Discurso de apertura leído en la Musikvereinsaal en ocasión de la celebración del centenario de la Wiener Philharmoniker, el 28 de marzo de 1942. Se publicaron 200 copias autografiadas. Traducido para archivowagner.info por Francisco M. Moreno del Valle
Die Wiener Philharmoniker
Por Wilhelm Furtwängler

 

Uno podría suponer que aquellos que conocen un tema desde dentro, es decir, que aquellos que están personalmente implicados, deberían ser los mejor informados. Pero la experiencia demuestra que no siempre es así. Al contrario, uno encuentra con frecuencia que los discursos más sutiles son de aquellos cuya relación con el tema es teórica, incluso puramente “retórica” y mi discurso, por consiguiente, será más difícil puesto que el que habla es parte del tema, es decir, se encuentra en el mismo epicentro.

Así pues, mi estimada audiencia, puedo asegurarles que no será nada fácil para mí hablar de ellos, puesto que he estado vinculado a la Wiener Philharmoniker durante muchos años como su director principal. Sin embargo, al hacerlo, no esperen que reitere lo que todo el mundo ya ha dicho. Por lo tanto, no voy a repetir o a agregar nada a los himnos generalmente de alabanza sobre esta extraordinaria orquesta. Que aquí, en Viena, se considere a la Philharmoniker la mejor orquesta del mundo es absolutamente normal. Pero la gente de Amsterdam afirma lo mismo sobre su orquesta. Pronto tendremos la oportunidad de resolver esta pregunta por nosotros mismos.

Y así en cualquier parte, en Berlín, Dresde, Munich, París, Londres o Milán encontramos un patriotismo local similar, por no decir nada de América. Intentemos aclararar qué hace a la Wiener Philharmoniker distinta de las otras orquestas.

Para comenzar, existe algo de carácter externo:

Como ustedes saben, los músicos de la Wiener Philharmoniker, eligen a sus propios directores. Esto es algo extraordinario, especialmente hoy, en esta era del estado autoritario. Sin embargo, no es ninguna coincidencia que la prerrogativa de la Wiener Philharmoniker les fuese concedida, incluso en la nueva Alemania. En arte existe una peculiar característica en lo concerniente al principio de autoridad: Si es externa -la autoridad no procede de dentro, la cual se basa pura y simplemente en la maestría del arte genuino-, no conseguiremos los objetivos deseados y previstos, porque éstos no son posibles sin la preparación interna de todo el equipo artístico.

La primera vez que vine a Viena, uno de los directores principales del momento me describió la Wiener Philharmoniker, una orquesta que él mismo dirigió y conocía bien. Me dijo que era una orquesta sin ningún género de duda repugnante, llena de malicia y artificio y que vivía con su director en un, en apariencia, permanente estado de animosidad. Para una orquesta, esto resulta extraño y no exactamente digno de encomio. Sin embargo, permite llegar a la conclusión de que estos músicos lo utilizan para tomar una postura activa hacia su director. Yo mismo no puedo corroborar este juicio desde mi propia experiencia, aunque eso no debe incitar a pensar que los caballeros de la Philharmoniker sean particularmente fáciles de dirigir como individuos. Pero sí son una cosa: todos han nacido músicos y apasionados por su trabajo. Mientras que el director permita que el lenguaje natural de la música hable, ningún miembro de la Philharmoniker le ignorará. El hecho de que suenen diferente bajo cada director no va en contra de ellos; es simplemente, natural. Si, en alguna ocasión, el sonido es tal que no puedes creer que estés escuchando a la renombrada Wiener Philharmoniker, tampoco es por su culpa o, por lo menos, la culpa no es solamente suya. La orquesta expresa su individualidad per se en un grado superior a lo habitual, adoptando así su propia posición y expresando su propia opinión. Con esto no me refiero a la actitud consciente de cada uno de sus miembros, sino a algo totalmente inconsciente, dirigido primordialmente a la caracterísitica musicalidad del director, quien estimula a la orquesta a adoptar instintivamente una postura a su favor o en contra de él. La primera vez que vine a Viena para quedarme durante un largo período –hace 20 años-, fue como director de la Vienna Tonkünstler, la cual ya no existe hoy, pero que en aquel entonces era una orquesta excelente. Asistí a menudo a los conciertos de la Philharmoniker, dirigida en aquel momento por Weingartner y quedé especialmente impresionado por el extraño, luminoso y etéreo sonido de las cuerdas. Aquellos “expertos” –que en Viena se cree que son muy numerosos-, me aseguraban que principalmente se debía a los buenos instrumentos con que tocaba la Philharmoniker. Para sus conciertos utilizaban, como todavía lo hacen hoy, instrumentos de cuerda del luthier Lemböck. Por lo tanto, visité a este caballero. Herr Lemböck me confió amablemente el quinteto de la Philharmoniker para mi Tonkünstler y tuve los medios y la esperanza de llevar a mi orquesta hasta el mismo hermoso sonido que la famosa Philharmoniker.

