Los Diarios de Cósima Wagner 

Por Zdenko von Kraft, Bayreuth

 

Cósima Wagner

I

A la ya inmensa literatura wagneriana ha venido a sumarse desde el verano del pasado año jubilar de 1976 una nueva obra,  que ocupa en la documentación wagneriana un lugar privilegiado: el primer volumen de los diarios de Cósima Wagner (al que seguirá en breve el segundo y último). Estas notas hallan su origen en el deseo expresado por el propio Maestro de que fueran un día a los ojos de su hijo Siegfried el testimonio vivo de quien había sido su padre y de como había vivido. Hasta el año 1864 había consignado directamente Richard Wagner los hechos referentes a su persona en la gran autobiografía “Mi Vida”. Este periodo se cierra al ser llamado por el rey Luis II a la corte de Baviera, circunstancia que proporciona al artista la ansiada estabilidad definitiva. Los acontecimientos de los años subsiguientes son consignados mediante sucintas anotaciones en el “Libro Marrón” o, lo que es lo mismo, los “Anales”. Pero a partir del día en que se instala con Cósima en Tribschen (Noviembre de 1868), traspasa a su mujer la tarea de llevar un diario de su vida, diario que sólo habría de cerrarse con su muerte. Los dos tomos que ahora se ofrecen al público demuestran hasta que punto fue minuciosa y fielmente cumplido su deseo.

El camino recorrido por estos textos desde la pluma de Cósima hasta las manos del lector es, no sólo largo y fatigoso, sino también lleno de peripecias. Eva, la hija de Richard Wagner casada desde 1908 con el filósofo de la cultura Houston Stewart Chamberlain, se apoderó, ya desde las primeras divergencias por cuestiones de herencia con su hermana mayor Isolde, de los originales - ¡que sólo pertenecían a Siegfried Wagner!- obrantes en el archivo de Wahnfried y los mantuvo en su poder hasta que en 1935 hizo donación de los mismos a la ciudad de Bayreuth, con destino a los fondos culturales dedicados a la figura del Maestro. Cuando se publicó en el año 1936 la correspondencia entre Luis II y Richard Wagner, editada en cuatro volúmenes por el archivero de Wahnfried, Dr. Otto Strobel, éste dio  a conocer a través de sus comentarios siempre intachablemente científicos y veraces algunas de las disposiciones testamentarias, indudablemente dictadas por el rencor de Eva Chamberlain. El objetivo principal de éstas era evitar que el Dr. Strobel pudiera examinar los diarios y utilizarlos para sus investigaciones. A tal fin dispuso que los 21 cuadernos fuesen guardados en una camara acorazada en el Bayerische Staatsbank de Munich, de la cual únicamente podrían ser retirados a los 30 años de su muerte. Al cumplirse tal fecha, exactamente el 26 de mayo de 1972, los ejecutores testamentarios alegaron una serie de impedimentos jurídicos y con ello consiguieron una prórroga de dos años mas. Así, sólo el 12 de Marzo de 1974 pudo ser extraído el paquete de su alojamiento, llevado a Bayreuth y abierto por el primer alcalde de la ciudad el día 3 de Julio.

