Obras Completas de José de Letamendi. 2ª edición. Tip. de F. Rodríguez Ojeda. Madrid, 1907
Una cláusula negativa del testamento de Wagner
Por José de Letamendi

 

Mittelmünige Buchstaben, aber sehr Deutlichund Schlank
En cuanto á un movimiento vigoroso en Alemania, no creo en él.
Geringete Buchstalean.
Rich. Wagner: Carta á M. Monod. (Rev. Polit. Et litter., 17 de Febrero de 1883)

 

Corresponder dignamente al honor que el egregio Comité de Munich me dispensa, ofreciéndome una página de la presente publicación, es para mí, además de un problema de circunstancias, toda vez que no puedo ocuparme ni en el pensamiento del gran Maestro, ni en la personalidad de éste, ni en las melodramáticas fiestas de Bayreuth; es decir, en ninguno de los tres temas capitales del wagnerismo. De lo primero tengo ya consignado mi juicio en el prólogo á la obra «Ricardo Wagner» de mi malogrado discípulo Joaquín Marsillach, y el mismo extraordinario é incondicional aplauso con que Wagner honró públicamente mi producción, junto con el hecho de haber sido traducida ésta al alemán y al italiano, hacen innecesario que hoy insista en aquel tema. De la personalidad del inmortal reformador tengo ya editado en el número de 1.º de Mayo de 1883 de la excelente Revista quincenal catalana Hojas musicales y literarias, y con el título «Juicio postremo de Ricardo Wagner», todo cuanto pienso de su genio, de su talento, de su carácter. Y finalmente, de las grandes representaciones del Parsifal, nada por desgracia mía puedo decir; pues el estado de mi salud, que por espacio de dos años y medio me ha impedido emprender el menor viaje, me puso en el caso extremo de ceder á mis compañeros de suscrición la butaca mía del teatro de Bayreuth, para que en ella acomodaran sus sombreros...!

Constreñido, pues, por tan fuertes limitaciones, no me queda más recurso que salvarlas de un salto, para acometer un tema que, siendo distinto de los tres temas clásicos mencionados, no ceda ni en importancia ni en trascendencia á ninguno de los tres. Tal me parece el que surge del epígrafe puesto al frente de este artículo, y que con toda deliberación he calificado de «CLÁUSULA NEGATIVA DEL TESTAMENTO DE WAGNER.» Interpretar los motivos internos que guiaron la intencionada pluma del Maestro al escribir tan perentoria y grave declaración; vaciar el énfasis de la tremenda frase: «EN CUANTO Á UN MOVIMIENTO VIGOROSO DE ALEMANIA, NO CREO EN ÉL»; he aquí, buen lector, lo que en el presente artículo me propongo; suplicándote de antemano, si fueres alemán, que como te dignes comenzar su lectura, al leerlo, prosigas hasta el fin; pues sólo de esta suerte te convencerás por ti mismo de que á la absoluta independencia de mis juicios, respecto de Alemania, acompaña cordial simpatía y la profunda admiración que sus hombres y sus gestas se merecen.

Mas á la hora de meditar sobre las causas del desaliento interno de un alemán tan grande como Ricardo Wagner, respecto de lo que su patria estaba dispuesta á luchar en su favor, sería ciertamente en mí una punible flaqueza en aras de la susceptibilidad de los alemanes vivientes, la menor adulteración de lo que entiendo que constituía el verdadero íntimo pensamiento de aquel otro insigne alemán, cuyo cuerpo fatigado de luchar, yace en descanso eterno bajo una losa cubierta de nubosa arboleda en los hoy tristes jardines de la quinta Wahnfried. Voy, pues, á intentar la interpretación de la conciencia de Ricardo Wagner, y á justipreciar el valor de los motivos que le dictaron la transcrita frase.

