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Winifred Wagner. Bayreuth, 15 años

Bayreuth, 15 años 
Winifred Wagner 
Por Zdenko von Kraft, Bayreuth 
 

 

Quien al anochecer desciende la escalinata de la casa Wahnfried para atravesar los jardines delanteros de la calle Richard Wagner, puede ver normalmente en la silueta de la casa contigua a la de Siegfried, una única y elevada ventana iluminada. La delgada cortina deja ver una estancia ligeramente alumbrada, en la que se perfila una clara silueta femenina, inclinada sobre un libro o máquina de escribir: se trata de la dueña y habitante de esta casa, señora Winifred Wagner. Este lugar se encuentra cercano a la pequeña escalinata sobre la cual se instaló —hace exactamente cien años, en abril de 1874— su suegro, Richard Wagner, en su casa, convertida interinamente en monumento nacional.

El célebre hijo del escribano de la policía, Karl Friedrich Wilhelm Wagner, de Leipzig, que nació a principios del siglo XIX, y la mujer, todavía llena de vitalidad en el último tercio del siglo XX. — ¡qué inverosímil combinación! —. Sucede raras veces, pero las circunstancias colocan uno junto a otro a dos personajes tan alejados en su parentesco exterior como en sus vínculos íntimos: el maestro creador, cuya sepultura puede verse desde la terraza de la casa de Siegfried, y la mujer que, como esposa de su hijo Siegfried, estaba destinada a perpetuar la familia para conservar su humana y artística herencia.

Carlos Klindworth, un joven músico, que apenas contaba veinticinco años, se encuentra con Wagner, por primera vez, con ocasión de su actividad de director de orquesta en 1855 en Londres. Rápidamente se gana, en un principio, su casi paternal amistad, a la cual corresponde adictamente hasta la muerte del maestro, y su adhesión continúa firme durante más de treinta años, con inquebrantable lealtad no sólo en su labor sino hacia su familia. Por una circunstancia del destino —de forma legendaria— se convierte inesperadamente en “padrino” del hijo de Wagner, Siegfried, y crea de ese modo la base para la continuidad ideal de la “dinastía de los Wahnfried”.

El vínculo es una muchachita inglesa llamada Winifred Williams. Ya huérfana desde los dos años, es confiada a los 10 años —tras incontables fracasados intentos y odiseas, de Inglaterra a Alemania— al anciano matrimonio Klindworth, para su cuidado y educación. Ella les resulta como un hermoso regalo para sus años, aunque también una inevitable carga para su vida. Como su impetuoso temperamento requiere ciertos sacrificios, la “nieta” genial es confiada con toda “consideración” a una Escuela Superior en la Colonia-Jardín “Eden”, en Oranienbrug. Los “abuelos” lo soportan todo, llenos de buena voluntad, pues se sienten compensados por la rebosante juventud de Winifred, por su floreciente belleza y, a la vez, por su verdadero y entrañable amor de forma nunca esperada, e incluso al final se sienten recompensados de todos sus desvelos por su enlace con Siegfried Wagner. Pero en un principio, no se dan por satisfechos; para ellos el porvenir de la pequeña huérfana está todavía muy indeciso e incierto. Cuando los Klindworth la acogieron con ellos, escribieron una carta a Eva Wagner, en abril de 1 907, en la que decían: “ahora en nuestra avanzada edad hemos asumido una preocupación más: la educación y cuidado de una muchachita encantadora de diez años, que se encuentra en el mundo sola, sin amparo ni recursos; es una inglesita, pariente lejana. Deseamos que nuestra vida se prolongue lo máximo posible, hasta que la pequeña huérfana esté en condiciones de valerse por si misma... “

La suerte es propicia: el matrimonio Klindworth goza de vida y salud. Ya pocos meses después del traslado de Oranienbrug a Gross-Lichterfelde, escribe el viejo señor a Cósima Wagner: “Nuestra nieta está llena de vida, casi demasiada para nosotros los viejos; si Dios quiere todo se realizará segun nuestros deseos”. Después de algunos meses vuelven a escribir: “Nuestra pequeña, la “revoltosa”, disfruta de bullido y animación más que suficiente”. Y de nuevo poco tiempo después: “Nuestra hija adoptiva terminó por Pascua los estudios con satisfactorio elogio; ha ido creciendo con buen aspecto, espíritu animoso, rápida en sus actos y se ha mostrado muy aplicada para obtener el mejor puesto en el aula de la escuela. Nuestra querida pequeña viene por Pascua a nuestra casa, para aprender en Berlín todavía dos años y profundizar sus conocimientos; quisiéramos poder conseguir que pudiese afrontar, bien preparada, la lucha por la vida”.

