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Isidoro Fagoaga

Por F. Hernández Girbal


Esta destacada figura de la lírica, poco conocida en España, merece ser recordada porque su vida es la historia de un cantante que no quiso serlo. Su verdadera vocación iba hacia la literatura, y, sólo las circunstancias que le rodearon, y su gran voz, le llevaron a la ópera. Llegó a ser tenor excepcional y, a la vez, un escritor muy notable. El caso no es nuevo: ahí estuvo para probarlo Giacomo Lauri Volpi.

Isidoro Fagoaga nació en Vera de Bidasoa, el 4 de abril de 1893. Hijo de una familia humilde, ya desde la adolescencia descubrieron la excelencia de sus medios vocales y éstos le llevaron a ser solista en la escolanía parroquial. Sin embargo, él prefería escribir poesías y relatos que aparecían en el boletín del colegio donde cursaba sus estudios. Ya mozo, decidió ir en busca de fortuna y emigró a Buenos Aires. Durante algún tiempo trabajó como dependiente en una ferretería de la plaza del Once. Escribía en los periodiquillos del gremio y, al tiempo, cantaba en fiestas y reuniones. Los amigos, que fueron sus primeros admiradores, le animaron a que se presentara al famoso barítono Titta Ruffo y al tenor vasco Florencio Constantino, que entonces actuaban en el Teatro Colón. Lo hizo, le oyeron y muy excelente impresión debió causarles porque le aconsejaron que fuese a Milán para estudiar, dándole cartas para algunos prestigiosos maestros. Siguió el consejo y al poco tiempo, tras reñida oposición, ganó el concurso Campanini que le aseguraba una beca en el Conservatorio de Parma.

 

Su potente voz no era, en verdad, muy apropiada para la delicadeza del bel canto. Por eso le prepararon en el repertorio dramático como tenor heroico. Y eso es lo que fue desde el primer momento, pues poseía medios vocales poderosos, amplio aliento y arrebatado lirismo, que completaba con excelentes dotes de actor. Se presentó en Madrid con “Sansón y Dalila” y después realizó una gira por las principales ciudades de España y Portugal con la Orquesta Sinfónica del maestro Arbós, interpretando fragmentos de “Parsifal”, “La Valquiria” y otras obras wagnerianas. Por entonces, el compositor vasco Jesús Guridi le eligió para estrenar en Bilbao su ópera “Amaya” y seguidamente, el año 1923, la cantó en Madrid.

 

Regresó a Italia y tras su presentación en Nápoles, donde alcanzó un gran triunfo, fue contratado por el Teatro de la Scala para cantar “Parsifal”, “La Valquiria”, “Sigfrido” y “El ocaso de los dioses” bajo la dirección de maestros tan eminentes como Sigfrido Wagner, Arturo Toscanini, Panizza, Elmendorff y otros. Ello le valió ser considerado como el mejor intérprete de Wagner en los años 20. Y no es exagerada esta afirmación, porque, caso poco frecuente, cantó sus obras en el prestigioso teatro milanés durante once temporadas consecutivas. En España no se le volvió a oir, pero sí actuó en los principales teatros de ópera de Italia y Suramérica, despertando en todos verdadero entusiasmo. En medio de estos constantes éxitos, no dejó de lado su afición literaria y entre funciones y funciones publicó interesantes artículos en los diarios italianos y argentinos, predominando los de carácter artístico. Al tiempo, estrenó las óperas “Auto de berco” de Rey Coelho, en Lisboa; “Ana Karenina”, de Robbiani, en Roma, y “Tabaré”, de Schiuma, en Buenos Aires. Ya había conseguido un gran prestigio, cantaba en los mejores teatros y le pagaban sueldos elevados. Puede decirse que tenía cuanto pudiese desear. Poco antes de que la última Guerra Mundial le envolviese en su torbellino, como a tantos otros artistas, al cumplir los cuarenta años y hallándose en la plenitud de sus facultades vocales, abandonó inopinadamente la escena para consagrarse a la literatura. La decisión podía parecer descabellada y hasta absurda, pero él la tomó arrastrado por su vocación y siguió el nuevo camino plenamente feliz, aunque la familia no pensara lo mismo. Ya sabía que en varios años de escribir artículos no llegaría a ganar lo que cobraba por una sola de sus actuaciones de ópera, pero, bien administrado, había logrado reunir un capital que le permitiría vivir con decoro.

 

Durante este periodo de escritor salieron de su pluma libros tan notables como “Pedro Garat el Orfeo de Francia”, “Unamuno a orillas del Bidasoa” y otros ensayos, “Retablo vasco”, “Los poetas y el País Vasco” y “El teatro por dentro”, entre otros, todos ellos escritos con tan extrordinaria galanura que su lectura seduce. Al mismo tiempo siguió publicando artículos sobre diversos temas en los periódicos de Italia y especialmente en el diario “La Prensa”, de Buenos Aires, cuya colaboración mantuvo a lo largo de quince años.

 

Nunca más volvió a cantar. Para darnos idea de su arte nos quedan discos con diversos fragmentos de obras wagnerianas. Él mismo ha dejado escrito que cuando sus muchos admiradores le preguntaban dónde habían quedado los recuerdos de su vida anterior, las críticas, los carteles, las partituras anotadas por quienes le dirigieron y la multitud de fotografias en las que aparecía con relevantes personalidades y artistas de Europa y América, él eludía referirse a ello. Decía que todo eso yacía sepultado en el fondo de unos viejos baúles en el desván de su casa de Vera de Bidasoa. ¿Estarán todavía allí cubiertos por el polvo de los años? Si me es posible, algún día trataré de averiguarlo, por la mucha simpatía y admiración que la figura de Isidoro Fagoaga me inspira, aunque nunca le oí más que en discos. 
Muchos hombres han corrido y muchos hombres correrán tras la gloria escénica. Este tenor que encarnó a  Sigfrido, a Parsifal y a Sigmundo, la cambió voluntariamente por la literatura. Y entre libros, ensayos, artículos y conferencias, le llegó silenciosa la muerte, cuando aún podía haber escrito grandes obras. Los dioses del Walhalla no lo quisieron así. Falleció en San Sebastián el 15 de marzo de 1975.

 

(Reproducido del libro “Cien cantantes españoles de Ópera y Zarzuela”, Ediciones Lira, 1994).