 

I

El primer motivo que debió ofrecerse á la mente del gran Maestro hubo de ser la actual manifiesta influencia del espíritu francés en el espíritu alemán. Nadie se asombre ni de mi proposición ni del hecho. Ya en los gimnasios griegos se había podido observar que cuando dos jóvenes, ungido su desnudo cuerpo con aceite, se entregaban á la lucha, lo mismo se comunicaba. al cuerpo vencido el unto del vencedor, que se pringaba el cuerpo del vencedor con el unto del vencido. Precisamente en esta recíproca influencia hallamos, como consoladora compensación, el secreto del influjo civilizador de las guerras á través de la Historia. De suerte que sin vacilación alguna pudiéramos decir: «Otro Sedán, y el afrancesaimento moral de Alemania será completo.» No se me oculta que para legitimar un juicio tan grave dispongo de espacio muy breve; mas creo que á pesar de esto he de llevar el convencimiento al ánimo de todo alemán sincero. En un libro titulado Grundriss der Geschichte der Medicin..., pág. 461, líns. 6-10, ed. 1.ª, su autor (cuyo nombre no consigno por motivos de compañerismo profesional), lamentando el humillante afrancesamiento en que había caído la Alemania del siglo XVIII, aquella Alemania tan alemana de los siglos XVI y XVII, y en un arranque de suprema indignación dice (1): Man äffte den Franzosen nach, die in grosser Zahl dazu noch unser Vaterland heimsuchten als blutsaugende Schmarotzer, besonders die zahlreichen Höfe und Höfchen der Fürsten. Man PARLATE französisch und selbst Friedrich II—ein Fehler, den die Geschichte immer schärfer betonen wird—schrieb sogar französisch.

Es decir, que á un alemán de hoy, á un alemán coetáneo de Moltke y de Bismarck, y en tal irritación de ánimo que no encuentra en el Olimpo germánico un rayo bastante exterminador para anatematizar el afrancesamiento de su patria durante el pasado siglo, á ese alemán se le escapa indebidamente, teniendo á su disposición los verbos castizos reden y prechen, el pretérito parlite, del galicismo parliren (parler), que no existe en los Diccionarios de la lengua de Htutler, ni aun á titulo de galicismo consagrado por el uso.

Ahora, ponga todo escritor de aquel país la mano en su corazón, y vea si en este caso, que he citado como ejemplar, no incurre, diez veces por lo menos, en cada página. Pues bien; si es cierto, como lo es, que esta propensión galicística del lenguaje se manifiesta con igual intensidad, así entre los escritores de ciencias morales, literatura y humanidades, etc., en quienes domina generalmente aquel espíritu conservador, que se revela hasta en el mantenimiento, del tipo gótico para la edición de sus obras, como entre los naturalistas, más propensos de suyo á la progresiva difusión cosmopolita y si también es cierto que ex abundantia cordis loquitur os, deberemos reconocer que la actual Alemania vive respecto de Francia en aquel cierto estado paradoxal, tan frecuente entre enamorados celosos, en que mientras la voluntad odia de muerte, siéntese atraído el corazón por una secreta invencible simpatía.

Ahora bien; este estado moral de Alemania, muy favorable sin duda á los intereses generales de la paz europea, no era, sin embargo, en concepto de Ricardo Wagner, á los intereses artístico-nacinales de su titánica concepción, y quizá pensaba, y con razón sobrada, que si de una Francia, enemiga de Alemania, podía esperarse que un día, en aras del Arte, se reconciliase, con la nueva escuela; en cambio de una Alemania remisa, ó un tanto enervada en su intrínseco carácter germánico, no podía prometerse que hiciera suya la causa del wagnerismo.

Por este concepto, pues, no en balde el ilustre Maestro exclamaba: «En cuanto á un movimiento vigoroso en Alemania, no creo en él.»

 

II

El segundo motivo de la frase de Wagner objeto de este comentario, está probablemente en el mismo carácter alemán, considerado en toda su pureza y en la plenitud de su energía. Este carácter esencialmente crítico, hasta el punto de tener por expresión el idioma más analítico, más virginalrnente conservado en lo literal y lo fonético de sus raíces y más exuberante en apoyatura que se conoce en el mundo civilizado, se presta, en el orden intelectual, á la paciente determinación clara, precisa de las grandes fórmulas científicas, artísticas, políticas y sociales; mas no á aquel impulso, á aquella vis práctica que, como imperativo ineludible, constituye el estallido de las grandes intuiciones sintéticas. De ahí que si Alemania puede echar en cara á las naciones latinas que todos los movimientos modernos de éstas, desde la revolución política del siglo pasado hasta la federación obrera Internacional de nuestros tiempos, todos son realizaciones de fórmulas germánicas, en cambio dichas naciones, Francia la primera, pueden contestarle que, sin su eficacia, sin el concurso de su vigoroso movimiento, las fórmulas alemanas hubiesen quedado en las bibliotecas como letra muerta. En un solo caso, en el de la reforma Alemana, ha tomado á pechos la realización de un gran postulado, y precisamente la índole especial de este caso confirma la regla general. Desde los primeros albores del Renacimiento el espíritu eminentemente crítico de los alemanes entró en calor, y, con Lutero ó sin Lutero, la presión interna espontánea del espíritu investigador, hubiera dado al traste con la contrapresión externa dogmática del Pontificado. Lo que de este movimiento trascendió al resto de Europa fué el sobrante de la explosión alemana. Bajo este punto de vista Lutero aparece como algo más que un hereje más. Lutero fué el Mahoma de los alemanes, sólo que así como éste acomodó la religión á las exigencias sensuales y fatalistas de los pueblos de Oriente, aquél ajustó la religión á las necesidades críticas inquisitivas de los pueblos del Norte.

