Obras Completas de José de Letamendi. 2ª edición. Tip. de F. Rodríguez Ojeda. Madrid, 1907
 La música del porvenir y el porvenir de mi patria
Por José de Letamendi

 

Peregrina ocurrencia parecerá á muchos, y aun quizás excentricidad, la relación de conceptos que el título de este artículo establece, y, sin embargo, seguro estoy de que el lector la reconocerá como legítima y por extremo interesante, con solo prestar á mi escrito una atención eficaz y despreocupada. Para facilitar desde luego esta actitud, creo bastará de mi parte la simple consignación de dos gravísimos errores: uno, todavía muy generalizado, que consiste en la creencia de que la revolución realizada por Ricardo Wagner es específicamente musical (de donde la denominación falsa, estrecha, y con pretensiones irónicas de «Música del porvenir», que no he vacilado en aceptar, en uso de mi perfecto derecho á la contra ironía), y otro igualmente muy extendido, que niega á España toda salvación, considerándola, al par de la luna, como tierra muerta.

Ahora bien; si yo logro precisar á grandes rasgos, de un lado el verdadero carácter del wagnerismo, y de otro, la positiva dirección de nuestra azarosa crisis nacional, confio labrar en el ánimo del lector—sea éste español, sea extranjero—la convicción de que España, es entre las naciones europeas, la que mayor y más transcendental utilidad ha de reportar del cultivo y la asimilación de todo cuanto el wagnerismo encierra de esencial y profundamente civilizador.

¿Qué es, pues, lo que se esconde en el fondo de la mal llamada «Musica del porvenir»?—¿Qué es lo que se oculta en lo íntimo de la mal llamada «Decadencia española»?—Si para España hay salvación posible, ¿qué misterioso nexo puede enlazar el renacimiento de ésta con el wagnerismo?

He aquí los temas que, surgiendo de la mera consignación de los apuntados errores, legitiman el título de este artículo. —Examinémoslos rápida, pero hondamente.

 

I

¿Qué es el wagnerismo en su esencia?

Reflexiónese, ante todo, que Ricardo Wagner no fué un músico más, por muy ilustre que se le suponga.

En este error han caído todos sus adversarios, y no escasa parte sus mismos admiradores. Wagner, á fuer de gran revolucionario en la esfera general del progreso, adoptó la expresión musical, como Napoleón I la militar, como Martín Lutero la teológica. Reducir la significación de Wagner al simple concepto musical, y su influjo sólamente al teatro, vale lo mismo que presentar á Napoleón como mero general y su influencia sólo de conquista, ó á Lutero puramente como un fraile y su transcendencia sólo religiosa. En éstos, respectivamente, las armas y el dogma, como en aquél la música, fueron el medio para realizar un fin, mas no la esencia del fin mismo que realizaron.—Pues bien; si la Iglesia fué el teatro de Lutero, y los campos de batalla constituyeron el de Napoleón, el teatro de Wagner ha sido el teatro propiamente dicho, y en éste el melodrama objeto, por cuanto representa la plenitud ideal y real del espectáculo. Por donde se ve el error de aquellos que miran el wagnerismo como una revolución taxativamente musical, pues ni es sólo musical ni afecta á la totalidad de la música. Lo primero cae de su peso simplemente, observando que la revolución es teatral; lo segundo resulta evidente con reflexionar que la música en sí misma, abstraída del melodrama, no tiene nada que ver con la reforma de Wagner. Así, verbigratia, los valses de Strauss, las sonatas nacionales, pueden vivir en la mayor tranquilidad; solo cuando, por ejemplo, la jota aragonesa ó una barcarola veneciana intentenhablar, sólo entonces, entrando ya en la jurisdicción de la reforma podrá exigírseles algo, que queda reducido en mi sentir, á lo que ya el instinto popular ha procurado, por punto general, con exquisito sentido estético; y es, que las estrofas de un mismo cantar tengan idéntico ó análogo carácter efectivo.—En cuanto á la sinfonía, considerada como poema instrumental, Beethoven excusa á Wagner toda intervención directa.

