Contáctanos

Acceso Usuarios

Tradición y renovación. Reflexión sobre los Festivales de Bayreuth

TRADICIÓN Y RENOVACIÓN. RE FLEXIÓN SOBRE LOS FESTIVALES DE BAYREUTH
Por el Dr. Siegmund von Hausegger, Munich. (1)

 

Tradición: profundo respeto a la memoria del pasado; renovación:adaptarse a los gustos de los nuevos tiempos. Estas son las divergencias que se plantean en las nuevas producciones artísticas. En Bayreuth es donde ésto se da con mayor frecuencia. Los Festivales deben dedicarse básicamente a cumplir la voluntad del Maestro con la máxima fidelidad posible. Pero esta dependencia no debe realizarse con un inmovilismo dogmático y mucho menos con unos cambios arbitrarios y deformantes. 
La voluntad del Maestro es en esencia natural y diáfana. Toda su obra nace de una exigencia interior, que no tiene sólo una finalidad estética o intectual y así su interpretación debe mantener un estilo básico alejado de cualquier influencia externa. Tanto en lo musical como en lo escénico toda la representación, hasta en sus más pequeños detalles, debe estar condicionada por el drama que se relata, permaneciendo siempre a su servicio y facilitando su comprensión. Ni el más leve matiz musical, ni el más leve gesto escénico deben rebasar el espacio que se les ha destinado.

Las puestas en escena de Richard Wagner, estrechamente unidas al poema y a la música, deben hacerse de manera que la ficción se convierta en realidad. Cuando el Maestro pide un paraje rocoso, un bosque, unos abetos, una tormenta, han de aparecer en escena lo más cercanos a la realidad y nunca como un mero simbolismo. Si un interludio une dos escenas debe lograrse que lo que el oído capta a través de la música se pueda ver en escena, sea por un efecto luminoso o por un gradual cambio en el decorado. Cuando el entorno sea real los personajes del drama obtendrán una auténtica humanidad y por su expresión y sus movimientos nos comunicarán su estado anímico, exacto reflejo del de la música. Puede ser que algunos intentos de sobreactuación contradigan la imagen de autenticidad que requiere el drama wagneriano. Sobre esta materia el propio Maestro ha dejado clara su voluntad, poniéndola en práctica en Bayreuth.

Pero sería ilógico querer mantener estas obras, tanto en lo musical como en lo poético, dentro de unas fórmulas estrictamente inamovibles. Es importante reconocer que es un error creer que la esencia de la creación se basa en unas “leyes exactas”; cuando un compositor va creando paulatinamente su obra no fija en ella una fórmula perenne como sucede con una grabación discográfica, ya que entonces haría difícil la espontaneidad de la interpretación. 
No existe la menor duda que hoy escuchamos a Bach y a Beethoven de manera diferente a como los escucharon en su época, ya que nosotros también somos diferentes; hasta nuestros ojos han cambiado su enfoque estético. Sería equivocado utilizar en una producción escénica la inalterabilidad de un cuadro de Giotto o de Durero. Estos expresan una emoción anclada en su tiempo, en cambio la escenografía, puesta al servicio del drama, debe tener vida propia, aunque ligada siempre íntimamente al relato que se nos ofrece. Contando con que el actor, el director y el regidor han cambiado con el tiempo, así la puesta en escena de la obra artística también debe ser diferente. 
Pero a este cambio -y esto es básico-nunca debe dársele una importancia excesiva. Siempre deberá evitarse que este cambio -que hasta cierto punto es imprescindible- sea contrario al espíritu de la obra que mantiene su validez indefinidamente. Porque no podemos pretender que nosotros, por ser hombres de otra época, intentemos cambiar la obra de arte, sino que es ésta la que con su intemporal e inmortal valor nos debe indicar como y donde podemos renovarla sin dañar su auténtica imagen. 
Visto de esta manera no tiene por qué existir un antagonismo entre tradición y renovación. Ambas se encuentran reunidas en la fuerza creadora del Maestro. Esta es la obra de arte permanentemente actual, vigente y vigorosa. La tradición auténtica da fuerza a este vigor con sus inmutables trazos; la auténtica renovación con sus constantes cambios hace posible nuevos hallazgos creadores. Las dos deben ser capaces de armonizar la pureza, la claridad y la fidelidad características imprescindibles en el arte auténtico. O sea que tradición y renovación reciben, a través de la obra que completan, una absoluta vigencia. Sólo así puede unirse el glorioso espíritu del pasado con la creatividad audaz del presente para alcanzar con su colaboración una efectiva realización del futuro. 
 

Notas:

(1) Artículo aparecido en el programa de los Festivales de Bayreuth de 1934. 
Traducido del alemán por Rosa María Safont.