Wagneriana, nº16. 1995
ELISABETH O LA ENTREGA TOTAL
Por María Infiesta

 

SANTA Isabel de Hungría es el personaje en el que se inspiró Richard Wagner al concebir a la “Elisabeth” de su “Tannhäuser”. Más que en los acontecimientos históricos en que se desarrolló su corta existencia, es su carácter y su forma de ser lo que tomó el compositor para dar vida a la heroina que debía salvar al desgraciado mortal de una condenación eterna. Vamos, por ello, a pasar una rápida revista a lo que constituye la historia de la santa para analizar a continuación el personaje wagneriano como tal.

La histórica Santa Isabel no era sobrina del Landgrave Hermann de Turingia, sino hija del rey Andrés de Hungría. El Landgrave, que efectivamente residía en el Wartburg, organizaba en el castillo torneos poéticos a los que asistían los más célebres poetas (Minnesänger) de Alemania como Walther von der Vogelweide, Wolfram von Eschenbach (autor del poema de “Parzival”), Bitterolf, Heinrich der Schreiber, Heinrich von Ofterdingen... Su maestría era tal que llegó un momento en que no podía decirse quien era el mejor de todos. En el año 1207 se decidió hacer venir a Klingsor, célebre sabio de la época (y que aparece también como mago en el poema de “Parzival” de Eschenbach y de Wagner) que vivía en Transilvania, para que dictaminase el nombre del campeón. Llegado a Eisenach, a los pies del Wartburg, y asediado por nobles y plebeyos que le rogaban diera alguna nueva, Klingsor comunicó que esa misma noche el rey Andrés de Hungría había tenido una hija, Isabel, que se casaría con el hijo del Landgrave y que llegaría a ser santa. Confirmado el nacimiento, el Landgrave pidió la mano de Isabel para su hijo Luis y, con tan sólo cuatro años, la princesa se trasladó al Wartburg y fue inmediatamente prometida a Luis, que a la sazón contaba once. Los futuros esposos ya no se separaron nunca, viviendo primero como hermanos y llegando más tarde a amarse intensa y fielmente como si realmente se hubieran escogido ambos por voluntad propia. Para resumir en pocas líneas lo que fue la vida de la santa, diremos que no tenía ningún apego a las riquezas de este mundo y que, por el contrario, se sintió siempre atraída hacia una vida espiritual y a intentar aliviar aquí en la tierra los sufrimientos de cuantos la rodeaban, llegando a recibir el sobrenombre de “Patrona de los pobres”, lo que le creó no pocos enemigos en la corte donde abundaban las intrigas, fruto de la envidia y la codicia. Múltiples son las leyendas que sobre su vida se han contado. Quizás la más popular es la de un día en que bajando del castillo a las cabañas de los pobres que vivían en el valle, y llevando ocultos en su vestido alimentos para ellos, se encontró de pronto con su esposo que regresaba de una cacería. Este se quedó asombrado de lo encorvada que caminaba por el peso del cargamento y quiso saber qué era lo que llevaba. Ella, asustada por lo que dirían en la corte, intentó resistirse sin éxito. Pero lo que quedó al descubierto fueron unicamente un montón de rosas blancas y encarnadas.

Isabel y Luis tuvieron cuatro hijos. El primogénito se llamó Hermann en recuerdo del Landgrave que había fallecido cuando ella contaba nueve años. La segunda, Sofia, se casaría con el Duque de Brabante. Las dos pequeñas entraron al servicio de Dios. 
En 1227, el emperador Federico II organizó una cruzada a Tierra Santa en la que se alistó Luis y también Walter von der Vogelweide. El Landgrave Luis falleció el 11 de septiembre en el transcurso del viaje. Isabel contaba entonces veinte años. Sus hijos eran unos niños, la pequeña incluso no había nacido todavía. Las intrigas de la corte no se hicieron esperar. Isabel y sus hijos fueron expulsados del Wartburg, echándole en cara que lo había arruinado todo malgastando las rentas. Se la despojó de todos sus bienes y se vio obligada a separarse hasta de sus hijos que fueron recogidos por amigos para que no les faltase lo suficiente para subsistir.

Aunque más tarde quedaron asegurados los derechos de sus hijos, ella vivió ya siempre, por voluntad propia, en la más absoluta pobreza, dedicada integramente a la oración y a las obras de beneficencia. Rehusó asimismo casarse con el emperador Federico V, alegando que prefería quedarse viuda el resto de su vida y servir tan sólo a Dios y entró a formar parte de la Orden Franciscana. 
Isabel falleció el 19 de noviembre de 1231 a los 24 años de edad. Fue canonizada por el Papa Gregorio IX en 1235. 
En las versiones de la historia de “Tannhäuser” que Wagner utilizó para la composición de su ópera, Elisabeth no figuraba como redentora. Por el contrario, el caballero volvía al Venusberg, condenado para toda la eternidad. Es pues de suponer que fuera la vida de Santa Isabel de Hungría la que le inspirase el trascendental papel que este personaje ejerce en la salvación del pecador. En cuanto al personaje de Tannhäuser, Wagner se inspiró en un trovador del mismo nombre famoso por la sensualidad de sus canciones, algo poco frecuente en el momento y en Heinrich von Ofterdingen, célebre poeta a quien se atribuye la composición del poema de los Nibelungos.