Lo que constituye la nota gloriosa de Ricardo Wagner es el haber realizado, por vez primera en la historia, la suprema síntesis del arte, y no teórica y abstrusamente, ni tampoco del arte por el arte, sino del arte aplicado—esta es la indiscutible novedad—á la superior educación de los pueblos.

En este gran concepto, está Wagner cien codos por cima del gran Hegel. toda vez que la reforma wagneriana no es una tesis más ó menos discutible, como la del insigne idealista, sino un hecho imponentemente consumado. Para abarcar toda la enormidad, toda la densidad, toda la transcendencia del hecho wagnérico, basta considerar que en él se identifican tres unidades artísticas, nunca antes de él reunidas, y son: la unidadontológica ó de lo ideal y lo real; la unidad que llamaré eleuthérica ó del arte en sí mismo, y la unidad más ardua y asombrosa de todas, la que me permitiré denominar didascálica ó unidad de compositor, como garantía psíquica de la unidad del compuesto melodramático. Porque es de advertir que Ricardo Wagner, no sólo componía su música y su libretto, sino que, desde el vestíbulo al telón de fondo, y desde la actitud del actor, en tanto que, escultura viviente, hasta la disposición con que las luces imprimían carácter á esa actitud....., todo, todo ello era engendro suyo.

Si el solo enunciado teórico de tan valiente y soberana trimonía ó trio de unidades, fuera bastante á formar la gloria de un pensador, ¿qué efecto no ha de causar tamaña empresa, cuando la vemos realizada, llena de vida y de eficacia en las obras de Wagner?

Empero el gran maestro ha hecho más; ha resuelto, con certero criterio é inefable sentido, la eterna, la ya enojosa cuestión del realismo en el arte.

Él comprendió cuán ocasionado es el postulado hegeliano: «todo lo ideal es real» á una peligrosísima inversión de términos y, adivinando que séase lo que se fuere de lo ideal en sí, cuanto de él se nos alcanza se dá á beneficio de su relación con el espiritu humano, procuró identificar la realidad con la idea, en el concepto de que, si bien todo lo ideal es real, en cambio no toda realidad puede directa ó incondicionalmente ser idealizada.

Para Wagner, lo humanamente feo y malo puede ser materia mediata , estética ó ética, en la producción del efecto artístico, mas nunca materia inmediata; y bien, así como en las vírgenes de Murillo, los feos, acres y repugnantes fondos de almazarrón, no forman parte del asunto, sino del contraste que asegura el triunfo del asunto, asimismo en las obras de Wagner todo lo real espúreo es, no solo condenado, sino además reducido á servidumbre estética en honor de la realidad intrínsecamente artística. Precisamente por esto, el excelso maestro adoptó el Mito y la Leyenda como fuentes de inspiración las más depuradas de fealdad real, merced al constante y sosegado filtro de los siglos; de suerte, que al recurrir á los semidioses, no intenta humanizar lo divino, sino sublimar lo humano. A tales alturas, ya un incesto no es el incesto de nuestros Códigos, ni un parricidio es el parricidio de nuestros enfermizos criminales, no; á tales alturas de lo moral, todo cambia; y bien, como en el orden material la Física de la atmósfera es cosa muy distinta de la Física de laboratorio, así en el mito y la leyenda todo alcanza una significación transcendental que en las costumbres no tiene, y al mostrarla es cuando el incesto y el parricidio pueden, por derecbo propio, identificar lo real y lo ideal. Fuera de esto lo feo y malo, no teniendo sublimación posible, sirven á Wagner, como el almazarrón á Murillo, como materia de mero efecto estético ó sensible, no como materia intrínsecamente artística ó final. Tal acontece, por ejemplo, á los esculturales mónstruos Ortruda y Telramando en el primer acto de Lohengrin, manchas feas y repugnantes, que abrillantan más y más la intrínseca belleza del caballero del Cisne, y la aureola de mística ternura en que éste envuelve á la inocente virgen Elsa.