La preparación para la mente y el espíritu que Karl Klindworth dedicó a la hija adoptiva para los azares de la vida es grande, doblemente grande si se tiene en cuenta la escasa base psicológica que la pequeña inglesita poseía al venir de su pais, Hastings, en Sussex. Su patrimonio es ciertamente grande e irreprocheble: como hija del prestigioso escritor y periodista John Williams y de su joven esposa Emily Florence, una aplaudida actriz de origen danés, ella posee una herencia espiritual que le promete un buen porvenir. Pero el continuo cambio entre parientes, de origen inglés y alemán, a que estaba sometida la huerfanita hasta los diez años de edad, hacía imposible una sistemática perfección. Sólo cuando ingresó en el seno del hogar de los Klindwortli, que se convirtió en su verdadera patria, cambió su vida radicalmente. Y lo que es más prodigioso: de la pequeña inglesita surge una “alemana” de tan claro e intachable dominio de la lengua, que ni el oído más expeto podría asegurar que procedía del otro lado del Canal de la Mancha, ya que su conocimiento del alemán es completo.

¿Y la música? No es preciso hacer mención sobre ello, pues en casa del famoso músico, director, alumno antaño de Liszt, y pianista consumado, se encuentra todo lo necesario para “aclimatar” en este ambiente a la niña adoptiva. Tras los estudios elementales con el propio “abuelo”, tiene ella como profesora una pedagoga del piano y pronto es introducida en las altas esferas del arte. Como puede comprenderse, en la casa del apóstol de Wagner, de ochenta y cuatro años de edad (“el wagneriano de la vigilia”, como Franz Liszt solía llamar en otro tiempo a su alumno), alienta por encima de todo el espíritu de Bayreuth. Y no sólo el de Richard Wagner; como uno de los más viejos amigos de la casa Wahnfried, se encuentra Klindworth allegado al espíritu de su hijo Siegfried —que se convertiría por mucho tiempo en músico creador—, y él transmite este amor y abnegada labor para con su amigo, instintivamente, también a su “nieta”. La quinta ópera de Siegfried, “Sternengebot”, dedicada a su padre adoptivo “Karl Klindworth, el digno discípulo y amigo de Richard Wagner y de Franz Liszt, el abnegado representante del arte musical”, le llega a Winifred por completo al corazón. Pero también estudia, dentro de sus posibilidades al piano, “Bärenhäuter”, “Banadietrich”, y las otras óperas del joven maestro. Para ella, al principio, Siegfried es prácticamente un extraño, pero luego va resultándole familiar por lo mucho que Klindworth hablaba de él, y llega a ser como una visión sobrenaturaL Tiene 17 años cuando llega a conocerle personalmente.

El 22 de julio de 1914, exactamente una semana antes de estallar la primera guerra mundial, se inician los festivales de Bayreuth con una representación de “El Holandés Errante”. La dirección corre a cargo de Siegfried Wagner, que se encuentra ante el atril en esta brillante actuación. En su inquebrantable amistad, Cósima Wagner invita también a Klindworth a los últimos ensayos. Klindworth está alegremente conmovido; de todo corazón habría querido entrar en la casa amiga, arriba en la colina, que fue para él durante largos años como una especie de propio hogar. Solamente encuentra un reparo: su avanzada edad. No obstante, acepta la invitación “¿Cómo podría yo —contesta a Cosima— negarme a esta llamada tan honrosa? ... Sólo tengo que hacer una súplica, que espero ver atendida, y es que me sea concedido el poder llevar a nuestra hija adoptiva, como acompañante y ayuda. Esta pequeña inglesita se ha convertido ya en una esbelta señorita de 17 años, acaso aún demasiado joven y risueña para la serenidad que requiere el elevado arte musical; no obstante, lo que ella presencie allí puede producir un efecto poderoso e inolvidable en su espíritu vivaz y su despierta inteligencia. Si fuera posible concederle a ella un lugar junto a mí en la sala de los festivales, sería un favor que, tanto ella como yo, tomaríamos en profunda consideración”.