En el drama wagneriano, Tannhäuser, insatisfecho de su estancia en el Venusberg, desea volver a la tierra. Una vez en ella encuentra a sus antiguos compañeros pero no se siente a gusto entre ellos. Es una sola palabra, “Elisabeth”, cuyo significado auténtico es el retorno a la gracia, la que resucita sus sentimientos. En palabras del compositor “Pasado y futuro se confunden para él con la rapidez de un relámpago, como en un torrente de fuego que se convierte, al escuchar la noticia de que Elisabeth le ama, en la brillante estrella de una vida nueva”. Tiene ahora necesidad de acudir a su lado. “No ve más que un objeto, una mujer adorable y dulce, una tierna virgen que le ama; en este amor tan sólo experimenta una cosa, (el sentimiento) de haber encontrado una llama de vida ardiente y que lo devora todo.” Y cuando vuelven a encontrarse de nuevo en la sala del Wartburg y Elisabeth le confiesa que fueron sus canciones las que llenaron de una nueva vida su corazón, Tannhäuser le contesta que es el Dios del Amor el que les ha unido: 
“El tocó las cuerdas de mi corazón; él te hablaba por mis melodías; él me trae de nuevo junto a ti.” Por ella compite en el torneo poético en el que los participantes deben tratar de profundizar en la naturaleza del amor, su corazón lucha por el amor de Elisabeth y, a pesar de ello, al final lanza su exaltado canto a Venus. En el Venusberg, donde todo era placer, echaba de menos el dolor humano. Ahora, de nuevo en el Wartburg, encuentra que Elisabeth sufre por él, que incluso llega a ofrecerse a si misma por él. Este dolor le cala tan hondo que a partir de este momento él mismo ya no dejará de sufrir. Rechazando el mundo que unos instantes antes defendía, se lanza con profundo fervor al más duro de los peregrinajes. Su arrepentimiento es total y sincero. La compasión que Elisabeth siente por él, logra lo que no habían conseguido los cantos de los Minnesänger. Por corresponder dignamente a su amor está ahora dispuesto a humillarse ante todo el mundo y confesar su culpa. Wagner señala explícitamente que no hace penitencia por sus pecados, por buscar la verdad o la bondad, sino por borrar las lágrimas ocasionadas a la joven. “Sea reconciliado el ángel de mi angustia, el ángel criminalmente ultrajado, que se ofrece en sacrificio por mi redención”. Pero esto no le sirve de nada. Fracasado, no se atreve a volver a presentarse ante su ángel guardián. Ha de ser éste quien consiga la redención final de Tannhäuser “Lo que no podía todo el mundo moral, lo podía ella cuando desafiando a todos, envolvió a su amante en su oración, y con su santo conocimiento del poder de su muerte, libertó al culpable al morir ella”. ¡ Qué típico del carácter de Santa Isabel de Hungría el padecer y sufrir por los demás! Tan sólo un milagro directo del cielo podía salvarle y el vehemente deseo de ella lo consigue.

Por su parte ¿cómo es Elisabeth, cómo es el amor que profesa a Tannhäuser? El papel de la protagonista de esta obra no es fácil. Como indica Wagner “debe mostrar ante todo una ingenuidad joven y virginal, sin traducir el fino, femenino, por decirlo de algún modo, experimentado sentimiento que hará que cumpla su misión llegado el momento”. Y también nos aclara: “Ella ha podido lo que no podía todo el mundo moral, orando por él, le ama a pesar del mundo y es así, en la santa conciencia de la virtud de su muerte, ella rescata muriendo al pecador. Y Tannhäuser moribundo le agradece esta prueba sublime de amor. Pero no hay nadie cerca de su cuerpo que no pueda envidiar su destino; y el mundo entero, el mismo Dios debe proclamarle bienaventurado”. 
La Elisabeth de Wagner ama a Tannhäuser. Le amó a través de sus canciones desde el primer momento que le escuchó. “Pero ¡qué vida tan extrañamente nueva hizo brotar vuestro canto en mi seno! ¡ Sentíalo, a veces, atravesarme como un dolor, o bien penetrarme con repentina voluptuosidad; sentía lo que jamás sentí! ¡Deseaba lo que nunca había deseado todavía!” Al partir él, quedó completamente sola. El mundo se había acabado para ella. “Y cuando os hubisteis alejado... paz, gozo, todo me abandonó; las melodías que entonaban los cantores parecíanme tristes; sus pensamientos, siniestros; turbaban mi sueño sordos dolores; siempre en vela, mi vida era lúgubre delirio; la alegría había desertado de mi corazón. ¿Qué prodigio habiais obrado en mi, Heinrich?” Llenos de nostalgia transcurrían sus días pensando tan sólo en aquél a quien había perdido. Nada le interesaba. Las canciones de los Minnesänger nada representaban para ella. La música que hasta entonces tan dulces alegrías le había proporcionado, no le dice nada ahora. Así se lo cuenta Wolfram a Tannhäuser cuando vuelven a encontrarse por vez primera: “Ora tus cantos victoriosos triunfaban de los nuestros, ora nuestro arte vencía al tuyo. Había, sin embargo, un premio que sólo tu ganaste. ¿Debiase a un hechizo o a un poder inocente, el que tu canto, lleno de voluptuosidad y sufrimiento, hubiese subyugado a la más virtuosa doncella? Desde que nos abandonaste orgulloso, su corazón se cerró a nuestras quejas, sus mejillas palidecieron y triste, marchita, se alejó para siempre de nuestras reuniones.”

