Capítulo II, sección IV y V de «La filosofía de Nietzsche». Traducción de J. Elías Matheu. Daniel Jorro Editor. Madrid, 1910
La emancipación intelectual de Nietzsche (1869-1879)
Por Henri Lichtenberger

 

IV

    Sin embargo, Nietzsche no se contenta sólo con combatir en sus Consideraciones inactuales las tendencias de la época presente que juzga condenables ó peligrosas: principia al mismo tiempo á trabajar en el edificio del porvenir. Busca en nuestra civilización contemporánea los signos precursores de un cambio de orientación, de una reforma del espíritu público, de un renacimiento del espíritu dionísiaco, busca genios modernos dignos de guiar á la juventud hacia un fin nuevo, capaces de arrancarla al optimismo enervante y al culto deprimente del bienestar material: busca, en fin, para la misma, educadores que la ayuden á ver claro, que la revelen lo que es, á dónde va. Estos maestros, estos educadores de momento creyó hallarlos Nietzsche en Schopenhauer y en Wagner.

    Inicióse en la filosofía de Schopenhauer á fines de 1865, cuando estudiaba la filología en Leipzig. La casualidad quiso que comprase en casa del librero Rohn El mundo como Volunlad y como Representación (i) . Desde el primer momento, subyugáronle las perspectivas grandiosas que este libro le abría y más aún la personalidad del filósofo que adivinaba á través de su obra. «Soy, decí a más tarde, de los lectores de Schopenhauer que, después de haber leído una página suya, saben con certeza que le leerán de la primera á la última línea y que escucharán toda palabra que haya salido de sus labios. Mi confianza en él fué en seguida completa: han pasado nueve años y continúa siendo la misma» (ii). Admitió -provisionalmente al menos y á beneficio de inventario- sus principales hipótesis. Hemos visto antes que en el Origen de la tragedia, Nietzsche toma por base de su exposición las teorías de Schopenhauer sobre la voluntad como «cosa en sí», sobre el mundo corno «representación», sobre la individuación como causa de todo sufrimiento, sobre la música como expresión directa de la voluntad. En la misma obra, saluda á Schopenhauer como Mesías de una cultura trágica destinada á reemplazar la cultura «socrática» de los tiempos modernos, cuyo rasgo característico es el siguiente: «En adelante, en lugar de la ciencia, conviértese la sabiduría en el fin supremo, la Sabiduría que, sin dejarse engatiar por los espejismos mentir«»osos de las «»ciencias, fija su mirada en la imagen total del mundo y se esfuerza, en un arranque de simpatía y de amor, en concebir el sufrimiento universal como su propio sufrimiento» (iii). En 1872 aparece la misma idea en un corto artículo sobre las relaciones entre la filosofía de Schopenhauer y la cultura alemana, que contiene en germen las ideas esenciales de las tres primeras Inactuales (iv). En fin,  en 1874, en su tercera inactual, «Schopenhauer educador», proclama Nietzsche su profundo agradecimiento al pensador que le ha iniciado en la vida del espíritu y expone el influjo saludable que las ideas del gran pesimista pueden ejercer en el espíritu moderno. «El hombre de hoy, dice, se busca á sí mismo; ahora bien, para distinguir cuál es su verdadera naturaleza, su verdadero yo, nada puede serle más útil que un maestro, -no un maestro que le mande seguir tal ó cual camino particular ó le proporcione medios de acción más extensos, sino un educador que le libre de cuanto le impida penetrar hasta este yo obscuro y oculto que se esconde en el fondo de cada uno de nosotros» .- Este maestro lo ha encontrado Nietzsche en Schopenhauer. Ha visto en él, desde el primer momento, un filósofo de completa lealtad intelectual, de perfecta sinceridad en todos sus escritos: «Schopenhauer conversa consigo mismo; ó de querer suponérsele un oyente, ha de imaginarse un hijo recibiendo lecciones de su padre. Su palabra es franca, ruda, benévola; dirígese á un oyente que escucha con amor... Sus discursos, en los que se revela un alma fuerte y dueña de sí misma, nos encantan desde el primer momento: nos sucede lo mismo que cuando penetramos en un espeso bosque: respiramos á plenos pulmones, observamos repentino bienestar. Cerca de Schopenhauer nos sentimos en un lugar en el que se aspira siempre el mismo aire vivificante, en el que reina no se qué sencillez, qué inimitable naturalidad, privilegio exclusivo de los hombres dueños de sí y amos de una opulenta mansión» (v). En la escuela de Schopenhauer aprendió Nietzsche á ver la realidad tal como es, en toda su fealdad y con todos los sufrimientos que supone. Aprendió también que el genio debe luchar contra su tiempo para alcanzar plena conciencia de sí mismo; que cuando combate los prejuicios, las debilidades, los vicios de sus contemporáneos, purifica, en realidad, su propia individualidad, eliminando todos los elementos extraños y parásitos que le han venido de fuera, separando el oro puro de su genio de la escoria é im-purezas que contiene. Encontró Nietzsche, en fin, y sobre todo, en Schopenhauer, la siguiente definición de la vida trágica, tal como él mismo la concebía: «Una vida feliz es imposible: lo que el hombre pueda realizar de más bello, es una existencia heroica; una existencia en que, después de haberse consagrado á una causa de que puede resultar algún bien de orden general, y haber afrontado innumerables dificultades, se queda, finalmente, victorioso, pero poco ó nada recompensado. Quédase entonces, en el desenlace, como el príncipe del Re corvo de Gozzi, petrificado, pero en actitud noble y con un aire lleno de grandeza. Su recuerdo continúa vivo y es celebrado como un héroe; su voluntad, mortificada durante su vida por las pruebas y el trabajo, por las contrariedades y la ingratitud del mundo, se extingue en el seno del nirvana» (vi) . Nietzsche creyó haber descubierto en Schopenhauer la expresión filosófica y moderna de aquella sabiduría dionisiaca que tanto admiraba en los griegos.