En resumen: Wagner ha vuelto á reunir todas las artes nobles divorciadas desde la infancia del Arte primitivo, y al reconciliarlas en el teatro, enriquecidas con los gananciales acumulados de cientos de siglos, ha hecho del melódrama, no solo la escuela, sino también la medida de la cultura de un pueblo. Decidme el favor que obtiene el wagnerismo en un determinado país, y yo os diré á qué altura su ilustración se encuentra. Porque después de todo, la transcendencia del wagnerismo es tal, que yo no conozco agente más infalible para preparar un criterio amplio y seguro, á cuya luz juzgar de todo cuanto se da con pretensiones estéticas en las diversas manifestaciones del espíritu humano.

Ha llegado, pues, la hora de que aún los más obcecados abran sus ojos á la verdad. El wagnerismo no es la estrecha idea de la «Música del porvenir», sino la concepción artística más completa del presente en la esfera de todo arte; una concepción cuya propaganda afecta, por lo transcendental, á compositores y espectadores en toda sociedad que de culta se precie.

Tal es la esencia del wagnerismo; indaguemos ahora qué interés puede ofrecer para el renacimiento de España esta gran revolución acaecida en la esfera del Arte, á cuyo fin importa, ante todo, averiguar si para esta nación hay porvenir, y cuál sea éste.

Indaguémoslo.

 

II

La creencia, muy arraigada entre propios y extraños, de que la decadencia española es un mal esencial, un mal sin remedio, se funda en el aspecto—nada edificante, á la verdad—de nuestra política, de nuestra administración y de la parte de costumbres que con entrambas cosas se relaciona. Este juicio, como todos los superficiales sobre cosa muy compleja, no puede ser más erróneo. España ofrece de cincuenta años acá, claramente distintas, dos corrientes: la terminal de su decadencia política y la incipiente de su renacimiento social.

En lo que de malo tiene la política situación de mi patria, nada hay de esencial y absoluto; todo es accidental y relativo; todo nace de que en ella la evolución de la clase media encontró en nuestro suelo la máxima resistencia religiosa posible, por lo cual dicha revolución estalló con gran retraso (propiamente en 1835). Y cómo la revolución de las ideas en Europa no había de detenerse por solo aguardar á que nosotros los españoles nos pusiéramos al nivel de nuestros vecinos, sucedió que, apenas iniciada en nuestro suelo la revolución de los menestrales, incorporóse á ella su propia heredera y antagonista, la revolución democrático-social en todas sus variantes (1854). Esta sola consignación basta á demostrar una vez más la vitalidad de nuestra raza, puesto que, habiendo recibido en menos de veinte años dos embates revolucionarios, ambos en cierto modo incompatibles, lo que resulta extraño y hasta admirable, es que todavía subsistamos como Estado independiente. Pero aún hay más y mucho más. España, con ser la Patria de Padilla, Bravo y Maldonado, no ha podido eludir la más dura y despiadada de las leyes político-evolutivas; aquella ley en cuya virtud toda transformación nacional exige, por lo menos, dos revoluciones: una primera provisional que, como obra de unos pocos espíritus adelantados á su tiempo, es impotente para poner al servicio de la nueva idea nuevas costumbres, y otra segunda, definitiva, más honda, que, en vista de la sofisticación de la primera por las costumbres viejas, se hace indispensable para determinar de una vez costumbres nuevas. Así, en 1835, los españoles que en nombre de la libertad quemaron los conventos, no pudieron aún extinguir la virtualidad, ni de los frailes, ni de la sopa de los pobres, ni de los pobres de la sopa, y estas tres cosas, desvergonzadamente secularizadas, subsisten todavía entre nosotros hoy, siendo los pobres nuestros empleómanos, la sopa nuestro presupuesto , y pudiendo el menos malicioso adivinar quién representa en nuestra actual política á las reverendas Comunidades.—Y tan viva y hondamente circula por el árbol de nuestro actual liberalismo la savia del antiguo régimen, que, con haberse coaligado en 1868 los dos elementos revolucionarios, el doctrinario y el radical, el menestral y el popular, y haber derribado el trono, volvió á los pocos años la restauración por la sola fuerza aspirante del vacío que en nuestra atmósfera produjo la sediciente revolución, en fuerza de extremar más y más los añejos vicios. No hay que ser muy lince ni muy experto; basta vivir alejado de la arena de los partidos para comprender que en España como en Francia, en la Tierra como en el Sol, el hecho de una Restauración es, á un tiempo, la prueba más terminante de que el movimiento anterior fué una pseudo-revolución y el signo más seguro de que la revolución verdadera, la segunda, la honda, la real, la social, la perfecta ecuación de las ideas y de los sentimientos, las palabras y las costumbres, se acerca.

