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Biografía - IX. El primer Festival de Bayreuth y subsiguientes: 1876-83


IX. El primer Festival de Bayreuth y subsiguientes: 1876-83
Entre los asistentes al festival de Bayreuth de 1876 se contaban no sólo Ludwig sino también otros dos jefes de estado, Wilhelm I de Prusia y Don Pedro II de Brasil, así como muchos otros miembros distinguidos de la aristocracia. En un discurso pronunciado tras el primer ciclo del Ring, Wagner declaraba: « El artista acostumbraba a danzar alrededor de emperadores y príncipes, pero ahora, por primera vez, emperadores y príncipes han venido al artista». Sin embargo, y pese a estas orgullosas palabras, la histórica lucha de Wagner por igualar el status del artista y de su (aristocrático) patrón, estaba casi perdida. El primer festival de Bayreuth arrojó un déficit de 150.000 marcos, lo cual colocó la empresa al borde de la bancarrota legal. Tras cuatro meses de vacaciones en Italia, Wagner se comprometió a dirigir (con el concurso de Hans Richter) una serie de conciertos en el Albert Hall de Londres el mes de mayo de 1877, en los que figuraban amplios extractos de sus principales obras. Pero las ganancias ascendieron a sólo 700 libras. En tales momentos consideró seriamente la idea de vender Wahnfried y emigrar a los Estados Unidos. (Confió a algunos amigos que lo mejor de la Marcha Festiva que había escrito para el centenario de la declaración norteamericana de la independencia, en 1876, eran los 5.000 dólares que había recibido por ella.) También el negativo informe que Wagner presentara a su director ejecutivo Friedrich Feustel el 14 de junio de 1877 se halla teñido de pensamientos acerca de América: «No son mis obras las que están condenadas, sino Bayreuth... No puedo echar la culpa a la ciudad salvo en la medida en que fui yo mismo quien la eligió. Pero lo hice con una gran idea: con el apoyo de la nación yo quería crear algo absolutamente independiente y que habría hecho de la ciudad algo muy importante -una especie de Washington del Arte (eine Art Kunst-Washington).

El 31 de marzo de 1878, cuando todo parecía perdido, el Tesoro muniqués firmó un contrato con Wagner que entre otras cosas estipulaba la liquidación de la deuda pendiente de 98.634 marcos con 65 peniques, derivada del festival de 1876, y el derecho del Hoftheater de Munich a representar Parsifal libre de cargos tras su estreno en Bayreuth. (Dos años más tarde fue anulada esta última condición.) Esta salvación de último instante contribuyó escasamente, sin embargo, a cambiar la eterna paradoja de Wagner en sus últimos años: por un lado, la fundación del periódico reaccionario Bayreuther Blätter, en enero de 1878, y, por otro lado, la creación de la más sublime de sus obras: Parsifal.

Para las sensibilidades modernas, la conexión entre Parsifal y el tono de los últimos ensayos antisemitas y antimodernistas de Wagner constituye, cuando menos, una cuestión delicada. Está prácticamente fuera de duda que el desengaño de Wagner respecto de la falta de «apoyo» nacional al primer festival de Bayreuth aumentó ideas sobre la raza y la regeneración que influyeron grandemente a principios del siglo xx en la filosofía protonazi de Houston Stewart Chamberlain y otros. Pero es igualmente cierto que Parsifal es la magistral culminación de una vida rica en experencia musical y celo reformista en el mundo de la ópera, que aún conserva, en gran medida, su fuerza. Si bien Wagner consideraba su estética como una réplica de sus ideas filosóficas -cosa que, en efecto, tendía a hacer-, los críticos, sin darse cuenta, se han precipitado a rechazar Parsifal adoptando la propia y enormemente problemática analogía de Wagner. El caso es que la conexión entre Parsifal y el antisemitismo de Wagner es demasiado difusa y conlleva -después de Hitler- tan excesiva carga emocional, que no permite el que la argumentación racional y la natural analogía resulten muy inteligibles. Encontrar salida al atolladero es difícil y probablemente imposible. El centenario del estreno de Parsifal en 1982 puso de relieve, al menos, que algunos artistas -H. J. Syberberg y Ruth Berghaus señaladamente- se hallaban preparados para introducir la zozobra moral e histórica sentida por muchos dentro del aura estética de la obra en sí misma.

En las mentes de la mayoría de los biógrafos, la génesis de Parsifal es inseparable de la «aventura amorosa» que su creador mantuviera con Judith Gautier (1846-1917), hija del escritor Théophile Gautier y que, en 1868, se casó con un amigo de Wagner, el escritor Catulle Mendès. Wagner la conoció el 16 de julio de 1869 en Lucerna y, al parecer, se sintió atraído por ella desde un principio, si bien Judith no empezó a ejercer una fascinación erótica sobre él hasta el festival de Bayreuth de 1876, después de que ella se hubiera divorciado de Mendès. Su correspondencia durante las primeras fases de la creación de Parsifal está incompleta y resulta imposible decir si las apasionadas reconvenciones de Wagner en sus cartas -los «abrazos» y «besos» que presuntamente tuvieron lugar durante los encuentros secretos de Wagner con Judith en Bayreuth- responden a la realidad o son una ilusión promovida por el deseo. Públicamente, Judith negó siempre que hubiera sido amante de Wagner, aunque en privado se mostró más ambigua sobre el particular. Declinó la invitación de Wagner para que se reuniera con él en Londres en mayo de 1877, y a partir de entonces tuvo poco contacto con él, motivo por el que describirla, según han hecho muchos biógrafos, como la musa de Parsifal, resulta algo exagerado.