    Y del mismo modo que fué dado á Schopenhauer conocer el genio, no solamente en él, sino también fuera de él, y poder admirar en la persona de Goethe uno de los más maravillosos ejemplares del hombre libre y fuerte, así tuvo también Nietzsche la buena suerte de conocer íntimamente á uno de los genios más poderosos de los tiempos modernos: Ricardo Wagner.

    La admiración de Nietzsche por Wagner se remonta á los años de su juventud. Después de haber sido clásico intransigente hasta los quince años, admirador exclusivo de Mozart y Haydn, Schubert y Mendelssohn, Beethoven y Bach, y de despreciar decididamente lo que llamaba «la música del porvenir de un Liszt ó de un Berlioz», acabó, sin embargo, por saborear también las obras de Wagner, y su admiración se convirtió en entusiamo al conocer Tristan é Isolda. En 1868 fué presentado á Wagner durante una visita que hizo el maestro á Leipzig, en casa de los Brockhaus. Al año siguiente era, como ya hemos indicado, uno de los íntimos de Wagner, á quien visitaba frecuentemente en su retiro de Tribschen. «Durante algunos años hemos vivido en comunidad, tanto para las cosas grandes  como para las pequeñas, escribía Nietzsche en 1888; la confianza era ilimitada por ambas partes» (vii).