Bajo este punto de vista, lo que á muchos alarma y entristece, á mi me tranquiliza y consuela, y del espectáculo mismo de nuestro pudridero político donde amontonados fermentan gobiernos, administración, partidos, elecciones, credos y salves de pandilla, todo elegantemente cubierto de aromáticas flores de elocuencia (suerte de mezcla mucho más ingrata al olfato que la franca putridez), de ese mismo espectáculo mi alma se alegra, sintiendo la proximidad de saludable crisis; bien como el joven batracio se rebulle ufano en el agua al notar que le cae en gangrena su extremidad caudal, porque ello aviva el desarrollo de más robustos y socorridos miembros, ó como para el niño es causa de alborozo el cimbreo de sus dientes de leche, fausto anuncio de la bella y robusta adolescencia. Bien pudiera, en efecto, decirse que á España se le cimbrean los dientes de leche de la libertad. Por tanto, cuando quiera que oigo exclamar: «¡Una revolución más, y estamos perdidos!» yo experimento tentaciones de responder: «Una revolución más, y como sea verdadera, estamos salvados.»

Creer que eso que hoy se pudre es la nación, que eso es la expresión total de las actuales complejas energías hispánicas y de su resultante social y política para el porvenir, es desconocer, no solo este asunto concreto, sino hasta el método general de observación. Nuestra raza tiene dadas en todo tiempo demasiadas pruebas de su virilidad, para que de ella se tema que va á dejarse morir de desfallecimiento ante la dificultad que le ofrecen los dos apuntados problemas revolucionarios, por más que éstos sean distintos entre sí y hasta en cierto modo opuestos; y por lo mismo, esta aparente resignación con que hoy el país soporta los últimos estragos producidos por la sofisticación del liberalismo, es la más segura garantía de que no tardará en realizarse la revolución segunda, la de los corazones, aquella en que el genio, el talento, el honesto capital y el virtuoso trabajo eleven nuestro renacimiento, hoy todavía modesto y laborioso, á la categoría de una emancipación universalmente reconocida y acatada.

Mas ¿en qué ha de consistir el renacimiento de España? ¿Acaso en los aumentos de su Ejército, en la restauración de su antigua y poderosa armada y en otra sorprendente conquista de nuevos territorios? No: ni este es el camino ni, aunque lo fuera, es ya posible seguirlo. En primer lugar, la época de las colonias, de los grandes Capitanes, de la improvisación de nuevos y vastos imperios ó de la impía conquista de nuevas Indias en nombre de la fe, ya pasó; lo poco que de todo esto aún se da en el mundo, con escándalo del siglo, representa el último resto de la velocidad, adquirida en la historia por la antigua barbarie, cuya fórmula providencial está resumida en este endecasílabo del bondadoso Fray Luis de León:

«Guerras, asolamientos, fieros males. »