La impaciencia de los círculos interesados y del público en general no hizo sino aumentar con estas últimas dilaciones. Sólo en dos ocasiones aquellos textos habían podido ser conocidos y utilizados por los especialistas. El primero de ellos había sido Carl Friedrich Glasenapp, quien en 1907 había llevado consigo los inapreciables originales hasta la lejana Riga y pudo consultarlos mientras preparaba el sexto tomo de su famosa biografía de Wagner, devolviéndolos sólo a los dos años y medio. La segunda ocasión tuvo como protagonista al historiador Richard Du Moulin-Eckart, quien obtuvo en casa de los Chamberlain numerosos apuntes del Diario para su biografía de Cosima Wagner en dos tomos. La insignificancia, sin embargo, del material publicado ha quedado ahora de manifiesto a la vista de las 1.100 páginas del primer volumen aparecido de los diarios de Cósima. Con todo, no puede decirse que en su contenido haya nada esencialmente nuevo para el biógrafo o el musicólogo. Incluso para el lector indiferente puede parecer que “no dice nada nuevo” a lo largo de sus mil y un detalles de aparente intrascendencia, pero lo cierto es que -tomados en su conjunto- constituyen auténtico material de primera mano para una nueva y más amplia biografía. Ahora bien; es precisa una condición previa para poder comprender y gozar del contenido de los apuntes de Cósima: el lector debe tener cierta familiaridad con la figura y la personalidad de Richard Wagner. Sólo en tal caso los Diarios alcanzan su específico y profundo objetivo: el de constituir  testimonio y substracto fáctico y circunstancial de los últimos años de la vida de Wagner. Es éste un valor que nunca podrá subrayarse lo bastante. El género biográfico debe proponerse por encima de todo la “biografía” del personaje, es decir, su trayectoria vital; y eso no puede sustituirse por una simple espiritualización de aquel. La a menudo mal interpretada expresión de Goethe “Y también como carraspea...” ha sido empleada casi siempre en sentido equivocado. El tomarla como justificación para poner de relieve los “carraspeos” o “escupitajos” de tal o cual modelo ilustre resulta risible cuando, como suele ocurrir, oculta en el fondo un deseo inconfesado de equipararse al personaje retratado. No obstante, debe quedar claro que para reflejar en su auténtica dimensión la vida de dicho modelo -sea el que sea- esos “carraspeos“ y “escupitajos” forman parte esencial de su imagen, de su identidad personal; sólo debe tenerse cuidado en atribuirles el justo lugar en el mosaico multiforme de su personalidad.

Estas particularidades adoptan en los diarios de Cósima la forma de miles de pequeñas anotaciones u observaciones secundarias que el iniciado deberá completar con sus propios conocimientos para hacerlas comprensibles. Es como cuando se leen cartas antiguas: el que no conozca a remitente y destinatario permanecerá indiferente. Sin embargo, quien haya tenido cierta familiaridad con ambos sacará todo su jugo a cada una de las frases, cuyo profundo significado no dejará de conmoverle. Así, esta obra se ha convertido en un documento irrefutable de una profunda experiencia humana, y así lo reconoció el crítico del “Frankfurter Allgemeine Zeitung” al afirmar: “En toda mi experiencia literaria nunca habré recomendado con mayor fervor y convencimiento una obra biográfica como lo hago en este caso“. 
  
 