No hay ni que decir que Cosima satisfizo el modesto deseo del amigo de tantos años. Tres semanas después de su decimoséptimo aniversario, entra Winifred de la mano de su feliz padre adoptivo, por primera vez, en la Santa casa sobre la colina, sin imaginarse que en los próximos sesenta años había de convertirse en el lugar de trabajo de su vida, en la base espiritual de su existencia.

Grande fue la impresión que causaron en su alma —aún no bastante desarrollada— tantas obras maravillosas. El encanto de todo aquel brillante conjunto, el esplendor de aquel ambiente —para ella nuevo todavía—, la presencia del mismo Siegfried, que destacaba sobre todos como un genio, todo ello le impresiona profundamente. La destacada y autoritaria figura del director de la orquesta se impone de un modo inexplicable al auditorio más sensible en el inenarrable mundo de la música.

Winifred disfruta también al escuchar los acordes del “Anillo” y de “Parsifal” —obras que no conoce aún en todo su contenido— pero, en especial, del “Holandes Errante”. La heroína noruega, representada por Bárbara Kemp con la mayor energía, se concentra en ella como un Imago con el cual se identifica íntegramente... De la Winifred inglesa surge de la noche a la mañana la alemana Senta.

Los padres adoptivos la dejan actuar a su gusto. Acaso comprenden lo que significa para ella el cambio profundo de este símbolo exterior para su desarrollo. El abuelo Klindworth hace gustosos elogios sobre su “pequeña Kobold Senta”. De regreso a su vida familiar en Dahlem, le espera a Winifred con el estallido de la guerra, un incierto y arriesgado porvenir. Es cierto que sus padres adoptivos le han dado su nombre al adoptarla, a fin de prevenir cualquier dificultad que la amenazara; pero esto no la protege, sin embargo del hecho de ser miembro de un estado enemigo, circunstancia que en todo momento puede tener como consecuencia su expulsión según las leyes marciales. En este aspecto, está, en cierto modo, fuera de la ley. Por un afortunado y liberador acontecimiento que le sobreviene, se convierte en ciudadana alemana: su casamiento con Siegfired Wagner.

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No podemos extendernos en pos de un breve, pero encantador desarrollo de una romanza de amor hasta en sus mínimos detalles, que se repite con frecuencia en tantos seres humanos su encanto fatal estriba en la reunión de un matrimonio que cumple una misión sin prever siquiera las consecuencias que puedan afectar al espíritu de una alta tradición.

Siegfried Wagner, un hombre completamente equilibrado, de cuarenta y cinco anos de edad, no es, en esencia, ni un hombre para tener esposa ni para fundar una familia. El es artista, y ello es su principal inclinación. Wahnfried, la madre, sus hermanas, están en su pais; su profesión artística y su extenso círculo de amistades completan de lleno el objeto de su vida. Sólo ante la preocupación del porvenir de sus hermanas y el deseo ferviente de su madre, que cuenta ya casi ochenta años de edad, se decide a emprender un viaje a Berlín —como si fuese “a buscar novia”, según escribe en una tierna y expresiva carta a su hermana Eva —pero consciente de que debe escoger su propio camino, aunque todavía no muy bien definido. Casi por casualidad le llevan sus hermanas a casa de los Klindworth en Dahlem, una visita de respeto que suele hacer en ocasiones. Y allí — ¿presentimiento o casualidad? — se cumple su destino, de modo exquisito, suave y natural. Senta-Winifred recibe la visita del admirado huésped amigo con una satisfacción que nunca había experimentado. Unas cuantas semanas de encuentros diarios, un paseo en barco por el Wannsee, una risueña compañía de amigos que provoca el idilio, convertido repentinamente en creciente amor y una íntima carta de Senta, dentro de la mayor timidez —en julio, día 7—, todo ello decide el floreciente noviazgo, el cual, diez semanas más tarde, el 22 de septiembre de 1915, en la gran sala de Wahnfried, se convierte en matrimonio. La hija adoptiva, educada con desvelos por el feliz anciano matrimonio Klindworth, —ahora de nuevo Winifred— entra como ‘‘señora” de diecisiete años en el refugio de la vida —formado cuatro décadas antes— de su suegro Richard Wagner.

