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Wagner íntimo

Notas Musicales y Literarias, nº33. 1º de abril de 1883.
Wagner íntimo (1)
Por Judith Gautier
 

wagnerDe todos los detalles que se me habían dado sobre la vida íntima de Wagner solo era verdadero el gran perro negro. Rus era un hermoso perro de Terranova, muy pacífico, que venía á menudo á verme, completamente solo, al hotel del Lac.

Pocas visitas franqueaban el suelo de la casa del maestro; éste no conocía á nadie en Lucerna y aquella tranquilidad era favorable para su trabajo; yo le veía, pues, absolutamente en familia, en toda su sencillez de vida y pude formarme una idea exacta de su carácter.

Lo que más me chocó á primera vista, en aquella potente e independiente cabeza, después del brillo extraordinario de sus ojos y de la intensidad de su mirada, fué la expresión de infinita bondad que flotaba sobre sus labios y que ninguno de sus retratos me había hecho sospechar.

Aquella bondad casi divina la veía yo irradiar á cada instante en su mirada: era visible en la adoración que inspiraba no solamente á su famila, sino á todos los que le rodeaban; sus domésticos abusaban de su mansedumbre; poco á poco se aumentaban los parientes más ó menos próximos que habiendo venido de visita no se marchaban nunca.

A medida que fui conociendo más al maestro, vi afirmarse más por todos aquella admirable ternura del alma que en él no tiene nada de comum con esa otra filantropía vulgar tan frecuente y teórica, únicamente. Un francés, el conde de Gobineau, ha dicho de Wagner: «Nunca podrá ser completamente feliz, porque siempre habrá cerca de él alguno de cuyas penas ha de participar.»

Un día le pregunté si tenía algun proyecto respecto de su hijo, entonces recien nacido:

—Tengo en primer lugar la ambición, me dijo, de asegurarle una modestisima renta que le haga independiente, á fin de que esté al abrigo de esa barahunda miserable que yo tan cruelmente he sufrido; después quiero que sepa un poco de cirujía, lo bastante para poder socorrer á un herido, hacer la primera cura. Me ha entristecido tan á menudo mi impotencia cuando ha tenido lugar ante mí un accidente, que deseo evitarle de este modo aquella pena; fuera de esto, le dejaré completamente libre.

Mme Wagner me contó que la composición de los Maîtres Chanteurs había sido interrumpida durante muchos meses por un perro enfermo y abandonado, que Wagner, entonces en Zurich, había recojido y tratado de curar. El perro le mordió en la mano derecha y la herida llegó á ser bastante dolorosa para impedirle por completo escribir. La música no se puede dictar: estuvo, pues, reducido á la inacción, y su paciencia sometida á una terrible prueba; el perro no fué ménos cuidado por esto.

Es preciso reconocer, sin embargo, que en el carácter de Ricardo Wagner hay violencias y rudezas que son la causa de que tan á menudo sea desconocido, aunque, unicarnente, de aquellos que juzgan de las cosas por su exterioridad. Nervioso é impresionable hasta el esceso, los sentimientos que experimenta le llevan hasta el paroxismo; una pena ligera es en él casi la desesperación, la menor irritacion tiene las apariencias del furor. Esta maravillosa organización, dotada de una sensibilidad tan exquisita, tiene vibraciones terribles; se pregunta uno como puede resistirlas; un día de disgusto le envejece diez años; pero, recuperada la alegría, es más jóven que nunca el día después. Se gasta con una prodigalidad extraordinaria. Siempre sincero, dándose todo entero para todo, aunque con un talento muy voluble, sus opiniones, sus ideas, muy absolutas en el primer momento, no tienen nada de irrevocable; nadie sabe reconocer un error mejor que él, pero es menester dejar pasar el primer ardor.

Por la franqueza y la vehemencia de su palabra, muy á menudo hiere, sin quererlo, á sus mejores amigos; excesivo, siempre va más allá de su objeto y no tiene conciencia del disgusto que causa. Muchos maltratados en su amor propio, soportan sin decir nada la herida que se envenena con la rabia, y pierden de este modo una amistad preciosa; mientras que si hubiesen exclamado que se les hería, hubiesen visto en el maestro lamentos tan sinceros, se hubiera él esforzado por consolarles con una efusión tan verdadera que su amor por él se hubiera acrecentado con esto.

«En Wagner, el segundo movimiento es el bueno» decía de él un violoncelista francés que lo había abandonado todo por inscribirse en la orquesta de Bayreuth, artista de gran mérito, hombre de talento que era uno de los preferidos del maestro.

A despecho de esta rudeza de maneras, Wagner es, cuando quiere, un verdadero encantador; nada es comparable á la fascinación que ejerce sobre los intérpretes que trabajan á sus órdenes; la orquesta más hostil, la más rebelde, queda fanatizada después de algunos días; hasta hay cantores á quienes inspira una abnegación sin límites. El ilustre Schnor, el creador del papel de Tristan, en el cual estuvo sublime, exclamaba, al dar el último suspiro: «No soy yo quien cantará Siegfried!»

No lamentaba nada de esta vida más que la gloria de interpretar las obras de Wagner.

Una de las cosas más notables en Wagner es tambien la alegría juvenil que irradia de él tan frecuentemente; ese buen humor lleno de encantos que, su tormentosa existencia, no ha conseguido menoscabar. Su conversación tan conmovedora y tan profunda viene á ser de pronto y sin trancisión una charla llena de gracia y de imaginación. Hace descripciones de una manera divertidísima y con una fina ironía propia únicamente de él.

En Lucerna me sorprendía aún por su destreza en los ejercicios corporales, por su singular agilidad; escalaba los árboles más altos de su jardin, con gran terror de su mujer que me suplicaba que no le mirase, porque si se le aplaudiera, decía ella, no habría medio de detenerle en sus locuras.

Entonces trabajaba muy ordenadamente, levantándose muy temprano; al mediodía estaba libre, daba grandes paseos ó descansaba leyendo, porque su la pasión es conocer todas las literaturas.

En estas horas de tranquilidad y de recojimiento tiene momentos de una serenidad divina. Sus facciones toman, entonces, una dulzura incomparable; el rostro se envuelve en una palidez que no tiene nada de enfermiza, sino que parece velarlo con una ligera nube. En aquellos instantes nada le turba ni le conmueve; aparece abstraido; en frente de esos éxtasis piensa uno en un lago magnífico reflejando el cielo.

 

NOTA

1. De su libro Richard Wagner et son oeuvre poetique, París, Charavay, 1882.