No obstante, desafortunadamente, esta empresa resultó decepcionante. De ninguna manera, el sonido de mi orquesta resultó más “filarmónico”. Finalmente, solamente llegó a ser más deslucido y carente de intensidad de lo habitual. Nos vimos forzados a recular y coger de nuevo nuestros propios y familiares instrumentos para el concierto siguiente. No son simplemente los instrumentos los que hacen la música, ni siquiera cuando consideramos el sonido en sí mismo. Tampoco es la “escuela” ni la maestría, sino los seres humanos y su sensibilidad personal para la vida los que son responsables de la expresión artística, como agentes del verdadero trabajo. Y, precisamente, los músicos de la Wiener Philharmoniker, por su peculiaridad, son una prueba viviente.

Así pues, ¿qué es lo que diferencia a esta orquesta, en un análisis final, de otras? ¿Qué le otorga su especial posición en el mundo de la música europea? Puesto que, durante mi carrera, he tenido la oportunidad de dirigir a casi todas las mejores orquestas de la tierra, puedo agregar algunas palabras al respecto. Lo que veo como la base del excepcional status de la Philharmoniker -tan paradójico como pueda sonar en un principio-, es que se trata de una orquesta exclusivamente vienesa. Cada uno de los miembros, que ustedes ven aquí, son, salvo algunas honrosas excepciones, vieneses bona-fide. Incluso la mayoría han nacido en Viena. En cualquier caso, fueron traídos aquí y han estado en activo desde su juventud. Aquí tenemos la escuela vienesa de flauta, oboe y clarinete; los fagots y las trompas vienesas, el viento. Sin excepción, los miembros de esta orquesta descienden de escuelas y tradiciones vienesas. Todo el multiforme aparato, este grupo de virtuosos de primera fila, son todos hijos de una sola región, de una sola ciudad. No hay nada parecido en ningún otro lugar del mundo. Entre la población de ninguna otra ciudad de la tierra tiene la música un campo tan vasto de posibilidades; ninguna otra ha conseguido ser tan productiva musicalmente como Viena. En realidad, esto también lo encontramos en el folcklore –una música profundamente arraigada en la tierra. En París tocan música absolutamente francesa; en Milán, italiana; en Berlín, alemana; en parte del norte de Alemania. Tales ciudades representan el punto focal musical de grandes países y sus orquestas acogen a sus miembros de todas partes del mundo, por lo tanto los músicos vienen de provincias y países diversos. Viena, por su parte, traza su fuerza exclusivamente de la propia tierra del Ostmark [Austria]. Más aún, por lo que respecta a la música, se alinea con gran uniformidad, con un sello único, definido y propio. De hecho, la gran repercusión que Viena ha tenido en los músicos de alrededor del mundo entero siempre ha sido algo extraordinario. Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms, Bruckner y ahora finalmente Richard Strauss -¡qué otra ciudad en el mundo puede exhibir tales nombres! Viena, todavía –a diferencia de Berlín-, no se ha convertido en una ciudad de la música, una ciudad global, un mercado musical o una Bolsa internacional de música. Tan diversa como ha sido su vida musical, Viena siempre ha permanecido como un insólito refugio musical, formada por los mismos músicos. Todavía hoy es así. En una ocasión, le preguntaron a Brahms porqué vivía en Viena, a lo que respondió: “¡Sólo puedo vivir en un pueblo!”

Esta uniformidad que conforma su población es la que hace de la Wiener Philharmoniker un prototipo de orquesta de la gente en el sentido más genuino, la encarnación de una región alemana. Y esta misma uniformidad también origina y forma las características típicas de esta fisonomía musical de la orquesta. Justamente ahí radica la base de esa particular plenitud, la rotundidad y homogeneidad de su sonido que ninguna otra orquesta es capaz de exhibir ni en Europa ni en América. ¡Cómo juegan entre ellos los sonidos emanados de los diferentes instrumentos! ¡Cómo se funden la madera con la cuerda, las trompas francesas con el metal en un todo de dulzura y esplendor excepcionales! ¡Cómo llega con claridad -en cada uno de sus movimientos- a expresar el sentimiento común de la vida musical que inspira a cada uno de los miembros de la orquesta! Piensen únicamente en cómo están normalmente remendadas cada una de las partes de otras orquestas. Bien es cierto que las orquestas de Berlín – la Berliner Philharmoniker y la Berliner Staatskapelle- también tienen miembros nativos de Berlín, pero son la excepción. Berlín nunca fue una ciudad como Viena, la cual ha producido año tras año generaciones de músicos que podrían entrar en las filas de cualquier orquesta de elite. En otras ciudades como Dresde, Munich y otras capitales europeas, no existe diferencia a la hora de invocar una vida musical autóctona. Sin embargo, este es el contraste más grande entre el tipo de orquesta representado por la Wiener Philharmoniker y las orquestas formadas por virtuosos internacionales, especialmente las aparecidas en el Nuevo Mundo [Estados Unidos] durante las últimas generaciones, cuyos miembros han sido deliberadamente contratados por todo el mundo. Allí, la madera pertenece sobre todo a la escuela francesa, la cuerda a Bohemia o a Austria y el metal a Alemania. Los mejores y más preeminentes músicos de todo el mundo han sido contratados por un montón de dinero para formar -por lo menos en lo que respecta a su habilidad técnica- un conjunto lo mejor ensamblado posible. No obstante, de las muchas ventajas que una orquesta puede poseer, según mi experiencia, ninguna de ellas logra la distintiva calidez, la absoluta delicadeza y –tal y como he mencionado antes-, la homogeneidad del sonido de nuestra Wiener. Esto también tiene su explicación; el sonido de la Philharmoniker es un producto natural. Ni puede ser conseguido a posteriori con ajustes de sonido ni tampoco con ejercicios técnicos y, por lo tanto, no puede ser substituido por dichos medios. Con esto no quiero desacreditar a otras orquestas, porque son grandes orquestas, por así decirlo, de individualidades. Cada una de ellas, como ésta, posee su propia fuerza y sus puntos flacos. En realidad, no deben compararse unas con otras. Sólo pretendo apuntar las peculiaridades de la vienesa.