Todavía alienta el espíritu de Cosima sobre el paisaje de su gran pasado; todavía tiende ella su vieja y marchita mano sobre más de un acontecimiento diario... precisamente frente a esta nueva hija la extiende ella, llena de amor, la acoge consciente y dispuesta, como legítima sucesora. “Ninguna elección —escribe ella a su viejo amigo el príncipe Hohenlohe— podría haberme convencido tanto como la que él —Siegfried— hizo. Su novia, una huérfana, es la nieta de Karl Klindworth, el valioso representante de nuestras cosas y amigo de tantos años de nuestra casa... Que la niña de 18 años sea bella y alegre, no me parece ningún perjuicio. En este hecho sólo vemos una bendición del cielo y damos gracias con devoción” También expresa Klindworth su satisfacción por este desenlace insospechado —por el cual había asumido la pesada responsabilidad hacia la hija adoptiva, uniéndola con el hijo de su venerado amigo y admirado maestro— en unas cuantas lineas que escribe, textualmente, a Siegfried, en respuesta a una carta suya: “Apenas encuentro el modo de expresarle cómo me ha emocionado su carta tan cordial. ¡Qué maravillosa disposición celestial en la suerte de esta buena niña! Hace ocho años llegó a nuestra casa como un enigma insondable, demostrando una apasionada admiración por nuestro arte; luego sigue la casual visita de usted a mi casa, que ilumina su ser con el resplandor de lo insospechado; su simpatía de usted se manifiesta con pleno convencimiento con la unión con la pequeña Kobold, colmando el anhelo de su corazón. No hay palabras para poderle expresar nuestra alegría por su amorosa acción...”

Una diferencia de edad —alrededor de sesenta años— separa a las dos señoras: Cosima y Winifred, que tienen que tomar parte inevitablemente en el mando de la casa de Wahnfried; —la una, con pesada indumentaria de seda y cabellos grises, cansada por la edad y alejada de la vida, ya retirada, desde hacía una década, de la regencia artística; la otra, intacta, llena de impacientes esperanzas, una “hoja en blanco” que se ofrece gustosa para escribir el futuro. Ella no puede sospechar que durante casi seis décadas marcará ese futuro, que se divide en tres grandes capítulos: los años de aprendizaje, los de profesorado y los años de una época que, a diferencia de los de su suegra, exige vigilar el patrimonio que se agota y el destino que puede ello originar. Ella tiene fuerza, convencimiento y juicio; ante esta perspectiva se previene para conservar algo de lo conseguido en un pasado grande y fructuoso.

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wagnerLos primeros años de aprendizaje son —a sus 18 años— como toda mujer joven, en primer lugar, casi exclusivamente como esposa y madre. En cuatro sucesivos años, 1917 a 1920, da al esposo cuatro hijos, dos varones y dos hembras. Siegfried se ocupa exclusivamente de sus creaciones (*); consisten en las partituras de “Schmied von Marienburg” y “Rainulf y Adelasia”, así como el poema sinfónico “Glück”, y el divertido “scherzo” “Cuando el mundo estaba lleno de demonios”. Pero no mucho después de la terminación de la guerra, despierta en él, siempre con más ahínco, el deseo de volver a restablecer los festivales, dolorosamente descuidados. Con todo esfuerzo trabaja para el logro de este objetivo; a principios de 1924 debe preparar las condiciones necesarias para la propaganda y puesta en marcha de una gran gira musical a través de los Estados Unidos.