La pólvora, que en los primeros momentos pareció invención de exterminio, se va trocando en instrumento de pacificación; pues según ensancha de día en día la distancia entre los ejércitos beligerantes, tanto y tanto los separará, que no alcanzarán á distinguirse, hasta que, al fin, á fuerza de no verse, acabarán por no odiarse. En segundo lugar, aun cuando la dirección general de las tendencias no fuese la que dejo consignada, ya España no podría adoptarla. Antes que en ella la paz, el orden y una sabia administración pudieran devolverle los bárbaros atributos esenciales de lo que en lenguaje político-internacional se llama «una potencia de primer orden», vería, por muy deprisa que esto se realizara, cerrado el paso á toda extensión del territorio: en Africa, porque ya, hoy por hoy, tenemos casi cerrado el circuito; en lejanas tierras, porque á donde quiera que en son de conquista nos presentáramos, allí lesionaríamos los intereses de alguno de los poderosos vecinos de nuestra casa paterna, de nuestra circuida península. Y tocante á nuestras colonias, ¿qué diré...? Gracias, respecto de las occidentales, si un día nos despertamos sin ellas; gracias, en cuanto á las orientales, que ellas continúen dormidas. Unas y otras, á la absurdidad esencial de ser colonias, unen los agravios acumulados de su historia y de su actual administración.

Y sin embargo de que todo esto es cierto y de que, siéndolo, parece que cierra el paso á toda esperanza, insisto en que España tiene porvenir, é insisto en ello por una consideración muy clara, que condensará en esta breve frase: España no puede agrandarse, pero puede engrandecerse. Sí; la patria de Carlos I puede recuperar en intensidad lo que ha perdido en extensión; la Metrópoli de aquel imperio, el más vasto que la Historia registra, de aquel imperio que tenía por lagos interiores los dos Océanos, si no alcanza á recobrar aquellas lejanas perdidas tierras que formaron un día con ella un total cuerpo, no ha de renunciar á la esperanza de ser el sol que las alumbre, vivifique y dirija, dado el papel que á la común raza le toca, por ley natural, desempeñar en el porvenir del mundo. Ella, la raza hispánica, es la llamada á salvar cuanto hay de afectivo, de ideal, de noble y desinteresado en la verdadera cultura de la Humanidad, y esa misma susceptibilidad de espíritu que ha hecho del decantado puñal español un arma nunca blandida en las tinieblas al servicio de la traición ó del oro, mas siempre pronta á herir de muerte, cara á cara y en plena luz del día por una sola mirada injuriosa ó petulante, y ese mismo carácter aventurero, presto á quemar las naves ante el menor empeño moral, todo eso transportadlo á las esferas superiores de la vida y os representará, en la ciencia, el sentido transcendente; en el arte, el sentido liberal; en las armas, el sentido heróico; en las letras, el sentido ético; en el trato, el sentido hidalgo, y en toda cosa aquel desprendimiento, aquel amor á la idea por la idea, que ciertamente otras razas, más poderosas que la nuestra por varios conceptos, no poseen en el grado y forma que la nuestra, y cuyo concurso está haciendo ya hoy gran falta al resultado general de la moderna civilización, donde el natural derrumbamiento de las religiones va dejando algo de bárbaro, que solo puede y debe ser sustituido por algo de exquisitamente humano.

Y la prueba de que el porvenir que atribuyo á mi patria es el más conforme con su naturaleza, se halla precisamente en la instintiva dirección que lleva nuestro renacimiento, iniciado, según antes dije, de cincuenta años acá en el fondo de nuestras agitaciones y de nuestra aparente decadencia. Lo primero que por espontaneidad social, fuera del orden político, dimos á Europa fué artístico y, en lo artístico, lo más espiritual: cantores, concertistas, poetas líricos y dramáticos, artistas, coreógrafos y (aunque no con carácter verdaderamente europeo) maestros compositores. Lo segundo que hemos impuesto á la admiración y aplauso del mundo ha sido una pléyade de pintores y escultores (1).