II

Cósima WagnerEn una extensa carta al rey Luis, fecha 11 de Octubre de 1879, se refiere Wagner a la actividad doméstica de Cósima y, al hablar de su hijo, añade: “Además lleva mi mujer para él un insólito y minucioso diario en el que, día por día, se hace referencia a mis opiniones, a mis trabajos y a las frases que pronuncio en ocasiones especiales”. En lo que respecta a la minuciosidad de las anotaciones, Cósima fue mucho más lejos de lo inicialmente previsto por el propio Wagner; ya que, en efecto, no sólo dejó constancia de hechos y opiniones de éste, sino que extiende sus observaciones a los niños y la vida diaria de toda la familia durante los catorce años que comprenden los diarios, y ello hasta en sus menores detalles. Su ilimitada devoción por Wagner, sin embargo, hace que éste constituya siempre el centro de atención del cuadro. En las grandes biografías puede obtenerse también, como es lógico, un gran número de datos sobre las características particulares e íntimas del personaje, pero lo que aquí se nos ofrece en forma de observaciones diarias acaba por formar una nueva imagen, y ciertamente resulta poco favorable. No pasa semana sin que se produzcan observaciones como éstas: “R (ichard) está rendido, apenas si puede mantenerse erguido” - “R. se siente mal y está muy deprimido por ello”. - “R. no podía dormir y se ha levantado varias veces durante la noche”. - “R. tiene un mal día”. - “R. pasó muy mala noche y se encontraba tan mal que tuvo que solicitar del Duque (de Anhalt-Dessau) un aplazamiento de su audiencia”. Por último recoge las dolientes palabras de Wagner pronunciadas el 24 de Octubre de 1877:” ¡Si por lo menos no sufriera del corazón!”. No puede pasarse por alto la circunstancia, no tenida en cuenta ni siquiera por los más escrupulosos biógrafos, de que estos continuos achaques presuponen -con independencia de dolencias ciertamente graves como la erisipela que le afectó en Zurich, la fiebre tifoidea de París o la cada vez más grave afección cardíaca de sus últimos años- una dolencia de particular gravedad. Su sistema nervioso especialmente sensible y una influencia intensísima sobre el mismo de las condiciones atmosféricas, todo ello congénito, minaban su salud; pero sólo en la intimidad de una vida en común podían manifestarse las repercusiones de una tal dolencia, tanto en el orden físico como en el psíquico. Entre estos síntomas figura la incesante sucesión de sueños que en mayor o menor medida le afligen. Muchos de ellos son inofensivos, otros son meros residuos de los acontecimientos del día anterior; pero la mayoría tienen un componente de excitación que deja su impronta en el espíritu de Wagner. El tema obsesivo de la pérdida del amor de Cósima y el abandono por parte de ésta ocupa el primer lugar. Pero también aparece con frecuencia en sus sueños Minna, su primera esposa, y así lo revela la anotación de 1 de Marzo de 1874: “R. me cuenta dos sueños que ha tenido en la noche pasada. En uno de ellos Minna se separaba de él, y a la aterrorizada pregunta de “Pero, Dios mío ¿te he dado dinero?” contestaba afablemente “¿Ahora piensas en eso?”, tras de lo cual se despedía cordialmente. Entonces se decía él: “Ahora podré decirle mejor por escrito que no podemos seguir viviendo juntos”. El segundo ocurría en París, en el foyer de la Grand Opera, donde R. debía dirigir una de sus obras; fue recibido burlonamente por los músicos con expresiones como “¿Se figura usted acaso que es muy apuesto y que va a gustar aquí?” o ”¿De verdad quiere hacer representar aquí una obra suya?”. R trata entonces de tranquilizarles diciendo que él nunca ha atormentado a una orquesta, pero no se le hace caso. Al acudir a un ensayo, pierde el sombrero y, al ponerse a buscarlo, los miembros de la orquesta le ofrecen toda clase de sombreros de niños; tras de lo cual se despierta”. También le asaltan sueños de contenido menos angustioso, como cuando imagina tener una gran amistad con el Rey de Prusia, quien le abruma con honores y le habla “con los ojos preñados de lágrimas conmovidas”;  o cuando (el 20 de Enero de 1877) “pasa una noche soportable, con el sueño agradable de que vuelve a tener consigo a su viejo loro, el cual se dirige a él llamándole: “Richard, Richard” y canturreando melodías de sus propias composicones”.

Cósima en el FestspielhausSería tarea de psicólogos el desentrañar el significado de los sueños de Wagner. No obstante, parece dudoso que pudieran ser interpretados en una sola línea coherente hasta tal punto son diversos los recuerdos, las impresiones y los ambientes. Una cosa, con todo, es segura: más que revelar una férrea voluntad y un carácter semejante al de su imagen exterior, estos sueños nos muestran a un Wagner melancólico, débil y con tendencia a compadecerse de sí mismo. Las lágrimas son para él un modo frecuente de exteriorizar sus sentimientos. Es una característica que le acerca, desde luego, más a su tiempo que al nuestro, llora de emoción, de compasión, cuando se conmueve o en las grandes alegrías, y lo hace sin tratar de ocultarlo. Cósima menciona el hecho con ocasión de las más diversas circunstancias. También lo sublime le humedece los ojos. Cuando, con motivo de una excursión en barco por el lago de los Cuatro Cantones, su perro Russ, al que apreciaba profundamente, cae por la borda, Wagner quiere lanzarse tras él. Cuando encuentra al regresar al empapado animal, que ha ganado a nado la orilla, lo estrecha contra su pecho sollozando.

Que la propia Cósima es fácil presa de llantos irrefrenables es un hecho que revela ella misma a través de sus notas. Puede incluso afirmarse que las lágrimas, los sollozos y las lamentaciones constituyen en ella un lenguaje natural. Wagner tuvo que pedirle en más de una ocasión que contuviera el exceso de su sentimiento, aunque sólo fuera en consideración a él. A veces Cósima podía sobreponerse durante el día, pero por las noches dejaba correr sus lágrimas libremente, abandonándose a la intensidad de sentimientos tales como una profunda melancolía, el anhelo de la muerte y, muy a menudo, a una profunda sensación de agradecimiento por la felicidad alcanzada, mezclado todo ello a veces con sentimientos de tipo religioso en los que predominan el deseo de expiación y el de servir a los demás.