    A principios de 1872, después de la publicación del Origen de la tragedia, la amistad del joven filósofo por el grande artista llegó á su más alto grado de exaltación. «He establecido una alianza con Wagner, escribía entonces á uno de sus amigos; no puedes imaginar el alcance de nuestra intimidad y cuánto concuerdan nuestros proyectos» (vii). En su deseo de probar su amistad, no solamente con palabras, sino con actos, en la primavera de este mismo año estuvo á punto de interrumpir su carrera docente para emprender una tournée de conferencias destinada á propagar la obra de Bayreuth. La partida de Wagner para Bayreuth (Abril de 1872), no alteró en nada sus relaciones con él: Nietzsche le visitó en diversas ocasiones en su nueva residencia y asistió, en particular, á la fiesta artística dada el 22 de Mayo de 1872 en la misma ciudad, el día de la colocación de la priínera piedra del teatro Wagner. En Julio de 1876 fué á Bayreuth, por urgente invitación del maestro, á escuchar las repeticiones de la Tetralogía y asistir al triunfo definitivo de la gran obra de reforma del arte dramático emprendida por Wagner. Pocos días antes de su llegada dirigía á sus amigos un ejemplar de su cuarta Inactual, Ricardo Wagner en Bayreuth, análisis penetrante y luminoso de la personalidad artística y moral de Wagner y entusiasta apología de la gran obra reformadora que había llevado á cabo. Pintaba á Wagner como un Esquilo moderno, en el cual la sabiduría «trágica» expresábase, no ya como en Schopenhauer bajo una forma filosófica, sino bajo la forma viva y concreta de incomparables obras de arte. Veía en él un genio «dionísiaco» que no pudiendo expresar por el solo lenguaje de las palabras el sinnúmero de sentimientos que bullían en su interior, habíase hecho «dramaturgo ditirámbico» y había reunido en prodigiosa síntesis todas los artes particulares, la del actor, la del músico y la del poeta, para exteriorizar lo que sentía: «Es el genio dramático, escribía Nietzsche, llegado á su entero desarrollo, á su plena madurez; es un todo acabado, sin imperfección, sin vacíos: es el artista verdaderamente libre que no puede hacer otra cosa que pensar simultáneamente en todos los ramos particulares del arte; es el mediador que reconcilia los dos mundos, opuestos en apariencia, de la poesía y de la música, restaura la unidad, la integridad de nuestra facultad artística, unidad que no puede ser adivinada por la inteligencia ni deducida por razonamiento, sino que quiere ser demostrada por actos» (ix) . La gran obra de Wagner, la creación de un drama musical en que revive la tragedia de los griegos, y la realización de este drama en Bayreuth, constituyen un acontecimiento de primer orden en la historia de la cultura europea. Tienden nada menos que al renacimiento de la cultura griega en el seno del mundo moderno. Todo se sostiene en el edificio de la civilización, y no es posible reformar seria y sinceramente el arte del teatro sin provocar al mismo tiempo innovaciones capitales en la moral, la educación y la política. El triunfo de la obra de Bayreuth, si es definitivo y duradero, puede saludarse como la aurora de una era nueva para la humanidad.

    Algunas semanas después de haber escrito su apología de Wagner, abandonaba Nietzsche Bayreuth, profundamente desencantado, disgustado y triste hasta la muerte; el sueño más bello de su juventud se había disipado bruscamente; su entusiasmo por Wagner había vivido. ¿Cómo había podido realizarse este cambio? 
  
  