En septiembre de 1877, Wagner anunció a los delegados de la Patronatsverein sus planes en relación con una escuela de música en Bayreuth que habría de instruir a los músicos en el verdadero «estilo alemán» de interpretar la música alemana y que haría posible la representación de todas sus obras, desde Der fliegende Holländer a Parsifal, en la Festspielhaus entre 1878 y 1883, pero tales planes no llegaron a nada. La salud de Wagner, en rápido deterioro, le forzó a concentrar todas sus energías en la creación de Parsifal y a pasar gran parte de su tiempo en Italia, cuyo clima le sentaba mejor. Durante una larga estancia en ese país, del 4 de enero al 30 de octubre de 1880, Wagner descubrió el modelo para el mágico jardín de Klingsor en el jardín del Palazzo Rufolo de Ravello, en el golfo de Salerno. (El 26 de mayo de 1880, Wagner escribió en el libro de visitantes: «¡Encontré el jardín mágico de Klingsor!»). Y durante una estancia en Siena, de agosto a septiembre de ese mismo año, pidió al pintor ruso Paul von Joukowsky, encargado de diseñar los decorados y los figurines de Parsifal, que tomara a la catedral de Siena como modelo para el templo del Santo Grial en los actos I y III.

El 10 de noviembre de 1880 Wagner se entrevistó por última vez con el rey Ludwig. Dos días más tarde dirigió el preludio de Parsifal con la orquesta del Hoftheater de Munich para Ludwig, acomodado en el palco real. (Wagner había orquestado por adelantado el preludio, antes que el resto de la partitura, en un principio para que fuese interpretado por una pequeña orquesta el 25 de diciembre de 1878, día en que Cósima cumplía cuarenta y un años.) Después Wagner escribió la famosa descripción del preludio, en la que rastreaba tres temas: el del amor, el de la fe y el de la ¿esperanza? El rey llegó tarde y pidió que se repitiera el preludio. Según el pintor Franz Lenbach, quien se hallaba presente, Wagner consideró aquello una «profanación» y acabó exasperándose cuando el rey, a fin de comparar, solicitó se ejecutara el preludio de Lohengrin. Wagner entregó la batuta a Hermann Levi (el Kapellmeister principal de Munich y más adelante el primero que dirigió Parsifal) y se marchó. Incluso concediendo que existe la posibilidad de que el relato de Lenbach responda más a lo anecdótico que a los hechos, la sorpresa de Ernest Newman ante la circunstancia de que Wagner no hiciera mención de su desagrado en su subsiguiente correspondencia con el rey, resulta un poco ingenua. Al igual que la «aventura amorosa» con Judith Gautier, la «amistad» con el rey Ludwig existió hasta el final menos en la realidad que en la fuertemente estilizada forma de las cartas de Wagner y en la futura imaginación de sus biógrafos.

A principios de mayo de 1881, Wagner asistió a la primera representación del Ring, organizada por Angelo Neumann en el Viktoriatheater de Berlín. También presenció, junto al conde Gobineau, el cuarto ciclo a finales del mes. Neumann, con su compañía itinerante que representó el Ring en las principales ciudades europeas, desempeñó un papel clave en la difusión de la reputación de Wagner. Aún no ha sido investigada la naturaleza exacta de su influencia en la acogida dispensada a las obras de Wagner, y en particular en los estilos de los montajes.

Tras las primeras dieciséis representaciones de Parsifal en la Festspielhaus, entre el 26 de julio y el 29 de agosto de 1882, para las que el rey Ludwig había puesto el coro y la orquesta del Hoftheater de Munich a disposición del festival de Bayreuth, Wagner regresó de nuevo a Italia, instalando su residencia en el Palazzo Vendramin-Calergi de Venecia. El festival de 1882 había arrojado inesperadas ganancias por valor de 135.000 marcos, lo que animó a Wagner a anunciar nuevas representaciones en 1883. (Había abolido el sistema de patronato y abierto al público, que pagaba directamente sus entradas, todas las funciones después de la prime-ra representación.) Hermann Levi llegó a Venecia en febrero de 1883 a fin de discutir con Wagner acerca del próximo festival. El 9 de febrero Cósima escribió en su diario: «Me dice ¡Wagner! que aún ha de hacer su artículo sobre lo masculino y lo femenino /“Ueber das Weibhiche im Menschhichen”/, y luego se pondrá a escribir sinfonías». Aparte del Siegfried Idyll, que fue escrito en Tribschen para Cósima y originariamente titulado «Sinfonía», los ulteriores bocetos de Wagner para obras sinfónicas, algunos de los cuales se han conservado, nunca fueron más allá de fragmentos desiguales. Es muy probable que la forma de movimiento único del SiEgfried Idyll habría sido la pauta de las sinfonías programáticas que quería escribir, pero estos y otros proyectos (entre los que se cuentan la terminación de su autobiografía Mein Leben, que había llegado sólo hasta el año 1864 y su convocatoria a Munich por parte del rey Ludwig) se vieron interrumpidos por su súbita muerte como consecuencia de un ataque al corazón el 13 de febrero de 1883. Su médico en Venecia, Dr. Friedrich Keppler, alemán residente en la ciudad, escribió más tarde: «Es evidente de por sí que las innumerables zozobras psíquicas a las que, por su peculiar constitución y disposición mental, se veía abocado diariamente, así como su actitud nítidamente definida hacia buen número de candentes cuestiones relativas al arte, la ciencia y la política, sin olvidar su notoria posición social, contribuyeron grandemente a acelerar su infortunado fin».

La mascarilla mortuoria de Wagner fue relizada por Augusto Benvenutti el 14 de febrero de 1883, siendo trasladados sus restos a Bayreuth, donde recibieron sepultura, cuatro días después, cerca de Wahnfried.


FUENTE:

WAGNER. Muchnik Editores. Barcelona, 1985.
Traducción de Pablo Sorozábal Serrano.