De suerte que—y nótese bien—nuestro renacimiento comenzó por donde suele acabar el de toda nación: por las artes liberales, pudiéndose de mi patria decir que es de la condición del almendro, que echa sus flores antes que el follaje.—Á esta corriente incorporóse más tarde la de algunos juristas y humanistas notables, y ya hoy, dando un paso más, van renaciendo entre nosotros las ciencias físico-matemáticas que fecundizan la agricultura, la industria y el comercio, descollando ya en tales ciencias de precisión, algunos hombres importantes, así civiles como militares, cuyos trabajos y cuya reputación transcienden más allá de nuestras fronteras. Finalmente, las ciencias biológicas, cuya representante en el orden social es la Medicina, sacuden ya el sambenito de la imitación y la rutina para recobrar su influencia en la corriente general de las ideas.

Tan ordenado y sostenido progreso social, realizado en medio y á despecho de nuestra continua y agitada decadencia política, autoriza á creer que nuestro renacimiento no es aparente, no es accidental, no es, como si dijéramos, la mejoría de la muerte de una nación desahuciada, sino un movimiento saludable de regeneración, oculto en su principio, pero que ya se va imponiendo como corriente decisiva. Estos primeros pasos eran los arduos y casi increíbles; el resto lo harán la creciente dificultad económica de la vida, la instabilidad de los empleos públicos, el descrédito de los actuales partidos....., y si es cierta aquella profecía de Schiller:

«Einstweilen, bis den Bau der Welt

Philosophie zusammenhalt,

Erhalt sich das Getriebe

Durch Hunger und durch Liebe» (2).

el hambre suscitada por la secular holganza y por las intestinas luchas, y el amor patrio, en todos tiempos susceptible y vigil, resolverán el problema de la rehabilitación de España, mientras llega aquella revolución segunda que antes mencioné, y bajo su influjo pueda la Filosofía, la razón, la positiva cultura dirigir nuestros ulteriores destinos. Por esta vía quizá logre España recobrar como madre, por el amor y el prestigio, lo que como madrastra perdió por el fanatismo y la intemperancia, á saber: la representación moral de todos los pueblos de raza hispánica. Porque es un grande error creer que esos pueblos nos aborrecen; pruebas elocuentes nos están dando, hoy por hoy, de que tal odio no es más que la expresión de un íntimo cordial despecho, porque nuestra conducta les impide amarnos.— Ahora bien; hacer España de sus lejanos hijos sus enemigos, es monstruoso; trabajar para convertirlos en meros aliados, por medio de relaciones políticas, y comerciales, es poco para quien se siente madre; lo que á tal madre toca es amar, educar y dirigir á favor del prestigio nacido de una superioridad moral positiva y efectiva. Esta es la misión pacífica y brillante que á España toca en lo porvenir dentro de las naciones de nuestra raza y aun dentro de las mismas europeas; esta es la fórmula para la verdadera conversión de su pasado grandor en su futura grandeza.

 

III

Y ahora, buen lector, llegados á este punto; visto que España, ó no tiene porvenir, ó ha de labrársele en la esfera de los intereses morales dentro del orden exclusivamente humano, ¿consentirás que me esfuerce en demostrar exprofeso que mi patria es, entre todas las naciones europeas, aquella á quien más interesa acoger con entusiasmo y asimilarse con ejemplar diligencia todo cuanto en el orden inmaterial pueda robustecer su espíritu para la realización de sus futuros destinos? Y si en el orden, no de la vida íntima de la ciencia y la virtud, sino en el otro más exterior y eminentemente social de las relaciones humanas, es lo estético una condición esencial de simpatía y prestigio, y demostrado dejo en su lugar que el wagnerismo constituye en su fondo todo un programa, y el único total programa de educación artística individual y social, ¿encuentras bastantemente legítimos é interesantes así el título como el espíritu del presente artículo?—Déjame, en honor tuyo, creer que sí.

