y complicadas superposiciones armónicas, y de los efectos atronadores de sonoridad, y desprecian todas aquellas producciones que no se han inspirado bajo este criterio! -Juro que si yo hubiese sido el autor de aquella tan decantada inspiración que se llama la Casta Diva, ó la habría desdeñado ó la habría echado á perder armonizándola á la moderna, hasta tal punto que á nadie podría presentarla como un modelo de melodía! Esos precoces innovadores son la ruina de la buena teoría. Los partidarios de Miguel Angel por medio de la exageración adulteraron la escuela escultórica de aquel gran genio, como los secuaces de Wagner corrompen la suya. Bajo este punto de vista, me atravería á afirmar que la muerte del gran maestro, aparte de lo funesto que ha sido para el arte musical, no ha sido tan sensible para los compositores italianos. La obra del revolucionario queda guardada en su patria como el Código Napoleón. Nuestra juventud italiana podrá sacar de aquel Código todo lo mejor y todo lo que más perfectamente se acomode á nuestra índole; de esta manera, únicamente, podrá restablecerse el verdadero equilibrio entre el arte alemán y el arte italiano, no tocando jamás á las tendencias melódicas de la escuela italiana.- Deberá, sí, saber escoger-: y esto no lo conseguirá si no posee una sólida cultura musical y estética.

Verdi, que en cuestión de reforma no es, ciertamente, un reaccionario, desde el 1871, en la famosa carta que me dirigió en aquella fecha, viene repitiendo: «Tornate all' antico e sará un progresso.» Parece que su voz autorizada quiera inculcar á la juventud, lo que condenso en estas palabras: «Ejercitáos tenaz y constante mente, hasta la saciedad, en la fuga, hasta que la mano se acostumbre con toda libertad á doblegar y manejar la nota según vuestro deseo. Aprenderéis así á manejar las partes vocales y á modular sin afectaciones de grandilocuencia.

Estudiad sin descanso á Palestrina y á algunos contemporáneos suyos. De Palestrina pasad á Marcello, pero fijad, especialmente, vuestra atención en sus Recitativi..... Después de estos estudios, secundados por una larga cultura literaria, podré decir, finalmente, no antes, á los jóvenes: Poneos, ahora, una mano sobre el corazón, escribid, y dada vuestra organización, seréis compositores. De todos modos no aumentéis la turba de imitadores y de temperamentos enfermizos de nuestra época que buscan, buscan, y que, haciéndolo bien, muchas veces, no encuentran nada.»

Porque, en verdad sea dicho, si los jóvenes de nuestros días se ponen á wagnerizar, deberemos escribir sobre la puerta de nuestro Conservatorio: Finis Musicae!

Para el estado actual de la música alemana la muerte de Wagner ha sido una pérdida irreparable. El concepto wagneriano, antes de llegar á su realización perfecta, tenía necesidad de la obra completa de Wagner, de este genio indómito, conocedor profundo de todos los secretos y de toda la historia del arte, no solamente musical, sino universal. Para concebir la idea wagneriana no bastaba una mente tan vasta como la suya, sino que para realizarla se necesitaba todo aquel cúmulo de cualidades que partidarios y adversarios reconocen á la par. Sus óperas serán el catecismo del arte alemán del porvenir: pero el que se atreva á seguir al águila raudal en sus vuelos repetirá la ignominiosa caída de Icaro.

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Cuando el maestro visitó nuestro Conservatorio fué recibido con reverente y afectuoso entusiasmo. Entre estas paredes que le recordaban la historia de tantos nombres gloriosos, desde Scarlatti hasta Bellini, el fiero adversario de la música italiana sentía rejuvenecerse. Lleno de admiración me hablaba de Bellini, diciéndome: «Creen que soy el ogro de la música italiana y me presentan como la antítesis de Bellini. No, no y mil veces no. Bellini es una de mis predilecciones musicales: toda su música es corazón, ligada estrecha é íntimamente á la palabra. La música que yo detesto es aquella música vaga, sin idea, que se mofa lo mismo del libreto que de la situación.» Palabras que quisiera yo meditasen todos los jóvenes compositores italianos, y que encuentran una confirmación tan levantada como digna en el programa publicado por Wagner en una función á beneficio suyo en el teatro de Riga:

«N0RMA».-Le soussigné croit ne pouvoir mieux prouver son estime pour le public de cette citté qu’ en choisissant cet opéra. La NORMA, parmi toutes les creations de Bellini, est celle qui, à la plus abondante veine melodique, unit, avec la plus profonde realité, la passion intime. Tous les adversaires de la musique italienne rendront justice à cette grande partition, disant qu’ ell parle au coeur, que c’ est une oeuvrde génie. C’ est pourquoi j’invite le public à accourir nombreux.-RICHARD WAGNER.