V

    Cuenta Nietzsche en uno de sus prefacios que la mayor parte de sus escritos expresan no los sentimientos que experimentaba en el momento en que los escribía, sino sentimientos ya vividos y á que habían substituido en él ideas nuevas. De este modo, Schopenhauer educador databa de una época en que ya no creía ni en el pesimismo ni en Schopenhauer; igualmente R. Wagner en Bayreuth, en el fondo, era «un homenaje de reconocimiento rendido á un momento de mi pasado, al más bello periodo de «calma» -y al más peligroso, asimismo, de mi existencia...; era, en realidad, una ruptura, un adiós» (x). Los documentos nuevos publicados estos últimos años, y que nos ponen en condiciones de seguir, aún en sus menores detalles, la génesis de su pensamiento, no solamente confirman esta afirmación de Nietzsche, sino que prueban también, sin dar lugar á dudas, que en la época en que, en sus escritos destinados á la publicidad, evitaba cuidadosamente dejar escapar una palabra en contra de Sohopenhauer y de Wagner, lejos de someterse, sin restricciones, su pensamiento á la autoridad de estos dos maestros, trabajaba activamente para librarse de su dominio. Vemos que desde un principio se separa de Schopenhauer en algunos puntos esenciales de doctrina. Emite dudas, desde 1867, sobre las hipótesis fundamentales de todo el sistema, sobre los atributos que reconocía Schopenhauer á la voluntad, sobre la voluntad admitida como esencia del mundo, y aún sobre la existencia de una cosa en sí (xi). Ya muy tempranamente, rechaza las conclusiones pesimistas del sistema de Schopenhauer; no quiere ni resignación ni nihilismo filosófico; lleva el escepticismo hasta meditar «sobre la verdad y la mentira, consideradas desde un punto de vista extra moral», y la conclusión de sus reflexiones es que condena la filosofía de la «sabiduría desesperada», que quiere la verdad á toda costa, aún debiendo sacrificar la existencia de la humanidad á la ciencia, y preconiza la «sabiduría trágica», que después de haber negado toda metafísica, «pone el conocimiento al servicio de la forma más bella de la vida», restituye al arte los derechos que pretende quitarle la ciencia y establece la necesidad para el hombre de «querer la ilusión» (xii). El juicio de Nietzsche sobre Wagner no es menos libre. En 1866 juzga que en laWalkyria, maravillosas bellezas compensan enormes defectos (xiii). En el transcurso de sus estudios preliminares para el Origen de la tragedia, bosqueja, para explicar la intervención del coro en la IX sinfonía de Beethoven, una teoría que contradice absolutamente la de Wagner (xiv); otra vez opone á la concepcton wagneriana del drama musical una concepción radicalmente distinta; querría hacer bajar al cantor á la orquesta, de manera que solo conservara la escena una acción simplemente gesticulada: las voces humanas y la orquesta comentarían esta acción mímica, que sería, como en la tragedia primitiva, realización escénica de una visión apolínea del coro, subyugado por el espíritu dionísiaco (xv). Las dudas de Nietzsche hácense más graves aún en la época en que trabaja en R. Wagner en Bayreuth; encuéntranse en sus bosquejos (xvi) gran número de ideas desarrolladas más tarde en el Caso Wagner. Nota lo que hay de desmesurado en el carácter y en las dotes de Wagner, y encuentra «una naturaleza más pura» en Bach y en Beethoven; emite severos juicios sobre la vida política de Wagner, sobre sus relaciones con los revolucionarios ó con el rey de Baviera, sobre su antisemitismo; le asisten dudas significativas sobre el valor de Wagner, no como artista «integral», sino como especialista, es decir, como músico, poeta, dramaturgo, ó aún como pensador; señala en él ciertos «elementos reaccionarios»: la simpatía por la Edad media y el cristianismo, las tendencias budistas, el amor á lo maravilloso, el patriotismo alemán; se muestra escéptico respecto al grado de influencia real que la reforma de Wagner puede ejercer en Alemania. En resumen: Nietzsche, al mismo tiempo que declara que debe á la música de Wagner «el placer más puro, más luminoso, que jamás haya gustado», muéstrase francamente herético en materia de wagnerismo, en el mismo instante en que, públicamente, cubre á Wagner de flores. ¿Cómo explicar esta duplicidad aparente?