Conste, pues, que exceptuando el caso de la Reforma que representa el concepto de la libertad de conciencia un hecho tan intrínsecamente alemán, como lo representa por el concepto de la unidad política el de la guerra franco-prusiana, en todo lo demás la regla es que Alemania piensa, Francia realiza y los demás pueblos latinos ejecutan al par de ésta, el pensamiento alemán.

A juzgar, pues, por la experiencia, no es de creer que Alemania, con ser madre de Ricardo Wagner, sea quien mas contribuya á la definición y universal realización del wagnerismo.

De suerte que no en balde el ilustre Maestro decía: «En cuanto á un movimiento vigoroso en Alemania, no creo en él.»

 

III

El tercer motivo que impedía á Wagner creer en el impulso alemán en su favor, quizás sea de carácter étnico y en él hallemos la razón suficiente del motivo anterior. Dentro del inmenso espíritu del autor del Parsifal,agitábanse dos opuestas naturalezas: una la del artista enérgicamente intuitiva, meridional, sintética, ejecutiva, digna, en fin, de la antigua Grecia; y otra la del crítico de su propio ideal artístico, esencialmente alemana, analítica, especulativa. Por el primer concepto, la idea que de Wagner y su concepción estética tengo formada es tal y tan superior, que, no vacilo en declararlo, se me hacen insoportables todos los juicios críticos que sobre el particular he leído, inclusos los suyos propios.

Comparar á Wagner con Gluck es comparar un sólido con un plano; comparar á Wagner con Beethoven es comparar un icosaedro con un tetraedro. En el orden puramente racional de todo progreso, y pese á ciertos evolucionistas aprensivos, la naturaleza da saltos, natura facit saltus; y estos saltos consisten en la aparición de vez en cuando de un hombre que representa el total absoluto concepto de una particular idea á su realización. Así la Humanidad no se equivoca nunca al designar, entre una serie gradual de inventores de una determinada cosa, al verdadero inventor; por tal proclama á aquel que lleva á su plenitud la concepción y los desarrollos de aquella cosa. Esos hombres que de trecho en trecho conciben y realizan un todo parécense á aquellas ciertas inspiraciones á manera de suspiros con que de tarde en tarde proporcionamos á nuestro pecho una plena dilatación, y se distinguen de sus antecesores y sucesores por cuanto llevan el oxígeno de la idea á las más recónditas profundidades del pensamiento.

Tal es Ricardo Wagner como artista; él es el creador total y absoluto, teórico y práctico, del melodrama, y su idea constituye—reflexiónese bien—la única tesis verdaderamente universal y episintética que registra la historia de todas las Bellas Artes juntas. No necesito para verlo haber asistido al Parsifal, y nadie que teniendo alma en el cuerpo haya asistido al Parsifal, habrá dejado de verlo.

Y ahora pregunto: Si el Wagner crítico era esencialmente alemán, ¿éralo el Wagner artista, el Wagner de Lohenqrin, el Wagner inmortal?

No es cosa fácil legitimar la contestación á esta pregunta. Séame lícito, por tanto, consignar la razón trascendental en que fundo la que por mi parte voy á dar.