Puede decirse que, a diferencia de una americana -cuya orquesta demuestra en el más amplio sentido qué se puede hacer con dinero, con mucho dinero-, nuestra Wiener Philharmoniker –tal como es-, tiene algo que es imposible de hacer, tener o sustituir ni con todo el dinero del mundo. Me dicen que una característica del nacido en Viena es que nunca saldrá de Viena excepto bajo circunstancias extremas. Este hecho se debe a que quizá Viena se encontraba en disposición, también ahora, de crear y mantener una orquesta de tales características a partir de su propio “stock”. En cualquier caso, la experiencia demuestra que es extremadamente difícil persuadir a un músico vienés, sea quien sea, de que viviese en cualquier otra parte, aunque en ese lugar también hubiese buena música. No se trata únicamente del sonido en sí mismo de los músicos de la Philharmoniker, que está condicionado por la étnica y escolástica uniformidad de su preparación. Esta uniformidad también se aprecia en la unidad de su sensibilidad, en la alineación de sus impulsos musicales. Hay en esta orquesta una destacable seguridad en todos estos aspectos, caracterizada por la pura creación musical y una fuerza y una naturalidad innatas de instintivas reacciones musicales. Aquí radica la razón del porqué encontramos todo esto como una música demasiado cerebral y excesivamente intelectual llena de dudas y obvias preocupaciones y porque se rechaza tranquila pero firmemente todo lo que resulta forzado, simplemente mental, todo aquello que aspira a ser considerado un “progreso” en la música. Si Viena es algunas veces criticada desde fuera por una actitud extremadamente conservadora en asuntos musicales –como puede comprobarse-, también ha resultado ser bueno y tener su lado positivo.

Puede parecer que quizá no me he mantenido fiel a mis intenciones, porque, después de todo, solamente he elogiado a “mi” Philharmoniker. Alguien dirá que yo –especialmente yo-, quizá debería haber mencionado también la otra cara, los inconvenientes –puesto que todas las ventajas tienen sus inconvenientes-, que debería haber dicho que incluso una orquesta como la Wiener Philharmoniker no debería mirar burlonamente las directrices que han hecho grandes a otras orquestas y que, básicamente, sin disciplina artística no se gana nada; pero esa persona no debería confundir la naturalidad de los sentimientos y el auténtico instinto con este tipo de coplacencia que se ve frecuentemente en Viena, la cual sólo constata que el tiempo pasa y que enfrenta a lo nuevo o de alguna manera inusual con lo arraigado, a menudo con obstinada animosidad. Quizá pueda conluirse que en Viena resulta demasiado fácil caer en el peligroso autoelogio y la autocomplacencia. Al respecto me gustaría enfatizar algo: la disciplina artística, en el más amplio sentido, se demuestra mejor, creo yo, cuando nosotros -la Philharmoniker y yo- tocamos juntos durante nuestros conciertos regulares. Todo lo que he dicho sobre los músicos de la Philharmoniker no se dirige especialmente a Viena y a los vieneses. Ellos no necesitan que nadie les diga qué es su Philharmoniker. Más bien, es algo dirigido al resto de Alemania y al mundo musical de hoy, donde se necesita reiterar y enfatizar ago: Que lo más apremiante y más urgente que nunca en nuestro actual estado comprometido, es la clase de música que está haciendo esta orquesta –la cual, a pesar de toda su arrogancia y belleza, se encuentra todavía en la tierra, es instintiva y fluye de la naturaleza. Especialmente en la nueva Alemania, uno debe ser consciente del incomparable tesoro que poseemos con la Wiener Philharmoniker y como, al mismo tiempo, hemos adquirido la obligación de conservar esta perla y hacerla más y más eficaz.

¿Podrá la Wiener Philharmoniker, en este sentido, satisfacer todavía durante algún tiempo la indispensable misión que le ha sido encomendada en la vida musical europea?


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