    Nietzsche mismo nos ha dado la clave de su conducta: «Creemos en primer lugar á un filósofo, observa á propósito de sus relaciones con Schopenhauer. Después nos decimos: si se engaña en la manera de probar sus afirmaciones, estas afirmaciones son, sin embargo, verdaderas. Y decimos, en fin: sus afirmaciones son indiferentes, pero la naturaleza de este hombre vale por cien sistemas. Como maestro que enseña puede engañarse cien veces; pero su personalidad misma tiene siempre razón: á esto es á lo que debemos atenernos. En un filósofo hay algo que no estará jamás en una filosofía: la causa de muchas filosofías, el genio» (xvii). Este aforismo, paradójico en apariencia, explica muy bien la evolución de los sentimientos de Nietzsche con respecto á Wagner y Schopenhauer. Ha principiado apasionándose por sus obras; después, su amor y su respeto hanse dirigido á la personalidad misma de estos maestros; los ha amado como hombres y como genios, independientemente de sus obras; por lo tanto, ha evitado cuidadosamente todo acto susceptible de turbar la amistad apasionada que les había profesado; en particular, se ha abstenido de criticar públicamente lo que no le satisfacía de sus obras. Sin embargo, llega, finalmente, un momento en que reconoce que las diferencias que le separaban de sus maestros eran demasiado considerables para que pudiera callarlas sin faltar á su propia sinceridad; y ha obedecido, con el corazón lacerado, á las exigencias imperiosas de su conciencia de pensador: ha dirigido su crítica contra sus educadores. Ha reconocido entonces el error en que se encontraba con respecto á ellos. Lo que había pretendido al acercárseles no era comprenderlos tal como eran realmente, sino comprenderse á sí mismo al tratarles. Y esta manera de proceder había dado un resultado paradójico en apariencia, pero perfectamente lógico en realidad: en lugar de hacerse él parecido á Schopenhauer ó á Wagner los había, al contrario, transformado á su imagen. Su retrato de Schopenhauer no ofrecía más que un parecido bastante lejano con el Schopenhauer real; por el contrario, describía con gran precisión el ideal del «filósofo trágico» tal como él, Nietzsche, lo concebía. En su retrato de Wagner y su apología del «pensamiento de Bayreuth», prescindía igualmente de la realidad objetiva para esbozar la figura idealizada del artista dionísiaco, - una especie de Zarathustra, antes de escribir este libro y para describir de ante mano aquella «hora del mediodia» de que hablará más tarde en Zarathustra, en que los elegidos se dedican juntos á la tarea más sublime. En lugar de pintar á sus modelos, había descrito Nietzsche su sueño interior (xviii).

    Dábase cuenta ahora de que una profunda diferencia le separaba tanto de Schopenhauer como de Wagner. Había aceptado en primer término el pesimismo como un arma contra el optimismo científico. La crítica pesimista del universo se le había aparecido como deber imperioso que se imponía á toda conciencia sincera. Por el contrario, jamás había aceptado sin restricciones las con secuencias «nihilistas» que Schopenhauer deducía de sus premisas: la piedad erigida en virtud suprema, el anonadamiento del querer-vivir proclamado como último fin de la existencia. Solamente, como estaba absorbido en especial por su lucha contra la cultura «socrática» de su tiempo, no se había detenido mucho en la refutación de estas tendencias nihilistas, no más que en la del ascetismo cristiano. Poco á poco, sin embargo, diose cuenta de que el peligro nihilista es cuando menos tan grande como el peligro optimista, y que si nuestro siglo ve florecer al filisteo mediocre y satisfecho, es sobre todo un siglo de decadencia, cansado de vivir, cansado de sufrir, aspirando á la paz, á la nada. Por lo tanto, imponíase Nietzsche un problema nuevo, problema que no cesará de preocuparle en adelante hasta el fin de su vida consciente: ¿En qué consiste esta decadencia moderna? ¿Cuáles son los síntomas que la caracterizan, los signos que la revelan? ¿Cuál la profundidad y la extensión del mal nihilista? ¿Cómo puede curarse? Tan pronto como se colocó en este punto de vista, vióse modificado por completo su juicio sobre Schopenhauer y Wagner. Sus antiguos aliados en la guerra contra el optimismo moderno convertíanse en sus enemigos en la guerra contra el nihilismo,-enemigos tanto más peligrosos cuanto que habían ejercido en él y continuaban ejerciendo, de una manera general en la época contemporánea, mayor fascinación. Comprendió de pronto que su apasionada amistad por sus dos educadores había constituído para él grave peligro. Si no se hubiese desprendido á tiempo de su influencia, jamás habría sido por completo él mismo-, jamás habría tenido plena conciencia de su filosofía del «Super hombre» que se encontraba ya en germen en la noción de la sabiduría dionísiaca, tal como la definía en el Origen de la tragedia.