Años ha que el estudio y la observación me han hecho ver que toda raza de carácter acentuado produce dos especies opuestas de hombres notables: una de ilustres representantes de aquella raza, y otra de ilustres contradicciones de la misma. Parece como que de tarde en tarde, y por una ley de compensación orfisiológica, los gérmenes de un determinado pueblo toman una dirección opuesta á la de su nota característica. Este fenómeno, que cada cual puede observar en su propio país, lo vemos deslumbradoramente realizado á la faz de la historia en el pueblo hebreo, donde un Isaías, un Jeremías, un Job, no sólo contradicen el carácter de su raza, sino que preparan la aparición de Jesús... es decir, de la antítesis más cabal y extrema del carácter hebreo. De suerte que si Moisés, con su Dios verdaderamente judío, todo ira, todo venganza, todo exterminio, todo flaqueza de carácter, todo egoismo, puede darse como el inmortal representante del pueblo judío, en cambio Jesús, todo humildad, todo paz, todo caridad, todo abnegación, todo misericordia, aparece como la inmortal contradicción del propio pueblo. De ahí el conflicto entre los dos testamentos, uno el antiguo, otorgado exclusivamente á favor de los hijos de Israel; otro el nuevo, otorgado en favor de todo el mundo, excepto los israelitas.

Aplicando esta ley á la Alemania, resulta que en ella un Lessing ó un Kant son ilustres represetantes de su carácter étnico, mientras que un Hegel, un Goethe, son ilustres contradicciones de la misma. Cierto que cada pueblo tiene derecho á gloriarse de todas las excelencias que sus fuerzas vivas engendran, séase lo que fuere de lo que cada una de éstas representa; y así, por ejemplo, mi querida España puede proclamarse con orgullo tan madre del escolástico, del analítico, del reflexivo, del germánico Calderón, contradicción completa de nuestra raza, como del espontáneo, del genial, del intuitivo, del españolísimo Cervantes, vivo retrato de la misma; mas no echemos en olvido—reconcentrándonos en nuestro tema,—que toda nación se halla naturalmente más dispuesta á seguir los impulsos de un hijo trasunto fiel de ella, que á favorecer los de un hijo que, por mucho que la honre, contraviemie á su espontánea tendencia nacional.

Y por este concepto cabe, sin caer en temeridad, el supuesto de que, en el ánimo de Ricardo Wagner, la consideración del antagonismo entre su propio carácter y el de su patria, fué un motivo más para hacerle exclamar: «En cuanto á un movimiento vigoroso en Alemania, no creo en él».

***

Felizmente los acontecimientos llevan el curso que, por ley de naturaleza, deben llevar, y la SOCIEDAD WAGNERIANA cumplirá, como fiel albacea, cuanto de positivo encierra el testamento del Maestro. Esta Sociedad es y será, como debe ser, alemana por su residencia y por el personal de su COMITÉ DE MUNICH, y cosmopolita por la universalidad de su extensión y de su propaganda en ambos mundos, satisfaciendo por el primer concepto el perfecto derecho de Alemania a reivindicar lo que es de Alemania, la gloria y la dignidad que le corresponden por juro de reversión materna, y entregando al mundo lo que es del mundo, el usufructo y la explotación del capital del genio.

De que el mundo responderá á la iniciativa del Comité central de Munich, abrigo la más íntima certidumbre; para ello bastará que este persevere en su delicada misión. Á este propósito, y por lo mismo que no me honro con el título de socio ni tampoco con el de artista, y sí tan sólo con el de entusiasta independiente, séame lícito indicar cuál sería, en mi humilde concepto, el principio general de conducta que para el mayor y más seguro éxito la empresa convendría adoptar.

Lo primero, según ya se realiza, mantener á todo trance y á toda costa los Festivales ánuos de Bayreuth, y mantenerlos con toda la integridad y todo el purismo con que el Maestro los realizaba Esto servirá para evitar la adulteración y la fragmentación insensibles del concepto wagneriano, recordando su inmensa total comprensión. Lo segundo, difundir el dogma en toda su pureza y en todos sus aspectos y desarrollos didácticos, á fin de que cuantos en el mundo propendan al wagnerismo, puedan inspirarse en buenas fuentes.

Lo tercero—y esto es lo más trascendental,—estimular y aplaudir todo movimiento wagnerista de cualquier región del globo, sin mostrarse demasiado exigente la Sociedad respecto del vigor, de la legitimidad, de la integridad de los primeros ensayos de un individuo ó de un país dado. Esta es, en mi sentir, la parte más delicada, mas no por esto menos segura, del procedimiento. El wagnerismo es la verdad ideal y real, la perfecta naturalidad del melodrama y, siendo esto así, constituye en la esfera del Arte el positivo centro de gravitación, y todo el punto está en que un espíritu empiece á sentirse atraído por este centro, pues si un error erigido en dogma debe temer que de la ortodoxia se pase á la herejía y de ésta á la negación, en cambio de un dogma nutrido de verdad, puede y debe ser benévolo para con la heterodoxia, considerándola como la transición natural y laudable desde la negación á la conversión perfecta, completa y perpetua.