El 13 de enero se embarca en el vapor “America” desde Bremen, viaje que dura más de tres meses, naturahnente acompañado de su esposa, cuya compañía necesita para el éxito esperado. Que esta gran empresa, aunque no del todo segura, haya sido coronada por el éxito no debe atribuirse solamente a la cooperación de la encantadora joven señora —“His wife” (su mujer), como la nombran en cientos de periódicos”, ella que como esposa y amable interventora, provoca la simpatía de agentes y proveedores... El logro alcanzado se debe más bien a un don del destino.

El 22 de julio de 1924, tras una pausa de diez años, son reanudados los festivales con una estupenda representación de “Los Maestros Cantores”. Bayreuth ha vuelto a revivir, ¡una nueva época artística ha comenzado!

¿Ha terminado con ello el período de aprendizaje de Winifred Wagner? Todo lo contrario: en la ruta de su destino, en la tarea de su vida, empiezan tan sólo ahora sus “años de aprendizaje”; el campo de sus actividades se ensancha de modo insospechado. En sus memorias escritas a partir de 1947 se expresa así claramente: “He dedicado al público mis afanes durante mis quince años de matrimonio con Siegfried, de un modo abnegado... Como si Siegfried hubiese presentido su temprana muerte, yo ya me había convertido en su constante colaboradora. Era su secretaria; despachaba en la mayor parte absolutamente por mí misma su correspondencia; él me entregaba todo el trabajo de organización y propaganda para los festivales; tomaba parte en todos sus viajes y estaba presente en todos los actos de votaciones, incluso en los mismos ensayos en el local de los festivales. Por lo tanto, estaba ya teóricamente versada —por la instrucción previa recibida en casa de los Klindworth— en las exigencias artísticas de Wagner; así que aprendí, en los quince años de convivencia y colaboración con mi esposo y mi suegra Cosima, el saber poner en práctica dichas exigencias”.

Así fueron, pues, los años de aprendizaje. No era preciso apenas ningún periodo transitorio para los años de profesorado que coincidieron con la muerte repentina de Siegfried. Los festivales tenían que continuarse —sin su colaboración, a causa de su muerte en 1930— así que la actividad prosiguió sin dificultades debido a la fundamental organización de base. Huelga decir que para ello se necesitaba conseguir poco a poco la cooperación de nuevos hombres para emprender nuevos derroteros con ayuda de medios renovados, cuidadosa y constantemente. Esto no lo hubiera escatimado el propio Siegfried de haber vivido más tiempo. Fue solo con la entrega de toda la dirección artística al director general de teatro berlinés, Heinz Tietjen, que dio Winifred Wagner un paso decisivo de esencial importancia, inspirado en su inteligencia y cualidad femeninas. Con ello surge la —por así llamarla— “Era Winifred”, que ella continúa de forma ininterrumpida hasta el fin de la segunda guerra mundial. Como escenógrafo es convocado Emil Preetorius, de Munich; el círculo de los directores se ensancha en el curso de los años con más de un nombre de resonancia: junto a Franz de Hoesslin y Karl Elmendorff, vienen, como sucesores de Toscanini, Richard Strauss y Wilhelm Furtwängler; Victor de Sabata y Hermann Abendroth llegan poco después. Con un conjunto de excelentes cantantes, como Maria Müller, Marta Fuchs, Frida Leider, Margarete Klose, Germaine Lubin, Franz Völker, Max Lorenz, Fritz Wolff, Erich Zimmermann, Rudolf Bockelmann, Jaro Prohaska, Josef von Manowarda, Robert Burg, y otros, son realizados grandiosos actos en el arte teatral músico-draniático. 
 

