Por Adriana Herrera

 

La serie Ring Landscapes de Sebastián Spreng, que se exhibe en Friesen Gallery en Seattle, todo el mes de agosto durante la temporada de ópera de esta ciudad, representa el místico intento de pintar, en la cumbre de su madurez artística, la exaltación que transmite la obra musical Der Ring des Nibelungen, para cuya representación completa se construyó el teatro Bayreuth.

Si el músico alemán le dedicó 26 años de su vida y la titánica voluntad necesaria para crear "la obra total" de la que fue compositor, dramaturgo, guionista y escenógrafo; Spreng se consagró a recrearla con tanta humildad como fervor durante seis intensos meses, aunque toda su vida llevó consigo el sueño de pintarla.

Como los justos del poema de Borges, él "agradece que en la tierra haya música". De niño vio la felicidad en las lágrimas que corrían por el rostro de su abuelo, inmóvil frente a la radio que transmitía una ópera, con la expresión transfigurada, en presencia de ese lugar sin tiempo donde la belleza toca todos los sentidos.

Spreng, que nació en Esperanza, de la provincia de Santa Fe, Argentina, fue también escenógrafo de El aguila de dos cabezas de Jean Cocteau, cuando aun no tenía 20 años, y llevaba dentro de sí las leyes de la perspectiva de tal modo que diseñaba planos sin haber pisado una escuela de arquitectura. Así que como Wagner, a quien debe la temprana experiencia del éxtasis, posee la visión del arte total.

Pero al enfrentar el reto descomunal de pintar la música del poema medieval que narra la gloria y la muerte del héroe Sigfrido, la senda del conocimiento de lo divino y la redención por amor tras el hundimiento del cielo de los dioses, Spreng no quiso hacer una puesta en escena y eludió la tentación de ilustrarla.

Antes de trazar la primera imagen, guardó silencio y empezó casi de la nada. Oyó "el acorde largo y misterioso con que comienza el oro del Rhin, ese sonido sacro que prodigiosamente acaba de ser grabado en la constelación de Orión'', y de esa nota, que quizás estuvo al comienzo de todo lo existente, partió para pintar una de las obras musicales más grandiosas, con los mismos elementos simples con los que ha creado un lenguaje de conmovedora pureza, capaz de hacer sentir, a quien contempla sus árboles o sus rocas en parajes atemporales, toda la pulsación de las emociones humanas.

Como los jóvenes de los cuentos de hadas iniciáticos -los menores, los más sencillos, pero también los que poseen el don secreto- se encaminó al cumplimiento de su difícil tarea pensando en mantenerse fiel a ese lenguaje inconfundible que ha tallado en soledad, sin otra escuela que la disciplinada exploración de la sensibilidad y de la singular habilidad que ya en los terribles años de su adolescencia le permitía pintar pueblos blancos y arquitecturas imaginarias que encandecían la imaginación.

Con una dedicación rayana en el delirio, forzando su cuerpo hasta el límite de sus posibilidades físicas, se consagró a pintar durante 180 días y noches, 44 cuadros que persiguen el resplandor de ese oro de los dioses del que Sigfrido se apoderó en las regiones del Rhin. Contemplar los pasajes heroicos que Spreng recrea, no con el ojo externo, sino con la conmoción interior que provocan, obliga a remontarse al antiguo tratado anónimo Del sublime, que intenta apresar ese "no se qué" que hace al arte capaz de producir lo inefable.

En sus cuadros no sólo habita la música que produjo la épica del mundo germánico, sino la fuerza de los mitos y símbolos que estructuran las civilizaciones y labran el inconsciente de los hombres y la misteriosa sicología de sus vínculos. Su obra escapa a escuelas. Puede hilarse por igual con las atmósferas de De Chirico, el sueño de Magritte o el halo de Rotkho; pero alcanza el contacto con lo más íntimo de sí mismo que es, a un tiempo, común a todos los seres humanos.

En El cantar de los nibelungos, el divino Wotán debe perder su ojo para tener el conocimiento, pero al ser incapaz de renunciar a los dos ojos -de cegarse por completo a lo aparente- no puede tener la visión interna completa. Spreng pinta en volcánicos marismas el ojo de Wotán recordando la frase de Wagner: "Creo que todo es ilusión".

Como el legendario alemán, sabe que la verdad reside en las profundidades, pero también que no se desciende a éstas sin levedad. Por eso emprendió su odisea artística como quien se dispone al juego. "El arte es un juego, pero es el juego más serio", dice. Pintó ese volumen de obras con una inspiración febril que no le permitía detenerse, e ignorando las limitaciones físicas que le impone su distrofia muscular, alcanzó esa dimensión que acerca el arte a la ofrenda y abarcó en su obra una escala de sensaciones que va desde la exaltación ante la grandiosa marcha de las Walkirias, hasta los gestos de humor que vuelven humanos a los dioses.