Invitado á asistir á una de las ejecuciones del Miserere de Leo, que se daban aquel año en la Iglesia del Colegio, presentáronse, el día citado, muchos de nuestros discípulos con la idea de dar una prueba de afecto al maestro: pero lo que le produjo gran sospresa fué la ejecución de un coro de un maestro flamenco, Clemente Jannequin, La Battaglia di Marignano,ejecutado por los alumnos y alumnas de este Conservatorio. «Me habéis hecho esperimentar, dijo, una de aquellas emociones que no se habían repetido para mí durante estos últimos catorce años, haciéndome oir un coro ejecutado con tanta perfección y con un efecto de voces juveniles tan encantador.» Tal fué su sorpresa que prometió escribir exprofeso una pieza de música para que pudieran ejecutarla nuestros jóvenes alumnos: la misma señora Liszt-Wagner escribióme sobre el particular:

«Ciertamente, señor y amigo, nobleza obliga y palabra dada ó no se dá ó se cumple: nadie mejor que mi marido lo sabe: sin embargo, no ha podido acabar todavía la partitura.» Habiendo debido salir inesperadamente de Nápoles no pudo cumplir la promesa. Nos había hecho esperar también, se encargaría de la dirección de una obra clásica ejecutada por nuestros discípulos. «Mi marido-escribía la señora Cosima-acepta la dirección de la orquesta cuando los alumnos de ese Conservatorio quieran ejecutar un trozo de música clásica. Él mismo me lo ha recordado ayer cuando yo le refería los detalles de nuestra agradable y entretenida entrevista.»

Sin embargo, su visita nos valió un recuerdo no menos importante: una carta4 bastante extensa en la cual traza un programa que, segun él, debería seguirse al pié de la letra en nuestro Conservatorio para realizar todos los ideales que nuestra escuela está llamada ácumplir. La publicaremos en un pequeño volúmen sobre Wagner, que verá la luz próximamente: por ahora damos la siguiente muestra: «Solo un estudio serio, profundo y constante de una obra de Mozart como Le nozze di Figaro, á mi entender, podría poner á los discípulos de canto y de composición dramática, en el camino por el que los conducís en la música vocal. Una correcta declamación, una enunciación pura de la melodía, un conocimiento exacto de los medios de instrumentación y de la oportunidad de su aplicación respectiva, resultarán naturalmente de tal estudio; y si algun día el Conservatorio ofreciese una buena representación de la obra maestra que acabo de citar, no sólo daría con ello una lección á muchos teatros, sino que, además, satisfaría á su misión, que consiste en preservar á los discípulos de la reinante decadencia, presentándoles los grandes ejemplos y haciéndolos cooperadores de los grandes maestros, por medio de la palpitante interpretación de sus creaciones. En cuanto á la tragedia recomendaría, para comenzar, las dos lfigenias, de Glück, y, para concluir, la Vestale, de Spontini. Una vez bien estudiadas estas obras, bien conocidas, bien analizadas sus cualidades y apreciado su verdadero mérito, ensáyese el discípulo: podéis estar seguro de no verle caer en las exageraciones y maneras, que deshonran nuestra actual escena dramática, y son causa de que no conozcamos, sino de oidas, los grandes cantantes, que en otro tiempo fueron gloria del teatro italiano.....

No añadiremos ningún comentario: dejamos esta sabrosa y útil tarea á los jóvenes. Nosotros los reservamos para el día que publiquemos la carta por completo.

Francisco Florimo.

Conservatorio de Música de Nápoles, 26 de Febrero de 1883.

NOTAS

1. Del Preludio, Revista de letras, ciencias y artes publicada en Ancona (Bolonia) por el editor Morelli.

2. Recuérdese que el firmante de este curioso artículo fué el amigo del alma del tierno autor de I PURITANI

3. ¿No la tentó el mismo Mozart? (N. del T.)

4. Carta al Duque de Bagnera. Villa de Angri, 22 de abril de 1880 (N. de la H. )

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