Así Italia, hoy, no puede renunciar á la idea de que su drama musical melódico es algo positivo, más ó menos alianzable con el wagnerismo. Dejarla en esta ilusión. Ella, artista como es en todo arte, se persuadirá un día ú otro de que conforme ante la pintura desaparece el contorno como entidad ó realidad lineal, asimismo ante el wagnerismo debe desaparecer toda realidad ó entidad melódica, como absolutamente incompatible con la esencial y plena naturalilad de éste; y aquel día la Italia, convertida al más puro ortodoxismo, seguirá resuelta las huellas de Arrigo Boito, y será (así lo creo) el brazo derecho del wagnerismo.

Francia está ya en el camino de la reforma; y, á las concesiones de todo un Meyerbeer y de todo un Rossini al convencionalismo de la ópera nacional, responde hoy, gracias á la misma tenacidad de Wagner, con un movimiento decidido y brillante hacia el ideal de éste, siendo de esperar que un día acertará á entretejer las rosas y los jazmines de la inspiración de Auber con ramas de laurel y encina cogidas en el bosque sagrado del wagnerismo.

España, de cuyo renacimiento artístico general dan testimonio con su reputación Fortuny, Gayarre, Campoamor y Goula, Adelina Pati y Uetam, Garcia Gutiérrez y Víctor Balaguer, Rosales y Echegaray, Tusquests, Núñez de Arce y Elena Sanz, Pradilla, Casado y Madrazo, Equizquerra y Vallmitjana, Sarasate y Dalmau, Novo Morera y Power, Tragó y Moreu, Rosita Mauri, Ayala, Arrieta, Barbieri, Monasterio; España, cuyo movimiento en la especial esfera de transición conozco un tanto, y al cual, sin ser yo músico, me precio de haber contribuido, si no puede, hoy por hoy, romper con la monstruosidad melodramática, de la zarzuela, realiza en cambio, tanto en la esfera sinfónica cuanto en la contextura y la dirección general de la zarzuela misma, una evolución wagnenista rápida, segura y brillante.

De Portugal no poseo datos suficientes para hablar con el debido fundamento: mas con la Historia en la mano, se puede asegurar que pues nunca le ha faltado á la hermana menor de España un hombre ilustre para responder á una grande idea, ella dará al waguerismo su digno contingente.

Aplicando á todas las nacionalidades musicales la conducta de tolerancia espectante que acabo de indicar, el porvenir es de Ricardo Wagner. Después de todo, el wagnerismo es un árbol de organización demasiado superior para arraigar sin preparación alguna en los yermos campos de la ignorancia y la rutina, y sólo aguardando pacientemente á que las vegetaciones inferiores, á que el humus de los elementales ensayos y los helechos de los parciales desarrollos abonen el terreno, es como podrá el árbol sublime del melodrama arraigar, crecer y rendir fruto.

Donde se produzcan, pues, tales ensayos, alentarlos por imperfectos que sean; que sobre éstos y de tarde en tarde (ya que con frecuencia no es posible), un nuevo Wagner aparecerá. ¿Será éste español, será alemán, brasileño, argentino, italiano, ruso, inglés, norteamericano? No lo sé, ni importa saberlo: bastará que sea un hombre para que la Humanidad le aplauda en honor de Alemania y para que Alemania le bendiga en representación de Ricardo Wagner

***

He procurado con toda serenidad é independencia, y con aquellos miramientos compatibles con el sentimiento de la verdad, vaciar el énfasis de la frase que denomino «Una cláusula negativa del testamento de Wagner.» Sólo me resta asegurar que si me he resuelto á dar á la estampa este trabajo, ha sido porque sus conclusiones tienden á sincerar á Wagner ante Alemania, á Alemania ante Wagner, y á identificar los intereses de entrambos con la gloria del Arte y la progresiva cultura del mundo entero.

Bayreuthblätter, 1884.

NOTA

(1) Se remedaba á los franceses, que en gran número visitaban nuestra patria como parásitos chupadores de nuestra sangre, pululando particularmente en las numerosas cortes y cortecillas de los Príncipes. Se hablaba francés, y el mismo Federico II—falta que la Historia le echará siempre en rostro—escribía frecuentemente en francés.


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