Pero al regreso de Tannhäuser, vuelve a sentir deseos de vivir. Desea que gane el concurso y desea vehementemente ofrecerle su mano en recompensa. Escucha con la mayor atención y con el corazón latiéndole fuertemente la defensa que de su idea del amor hace Tannhäuser, e incluso se muestra dispuesta a comprenderla, llega a hacer un ademán de aprobación, aunque ella no puede imaginar nada igual. Por extraño que pueda parecernos así es, pues las palabras del poeta se alejan de la idea del amor espiritual imperante en la época para sumirse en otro mucho más carnal: 
“iAdorad esas maravillas, ya que no os es dado comprenderlas! Pero lo que se doblega a vuestro tacto, lo que vuestro corazón y vuestros sentidos pueden alcanzar, lo que, producido de la misma materia que vosotros, une con las vuestras sus dúctiles formas, atreveos a gozarlo, movidos por sabroso aguijón”. Es la indignación de la totalidad de los asistentes lo que le saca de su ensimismamiento, del estado aturdido en que se encuentra dando vueltas a tan encontrados pensamientos, justo a tiempo para salvar al amado de una muerte doble: física y espiritual. Las terribles palabras pronunciadas por Tannhäuser refiriéndose a Venus siguen resonando en sus oídos: “¡Diosa del amor! A ti celebra mi canto. Glorificada seas por mi voz. Tu gracia divina es fuente de toda beldad y las más encantadoras maravillas obra tuya son. Quien te estrechó en sus brazos en ardoroso lazo sabe que es amor”. Acepta que humanamente ya está muerto pues ha cometido un crimen horrible, pero queda su alma y queda aterrada al comprobar que en este instante nadie se está preocupando del alma del caballero. Todos los allí presentes han juzgado y condenado ya a Tannhäuser y están dispuestos a ajusticiarlo en ese mismo momento. Ni por asomo se les ha ocurrido que pueda arrepentirse y redimir de esta forma su pecado. Con un grito, Elisabeth se interpone entre Tannhäuser y el acero de los caballeros, protegiéndole con su propio cuerpo: 
“iAtrás o dadme una muerte que desprecio! ¿Que vale la herida de vuestro acero contra el golpe mortal que me ha inferido él?” A ella es a quien Tannhäuser ha infligido la más cruel de las heridas. El héroe a quien ella tenía en un pedestal ha caído lo más bajo que imaginar se pueda. Si alguien debe sentirse ofendido, humillado, avergonzado, ese alguien es Elisabeth. Sin embargo, pese a sentirse ella misma traspasada por la espada del dolor, se sobrepone y deja patente ante toda la asistencia que unicamente Dios es juez y señor de todos los humanos, que unicamente Él tiene el derecho y el poder de perdonar. “No se trata de mi sino de él, de su salvación. ¿Quereis privarle de su salvación eterna?” Al fin y al cabo el Hijo de Dios murió por todos los hombres y si Tannhäuser se muestra arrepentido, la decisión final de perdonar o no queda exclusivamente en manos del Señor. De hecho, Elisabeth está realizando aquí el papel del Angel de la Guarda que lucha por la salvación del alma que custodia. Se considera la humilde servidora de la voluntad de Dios. Un milagro ha devuelto a Tannhäuser al círculo de los Minnesänger y su deber ahora es conseguir que el alma del amado no se pierda. Este sería un rasgo muy característico de la histórica Santa Isabel. Así lo reflejan las palabras con las que casi termina su intervención en este Acto II: “¡Permítele llegar a ti, Dios de gracia y misericordia! ¡Otorga la remisión de sus pecados!” Y a continuación ofrece su vida en sacrificio para obtener la conversión de Tannhäuser. Del mismo modo que Cristo ofreció su vida en la Cruz por la salvación de toda la humanidad, la Elisabeth de Richard Wagner ofrece la suya por la salvación del amado. Aquí se alcanza el punto culminante de la redención por amor: en la entrega de la propia vida por la salvación del ser amado en el más elevado de los sentidos.