    Desde otro punto de vista, habíase engañado también Nietzsche en su adoración por Wagner. Él, el amante de lo «bello», el admirador del gran estilo clásico en Grecia y en Francia, había podido dejarse seducir y engañar por el estilo demasiado rico y recargado del drama wagneriano. Habíase dejado prender en los artificios de un «comediante» de genio, de un mágico prodigioso. Había mirado como un genio primitivo, espontáneo, de una potencia elemental, de una extrema fecundidad, á un decadente ultra-refinado, á uno de estos rezagados que, en la noche de las épocas de alta cultura, saben usar con maravilloso arte todos los recursos acumulados por las edades precedentes, y producen obras extrañas y curiosas, sabias y complejas, de colorido espléndido y  tornasolado como el de un paisaje de otoño ó de una puesta del sol, pero obras más bien extraordinarias que verdaderamente bellas, obras á las que falta la verdadera nobleza, la perfección ingenua, triunfante y segura de sí misma. El drama wagneriano representa, según Nietzsche, el estilo «flameante en música»; es la expresión artística adecuada á nuestra época de decadencia. Wagner ha explorado minuciosamente el laberinto del alma moderna; es, pues, un precioso guía para el pensador que quiera conocer este alma hasta sus más ocultas profundidades. Es necesario haber sido wagneriano... Pero hay que saber librarse de la dominación de este gran mágico: es cuestión de vida ó muerte. «El mayor acontecimiento de mi vida ha sido una curación, dirá más tarde Ntetzsche; Wagner ha sido solamente una de mis enfermedades» (xix).

    No hay que decir que las víctimas de la crítica de Nietzsche nada comprendieron de esta evolución escondida de sus ideas, así como de los motivos sutiles y delicados que dirigían su conducta. Schopenhauer, muerto ya, no podía reclamar. Pero Wagner, que estaba vivo, y bien vivo, vió en la defección de su discípulo una verdadera traición. La profunda tristeza de Nietzsche en las fiestas de Bayreuth, donde había percibido repentinamente con irresistible claridad la diferencia, hasta entonces presentida solamente, entre el Wagner ideal de sus sueños y el Wagner real -esa tristeza no había podido escapar al maestro, y le había herido vivamente. Cuando, dos años después, Nietzsche hizo pública en Humano, demasiado humano (1878) la orientación nueva que habían tomado sus ideas, y criticó con infinitos miramientos -el nombre de Wagner no se pronunciaba en ninguna parte- las tendencias de la obra wagneriana, la ruptura entre el maestro y el discipulo fué completa. Si bien Wagner amaba muy sinceramente á Nietzsche, considerábale también un poco como instrumento de su obra, y creía muy natural que Nietzsche limitase sus ambiciones á ser el primer apóstol del wagnerismo. Por lo tanto, su defección causóle casi tanta irritación como dolor; vió en él un ambicioso que, después de haber principiado á adquirir una reputación bajo su amparo, le abandonaba sin otro motivo que el de llamar la atención sobre su persona, un ingrato que sacrificaba una antigua amistad á una necesidad morbosa de hacerse cartel. Nietzsche, por su parte, sufriendo cruelmente por la ruptura de sus relaciones con Wagner, vió en el resentimiento de su maestro una prueba de debilidad de carácter, de estrechez de espíritu. Y sí guardó, muy en el fondo de su corazón, para el individuo, á pesar de la divergencia de sus opiniones, la más sincera afección personal, no se creyó obligado ya á ningún comedimiento con respecto al hombre público cuyas ideas combatía, y no titubeó, algunos años más tarde, en lanzar contra su antiguo amigo aquellos libelos apasionados, que tanto escándalo causaron: El caso Wagner (1888) yNietzsche contra Wagner (escrito en 1888.)