 

III

¿Y Wagner?. Durante muchos años de su vida sólo había habido autodefensa, lucha y soledad humana. Por vez primera se ve ahora en posesión legítima de unos bienes que ha ambicionado durante toda su vida: una esposa y un hogar. Es como comenzar de nuevo en un otoño que ya declina. Pese a los obstáculos que aún debe vencer, su existencia es ahora más cómoda y tranquila. Tres retoños de su propia sangre contribuyen con las hijas de Cósima, Daniela y Blandine, a animar la casa. Con el nacimiento de su único hijo varón se cumple el sueño de su vida. En él ve la feliz conexión con el futuro. Tema principal en sus conversaciones en el referido a los talentos del niño, su educación y su destino en un futuro lejano. Las vivencias de Wagner se amplían, sus jornadas están rezumantes de sentido.

Su agradecimiento hacia la esposa amada llega casi a la veneración, haciéndole feliz y propiciando asimismo la felicidad de Cósima. En más de una ocasión la llama “custodia de su fuerza creadora” o “restauradora de su felicidad”, llegando a reputarla único contenido de su vida.

También en las notas de Cósima se encuentran a menudo florilegios de este tipo: “Tú eres Elisabeth, Elsa, Isolda, Brunilda, Eva, reunidas en una sola persona, y yo me he casado contigo. Nada de amores trágicos para mí: el mundo exterior no me importa. Quiero conservarte a mi lado y vivir mucho tiempo”. O bien: “Sólo sé que desde que el mundo existe, ningún hombre a mi edad ha amado tanto a una mujer como yo te amo a tí”. O aún: “Tú eres el único ser que compensa el tener que soportar la vida”.

Siegfried y Winifred, paseando por BayreuthNo es necesario citar otras expresiones amorosas de ese juvenil talante. Pero no nacen sólo del simple amor conyugal. Indudablemente hay en ellas de un modo quizá inconsciente algo del temor del hombre que empieza a envejecer y que se siente angustiado ante la posibilidad de perder a su esposa, veinticuatro años más jóven que él, lo que significaría el aislamiento definitivo. No es que tema la defección o el abandono de su mujer, sino que, preocupado por su propia salud, observa también en Cósima momentos de debilidad física, muestras de fatiga. Lugar preponderante entre las causas de estos achaques lo ocupan los remordimientos casi enfermizos de una conciencia turbada en lo más profundo por el hecho del abandono de su esposo Hans von Bülow. Este recuerdo arroja sobre su alma negros presagios, que no la abandonan ni en los momentos de mayor alegría - La “expiación” se convierte para ella en una obsesión y en muchas ocasiones - ¡incluso tras el nacimiento de Siegfried! - habla de sacrificarlo todo y morir. Está convencida de que las dos hijas de su matrimonio con Bülow acabarán pagando las consecuencias de su acción y hace lo posible para asociarlas a su afán expiatorio; especialmente a su hija mayor Daniela le insta para que en atención a ella “ame por encima de todo a su padre y a él se consagre”. No obstante, cuando quiere rezar por Bülow junto al pequeño Siegfried, la expresión aterrorizada del chiquillo le hace desistir.

Por otra parte, su matrimonio con Bülow nunca fue feliz. Con palabras inequívocas lo declara así a sus dos hijas al principio del tercer diario: “Fue un grave error nuestra unión; lo que yo sentía hacia él hace 19 años, y ahora lo veo con claridad, fue una gran simpatía por su destino, alegría ante su talento y bondad, estima por su carácter, por su integridad y buena disposición en todas las ocasiones. Ya en el primer año de nuestro matrimonio sentía tal confusión ante mis propios sentimientos que quise morirme; de esta angustia nacieron multitud de equivocaciones por mi parte, pero cada vez trataba de sobreponerme, hasta el punto de que vuestro padre nunca llegó a sospechar lo que pasaba por mí, pues en todo momento procuré estar a su lado, en el dolor y en la alegría, ayudándole con todas mis fuerzas.  Jamás me hubiera separado de su lado de no haber el destino llevado hasta mí al hombre por quien ví claramente que debía vivir y morir en adelante”.