Y el mismo ruego se reitera en el Acto III, esta vez ante una imagen de la Virgen, cuando al no encontrar a Tannhäuser entre los peregrinos perdonados que regresan de Roma, Elisabeth tan sólo acierta a rezar y a resignarse. Jamás vemos en la figura de Elisabeth (ni en la de la santa ni en la de Wagner) un rasgo de orgullo, de celos, de desesperación. Todo es en ella suavidad y humildad. Se confiesa culpable de haber apartado su corazón de los pensamientos divinos para sentirse atraída por mundanas y vanas ilusiones. Algo parecido es lo que hemos leído en la vida de Santa Isabel de Hungría, constantemente preocupada por servir tan sólo a Dios, por dedicarle todas las fuerzas de su vida e intentando, en la medida de lo posible, desvincularse de todo lazo mundano. La Elisabeth wagneriana ruega así: “Virgen omnipotente, escucha mis súplicas. ¡A ti imploro, Virgen bendita! Permíteme comparecer a tu presencia convertida en polvo. ¡Llévame, oh llévame de este mundo! ¡Haz que entre en tu santo reino con la pureza de un ángel! ¡Si alguna vez, esclava de insensato sueño, se apartó de ti mi corazón; si un criminal deseo, si un pensamiento mundano germinó en mi, he combatido con mil sufrimientos para ahogarlo en mi corazón. Y si no logré expiar mi falta entera, protéjame tu gracia a fin de que, con humildes salutaciones pueda yo, Virgen pura, acercarme a ti a implorar el más vivo don de tu gracia para él sólo, para borrar su falta.” Acabada la oración, siente la seguridad de que sus ruegos han sido escuchados y se dispone a cumplir su sacrificio. Esta escena, en la que sin necesidad de palabra alguna hace comprender a Wolfram la grandeza de su acción, al mismo tiempo que le agradece la lealtad que éste siempre le ha profesado, constituye uno de los momentos culminantes de esta obra y, también, bien pensado, de toda la producción wagneriana. Sola, como solo estuvo Cristo, inicia su ascensión al Wartburg donde se consumará el sacrificio de la expiación. 
El sacrificio de Elisabeth es necesario. Tannhäuser no es perdonado por el Papa que considera demasiado terrible su pecado. Unicamente Dios puede perdonarle. Elisabeth, el ángel que consiguió que Tannhäuser reconociera su culpa, consigue también que Dios acepte el sacrificio de su vida a cambio de la salvación del pecador. Es de nuevo este nombre, “Elisabeth”, pronunciado por Wolfram, el que consigue volver a salvar a Tannhäuser de los brazos de Venus. En este instante Dios accede a la súplica de Elisaheth y toma su vida a cambio de la salvación de Tannhäuser. Wolfram prosigue: “Tu ángel de la guarda ruega por ti ante el trono de Dios. Se ha oído la oración. Enrique, estás redimido”, La gracia ha triunfado sobre la muerte y la condenación eterna. Ante su cadáver se postra el pecador. Por fin ha comprendido la verdadera naturaleza del amor. Pero ahora ya sólo le quedan fuerzas para exclamar: “¡Santa Elisabeth, ruega por mi!” antes de exhalar su último suspiro. El báculo florece. Es la señal divina. El milagro se ha hecho realidad. Elisabeth, que se ha ofrecido en sacrificio a si misma, ha conseguido la redención de Tannhäuser. 
  
  
 

Bibliografía

- Historia de Santa Isabel de Hungría, duquesa de Turingia. El conde de Montalembert. 2 tomos. Barcelona, 1891. 
- Tannhäuser. Richard Wagner. Ediciones Huguin. Barcelona, 1983. 
- Die Frauengestalten Wagners als Typen des “Ewig Weiblichen”. Frieda Schwabe. Munich, 1902. 
- Le donne dei poemi di Wagner. Jolanda. Milano, 1908. 
- Tannhäuser y Los Maestros Cantores. Alice Leighton Cleather y Basil Crump. Barcelona, 1927. 
- Der deutsche Prophet. 3.Bd. Tannhäuser und der Sängerkneg auf Wartburg. Anton Orel. Kiostemeuburg bel Wien, 1936. 
- Mes oeuvres. Richard Wagner. Paris, 1941. 
- Dramas musicales de Wagner. Tomo II. Barcelona, 1885.


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