No basta, pues, á tales fines, lo hecho hasta el presente. No basta con que la filarmónica Barcelona, la ciudad española de más autoridad en punto á melodrama, por la autigüedad de su educación teatral, por la extraordinaria dotación de maestros y profesores músicos, de coros y orquestas que en su seno alberga, y por el número de concurrentes que presta á los festivales de Bayreuth, se muestre poseída de un gran sentido wagnerista. La patria de Anselmo Clavé, de aquel ilustre jornalero creador de nuestras Sociedades corales y de sus cantores; quien por propia genial intuición, componiendo simultáneamente letra y música, logró imprimir al metro y al ritmo lo propio que á los efectos orquestales las más inesperadas y bellas formas, no puede concretarse á lo que ha hecho hasta el presente. Para España esto no basta.

Tampoco basta con que Madrid cuente en su seno eminentísimos artistas y críticos, admiradores del gran maestro, y algunos jóvenes compositores que con varonil aliento siguen sus huellas. Y menos aún bastará el hecho, muy laudable en sí mismo, de que en las demás capitales se dé á conocer tal cual cultivador y entusiasta del wagnerismo.

Repito que para España nada de esto es suficiente.

No. Entre las varias asociaciones que para el fomento de la cultura nacional urge crear en nuestro país, es de altísima conveniencia organizarlas para la propagación de la reforma wagneriana, estableciendo todas entre sí y con la wagneriana universal estrecha solidaridad. Esta asociación española debiera procurar por todos los medios hábiles subvencionar á algunos artistas, de mayores esperanzas que caudal, para que pudiesen asistir á los festivales de Bayreuth; procurar la traducción española de aquellos escritos de Ricardo Wagner que más resplandecen por su transcendencia artística general; realizar, cuándo y donde sea posible, festivales supletorios, ya que no émulos, de los clásicos que darán anualmente en el Teatro-modelo de Bayreuth, y estimular por todos los medios disponibles la representación de las obras, tanto españolas como extranjeras, de los discípulos del gran reformador.

Procediendo de esta suerte, no solo con el wagnerismo, sino con todas las manifestaciones del progreso universal, es como, á fuerza de educación por asimilación de todo cuanto de excelente nos ofrezca la atmósfera del siglo, podremos en su día, robustecidos por lo actual y partiendo de aquel presente, obtener la espontaneidad, la originalidad apetecida y el consiguiente anhelado prestigio.

En suma: España puede aún aspirar á un gran porvenir; mas para llegar á él, solo tiene abierto un camino: el que acabo de señalar con ocasión de las excelencias del wagnerismo considerado como instrumento y signo de cultura nacional. En este superior concepto cada adelanto en el orden inmaterial será para España mucho más honroso y útil que el aumento de un batallón en su ejército ó el de un buque blindado en su armada. Precisamente porque somos los últimos en renacer, hemos de renacer según la última norma del progreso, y ésta—lo repito—ya no es, para de hoy en adelante, el combate por el dominio, sino el dominio por la cultura.

Ahora, si por acaso se me replicare que para mi país no hay salvación, seríame imposible, por grande que fuese la autoridad de quien tal afirmase, prestarle crédito Yo siento en mi pecho, además de la vida que me anima por cuanto soy hombre, otro no sé qué de inagotable energía por cuanto soy español; y esta tenaz vitalidad me impide consentir en tal desahucio.

Médico, al fin, una ya dilatada experiencia me ha mostrado cuánto y cuánto le cuesta á la vida dejarse caer en los brazos de la muerte.

(La Época, 22, 23 y 24 de setiembre de 1884.)

 

NOTAS

(1) No cito nombres propios por no consentirlo la índole de este trabajo. Quien leyere mi articulo «Una cláusula negativa del testamento de Wagner», que había yo compuesto para el presente Festschrift ó escrito festival, y que el respetable Comité de Munich, honrándome sobremanera, me ha reclamado para verterlo al alemán, con destino al periódico wagneriano Bayreuther Blätter, por haber considerado que era de capital interés para Alemania verá allí citados más de treinta nombres de artistas y poetas españoles contemporáneos de reputación veraderamente universal.

(2) «Entretanto, hasta que la máquina del mundo sea regida por la Filosofía, sus resortes serán impelidos por el hambre y el amor.»


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