Cósima en sus últimos añosSi la última observación no es un recurso retórico -y ciertamente no lo es esa misión que Cósima adivinó en su interior al encontrarse con Wagner-  fue cumplida por ella hasta sus últimas consecuencias. Y no fue ella quien se la impuso, sino que le fue impuesta sin su intervención. Pero también Wagner se vió empujado por el destino en mayor medida de lo que debió a sus desesperados esfuerzos por sojuzgarlo. Y el que ese destino fuese en definitiva favorable y feliz hay que agradecérselo en primer lugar a Cósima, que -cual nueva Kundry obsesionada por “servir” - supo proporcionarle el manto protector de una vida familiar feliz y casi burguesa. Una tal capacidad de adaptación, aún nacida de la admiración y sumisión más absolutas, debía forzosamente por acabar suavizando al hombre más colérico, y aquel plegarse amorosamente a sus deseos supo respetar en él el sentimiento enriquecedor del entendimiento más completo. Resulta, por lo demás, perfectamente comprensible que para un eterno luchador como Wagner aquel sereno clima hogareño le condicionara para aceptar como un regalo el amor cada día renovado de Cósima. No en vano la llama, como elogio especialísimo por su amorosa previsión para la fiesta de Navidad de 1874, “Tat twam asi”: “Esa eres tú; tú lo eres todo; todo es invocado a través de ti”. 
  
 

IV

Todo en un todo: los problemas de todo tipo y los accesos irreprimibles de histeria que refleja Cósima en sus apuntes -y que a veces llegan incluso a hacer temer que éstos se conviertan en una autobiografía- acaban encajando perfectamente en la meritoria tarea emprendida: la de reflejar la personalidad de él -y por tanto de su “Maestro”, no sólo como esposo a lo largo de catorce años sino también como compañero, padre de familia y ciudadano. A diferencia de la multitud de obras que nos lo presentan únicamente como músico en el podio o como compositor genial, entreabren estos apuntes -quizá sin quererlo- un resquicio para observar su dimensión doméstica, para verle en su realidad humana de todos los días, formando un todo armónico con su mujer y sus hijos. ¡Sí, con sus hijos ante todo!. Casi podría afirmarse que sólo ahora es posible verle en esta perspectiva. No sólo conocemos los apodos de “Fidi” o “Fudel” con que cariñosamente distinguía a Siegfried, sino que nos enteramos de que a su hija mayor Isolde la llamaba “Loldchen” o también “Loldie”. Del mismo modo Daniela, primera de las hijas de Hans von Bülow, se la llama “Lulu”, “Lush” o también “el Moro”, en tanto a su hermana menor Blandine se la denomina “Boni” o “Ponsch”. Sólo Eva es designada siempre con su verdadero nombre. ¿Jerga familiar? Desde luego; pero también de estas cosas se compone una familia.

Abril de 1930: el último viaje de Cósima WagnerA través de los diarios de Cósima seguimos a la familia a través de cuatro domicilios distintos: la casa de Tribschen junto a Lucerna, los cinco meses transcurridos en el Hotel “Fantaisie” de Donndorf, la casa de la Dammallee de Bayreuth y, por fín, Wahnfried. El orden doméstico permanece en esencia el mismo y la vida familiar experimenta pocos cambios de un sitio a otro. Cuando Wagner se retira a trabajar, Cósima se consagra a los niños: a su formación,  a su compañía, a su educación. Sólo en los viajes largos en que acompaña a su marido es exclusivamente esposa y compañera. ¿Y las veladas? Es en ellas precisamente donde las relaciones familiares se hacen más íntimas, ya sea en las conversaciones generales, ya en las lecturas. Estas reuniones espirituales de cada noche constituyen la más enriquecedora de las costumbres. Siempre es el propio Wagner quien lee en alta voz, aunque tratándose de autores clásicos debería decirse “recita”, pues su especial expresión dramática va más allá de una mera lectura. ¿Y la selección de textos?. En su autobiografía menciona ya el propio Wagner algunas de las obras literarias de su preferencia. Cósima amplía el panórama con algunas de su particular predilección. En los nueve años reflejados en el primer volumen de los diarios, se hace continua mención de los dramas y obras en prosa de los clásicos alemanes, las tragedias clásicas, de grandes autores ingleses o españoles como Shakespeare, Calderón o Cervantes; biografías sobre Durero, Bach, Mozart o Beethoven, sin olvidar por ello a Tucídides, Dante y los discursos de Demóstenes, Luciano y Maquiavelo; Ranke, Gustav Freitag, la “Iliada” y la “Odisea” de Homero, y junto a ellos el “Mensajero de Wandsbecker” de Mathias Claudius. Se trataba sin duda de un vasto repertorio, de entre el que se escogía lo que mejor convenía a las necesidades del momento. El día, así, finalizaba entre temas espirituales.