    La conducta de Nietzsche para con Wagner ha sido, con justicia, juzgada muy diversamente. Los partidarios del maestro, en general, hanse mostrado muy severos y, en mi opinión, muy injustos también para con el renegado del wagnerismo; han atribuído la defección de Nietzsche á cálculos de ambición, á rozamientos de vanidad y, sobre todo, á un principio de desarreglo mental. Sus juicios pueden, en general, resumirse así: Hasta el año 1876 Nietzsche ha sido el hombre que ha comprendido mejor á Wagner; su Inactual sobre la obra de Bayreuth es el análisis más hermoso que se ha hecho jamás del genio wagneriano. Pero aquel gran espíritu, que prometía ser un pensador eminente, se ha visto dominado por una especie de vértigo enfermizo que le ha llevado á romper con todas las creencias más sagradas de la humanidad y asimismo con el sentido común, á exagerar desmesuradamente su importancia individual; y este vértigo le ha conducido finalmente á la locura.-Inútil es decir que rechazo en absoluto esta manera de ver que tiene el defecto de explicar el desarrollo intelectual de Nietzsche á la luz de una psicología en verdad demasiado sumaria y simplicista; de que haya combatido muy sinceramente á Wagner después de haberle no menos sinceramente admirado, no se deduce por fuerza que haya sido un loco ó un malvado; es, por lo menos, lo que he procurado explicar. Pero, por otra parte, los amigos de Nietzsche, que han tenido el indisputable mérito de poner en claro los verdaderos motivos de sus actos, ceden, quizás con algún exceso, á la tendencia de hacer inocente á su defendido. Se engañó en su admiración por Wagner: estaba en su derecho y se ha afirmado hace tiempo que sólo Dios y los imbéciles no cambian. Pero remontémonos más lejos: ¿Dada la naturaleza exacta de sus sentimientos por Wagner en 1876, debía escribir R. Wagner en Bayreuth del modo ditirámbico que lo hizo? Aquí es ya lícito preguntarse si no ha existido -no digo disimulo- sino imprudencia por parte de Nietzsche; muchos juzgarán extraño que se hable de tal suerte de un maestro que se está á punto de abandonar. Y luego: ¿Habiendo escrito Nietzsche Wagner en Bayreuth, tenía derecho á escribir más tarde el Caso Wagner? Respecto á este punto serán también diferentes las opiniones, como lo son, por otra parte, respecto al valor de toda la moral de Nietzsche en general. Ha sido lógico consigo mismo -no hay duda- en atacar á Wagner con tanta energía como le había admirado; ha hecho el mayor sacrificio concebible á su sinceridad intelectual, le ha inmolado, no sin dolor, pero sin debilidad, una de las mayores afecciones que ha conocido. Pero sinnúmero de adeptos de la «moral vieja» no encontrarán nada admirable en este sacrificio. Estimarán que Nietzsche ha sido «personal»-ó dicho de otro modo, egoísta- en todas sus relaciones con Wagner, que desde el primer momento, en lugar de entregarse á su educador, se ha buscado á sí mismo al contacto con Wagner; que luego, una vez que hubo reconocido su error con respecto á Wagner, en lugar de sacrificar algo de sus convicciones personales, prefirió hacer á su yo  el sacrificio de la fidelidad debida á la amistad: Una vez más, esta manera de obrar no es solamente inatacable, sino muy hermosa, si la vida humana tiene por único fin el desarrollo de la personalidad del genio, y si, como dice Nietzsche, «la impersonalidad  no tiene valor, ni en el cielo ni en la tierra». Pero es este un punto de vista que de hecho, cuando menos, no comparte todo el mundo, y por consiguiente, el acto de Nietzsche sigue siendo, creo yo, «problemático» para muchos de nuestros contempóráneos. Muchas gentes creerán ver, en lo sucedido entre Wagner y Nietzsche, solamente el choque -muy curioso estética é intelectualmente, pero muy poco interesante moralmente- de dos individualidades superiores la una y la otra, enteras y absolutas ambas, y que han chocado con estrépito porque no han sabido ni la una ni la otra sacrificar la menor partícula de su «egoísmo» á la amistad. Según que se tienda, en moral, hacia el individualismo ó hacia el altruismo, se tenderá también á juzgar la conducta de Nietzsche con mayor simpatía, mayor indiferencia ó más severidad.