Wieland WagnerDespués de la reposición de “Los Maestros Cantores”, del “Anillo” y de “Lohengrin”, aparece en 1937 el “Parsifal” con las escenografías de Wieland Wagner, quien por pirmera vez ingresa con ello en el círculo de colaboradores de su madre. Dos décadas después del dia en que ella se unió a Cosima, como su joven nuera y tímida admiradora, puede sentirse Winifred Wagner con toda la razón como “señora”, no ya por el derivante puesto elevado en la dinastía tradicional, sino como activa “co-creadora”, como conservadora del culminante arte, —una directora, en fin, de las actividades humanas, con intensa colaboración y total cumplimiento del deber—. Ella “es de gran utilidad”, en el verdadero sentido de la palabra. Incluso después de estallar la segunda guerra mundial, no escatima ningún esfuerzo, por difícil que sea. Los festivales, proseguidos por decreto de Hitler, la mantienen sin interrupción al frente de los mismos, de los que se retira definitivamente el 9 de agosto de 1944 con la última brillante representación de “Los Maestros Cantores”.

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¿Y el último capitulo? ... De “señora” se convierte —con motivo de las leyes y tribunales de “desnazificación”— en un reo, naturalmente un reo sin culpa, pero es tratada como una indeseable. Sus derechos para proseguir los festivales debe traspasarlos a sus dos hijos, Wieland y Wolfgang; se le ha negado, para el futuro, toda clase de influencia y participación en el arte. Ya no es Winifred Wagner ninguna “autoridad”. Con la misma decisión con que ella asumió sus obligaciones como viuda de Siegfried a los 35 años, abandonó la esfera de sus actividades externas y se retiró rigurosamente de todo. Como tuvo que abandonar la casa Wahnfried —parcialmente destruida— en 1945, se volvió a la casa de “fines de semana” en Oberwarmensteinach, para instalarse posteriormente en la casa “Siegfried”, que edificó en 1893 su esposo de acuerdo con sus propios planos. Desde esta algo apartada “residencia” contempla ella —como si sólo pareciera destinada a observar— el cambio que se ha operado con el correr del tiempo, y recuerda con añoranza la indisoluble solidaridad que sintió para con la obra de su suegro, a quien veneraba por encima de todo, fallecido justamente hace 91 años. Así ha quedado la herencia imperecedera de su vida. Y aunque la validez de su “dominio” se ha anulado, el gesto de su personalidad es imborrable. Su existencia “espiritual y corporal” transcurre como la de un autómata. Ella se figura que hay algo que no puede terminar con ninguna ley ni poder, aunque en la realidad ya no existe, ni puede existir más... la “Imago” de una señora de Bayreuth, ahóra sin personalidad...

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Quien el caer la noche deambula por los jardines de Wahnfried, puede todavía hoy reconocer —a través de la transparente cortina de su cuarto de trabajo— el austero y hermoso perfil de una vieja dama, inclinada sobre libros y escritos, los cuales desde hace medio siglo han contribuido al mantenimiento y glorificación de Bayreuth.

(*).Al estallar la guerra son suspendidos los festivales, quedando libre para dedicarse a sus composiciones. 
 

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ZDENKO VON KRAFT. Nacido en Gitschin (Bohemia), el 7 de marzo de 1886, empezó muy pronto a recorrer Europa central debido a los sucesivos destinos de su padre que era oficial. Estuvo en Przemysl, Lemberg, Klagenfurt, Praga, Viena etc. Los estudios elementales y el bachillerato los estudió en Krems. La época más importante de su vida fue su estancia en Viena durante 10 años en constante contacto con el arte, la ópera y el teatro, durante dos de esos años fue alumno del director del teatro. Se casó en 1913 y tuvo cuatro hijos. En la Primera Guerra Mundial fue soldado. Constantemente cambiando de residencia, se dedicó a escribir desde 1910, es autor de 36 libros y 16 obras de teatro, entre ellos cinco biografías de Wagner y una sobre Siegfried Wagner, la primera que aparece sobre él. Es autor de innumerables artículos y disertaciones sobre el Maestro y colaborador en el programa de los Festivales. Entre 1929 y 1944 estrenó doce piezas teatrales, dramas y comedias frecuentemente representados. Fue durante 14 años encargado del archivo “Richard Wagner” en Bayreuth. En la actualidad se dedica también a ello pero sin compromiso formal. Desde la postguerra retirado por completo de los escenarios. Siendo el más importante biógrafo de la familia Wagner, su presente estudio sobre la Sra. Winifred tiene una especial importancia por ser el primero que con detalle publica su autor.