El esmero con que Cósima cumplió su misión es admirable. Se necesita mucho amor y firmeza para consagrarse durante catorce años a una tarea así, sin dejarse abatir por circunstancia exterior alguna. Su examen detallado nos proporciona, a través del estudio del léxico, casi una imagen plástica. Una aproximación vulgar a este material podría ser la de decir: ¿Así pues, ése era Wagner?. Sería sin duda ésta una actitud hipócrita, pues los aspectos difíciles del carácter de Wagner, sus achaques, no son precisamente datos inéditos hasta ahora. Por el contrario, de estas sinceras confesiones parece desprenderse un poderoso hálito de victoria. La celebración de las Navidades y de otras ocasiones de regocijo familiar constituyen otros tantos hitos de alegre confianza, que no abandona nunca a los Wagner a pesar de todos sus accesos de melancolía. En este sentido cabe decir que el primer volumen de los diarios culmina precisamente con la descripción de la Nochebuena de ese año difícil que fue 1877: “Magnífica velada, con los niños entusiasmados, recuerdos de Italia, Eva canta “Los olivareros de Sorrento”. Todo es alegría, exaltación, sublimidad. Lágrimas de alegría y de dolor transfigurado... R. me dirige las más subyugadoras palabras”. El 27 de Diciembre escribe: “Cuando por la noche nos separamos y él me dice las graves y santas palabras del amor, me siento morir y me pregunto cómo he podido merecer esta dicha. Quisiera enmudecer, borrarme, no saber nada, no oir nada; sólo servirle, servirle a él... ayudarle en esta casa acogedora; hacerle las cosas más soportables ¡y finalmente huir con él de este mundo!”. Y el último día queda cerrado con estas palabras: 
“Alegre Nochevieja, con soldaditos de plomo, encendido el árbol, “Divina Comedia” y notas del “Parsifal”... ¡ Con qué paz intenor y con qué íntima felicidad terminamos este año tan difícil!. ¡Demos las gracias a Dios!. ¡Oh, cómo le doy yo las gracias!...”.

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ZDENKO VON KRAFT. Nacido en Gitschin (Bohemia), el 7 de marzo de 1886, empezó muy pronto a recorrer Europa central debido a los sucesivos destinos de su padre que era oficial. Estuvo en Przemysl, Lemberg, Klagenfurt, Praga, Viena etc. Los estudios elementales y el bachillerato los estudió en Krems. La época más importante de su vida fue su estancia en Viena durante 10 años en constante contacto con el arte, la ópera y el teatro, durante dos de esos años fue alumno del director del teatro. Se casó en 1913 y tuvo cuatro hijos. En la Primera Guerra Mundial fue soldado. Constantemente cambiando de residencia, se dedicó a escribir desde 1910, es autor de 36 libros y 16 obras de teatro, entre ellos cinco biografías de Wagner y una sobre Siegfried Wagner, la primera que aparece sobre él. Es autor de innumerables artículos y disertaciones sobre el Maestro y colaborador en el programa de los Festivales. Entre 1929 y 1944 estrenó doce piezas teatrales, dramas y comedias frecuentemente representados. Fue durante 14 años encargado del archivo “Richard Wagner” en Bayreuth. En la actualidad se dedica también a ello pero sin compromiso formal.
 

 

 

 


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