    Citemos, para terminar esta discusión, un hermoso aforismo de Nietzsche: Amistad estelar, en que ha resumido en forma impersonal, y naturalmente desde su punto de vista, pero con gran elevación de sentimientos, la historia tan melancólica en el fondo de su amistad y de su trato con Wagner. «Fuímos amigos y hemos pasado á ser extraños el uno para el otro. Es cierto, y no queremos ocultarlo y disimularlo, como si debiera avergonzarnos. Somos dos navíos que van á un punto diferente por distintos caminos; podemos, sí, volvernos á encontrar y celebrar juntos una fiesta como lo hemos hecho -y en aquel momento los buenos navíos permanecían tan tranquilos en el mismo puerto, bajo el mismo rayo de sol, que parecían haber llegado ya al fin y no haber tenido más que uno. Pero en seguida la necesidad todopoderosa de cumplir nuestra tarea nos empujó de nuevo, lejos uno de otro, por diferentes mares, hacia diferentes climas; y quizás no nos volvamos á ver jamás,-quizás nos volvamos á ver, aunque sin reconocernos: ¡nos habrán cambiado tanto el mar y el sol! Debíamos llegar á ser extraños el uno al otro; nuestra ley superior así lo exigía: ¡he aquí por qué también debemos ser, el uno para el otro, más dignos de respeto! ¡He aquí por qué el recuerdo de nuestra amistad pasada debe ser más sagrado! ¡Existe sin duda una inmensa curva, una órbita de estrella, en la cual nuestros caminos y nuestros fines tan diferentes están quizás comprendidos como cortos segmentos! -¡ Elevémonos hasta este pensamiento! Pero nuestra vida es demasiado corta y nuestra vista demasiado limitada para que podamos ser otra cosa que amigos en el sentido de esta sublime posibilidad.-Así, pues, queremos creer en nuestra amistad estelar, aun cuando tengamos que ser enemigos en la tierra» (xx). 
  
 

Notas.

i.   Mme. Förster-Nietzsche, Das Leben  Fr. Nietzsche's, I, págs. 231 y siguientes. 
ii. W. I, pág. 398. Citaremos á Nietzsche según la primera edición de sus Obras (W), que cuentan hoy 12 volúmenes. (Leipzig, 1895-97.) 
iii. W. I, pág. 128. 
iv. W. IX, pags. 365 y siguientes. 
v. W. I, págs. 398 y siguientes. 
vi.    Citado por Nietzsche, W. I, pág. 429. 
vii.    Brandes, Menschen und Werke, Francfort, 1895, pág. 139. 
viii.    Mme. Förster-Nietzsche Obra citada, II, I, pág. 203. Recomendamos este libro para todos los detalles biográficos sobre la intimidad de Nietzsche y Wagner. 
ix.  W. I, págs. 540 y siguientes. 
x.   W. III, pág. 4. 
xi.   Fragment einer Kritik der Schopenhauerischen Philosophie, citado por Mme. Förster-Nietzsche, I, páginas 343 y siguientes. 
xii.   Ueber Wahrheit und Lüge im aussermoralischen Sinne.-Der Philosoph.-Die Philosophie in Bedrängniss. W. X, pág. 161 y siguientes; véase, en particular, pág. 204 y siguientes. 
xiii.    Carta del 11 de Octubre de 1866, citada por Madame Förster-Nietzsche, I, pág. 250. 
xiv.   W. IX, págs. 137 y siguientes. 
xv.   W. IX, págs. 155 y siguientes. 
xvi.   W. X, págs. 397-425. 
xvii.   W. X, pág. 286. 
xviii.    Véase el diario de 1888 (Ecce homo) citado por Madame Förster-Nietzsche, Obra citada, II, I, págs. 166 y siguientes y 259. 
xix.   W. VIII, pág. 2. 
xx.   W. V, pág. 212. 
 
 


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