Un domingo por la mañana en Grinzing, zona jardín de Viena, en el que se encuentran los tan célebres “Heurigen”, tabernas que conocen todos los extranjeros. En medio de este barrio se encuentra el domicilio del Dr. Karl Böhm, cuya residencia permanente se encuentra sin embargo en Munich. 

Me atiende una doncella que me acompaña hasta un gran salón. Muy poco después aparece el profesor Böhm que muy amable me invita a sentarme a su lado. 
Karl Böhm es mas bien enjuto pero asombra por su vitalidad y su aspecto sabiendo que se encuentra ante su 80 aniversario. Sin embargo el viento cálido de las montañas, llamado “Föhn”, que sopla estos días le ha afectado también y sólo recibe excepcionalmente. Se concentra ante la representación que se dará en los próximos días de “Elektra”, la obra de Richard Strauss. La conversación se hace fluida. 
 

wagnerMañana dirige Vd. ”EIektra”, de cuya autor fue un buen amigo ¿Mantiene todavía relación con la familia del compositor? 
Desgraciadamente casi nula. Lamento mucho no hallar puntos de coincidencia con el Dr. Franz Strauss. Mucho más dado el gran significado que tenía su padre para mí como artista. En cambio venero a su esposa Alicia Strauss, a la que encuentro admirable.

Hace pocos dias ha venida de Hamburgo, pasado mañana se marcha de Viena, tiene Vd. su casa en todo el mundo cual corresponde a un director de orquesta de nuestro tiempo. ¿Va también alguna vez a España?
Efectivamente, he dirigido en Madrid y, sobre todo en Barcelona. Me complace decirlo ya que. Vd. me ha mostrado la revista MONSALVAT. Tengo de Barcelona un especial y hermoso recuerdo. Fue una verdadera vivencia artística y se me vitoreó y aclamó de forma excepcional.

 

En todo el mundo es Vd. apreciado ¿Que le atrae de Viena, aparte de ser Austria su patria? 
Si quiere saber que es lo que me encadena a Viena como director de orquesta le diré que la Filarmónica. No existe prácticamente una orquesta que se la pueda igualar. Sí, desde luego, está la Filarmónica de Berlín, y también la de Dresde, ésta última desgraciadamente sin dirección adecuada. Pero los filarmónicos de Viena son únicos. Yo soy director de honor de ésta orquesta.

 

¿Cuál es su actitud ante la música moderna? 
Yo he procurado siempre introducir nuevas obras en mi programa. Pero es realmente difícil. Un compositor me dijo una vez que él no necesitaba forma alguna para su música. Esta es una posición falsa. Arte es forma, y arte sin forma no es arte. Aprecio mucho a Alban Berg. Su “Wozzek” la dirigí ya en 1928 en Darmstadt y después en un teatro de Viena “Lulú”. La primera representación de “Carmina Burana” de Orff la llevé yo al escenario. También en las óperas de Gottfried von Einems encuentro ciertas cosas que me gustan.

 

Se habla mucha del fin de la ópera como forma artística. ¿Qué piensa Vd. sobre ello? 
¡Que voy a decir! No soy un profeta. El gran problema de la ópera está en que no existe producción. Nuestra actividad se limita a reproducir lo mas perfectamente posible lo ya creado anteriormente. Es posible que ello no sea suficiente para mantener con vida largo tiempo una forma de arte.

 

¿Con que directrices esperaría Vd. que se desarrollara una continuidad de creatividad operística? 
En el arte de Puccini. La herencia de Wagner se ha hundido con sus epígonos. Por supuesto estoy íntimamente ligado a la obra de Wagner. Aunque sólo hubiera sido por la influencia de mi padre. Y por Bayreuth. Inolvidable será para mi el tiempo que colaboré con Wieland Wagner. Tenía un incomparable sentido para las finezas musicales. Su prematura muerte es un pérdida irreparable. Por cierto que muchos de los pensamientos de Wieland Wagner los encontré de un parecido asombroso con lo escrito ya en 1898 por Bernard Shaw en su libro “The perfect Wagnerite”.

 

Comprendo muy bien que Vd. juzga desde el punto de vista del músico y no del dramaturgo. Sin embargo Bernard Shaw no lo hizo así. Existe por otra parte un sucesor de Wagner, quien, en contra de la opinión del propio Wagner no resultó ser un gran dramaturgo, sino uno de los más grandes sinfonistas: Anton Bruckner. 
Ah, sí; Bruckner pertenece a la élite de los grandes maestros. En el último concierto de esta temporada que he dirigido, se incluía su octava sinfonía en el programa.

La misma obra que fue rechazada por la prensa y el público de París hace años dirigida por Karajan. 
Sí, lo sé. La octava sinfonía de Bruckner es una excepcional creación sinfónica en la historia de la música. A Bruckner poco a poco se le empieza a juzgar dignamente. Antes de la Segunda Guerra Mundial casi no se le conocía fuera de Austria y Alemania. Esto ha cambiado. Hace poco, en octubre de 1973, he dirigido la octava sinfonía en Milán. El entusiasmo del público milanés no conoció límites y fue ciertamente un gran triunfo para la obra.

La conversación se acaba, pero aún me dice el profesor Böhm: “De todos los músicos, a quien más admiro es al genio de Mozart”.

Nos despedimos cordialmente. ¡ Adiós maestro! 
 

 

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