En ese punto en que el arte se convierte en sacrificio, en sacro-oficio, conecta al ser humano con lo sagrado. Quizá por ello, uno de los cuadros cuya creación desató un grado más alto de emoción fue Siegfried Out to de World, donde pintó al héroe saliendo al mundo, dispuesto a entregar toda su voluntad a un destino que lo supera.

En esta exposición que recorre la senda del misterio, el espectador no se enfrenta simplemente a una serie cohesionada por un tema, sino a un modo de articular la estructura wagneriana en la organización de conjuntos pictóricos, a una obra que funciona como un todo de prodigiosa estructura.

Si Wagner recomendó dar preferencia a las notas pequeñas respecto de las grandes, y prohibió aplaudir al final de cada acto, para preservar "una sencillez solemne y digna" y el efecto de lo sublime; Spreng ha condensado la belleza y el misterio de la obra wagneriana en esta serie que desarrolló en subconjuntos de pequeñas dimensiones. Algunos tienen un solo elemento. Son los cuadros que condensan en una imagen los ejes axiales del mito, como el que sirve de umbral a todos los Paisajes del Anillo.

Gates to the Ring es un homenaje a Caspar David Friedrich, el único pintor romántico que dibujó un arco iris emergiendo de las profundidades de la noche. Con esta imagen Spreng cruza el umbral e inicia el viaje artístico hacia las profundidades. Otras pinturas individuales son World Ash Tree, el portentoso árbol del conocimiento del mundo, cuya naturaleza es de fuego; Brühnhilde's Rock, que captura los mundos infraterrenales, la tierra y el cielo y condensa en el sueño de la amada la descomunal acción que se desatará; Winterstürme, el umbral donde el destino de dioses y hombres está a punto de fundirse; Sigmund and Sieglinde, con su reflejo de un sol invisible en el horizonte que ilumina el curso del río en cuyas orillas están los espíritus de los gemelos amantes, padres de Sigfrido; The Rhine, la representación del río mítico, un anillo rojo que serpentea entre el valle pintado de negro de donde emergerá el tiempo de los hombres; y Twilight of the Gods, la magnífica representación del ocaso de los dioses entre una bruma venida de otras orillas.

Los conjuntos de trípticos son episódicos: Siegfried's Rhine Journey, los cuadros dorados de la travesía del héroe; o la serie de The Rope, que representa las figuras femeninas que tienden, hilan o cortan los destinos humanos. En consonancia con la estructura de la ópera de Wagner, compuesta como una tetralogía, Spreng pintó otros conjuntos de cuatro cuadros que evocan secuencias temporales y simbólicas como Ring Eclipses, y la conmovedora serie Prelude to the Twilight of the Gods, que contiene en composiciones de enorme sencillez, la perfección de un orden cósmico.

Basta contemplar la diminuta figura de Sigfrido entre las altas rocas que sirven de intersticio a la inmensidad, o la silueta del árbol solitario en un cielo azul eléctrico atravesado por una franja de oscuridad que anuncia el preludio del fin, para sentir el sobrecogimiento ante la obra de este pintor y crítico musical que encontró en Wagner las notas de su propia alma.Rebasado por su grandeza, le rindió homenaje con la humildad de ofrendar la médula de su propio lenguaje para condensar en él la indecible belleza de esa música, proveniente del mismo mundo de dioses que Wagner oyó dentro de sí. Eso le basta para expresar la ansiedad de los amantes que huyen bajo la luna y no saben aun que son hermanos, o la solemnidad de la espada de luz que oficia en un cielo rojo la muerte de Sigfrido, sin dejar de lado la risa que permite nombrar lo más tráfico, con un gesto de humor en Bye, bye Wallhalla.

En las 14 pequeños cuadros que conforman la sub-serie Ring Racconto, se advierte la prodigiosa capacidad de Spreng de crear obras de amplísimas modulaciones emocionales, a partir de composiciones sobrias, tensadas por la contención. Su alfabeto de símbolos está hecho de unas cuantas formas mínimas: árboles, cielos y aguas difusas, rocas y cimas. Temas simples, pero sujetos a una luz que se mira como si nunca antes se hubiera contemplado; a colores que despiertan la nostalgia de un lugar olvidado en el interior del ser humano al que se quisiera volver. Spreng admite que pinta siempre el mismo cuadro. El arte es lo que va quedando, como residuo en el alma de quienes se estremecen contemplándolo. Queda más pintura en el trapo, en el filo de las cuchillas que retiran los pigmentos de una técnica no transmitida por ningún maestro, que en la obra de este artista que, como un aprendiz de lo sagrado, aspira a la totalidad de un lenguaje que sintetiza en sus trazos puros, música, arte y filosofía.

Si no fuera posible escribir más que dos líneas sobre esta exposición que debe ser vista como una estructura total, bastaría decir que Ring Landscapes es la consagración de Spreng. En esta obra él ha dado luz y vida a la definición que Wagner daba a la forma artística ideal: "Aquella que puede ser enteramente entendida sin reflexión, la que pasa directamente del corazón del artista".

Ring Landscapes. www.friesengallery.com. Tel: 206-628-9501.

FUENTE:

EL NUEVO HERALD, 7-VIII-2005

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